La Nebulosa de Andrómeda

A la pálida luz reflejada del techo, los limbos graduados de aparatos e instrumentos se asemejaban a una galería de retratos. Los redondos tenían un pícaro aspecto, los ovalados se dilataban con insolente jactancia y los cuadrados permanecían inmóviles, como petrificados en su obtusa fatuidad. Las lucecitas — azules, anaranjadas, verdes —, que centelleaban en su interior, hacían más real la impresión aquella.
En el centro del convexo cuadro de comando, resaltaba una ancha esfera de color purpúreo. Ante ella, inclinada en incómoda postura, había una muchacha. Olvidada del sillón que tenía al lado, pegaba la frente al cristal. El resplandor rojo le iluminaba el rostro juvenil, tornándolo severo, de más edad, en tanto sombreaba los labios carnosos, destacando sus trazos, y afilaba la nariz, un poquito arremangada. Las anchas cejas fruncidas habían tomado un matiz intensamente negro y daban a los ojos una expresión sombría, desolada.
El rítmico golpeteo de los contadores fue interrumpido por un leve chirriar. La muchacha se estremeció y echó hacia atrás los finos brazos para enderezar la cansada espalda.
Tras ella, chasqueó la puerta y apareció la gran silueta de un hombre de movimientos bruscos y precisos. Una luz dorada inundó la estancia, arrancando destellos de fuego de los espesos cabellos rojizo-oscuros de la muchacha. Sus ojos se encendieron también al mirar, inquietos y amorosos, al que entraba.
— Pero ¿no ha dormido usted aún? ¡Lleva cien horas en vela!
— ¿Mal ejemplo, verdad? — preguntó el hombre en tono alegre, pero sin sonreír. Y había en su voz inflexiones agudas, metálicas, que parecían remachar las palabras.
— Todos los demás descansan — repuso la joven con timidez —, y… no saben nada — agregó quedo.
— Hable sin temor. Los camaradas duermen. Ahora, usted y yo somos las dos únicas personas que velan en el Cosmos, y hasta la Tierra hay cincuenta billones de kilómetros: ¡un parsec(1) y medio en total!
— ¡Y no tenemos anamesón más que para una carrera! — exclamó la muchacha, exaltada, con espanto.

Efremov Ivan
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Испанский

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