ESCENA V
DOÑA MATILDE Y DON EDUARDO
DON EDUARDO. ¡Qué taravilla!
DOÑA MATILDE. Y ¡qué mujer tan ordinaria!
DON EDUARDO. ¡Así hablas de tu amiga! (Sonriéndose)
DOÑA MATILDE. ¡Pobre de mí si no tuviera otras amigas!
DON EDUARDO. ¿Cuáles? (Sonriéndose)
DOÑA MATILDE. Toma, las mismas que tenía antes de ayer.
DON EDUARDO. ¿Viven todas ellas en quinto piso? (Sonriéndose)
DOÑA MATILDE. ¿Qué sabe esa mujer lo que dice? Amigas tengo yo, con quienes me he criado en las Salesas, que si me vieran pidiendo limosna….
DON EDUARDO. Te la darían quizá. (Sonriéndose)
DOÑA MATILDE. Se gloriarían entonces de llamarse tales, más que si me vieran habitando en palacios de cristal.
DON EDUARDO. O, lo que es lo mismo, en casa de un vidriero.
DOÑA MATILDE. Ya, si no crees tampoco en aquellas amistades que se engendran en la edad preciosa….
DON EDUARDO. En que no se sabe todavía lo que se quiere.
DOÑA MATILDE. ¡Qué terrible estás, Eduardo!
DON EDUARDO. ¿Pero no conoces que te estoy embromando? ¿De otro modo pudiera yo contradecirte en materias tan evidentes?
DOÑA MATILDE. Eso era lo que me confundía … pero ahora que me acuerdo … ¿por qué me hiciste responder a la vecina que no necesitábamos de su lavandera?
DON EDUARDO. Porque como no nos había de lavar de balde….
DOÑA MATILDE. Alguien ha de lavar lo que emporquemos, sin embargo.
DON EDUARDO. Preciso … pero lo harás tú.
DOÑA MATILDE. ¡Yo!
DON EDUARDO. ¿Quién quieres que lo haga en tanto que no tengamos con qué pagar a otra mujer?
DOÑA MATILDE. ¡Y se me llenarán de grietas!
DON EDUARDO. Como que no hay cosa peor que el jabón y el agua caliente … mas puedes estar segura, Matilde mía, que con la misma ilusión con que tu Eduardo te besa ahora esta mano tan suave y blanca, con la misma te la besará cuando la tengas áspera como una lija y colorada como un tomate.
DOÑA MATILDE. No lo dudo, Eduardo; pero … pero ello de todos modos es muy desagradable … ¡y mi pobre papá que tenía tanta vanidad con mis manos!… ¿Qué buscas?
DON EDUARDO. Di, Matilde, ¿has visto por ahí algún cepillo?
DOÑA MATILDE. ¿Para qué?
DON EDUARDO. Quisiera cepillarme un poco, antes de salir porque el polvillo del carbón….
DOÑA MATILDE. ¿Que vas a salir?
DON EDUARDO. Ya te dije que el apoderado de mi tío, que es escribano del consejo, me ha ofrecido emplearme en su despacho como copiante … cuando tenga que copiar, se entiende … y voy a ver si me adelanta cien reales, a cuenta de mis futuros garabatos, para pagar el casero y para ir viviendo.
DOÑA MATILDE. Y ¿qué me he de hacer yo entretanto, sin libros, sin piano…?
DON EDUARDO. En efecto, no tienes hoy mucho que trabajar….
DOÑA MATILDE. ¡En que trabajar!
DON EDUARDO. Sólo levantar la cama, barrer el cuarto, y … pero, lo que es desde mañana, ya me dirás si te queda tiempo para fastidiarte.
DOÑA MATILDE. ¿También tendré que barrer mañana?
DON EDUARDO. Todos los días, ¡a ti que te gusta tanto la limpieza! y tendrás asimismo que guisar, fregar, jabonar, planchar, coser, remendar, y hacer en fin, todo aquello que hace una mujer casada sin criada.
DOÑA MATILDE. Ay, Eduardo, ¿sabes que es dinero muy bien gastado el de los salarios?
DON EDUARDO. ¿Quién dice que el dinero no sirve alguna vez de algo? pero no muy a menudo … y si uno va a considerar todos sus inconvenientes ¿crees tú que … no son éstas que dan las nueve? ¡Cáspita y qué tarde!… Con esto y con que haya salido ya mi escribano, nos quedemos también sin comer…. Adiós vida mía, abrázame.
DOÑA MATILDE. Anda con Dios.
DON EDUARDO. ¡Otro abrazo … otro … es tanto lo que te quiero! Adiós.