ROMANCES

ABENÁMAR

Abenámar, Abenámar,

moro de la morería,

el día que tú naciste

grandes señales había!

Estaba la mar en calma,

la luna estaba crecida:

moro que en tal signo nace,

no debe decir mentira.—

Allí respondiera el moro,

bien oiréis lo que decía:

—Yo te la diré, señor,

aunque me cueste la vida,

porque soy hijo de un moro

y una cristiana cautiva;

siendo yo niño y muchacho

mi madre me lo decía:

que mentira no dijese,

que era grande villanía:

por tanto pregunta, rey,

que la verdad te diría.

—Yo te agradezco, Abenámar

aquesa tu cortesía.

¿Qué castillos son aquéllos?

¡Altos son y relucían!

—El Alhambra era, señor,

y la otra la mezquita;

los otros los Alixares,

labrados á maravilla.

El moro que los labraba

cien doblas ganaba al día,

y el día que no los labra

otras tantas se perdía.

El otro es Generalife,

huerta que par no tenía;

el otro Torres Bermejas,

castillo de gran valía.—

Allí habló el rey don Juan,

bien oiréis lo que decía:

—Si tú quisieses, Granada,

contigo me casaría;

daréte en arras y dote

á Córdoba y á Sevilla.

—Casada soy, rey don Juan,

casada soy, que no viuda;

el moro que á mí me tiene

muy grande bien me quería.

Fonte-frida, fonte-frida,

fonte-frida y con amor,

do todas las avecicas

van tomar consolación,

sino es la tortolica

que está viuda y con dolor.

Por allí fuera á pasar

el traidor de ruiseñor:

las palabras que le dice

llenas son de traición:

—Si tú quisieses, señora,

yo sería tu servidor.

—Vete de ahí, enemigo,

malo, falso, engañador,

que ni poso en ramo verde,

ni en prado que tenga flor;

que si el agua hallo clara,

turbia la bebía yo;

que no quiero haber marido,

porque hijos no haya, no:

no quiero placer con ellos,

ni menos consolación.

¡Déjame, triste enemigo,

malo, falso, mal traidor,

que no quiero ser tu amiga,

ni casar contigo, no.

EL CONDE ARNALDOS

¡Quién hubiese tal ventura

sobre las aguas del mar,

como hubo el conde Arnaldos

la mañana de San Juan!

Con un falcón en la mano

la caza iba á cazar,

vió venir una galera

que á tierra quiere llegar.

Las velas traía de seda,

la jarcia de un cendal,

marinero que la manda

diciendo viene un cantar

que la mar facía en calma,

los vientos hace amainar,

los peces que andan nel hondo

arriba los hace andar,

las aves que andan volando

nel mástel las faz posar.

Allí fabló el conde Arnaldos,

bien oiréis lo que dirá:

—Por Dios te ruego, marinero,

dígasme ora ese cantar.—

Respondióle el marinero,

tal respuesta le fué á dar:

—Yo no digo esta canción

sino á quien conmigo va.

LA CONSTANCIA

Mis arreos son las armas,

mi descanso el pelear,

mi cama las duras peñas,

mi dormir siempre velar.

Las manidas son escuras,

los caminos por usar,

el cielo con sus mudanzas

ha por bien de me dañar,

andando de sierra en sierra

por orillas de la mar,

por probar si en mi ventura

hay lugar donde avadar.

Pero por vos, mi señora,

todo se ha de comportar.

EL AMANTE DESDICHADO

En los tiempos que me vi

más alegre y placentero,

yo me partiera de Burgos

para ir á Valladolid:

encontré con un Palmero,

quien me habló, y dijo así:

—¿Dónde vas tú, el desdichado?

¿Dónde vas? ¡triste de ti!

¡Oh persona desgraciada,

en mal punto te conocí!

Muerta es tu enamorada,

muerta es, que yo la vi;

las andas en que la llevan

de negro las vi cubrir,

los responsos que le dicen

yo los ayudé á decir:

siete condes la lloraban,

caballeros más de mil,

llorábanla sus doncellas,

llorando dicen así:

—¡Triste de aquel caballero

que tal pérdida pierde aquí!—

Desque aquesto oí, mezquino,

en tierra muerto caí,

y por más de doce horas

no tornara, triste, en mí.

Desque hube retornado,

á la sepultura fuí,

con lágrimas de mis ojos

llorando decía así:

—Acógeme, mi señora,

acógeme á par de ti.—

Al cabo de la sepultura

esta triste voz oí:

—Vive, vive, enamorado,

vive, pues que yo morí:

Dios te dé ventura en armas,

y en amor otro que sí,

que el cuerpo come la tierra,

y el alma pena por ti.—

EL PRISIONERO

Por el mes era de mayo

cuando hace la calor,

cuando canta la calandria,

y responde el ruiseñor,

cuando los enamorados

van á servir al amor,

sino yo, triste, cuitado,

que vivo en esta prisión,

que ni sé cuándo es de día

ni cuándo las noches son,10

sino por un avecilla

que me cantaba al albor.

Matómela un ballestero,

¡déle Dios mal galardón!

Cabellos de mi cabeza15

lléganme al corvejón;

los cabellos de mi barba

por manteles tengo yo:

las uñas de las mis manos

por cuchillo tajador.

Si lo hacía el buen rey,

hácelo como señor:

si lo hace el carcelero,

hácelo como traidor.

Mas ¡quién ahora me diese

un pájaro hablador,

siquiera fuese calandria,

ó tordico ó ruiseñor:

criado fuese entre damas

y avezado á la razón,

que me lleve una embajada

á mi esposa Leonor,

que me envíe una empanada,

no de truchas ni salmón,

sino de una lima sorda

y de un pico tajador:

la lima para los hierros,

y el pico para el torreón!—

Oídolo había el rey,

mandóle quitar la prisión.

DON GIL VINCENTE

CANCIÓN

Muy graciosa es la doncella:

¡cómo es bella y hermosa!

Digas tú, el marinero

que en las naves vivías,

si la nave ó la vela ó la estrella

es tan bella.

Digas tú, el caballero

que las armas vestías,

si el caballo ó las armas ó la guerra

es tan bella.

Digas tú, el pastorcico

que el ganadico guardas,

si el ganado ó los valles, ó la sierra

es tan bella.

SANTA TERESA DE JESÚS

LETRILLA QUE LLEVABA

POR REGISTRO EN SU BREVIARIO

Nada te turbe;

nada te espante;

todo se pasa;

Dios no se muda,

la paciencia todo lo alcanza.

Quien á Dios tiene,

nada le falta.

Solo Dios basta.

FRAY LUIS DE LEÓN

VIDA RETIRADA

¡Qué descansada vida

la del que huye el mundanal rüido,

y sigue la escondida

senda por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido!

Que no le enturbia el pecho

de los soberbios grandes el estado,

ni del dorado techo

se admira, fabricado

del sabio moro, en jaspes sustentado.

No cura si la fama

canta con voz su nombre pregonera,

ni cura si encarama

la lengua lisonjera

lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta á mi contento

si soy del vano dedo señalado?

si en busca de este viento

ando desalentado

con ansias vivas, y mortal cuidado?

¡Oh campo, oh monte, oh río!

¡oh secreto seguro deleitoso!

roto casi el navío,

á vuestro almo reposo

huyo de aqueste mar tempestüoso.

Un no rompido sueño,

un día puro, alegre, libre quiero;

no quiero ver el ceño

vanamente severo

de quien la sangre ensalza ó el dinero.

Despiértenme las aves

con su cantar süave no aprendido,

no los cuidados graves

de que es siempre seguido

quien al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo,

gozar quiero del bien que debo al cielo,

á solas sin testigo,

libre de amor, de celo,

de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera

por mi mano plantado tengo un huerto

que con la primavera

de bella flor cubierto

ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa

de ver y acrecentar su hermosura,

desde la cumbre airosa

una fontana pura

hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego sosegada

el paso entre los árboles torciendo,

el suelo de pasada

de verdura vistiendo,

y con diversas flores va esparciendo.

El aire el huerto orea,

y ofrece mil olores al sentido,

los árboles menea

con un manso rüido

que del oro y del cetro pone olvido.

Ténganse su tesoro

los que de un flaco leño se confían:

no es mío ver el lloro

de los que desconfían

cuando el cierzo y el ábrego porfían.

La combatida antena

cruje, y en ciega noche el claro día

se torna, al cielo suena

confusa vocería,

y la mar enriquecen á porfía.

Á mí una pobrecilla

mesa de amable paz bien abastada

me baste, y la vajilla

de fino oro labrada

sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserable-

mente se están los otros abrasando

en sed insaciable

del no durable mando,

tendido yo á la sombra esté cantando;

Á la sombra tendido

de yedra y lauro eterno coronado,

puesto el atento oído

al son dulce acordado

del plectro sabiamente meneado.

ANÓNIMO

Á CRISTO CRUCIFICADO

No me mueve, mi Dios, para quererte

El cielo que me tienes prometido,

Ni me mueve el infierno tan temido

Para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte

Clavado en una cruz y escarnecido;

Muéveme ver tu cuerpo tan herido;

Muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,

Que aunque no hubiera cielo, yo te amara.

Y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;

Pues aunque lo que espero no esperara.

Lo mismo que te quiero te quisiera.

DON LOPE FÉLIX DE VEGA CARPIO

CANCIÓN DE LA VIRGEN

Pues andáis en las palmas,

Ángeles santos,

Que se duerme mi niño,

Tened los ramos.

Palmas de Belén

Que mueven airados

Los furiosos vientos,

Que suenan tanto,

No le hagáis ruido,

Corred más paso;

Que se duerme mi niño,

Tened los ramos.

El niño divino,

Que está cansado

De llorar en la tierra,

Por su descanso

Sosegar quiere un poco

Del tierno llanto;

Que se duerme mi niño,

Tened los ramos.

Rigurosos hielos

Le están cercando,

Ya veis que no tengo

Con que guardarlo:

Ángeles divinos,

Que vais volando,

Que se duerme mi niño,

Tened los ramos.

MAÑANA

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,

Que á mi puerta, cubierto de rocío,

Pasas las noches del invierno escuras?

¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras,

Pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,

Si de mi ingratitud el hielo frío

Secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:

«Alma, asómate agora á la ventana;

Verás con cuánto amor llamar porfía!»

Y ¡cuántas, hermosura soberana,

«Mañana le abriremos,» respondía!

Para lo mismo responder mañana.

DON FRANCISCO DE QUEVEDO

EPÍSTOLA SATÍRICA Y CENSORIA
Contra las costumbres presentes de los castellanos,
escrita al Conde-Duque de Olivares.

No he de callar, por más que con el dedo,

Ya tocando la boca, ó ya la frente,

Silencio avises ó amenaces miedo.

¿No ha de haber un espíritu valiente?

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

Hoy sin miedo que libre escandalice

Puede hablar el ingenio, asegurado

De que mayor poder le atemorice.

En otros siglos pudo ser pecado

Severo estudio y la verdad desnuda,

Y romper el silencio el bien hablado.

Pues sepa quien lo niega y quien lo duda

Que es lengua la verdad de Dios severo

Y la lengua de Dios nunca fué muda.

Son la verdad y Dios, Dios verdadero:

Ni eternidad divina los separa,

Ni de los dos alguno fué primero.

LETRILLA SATÍRICA

Poderoso caballero

Es don Dinero.

Madre, yo al oro me humillo:

Él es mi amante y mi amado,

Pues de puro enamorado,

De contino anda amarillo;

Que pues, doblón ó sencillo,

Hace todo cuanto quiero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

Nace en las Indias honrado,

Donde el mundo le acompaña;

Viene á morir en España

Y es en Génova enterrado.

Y pues quien le trae al lado

Es hermoso, aunque sea fiero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

Es galán y es como un oro,

Tiene quebrado el color,

Persona de gran valor,

Tan cristiano como moro;

Pues que da y quita el decoro

Y quebranta cualquier fuero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

Son sus padres principales

Y es de nobles descendiente,

Porque en las venas de Oriente

Todas las sangres son reales:

Y pues es quien hace iguales

Al duque y al ganadero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

DON ESTEBAN MANUEL DE VILLEGAS

CANTILENA: DE UN PAJARILLO

Yo vi sobre un tomillo

Quejarse un pajarillo,

Viendo su nido amado,

De quien era caudillo,

De un labrador robado.

Vile tan congojado

Por tal atrevimiento

Dar mil quejas al viento,

Para que al cielo santo

Lleve su tierno llanto,

Lleve su triste acento.

Ya con triste armonía,

Esforzando el intento,

Mil quejas repetía;

Ya cansado callaba,

Y al nuevo sentimiento

Ya sonoro volvía.

Ya circular volaba,

Ya rastrero corría,

Ya pues de rama en rama

Al rústico seguía;

Y saltando en la grama,

Parece que decía:

«Dame, rústico fiero,

Mi dulce compañía»;

Y que le respondía

El rústico: «No quiero.»

DON PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA

SONETO

Estas que fueron pompa y alegría

Despertando al albor de la mañana,

Á la tarde serán lástima vana

Durmiendo en brazos de la noche fría.

Este matiz que al cielo desafía,

Iris listado de oro, nieve y grana,

Será escarmiento de la vida humana:

¡Tanto se emprende en término de un día!

Á florecer las rosas madrugaron,

Y para envejecerse florecieron:

Cuna y sepulcro en un botón hallaron.

Tales los hombres sus fortunas vieron:

En un día nacieron y expiraron;

Que pasados los siglos, horas fueron.

CONSEJO DE CRESPO A SU HIJO

EL ALCALDE DE ZALAMEA (11, 21)

Por la gracia de Dios, Juan,

Eres de linaje limpio

Más que el sol, pero villano:

Lo uno y lo otro te digo,

Aquello, porque no humilles

Tanto tu orgullo y tu brío,

Que dejes, desconfiado,

De aspirar con cuerdo arbitrio

Á ser más; lo otro, porque

No vengas, desvanecido,

Á ser menos: igualmente

Usa de entrambos designios

Con humildad; porque siendo

Humilde, con recto juicio

Acordarás lo mejor;

Y como tal, en olvido

Pondrás cosas que suceden

Al revés en los altivos.

¡Cuántos, teniendo en el mundo

Algún defecto consigo,

Le han borrado por humildes!

Y ¡a cuántos, que no han tenido

Defecto, se le han hallado,

Por estar ellos mal vistos!

Sé cortés sobremanera,

Sé liberal y esparcido;

Que el sombrero y el dinero

Son los que hacen los amigos;

Y no vale tanto el oro

Que el sol engendra en el indio

Suelo que conduce el mar,

Como ser uno bienquisto.

No hables mal de las mujeres:

La más humilde, te digo

Que es digna de estimación,

Porque, al fin, dellas nacimos.

FRAY DIEGO GONZÁLEZ

EL MURCIÉLAGO ALEVOSO

INVECTIVA

Estaba Mirta bella

Cierta noche formando en su aposento,

Con gracioso talento,

Una tierna canción, y porque en ella

Satisfacer á Delio meditaba,

Que de su fe dudaba,

Con vehemente expresión le encarecía

El fuego que en su casto pecho ardía.

Y estando divertida,

Un murciélago fiero, ¡suerte insana!

Entró por la ventana;

Mirta dejó la pluma, sorprendida,

Temió, gimió, dio voces, vino gente;

Y al querer diligente

Ocultar la canción, los versos bellos

De borrones llenó, por recogellos.

Y Delio, noticioso

Del caso que en su daño había pasado,

Justamente enojado

Con el fiero murciélago alevoso,

Que había la canción interrumpido,

Y á su Mirta afligido,

En cólera y furor se consumía,

Y así á la ave funesta maldecía:

«Oh monstruo de ave y bruto,

Que cifras lo peor de bruto y ave,

Visión nocturna grave,

Nuevo horror de las sombras, nuevo luto,

De la luz enemigo declarado,

Nuncio desventurado

De la tiniebla y de la noche fría,

¿Qué tienes tú que hacer donde está el día?

«Tus obras y figura

Maldigan de común las otras aves,

Que cánticos süaves

Tributan cada día á la alba pura;

Y porque mi ventura interrumpiste,

Y á su autor afligiste,

Todo el mal y desastre te suceda

Que á un murciélago vil suceder pueda.

«La lluvia repetida,

Que viene de lo alto arrebatada,

Tan sólo reservada

Á las noches, se oponga á tu salida;

Ó el relámpago pronto reluciente

Te ciegue y amedrente;

Ó soplando del Norte recio el viento,

No permita un mosquito á tu alimento.

«La dueña melindrosa,

Tras el tapiz do tienes tu manida,

Te juzgue, inadvertida,

Por telaraña sucia y asquerosa,

Y con la escoba al suelo te derribe;

Y al ver que bulle y vive,

Tan fiera y tan ridícula figura,

Suelte la escoba y huya con presura.

«Y luego sobrevenga

El juguetón gatillo bullicioso,

Y primero medroso

Al verte, se retire y se contenga,

Y bufe y se espeluce horrorizado,

Y alce el rabo esponjado,

Y el espinazo en arco suba al cielo,

Y con los pies apenas toque el suelo.

«Mas luego recobrado,

Y del primer horror convalecido,

El pecho al suelo unido,

Traiga el rabo del uno al otro lado,

Y cosido en la tierra, observe atento;

Y cada movimiento

Que en ti llegue á notar su perspicacia,

Le provoque al asalto y le dé audacia.

«En fin sobre ti venga,

Te acometa y ultraje sin recelo,

Te arrastre por el suelo, 5

Y á costa de tu daño se entretenga;

Y por caso las uñas afiladas

En tus alas clavadas,

Por echarte de sí con sobresalto,

Te arroje muchas veces á lo alto 10

«Y acuda á tus chillidos

El muchacho, y convoque á sus iguales,

Que con los animales

Suelen ser comúnmente desabridos;

Que á todos nos dotó naturaleza 15

De entrañas de fiereza,

Hasta que ya la edad ó la cultura

Nos dan humanidad y más cordura.

«Entre con algazara

La pueril tropa, al daño prevenida, 20

Y lazada oprimida

Te echen al cuello con fiereza rara;

Y al oirte chillar alcen el grito

Y te llamen maldito;

Y creyéndote al fin del diablo imagen, 25

Te abominen, te escupan y te ultrajen.

«Luego por las telillas

De tus alas te claven al postigo,

Y se burlen contigo,

Y al hocico te apliquen candelillas,

Y se rían con duros corazones

De tus gestos y acciones,

Y á tus tristes querellas ponderadas

Correspondan con fiesta y carcajadas.

«Y todos bien armados

De piedras, de navajas, de aguijones,

De clavos, de punzones,

De palos por los cabos afilados

(De diversión y fiesta ya rendidos),

Te embistan atrevidos,

Y te quiten la vida con presteza,

Consumando en el modo su fiereza.

«Te puncen y te sajen,

Te tundan, te golpeen, te martillen,

Te piquen, te acribillen,

Te dividan, te corten y te rajen,

Te desmiembren, te partan, te degüellen,

Te hiendan, te desuellen,

Te estrujen, te aporreen, te magullen,

Te deshagan, confundan y aturrullen.

«Y las supersticiones

De las viejas creyendo realidades,

Por ver curiosidades,

En tu sangre humedezcan algodones,

Para encenderlos en la noche obscura,

Creyendo sin cordura

Que verán en el aire culebrinas

Y otras tristes visiones peregrinas.

«Muerto ya, te dispongan

El entierro, te lleven arrastrando,

Gori, gori, cantando,

Y en dos filas delante se compongan,

Y otros, fingiendo voces lastimeras,

Sigan de plañideras,

Y dirijan entierro tan gracioso

Al muladar más sucio y asqueroso;

«Y en aquella basura

Un hoyo hondo y capaz te faciliten,

Y en él te depositen,

Y allí te den debida sepultura;

Y para hacer eterna tu memoria,

Compendiada tu historia

Pongan en una losa duradera,

Cuya letra dirá de esta manera:

Epitafio

«Aquí yace el murciélago alevoso,

Que al sol horrorizó y ahuyentó el día,

De pueril saña triunfo lastimoso,

Con cruel muerte pagó su alevosía:

No sigas, caminante, presuroso,

Hasta decir sobre esta losa fría:

Acontezca tal fin y tal estrella

Á aquel que mal hiciere á Mirta bella.»

DON NICOLÁS F. DE MORATÍN

FIESTA DE TOROS EN MADRID

Madrid, castillo famoso

Que al rey moro alivia el miedo,

Arde en fiestas en su coso

Por ser el natal dichoso

De Alimenón de Toledo.

Su bravo alcaide Aliatar,

De la hermosa Zaida amante,

Las ordena celebrar

Por si la puede ablandar

El corazón de diamante.

Pasó, vencida á sus ruegos,

Desde Aravaca á Madrid;

Hubo pandorgas y fuegos,

Con otros nocturnos juegos

Que dispuso el adalid.

Y en adargas y colores,

En las cifras y libreas,

Mostraron los amadores,

Y en pendones y preseas,

La dicha de sus amores.

Vinieron las moras bellas

De toda la cercanía,

Y de lejos muchas de ellas:

Las más apuestas doncellas

Que España entonces tenía.

Aja de Jetafe vino,

Y Zahara la de Alcorcón,

En cuyo obsequio muy fino

Corrió de un vuelo el camino

El moraicel de Alcabón;

Jarifa de Almonacid,

Que de la Alcarria en que habita

Llevó á asombrar á Madrid

Su amante Audalla, adalid

Del castillo de Zorita.

De Adamuz y la famosa

Meco llegaron allí

Dos, cada cual más hermosa,

Y Fátima la preciosa,

Hija de Alí el alcadí.

El ancho circo se llena

De multitud clamorosa,

Que atiende á ver en la arena

La sangrienta lid dudosa,

Y todo en torno resuena.

La bella Zaida ocupó

Sus dorados miradores

Que el arte afiligranó,

Y con espejos y flores

Y damascos adornó.

Añafiles y atabales,

Con militar armonía,

Hicieron salva, y señales

De mostrar su valentía

Los moros más principales.

No en las vegas de Jarama

Pacieron la verde grama

Nunca animales tan fieros,

Junto al puente que se llama,

Por sus peces, de Viveros,

Como los que el vulgo vió

Ser lidiados aquel día;

Y en la fiesta que gozó,

la popular alegría

Muchas heridas costó.

Salió un toro del toril

Y á Tarfe tiró por tierra,

Y luego á Benalguacil;

Después con Hamete cierra

El temerón de Conil.

Traía un ancho listón

Con uno y otro matiz

Hecho un lazo por airón,

Sobre la inhiesta cerviz

Clavado con un arpón.

Todo galán pretendía

Ofrecerle vencedor

Á la dama que servía:

Por eso perdió Almanzor

El potro que más quería.

El alcaide muy zambrero

De Guadalajara, huyó

Mal herido al golpe fiero,

Y desde un caballo overo

El moro de Horche cayó.

Todos miran á Aliatar,

Que, aunque tres toros ha muerto,

No se quiere aventurar,

Porque en lance tan incierto

El caudillo no ha de entrar.

Mas viendo se culparía,

Va á ponérsele delante:

La fiera le acometía,

Y sin que el rejón la plante

Le mató una yegua pía.

Otra monta acelerado:

Le embiste el toro de un vuelo,

Cogiéndole entablerado;

Rodó el bonete encarnado

Con las plumas por el suelo.

Dió vuelta hiriendo y matando

Á los de á pie que encontrara,

El circo desocupando,

Y emplazándose, se para,

Con la vista amenazando.

Nadie se atreve á salir:

La plebe grita indignada,

Las damas se quieren ir,

Porque la fiesta empezada

No puede ya proseguir.

Ninguno al riesgo se entrega

Y está en medio el toro fijo,

Cuando un portero que llega

De la puerta de la Vega,

Hincó la rodilla, y dijo:

Sobre un caballo alazano,

Cubierto de galas y oro, 5

Demanda licencia urbano

Para alancear á un toro

Un caballero cristiano.

Mucho le pesa á Aliatar;

Pero Zaida dió respuesta 10

Diciendo que puede entrar,

Porque en tan solemne fiesta

Nada se debe negar.

Suspenso el concurso entero

Entre dudas se embaraza, 15

Cuando en un potro ligero

Vieron entrar en la plaza

Un bizarro caballero,

Sonrosado, albo color,

Belfo labio, juveniles 20

Alientos, inquieto ardor,

En el florido verdor

De sus lozanos abriles.

Cuelga la rubia guedeja

Por donde el almete sube, 25

Cual mirarse tal vez deja

Del sol la ardiente madeja

Entre cenicienta nube;

Gorguera de anchos follajes,

De una cristiana primores;

En el yelmo los plumajes

Por los visos y celajes

Vergel de diversas flores;

En la cuja gruesa lanza,

Con recamado pendón,

Y una cifra á ver se alcanza,

Que es de desesperación,

Ó á lo menos de venganza.

En el arzón de la silla

Ancho escudo reverbera

Con blasones de Castilla,

Y el mote dice á la orilla:

Nunca mi espada venciera.

Era el caballo galán,

El bruto más generoso,

De más gallardo ademán:

Cabos negros, y brioso,

Muy tostado, y alazán,

Larga cola recogida

En las piernas descarnadas,

Cabeza pequeña, erguida,

Las narices dilatadas,

Vista feroz y encendida.

Nunca en el ancho rodeo

Que da Betis con tal fruto

Pudo fingir el deseo

Más bella estampa de bruto,

Ni más hermoso paseo.

Dió la vuelta al rededor;

Los ojos que le veían

Lleva prendados de amor:

¡Alá te salve! decían,

¡Déte el Profeta favor! 5

Causaba lástima y grima

Su tierna edad floreciente:

Todos quieren que se exima

Del riesgo, y él solamente

Ni recela ni se estima. 10

Las doncellas, al pasar,

Hacen de ámbar y alcanfor

Pebeteros exhalar,

Vertiendo pomos de olor,

De jazmines y azahar. 15

Mas cuando en medio se para,

Y de más cerca le mira

La cristiana esclava Aldara,

Con su señora se encara,

Y así la dice, y suspira: 20

—Señora, sueños no son;

Así los cielos, vencidos

De mi ruego y aflicción,

Acerquen á mis oídos

Las campanas de León, 25

Como ese doncel, que ufano

Tanto asombro viene á dar

Á todo el pueblo africano,

Es Rodrigo de Bivar,

El soberbio castellano.—

Sin descubrirle quién es,

La Zaida desde una almena

Le habló una noche cortés,

Por donde se abrió después

El cubo de la Almudena;

Y supo que, fugitivo

De la corte de Fernando,

El cristiano, apenas vivo,

Está á Jimena adorando

Y en su memoria cautivo.

Tal vez á Madrid se acerca

Con frecuentes correrías

Y todo en torno la cerca;

Observa sus saetías,

Arroyadas y ancha alberca.

Por eso le ha conocido:

Que en medio de aclamaciones,

El caballo ha detenido

Delante de sus balcones,

Y la saluda rendido.

La mora se puso en pie

Y sus doncellas detrás:

El alcaide que lo ve,

Enfurecido además,

Muestra cuán celoso esté.

Suena un rumor placentero

Entre el vulgo de Madrid:

No habrá mejor caballero,

Dicen, en el mundo entero,

Y algunos le llaman Cid.

Crece la algazara, y él,

Torciendo las riendas de oro,

Marcha al combate crüel:

Alza el galope, y al toro

Busca en sonoro tropel.

El bruto se le ha encarado

Desde que le vió llegar,

De tanta gala asombrado,

Y al rededor le ha observado

Sin moverse de un lugar.

Cual flecha se disparó

Despedida de la cuerda,

De tal suerte le embistió;

Detrás de la oreja izquierda

La aguda lanza le hirió.

Brama la fiera burlada;

Segunda vez acomete,

De espuma y sudor bañada,

Y segunda vez la mete

Sutil la punta acerada.

Pero ya Rodrigo espera

Con heroico atrevimiento,

El pueblo mudo y atento:

Se engalla el toro y altera,

Y finje acometimiento.

La arena escarba ofendido,

Sobre la espalda la arroja

Con el hueso retorcido;

El suelo huele y le moja

En ardiente resoplido.

La cola inquieto menea,

La diestra oreja mosquea,

Vase retirando atrás,

Para que la fuerza sea

Mayor, y el ímpetu más.

El que en esta ocasión viera

De Zaida el rostro alterado,

Claramente conociera

Cuanto le cuesta cuidado

El que tanto riesgo espera.

Mas ¡ay, que le embiste horrendo

El animal espantoso!

Jamás peñasco tremendo

Del Cáucaso cavernoso

Se desgaja, estrago haciendo,

Ni llama así fulminante

Cruza en negra obscuridad

Con relámpagos delante,

Al estrépito tronante

De sonora tempestad,

Como el bruto se abalanza

Con terrible ligereza;

Mas rota con gran pujanza

La alta nuca, la fiereza

Y el último aliento lanza.

La confusa vocería

Que en tal instante se oyó

Fué tanta, que parecía

Que honda mina reventó,

Ó el monte y valle se hundía.

Á caballo como estaba

Rodrigo, el lazo alcanzó

Con que el toro se adornaba:

En su lanza le clavó

Y á los balcones llegaba.

Y alzándose en los estribos,

Le alarga á Zaida, diciendo:

—Sultana, aunque bien entiendo

Ser favores excesivos,

Mi corto don admitiendo;

Si no os dignáredes ser

Con él benigna, advertid

Que á mí me basta saber

Que no le debo ofrecer

Á otra persona en Madrid.—

Ella, el rostro placentero,

Dijo, y turbada:—Señor,

Yo le admito y le venero,

Por conservar el favor

De tan gentil caballero.—

Y besando el rico don,

Para agradar al doncel,

Le prende con afición

Al lado del corazón

Por brinquiño y por joyel.

Pero Aliatar el caudillo

De envidia ardiendo se ve,

Y, trémulo y amarillo,

Sobre un tremecén rosillo

Lozaneándose fué.

Y en ronca voz:—Castellano,

Le dice, con más decoros

Suelo yo dar de mi mano,

Si no penachos de toros,

Las cabezas del cristiano.

Y si vinieras de guerra

Cual vienes de fiesta y gala,

Vieras que en toda la tierra,

Al valor que dentro encierra

Madrid, ninguno se iguala.—

—Así, dijo el de Bivar,

Respondo—; y la lanza al ristre

Pone, y espera á Aliatar;

Mas sin que nadie administre

Orden, tocaron á armar.

Ya fiero bando con gritos

Su muerte ó prisión pedía,

Cuando se oyó en los distritos

Del monte de Leganitos

Del Cid la trompetería.

Entre la Monclova y Soto

Tercio escogido emboscó,

Que, viendo como tardó,

Se acerca, oyó el alboroto,

Y al muro se abalanzó.

Y si no vieran salir

Por la puerta á su señor,

Y Zaida á le despedir,

Iban la fuerza á embestir:

Tal era ya su furor.

El alcaide, recelando

Que en Madrid tenga partido,

Se templó disimulando,

Y por el parque florido

Salió con él razonando.

Y es fama que, á la bajada,

Juró por la cruz el Cid

De su vencedora espada

De no quitar la celada

Hasta que gane á Madrid.

DON GASPAR MELCHOR DE JOVELLANOS

Á ARNESTO

¿Quis tam patiens ut teneat se?

JUVENAL

Déjame, Arnesto, déjame que llore

Los fieros males de mi patria, deja

Que su rüina y perdición lamente;

Y si no quieres que en el centro obscuro

De esta prisión la pena me consuma,

Déjame al menos que levante el grito

Contra el desorden: deja que á la tinta

Mezclando miel y acíbar, siga indócil

Mi pluma el vuelo del bufón de Aquino.

¡Oh! ¡cuánto rostro veo, á mi censura,

De palidez y de rubor cubierto!

Ánimo, amigos, nadie tema, nadie,

Su punzante aguijón; que yo persigo

En mi sátira el vicio, no al vicioso.

Ya la notoriedad es el más noble

Atributo del vicio, y nuestras Julias,

Más que ser malas quieren parecerlo.

Hubo un tiempo en que andaba la modestia

Dorando los delitos; hubo un tiempo

En que el recato tímido cubría

La fealdad del vicio; pero huyóse

El pudor á vivir en las cabañas.

¡Oh infamia! ¡oh siglo! ¡oh corrupción! Matronas

Castellanas, ¿quién pudo vuestro claro

Pundonor eclipsar? ¿Quién de Lucrecias

En Laís os volvió? ¿Ni el proceloso

Océano, ni, lleno de peligros,

El Lilibeo, ni las arduas cumbres

De Pirene pudieron guareceros

Del contagio fatal? Zarpa preñada

De oro la nao gaditana, aporta

Á las orillas gálicas, y vuelve

Llena de objetos fútiles y vanos;

Y entre los signos de extranjera pompa

Ponzoña esconde y corrupción, compradas

Con el sudor de las iberas frentes;

Y tú, mísera España, tú la esperas

Sobre la playa, y con afán recoges

La pestilente carga, y la repartes

Alegre entre tus hijos. Viles plumas,

Gasas y cintas, flores y penachos

Te trae en cambio de la sangre tuya;

De tu sangre ¡oh baldón! y acaso, acaso

De tu virtud y honestidad. Repara

Cual la liviana juventud los busca.

Mira cual va con ellos engreída

La impudente doncella; su cabeza,

Cual nave real en triunfo empavesada,

Vana presenta del favonio al soplo

La mies de plumas y de airones, y anda

Loca, buscando en la lisonja el premio

De su indiscreto afán. ¡Ay triste! guarte,

Guarte, que está cercano el precipicio.

El astuto amador ya en asechanza

Te atisba y sigue con lascivos ojos;

La adulación y la caricia el lazo

Te van á armar, do caerás incauta,

En él tu oprobio y perdición hallando.

¡Ay cuánto, cuánto de amargura y lloro

Te costarán tus galas! ¡Cuán tardío

Será y estéril tu arrepentimiento!

Ya ni el rico Brasil, ni las cavernas

Del nunca exhausto Potosí no bastan

Á saciar el hidrópico deseo,

La ansiosa sed de vanidad y pompa.

Todo lo agotan: cuesta un sombrerillo

Lo que antes un Estado, y se consume

En un festín la dote de una infanta;

Todo lo tragan; la riqueza unida

Va á la indigencia; pide y pordiosea

El noble, engaña, empeña, malbarata,

Quiebra y perece, y el logrero goza

Los pingües patrimonios, premio un día

Del generoso afán de altos abuelos.

¡Oh ultraje! ¡oh mengua! todo se trafica:

Parentesco, amistad, favor, influjo,

Y hasta el honor, depósito sagrado,

Ó se vende ó se compra. Y tú, belleza,

Don el más grato que dió al hombre el cielo,

No eres ya premio del valor, ni paga

Del peregrino ingenio; la florida

Juventud, la ternura, el rendimiento

Del constante amador ya no te alcanzan.

Ya ni te das al corazón, ni sabes

De él recibir adoración y ofrendas.

Ríndeste al oro. La vejez hedionda,

La sucia palidez, la faz adusta,

Fiera y terrible, con igual derecho

Vienen sin susto á negociar contigo.

Daste al barato, y tu rosada frente,

Tus suaves besos y tus dulces brazos,

Corona un tiempo del amor más puro,

Son ya una vil y torpe mercancía.

DON JUAN MELÉNDEZ VALDÉS

ROSANA EN LOS FUEGOS

Del sol llevaba la lumbre,

Y la alegría del alba,

En sus celestiales ojos

La hermosísima Rosana,

Una noche que á los fuegos

Salió la fiesta de Pascua

Para abrasar todo el valle

En mil amorosas ansias.

Por do quiera que camina

Lleva tras sí la mañana,

Y donde se vuelve rinde

La libertad de mil almas.

El céfiro la acaricia

Y mansamente la halaga,

Los Amores la rodean

Y las Gracias la acompañan.

Y ella, así como en el valle

Descuella la altiva palma

Cuando sus verdes pimpollos

Hasta las nubes levanta;

Ó cual vid de fruto llena

Que con el olmo se abraza,

Y sus vástagos extiende

Al arbitrio de las ramas;

Así entre sus compañeras

El nevado cuello alza,

Sobresaliendo entre todas

Cual fresca rosa entre zarzas.

Todos los ojos se lleva

Tras sí, todo lo avasalla;

De amor mata á los pastores

Y de envidia á las zagalas.

Ni las músicas se atienden,

Ni se gozan las lumbradas;

Que todos corren por verla

Y al verla todos se abrasan.

¡Qué de suspiros se escuchan!

¡Qué de vivas y de salvas!

No hay zagal que no la admire

Y no se esmere en loarla.

Cual absorto la contempla

Y á la aurora la compara

Cuando más alegre sale

Y el cielo en albores baña;

Cual al fresco y verde aliso

Que crece al margen del agua,

Cuando más pomposo en hojas

En su cristal se retrata;

Cual á la luna, si muestra

Llena su esfera de plata,

Y asoma por los collados

De luceros coronada.

Otros pasmados la miran

Y mudamente la alaban,

Y cuanto más la contemplan

Muy más hermosa la hallan.

Que es como el cielo su rostro

Cuando en la noche callada

Brilla con todas sus luces

Y los ojos embaraza.

¡Ay, qué de envidias se encienden!

¡Ay, qué de celos que causa

En las serranas del Tormes

Su perfección sobrehumana!

Las más hermosas la temen,

Mas sin osar murmurarla;

Que como el oro más puro

No sufre una leve mancha.

Bien haya tu gentileza,

Una y mil veces bien haya,

Y abrase la envidia al pueblo,

Hermosísima aldeana.

Toda, toda eres perfecta,

Toda eres donaire y gracia,

El amor vive en tus ojos

Y la gloria está en tu cara.

La libertad me has robado,

Yo la doy por bien robada,

Mas recibe el don benigna

Que mi humildad te consagra.

Esto un zagal la decía

Con razones mal formadas,

Que salió libre á los fuegos

Y volvió cautivo á casa.

Y desde entonces perdido

El día á sus puertas le halla;

Ayer le cantó esta letra

Echándole la alborada:

Linda zagaleja

De cuerpo gentil,

Muérome de amores

Desde que te vi.

Tu talle, tu aseo,

Tu gala y donaire,

No tienen, serrana,

Igual en el valle.

Del cielo son ellos

Y tú un serafín:

Muérome de amores

Desde que te vi.

De amores me muero,

Sin que nada baste

Á darme la vida

Que allá te llevaste,

Si ya no te dueles,

Benigna, de mí;

Que muero de amores

Desde que te vi.

DON MANUEL JOSÉ QUINTANA

ODA Á ESPAÑA, DESPUÉS DE LA REVOLUCIÓN
DE MARZO

¿Qué era, decidme, la nación que un día

Reina del mundo proclamó el destino,

La que á todas las zonas extendía

Su cetro de oro y su blasón divino?

Volábase á occidente,

Y el vasto mar Atlántico sembrado

Se hallaba de su gloria y su fortuna.

Do quiera España: en el preciado seno

De América, en el Asia, en los confines

Del África, allí España. El soberano

Vuelo de la atrevida fantasía

Para abarcarla se cansaba en vano;

La tierra sus mineros le rendía,

Sus perlas y coral el Oceano,

Y donde quier que revolver sus olas

Él intentase, á quebrantar su furia

Siempre encontraba costas españolas.

Ora en el cieno del oprobio hundida,

Abandonada á la insolencia ajena,

Como esclava en mercado, ya aguardaba

La ruda argolla y la servil cadena.

¡Qué de plagas! ¡oh Dios! Su aliento impuro,

La pestilente fiebre respirando,

Infestó el aire, emponzoñó la vida;

La hambre enflaquecida

Tendió sus brazos lívidos, ahogando

Cuanto el contagio perdonó; tres veces

De Jano el templo abrimos,

Y á la trompa de Marte aliento dimos;

Tres veces ¡ay! Los dioses tutelares

Su escudo nos negaron, y nos vimos

Rotos en tierra y rotos en los mares.

¿Qué en tanto tiempo viste

Por tus inmensos términos, oh Iberia?

¿Qué viste ya sino funesto luto,

Honda tristeza, sin igual miseria,

De tu vil servidumbre acerbo fruto?

Así rota la vela, abierto el lado,

Pobre bajel á naufragar camina,

De tormenta en tormenta despeñado,

Por los yermos del mar; ya ni en su popa

Las guirnaldas se ven que antes le ornaban,

Ni en señal de esperanza y de contento

La flámula rïendo al aire ondea.

Cesó en su dulce canto el pasajero,

Ahogó su vocería

El ronco marinero,

Terror de muerte en torno le rodea,

Terror de muerte silencioso y frío;

Y él va á estrellarse al áspero bajío.

Llega el momento, en fin; tiende su mano

El tirano del mundo al occidente,

Y fiero exclama: «El occidente es mío.»

Bárbaro gozo en su ceñuda frente

Resplandeció, como en el seno obscuro

De nube tormentosa en el estío

Relámpago fugaz brilla un momento

Que añade horror con su fulgor sombrío.

Sus guerreros feroces

Con gritos de soberbia el viento llenan;

Gimen los yunques, los martillos suenan,

Arden las forjas. ¡Oh vergüenza! ¿Acaso

Pensáis que espadas son para el combate

Las que mueven sus manos codiciosas?

No en tanto os estiméis: grillos, esposas,

Cadenas son que en vergonzosos lazos

Por siempre amarren tan inertes brazos.

Estremecióse España

Del indigno rumor que cerca oía,

Y al grande impulso de su justa saña

Rompió el volcán que en su interior hervía.

Sus déspotas antiguos

Consternados y pálidos se esconden;

Resuena el eco de venganza en torno,

Y del Tajo las márgenes responden:

«¡Venganza!» ¿Dónde están, sagrado río,

Los colosos de oprobio y de vergüenza

Que nuestro bien en su insolencia ahogaban;

Su gloria fué, nuestro esplendor comienza;

Y tú, orgulloso y fiero,

Viendo que aun hay Castilla y castellanos,

Precipitas al mar tus rubias ondas,

¡Oh triunfo! ¡Oh gloria! ¡Oh celestial momento!

¿Con que puede ya dar el labio mío

El nombre augusto de la patria al viento?

Yo le daré; mas no en el arpa de oro5

Que mi cantar sonoro

Acompañó hasta aquí; no aprisionado

En estrecho recinto, en que se apoca

El numen en el pecho

Y el aliento fatídico en la boca.10

Desenterrad la lira de Tirteo,

Y el aire abierto á la radiante lumbre

Del sol, en la alta cumbre

Del riscoso y pinífero Fuenfría,

Allí volaré yo, y allí cantando15

Con voz que atruene en rededor la sierra,

Lanzaré por los campos castellanos

Los ecos de la gloría y de la guerra.

¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime,

Único asilo y sacrosanto escudo20

Al ímpetu sañudo

Del fiero Atila que á occidente oprime!

¡Guerra, guerra, españoles! En el Betis

Ved del Tercer Fernando alzarse airada

La augusta sombra; su divina frente

Mostrar Gonzalo en la imperial Granada;

Blandir el Cid su centelleante espada,

Y allá sobre los altos Pirineos,

Del hijo de Jimena

Animarse los miembros giganteos.

En torvo ceño y desdeñosa pena

Ved como cruzan por los aires vanos;

Y el valor exhalando que se encierra

Dentro del hueco de sus tumbas frías,

En fiera y ronca voz pronuncian: «¡Guerra!

¡Pues qué! ¿Con faz serena

Vierais los campos devastar opimos,

Eterno objeto de ambición ajena,

Herencia inmensa que afanando os dimos?

Despertad, raza de héroes: el momento

Llegó ya de arrojarse á la victoria;

Que vuestro nombre eclipse nuestro nombre,

Que vuestra gloría humille nuestra gloria.

No ha sido en el gran día

El altar de la patria alzado en vano

Por vuestra mano fuerte.

Juradlo, ella os lo manda: ¡Antes la muerte

Que consentir jamás ningún tirano!»

Sí, yo lo juro, venerables sombras;

Yo lo juro también, y en este instante

Ya me siento mayor. Dadme una lanza,

Ceñidme el casco fiero y refulgente;

Volemos al combate, á la venganza;

Y el que niegue su pecho á la esperanza,

Hunda en el polvo la cobarde frente.

Tal vez el gran torrente

De la devastación en su carrera

Me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura

No se muere una vez? ¿No iré, expirando,

Á encontrar nuestros ínclitos mayores?

«¡Salud, oh padres de la patria mía,

Yo les diré, salud! La heroica España

De entre el estrago universal y horrores

Levanta la cabeza ensangrentada,

Y vencedora de su mal destino,

Vuelve á dar á la tierra amedrentada

Su cetro de oro y su blasón divino.»

DON DIONISIO SOLÍS

LA PREGUNTA DE LA NIÑA

Madre mía, yo soy niña;

No se enfade, no me riña,

Si fiada en su prudencia

Desahogo mi conciencia,

Y contarle solicito

Mi desdicha ó mi delito,

Aunque muerta de rubor.

Pues Blasillo el otro día,

Cuando mismo anochecía,

Y cantando descuidada

Conducía mi manada,

En el bosque, por acaso,

Me salió solito al paso,

Más hermoso que el amor.

Se me acerca temeroso,

Me saluda cariñoso,

Me repite que soy linda,

Que no hay pecho que no rinda,

Que si río, que si lloro,

Á los hombres enamoro,

Y que mato con mirar.

Con estilo cortesano

Se apodera de mi mano,

Y entre dientes, madre mía,

No sé bien qué me pedía;

Yo entendí que era una rosa,

Pero él dijo que era otra cosa,

Que yo no le quise dar.

¿Sabe usted lo que decía

El taimado que quería?

Con vergüenza lo confieso,

Mas no hay duda que era un beso

Y fue tanto mi sonrojo,

Que irritada de su arrojo,

No sé como no morí.

Mas mi pecho enternecido

De mirarle tan rendido,

Al principio resistiendo,

Él instando, yo cediendo,

Fue por fin tan importuno,

Que en la boca, y sólo uno,

Que me diera permití.

Desde entonces, si le miro,

Yo no sé por qué suspiro,

Ni por qué si á Clori mira

Se me abrasa el rostro en ira;

Ni por qué, si con cuidado

Se me pone junto al lado,

Me estremezco de placer.

Siempre orillas de la fuente

Busco rosas á mi frente,

Pienso en él y me sonrío,

Y entre mí le llamo mío,

Me entristezco de su ausencia,

Y deseo en su presencia

La más bella parecer.

Confundida, peno y dudo,

Y por eso á usted acudo;

Dígame, querida madre,

Si sentía por mi padre

Este plácido tormento,

Esta dulce que yo siento

Deliciosa enfermedad.

Diga usted con qué se cura

Ó mi amor, ó mi locura,

Y si puede por un beso,

Sin que pase á más exceso,

Una niña enamorarse,

Y que trate de casarse

Á los quince de su edad.

DON JUAN NICASIO GALLEGO

EL DOS DE MAYO

Noche, lóbrega noche, eterno asilo

Del miserable que, esquivando el sueño,

En tu silencio pavoroso gime:

No desdeñes mi voz; letal beleño

Presta á mis sienes, y en tu horror sublime

Empapada la ardiente fantasía,

Da á mi pincel fatídicos colores

Con que el tremendo día

Trace al furor de vengadora tea,

Y el odio irrite de la patria mía,

Y escándalo y terror al orbe sea.

¡Día de execración! La destructora

Mano del tiempo le arrojó al averno;

Mas ¿quién el sempiterno

Clamor con que los ecos importuna

La madre España en enlutado arreo

Podrá atajar? Junto al sepulcro frío,

Al pálido lucir de opaca luna,

Entre cipreses fúnebres la veo:

Trémula, yerta, desceñido el manto,

Los ojos moribundos

Al cielo vuelve, que le oculta el llanto;

Roto y sin brillo el cetro de dos mundos

Yace entre el polvo, y el león guerrero

Lanza á sus pies rugido lastimero.

¡Ay, que cual débil planta

Que agota en su furor hórrido viento,

De víctimas sin cuento

Lloró la destrucción Mantua afligida!

Yo vi, yo vi su juventud florida

Correr inerme al huésped ominoso.

¿Mas qué su generoso

Esfuerzo pudo? El pérfido caudillo

En quien su honor y su defensa fía,

La condenó al cuchillo.

¿Quién ¡ay! la alevosía,

La horrible asolación habrá que cuente,

Que, hollando de amistad los santos fueros,

Hizo furioso en la indefensa gente

Ese tropel de tigres carniceros?

Por las henchidas calles

Gritando se despeña

La infame turba que abrigó en su seno,

Rueda allá rechinando la cureña,

Acá retumba el espantoso trueno,

Allí el joven lozano,

El mendigo infeliz, el venerable

Sacerdote pacífico, el anciano

Que con su arada faz respeto imprime,

Juntos amarra su dogal tirano.

En balde, en balde gime,

De los duros satélites en torno,

La triste madre, la afligida esposa.

Con doliente clamor, la pavorosa

Fatal descarga suena,

Que á luto y llanto eterno la condena.

¡Cuánta escena de muerte! ¡cuánto estrago!

¡Cuántos ayes doquier! Despavorido

Mirad ese infelice

Quejarse al adalid empedernido

De otra cuadrilla atroz. «¡Ah! ¿Qué te hice?»

Exclama el triste en lágrimas deshecho:

«Mi pan y mi mansión partí contigo,

Te abrí mis brazos, te cedí mi lecho,

Templé tu sed, y me llamé tu amigo;

¿Y ahora pagar podrás nuestro hospedaje

Sincero, franco, sin doblez ni engaño,

Con dura muerte y con indigno ultraje?»

¡Perdido suplicar! ¡inútil ruego!

El monstruo infame á sus ministros mira,

Y con tremenda voz gritando: «¡fuego!»

Tinto en su sangre el desgraciado expira.

Y en tanto ¿dó se esconden?

¿Dó están ¡oh cara patria! tus soldados,

Que á tu clamor de muerte no responden?

Presos, encarcelados

Por jefes sin honor, que, haciendo alarde

De su perfidia y dolo,

Á merced de los vándalos te dejan,

Como entre hierros el león, forcejean

Con inútil afán. Vosotros sólo,

Fuerte Daoiz, intrépido Velarde,

Que osando resistir al gran torrente

Dar supisteis en flor la dulce vida

Con firme pecho y con serena frente;

Si de mi libre musa

Jamás el eco adormeció á tiranos,

Ni vil lisonja emponzoñó su aliento,

Allá del alto asiento,

Al que la acción magnánima os eleva,

El himno oid que á vuestro nombre entona,

Mientras la fama alígera le lleva

Del mar de hielo á la abrasada zona.

Mas ¡ay! que en tanto sus funestas alas

Por la opresa metrópoli tendiendo,

La yerma asolación sus plazas cubre,

Y al áspero silbar de ardientes balas,

Y al ronco son de los preñados bronces,

Nuevo fragor y estrépito sucede.

¿Oís cómo, rompiendo

De moradores tímidos las puertas,

Caen estallando de los fuertes gonces?

¡Con qué espantoso estruendo

Los dueños buscan, que medrosos huyen!

Cuanto encuentran destruyen,

Bramando, los atroces forajidos,

Que el robo infame y la matanza ciegan.

¿No veis cuál se despliegan,

Penetrando en los hondos aposentos,

De sangre y oro y lágrimas sedientos?

Rompen, talan, destrozan

Cuanto se ofrece á su sangrienta espada.

Aquí, matando al dueño, se alborozan,

Hieren allí su esposa acongojada;

La familia asolada

Yace expirando, y con feroz sonrisa

Sorben voraces el fatal tesoro.

Suelta, á otro lado, la madeja de oro,

Mustio el dulce carmín de su mejilla,

Y en su frente marchita la azucena,

Con voz turbada y anhelante lloro,

De su verdugo ante los pies se humilla

Tímida virgen, de amargura llena;

Mas con furor de hiena,

Alzando el corvo alfanje damasquino,

Hiende su cuello el bárbaro asesino.

¡Horrible atrocidad!... Treguas ¡oh musa!

Que ya la voz rehusa

Embargada en suspiros mi garganta.

Y en ignominia tanta,

¿Será que rinda el español bizarro

La indómita cerviz á la cadena?

No, que ya en torno suena

De Palas fiera el sanguinoso carro,

Y el látigo estallante

Los caballos flamígeros hostiga.

Ya el duro peto y el arnés brillante

Visten los fuertes hijos de Pelayo.

Fuego arrojó su ruginoso acero:

«¡Venganza y guerra!» resonó en su tumba;

«¡Venganza y guerra!» repitió Moncayo;

Y al grito heroico que en los aires zumba,

«¡Venganza y guerra!» claman Turia y Duero.

Guadalquivir guerrero

Alza al bélico son la regia frente,

Y del Patrón valiente

Blandiendo altivo la nudosa lanza,

Corre gritando al mar: «¡Guerra y venganza!»

¡Oh sombras infelices

De los que aleve y bárbara cuchilla

Robó á los dulces lares!

¡Sombras inultas que en fugaz gemido

Cruzáis los anchos campos de Castilla!

La heroica España, en tanto que al bandido

Que á fuego y sangre, de insolencia ciego,

Brindó felicidad, á sangre y fuego

Le retribuye el don, sabrá piadosa

Daros solemne y noble monumento.

Allí en padrón cruento

De oprobio y mengua, que perpetuo dure,

La vil traición del déspota se lea,

Y altar eterno sea

Donde todo Español al monstruo jure

Rencor de muerte que en sus venas cunda,

Y á cien generaciones se difunda.

DON FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA

EL NIDO

¿Dónde vas, zagal cruel,

Dónde vas con ese nido,

Riyendo tú mientras pían

Esos tristes pajarillos?

Su madre los dejó solos

En este momento mismo,

Para buscarles sustento

Y dárselo con su pico...

Mírala cuán azorada

Echa menos á sus hijos,

Salta de un árbol en otro,

Va, torna, vuela sin tino:

Al cielo favor demanda

Con acento dolorido;

Mientras ellos en tu mano

Baten el ala al oirlo...

¡Tú también tuviste madre,

Y la perdiste aun muy niño,

Y te encontraste en la tierra

Sin amparo y sin abrigo!—

Las lágrimas se le saltan

Al cuitado pastorcillo,

Y vergonzoso y confuso

Deja en el árbol el nido.

DON ÁNGEL DE SAAVEDRA, DUQUE DE
RIVAS

UN CASTELLANO LEAL

ROMANCE PRIMERO

«Holá, hidalgos y escuderos

De mi alcurnia y mi blasón,

Mirad como bien nacidos

De mi sangre y casa en pro.

«Esas puertas se defiendan;

Que no ha de entrar, vive Dios,

Por ellas, quien no estuviere

Más limpio que lo está el sol.

«No profane mi palacio

Un fementido traidor

Que contra su Rey combate

Y que á su patria vendió.

«Pues si él es de Reyes primo,

Primo de Reyes soy yo;

Y conde de Benavente

Si él es duque de Borbón;

«Llevándole de ventaja

Que nunca jamás manchó

La traición mi noble sangre,

Y haber nacido español.»

Así atronaba la calle

Una ya cascada voz,

Que de un palacio salía

Cuya puerta se cerró;

Y á la que estaba á caballo

Sobre un negro pisador,

Siendo en su escudo las lises

Más bien que timbre baldón,

Y de pajes y escuderos

Llevando un tropel en pos

Cubiertos de ricas galas,

El gran duque de Borbón:

El que lidiando en Pavía,

Más que valiente, feroz,

Gozóse en ver prisionero

Á su natural señor;

Y que á Toledo ha venido,

Ufano de su traición,

Para recibir mercedes

Y ver al Emperador.

ROMANCE SEGUNDO

En una anchurosa cuadra

Del alcázar de Toledo,

Cuyas paredes adornan

Ricos tapices flamencos,

Al lado de una gran mesa,

Que cubre de terciopelo

Napolitano tapete

Con borlones de oro y flecos;

Ante un sillón de respaldo

Que entre bordado arabesco

Los timbres de España ostenta

Y el águila del imperio,

De pie estaba Carlos Quinto,

Que en España era primero,

Con gallardo y noble talle,

Con noble y tranquilo aspecto.

De brocado de oro y blanco

Viste tabardo tudesco,

De rubias martas orlado,

Y desabrochado y suelto,

Dejando ver un justillo

De raso jalde, cubierto

Con primorosos bordados

Y costosos sobrepuestos,

Y la excelsa y noble insignia

Del Toisón de oro, pendiendo

De una preciosa cadena

En la mitad de su pecho.

Un birrete de velludo

Con un blanco airón, sujeto

Por un joyel de diamantes

Y un antiguo camafeo,

Descubre por ambos lados,

Tanta majestad cubriendo,

Rubio, cual barba y bigote,

Bien atusado el cabello.

Apoyada en la cadera

La potente diestra ha puesto,

Que aprieta dos guantes de ámbar

Y un primoroso mosquero,

Y con la siniestra halaga

De un mastín muy corpulento,

Blanco y las orejas rubias,

El ancho y carnoso cuello.

Con el Condestable insigne,

Apaciguador del reino,

De los pasados disturbios

Acaso está discurriendo;

Ó del trato que dispone

Con el Rey de Francia preso,

Ó de asuntos de Alemania

Agitada por Lutero;

Cuando un tropel de caballos

Oye venir á lo lejos

Y ante el alcázar pararse,

Quedando todo en silencio.

En la antecámara suena

Rumor impensado luego,

Ábrese al fin la mampara

Y entra el de Borbón soberbio,

Con el semblante de azufre

Y con los ojos de fuego,

Bramando de ira y de rabia

Que enfrena mal el respeto;

Y con balbuciente lengua,

Y con mal borrado ceño,

Acusa al de Benavente,

Un desagravio pidiendo.

Del español Condestable

Latió con orgullo el pecho,

Ufano de la entereza

De su esclarecido deudo.

Y aunque advertido procura

Disimular cual discreto,

Á su noble rostro asoman

La aprobación y el contento.

El Emperador un punto

Quedó indeciso y suspenso,

Sin saber qué responderle

Al francés, de enojo ciego.

Y aunque en su interior se goza

Con el proceder violento

Del conde de Benavente,

De altas esperanzas lleno

Por tener tales vasallos,

De noble lealtad modelos,

Y con los que el ancho mundo

Será á sus glorias estrecho,

Mucho al de Borbón le debe

Y es fuerza satisfacerlo:

Le ofrece para calmarlo

Un desagravio completo.

Y, llamando á un gentil-hombre,

Con el semblante severo

Manda que el de Benavente

Venga á su presencia presto.

ROMANCE TERCERO

Sostenido por sus pajes

Desciende de su litera

El conde de Benavente

Del alcázar á la puerta.

Era un viejo respetable,

Cuerpo enjuto, cara seca,

Con dos ojos como chispas,

Cargados de largas cejas,

Y con semblante muy noble,

Mas de gravedad tan seria

Que veneración de lejos

Y miedo causa de cerca.

Eran su traje unas calzas

De púrpura de Valencia,

Y de recamado ante

Un coleto á la leonesa:

De fino lienzo gallego20

Los puños y la gorguera,

Unos y otra guarnecidos

Con randas barcelonesas:

Un birretón de velludo

Con su cintillo de perlas,

Y el gabán de paño verde

Con alamares de seda.

Tan sólo de Calatrava

La insignia española lleva;

Que el Toisón ha despreciado

Por ser orden extranjera.

5

Con paso tardo, aunque firme,

Sube por las escaleras,

Y al verle, las alabardas

Un golpe dan en la tierra;

Golpe de honor, y de aviso

De que en el alcázar entra

Un Grande, á quien se le debe

Todo honor y reverencia.

Al llegar á la antesala,

Los pajes que están en ella

Con respeto le saludan

Abriendo las anchas puertas.

Con grave paso entra el conde

Sin que otro aviso preceda,

Salones atravesando

Hasta la cámara regia.

Pensativo está el Monarca,

Discurriendo como pueda

Componer aquel disturbio

Sin hacer á nadie ofensa.

Mucho al de Borbón le debe,

Aun mucho más de él espera,

Y al de Benavente mucho

Considerar le interesa.

Dilación no admite el caso,

No hay quien dar consejo pueda

Y Villalar y Pavía

Á un tiempo se le recuerdan.

En el sillón asentado

Y el codo sobre la mesa,

Al personaje recibe,

Que comedido se acerca.

10

Grave el conde le saluda

Con una rodilla en tierra,

Mas como Grande del reino

Sin descubrir la cabeza.

El Emperador benigno

Que alce del suelo le ordena,

Y la plática difícil

Con sagacidad empieza.

Y entre severo y afable

Al cabo le manifiesta

Que es el que á Borbón aloje

Voluntad suya resuelta.

Con respeto muy profundo,

Pero con la voz entera,

Respóndele Benavente,

Destocando la cabeza:

«Soy, señor, vuestro vasallo,

Vos sois mi rey en la tierra,

Á vos ordenar os cumple

De mi vida y de mi hacienda.

«Vuestro soy, vuestra mi casa,

De mí disponed y de ella,

Pero no toquéis mi honra

Y respetad mi conciencia.

«Mi casa Borbón ocupe

Puesto que es voluntad vuestra,

Contamine sus paredes,

Sus blasones envilezca;

«Que á mí me sobra en Toledo

Donde vivir, sin que tenga

Que rozarme con traidores,

Cuyo solo aliento infesta.

Y en cuanto él deje mi casa,

Antes de tornar yo á ella,

Purificaré con fuego

Sus paredes y sus puertas.»

Dijo el conde, la real mano

Besó, cubrió su cabeza,

Y retiróse bajando

Á do estaba su litera.

Y á casa de un su pariente

Mandó que le condujeran,

Abandonando la suya

Con cuanto dentro se encierra.

Quedó absorto Carlos Quinto

De ver tan noble firmeza,

Estimando la de España

Más que la imperial diadema.

ROMANCE CUARTO

Muy pocos días el duque

Hizo mansión en Toledo,

Del noble conde ocupando

Los honrados aposentos.

Y la noche en que el palacio

Dejó vacío, partiendo,

Con su séquito y sus pajes,

Orgulloso y satisfecho,

Turbó la apacible luna

Un vapor blanco y espeso

Que de las altas techumbres

Se iba elevando y creciendo:

Á poco rato tornóse

En humo confuso y denso

Que en nubarrones obscuros

Ofuscaba el claro cielo;

Después en ardientes chispas,

Y en un resplandor horrendo

Que iluminaba los valles

Dando en el Tajo reflejos,

Y al fin su furor mostrando

En embravecido incendio

Que devoraba altas torres

Y derrumbaba altos techos.

Resonaron las campanas,

Conmovióse todo el pueblo,

De Benavente el palacio

Presa de las llamas viendo.

El Emperador confuso

Corre á procurar remedio,

En atajar tanto daño

Mostrando tenaz empeño.

En vano todo: tragóse

Tantas riquezas el fuego,

Á la lealtad castellana

Levantando un monumento.

Aun hoy unos viejos muros

Del humo y las llamas negros

Recuerdan acción tan grande

En la famosa Toledo.

PADRE JUAN AROLAS

SÉ MÁS FELIZ QUE YO

Sobre pupila azul, con sueño leve,

Tu párpado cayendo amortecido,

Se parece á la pura y blanca nieve

Que sobre las violetas reposó:

Yo el sueño del placer nunca he dormido:

Sé más feliz que yo.

Se asemeja tu voz en la plegaria

Al canto del zorzal de indiano suelo

Que sobre la pagoda solitaria

Los himnos de la tarde suspiró:

Yo sólo esta oración dirijo al cielo:

Sé más feliz que yo.

Es tu aliento la esencia más fragante

De los lirios del Arno caudaloso

Que brotan sobre un junco vacilante

Cuando el céfiro blando los meció:

Yo no gozo su aroma delicioso:

Sé más feliz que yo.

El amor, que es espíritu de fuego,

Que de callada noche se aconseja

Y se nutre con lágrimas y ruego,

En tus purpúreos labios se escondió:

Él te guarde el placer y a mí la queja:

Sé más feliz que yo.

Bella es tu juventud en sus albores

Como un campo de rosas del Oriente;

Al ángel del recuerdo pedí flores

Para adornar tu sien, y me las dió;

Yo decía al ponerlas en tu frente:

Sé más feliz que yo.

Tu mirada vivaz es de paloma;

Como la adormidera del desierto

Causas dulce embriaguez, hurí de aroma

Que el cielo de topacio abandonó:

Mi suerte es dura, mi destino incierto:

Sé más feliz que yo.

DON JOSÉ DE ESPRONCEDA

CANCIÓN DEL PIRATA

Con diez cañones por banda,

Viento en popa á toda vela,

No corta el mar, sino vuela

Un velero bergantín:

Bajel pirata que llaman,

Por su bravura, el Temido,

En todo mar conocido

Del uno al otro confín.

La luna en el mar rïela,

En la lona gime el viento,

Y alza en blando movimiento

Olas de plata y azul;

Y ve el capitán pirata,

Cantando alegre en la popa,

Asia á un lado, al otro Europa,

Y allá á su frente Stambul,

«Navega, velero mío,

Sin temor;

Que ni enemigo navío,

Ni tormenta, ni bonanza

Tu rumbo á torcer alcanza,

Ni á sujetar tu valor.

«Veinte presas

Hemos hecho

Á despecho

Del inglés,

Y han rendido

Sus pendones

Cien naciones

Á mis pies.»

Que es mi barco mi tesoro,

Que es mi Dios la libertad,

Mi ley la fuerza y el viento,

Mi única patria la mar.

«Allá muevan feroz guerra

Ciegos reyes

Por un palmo más de tierra:

Que yo tengo aquí por mío

Cuanto abarca el mar bravío,

Á quien nadie impuso leyes.

«Y no hay playa,

Sea cual quiera,

Ni bandera

De esplendor,

Que no sienta

Mi derecho,

Y dé pecho

Á mi valor.»

Que es mi barco mi tesoro...

«Á la voz de «¡barco viene!»

Es de ver

Cómo vira y se previene

Á todo trapo á escapar;

Que yo soy el rey del mar,

Y mi furia es de temer.

«En las presas

Yo divido

Lo cogido

Por igual:

Sólo quiero

Por riqueza

La belleza

Sin rival.»

Que es mi barco mi tesoro...

«¡Sentenciado estoy á muerte!

Yo me río:

No me abandone la suerte,

Y al mismo que me condena

Colgaré de alguna entena,

Quizá en su propio navío.

«Y si caigo,

¿Qué es la vida?

Por perdida

Ya la di,

Cuando el yugo

Del esclavo,

Como un bravo,

Sacudí.»

Que es mi barco mi tesoro...

«Son mi música mejor

Aquilones:

El estrépito y temblor

De los cables sacudidos,

Del negro mar los bramidos

Y el rugir de mis cañones.

«Y del trueno

Al son violento

Y del viento

Al rebramar,

Yo me duermo

Sosegado,

Arrullado

Por el mar.»

Que es mi barco mi tesoro,

Que es mi Dios la libertad,

Mi ley la fuerza y el viento,

Mi única patria la mar.

Á LA PATRIA

¡Cuan solitaria la nación que un día

Poblara inmensa gente!

¡La nación cuyo imperio se extendía

Del ocaso al oriente!

¡Lágrimas viertes, infeliz, ahora,

Soberana del mundo,

Y nadie de tu faz encantadora

Borra el dolor profundo!

Obscuridad y luto tenebroso

En ti vertió la muerte,

Y en su furor el déspota sañoso

Se complació en tu suerte.

5

No perdonó lo hermoso, patria mía;

Cayó el joven guerrero,

Cayó el anciano, y la segur impía

Manejó placentero.

So la rabia cayó la virgen pura

Del déspota sombrío,

Como eclipsa la rosa su hermosura

En el sol del estío.

¡Oh vosotros, del mundo habitadores,

Contemplad mi tormento!

¿Igualarse podrán ¡ah! qué dolores

Al dolor que yo siento?

Yo, desterrado de la patria mía,

De una patria que adoro,

Perdida miro su primer valía

Y sus desgracias lloro.....

Tendió sus brazos la agitada España,

Sus hijos implorando;

Sus hijos fueron, mas traidora saña

Desbarató su bando.

¿Qué se hicieron tus muros torreados,

Oh mi patria querida?

¿Dónde fueron tus héroes esforzados,

Tu espada no vencida?

5

¡Ay! de tus hijos en la humilde frente

Está el rubor grabado:

Á sus ojos, caídos tristemente,

El llanto está agolpado.

Un tiempo España fué; cien héroes fueron

En tiempos de ventura,

Y las naciones tímidas la vieron

Vistosa en hermosura.

Cual cedro que en el Líbano se ostenta,

Su frente se elevaba;

Como el trueno á la virgen amedrenta,

Su voz las aterraba.

Mas hora, como piedra en el desierto,

Yaces desamparada,

Y el justo desgraciado vaga incierto

Allá en tierra apartada.

Cubren su antigua pompa y poderío

Pobre hierba y arena,

Y el enemigo que tembló á su brío

Burla y goza en su pena.

Vírgenes, destrenzad la cabellera

Y dadla al vago viento;

Acompañad con arpa lastimera

Mi lúgubre lamento.

5

Desterrados ¡oh Dios! de nuestros lares

Lloremos duelo tanto:

¿Quién calmará ¡oh España! tus pesares?

¿Quién secará tu llanto?

DON JOSÉ ZORRILLA

ORIENTAL

Corriendo van por la vega

Á las puertas de Granada

Hasta cuarenta gomeles

Y el capitán que los manda.

Al entrar en la ciudad,

Parando en su yegua blanca,

Le dijo éste á una mujer

Que entre sus brazos lloraba:

—Enjuga el llanto, cristiana,

No me atormentes así,

Que tengo yo, mi sultana,

Un nuevo Edén para ti.

Tengo un palacio en Granada,

Tengo jardines y flores,

Tengo una fuente dorada

Con más de cien surtidores.

Y en la vega del Genil

Tengo parda fortaleza,

Que será reina entre mil

Cuando encierre tu belleza.

Y sobre toda una orilla

Extiendo mi señorío;

Ni en Córdoba ni en Sevilla

Hay un parque como el mío.

Allí la altiva palmera

Y el encendido granado,

Junto á la frondosa higuera

Cubren el valle y collado.

Allí el robusto nogal,

Allí el nópalo amarillo,

Allí el sombrío moral

Crecen al pie del castillo.

Y olmos tengo en mi alameda

Que hasta el cielo se levantan,

Y en redes de plata y seda

Tengo pájaros que cantan.

Y tú mi sultana eres,

Que desiertos mis salones

Están, mi harén sin mujeres,

Mis oídos sin canciones.

Yo te daré terciopelos

Y perfumes orientales;

De Grecia te traeré velos

Y de Cachemira chales.

Y te daré blancas plumas

Para que adornes tu frente,

Más blancas que las espumas

De nuestros mares de oriente;

Y perlas para el cabello,

Y baños para el calor,

Y collares para el cuello;

Para los labios... ¡amor!—

—¿Qué me valen tus riquezas,

Respondióle la cristiana,

Si me quitas á mi padre,

Mis amigos y mis damas?

Vuélveme, vuélveme, moro,

Á mi padre y á mi patria,

Que mis torres de León

Valen más que tu Granada.—

Escuchóla en paz el moro,

Y manoseando su barba,

Dijo, como quien medita,

En la mejilla una lágrima:

Si tus castillos mejores

Que nuestros jardines son,

Y son más bellas tus flores,

Por ser tuyas, en León,

Y tú diste tus amores

Á alguno de tus guerreros,

Hurí del Edén, no llores;

Vete con tus caballeros.—

Y dándola su caballo

Y la mitad de su guardia

El capitán de los moros

Volvió en silencio la espalda.

INDECISIÓN

¡Bello es vivir, la vida es la armonía!

Luz, peñascos, torrentes y cascadas,

Un sol de fuego iluminando el día,

Aire de aromas, flores apiñadas:

Y en medio de la noche majestuosa

Esa luna de plata, esas estrellas,

Lámparas de la tierra perezosa,

Que se ha dormido en paz debajo de ellas.

¡Bello es vivir! Se ve en el horizonte

Asomar el crepúsculo que nace;

Y la neblina que corona el monte

En el aire flotando se deshace;

Y el inmenso tapiz del firmamento

Cambia su azul en franjas de colores;

Y susurran las hojas en el viento,

Y desatan su voz los ruiseñores.

Si hay huracanes y aquilón que brama,

Si hay un invierno de humedad vestido,

Hay una hoguera á cuya roja llama

Se alza un festín con su discorde ruido.

Y una pintada y fresca primavera,

Con su manto de luz y orla de flores,

Que cubre de verdor la ancha pradera

Donde brotan arroyos saltadores.

¡Bello es vivir, la vida es la armonía!

Luz, peñascos, torrentes y cascadas,

Un sol de fuego iluminando el día,

Aire de aromas, flores apiñadas.

Arranca, arranca, Dios mío,

De la mente del poeta

Este pensamiento impío

Que en un delirio creó;

Sin un instante de calma,

En su olvido y amargura,

No puede soñar su alma

Placeres que no gozó.

¡Ay del poeta! su llanto

Fué la inspiración sublime

Con que arrebató su canto

Hasta los cielos tal vez;

Solitaria flor que el viento

Con impuro soplo azota,

Él arrastra su tormento

Escrito sobre la tez.

Porque tú, ¡oh Dios! le robaste

Cuanto los hombres adoran;

Tú en el mundo le arrojaste

Para que muriera en él;

Tú le dijiste que el hombre

Era en la tierra su hermano;

Mas él no encuentra ese nombre

En sus recuerdos de hiel.

Tú le has dicho que eligiera

Para el viaje de la vida

Una hermosa compañera

Con quien partir su dolor;

Mas ¡ay! que la busca en vano;

Porque es para el ser que ama

Como un inmundo gusano

Sobre el tallo de una flor.

Canta la luz y las flores,

Y el amor en las mujeres,

Y el placer en los amores,

Y la calma en el placer:

Y sin esperanza adora

Una belleza escondida,

Y hoy en sus cantares llora

Lo que alegre cantó ayer.

Él con los siglos rodando

Canta su afán á los siglos,

Y los siglos van pasando

Sin curarse de su afán.

¡Maldito el nombre de gloria

Que en tu cólera le diste!

Sentados en su memoria

Recuerdos de hierro están.

El día alumbra su pena,

La noche alarga su duelo,

La aurora escribe en el cielo

Su sentencia de vivir:

Fábulas son los placeres,

No hay placeres en su alma,

No hay amor en las mujeres,

Tarda la hora de morir.

Hay sol que alumbra, mas quema:

Hay flores que se marchitan,

Hay recuerdos que se agitan

Fantasmas de maldición.

Si tiene una voz que canta,

Al arrancarla del pecho

Deja fuego en la garganta,

Vacío en el corazón.

15

¡Bello es vivir! Sobre gigante roca

Se mira el mundo á nuestros pies tendido,

La frente altiva con las nubes toca...

Todo creado para el hombre ha sido.

¡Bello es vivir! Que el hombre descuidado

En los bordes se duerme de la vida,

Y de locura y sueños embriagado

En un festín el porvenir olvida.

¡Bello es vivir! Vivamos y cantemos:

El tiempo entre sus pliegues roedores

Ha de llevar el bien que no gocemos,

Y ha de apagar placeres y dolores.

Cantemos de nosotros olvidados,

Hasta que el son de la fatal campana

Toque á morir... Cantemos descuidados,

Que el sol de ayer no alumbrará mañana.

LA FUENTE

Huye la fuente al manantial ingrata

El verde musgo en derredor lamiendo,

Y el agua limpia en su cristal retrata

Cuanto va viendo.

El césped mece y las arenas moja

Do mil caprichos al pasar dibuja,

Y ola tras ola murmurando arroja,

Riza y empuja.

Lecho mullido la presenta el valle,

Fresco abanico el abedul pomposo,

Cañas y juncos retirada calle,

Sombra y reposo.

Brota en la altura la fecunda fuente;

¿Y á qué su empeño, si al bajar la cuesta

Halla del río en el raudal rugiente

Tumba funesta?

Á BUEN JUEZ MEJOR TESTIGO

Tradición de Toledo

I

Entre pardos nubarrones

Pasando la blanca luna,

Con resplandor fugitivo,7

La baja tierra no alumbra.

La brisa con frescas alas

Juguetona no murmura,

Y las veletas no giran

Entre la cruz y la cúpula.

Tal vez un pálido rayo

La opaca atmósfera cruza,

Y unas en otras las sombras

Confundidas se dibujan.

Las almenas de las torres

Un momento se columbran,

Como lanzas de soldados

Apostados en la altura.

Reverberan los cristales

La trémula llama turbia,

Y un instante entre las rocas

Rïela la fuente oculta.

Los álamos de la vega

Parecen en la espesura

De fantasmas apiñados

Medrosa y gigante turba;

Y alguna vez desprendida

Gotea pesada lluvia,

Que no despierta á quien duerme,

Ni á quien medita importuna.

Yace Toledo en el sueño

Entre las sombras confusa,

Y el Tajo á sus pies pasando

Con pardas ondas la arrulla.

El monótono murmullo

Sonar perdido se escucha,

Cual si por las hondas calles

Hirviera del mar la espuma.

¡Qué dulce es dormir en calma

Cuando á lo lejos susurran

Los álamos que se mecen,

Las aguas que se derrumban!

Se sueñan bellos fantasmas

Que el sueño del triste endulzan,

Y en tanto que sueña el triste,

No le aqueja su amargura.

Tan en calma y tan sombría

Como la noche que enluta

La esquina en que desemboca

Una callejuela oculta,

Se ve de un hombre que aguarda

La vigilante figura,

Y tan á la sombra vela

Que entre la sombra se ofusca.

Frente por frente á sus ojos

Un balcón á poca altura

Deja escapar por los vidrios

La luz que dentro le alumbra;

Mas ni en el claro aposento,

Ni en la callejuela obscura

El silencio de la noche

Rumor sospechoso turba.

Pasó así tan largo tiempo,

Que pudiera haberse duda

De si es hombre, ó solamente

Mentida ilusión nocturna;

Pero es hombre, y bien se ve,

Porque con planta segura

Ganando el centro á la calle

Resuelto y audaz pregunta:

—¿Quién va?—y á corta distancia

El igual compás se escucha

De un caballo que sacude

Las sonoras herraduras.

¿Quién va? repite, y cercana

Otra voz menos robusta

Responde:—Un hidalgo ¡calle!

Y el paso el bruto apresura.

—Téngase el hidalgo,—el hombre

Replica, y la espada empuña.

—Ved más bien si me haréis calle

(Repusieron con mesura)

Que hasta hoy á nadie se tuvo

Ibán de Vargas y Acuña.

—Pase el Acuña y perdone:—

Dijo el mozo en faz de fuga,

Pues teniéndose el embozo

Sopla un silbato, y se oculta.

Paró el jinete á una puerta,

Y con precaución difusa

Salió una niña al balcón

Que llama interior alumbra.

—¡Mi padre!—clamó en voz baja,

Y el viejo en la cerradura

Metió la llave pidiendo

Á sus gentes que le acudan.

Un negro por ambas bridas

Tomó la cabalgadura,

Cerróse detrás la puerta

Y quedó la calle muda.

En esto desde el balcón,

Como quien tal acostumbra,

Un mancebo por las rejas

De la calle se asegura.

Asió el brazo al que apostado

Hizo cara á Ibán de Acuña,

Y huyeron, en el embozo

Velando la catadura.

II

Clara, apacible y serena

Pasa la siguiente tarde,

Y el sol tocando su ocaso

Apaga su luz gigante:

Se ve la imperial Toledo

Dorada por los remates,

Como una ciudad de grana

Coronada de cristales.

El Tajo por entre rocas

Sus anchos cimientos lame,

Dibujando en las arenas

Las ondas con que las bate.

Y la ciudad se retrata

En las ondas desiguales,

Como en prendas de que el río

Tan afanoso la bañe.

Á lo lejos en la vega

Tiende galán por sus márgenes,

De sus álamos y huertos

El pintoresco ropaje,

Y porque su altiva gala

Más á los ojos halague,

La salpica con escombros

De castillos y de alcázares.

Un recuerdo es cada piedra

Que toda una historia vale,

Cada colina un secreto

De príncipes ó galanes.

Aquí se bañó la hermosa

Por quien dejó su rey culpable

Amor, fama, reino y vida

En manos de musulmanes.

Allí recibió Galiana

Á su receloso amante

En esa cuesta que entonces

Era un plantel de azahares.

Allá por aquella torre,

Que hicieron puerta los árabes,

Subió el Cid sobre Babieca

Con su gente y su estandarte.

Más lejos se ve el castillo

De San Servando, ó Cervantes

Donde nada se hizo nunca

Y nada al presente se hace.

Á este lado está la almena

Por do sacó vigilante

El conde Don Peranzules

Al rey, que supo una tarde

Fingir tan tenaz modorra,

Que, político y constante,

Tuvo siempre el brazo quedo

Las palmas al horadarle.

Allí está el circo romano,

Gran cifra de un pueblo grande,

Y aquí la antigua Basílica

De bizantinos pilares,

Que oyó en el primer concilio

Las palabras de los Padres

Que velaron por la Iglesia

Perseguida ó vacilante.

La sombra en este momento

Tiende sus turbios cendales

Por todas esas memorias

De las pasadas edades,

Y del Cambrón y Visagra

Los caminos desiguales,

Camino á los Toledanos

Hacia las murallas abren.

Los labradores se acercan

Al fuego de sus hogares,

Cargados con sus aperos,

Cansados de sus afanes.

Los ricos y sedentarios

Se tornan con paso grave,

Calado el ancho sombrero,

Abrochados los gabanes;

Y los clérigos y monjes

Y los prelados y abades

Sacudiendo el leve polvo

De capelos y sayales.

Quédase sólo un mancebo

De impetuosos ademanes,

Que se pasea ocultando

Entre la capa el semblante.

Los que pasan le contemplan

Con decisión de evitarle,

Y él contempla á los que pasan

Como si á alguien aguardase.

Los tímidos aceleran

Los pasos al divisarle,

Cual temiendo de seguro

Que les proponga un combate;

Y los valientes le miran

Cual si sintieran dejarle

Sin que libres sus estoques

En riña sonora dancen.

Una mujer también sola

Se viene el llano adelante,

La luz del rostro escondida

En tocas y tafetanes.

Mas en lo leve del paso,

Y en lo flexible del talle,

Puede á través de los velos

Una hermosa adivinarse.

Vase derecha al que aguarda,

Y él al encuentro la sale

Diciendo... cuanto se dicen

En las citas los amantes.

Mas ella, galanterías

Dejando severa aparte,

Así al mancebo interrumpe

En voz decisiva y grave:

15

«Abreviemos de razones,

Diego Martínez; mi padre,

Que un hombre ha entrado en su ausencia

Dentro mi aposento sabe:

Y así quien mancha mi honra,

Con la suya me la lave;

Ó dadme mano de esposo,

Ó libre de vos dejadme.»

Miróla Diego Martínez

Atentamente un instante,

Y echando á un lado el embozo,

Repuso palabras tales:

«Dentro de un mes, Inés mía,

Parto á la guerra de Flandes;

Al año estaré de vuelta

Y contigo en los altares.

Honra que yo te desluzca,

Con honra mía se lave;

Que por honra vuelven honra

Hidalgos que en honra nacen.

—Júralo,—exclamó la niña.

—Más que mi palabra vale

No te valdrá un juramento.

—Diego, la palabra es aire.

—¡Vive Dios que estás tenaz!

Dalo por jurado y baste.

—No me basta; que olvidar

Puedes la palabra en Flandes.

—¡Voto á Dios! ¿qué más pretendes?

—Que á los pies de aquella imagen

Lo jures como cristiano

Del santo Cristo delante.»

Vaciló un punto Martínez,

Mas porfiando que jurase,

Llevóle Inés hacia el templo

Que en medio la vega yace.

Enclavado en un madero,

En duro y postrero trance,

Ceñida la sien de espinas,

Descolorido el semblante,

Víase allí un crucifijo

Teñido de negra sangre,

Á quien Toledo devota

Acude hoy en sus azares.

Ante sus plantas divinas

Llegaron ambos amantes,

Y haciendo Inés que Martínez

Los sagrados pies tocase,

Preguntóle:

—Diego, ¿juras

Á tu vuelta desposarme?

Contestó el mozo:

—¡Sí juro!

Y ambos del templo se salen.

III

10

Pasó un día y otro día,

Un mes y otro mes pasó,

Y un año pasado había,

Mas de Flandes no volvía

Diego, que á Flandes partió.

Lloraba la bella Inés

Su vuelta aguardando en vano,

Oraba un mes y otro mes

Del crucifijo á los pies

Do puso el galán su mano.

Todas las tardes venía

Después de traspuesto el sol,

Y á Dios llorando pedía

La vuelta del español,

Y el español no volvía.

Y siempre al anochecer,

Sin dueña y sin escudero,

En un manto una mujer

El campo salía á ver

Al alto del Miradero.

¡Ay del triste que consume

Su existencia en esperar!

¡Ay del triste que presume

Que el duelo con que él se abrume

Al ausente ha de pesar!

La esperanza es de los cielos

Precioso y funesto don,

Pues los amantes desvelos

Cambian la esperanza en celos,

Que abrasan el corazón.

Si es cierto lo que se espera,

Es un consuelo en verdad;

Pero siendo una quimera,

En tan frágil realidad

Quien espera desespera.

Así Inés desesperaba

Sin acabar de esperar,

Y su tez se marchitaba,

Y su llanto se secaba

Para volver á brotar.

En vano á su confesor

Pidió remedio ó consejo

Para aliviar su dolor;

Que mal se cura el amor

Con las palabras de un viejo.

En vano á Ibán acudía,

Llorosa y desconsolada;

El padre no respondía;

Que la lengua le tenía

Su propia deshonra atada.

Y ambos maldicen su estrella,

Callando el padre severo

Y suspirando la bella,

Porque nació mujer ella,

Y el viejo nació altanero.

Dos años al fin pasaron

En esperar y gemir,

Y las guerras acabaron,

Y los de Flandes tornaron

Á sus tierras á vivir.

Pasó un día y otro día,

Un mes y otro mes pasó,

Y el tercer año corría;

Diego á Flandes se partió,

Mas de Flandes no volvía.

Era una tarde serena,

Doraba el sol de occidente

Del Tajo la vega amena,

Y apoyada en una almena

Miraba Inés la corriente.

Iban las tranquilas olas

Las riberas azotando

Bajo las murallas solas,

Musgo, espigas y amapolas

Ligeramente doblando.

Algún olmo que escondido

Creció entre la hierba blanda,

Sobre las aguas tendido

Se reflejaba perdido

En su cristalina banda.

Y algún ruiseñor colgado

Entre su fresca espesura

Daba al aire embalsamado

Su cántico regalado

Desde la enramada obscura.

Y algún pez con cien colores,

Tornasolada la escama,

Saltaba á besar las flores,

Que exhalan gratos olores,

Á las puntas de una rama.

Y allá en el trémulo fondo

El torreón se dibuja

Como el contorno redondo

Del hueco sombrío y hondo

Que habita nocturna bruja.

Así la niña lloraba

El rigor de su fortuna,

Y así la tarde pasaba

Y al horizonte trepaba

La consoladora luna.

Á lo lejos por el llano

En confuso remolino

Vió de hombres tropel lejano

Que en pardo polvo liviano

Dejan envuelto el camino.

Bajó Inés del torreón,

Y llegando recelosa

Á las puertas del Cambrón,

Sintió latir zozobrosa

Más inquieto el corazón.

Tan galán como altanero

Dejó ver la escasa luz

Por bajo el arco primero

Un hidalgo caballero

En un caballo andaluz;

Jubón negro acuchillado,

Banda azul, lazo en la hombrera,

Y sin pluma al diestro lado

El sombrero derribado

Tocando con la gorguera;

Bombacho gris guarnecido,

Bota de ante, espuela de oro,

Hierro al cinto suspendido,

Y á una cadena prendido

Agudo cuchillo moro.

Vienen tras este jinete

Sobre potros jerezanos

De lanceros hasta siete,

Y en adarga y coselete

Diez peones castellanos.

Asióse á su estribo Inés

Gritando:—¡Diego, eres tú!—

Y él viéndola de través

Dijo—¡Voto á Belcebú,

Que no me acuerdo, quién es!—

Dió la triste un alarido

Tal respuesta al escuchar,

Y á poco perdió el sentido,

Sin que más voz ni gemido

Volviera en tierra á exhalar.

Frunciendo ambas á dos cejas

Encomendóla á su gente,

Diciendo:—¡Malditas viejas

Que á las mozas malamente

Enloquecen con consejas!—

Y aplicando el capitán

Á su potro las espuelas

El rostro á Toledo dan,

Y á trote cruzando van

Las obscuras callejuelas.

IV

Así por sus altos fines

Dispone y permite el cielo

Que puedan mudar al hombre

Fortuna, poder y tiempo.

Á Flandes partió Martínez

De soldado aventurero,

Y por su suerte y hazañas

Allí capitán le hicieron.

Según alzaba en honores

Alzábase en pensamientos,

Y tanto ayudó en la guerra

Con su valor y altos hechos,

Que el mismo rey á su vuelta

Le armó en Madrid caballero,

Tomándole á su servicio

Por capitán de lanceros.

Y otro no fué que Martínez

Quien ha poco entró en Toledo,

Tan orgulloso y ufano

Cual salió humilde y pequeño.

Ni es otro á quien se dirige,

Cobrado el conocimiento,

La amorosa Inés de Vargas,

Que vive por él muriendo.

Mas él, que olvidando todo

Olvidó su nombre mesmo,

Puesto que hoy Diego Martínez

Es el capitán Don Diego,

Ni se ablanda á sus caricias,

Ni cura de sus lamentos;

Diciendo que son locuras

De gentes de poco seso;

Que ni él prometió casarse

Ni pensó jamás en ello.

¡Tanto mudan á los hombres

Fortuna, poder y tiempo!

En vano porfiaba Inés

Con amenazas y ruegos;

Cuanto más ella importuna

Está Martínez severo.

Abrazada á sus rodillas

Enmarañado el cabello,

La hermosa niña lloraba

Prosternada por el suelo.

Mas todo empeño es inútil,

Porque el capitán Don Diego

No ha de ser Diego Martínez

Como lo era en otro tiempo.

Y así llamando á su gente,

De amor y piedad ajeno,

Mandóles que á Inés llevaran

De grado ó de valimiento.

Mas ella antes que la asieran,

Cesando un punto en su duelo,

Así habló, el rostro lloroso

Hacia Martínez volviendo:

«Contigo se fué mi honra,

Conmigo tu juramento;

Pues buenas prendas son ambas,

En buen fiel las pesaremos.»

Y la faz descolorida

En la mantilla envolviendo,

Á pasos desatentados

Salióse del aposento.

V

Era entonces de Toledo

Por el rey gobernador

El justiciero y valiente

Don Pedro Ruiz de Alarcón.

Muchos años por su patria

El buen viejo peleó;

Cercenado tiene un brazo,

Mas entero el corazón.

La mesa tiene delante,

Los jueces en derredor,

Los corchetes á la puerta

Y en la derecha el bastón.

Está, como presidente

Del tribunal superior,

Entre un dosel y una alfombra

Reclinado en un sillón,

Escuchando con paciencia

La casi asmática voz

Con que un tétrico escribano

Solfea una apelación.

Los asistentes bostezan

Al murmullo arrullador,

Los jueces medio dormidos

Hacen pliegues al ropón,

Los escribanos repasan

Sus pergaminos al sol,

Los corchetes á una moza

Guiñan en un corredor,

Y abajo en Zocodover

Gritan en discorde son

Los que en el mercado venden

Lo vendido y el valor.

Una mujer en tal punto,

En faz de grande aflicción,

Rojos de llorar los ojos,

Ronca de gemir la voz,

Suelto el cabello y el manto,

Tomó plaza en el salón

Diciendo á gritos: «¡Justicia,

Jueces; justicia, señor!»

Y á los pies se arroja humilde

De Don Pedro de Alarcón,

En tanto que los curiosos

Se agitan al rededor.

Alzóla cortés Don Pedro

Calmando la confusión

Y el tumultuoso murmullo

Que esta escena ocasionó,

Diciendo:

—Mujer, ¿qué quieres?

—Quiero justicia, señor.

—¿De qué?

—De una prenda hurtada.

—¿Qué prenda?

—Mi corazón.

—¿Tú le diste?

—Le presté.

—¿Y no te le han vuelto?

—No.

—¿Tienes testigos?

—Ninguno.

—¿Y promesa?

—¡Sí, por Dios!

Que al partirse de Toledo

Un juramento empeñó.

—¿Quién es él?

—Diego Martínez.

—¿Noble?

—Y capitán, señor.

—Presentadme al capitán,

Que cumplirá si juró.—

Quedó en silencio la sala,

Y á poco en el corredor

Se oyó de botas y espuelas

El acompasado son.

Un portero, levantando

El tapiz, en alta voz

Dijo:—El capitán Don Diego.—

Y entró luego en el salón

Diego Martínez, los ojos

Llenos de orgullo y furor.

—¿Sois el capitán Don Diego,

Díjole Don Pedro, vos?—

Contestó altivo y sereno

Diego Martínez:

—Yo soy.

—¿Conocéis á esta muchacha?

—Ha tres años, salvo error.

—¿Hicísteisla juramento

De ser su marido?—

—No.

—¿Juráis no haberlo jurado?

—Sí juro.—

—Pues id con Dios.

—¡Miente!—clamó Inés llorando

De despecho y de rubor.

—Mujer, ¡piensa lo que dices!...

—Digo que miente, juró.

—¿Tienes testigos?

—Ninguno.

—Capitán, idos con Dios,

Y dispensad que acusado

Dudara de vuestro honor.—

Tornó Martínez la espalda

Con brusca satisfacción,

É Inés, que le vió partirse,

Resuelta y firme gritó:

—Llamadle, tengo un testigo.

Llamadle otra vez, señor.—

Volvió el capitán Don Diego,

Sentóse Ruiz de Alarcón,

La multitud aquietóse

Y la de Vargas siguió:

—Tengo un testigo á quien nunca

Faltó verdad ni razón.

—¿Quién?

—Un hombre que de lejos

Nuestras palabras oyó,

Mirándonos desde arriba.

—¿Estaba en algún balcón?

—No, que estaba en un suplicio

Donde ha tiempo que expiró.

—¿Luego es muerto?

—No, que vive.

—Estáis loca, ¡vive Dios!

¿Quién fué?

—El CRISTO de la Vega

Á cuya faz perjuró.—

Pusiéronse en pie los jueces

Al nombre del Redentor,

Escuchando con asombro

Tan excelsa apelación.

Reinó un profundo silencio

De sorpresa y de pavor,

Y Diego bajó los ojos

De vergüenza y confusión.

Un instante con los jueces

Don Pedro en secreto habló,

Y levantóse diciendo

Con respetuosa voz:

«La ley es ley para todos,

Tu testigo es el mejor,

Mas para tales testigos

No hay más tribunal que Dios.

Haremos... lo que sepamos;

Escribano, al caer el sol

Al CRISTO que está en la vega

Tomaréis declaración.»

VI

Es una tarde serena,

Cuya luz tornasolada

Del purpurino horizonte

Blandamente se derrama.

Plácido aroma las flores

Sus hojas plegando exhalan,

Y el céfiro entre perfumes

Mece las trémulas alas.

Brillan abajo en el valle

Con suave rumor las aguas,

Y las aves en la orilla

Despidiendo al día cantan.

Allá por el Miradero

Por el Cambrón y Visagra

Confuso tropel de gente

Del Tajo á la vega baja.

Vienen delante Don Pedro

De Alarcón, Ibán de Vargas,

Su hija Inés, los escribanos,

Los corchetes y los guardias;

Y detrás monjes, hidalgos,

Mozas, chicos y canalla.

Otra turba de curiosos

En la vega les aguarda,

Cada cual comentariando

El caso según le cuadra.

Entre ellos está Martínez

En apostura bizarra,

Calzadas espuelas de oro,

Valona de encaje blanca,

Bigote á la borgoñona,

Melena desmelenada,

El sombrero guarnecido

Con cuatro lazos de plata,

Un pie delante del otro,

Y el puño en el de la espada.

Los plebeyos de reojo

Le miran de entre las capas,

Los chicos al uniforme

Y las mozas á la cara.

Llegado el gobernador

Y gente que le acompaña,

Entraron todos al claustro

Que iglesia y patio separa.

Encendieron ante el CRISTO

Cuatro cirios y una lámpara,

Y de hinojos un momento

Le rezaron en voz baja.

Está el CRISTO de la Vega

La cruz en tierra posada,

Los pies alzados del suelo

Poco menos de una vara;

Hacia la severa imagen

Un notario se adelanta,

De modo que con el rostro

Al pecho santo llegaba.

Á un lado tiene á Martínez,

Á otro lado á Inés de Vargas,

Detrás al gobernador

Con sus jueces y sus guardias.

Después de leer dos veces

La acusación entablada,

El notario á Jesucristo

Así demandó en voz alta:

—«Jesús, Hijo de María,

Ante nos esta mañana

Citado como testigo

Por boca de Inés de Vargas,

¿Juráis ser cierto que un día

Á vuestras divinas plantas

Juró á Inés Diego Martínez

Por su mujer desposarla?»

Asida á un brazo desnudo

Una mano atarazada

Vino á posar en los autos

La seca y hendida palma,

Y allá en los aires «¡Sí JURO!»

Clamó una voz más que humana.

Alzó la turba medrosa

La vista á la imagen santa...

Los labios tenía abiertos,

Y una mano desclavada.

CONCLUSIÓN

Las vanidades del mundo

Renunció allí mismo Inés,

Y espantado de sí propio

Diego Martínez también.

Los escribanos temblando

Dieron de esta escena fe,

Firmando como testigos

Cuantos hubieron poder.

Fundóse un aniversario

Y una capilla con él,

Y Don Pedro de Alarcón

El altar ordenó hacer,

Donde hasta el tiempo que corre,

Y en cada un año una vez,

Con la mano desclavada

El crucifijo se ve.

DON ANTONIO DE TRUEBA

CANTOS DE PÁJARO

Tengo yo un pajarillo

Que el día pasa

Cantando entre las flores

De mi ventana;

Y un canto alegre

Á todo pasajero

Dedica siempre.

Tiene mi pajarillo

Siempre armonías

Para alegrar el alma

Del que camina...

¡Oh cielo santo,

Por qué no harán los hombres

Lo que los pájaros!

Cuando mi pajarillo

Cantos entona,

Pasajeros ingratos

Cantos le arrojan:

Mas no por eso

Niega sus armonías

Al pasajero.

Tiende las leves alas,

Cruza las nubes

Y canta junto al cielo

Con voz más dulce:

«Paz á los hombres

Y gloria al que en la altura

Rige los orbes!»

Y yo sigo el ejemplo

Del ave mansa

Que canta entre las flores

De mi ventana,

Porque es sabido

Que poetas y pájaros

Somos lo mismo.

LA PEREJILERA

Al salir el sol dorado

Esta mañana te vi

Cogiendo, niña, en tu huerto

Matitas de perejil.

Para verte más de cerca

En el huerto me metí,

Y sabrás que eché de menos

Mi corazón al salir.

Tú debiste de encontrarle,

Que en el huerto le perdí.

«Dámele, perejilera,

Que te le vengo á pedir.»

DON JOSÉ SELGAS Y CARRASCO

LA MODESTIA

Por las flores proclamado

Rey de una hermosa pradera,

Un clavel afortunado

Dió principio á su reinado

Al nacer la primavera.

Con majestad soberana

Llevaba y con noble brío

El regio manto de grana,

Y sobre la frente ufana

La corona de rocío.

Su comitiva de honor

Mandaba, por ser costumbre,

El céfiro volador,

Y había en su servidumbre

Hierbas y malvas de olor.

Su voluntad poderosa,

Porque también era uso,

Quiso una flor para esposa,

Y regiamente dispuso

Elegir la más hermosa.

Como era costumbre y ley,

Y porque causa delicia

En la numerosa grey,

Pronto corrió la noticia

Por los estados del rey.

Y en revuelta actividad

Cada flor abre el arcano

De su fecunda beldad,

Por prender la voluntad

Del hermoso soberano.

Y hasta las menos apuestas

Engalanarse se vían

Con harta envidia, dispuestas

Á ver las solemnes fiestas

Que celebrarse debían.

Lujosa la Corte brilla:

El rey, admirado, duda,

Cuando ocultarse sencilla

Vió una tierna florecilla

Entre la hierba menuda.

Y por si el regio esplendor

De su corona le inquieta,

Pregúntale con amor:

—«¿Cómo te llamas?»—«Violeta,»

Dijo temblando la flor.

—«¿Y te ocultas cuidadosa

Y no luces tus colores,

Violeta dulce y medrosa,

Hoy que entre todas las flores

Va el rey á elegir esposa?»

Siempre temblando la flor,

Aunque llena de placer,

Suspiró y dijo: «Señor,

Yo no puedo merecer

Tan distinguido favor.»

El rey, suspenso, la mira

Y se inclina dulcemente;

Tanta modestia le admira;

Su blanda esencia respira,

Y dice alzando la frente:

«Me depara mi ventura

Esposa noble y apuesta;

Sepa, si alguno murmura,

Que la mejor hermosura

Es la hermosura modesta.»

Dijo, y el aura afanosa

Publicó en forma de ley,

Con voz dulce y melodiosa,

Que la violeta es la esposa

Elegida por el rey.

Hubo magníficas fiestas,

Ambos esposos se dieron

Pruebas de amor manifiestas,

Y en aquel reinado fueron

Todas las flores modestas.

DON PEDRO A. DE ALARCÓN

EL MONT-BLANC

¡Heme al fin en la cumbre soberana!...

¡Nieve perpetua..., soledad doquiera!...

¿Quién sino el hombre, en su soberbia insana,

Á hollar estos desiertos se atreviera?

Aquí enmudece hasta la voz del viento...;

Profundo mar parece el horizonte...,

Única playa el alto firmamento...,

Anclada nave el solitario monte.

¡Nada en torno de mí!... ¡Todo á mis plantas!

Obscuros bosques, relucientes ríos,

Lagos, campiñas, páramos, gargantas...

¡Europa entera yace á los pies míos!

¡Y cuán pequeña la terrestre vida,

Cuán relegado el humanal imperio

Se ve desde estos hielos donde anida

El Monte Blanco, el rey del hemisferio!

¡De aquí tiende su cetro sobre el mundo!

El Danubio opulento, el Po anchuroso,

El luengo Rhin y el Ródano profundo,

Hijos son de los hijos del Coloso.

Debajo de él... los Alpes se eslabonan

Como escabeles de su trono inmenso:

Debajo de él... las nubes se amontonan

Cual humo leve de quemado incienso.

¡Sobre él... los cielos nada más! La tarde

Le invidia al verlo de fulgor ceñido...

Llega la noche, y aún su frente arde

Con reflejos de un sol por siempre hundido.

Allá turnan con raudo movimiento

Una y otra estación... Él permanece

Mudo, inmóvil, estéril. ¡Monumento

De la implacable eternidad parece!

Ni el oso atroz ni el traicionero lobo

Huellan jamás su excelsitud nevada...

Huérfano vive del calor del globo...

¡En él principia el reino de la nada!

Por eso, ufano de su horror profundo,

Dichoso aquí mi corazón palpita...

¡Aquí solo con Dios..., fuera del mundo!

¡Solo, bajo la bóveda infinita!

¡Y qué süave, deleitosa calma

Brinda á mi pecho esta región inerte!...

Así concibe fatigada el alma

El tardo bien de la benigna muerte.

¡Morir aquí! De los poblados valles

No retornar á la angustiosa vida:

No escuchar más los lastimosos ayes

De la cuitada humanidad caída:

Desparecer, huyendo de la tierra,

Desde esta cima que se acerca al cielo:

Por siempre desertar de aquella guerra,

De eterna libertad tendiendo el vuelo...

Tal ansia acude al corazón llagado,

Al mirarte, ¡oh Mont-Blanc!, erguir la frente

Sobre un mísero mundo atribulado

Por el cierzo y el rayo y el torrente.

¡Tú nada temes! De tu imperio yerto

Sólo Dios es señor, fuerza y medida:

¡Cómo el ancho Océano y el Desierto,

Tú vives sólo de tu propia vida!

La tierra acaba en tu glacial palacio;

Tuya es la azul inmensidad aérea:

Tú ves más luz, más astros, más espacio...;

¡Parte eres ya de la mansión etérea!

¡Adiós! Retorno al mundo... Acaso un día

Ya de la tierra el corazón no lata,

Y sobre su haz inanimada y fría

Tiendas tu manto de luciente plata...

Será entonces tu reino silencioso

Cuanto hoy circunda y cubre el Oceano...

¡Adiós!... Impera en tanto desdeñoso

Sobre la insania del orgullo humano.

EL SECRETO

«¡Yo no quiero morirme!»

—Dice la niña,

Tendiendo hacia su madre

Dos manecitas

Calenturientas,

Cual dos blancos jazmines

Que el viento seca...

Un silencio de muerte

La madre guarda...

¡Ay! ¡si hablara, vertiera

Mares de lágrimas!

Besa á la niña,

¡Y aun le fingen sus labios

Una sonrisa!

Del cuello de la madre

La hija se cuelga

Y, pegada á su oído,

Pálida y trémula,

Con sordo acento,

Dícele horrorizada:

—«Oye un secreto:

¿Sabes por qué á morirme

Le temo tanto?

Porque luego me llevan,

Toda de blanco,

Al cementerio...,

¡Y de verme allí sola

Va á darme miedo!»

—«Hija de mis entrañas!

(Grita la madre)

Dios querrá que me vivas...;

Y, aunque te mate,

Descuida, hermosa;

Que tú en el cementerio

No estarás sola.»

DON GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

RIMAS

II

15

Saeta que voladora

Cruza, arrojada al azar,

Sin adivinarse dónde

Temblando se clavará;

Hoja que del árbol seca

Arrebata el vendaval,

Sin que nadie acierte el surco

Donde á caer volverá;

Gigante ola que el viento

Riza y empuja en el mar,

Y rueda y pasa, y no sabe

Qué playa buscando va;

Luz que en cercos temblorosos

Brilla, próxima á expirar,

Ignorándose cuál de ellos

El último brillará;

Eso soy yo, que al acaso

Cruzo el mundo, sin pensar

De dónde vengo, ni adónde

Mis pasos me llevarán.

VII

Del salón en el ángulo obscuro,

De su dueño tal vez olvidada,

Silenciosa y cubierta de polvo

Veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas

Como el pájaro duerme en las ramas,

Esperando la mano de nieve

Que sabe arrancarlas!

¡Ay! pensé; ¡cuántas veces el genio

Así duerme en el fondo del alma,

Y una voz, como Lázaro, espera

Que le diga: «Levántate y anda!»

LIII

Volverán las obscuras golondrinas

En tu balcón sus nidos á colgar,

Y, otra vez, con el ala á sus cristales

Jugando llamarán;

Pero aquellas que el vuelo refrenaban

Tu hermosura y mi dicha á contemplar,

Aquellas que aprendieron nuestros nombres...

Ésas... ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas

De tu jardín las tapias á escalar,

Y otra vez á la tarde, aun más hermosas,

Sus flores se abrirán;

Pero aquellas, cuajadas de rocío,

Cuyas gotas mirábamos temblar

Y caer, como lágrimas del día...

Ésas... ¡no volverán!

15

Volverán del amor en tus oídos

Las palabras ardientes á sonar;

Tu corazón de su profundo sueño

Tal vez despertará;

Pero mudo y absorto y de rodillas,

Como se adora á Dios ante su altar,

Como yo te he querido... desengáñate,

¡Así no te querrán!

LXXIII

Cerraron sus ojos

Que aun tenía abiertos;

Taparon su cara

Con un blanco lienzo;

y unos sollozando,

Otros en silencio,

De la triste alcoba

Todos se salieron.

La luz, que en un vaso

Ardía en el suelo,

Al muro arrojaba

La sombra del lecho;

Y entre aquella sombra

Veíase á intervalos

Dibujarse rígida

La forma del cuerpo.

Despertaba el día

Y á su albor primero

Con sus mil rüidos

Despertaba el pueblo.

Ante aquel contraste

De vida y misterios,

De luz y tinieblas,

Medité un momento:

«¡Dios mío, qué solos

Se quedan los muertos!»

De la casa en hombros

Lleváronla al templo,

Y en una capilla

Dejaron el féretro.

Allí rodearon

Sus pálidos restos

De amarillas velas

Y de paños negros.

Al dar de las ánimas

El toque postrero,

Acabó una vieja

Sus últimos rezos;

Cruzó la ancha nave,

Las puertas gimieron,

Y el santo recinto

Quedóse desierto.

De un reloj se oía

Compasado el péndulo,

Y de algunos cirios

El chisporroteo.

Tan medroso y triste,

Tan obscuro y yerto

Todo se encontraba...

Que pensé un momento:

«¡Dios mío, qué solos

Se quedan los muertos!»

De la alta campana

La lengua de hierro,

Le dió, volteando,

Su adiós lastimero.

El luto en las ropas,

Amigos y deudos

Cruzaron en fila,

Formando el cortejo.

Del último asilo,

Obscuro y estrecho,

Abrió la piqueta

El nicho á un extremo.

Allí la acostaron,

Tapiáronle luego,

Y con un saludo

Despidióse el duelo.

La piqueta al hombro,

El sepulturero

Cantando entre dientes

Se perdió á lo lejos.

La noche se entraba,

Reinaba el silencio;

Perdido en las sombras,

Medité un momento:

«¡Dios mío, qué solos

Se quedan los muertos!»

En las largas noches

Del helado invierno,

Cuando las maderas

Crujir hace el viento

Y azota los vidrios

El fuerte aguacero,

De la pobre niña

Á solas me acuerdo.

Allí cae la lluvia

Con un son eterno;

Allí la combate

El soplo del cierzo.

¡Del húmedo muro

Tendida en el hueco,

Acaso de frío

Se hielan sus huesos!...

¿Vuelve el polvo al polvo?

¿Vuela el alma al cielo?

¿Todo es vil materia,

Podredumbre y cieno?

¡No sé: pero hay algo

Que explicar no puedo,

Que al par nos infunde

Repugnancia y duelo,

Al dejar tan tristes,

Tan solos los muertos!

DON VICENTE W. QUEROL

EN NOCHE-BUENA

Á mis ancianos padres

I

Un año más en el hogar paterno

Celebramos la fiesta del Dios-Niño,

Símbolo augusto del amor eterno,

Cuando cubre los montes el invierno

Con su manto de armiño.

II

Como en el día de la fausta boda

Ó en el que el santo de los padres llega,

La turba alegre de los niños juega,

Y en la ancha sala la familia toda

De noche se congrega.

III

La roja lumbre de los troncos brilla

Del pequeño dormido en la mejilla,

Que con tímido afán su madre besa;

Y se refleja alegre en la vajilla

De la dispuesta mesa.

IV

Á su sobrino, que lo escucha atento,

Mi hermana dice el pavoroso cuento,

Y mi otra hermana la canción modula

Que, ó bien surge vibrante, ó bien ondula

Prolongada en el viento.

V

Mi madre tiende las rugosas manos

Al nieto que huye por la blanda alfombra;

Hablan de pie mi padre y mis hermanos,

Mientras yo, recatándome en la sombra,

Pienso en hondos arcanos.

VI

Pienso que de los días de ventura

Las horas van apresurando el paso,

Y que empaña el oriente niebla obscura,

Cuando aun el rayo trémulo fulgura

Último del ocaso.

VII

¡Padres míos, mi amor! ¡Cómo envenena

Las breves dichas el temor del daño!

Hoy presidís nuestra modesta cena,

Pero en el porvenir... yo sé que un año

Vendrá sin Noche-Buena.

VIII

Vendrá, y las que hoy son risas y alborozo

Serán muda aflicción y hondo sollozo.

No cantará mi hermana, y mi sobrina

No escuchará la historia peregrina

Que le da miedo y gozo.

IX

No dará nuestro hogar rojos destellos

Sobre el limpio cristal de la vajilla,

Y, si alguien osa hablar, será de aquellos

Que hoy honran nuestra fiesta tan sencilla

Con sus blancos cabellos.

X

Blancos cabellos cuya amada hebra

Es cual corona de laurel de plata,

Mejor que esas coronas que celebra

La vil lisonja, la ignorancia acata,

Y el infortunio quiebra.

XI

¡Padres míos, mi amor! Cuando contemplo

La sublime bondad de vuestro rostro,

Mi alma a los trances de la vida templo,

Y ante esa imagen para orar me postro,

Cual me postro en el templo.

XII

Cada arruga que surca ese semblante

Es del trabajo la profunda huella,

Ó fue un dolor de vuestro pecho amante.

La historia fiel de una época distante

Puedo leer yo en ella.

XIII

La historia de los tiempos sin ventura

En que luchasteis con la adversa suerte,

Y en que, tras negras horas de amargura,

Mi madre se sintió más noble y pura

Y mi padre más fuerte.

XIV

Cuando la noche toda en la cansada

Labor tuvisteis vuestros ojos fijos,

Y, al venceros el sueño á la alborada,

Fuerzas os dió posar vuestra mirada

En los dormidos hijos.

XV

Las lágrimas correr una tras una

Con noble orgullo por mi faz yo siento,

Pensando que hayan sido por fortuna,

Esas honradas manos mi sustento

Y esos brazos mi cuna.

XVI

¡Padres míos, mi amor! Mi alma quisiera

Pagaros hoy la que en mi edad primera

Sufristeis sin gemir lenta agonía,

Y que cada dolor de entonces fuera

Germen de una alegría.

XVII

Entonces vuestro mal curaba el gozo

De ver al hijo convertirse en mozo,

Mientras que al verme yo en vuestra presencia

Siento mi dicha ahogada en el sollozo

De una temida ausencia.

XVIII

Si el vigor juvenil volver de nuevo

Pudiese á vuestra edad, ¿por qué estas penas?

Yo os daría mi sangre de mancebo,

Tornando así con ella á vuestras venas

Esta vida que os debo.

XIX

Que de tal modo la aflicción me embarga

Pensando en la posible despedida,

Que imagino ha de ser tarea amarga

Llevar la vida, como inútil carga,

Después de vuestra vida.

XX

Ese plazo fatal, sordo, inflexible,

Miro acercarse con profundo espanto,

Y en dudas grita el corazón sensible:

—«Si aplacar al destino es imposible,

¿Para qué amarnos tanto?»

XXI

Para estar juntos en la vida eterna

Cuando acabe esta vida transitoria:

Si Dios, que el curso universal gobierna,

Nos devuelve en el cielo esta unión tierna,

Yo no aspiro á más gloria.

XXII

Pero en tanto, buen Dios, mi mejor palma

Será que prolonguéis la dulce calma

Que hoy nuestro hogar en su recinto encierra:

Para marchar yo solo por la tierra

No hay fuerzas en mi alma.

DON RAMÓN DE CAMPOAMOR

PROXIMIDAD DEL BIEN

En el tiempo en que el mundo informe estaba,

Creó el Señor, cuando por dicha extrema

El paraíso terrenal formaba,

Un fruto que del mal era el emblema

Y otro fruto que el bien simbolizaba.

Del miserable Adán al mismo lado

El Señor colocó del bien el fruto;

Pero Adán nunca el bien halló, ofuscado,

Porque es del hombre mísero atributo

Huir del bien, del mal siempre arrastrado.

El fruto que del mal el símbolo era

Puso Dios escondido y muy lejano;

Pero Adán lo encontraba donde quiera,

Abandonando en su falaz quimera,

Por el lejano mal, el bien cercano.

¡Ah! siempre el hombre en su ilusión maldita

Su misma dicha en despreciar se empeña,

Y al seguirla tenaz, tenaz la evita,

Y aunque en su mismo corazón palpita,

¡Lejos, muy lejos, con afán la sueña!

¡QUIÉN SUPIERA ESCRIBIR!

I

—Escribidme una carta, señor Cura.

—Ya sé para quién es.

—¿Sabéis quién es, porque una noche obscura

Nos visteis juntos?—Pues.

—Perdonad; mas...—No extraño ese tropiezo.

La noche... la ocasión...

Dadme pluma y papel. Gracias. Empiezo:

Mi querido Ramón:

—¿Querido?... Pero, en fin, ya lo habéis puesto...

—Si no queréis...—¡Sí, sí!

¡Qué triste estoy! ¿ No es eso?—Por supuesto.

¡Qué triste estoy sin ti!

Una congoja, al empezar, me viene...

—¿Cómo sabéis mi mal?

—Para un viejo, una niña siempre tiene

El pecho de cristal.

¿Qué es sin ti el mundo? Un valle de amargura.

¿Y contigo? Un edén.

—Haced la letra clara, señor Cura;

Que lo entienda eso bien.

El beso aquel que de marchar á punto

Te di...—¿Cómo sabéis?...

—Cuando se va y se viene y se está junto

Siempre... no os afrentéis.

5

Y si volver tu afecto no procura,

Tanto me harás sufrir...

—¿Sufrir y nada más? No, señor Cura,

¡Que me voy á morir!

—¿Morir? ¿Sabéis que es ofender al cielo?...

—Pues, sí, señor, ¡morir!

—Yo no pongo morir.—¡Qué hombre de hielo!

¡Quién supiera escribir!

II

¡Señor Rector, señor Rector! en vano

Me queréis complacer,

Si no encarnan los signos de la mano

Todo el ser de mi ser.

Escribidle, por Dios, que el alma mía

Ya en mí no quiere estar;

Que la pena no me ahoga cada día...

Porque puedo llorar.

Que mis labios, las rosas de su aliento,

No se saben abrir;

Que olvidan de la risa el movimiento

Á fuerza de sentir.

Que mis ojos, que él tiene por tan bellos,

Cargados con mi afán,

Como no tienen quien se mire en ellos,

Cerrados siempre están.

5

Que es, de cuantos tormentos he sufrido,5

La ausencia el más atroz;

Que es un perpetuo sueño de mi oído

El eco de su voz...

Que siendo por su causa, el alma mía

¡Goza tanto en sufrir!...

Dios mío ¡cuántas cosas le diría

Si supiera escribir!...

III

EPÍLOGO

—Pues señor, ¡bravo amor! Copio y concluyo:

Á don Ramón... En fin,

Que es inútil saber para esto, arguyo,

Ni el griego ni el latín.

EL MAYOR CASTIGO

Cuando de Virgilio en pos

Fué el Dante al infierno á dar,

Su conciencia, hija de Dios,

Dejó á la puerta al entrar.

Después que á salir volvió,

Su conciencia el Dante hallando,

Con ella otra vez cargó,

Mas dijo así suspirando:

Del infierno en lo profundo,

No vi tan atroz sentencia

Como es la de ir por el mundo

Cargado con la conciencia.

DON GASPAR NÚÑEZ DE ARCE

¡EXCELSIOR!

¿Por qué los corazones miserables,

Por qué las almas viles,

En los fieros combates de la vida

Ni luchan ni resisten?

El espíritu humano es más constante

Cuanto más se levanta:

Dios puso el fango en la llanura, y puso

La roca en la montaña.

15

La blanca nieve que en los hondos valles

Derrítese ligera,

En las altivas cumbres permanece

Inmutable y eterna.

TRISTEZAS

Cuando recuerdo la piedad sincera

Con que en mi edad primera

Entraba en nuestras viejas catedrales,

Donde postrado ante la cruz de hinojos

Alzaba á Dios mis ojos,

Soñando en las venturas celestiales;

Hoy que mi frente atónito golpeo,

Y con febril deseo

Busco los restos de mi fe perdida,

Por hallarla otra vez, radiante y bella

Como en la edad aquella,

¡Desgraciado de mí! diera la vida.

10

¡Con qué profundo amor, niño inocente,

Prosternaba mi frente

En las losas del templo sacrosanto!

Llenábase mi joven fantasía

De luz, de poesía,

De mudo asombro, de terrible espanto.

Aquellas altas bóvedas que al cielo

Levantaban mi anhelo;

Aquella majestad solemne y grave;

Aquel pausado canto, parecido

Á un doliente gemido,

Que retumbaba en la espaciosa nave;

Las marmóreas y austeras esculturas

De antiguas sepulturas,

Aspiración del arte á lo infinito;

La luz que por los vidrios de colores

Sus tibios resplandores

Quebraba en los pilares de granito;

Haces de donde en curva fugitiva,

Para formar la ojiva,

Cada ramal subiendo se separa,

Cual del rumor de multitud que ruega,

Cuando á los cielos llega,

Surge cada oración distinta y clara;

En el gótico altar inmoble y fijo

El santo crucifijo,

Que extiende sin vigor sus brazos yertos,

Siempre en la sorda lucha de la vida,

Tan áspera y reñida,

Para el dolor y la humildad abiertos;

El místico clamor de la campana

Que sobre el alma humana

De las caladas torres se despeña,

Y anuncia y lleva en sus aladas notas

Mil promesas ignotas

Al triste corazón que sufre ó sueña;

Todo elevaba mi ánimo intranquilo

Á más sereno asilo:

Religión, arte, soledad, misterio...

Todo en el templo secular hacía

Vibrar el alma mía,

Como vibran las cuerdas de un salterio.

Y á esta voz interior que sólo entiende

Quien crédulo se enciende

En fervoroso y celestial cariño,

Envuelta en sus flotantes vestiduras

Volaba á las alturas,

Virgen sin mancha, mi oración de niño.

10

Su rauda, viva y luminosa huella

Como fugaz centella

Traspasaba el espacio, y ante el puro

Resplandor de sus alas de querube,

Rasgábase la nube

Que me ocultaba el inmortal seguro.

¡Oh anhelo de esta vida transitoria!

¡Oh perdurable gloria!

¡Oh sed inextinguible del deseo!

¡Oh cielo, que antes para mí tenías

Fulgores y armonías,

Y hoy tan obscuro y desolado veo!

Ya no templas mis íntimos pesares,

Ya al pie de tus altares

Como en mis años de candor no acudo. page

Para llegar á ti perdí el camino,

Y errante peregrino

Entre tinieblas desespero y dudo.

Voy espantado sin saber por dónde;

Grito, y nadie responde

Á mi angustiada voz; alzo los ojos

Y á penetrar la lobreguez no alcanzo;

medrosamente avanzo,

Y me hieren el alma los abrojos.

10

Hijo del siglo, en vano me resisto

Á su impiedad, ¡oh Cristo!

Su grandeza satánica me oprime.

Siglo de maravillas y de asombros,

Levanta sobre escombros

Un Dios sin esperanza, un Dios que gime.

¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena

Faz, de consuelos llena,

Alumbra y guía nuestro incierto paso.

Es otro Dios incógnito y sombrío:

Su cielo es el vacío,

Sacerdote el error, ley el Acaso.

¡Ay! No recuerda el ánimo suspenso

Un siglo más inmenso,

Más rebelde á tu voz, más atrevido;

Entre nubes de fuego alza su frente,

Como Luzbel, potente;

Pero también, como Luzbel, caído.

Á medida que marcha y que investiga

Es mayor su fatiga,

Es su noche más honda y más obscura,

Y pasma, al ver lo que padece y sabe,

Cómo en su seno cabe

Tanta grandeza y tanta desventura.

Como la nave sin timón y rota

Que el ronco mar azota,

Incendia el rayo y la borrasca mece

En piélago ignorado y proceloso,

Nuestro siglo—coloso,

Con la luz que le abrasa, resplandece.

¡Y está la playa mística tan lejos!...

Á los tristes reflejos

Del sol poniente se colora y brilla.

El huracán arrecia, el bajel arde,

Y es tarde, es ¡ay! muy tarde

Para alcanzar la sosegada orilla.

¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno,

Á todo yugo ajeno,

Que al impulso del vértigo se entrega,

Y á través de intrincadas espesuras,

Desbocado y á obscuras,

Avanza sin cesar y nunca llega.

¡Llegar! ¿Adónde?... El pensamiento humano

En vano lucha, en vano

Su ley oculta y misteriosa infringe.

En la lumbre del sol sus alas quema,

Y no aclara el problema,

No penetra el enigma de la Esfinge.

¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto

Que tu poder no ha muerto!

Salva á esta sociedad desventurada,

Que bajo el peso de su orgullo mismo

Rueda al profundo abismo

Acaso más enferma que culpada.

La ciencia audaz, cuando de ti se aleja,

En nuestras almas deja

El germen de recónditos dolores.

Como al tender el vuelo hacia la altura,

Deja su larva impura

El insecto en el cáliz de las flores.

Si en esta confusión honda y sombría

Es, Señor, todavía

Raudal de vida tu palabra santa,

Di á nuestra fe desalentada y yerta:

—¡Anímate y despierta!

Como dijiste á Lázaro:—¡Levanta!—

¡SURSUM CORDA!

INTRODUCCIÓN

Á mi buen amigo el ilustre poeta Manuel Reina

I. Á ESPAÑA

Nunca mi labio á la servil lisonja

Parias rindió. Ni el éxito ruidoso,

Ni la soberbia afortunada, oyeron

Falaz encomio de mi humilde Musa.

Dióme su austeridad la honrada tierra

Donde nací, y el presuroso tiempo

Que arrastra y lleva en sus revueltas olas

Las grandezas humanas al olvido,

Á mi pesar me enseña que en el mundo

Tan sólo á dos excelsas majestades

Puedo, sin mengua, levantar mi canto;

La Verdad y el Dolor.

En estas horas

De febril inquietud, ¿quién, Patria mía,

Merece como tú la pobre ofrenda

De mi respeto y de mi amor? Postrada

En los escombros de tu antigua gloria,

La negra adversidad, con férrea mano,

Comprime los latidos de tu pecho

Y el aire que respiras envenena.

Como tigre feroz clavó sus garras

La catástrofe en ti, y en tus heridas

Entrañas sacia su voraz instinto.

¿Quién, al mirar tus lástimas, no llora?

¿Puede haber hombre tan perverso y duro,

Ni aun concebido en crapulosa orgía

Por hembra impura, que impasible vea

Morir sin fe, desesperado y solo,

Al dulce bien que le llevó en su seno?

¡No existe, no!

Perdona si movido

Por la ciega pasión, allá en lejanos

Y borrascosos días, cuando airada

Mi voz como fatídico anatema

Tronó en la tempestad, quizás injusto

Contigo pude ser. Pero hoy, que sufres,

Hoy que, Job de la Historia, te retuerces

En tu lecho de angustia, arrepentido

Y llena el alma de mortal congoja,

Acudo ansioso á consolar tus penas,

Á combatir con los inmundos buitres,

Ávidos del festín, que en torno giran

De tu ulcerado cuerpo, y si lo mandas,

¡Oh, noble mártir! á morir contigo.

Pero ¿quién habla de morir? ¿Acaso

No eres, Patria, inmortal? Tendrás eclipses

Como los tiene el sol. Sombras tenaces,

Cual hiperbórea noche larga y fría,

Sobre ti pesarán, mientras no llegue

Tu santa redención. ¡Hora dichosa

En que verás con júbilo y ternura

Nacer el alba, el tenebroso espacio

Inundarse de luz, la tierra encinta

Estremecerse en éxtasis materno,

De armonías, aromas y colores

Poblarse el aire, y palpitar en todo

La plenitud eterna de la vida!

¡Ten esperanza y fe! Descubridora

De mundos, madre de indomada prole,

Tú no puedes morir, ¡Dios no lo quiere!

Aun tienes que cumplir altos destinos.

Busca en el seno de la paz bendita

Reparador descanso, hasta que cobren

Tus músculos salud, y en cuanto sientas

El hervor de tu sangre renovada,

Ponte en pie, sacudiendo tu marasmo,

Que como losa del sepulcro, oprime

Tu enferma voluntad. Surge del fondo

De tu aislamiento secular, y marcha

Con paso firme y corazón resuelto

Sin mirar hacia atrás, siempre adelante.

Sean la escuela y el taller y el surco

Los solos campos de batalla en donde

Tu razón y tus fuerzas ejercites.

Entra en las lides del trabajo y vence,

Que entonces de laureles coronada,

Más fecunda, más próspera y más grande,

Seguirás, fulgurando, tu camino

Por los arcos triunfales de la Historia.

II. Á AMÉRICA

¡Ésta es España! Atónita y maltrecha

Bajo el peso brutal de su infortunio,

Inerte yace la matrona augusta

Que en otros siglos fatigó á la fama.

La que surcó los mares procelosos

Buscándote atrevida en el misterio,

Hasta que un día, deslumbrando al mundo,

Surgiste, como Venus, de las ondas.

Cegada por tu espléndida hermosura,

Al engarzarte en su imperial diadema

España te oprimió; mas no la culpes,

Porque ¿cuándo la bárbara conquista

Justa y humana fué? También clemente

Te dió su sangre, su robusto idioma,

Sus leyes y su Dios. ¡Te lo dió todo,

Menos la libertad! Pues mal pudiera

Darte el único bien que no tenía.

Contémplala vencida y humillada

Por la doblez y el oro, y si te mueven

Á generosa lástima sus males,

El trágico desplome de una gloría

Que es también tuya, acórrela en su duelo.

¡Es tu madre infeliz! No la abandone

Tu amor, en tan inmensa desventura.

DON MANUEL DEL PALACIO

AMOR OCULTO

Ya de mi amor la confesión sincera

Oyeron tus calladas celosías,

Y fué testigo de las ansias mías

La luna, de los tristes compañera.

Tu nombre dice el ave placentera

 quien visito yo todos los días,

Y alegran mis soñadas alegrías

El valle, el monte, la comarca entera.

Sólo tú mi secreto no conoces,

Por más que el alma con latido ardiente,

Sin yo quererlo, te lo diga a voces;

Y acaso has de ignorarlo eternamente,

Como las ondas de la mar veloces

La ofrenda ignoran que les da la fuente.

DON JOAQUÍN MARÍA BARTRINA

ARABESCOS Y COMPOSICIONES ÍNTIMAS

Oyendo hablar á un hombre, fácil es

Acertar dónde vió la luz del sol;

Si os alaba á Inglaterra, será inglés,

Si os habla mal de Prusia, es un francés,

Y si habla mal de España, es español.

Si cumplir con lealtad

Nuestra última voluntad

Es sagrada obligación,

Cuando mis ojos se cierren,

He de mandar que me entierren

Dentro de tu corazón.

Para matar la inocencia,

Para envenenar la dicha,

Es un gran puñal la pluma

Y un gran veneno la tinta.

Quien vive siempre entre pena

Y remordimiento y dudas,

No sabe ver más que á Judas

En el cuadro de la cena.

DON MANUEL REINA

LA POESÍA

Á Teodoro Llorente

Como el raudal que corre en la pradera

Copia en su espejo pájaros y flores,

La alada mariposa de colores,

El verde arbusto y la radiante esfera,

La sublime poesía reverbera

Combates, glorias, risas y dolores,

Odio y amor, tinieblas y esplendores,

El cielo, el campo, el mar... ¡la vida entera!

¡Así Homero es la lid; Virgilio, el día;

Esquilo, la tormenta bramadora;

Anacreonte, el vino y la alegría;

Dante, la noche con su negro arcano;

Calderón, el honor; Milton, la aurora;

Shakespeare, el triste corazón humano!