III
El día 17 de Mayo de ese mismo año de 1809 dió Napoleón
05 un decreto, por el que[[49-1]] reunió al Imperio francés los Estados
pontificios, declarando a Roma[[49-2]] ciudad imperial libre.
El pueblo romano no se atrevió a protestar contra esta medida;
pero el Papa la resistió pasivamente desde su palacio
del Quirinal,[[49-3]] donde aun contaba con algunas autoridades y su
10 guardia de suizos.
Sucedió entonces que unos pescadores del Tiber cogieron
un esturión y quisieron regalárselo al Sucesor de San Pedro.
Los franceses aprovecharon esta ocasión para dar el último
paso contra la autoridad de Pío VII; gritaron: ¡al arma!;
15 el cañón de Sant-Angelo[[49-4]] pregonó la extinción del gobierno
temporal de los Papas, y la bandera tricolor[[49-5]] ondeó sobre el
Vaticano.
El Secretario de Estado, cardenal Pacca (que sin duda era
el sacerdote que V. encontró con Pío VII), corrió al lado de
20 Su Santidad; y, al verse los dos ancianos, exclamaron: Consummatum
est![[49-6]]
En efecto: mientras el Papa lanzaba su última excomunión
contra los invasores, éstos penetraban en el Quirinal, derribando
las puertas a hachazos.[[49-7]]
25 En la Sala de las Santificaciones[[49-8]] encontraron a cuarenta
suizos, resto del poder del ex Rey de Roma,[[49-9]] quienes los dejaron
pasar adelante por haber recibido orden de no oponer
resistencia alguna.
El general Radet, jefe de los demoledores, encontró al Papa
30 en la Sala de las Audiencias ordinarias, rodeado de los cardenales
Pacca y Despuig y de algunos empleados de Secretaría.
(p50)
Pío VII vestía roquete y muceta;[[50-1]] había dejado su lecho
para recibir al enemigo, y daba muestras de una tranquilidad
asombrosa.
Era media noche. Radet, profundamente conmovido, no
05 se atreve a hablar. Al fin intima al Sumo Pontífice que renuncie
al gobierno temporal de los Estados romanos.[[50-2]] El Papa
contesta que no le es posible hacerlo, porque no son suyos,
sino de la Iglesia, cuyo administrador lo hizo la voluntad del
Cielo.... Y el general Radet le replica mostrándole la orden
10 de llevarlo prisionero a Francia.
Al amanecer del siguiente día salía Pío VII de su palacio
entre esbirros y gendarmes, saltando sobre los escombros de
las puertas, sin más comitiva que el cardenal Pacca, ni más
restos de su grandeza mundanal que un papetto, moneda
15 equivalente a cuatro reales de vellón,[[50-3]] que llevaba en el
bolsillo.
En las afueras de la puerta del Popolo[[50-4]] lo esperaba una silla
de posta, a la cual le hicieron subir, y después de esto cerraron
las portezuelas con una llave, que Radet entregó a un gendarme
20 de caballería.
Las persianas del lado derecho, en que se sentó el Papa,
estaban clavadas, a fin de que no pudiese ser visto....