DON JUAN DE DIOS PEZA

REIR LLORANDO

¡Cuántos hay que, cansados de la vida,

Enfermos de pesar, muertos de tedio,

Hacen reir como el actor suicida,

Sin encontrar, para su mal, remedio!

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¡Ay! ¡Cuántas veces al reir se llora!

¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,

Porque en los seres que el dolor devora

El alma llora cuando el rostro ríe!

Si se muere la fe, si huye la calma,

Si sólo abrojos nuestra planta pisa,

Lanza á la faz la tempestad del alma

Un relámpago triste: la sonrisa.

El carnaval del mundo engaña tanto,

Que las vidas son breves mascaradas;

Aquí aprendemos á reir con llanto,

Y también á llorar con carcajadas.

FUSILES Y MUÑECAS

Juan y Margot, dos ángeles hermanos,

Que embellecen mi hogar con sus cariños,

Se entretienen con juegos tan humanos

Que parecen personas desde niños.

Mientras Juan, de tres años, es soldado

Y monta en una caña endeble y hueca,

Besa Margot con labios de granado

Los labios de cartón de su muñeca.

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Lucen los dos sus inocentes galas,

Y alegres sueñan en tan dulces lazos:

Él, que cruza sereno entre las balas;

Ella, que arrulla un niño entre sus brazos.

Puesto al hombro el fusil de hoja de lata,

El kepis de papel sobre la frente,

Alienta al niño en su inocencia grata

El orgullo viril de ser valiente.

Quizá piensa, en sus juegos infantiles,

Que en este mundo que su afán recrea,

Son como el suyo todos los fusiles

Con que la torpe humanidad pelea.

Que pesan poco, que sin odios lucen,

Que es igual el más débil al más fuerte,

Y que, si se disparan, no producen

Humo, fragor, consternación y muerte.

¡Oh misteriosa condición humana!

Siempre lo opuesto buscas en la tierra:

Ya delira Margot por ser anciana,

Y Juan que vive en paz ama la guerra.

Mirándolos jugar, me aflijo y callo;

¡Cuál será sobre el mundo su fortuna?

Sueña el niño con armas y caballo,

La niña con velar junto á la cuna.

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El uno corre de entusiasmo ciego,

La niña arrulla á su muñeca inerme,

Y mientras grita el uno: Fuego, Fuego,

La otra murmura triste: Duerme, Duerme.

Á mi lado ante juegos tan extraños

Concha, la primogénita, me mira:

¡Es toda una persona de seis años

Que charla, que comenta y que suspira!

¿Por qué inclina su lánguida cabeza

Mientras deshoja inquieta algunas flores?

¿Será la que ha heredado mi tristeza?

¿Será la que comprende mis dolores?

Cuando me rindo del dolor al peso,

Cuando la negra duda me avasalla,

Se me cuelga del cuello, me da un beso,

Se le saltan las lágrimas, y calla.

Sueltas sus trenzas claras y sedosas,

Y oprimiendo mi mano entre sus manos,

Parece que medita en muchas cosas

Al mirar como juegan sus hermanos...

¡Inocencia! ¡Niñez! ¡Dichosos nombres!

Amo tus goces, busco tus cariños;

¡Cómo han de ser los sueños de los hombres

Más dulces que los sueños de los niños!