III

Eran, pues, las diez y media de la mañana cuando aquel día
10 se paraba el tío Buscabeatas delante de un puesto de verduras
del mercado de Cádiz, y le decía a un aburrido polizonte que
iba con él:

—¡Estas son mis calabazas!—¡Prenda V. a ese hombre!

Y señalaba al revendedor.

15 —¡Prenderme a mí! (contestó el revendedor, lleno de sorpresa
y de cólera.)—Estas calabazas son mías; yo las he
comprado....

—Eso podrá V. contárselo al Alcalde—repuso el tío
Buscabeatas
.

20 —¡Que no![[71-2]]

—¡Que sí!

—¡Tío ladrón![[71-3]]

—¡Tío tunante!

—¡Hablen Vds. con más educación,[[71-4]] so indecentes![[71-5]] ¡Los
25 hombres no deben faltarse[[71-6]] de esa manera!—dijo con mucha
calma el polizonte, dando un puñetazo[[71-7]] en el pecho a cada
interlocutor.

En esto ya había acudido alguna gente, no tardando en presentarse
también allí el Regidor encargado de la policía de los
30 mercados públicos, o sea[[71-8]] el Juez de abastos, que es su
verdadero nombre.
(p72)
Resignó[[72-1]] la jurisdicción el polizonte en Su Señoría, y enterada
esta digna autoridad de todo lo que pasaba, preguntó al revendedor
con majestuoso acento:

—¿A quién[[72-2]] le ha comprado V. esas calabazas?

05 —Al tío Fulano,[[72-3]] vecino [[72-4]] de Rota....—respondió el
interrogado.

—¡Ése había de ser! (gritó el tío Buscabeatas.) ¡Muy
abonado[[72-5]] es para el caso! ¡Cuando su huerta, que es muy
mala, le produce poco, se mete a robar en la del vecino!

10 —Pero, admitida la hipótesis de que a V. le han robado
anoche cuarenta calabazas (siguió interrogando el Regidor,
volviéndose al viejo hortelano), ¿quién le asegura a V. que
éstas, y no otras, son las suyas?

15 —¡Toma! (replicó el tío Buscabeatas.) ¡Porque las
conozco como V. conocerá a sus hijas, si las tiene!—¿No ve
V. que las he criado?—Mire V.: ésta se llama rebolonda;[[72-6]]
ésta, cachigordeta;[[72-7]] ésta, barrigona;[[72-8]] ésta,
coloradilla; [[72-9]] ésta Manuela..., porque se
parecía mucho a mi hija la menor....

20 Y el pobre viejo se echó a llorar amarguísimamente.

—Todo eso está muy bien ... (repuso el Juez de abastos);
pero la ley no se contenta con que usted reconozca sus calabazas.
Es menester que la autoridad se convenza al mismo tiempo
25 de la preexistencia de la cosa, y que V. la identifique con
pruebas fehacientes....—Señores, no hay que sonreírse....—¡Yo
soy abogado!

¡Pues verá V. qué pronto le pruebo yo a todo el mundo,
sin moverme de aquí, que esas calabazas se han criado en mi
huerta!—dijo el tío Buscabeatas, no sin grande asombro de
30 los circunstantes.

Y soltando en el suelo un lío que llevaba en la mano, agachóse,
arrodillándose hasta sentarse sobre los pies, y se puso a
desatar tranquilamente las anudadas puntas del pañuelo que lo
envolvía.
(p73)
La admiración del Concejal, del revendedor y del corro subió
de punto.[[73-1]]

—¿Qué va a sacar de ahí?—se preguntaban todos.

Al mismo tiempo llegó un nuevo curioso a ver qué ocurría
05 en aquel grupo, y habiéndole divisado el revendedor,
exclamó:

—¡Me alegro de que llegue V., tío Fulano! Este hombre
dice que las calabazas que me vendió usted anoche, y que
están aquí oyendo la conversación, son robadas....—Conteste
10 V....

El recién llegado[[73-2]] se puso más amarillo que la cera, y trató
de irse; pero los circunstantes se lo[[73-3]] impidieron materialmente,
[[73-4]] y el mismo[[73-5]] Regidor le mandó quedarse.

En cuanto al tío Buscabeatas, ya se había encarado con el
15 presunto ladrón, diciéndole:

—¡Ahora verá V. lo que es bueno!

El tío Fulano recobró su sangre fría, y expuso:

—Usted es quien ha de ver[[73-6]] lo que habla; porque si no
prueba, y no podrá probar, su denuncia, lo llevaré a la cárcel
20 por calumniador.—Estas calabazas eran mías; yo las he
criado, como todas las que he traído este año a Cádiz, en mi
huerta del Egido,[[73-7]] y nadie podrá probarme lo contrario.

—¡Ahora verá V.!—repitió el tío Buscabeatas acabando de
desatar el pañuelo y tirando de él.[[73-8]]

25 Y entonces se desparramaron por el suelo una multitud de
trozos de tallo de calabacera, todavía verdes y chorreando
jugo, mientras que el viejo hortelano, sentado sobre sus piernas
y muerto de risa, dirigía el siguiente discurso al Concejal y
a los curiosos:

—Caballeros: ¿no han pagado Vds. nunca contribución?
Y ¿no han visto aquel libraco[[73-9]] verde que tiene el recaudador,
de donde va cortando recibos, dejando allí pegado un tocón o
pezuelo,[[73-10]] para que luego pueda comprobarse si tal o cual[[73-11]]
recibo es falso o no lo es?
(p74)
—Lo que V. dice se llama el libro talonario—observó
gravemente el Regidor.

—Pues eso es lo que yo traigo aqui: el libro talonario de mi
huerta, o sea[[74-1]] los cabos a que estaban unidas estas calabazas
05 antes de que me las robasen.—Y, si no, miren Vds.—Este
cabo era de esta calabaza.... Nadie puede dudarlo....

—Este otro..., ya lo están Vds. viendo..., era de esta
otra.—Este más ancho..., debe de ser de aquélla....
¡Justamente!—Y éste es de ésta.... Ése es de ésa....
10 Ésta es de aquél....

Y en tanto que[[74-2]] así decía, iba adaptando un cabo o pedúnculo
a la excavación que había quedado en cada calabaza al ser
arrancada, y los espectadores[[74-3]] veían con asombro que, efectivamente,
la base irregular y caprichosa de los pedúnculos convenía
15 del modo más exacto con la figura blanquecina y leve
concavidad que presentaban las que pudiéramos llamar cicatrices
de las calabazas.

Pusiéronse, pues, en cuclillas los circunstantes, inclusos
20 los polizontes y el mismo Concejal,[[74-4]] y comenzaron a
ayudarle al tío Buscabeatas en aquella singular comprobación,
diciendo todos a un mismo tiempo con pueril
regocijo:

—¡Nada! ¡Nada! ¡Es indudable! ¡Miren Vds.!—Éste
es de aquí.... Ése es de ahí.... Aquélla es de
25 éste.... Ésta es de aquél....

Y las carcajadas de los grandes se unían a los silbidos de los
chicos, a las imprecaciones de las mujeres, a las lágrimas de
triunfo y alegría del viejo hortelano y a los empellones que los
guindillas daban ya al convicto ladrón, como impacientes por
30 llevárselo[[74-5]] a la cárcel.

Excusado es decir que los guindillas tuvieron este gusto;
que el tío Fulano vióse obligado desde luego a devolver al
revendedor los quince duros que de él había percibido; que el
revendedor se los entregó en el acto al tío Buscabeatas,(p75)
y que éste se marchó a Rota sumamente contento, bien que fuese
diciendo[[75-1]] por el camino:

—¡Qué hermosas estaban en el mercado! ¡He debido
traerme[[75-2]] a Manuela, para comérmela[[75-3]] esta noche y guardar
05 las pepitas!

Noviembre de 1877.

(p76)

MOROS Y CRISTIANOS
(CUENTO)