La misma respuesta en otro estilo.

«Recibimos vuestra carta y cuanto fué posible nos dolió é dió pena vuestro trabajo é desasosiego; y en cuanto toca al parescer que nos pedís, comunicado con los mas sabios rabís y hombres de buen ingenio desta sinagoga, nos paresce que el mejor y postrer remedio con que todo lo acabais es el baptizar los cuerpos, quedando los ánimos firmes, en lo que se debe á nuestra ley, y con esto os podreis vengar de todos los agravios que os han hecho; porque si os han profanado vuestras sinagogas, haced vuestros hijos clérigos y profanareis sus iglesias; si os han matado vuestros padres, haced vuestros hijos médicos y matareis los padres suyos; si os han tomado vuestras haciendas tratantes sois, tratadlos de manera que presto sean vuestras las suyas; y haciendo esto vengareis lo hecho y por hacer.—El alto Dios Adonay sea con vosotros.»

Pero estos documentos son del todo apócrifos, i su verdadero autor fué el cardenal Siliceo, arzobispo de Toledo, que los publicó como sacados del archivo de aquella iglesia con propósito asi de difundir la noticia de que muchos judíos se habian convertido en clérigos para vivir mas seguros de la Inquisicion, como de conseguir de la corte de Roma el estatuto de limpieza para los que tuvieren prebendas ó beneficios en aquella diócesis. Entonces se esparcieron por España las cartas apócrifas de las que se ha hablado en el libro 1.º de la presente historia en contraposicion de las fingidas por el cardenal Siliceo. De modo que esto fué una guerra hecha con papeles. El cardenal decia que deberian desterrarse de las prebendas, beneficios i dignidades de la Iglesia de Dios á todos cuantos vinieren de linaje de judíos, porque la mayor parte de los que quedaron en España despues de la espulsion, tomaron aquellos cargos que mas les convenían segun los consejos de los rabís de Constantinopla. Los convertidos verdaderamente á la fe, decian que deberian ellos ser admitidos en tales dignidades, puesto que sus ascendientes contradijeron la muerte de Jesucristo, fundando su parecer en aquella carta atribuida á la sinagoga de Toledo. Ser el cardenal Siliceo quien mas apretaba para el estatuto de limpieza en la metrópoli de esta ciudad, i ser la carta atribuida á los judíos que no consintieron en la muerte del Salvador del mundo, escrita por los judíos de la sinagoga toledana, la cual era nada menos que cabeza i primada de las Españas, de la misma suerte que hoi lo es aquella iglesia, me hace sospechar que todos estos documentos así de una parte como de otra son forjados cada cual con el propósito de desvanecer los argumentos de sus contrarios.

Los judíos, visto que no tenian mas arbitrio que cristianarse ó que salir de España ó morir, comenzaron á vender todos sus bienes; i como el plazo concedido para ello era tan corto (pues hasta en él habia pensado Fernando V) tuvieron que malbaratar sus haciendas i darlas por aquello que los cristianos les querian dar, i así, segun Bernaldez, daban una casa por un asno é una viña por poco paño é lienzo.

En el mes de Julio de 1492 salieron de España por Benavente para Braganza de Portugal, tres mil i mas personas: por Zamora para Miranda de Portugal, treinta mil: por Ciudad-Rodrigo para el Villar de Portugal, treinta i cinco mil: por Alcántara para Marban de Portugal, quince mil: por Badajoz para Yelves de Portugal, diez mil: de forma que de Castilla sola salieron para Portugal, noventa mil judíos. De la Rioja para la Navarra, fueron dos mil i aun mas. De las Vizcayas para el puerto de Laredo, trescientas familias, las cuales se embarcaron para Ultramar. De las Andalucías i territorio del maestrazgo de Santiago por Cádiz, ocho mil i mas hebreos. I en fin, así de lo demás de España. Bernaldez afirma que por narracion de un rabino á quien él cristianó supo que pasaban de ciento sesenta mil los judíos espulsos. Zurita aumenta el número hasta cuatrocientos mil: i Juan de Mariana escribe que fueron ochocientos mil. Por último, Pedro de Abarca[71] dice que solas las familias fueron ciento sesenta mil.

Gonzalo de Illescas, hablando en su Historia Pontifical[72] de la espulsion ordenada por los Reyes Católicos, dice: «Con esta santa y rigorosa ley salieron de Castilla pasadas de veinticuatro mil familias y casas de judíos. Vendieron todo lo que tenian; y si pasaban la mar pagaban dos ducados al rey por cabeza. Fuéronse muchos de ellos á Portugal, de donde después acá tambien los han echado. Otros se fueron á Francia, Italia, Flandes y Alemania. Y aun yo conocí en Roma alguno que habia sido vecino de Toledo. Pasáronse muy muchos á Constantinopla, Salonique ó Tesalónica, al Cairo y á Berbería. Llevaron de acá nuestra lengua, y todavía la guardan y usan della de buena gana, y es cierto que en las ciudades de Salonique, Constantinopla, Alejandría y el Cairo y en otras ciudades de contratacion, y en Venecia no compran, ni venden, ni negocian en otra lengua sino en español. Y yo conocí en Venecia judíos de Salonique hartos que hablaban castellano con ser bien mozos tan bien y mejor que yo. Es grandisimo el provecho que el Gran Turco siente de esta gente por los tributos que le pagan, y ansí dicen que Bayazetes, que vivia cuando estos judíos se fueron á sus tierras, solia decir (cuando le alababan á los Reyes Católicos de muy prudentes y discretos): Yo no sé cómo las reyes de España son tan sabios; pues tenian en su tierra tales esclavos como estos judíos y los echaron della

Cuando salieron estos desdichados de sus tierras, viendo los cristianos que muchos de ellos caminaban mui fatigados, enfermos i convalecientes i yendo á pie ó en malas cabalgaduras, moviéronse á lástima; i así es fama que solian exhortarlos para que recibiesen el agua del bautismo, i pusiesen fin á sus infelicidades presentes, i á las que estaban por venir. Pero estos ruegos fueron sin provecho, puesto que los judíos, ofendidos con rigorosas órdenes de los Reyes Católicos, porfiaban en morir en su lei, persuadidos que Dios iba á obrar en favor de ellos milagros semejantes á los de Egipto, i que la tierra que tomasen por morada seria la de promision. Esto imaginaban todos, á escepcion de algunos pocos que, aunque no estaban convencidos de la venida del Mesías, se cristianaban por temor á las incomodidades del viaje, i por el mucho amor que tenian á su patria.

Sin embargo de las prohibiciones hechas por los Reyes Católicos con propósito de estorbar que los judíos llevasen consigo oro ó plata, ellos sacaron grandes cantidades de uno i otro metal, burlando la vigilancia de sus cruelisimos perseguidores, llevándolas escondidas en los aparejos de las bestias i en las ropas interiores de las mujeres. Supo esta noticia el Rei Católico, i con esto halló un nuevo pretesto para dar alimento á su insaciable codicia, i así dispuso por cédula dada el 2 de Setiembre de 1492, i firmada por él i su esposa, que se hiciese en el arzobispado de Toledo pesquisa de aquellos judíos que faltando á lo prevenido habian sacado de estos reinos oro, plata, moneda i cosas vedadas, que se investigasen los bienes que habian vendido á los cristianos, i que investigados se secuestrasen al punto. De modo que ahora tocaba á los cristianos pagar con sus bienes los delitos que habian cometido los judíos ausentes ya del reino. Por mui raro seria tenido este proceder de Fernando V, si no supiéramos á donde iba encaminado; por donde se ve que á este monarca nada debian importar los apuros de su erario, puesto que cuando comenzaban á estrecharlo, al momento encontraba el remedio en dictar alguna providencia para confiscar las haciendas de sus mas ricos i poderosos vasallos.

Pero no pararon las calamidades de los infelices hebreos con la espulsion ordenada por los Reyes Católicos. De veinticinco barcos salidos de los puertos de Cádiz i de Santa María camino de Oran i llenos de judíos, los diez i siete mandados por Pedro Cabron, fueron afligidos en alta mar por la furia de una espantosisima borrasca; i para repararse de los estragos que en las naves les habia ocasionado, hubieron de surgir en las aguas de Cartagena. Allí echaron pie á tierra ciento i cincuenta personas, las cuales pidieron el bautismo, i recibido tomaron el camino de Castilla la Vieja. De Cartagena pasaron á Málaga los bajeles, i con pretesto de pedir bastimentos para proseguir su camino, desembarcaron 400 familias mas para cristianarse, i las demás navegaron luego á Fez. Los judíos que pasaron á Portugal consiguieron de don Juan II permiso de vivir en aquel reino por espacio de seis meses: el cual les fué concedido con tal que pagasen un cruzado por persona. Allí estuvieron hasta ver el recibimiento i acogida que habian tenido sus hermanos los que caminaron á Fez; porque era voz i fama pública que habian sido robados i maltratados por los piratas en el mar i por los árabes campesinos en el Africa. Espirado el plazo de los seis meses quedáronse mas de setecientas familias en Portugal pagando al rei el tributo de cien cruzados cada una, i ciento mas con el de ocho cruzados por persona. Con esto las demás familias judías determinaron pasar desde el puerto africano de Arcilla á Fez en Marzo de 1493; pero embarcadas algunas en naves de moros, estos en alta mar por la codicia de apoderarse de sus haciendas mataron muchas, i á las mas se contentaron solo con robar. Con esta nueva no se resolvieron á caminar á tierra de moros los judíos, afligidos con el justo recelo de sufrir allí nuevos desastres; i así formaron en los campos de Arcilla una especie de real, en donde estuvieron varios meses sin determinarse á cosa alguna. Pero pasados los cuales, i viendo que por todos lados no encontraban mas que desdichas, avisaron al conde de Borba, comandante portugués del presidio de Arcilla, que estaban en ánimo de cristianarse i de volver á España, i que así les facilitase los medios de poner en debida ejecucion lo que habian imaginado.

Este caballero portugués, compadecido de las infelicidades de los hebreos, dictó providencias oportunas á satisfacer los deseos de aquellas miserables gentes; i con su ayuda fueron viniendo á las Andalucías hasta el año de 1496 muchas familias, cristianas unas i otras con voluntad de cristianarse. Las demás pasaron á Fez en donde recibieron todo linaje de insultos i robos por aquella bárbara canalla en todo igual, menos en religion, á los bestiales jueces del Santo Oficio. Otros judíos de los espulsos de España, arribaron en nueve carabelas á Nápoles, i como habian contraido varias enfermedades en la navegacion, ocasionadas por los muchos que iban dentro de tan pequeños bajeles, infestaron al reino napolitano con tal peste, que solo en la capital murieron á sus rigores mas de veinte mil personas.

Los judíos compararon la espulsion de los reinos de España á las calamidades que sufrieron cuando Sion fué destruida i sus habitadores puestos en dispersion por el mundo en los tiempos de Tito i Vespasiano. Iguales, si no mayores, fueron las desdichas que se ejercitaron en afligirlos cuando salieron de estos reinos, á los cuales miraban con el mismo amor que á Palestina, puesto que la tenian desde la destruccion de Jerusalen por nueva patria, i de esto ha nacido la aficion que aun hoi conservan á las cosas de España, teniendo á suma honra ser descendientes de los que moraban en ella en los tiempos de la espulsion ordenada por los Reyes Católicos, hablando con la posible pureza en lengua castellana, i no olvidando á la Inquisicion, á quien pintan como una fiera cruelisima i devoradora. I es tanto el odio suyo hacia ella, que aun en las profecías del Viejo Testamento han querido encontrar palabras dirigidas contra sus ministros. Sirvan de muestra los versos que van aquí copiados del Espejo fiel de vidas que contiene los Salmos de David. Su autor era llamado Daniel Israel Lopez Laguna, i era judío español, que logró escaparse de las cárceles del bárbaro tribunal llamado del Santo Oficio.

¿Por qué, señor, te encubres á lo lejos
á nuestro ruego en horas del quebranto?
Piadosos nos alumbren tus reflejos
cuando soberbio el malo causa espanto
al pobre persiguiéndole en consejos
del tribunal que infieles llaman Santo.
Preso sea el malsin que tal se alaba;
pues aunque él se bendice, en mal acaba.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Acechador violento en las aldeas
cual oso hambriento embiste al inocente:
sus ojos, sin temer que tú los veas,
atalayan, cual leon de lo eminente
de su gruta, á las míseras plebeas
gentes que asalta audaz cuanto inclemente,
pues lisonjeando hipócrita, abatidos
coge en la red, rebaños de afligidos[73]

De esta suerte hablaban los hebreos del bárbaro tribunal de la Inquisicion. I no solo en los tiempos de Laguna sino en anteriores, como se ve en la carta que un judío oculto en España, con las apariencias de cristiano, escribia á Antonio Henriquez Gomez, ingenio judío tambien, i fugitivo unas veces en Amsterdan, i otras en Francia. La carta dice así:

Carta de Danteo á Albano.
Mi pluma, Albano, con amor escribe
lo que le dicta un cuerdo desengaño,
seguro en mí, pues la esperanza vive.
El dia con rigor se ha vuelto un año,
imaginando que tu ausencia ha sido
viviente sentimiento de mi daño.
Quedo ignorando el tiempo que he vivido
sin tu alegre i dichosa compañía,
juzgándole mi alma por perdido.
Terrible por mi mal se llamó el dia
que de la amada patria te ausentaste
por gusto de tu propia fantasía.
El norte rigoroso que tomaste
alabo con razon: del mar saliste
y en él con justa causa me dejaste.
Cuerdo en huir de la tormenta fuiste:
celebro tu prudencia generosa;
pues con ella los daños redimiste.
Despues de tu partida venturosa
el mar se alborotó de tal manera
que aun dura su borrasca lastimosa.
Ya no es la patria, no, segura esfera,
es un errante piélago furioso,
sin viento brama, y sin razon se altera.
Es un bajío eterno y peligroso:
ya murió la amistad, ya no hay amigo:
derribó el interés el mas famoso.
Cada palabra alcanza un enemigo,
todos buscan aleves ocasiones,
y no hay conversacion sin un testigo.
Andan tiranizadas ambiciones,
y son de tal manera conquistadas
que se alcanzan con ellas bendiciones.
Todas son Troyas, pero no abrasadas:
todos son laberintos de codicia,
donde se pierden almas depravadas.
Las palabras se ostentan de malicia:
no cumplirá ninguno la que diere,
aunque sepa chocar con la justicia.
El que dice verdad, de honrado muere:
quien no la dice es noble caballero,
y de su vida su nobleza infiere.
Llaman sagaz y sabio al que es fullero,
y se tiene por gran sabiduría
lo falso introducir por verdadero.
Hay agora una grave compañía
de unos tahures de mayor esfera
con su mucho de fina hipocresía.
Juegan galanamente á la primera,
embidando de falso á los señores
con mas flores que da la primavera.
Son diablos encarnados y traidores,
devotos de la madre Vericinta,
no siendo, no, romanos senadores.
Con dos renglones de secreta tinta
hacen mas mal que la langosta fiera:
hidra que tala cuanto el Mayo pinta.
Son ya ministros de mayor esfera,
y pretenden con brazo poderoso
violar la paz que la razon venera.
Andan á paso lento y perezoso,
y quieren adquirir á costa ajena
del santo honor el trono misterioso.
La enemiga cruel que te dió pena
Medea de tus años se ha trocado,
siendo del Tajo superior sirena.
Amigo, si por otro te ha dejado
no te admires, que á muchos ha querido
por roballes los bienes que han ganado.
Estima este rigor, ama este olvido,
que yo por lo importante del secreto
te guardo lo mejor para el oido.
Si es accion del prudente y del discreto
hablar de Vénus bien, en esta parte,
perdóneme lo noble del concepto.
De estos fulleros con industria y arte
se alimenta cruel y vengativa,
y tus bienes carisimos reparte.
Quien en sus manos da, quiere que viva
á las leyes sujeto de fortuna.
(Amor me dice que hable, no que escriba.)
Alimentada fué desde la cuna
de tiranías esta noble dama,
y no hay seguridad en ella alguna.
Dichoso tú que en brazos de la fama
volaste hasta los rayos del Oriente,
huyendo del incendio de esta llama.
Dísteme ejemplo para ser prudente;
pues seguirte los pasos determino,
sepultando esta luz en Occidente.
Impulso milagroso y peregrino,
te sacó de este encanto rigoroso
que tampoco se adorna de divino.
Yo envidio tu quietud y tu reposo;
que en la estranjera patria siempre ha sido
el ingenio premiado y venturoso.
El siglo se entorpece y va perdido:
no seré yo el primero que ha dejado
por su amigo su patria, casa y nido.

Otro poeta judío hablando de la Inquisicion decia:

Su hidrópica delicia es insaciable,
y es y será y ha sido esta homicida
tan libre como fué siempre mudable.
Es leona de Albania conocida,
corsaria, sí, de todo peregrino,
y del mundo en el alma aborrecida.
A todos prende y roba de camino,
Argos sus ojos son de todo cuanto
alumbra ese planeta mas divino.

De esta suerte i tan recatadamente escribieron los judíos ocultos en España á los que estaban en los reinos estraños, dándoles cuenta de las persecuciones i demás castigos que esperimentaban de parte del tribunal del Santo Oficio, á quien aborrecian de muerte, así por sus tiranías presentes, como por haber sido quien mas trabajó para que los hebreos saliesen espulsos de España, no obstante la opinion de aquellos que imaginan que los Reyes Católicos no fueron guiados por la codicia al dictar semejante providencia sino por el santo celo de conseguir en España la unidad religiosa.

Cuán engañados van todos los que tal cosa aseguran! Fernando V jamás pensó en la unidad religiosa de la monarquía española. Aunque su odio estuvo muchas veces á punto de desencadenarse contra la corte de Roma, siguió encerrado en las cárceles del pecho por espacio de muchos años. Pero al fin vino á hacerse público en ocasion de haber llevado un cursor[74] apostólico al reino de Nápoles varias escomuniones, todas en ofensa de las preeminencias de su corona. Entonces escribió al conde de Ribagorza su virey, lugarteniente y capitan general, aquella famosisima carta, que ha visto ya la luz pública en diferentes tiempos. Entre las destempladas razones que en ella se leen contra el Pontífice Julio II, autor de semejante desmanes, están las siguientes: «De todo lo cual habemos recibido grande alteracion, enojo é sentimiento; é estamos muy maravillados de vos é mal contentos, viendo de cuanta importancia é perjuicio nuestro é de nuestras preeminencias é dignidad real era el auto que fizo el cursor apostólico, mayormente siendo auto de fecho é contra derecho é non visto facer en nuestra memoria á ningun rey, ni visorey de nuestros reinos. ¿Por qué vos no ficisteis de fecho nuestra voluntad en ahorcar al cursor que os lo presentó? Que claro está que no solamente en ese reino, si el Papa sabe que en España i Francia le han de consentir semejante auto que ese lo fará por acrecentar su jurisdiccion. Mas los buenos visoreyes los atajan é remedian, é con un castigo que fagan en semejante caso, nunca mas se osan facer otros.»

I en otro lugar del mismo documento dice estas importantisimas palabras, que demuestran sus intentos de hacerse cismático: «Nos escribimos en este caso á Gerónimo de Vichi, nuestro embajador en la corte de Roma, lo que vereis por las copias que van con la presente; y estamos muy determinados, si su Santidad no revoca el breve é los autos por virtud de él fechos, de le quitar la obediencia de los reinos de Castilla y Leon, é facer otras cosas é provisiones convenientes á caso tan grave y de tanta importancia.»

Por donde se ve que Fernando V jamás pensó en unidades religiosas, porque si pensara en ellas ¿cómo estaba tan determinado á quitar la obediencia al Papa, i á hacer cismático su reino? I adviértase que si no dió en este asunto cumplida satisfaccion á sus deseos, no fué por falta de voluntad, sino temeroso de las mismas armas que él estaba usando contra el rei de Navarra para quitarle con permiso de la corte pontificia sus reinos i señoríos que entonces eran cismáticos.

Por otra parte los Reyes Católicos no obraron con justicia al ordenar la espulsion de los judíos, como ya hemos demostrado, ni dejaron bien puesto el honor del Evangelio, i en vez de hacer un verdadero servicio á la nacion española, le hicieron multitud de daños que aun hoi esperimentamos.

Con su intolerancia religiosa, abrieron la puerta á las persecuciones contra aquellos hombres que sabian la lengua hebrea, ó cualquiera de las orientales; porque no veian en ellos mas que judíos; i con esto desterraron de España el estudio de ellas con grave daño de la cultura i saber de sus vasallos.

El primer restaurador de la literatura española, después del renacimiento de las ciencias i artes en Europa, fué el primer sabio que padeció bajo el poder de la Inquisicion. En los comentarios de la dedicatoria que en el año de 1495 puso Antonio de Lebrija en su Gramática latina dirigida á la Reina Católica doña Isabel, declaró como era su ánimo en acabando de escribir, lo que tenia imaginado sobre las antigüedades de España, dedicar lo restante de su vida al estudio de las sagradas letras.

Cuándo dió comienzo Lebrija á este tan útil trabajo, es inaveriguable; sin embargo por conjeturas mas ó menos verosímiles, se infiere que hubo de ser por los años de 1497 ó por los de 1498 á más tardar. No solo leia las divinas Escrituras sino que con la mayor diligencia escudriñaba todas sus cláusulas i aun todas sus palabras, cotejando con los originales hebreo i griego la Vulgata latina impresa en su tiempo, i con varios MSS. de ella; i consultando además algunos Padres de la Iglesia i comentadores antiguos de la Biblia; i cuando de su trabajo resultaba hallar una errata de mano del escribiente ó falla de exactitud en la traduccion latina, proponia el modo i forma con que deberia ser leido aquel pasaje. Fuera de esto, cuando veia alguna voz de recóndita significacion, solia registrar los diccionarios é intérpretes de la Escritura, para saber que esposicion le daban; i si conocia que no habian penetrado su valor i sentido, cuidaba de manifestarlo con graves razones i autoridades.

Luego que se divulgó la noticia de esta tan provechosa tarea, alborotáronse los fanáticos, é irritáronse muchos doctores preciados de su sabiduría: los cuales imaginaban que la Vulgata no admitia correccion i que por una especie de milagro se habia conservado i conservaba en su integridad primitiva, i así se llenaron de escándalo i horror al escuchar que habia persona que daba por asentado hallarse en el testo latino corriente algunos lugares que pedian enmienda.

Con esto se escoció su amor propio hasta el punto de no poder llevar con paciencia que un puro maestro de latinidad (como ellos llamaban á Lebrija) título de ningun precio ni autoridad, se hubiese determinado á poner las manos en los sagrados libros; porque aun admitida (decian) la necesidad que no hay de castigar algun pasaje de la Vulgata, esto seria un negocio privativo de los maestros en Teología, i no de cualesquiera maestros de esta divina ciencia, sino de aquellos que recibieran autoridad i consentimiento de un Sumo Pontífice, ó de un general Concilio.

Furiosa esta turba de presuntuosos teólogos, como si se hubiera maquinado echar por tierra i arrancar hasta sus fundamentos, el alcázar de la Fe Católica, discurria por todas partes bramando de coraje contra el laborioso Antonio de Lebrija i llamándole temerario i sacrílego. Tanto hablaron contra este sabio varon, que llegaron las nuevas de tal hecho á los oidos de don frai Diego de Deza, obispo á la sazón de Palencia, uno de los mayores monstruos de crueldad que para deshonra de España i oprobio del género humano fuéron inquisidores generales hombre, i en fin que aborrecia tan de muerte los testos hebreo i griego de la sagrada Escritura, que tenia propósito de no dejar en la Península el menor vestigio de ellos; i así con la misma bestialidad con que cuando denunciaban á alguno por judaizante solia decir: «Dámele judío, i dártele-he quemado[75]», no cesaba de perseguir las Biblias hebrea i griega andando en busca de ellas por los mas escondidos rincones siempre con las teas encendidas en las manos para reducir sus ejemplares á cenizas[76].

Irritado Deza con el loable trabajo de Lebrija pareció ante los Reyes Católicos i les pidió una órden para proceder contra este esclarecido varon, no atreviéndose á perseguirlo desde luego, porque sabia el mucho amor que la reina tenia á sus estudios i letras.

Con esto Deza arrebató á Lebrija todos los MSS. que contenian observaciones sobre la sagrada Escritura i dió con ellos en el fuego, dejando defraudada á la posteridad del fruto que hubiera podido conseguir de aquellos trabajos bíblicos.

Afligido Lebrija con esta accion del inquisidor Deza i temeroso de caer en desgracia de los Reyes Católicos, dirigió al arzobispo de Toledo don frai Francisco Ximenez de Cisneros una breve i elocuentisima Apología contra las acusaciones de sus enemigos, en la cual sin acertar á contenerse prorrumpió en estas voces de dolor é indignacion: «¿Qué es esto? ¿Dónde estamos? ¿Qué tiránica dominacion es esta que tanto oprime los ingenios? ¿No basta, no, que yo cautive mi entendimiento en obsequio de la fe, sino que en materias en que se puede hablar sin ofensa de la piedad cristiana no me es permitido publicar lo que estoi viendo por mis mismos ojos mas claro que la luz de mediodia? ¿Qué digo yo publicar; pero ni aun pensarlo, cuanto mas escribirlo á puerta cerrada i por mí solo? ¡Terrible cosa es quererme obligar á que yo mismo crea que ignoro lo que me consta con la mayor evidencia i por razones demostrativas, no por conjeturas ó argumentos probables! ¡No puede llegar á mas la esclavitud![77]»

No acabaron con la muerte de los perseguidores de Lebrija las falsas máximas sobre la exactititud é incorrupcion de la Vulgata, sino que para mal i daño de los estudios de Teología i de algunos maestros en esta facultad se fueron sucediendo en ellas como en un patrimonio perpetuo de familia unos teólogos á otros: de donde nació que estas opiniones adquiriesen gran número de secuaces despues que por el Concilio Tridentino fué declarada auténtica la Vulgata.

Es verdad que los padres de Trento pronunciaron acerca del uso i autoridad de los testos hebreo i griego, que su mente i voluntad fué solo decretar que en atencion al respeto con que desde los primeros siglos de la Iglesia estaba recibida la Vulgata, i á que en ella no habia cosa opuesta á los dogmas de la religion ni á las buenas costumbres, de allí en lo sucesivo los espositores de la sagrada Escritura en sus comentarios, glosas ó escolios, los maestros en sus lecciones i disputas, i los predicadores en sus pláticas ó sermones, se sirviesen de la Vulgata, con absoluta esclusion de las otras versiones latinas. Tambien es verdad que algunos doctores que se hallaron presentes en el Concilio al tiempo de formarse el decreto, i señaladamente el jesuita Alonso Salmeron i el franciscano Andrés de Vega[78], no retardaron el asegurar en libros impresos que el propósito de los padres conciliares habia sido el mismo que va aquí declarado. ¿Pero todo esto de qué sirvió? Tan graves i públicos testimonios fueron ó ignorados ó desatendidos.

El vulgo de los teólogos obcecados con la palabra auténtica de que se valió el Concilio, dió al decreto una torcida inteligencia, i se empeñó reciamente en que se habia de venerar la Vulgata como si hubiera bajado del cielo, ó como si el Espíritu Santo hubiera llevado la mano al traductor, i esta gente al cabo logró salir con su intento, haciendo poco menos que comun su manera de pensar.

Mas no paró en esto el mal, sino que en los códigos de los calificadores de la Inquisicion se asentó, casi como un punto del dogma, el culto de la Vulgata en los términos arriba esplicados: de donde resultó que en sus tribunales fuesen tratados como reos de fe algunos varones doctos i pios por haber mostrado inclinacion i deferencia á los testos originales de los libros santos.

Tal fué Alfonso de Zamora, primer catedrático de hebreo en la universidad de Alcalá i uno de los que mas trabajaron en la edicion de la Biblia Complutense: el cual, muerto su valedor Cisneros, quedó despojado del fruto de sus sudores i trabajos por las maquinaciones de dos hombres perversos, escudados con la autoridad de uno de los bestiales inquisidores.

Tal fué el agustiniano frai Luis de Leon, catedrático en la universidad de Salamanca, que pasó cerca de cinco años en la Inquisicion de Valladolid llorando amargamente la estrechez i horrible oscuridad del calabozo en que yacia, i quejándose de sus perseguidores en aquellos sabidos versos:

Aquí la envidia i mentira
me tuvieron encerrado:
¡dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado!
Y con pobre mesa i casa
en el campo deleitoso
á solas su vida pasa:
con solo Dios se compasa
ni envidiado ni envidioso.

Asi se lamentaba del mortal odio i demasiado poder de sus calumniadores: de la seguridad i ventaja con que estos le hacían guerra: del olvido de algunos de sus amigos: de la vana é impotente compasion de otros, i de las interrupciones i dudoso éxito del proceso.

Tal fué el célebre maestro frai Alonso Gudiel, religioso tambien agustiniano i gran predicador que pereció dentro de las cárceles del tribunal del Santo Oficio, i cuyo cadáver fué estraido de alli i entregado á los frailes de su órden para que le diesen sepultura; pero no la paz i perpetuo descanso que se suele dar á los difuntos, porque todavía se continuaba su causa i en tanto sus huesos corrian peligro de ser inquietados.

Tal el doctor Martin Martinez de Cantalapiedra, catedrático de lengua santa en las escuelas de Salamanca, al que igualmente alcanzaron las cadenas de la Inquisicion de Valladolid, de cuyos tenebrosos encierros, despues de mui trabajada su paciencia, salió por fin á la luz de la libertad; pero manchada la frente por la negra tinta que se mandó derramar sobre algunos lugares de sus obras impresas.

Tal Gaspar de Grajar, abad de Santiago de Peñalba en la iglesia catedral de Astorga, que fué probado en el fuego del mismo crisol, acabando sus dias en las prisiones con el desconsuelo de no ver declarada la pureza i sanidad de su doctrina, porque esto no se ejecutó hasta despues que él pasó á mejor vida.

Tal por último Benedicto Arias Montano, religioso proféso de la órden de Santiago en el real convento de San Marcos de Leon, gran teólogo, de que dan claro testimonio sus muchas i preciosas obras impresas, i uno de los maestros mas célebres que asistieron al Concilio de Trento. Sabido es que fué el encargado principal de dirigir la Biblia llamada Régia por ser empresa de rei, Filipina porque se hizo á espensas de Felipe II, Antuerpiense porque se dió á la estampa en Antuerpia ó Amberes, Plantiniana por haberse impreso en la oficina de Plantino, Poliglota porque está en muchas lenguas, i de Montano porque este famoso doctor tuvo á su cargo, como es dicho, la direccion de la obra, aunque le ayudaron en sus trabajos las universidades de Paris, Lovaina y Alcalá de Henares.

No pudiendo tolerar Leon de Castro, catedrático de hebreo en la de Salamanca, hombre envidiosisimo, que Felipe II hubiese dado á un doctor de Alcalá el cargo de dirigir la edicion de la Biblia, comenzó á clamar contra ella, poniéndole tachas, y aun diciendo que Arias Montano habia seguido en los pasajes mas importantes la leccion errada que solian darles los judíos; i que esto era en ofensa de la religion de Cristo. Con esto alborotáronse los inquisidores; i asi dispusieron los de Toledo, con acuerdo i consentimiento del cardenal don Gaspar de Quiroga, que fuese reconocida i calificada; i así en efecto se practicó, atropellando por los respetos debidos á los muchos sabios i altos personajes que tuvieron parte en la publicacion de esta Biblia, i sin parar la atencion en las consultas que precedieron, i en las providencias que se tomaron para mas acertar en la empresa[79].

Los teólogos de la Universidad de Alcalá habian señalado el modo de hacer esta edicion de la Biblia con asistencia de Arias Montano, i por encargo del consejo supremo de la Inquisicion al que Felipe II munífico protector de la empresa habia cometido el negocio. El mismo rei dió á Montano las instrucciones para la ejecucion, ajustadas á lo determinado por los teólogos complutenses. Muchos doctores eminentes de la universidad de Lovaina i de otras partes auxiliaron con sus esquisitas noticias i con MSS. apreciables la erudicion de Arias Montano. Todo se reconocia con la mayor minuciosidad, segun iba saliendo de la imprenta; i para sello i salvaguardia de tan importantes i santos trabajos, el mismo pontífice Gregorio XIII espidió un breve de aprobacion que se estampó al frente de la obra.

De nada de esto se hizo caso, porque toda la atencion de los inquisidores se habian llevado los clamores de Leon de Castro, frenético insolente en quien se vió renacida la persona de Rufino el adversario de San Gerónimo: pues á ejemplo suyo decia que el testo hebraico estaba corrompido por los rabinos, i que por consiguiente, cuantos con él promovian la autoridad del original hebreo eran unos verdaderos judaizantes, i conjurados enemigos de la Iglesia. I tanto se llegó á pervertir la opinion por los malos teólogos, que el padre José Sigüenza en su elocuentisima vida de San Gerónimo (lib. 5.º, discurso 2.º) dijo: En viendo que saben dos letras de la lengua hebrea, sospechan de ellos que son judíos; pensamiento de gente ignorante.

No fué poco triunfo para Arias Montano que se hubiese dejado correr sin notas ni censuras la nueva poliglota; i atendidos los usos i estilos de la Inquisicion deberia mirarse como un raro portento que no hubiese comenzado esta causa por prender i encarcelar al insigne doctor que dirigió la obra, si no supiésemos que como en la poliglota se habian gastado tan grandes caudales, i su magnificencia i belleza la habian hecho famosisima en Europa; i como por otra parte llevaba el nombre del rei que habia mandado publicarla á sus espensas, Felipe II por su conveniencia i propia reputacion estaba precisado á no consentir en que fuese declarada la obra por mala, porque esto resultaria en menoscabo de su buen nombre; i así dispuso que la Biblia pasase á censura del padre Mariana, quien la dió favorable á Montano, no obstante que los jesuitas sus compañeros porfiaban en que le fuese adversa, ofendidos con lo mucho i mal que hablaba i escribia contra ellos el célebre Benito Arias Montano; de que dan testimonio los documentos rarisimos que publico por apéndice á esta historia para desengaño de los fanáticos que no creen en el artificio i maldad de los jesuitas.

Los teólogos españoles que no pertenecian á la noble clase de los presos, observado el miserable estado de opresion i afrenta en que estos se hallaban, creyéronse amenazados del mismo azote; con lo que todos al punto cayeron de ánimo; i poseidos del terror, parte se condenaron á guardar eterno silencio en cuanto á la Vulgata i testos originales de la Escritura, ó procuraron esplicarse con sobrada templanza, hija mas bien del miedo que de un corazon ingénuo[80], i parte, huyendo del bando de la verdad, se pasaron al bando de la multitud; porque èntre ella solamente se prometian respirar sin contradiccion ni sobresaltos. Desde entonces los libros santos se hubieron de abandonar á manos ineptas, i las escuelas de la Península en las edades siguientes vieron enredados á sus teólogos en cuestiones insustanciales i espinosas[81], i enteramente desiertas las aulas de lenguas orientales. Estos son los preciosos frutos que cogió España del indigno modo de proceder que se tuvo con personas tan señaladas. Estos los frutos que dejaron sembrados los Reyes Católicos con la destruccion de las Biblias hebreas; i con las persecuciones hechas á hombres doctisimos por solo preferir á la Vulgata los testos originales.

Pero si este daño recibieron las letras en España por la intolerancia religiosa de los Reyes Católicos, i por su injusto proceder contra los judíos, no padeció menos el comercio, i detrás de él todo el reino, con su espulsion i con la venida de los genoveses i otros estranjeros á establecer sus casas para tratar i contratar: las cuales por lo comun eran dependientes de las que estaban en las mas principales ciudades mercantiles de Italia i otras partes: de donde vinieron á resultar gravisimos daños.

Todo el comercio se encontraba en manos de estranjeros, de suerte que mientras ellos se enriquecian, España se iba enflaqueciendo i debilitando en gran manera. Los españoles ni eran mercaderes ni fabricantes: i asi de nada aprovechaban las inmensas sumas de plata i oro que traian de América para el reparo de España; porque no servian de otra cosa que para aumentar la ríqueza de los reinos estraños.

Mucho se ha hablado contra los economistas españoles de los siglos XVI i XVII porque pedian que cesase la libertad de comercio. Pero entonces iban ellos por el camino de la verdad i de la justicia. ¿Qué remedio mejor para comenzar el desarraigamiento de los daños que padecia una nacion en donde ninguno de sus naturales era mercader ni fabricante?

En el siglo XVII luego que Felipe III despachó una cédula con el propósito de estorbar los tratos de sus vasallos con los del rei de Inglaterra su enemigo, renovando la que hizo Felipe II cuando dió principio á la guerra con su competidora Isabel, comenzaron algunos hombres eruditos i amantes de la prosperidad de España á pensar en el remedio de los males que entonces padecia, así por la falta de dinero como por la despoblacion de muchas de sus mejores ciudades. I así yendo de uno en otro argumento, fueron á parar en que la mayor parte de semejantes daños era ocasionada especialmente por la introduccion en estos reinos de los frutos i de las mercaderías labradas en los estraños.

Don Mateo de Lison i Biedma, señor del lugar de Algarinejo, veinticuatro de la ciudad de Granada, i su procurador de Córtes en las que se celebraron el año de 1621, entre los discursos i apuntamientos que dió á la estampa, puso uno en que habló sobre la entrada en España de las mercaderías de los estranjeros. De él son tomadas las siguientes palabras: «De la entrada en estos reinos de mercaderías fabricadas en los estraños, se siguen muchos daños, porque se llevan la moneda de plata i oro con los precios que dan por ellas, enriqueciéndose i haciéndose poderosos, i van enflaqueciendo las rentas de V. M. i empobreciendo los caudales de los vasallos, i quitándoles las artes i ejercicios i oficios en que ganaba el sustento, i los de allá se van acrecentando. I pues Dios ha hecho á V. M. tan gran señor, i tiene en sus reinos i señoríos, minas, tesoros, i todas las cosas necesarias para la conservacion i sustento de la vida humana, así de frutos de la tierra, como de bienes adquiridos con trazas i artes sin dependencia forzosa de otro reino estraño, mande que esto se remedie, prohibiendo la entrada en estos reinos de mercaderías labradas i fabricadas en los estraños por los medios i modos mas suaves que se puedan. Y sucederá lo que en el navío que no teniendo comunicacion de otro, si tratan ó juegan los que van dentro, se queda el dinero i riqueza dentro de él, entre ellos mismos, i andan de unos en otro.»

Antes que Lison de Biedma pidiese en las Córtes al rei Felipe IV la veda de las mercaderías estrañas, el doctor Sancho de Moncada habia querido demostrar en su Restauracion política de los pueblos de España, que su remedio estribaba tan solo en que los españoles fuesen los únicos que se ejercitasen en las artes i oficios: en que no se sacasen de estos reinos materiales para con ellos fabricar mercaderías; i en que se prohibiese la introduccion de aquellas que hubiesen sido labradas por los estranjeros.

Tambien en iguales razones habla sobre el mismo asunto el licenciado Pedro Fernandez Navarrete en sus Discursos Políticos[82].

Gerónimo de Ceballos en su Arte real para el buen gobierno de los reyes i príncipes[83] decia: «No puede haber abundancia ni riquezas si faltan los vasallos i los materiales en que se han de ocupar: lo cual se remediaria, si se mandase que de fuera de estos reinos no entrase paño, ni sedas fabricadas, ó por lo menos que sean de peso i lei, guardando en su labor las ordenanzas de España; porque no es justo que los naturales de estos reinos tengan lei i ordenanza, i denunciador i castigo contra sí, i los estranjeros vivan con libertad, metiendo sus mercaderías falsas i sacándonos con ellas el dinero; que, si sacaran otras mercaderias en su lugar fabricadas en España se podria tolerar

De esta suerte hablaba Ceballos contra el comercio que ejercian únicamente los estranjeros en España. Frai Gerónimo Bolívar, Francisco Martinez de la Mata, Cristóbal Perez de Herrer, Luis de Castilla, Damian de Olivares, Miguel Caja de Leruela i otros escribieron tambien en iguales ó semejantes términos en la materia.

Pero aunque los fundamentos en que sustentaban su opinion estos economistas sonarian bien en los oidos de personas que estaban reducidas á pobreza, i deseosas por tanto de conseguir la mudanza de su estado i de conocer los medios suficientes para ello, no fueron tenidos entonces por ajustados á la razon, ni por obras de la verdad, sino nacidos de un amor á la patria encaminado por la torcida senda de los errores.

Diganlo si nó aquellos economistas que se oponian á las restricciones de la libertad de comercio cuando eran únicamente por el tiempo en que duraban las guerras; i eso no con todas las naciones, sino con sola aquella en cuya ofensa se ejercitaban las armas españolas. Díganlo tambien los tratados de paces en que se concertaba que fuese libre el comercio entre los vasallos de uno i otro reino.

La mayor parte de los economistas veian el remedio de España en la cesacion de la libertad de traficar con los estranjeros. Estos eran los únicos ó los mas principales que comerciaban en aquella edad por estos reinos: ellos los que ponian grandisimos precios á las mercaderías que hacian venir de otras naciones; pues como los españoles ignoraban el valor que ellas tenian al sacarse de las fábricas pagaban todo cuanto les pedian.

España estaba entregada enteramente á la codicia de los estranjeros, i ellos en las mercaderías eran quienes ponian á su albedrío la lei. Las pocas fábricas que habia en España se hallaban oprimidas con el peso de muchos i mui grandes tributos: de donde se viene á inferir que estos eran la causa de que las telas fabricadas en estos reinos no pudiesen competir en lo pequeño del precio con las que se introducian de los estraños. De aquí nació que los compradores buscasen las mercaderías que juntaban á su escelencia lo menos costoso de sus precios: i de aquí nació, en fin, que las fábricas españolas ni rindiesen ganancia de ningún género á sus dueños, ni les aumentasen sus haciendas: antes se las consumiesen vanamente i sin provecho.

Tales fueron los frutos que cogió España de la espulsion de los judíos, i venida i asiento de los comerciantes estranjeros en la Península. ¿De qué nos servian las riquezas del Nuevo Mundo, si mientras por una parte las conquistábamos, por otra no haciamos mas que servirles de puente para pasar á los reinos estraños? Un siglo despues de establecidas en España las casas de comercio genovesas, no habia ojos bastantes á llorar los máles venidos por el mal gobierno i la inadvertencia de nuestros reyes, ni manos con que reparar la ruina de la Península. ¿Qué aprovechaba á España la grandeza esterior de ser señora de tanto mundo, si para sustentarla estaba ella pobrisima i miserable, i todos sus naturales abatidos? Las guerras en Italia comenzadas por el Rei Católico ¿cuántos desastres no trajeron sobre estos reinos tan infelices? ¿Pero qué se podia esperar de un monarca que no miraba jamás por el bien de sus vasallos, sino solo por el aumento de su poder i grandeza? Los españoles orgullosos con las victorias alcanzadas en todo el siglo XVI no advirtieron los males que comenzaban á fatigar estos reinos, ni quién era el único causador. Ya en el XVII habian arreciado de tal manera que fué preciso buscar el remedio, si no se queria ver hundida para siempre en la mayor miseria la península hispánica. Pero ya todo era en vano. Las letras i el comercio estaban por el suelo, i las armas sin vigor i entereza para resistir todas las calamidades que habian comenzado á llover sobre ellas. I así cuantas tierras i señoríos en cuya vana conservacion se habia gastado tanta sangre, tantas vidas i tantas sumas de oro i plata, bastantes á hacer á una nacion la mas rica i poderosa, se perdieron miserablemente[84].

Otro de los males ocasionados á España por la política de Fernando V, fué la guerra con los moriscos, los cuales continuamente se rebelaban no pudiendo tolerar por mas tiempo la opresion i vileza en que vivian. Este rei para apoderarse de Granada concedió á los moros los capítulos que ellos pidieron para verificar la entrega. Los principales fueron:

«Que sus Altezas y sus sucesores para siempre jamás dejarán vivir al rey Abí Abdilehí y á sus alcaldes, cadis, mestis, alguaciles, caudillos y hombres buenos y á todo el comun, chicos y grandes en su ley, y no les consentirán quitar sus mezquitas, ni sus torres, ni los almuedanes, ni les tocarán en los habices y rentas que tienen para ellas, ni les perturbarán los usos y costumbres en que están.»

«Que ningun moro ni mora serán apremiados á ser cristianos contra su voluntad; y que si alguna doncella, ó casada, ó viuda, por razon de algunos amores se quisiere tornar cristiana, tampoco será recibida hasta ser interrogada.»

«Que no se permitirá que ninguna persona maltrate de obra ni de palabra á los cristianos y cristianas que antes de estas capitulaciones se obieren vuelto moros; y que si algun moro tuviere alguna renegada por mujer, no será apremiada á ser cristiana contra su voluntad, sino que será interrogada en presencia de cristianos y de moros y se seguirá su voluntad; y lo mismo se entenderá con los niños y niñas nacidos de cristiana y moro.»

Por último, las palabras con que los reyes prometieron guardar todo lo contenido en la capitulacion, son estas:

«Os prometemos y juramos por nuestra fe y palabra Real que podrá cada uno de vosotros salir á labrar sus heredades, y andar por dó quisiere en nuestros reinos á buscar su pró donde le hubiere, y os mandarémos dejar en vuestra ley y costumbres, y con vuestras mezquitas como agora estais[85]

Pero Fernando el Católico no cumplió su promesa faltando á la palabra Real, i á lo que se debia como principe cristiano i como caballero. Una de las primeras diligencias de la clerecía fué querer que en los entendimientos de los moros entrase la verdad de la Fe Católica por medio de las predicaciones. Pero como á esto no se seguían los rápidos efectos que se deseaba, discurrió el cardenal Cisneros el arbitrio de inquirir quiénes eran los moros que eran renegados ó los hijos de renegados, para obligarlos á entrar en la religion cristiana, sirviéndose para ello de la violencia. I hase de advertir aquí que semejante providencia era contraria á aquel artículo de la capitulacion en que se decia: «Que no se permitirá que ninguna persona maltrate de obra ni de palabra á los cristianos ó cristianas que antes de estas capitulaciones se hubieren vuelto moros, y que si algun moro tuviere alguna renegada por mujer no será apremiada á ser cristiana contra su voluntad, sino que será interrogada en presencia de cristianos y moros, y se seguirá su voluntad; y lo mismo se entenderá con los niños y niñas nacidos de cristiana y moro.»

De esta suerte sabia desempeñar el Rei Católico su palabra: de este modo miraba por el honor del Evangelio. ¿Qué no podrian decirle los moros en punto á guardar las capitulaciones, i la fe de los juramentos? Los que conquistaron á España, dejaban vivir en su lei i con sus templos á los cristianos que se quedaban á morar entre ellos, de donde vino el llamarles mozárabes. Pero los cristianos no atendiendo á que de faltar á las promesas juradas, no podria resultar otra cosa mas que el descrédito de la doctrina evangélica, aceptaban en los capítulos de paces la condicion de conservar á los mahometanos en su religion, sin oprimirlos ni vejarlos, i luego les quitaban los templos i los obligaban á cristianarse con las duras leyes de la fuerza. Si de Mahoma se dice por vituperio aunque falsamente que predicaba su doctrina con el Corán en una mano i la espada en la otra, ¿qué no podrian decir contra los cristianos unos hombres que se veian oprimidos con castigos, i llevados violentamente á otra religion?[86] Los Reyes Católicos con su modo de proceder contra los judios i los moros, no hicieron mas que obrar faltando á la razón i á la justicia encendiendo el odio á la fe de Cristo en la mayor parte del mundo, abriendo la puerta á la destruccion del estudio de las lenguas orientales con grave daño de todas las ciencias[87], como se vió andando el tiempo en el siglo XVII, quitándonos comerciantes españoles para traernos genoveses, cuya codicia no hacia mas que consumirnos todo el oro i aun mas que venia de las Indias; i por último, dejando empeñada una guerra civil con tantas opresiones, i despoblado el reino con la espulsion de los judios i de aquellos moros que no quisieron entrar en la fe de Cristo.

RESUMEN
del libro cuarto.

Varia suerte de los judíos en Portugal.—Comienzan allí á ser oprimidos.—Los cristianos nuevos de Portugal alcanzan perdon del crímen de heregia i apostasía.—Poetas judíos. Antonio Henriquez Gomez. Juan Pinto Delgado. Diego Beltran Hidalgo. Miguel de Barrios. Miguel Silveira. Daniel Lopez Laguna.—Otros escritores judios.—Inutilidad del Santo Oficio de la Inquisicion para desarraigar el judaismo en España.—Personas notables que murieron quemadas por judaizantes.—Noticia de algunos autos de fe contra judíos hasta el año de 1800.—Estincion del tribunal.—Estincion de los judíos en España.

LIBRO CUARTO.

Los judíos, admitidos en Portugal, no fueron menos infelices que los demás espulsos de España. El rei don Juan II al conceder á don Alvaro de Camiña el señorío de la isla de Santo Tomé, año de 1493, le impuso la obligacion de poblarla, i para ello ordenó que todos los judíos fuesen despojados de sus hijos é hijas de pocos años, los cuales despues de recibir el agua del bautismo fueron entregados á don Alvaro para poblar la isla de Santo Tomé.

El rei don Manuel dispuso tambien en 1496 que salieran de Portugal todos los hebreos que en este reino moraban, pero dejando en él á sus hijos menores de catorce años de edad. Los mas ricos judíos representaron al rei que se cristianarian sin oponer resistencia, con tal que les fuese concedida la gracia que no se inquiriese contra ellos en veinte años; i así el rei don Manuel les libró el privilegio que tan ahincadamente solicitaban, en 30 de Marzo de 1497. Con esto se bautizaron muchos, i los que no quisieron conocer la verdad de la fe de Cristo pasaron á Africa i á otras partes.

Pero con esta determinacion no pusieron término los judíos á sus desdichas. En el mes de Abril del año de 1506 amotinóse contra ellos la plebe de Lisboa, movida por dos frailes domínicos, los cuales mostraban una imágen de Cristo crucificado que de sí despedia un vivisimo resplandor. Un judío convertido observó que este milagro consistia en la reflectacion de los rayos del sol por una cortina; i como esta noticia comenzase á correr por la ciudad, temerosos los frailes de perder con ella las limosnas, misas i demás que la devocion de las gentes llevaba al convento á causa de la virtud de aquella prodigiosa imágen, concitaron al pueblo contra los hebreos. Muchos fueron muertos á manos de aquella bárbara i supersticiosa canalla; pero como el rei don Manuel se ofendiese grandemente del tumulto, dispuso que fuesen presos muchos de sus autores i cabezas, i en ellos mandó hacer graves escarmientos. Los dos bribones domínicos, motores de la sedicion, fueron ahorcados, i el convento de Santo Domingo de Lisboa fué estinguido para castigar de esta suerte la bellaquería de aquellos hombres que haciendo granjeria de las cosas divinas se atrevian á engañar tan desvergonzadamente á las personas supersticiosas. El mismo rei renovó en 1507 el privilegio de los judíos bautizados: el cual se vió luego confirmado por don Juan III. I todas estas exenciones fueron representadas al Papa Clemente VII cuando se intentó poner en Portugal el Santo Oficio.

Entonces dicen que escribieron algunos judíos establecidos en Roma i otras ciudades de Italia á los que estaban en el reino lusitano, para que huyesen de él i se pasasen con sus familias á aquellas tierras, esta carta que traen varios autores, i entre ellos Torrejoncillo en su Centinela contra judíos.

«Ya vuessas mercedes sabrán, como el Padre Santo y Cardenales avian concedido en la Rota que la Inquisicion de ese reino se diese por privilegios, que los reyes de Portugal havian concedido; y que si el reino fuese de esto contento, se mandasse á los obispos que guardasen el derecho comun, que es lo mas justo y seguro: y que á los presos no se podia dar perdon de ningun modo, sino que remitidos á los obispos juzgarian sus causas, delante de los cuales alegarian las nulidades de los presos, sin quedar relapsos, mostrando los inconvenientes, que habia en tanto número, que la miseria mantenia, y á quien los obispos eran sospechosos: así porque de ellos vienen á ser inquisidores, como porque como ministros del rey han de mirar por su honra, condenando los presos, cuyo número los haze huir, y dudar de dar perdon al Reyno. Los Embaxadores del Rey, juntos con el del Emperador, tomaron con el Padre Santo y Cardenales un medio, que es el norte de todo el discurso passado, atajando que para lo futuro no se hiciese cosa alguna de lo que convenia á lo general, por donde parece inspiracion, á quien quisiere contemplar mas que lo temporal, ver que ser perdonan los condenados presos, los sueltos, ausentes y presentes, y que los suelten libremente, sin condicion, ó achaque, que se puedan ir en paz para adonde quisieren: y que desde el dia que fueren sueltos, y el perdon efectuado hasta seis meses primeros, no se pueda inquirir de sus culpas: y toda la persona de Portugal, que se quisiere salir del Reyno, lo dexe libremente, sin que pueda ser tomado en público, ó en secreto, y que puedan passar por las tierras y Reynos comarcanos con sus salvos condutos, que para esso se les dará; y passados los dichos seis meses, se les concede Inquisición rigurosa, como á Castilla.»

«Vuessas mercedes pueden saber, y creer, que el doctor Pedro Hurtado, y su compañero, hizieron en esto muchas hazañas; por lo qual merecen ser de Dios galardonados, y de las personas á quien toca. El Padre Santo, como hombre justificado, viendo las voluntades de los Embaxadores, assí del Rey, como del Emperador, concedió para esse Reyno Bula como la de Castilla, rigurosa por las promessas que avia hecho con los Cardenales, por salir de la obligacion de lo que avia prometido, y por no estar mas en su mano, por donde pareció estar todo de Dios, que dió estos seis meses de tiempo para que los hombres se saliessen libremente de esse Reyno, pues tienen salvo conduto para esso. Bien vemos las razones que hay para sentir apartarse los hombres de sus naturales, y de sus hijos, y mujeres. De mas desto, á todo se han de exponer, á trueque de quitarse de cautiverio, principalmente los que tienen hijos, porque hay muchas razones evidentes para no quedar allá persona alguna de la nacion, que no se venga. La primera es, que se acuerda Dios de nosotros, poniéndonos en libertad, como los de Egypto. La segunda, que se deben acordar, que ahí están expuestos á la muerte, como inocentes, en Lisboa. La tercera, de la buena voluntad que el Rey y los Embajadores tienen puesta para les conceder Inquisicion rigurosa, como la de Castilla. La quarta, los grandes placeres que al tiempo de la ejecucion de los autos se hazen, en quanto queman las personas, teniendo banquetes, ventanas, y palenques, como quando hay grandes fiestas, ó corren toros. La quinta es, que todas las personas de la nacion envidiada, son tan mal queridas del pueblo, como por experiencia se vió en los apuntamientos hechos en las Córtes contra ellos. La sexta, que luego que prenden á alguno, le toman la hazienda, como hazen en Castilla, y le dan dos maravedís para comer cada dia. La séptima, que demás de que los hombres estén inocentes de la culpa que les imputan, y ponen, por no padecer, dicen que lo hicieron y piden misericordia, por donde pierden la hacienda y hijos, y andan de puerta en puerta pidiendo por amor de Dios; y si están casados, pídenles las haciendas, porque hallan en derecho que las tienen perdidas, como en Castilla poco ha que sucedió, y se juzgó á uno, y este se llamaba el Labaredas. Ahora vean vuessas mercedes estas y otras cosas que son necessarias traer á la memoria: y pues Dios se quiere acordar por su piedad de este Pueblo, razon es que no sean ingratos, huyendo de tantos inconvenientes, y que sepan reconocer tan grande merced, como esta que les hazen en darles puerto por donde se quiten de poder de sus enemigos: y los que tuvieron merecimientos para venirse de esse Reyno, y lo hiziesen con sus mugeres, y harán lo que deben saliendo de la opression en que están, porque les pesara de no lo aver hecho mucho tiempo há. Y pues es llegada la hora, sepan conocerla, y vénganse; porque esta tierra es muy pingüe, gruesa y grande, y adonde podrán estar á su gusto; y será bien, que los pobres vengan en compañía de los ricos, y los ayuden con sus haziendas; porque quando el Pueblo salió de Egypto, ricos y pobres todos escaparon; que por bienaventurado se puede tener el hombre, que para esto da ayuda, quitando á sus parientes de tan mala fatiga. Ni les parezca á los pobres, que por serlo les ha de faltar nada, porque todos los que hasta hoy vinieron por acá, luego que llegaron se vieron ricos, assí de lo necessario, como de gusto de averlos sacado Dios de aquella sujeccion, y cautiverio.»

«Aora quisiéramos saber, señores, qué mayorazgos teneis allá de la nacion envidiada, para esperar tantos peligros? Lo que os decimos es, que aunque hagais la vida de San Agustin, no os ha de aprovechar, salvo para con Dios, porque para el Pueblo, si dixeren de vosotros, aveis de ser castigados, vuestras haziendas vendidas, y vuestros hijos infamados, y nunca faltarán dos testimonios falsos para os punir; y vuestros esclavos á fin de verse libres dirán lo que nunca fué. Y pues esto es tan evidente, razon es que desperteis del sueño, y esteis sin dormir, haziendo lo que os digo; porque no siendo así, sereis dignos de grandes penas, no teniendo, ni razon, ni ignorancia que alegar, quando os fuere tomada cuenta, lo que Dios no permita, porque Dios aguarda al hombre en tres edades, y hasta la última es buena, y todas son buenas. Por tanto, señores, todos en general, y cada uno en particular, debeis especularlo todo, y con grande esfuerzo y capacidad esforzaros unos á otros siguiendo vuestro viage para esta Italia; porque en este tiempo se conocen los hombres, que se han de quitar de la pena en que están, que sabeis que teneis sobre vosotros una tan rigurosa espada atada con un hilo, y no cuando los pecados de cada uno se presentaren (lo que Dios no permita, ni mande) muchos de la nacion envidiada tienen en esse Reyno haciendas de raiz, y se les hará trabajo dexarlas, ó perderlas, y otros que tendrán sus bienes esparcidos, no los podrán recoger, y será todavía bien hazer lo mas que pudieren, quitándose de tan gran trabajo; porque las personas, que en Castilla tenian hazienda de raiz, fueron las castigadas con los que tenian mucha hazienda prestada; y por las cosas passadas se han de juzgar las presentes, y á quien le tocare, mire lo que mejor le está, y no diga que tiene Bulas para que no se entiendan con él, que todo esso no vale nada en semejantes tiempos; que yo me acuerdo, que en Lisboa ahorcaron un hombre con los privilegios colgados del cuello; y lo que dixo el Conde de Benavente al Rey D. Fernando quando matando un hombre con un seguro ó Privilegio suyo Real, dixo: «Mejor le tomara yo unas buenas corazas.» Por tanto, guárdense todos de la ira de Dios, quando comienzen á hazer execucion, lo que Dios no permita, y no se debe poner culpa en procurar Inquisicion como la de Castilla; porque el corazon de el Rey está en la mano de Dios, y él es servido de todo lo que haze.»

«Las personas que huvieren de venir, traygan consigo todo lo necessario para su sustento, y lo mas deben traer en letras de cambio para Leon, Venecia, y otros Lugares de Italia. Las letras se pongan sobre dos personas, las que mas confianza tengais, y cada una in solidum digan que pagará tantos cruzados de oro en oro, ó tantos escudos de oro en oro, porque puesto que digan que pagarán tantos cruzados, son de moneda, que no vale cada uno mas que 336 maravedís; y él y los escudos tienen 320, y el cruzado de oro en oro vale 368 maravedís. Digo, que algunos hombres bien dispuestos deben venir por tierra á Francia, á Leon y á Gerona para seguridad de las letras que traxeren; y los que traxeren mercadurías, vengan á Flandes, Francia y á Génova; y si allá fueren Naos Aragonesas son buena gente, y buena embarcacion: porque la gente corre riesgo passando por la Pulla, y lo mas seguro es Francia, Amberes, Génova y Civita-Vieja, junto á Roma; y el demás informe allá le pueden tomar. Bendito sea aquel que manda los tiempos, y haze sobre el firmamento; y maldito todo el de mi Nacion, que en este tiempo no siguiere estos consejos, y los pusiere en execucion: y si no viniere de esse Reyno para adonde esté seguro, y á los que no obedecieren á esto, les vengan las maldiciones siguientes, á sus mujeres, á ellos, y á sus hijos, y á toda la gente de esta Nacion, sea maldita, de modo que si murieren no puedan ser enterrados en sepultura doblada. Maldita sea la hora en que nacisteis. Todas las horas en que passáredes la vida sean tristes, y tintas de aquella tinta sangre del Becerro, que adoraron vuestros padres. Mal pesar veais de vosotros, y mera tristeza, y mancilla con todos los de vuestra casta y generacion. Todas las cosas del mundo sean contrarias á vuestro bien vivir. Hiéraos Dios de la plaga con que mató á aquellos que dexaron las carnes de los puercos de Egypto. Tal ventura os entre por la puerta, que vosotros y vuestra familia amanezcais tullidos, como la hermana de Moyses. Apedreados seais con aquellos que hallaron apañando leña el Sábado. Fuego se levante en vuestras casas que os queme, como salió de la casa de Choreb, que lo quemó á él y á sus compañeros. Corridos os veais, y quantos descendieren de vosotros, y todos juntos os veais en el infierno, como Datan y Abiron. La maldicion de los Montes de Gelboe venga sobre vosotros, y toda vuestra generacion. Quemados seais, como aquellos que querian apedrear á Moyses y Aaron. En poder de justicia os vean, como se vieron los de Israel. Serpientes os nazcan en casa que os muerdan, como mordieron á los que Dios castigó en la murmuracion. Qualquier casa en que viviéredes sea maldita, descomulgada, y caigan sobre vosotros piedras al entrar en ellas, como cayeron los muros de Jericó. Hurtos os hagan en el patio de Palacio, ó en la casa de la India. Tal ventura os acontezca á vosotros, á vuestras mugeres en fin de vuestros negros dias, qual aconteció á la muger de el Levita en la Ciudad de Gabaon. La mano del Señor se arme contra vosotros para heriros en las últimas partes de vuestros cuerpos, y assí seais podridos como los de las Ciudades de Gazor. Y los de vuestra casta y generacion sean todos malditos y descomulgados, y vuestros cuerpos echados á los perros, como el Profeta que está en Selva. Tanto mal os venga, y os quebrante el corazon por alguna maldad en que seais hallados contra el estado Real, que os ahorquen como á Achitofel cuñado de David. Los dedos de los pies os corten, como hizieron á los del tribu de Judá. Malditos seais, y os maten las alimañas y bestias fieras, como hizieron los ossos á los malditos mozos cautivos por Eliseo. Y vendidos seais en tierra de moros, como lo fueron los Judíos por Ptolomeo en Egipto. En pedazos os lleven fuera de vuestras casas, como hizieron al Rey Antíoco los Sacerdotes del Templo. Constreñidos seais en que comais carne de puerco. Ahorcados seais con vuestros hijos del pescuezo, assí como lo fueron los Judíos por mandado de Anteo en la Ciudad de David. Ahorcados seais deshonradamente por mandado de la Reyna, como lo fué Aman por mandado de Ester, y el sueño que Aman soñó: y todo lo dicho os venga, si vosotros no os viniéredes de esse Reino: y seais todos malditos como digo, siendo y quedando mi casa y la gente de ella libre á paz, y á salvo de todas las cosas, mas con los buenos logros en estas tierras largas, y de promission, que por acá hay, y que vosotros no sois para gozarlas, ni mereceis ver.»

Los cristianos nuevos de Portugal no hicieron grande aprecio de los consejos que les fueron dados en esta carta, puesto que quedaron viviendo en aquel reino: lo que prueba que no eran tan perseguidos por alli como se imaginaba. Pero solamente no podian tolerar con paciencia que en los casos de Inquisicion se confiscasen á los culpados las haciendas; i asi para remediar los daños que de esto resultaban, se compusieron en 1577 con el rei don Sebastian dándole doscientos i veinticinco mil ducados, i consiguiendo que por diez años no serian molestados en sus bienes. Con tal determinacion muchos de los judíos que aun vivian ocultos en España, i que milagrosamente habian escapado de las garras de la Inquisicion pasaron á Portugal, en donde se multiplicaron en gran manera. Otros quedaron en España por no abandonar su patria. I de los unos i de los otros es grande el número de los que cultivaron el estudio de las letras.

En auto solemne de fe celebrado en Sevilla el dia 14 de abril del año de 1660 salieron á ser castigadas por judaizantes ochenta personas, entre hombres i mujeres. Muchas estatuas fueron reducidas á cenizas en representacion de los reos que andaban fugitivos en tierras estrañas, donde afortunadamente no alcanzaba el bárbaro azote de la Inquisicion. Uno de estos fué el capitan Enrique Enriquez de Paz, mas conocido por el nombre de Antonio Henriquez Gomez, vecino de Segovia, caballero del órden de San Miguel, é hijo de otro judaizante portugués llamado Diego Henriquez Villanueva.

Es fama que hallándose en Amsterdan, topó un dia con un español su amigo recien llegado á aquellas tierras, i como este le dijese: Oh señor Henriquez, yo ví quemar vuestra estátua en Sevilla! respondió prestamente con gran risa: Allá me las den todas.

Antonio Henriquez Gomez escribió algunas obras[88] en prosa i verso; pero la mas celebrada de ellas es El siglo pitagórico y vida de don Gregorio Guadaña: libro escrito con suma gracia i ligereza, aunque en lenguaje mui atildado. Tambien compuso varias comedias de liviano mérito entre las cuales se cuentan La prudente Abigail, A lo que obliga el honor, Amor con vista y cordura, Contra el amor no hay engaños etc.

Sin embargo de los defectos que se ven en sus obras, ocasionados todos por el mal gusto que tenia oprimidos á los ingenios en aquella edad, son notables aquellas de sus composiciones poéticas en que derramó la mas sana i pura filosofia con propósito de doctrinar en ella á sus lectores. Como muestra de su ingenio i arte en versificar i como clarisima prueba de lo que llevo dicho, traslado á este lugar una oda que compuso en alabanza de la quietud i soledad del campo.

Humilde albergue mio:
líquidos arroyuelos,
hijos de estas montañas despeñados:
bosque puro i sombrío:
claros y hermosos cielos,
eternos reyes de estos bellos prados:
árboles empinados,
plumajes de colores
donde toman las flores
su alegre primavera:
apacible ribera,
claro espejo del dia,
ya vuelvo á vuestra santa compañía.
Soledades divinas,
alma del albedrío:
alamedas, fresnedas y cañadas,
fuentes que estais vecinas
con la region del frio.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Vegas nunca agostadas:
sotos nunca perdidos:
valles siempre floridos:
campañas siempre hermosas:
azucenas y rosas,
de este campo alegría,
ya vuelvo á vuestra santa compañía.
Bulliciosas ovejas:
manchados corderillos,
recentales del pecho mas piadoso:
calandrias, cuyas quejas
repiten los pardillos,
trinando con el celo doloroso:
descanso y sitio hermoso:
quietud idolatrada:
arboleda sagrada:
silencio siempre justo,
apetecido gusto
para la pena mia,
ya vuelvo á vuestra santa compañía.
Fuíme á la corte, y vuelvo
de mi engaño corrido:
propio castigo del que os ha dejado.
Con la vista revuelvo
vuestro sitio florido,
por ver si estoy en vos, ó me he engañado.
Yo no sé donde he estado;
que en ti no puede hallarse
quien pretende ausentarse
del noble nacimiento;
pero sin duda siento
que estoy en vos; pues miro
que ni lloro, ni peno, ni suspiro.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Oh soledades santas
de la vida dichosa,
gusto, placer, descanso i alegría!
¡Oh vejetables plantas
de la edad presurosa,
recreo, pasatiempo y compañía!
¡Oh fuentecilla fria
que murmuras ufana,
no como cortesana,
á todos me consagro;
y pues sois el milagro
mayor de mi sosiego,
goce yo vuestra paz y muera luego.
Aquí vivo seguro
del trato y del engaño
hydras sangrientas de la fe traidora.
Aquí vivo seguro
del mayorazgo estraño,
y heredero del Sol y de la Aurora.
Aquí la verdad mora:
allá, si bien se mira,
se mezcla la mentira
con la lisonja fiera.
Siempre aquí es primavera
y allá todo es estio...
¡Oh mil veces dichoso albergue mio!

Tambien compuso Henriquez Gomez en loor de la quietud i vida de la aldea la oda siguiente:

Cuando el Enero helado
me coge en esta sierra, miro luego
el humo idolatrado
de mi santa cabaña, cuyo fuego,
aun de léjos mirado,
me sirve de consuelo y de sagrado.
En estas soledades
vivo contento, alegre y descansado:
no como en las ciudades,
al bullicio sujeto del Estado;
pues no hay mayor desdicha
que á costa de la vida amar la dicha.
Sin ambicion profana
el cielo me sustenta en esta choza.
Sale aquí la mañana
mensajera del Sol, y es su carroza
tan suave al oido,
que de sola la luz siento el sonido.
¡O santas soledades,
retratos del sagrado paraiso!
no son las vanidades
quien vuestro lustre y majestad deshizo:
vosotras con decoro
hollais la plata y despreciais el oro.
Sois alma del deseo,
ser de la vida, vida de la muerte,
adorno del trofeo,
centro del sabio, corazon del fuerte,
y el que una vez os trata
triunfa del vicio y la delicia mata.
¡O albergue soberano,
emulacion de cuantos chapiteles
el griego y el romano
fundaron, duplicando los Babeles:
vuestra quietud dichosa
es cifra de la mano poderosa.
No hay mácula ninguna
en vuestra monarquía soberana,
ni tiene la fortuna
jurisdiccion en vuestra edad anciana.
El que una vez os mira
tierno de amor por vuestro amor suspira.
Fabricio, si eres rico,
mira bien el caudal que aquí poseo;
y luego te suplico
que me digas quién gana en este empleo;
que yo con mi pobreza
soy mas rico que tú con tú riqueza.
¿Tienes muchos criados?
pues no te envidio sin tener ninguno.
¿Tienes muchos ducados?
pues en mi choza no hallarás ni uno,
¿Tienes quietud? Ninguna.
Pues búrlome por Dios de tu fortuna.
Cuando tú te levantas
te saluda el comun desasosiego;
mas mis quietudes santas
no tienen el bullicio de ese fuego.
Mis arroyos sonoros
mudos me cantan en distintos coros.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Las perlas, los diamantes,
sin esta joya de mayor tesoro,
son riquezas errantes.
Necio es el hombre que idolatra el oro;
que el sosiego del alma
es de esta vida victoriosa palma.
Viva en la corte ufano
el soberbio político muriendo,
y en solio soberano
vivan con él los que le están vendiendo;
que yo sin esta muerte
contento vivo con mi humílde suerte.
Beba en taza dorada
el príncipe mayor: tenga su mesa
de siervos rodeada;
que yo á quien de esta vanidad no pesa,
bebo en taza de hielo
el líquido cristal de un arroyuelo.
En algodón se acueste,
rodeado de ricas colgaduras,
y su alcázar le preste
seguridad en dóricas figuras;
que yo sin tanto muro
duermo en mi choza mucho mas seguro.
Despiértenle á la aurora
lisonjeros amigos y criados,
y tenga de hora en hora
visitas de señores estimados;
que yo con mejor salva
recuerdo cuando me despierta el alba.
Salga en carroza ufano,
por la ciudad haciendo cortesías,
muy á lo soberano;
que yo sin estas necias fantasías,
de espigas coronado,
desde mi carro lisonjeo el prado.
Esta quietud adoro:
esta vida pacífica poséo:
no la riqueza lloro:
la ambicion ni la quiero ni deseo;
que en mí las soledades
son las siempre dichosas majestades.

No fué siempre sencillo Enriquez Gomez en sus poesias, i se dejó arrebatar de la corriente del mal gustó que tan fuera de cauce andaba en aquel siglo. No es indigno de ser copiado en este lugar el siguiente soneto, no obstante la afectación de estilo que hai en algunos de sus versos.

Soneto.
Débil cordera, cuya blanca nieve
Copo á copo formó naturaleza,
Cándida ofrece al valle su pureza,
Si á tanto armiño su verdor se atreve.
Al cristal de un arroyo altivo mueve
Lobo cruel su bárbara fiereza,
Y la simple cordera la cabeza
Inclina al agua y descuidada bebe.
No bien hubo tocado los cristales
Cuando el noscivo monstruo á la desierta
Campaña dió de púrpura señales,
Quedando la traicion mal encubierta,
El agua salpicada de corales,
El lobo ausente y la cordera muerta.

En este tiempo andaba peregrinando tambien por tierras estrañas, temeroso de las iras del Santo Oficio de la Inquisicion, el judaizante Juan Pinto Delgado, autor del Poema de la reina Ester, de las Lamentaciones del profeta Jeremías, de la Historia de Rut, i de otras poesías que dió á la estampa en París bajo el amparo del famoso cardenal de Richelieu, valido de Luis XIII rei de Francia.

Las obras poéticas que salieron de José Pinto Delgado son escelentes, i merecen ser tenidas en alto concepto i grande estimacion por los aficionados al estudio de las buenas letras. Sirvan de muestra las siguientes quintillas que forman una parte de las Lamentaciones del profeta Jeremías,

¿Cuál desventura, oh ciudad,
ha vuelto en tan triste estado
tu grandeza y majestad,
y aquel palacio sagrado
en estrago y soledad?
¿Quién á mirarte se inclina
y á tus muros derrocados
por la justicia divina,
que no vea en tus pecados
la causa de tu ruina?
¿Quién te podrá contemplar,
viendo tu gloria perdida,
que no desee que un mar
de llanto sea su vida
para poderte llorar?
¿Cuál pecado pudo tanto
que no te conozco agora?
Mas, no advirtiendo, me espanto
que tú fuiste pecadora,
y quien te ha juzgado Santo.
En ofenderle te empleas
ya por antigua costumbre
y en errores te recreas,
y así no es mucho que veas
tus libres en servidumbre.
Tus palacios y tus puertas
fueron materia á la llama
en esas calles desiertas,
por émulos de tu fama
en tus miserias abiertas.
Por tus plazas y rincones
miro por ver si pasea
alguno de tus varones,
porque crea á sus razones,
cuando á mis ojos no crea,
Mas vano es este deseo;
que animales sin razon,
sin dueño, balando veo,
que no articulando el son
certifican lo que creo.
Aunque se encienda mi pecho
llamando, siempre callaron
tus hijos en su despecho,
como sus dioses le han hecho
que por engaño llamaron.
La causa porque caiste,
y porque humilde bajaste
de la gloria en que te viste,
fué la verdad que dejaste,
la vanidad que seguiste.
Ya no eres la princesa
de todas otras naciones:
ya tu altivez es bajeza.
Tu diadema y tu grandeza
se han vuelto en tristes prisiones.
Ya tu palacio real
humilde cubre la tierra
en exequia funeral:
la paz antigua es la guerra,
y el bien antiguo es el mal.
Si fuiste al Señor contraria,
de los pecados el fruto
son tu cosecha ordinaria,
ha sido el mismo tributo
por quien te ves tributaria.
No solo viste perder
la honra que te adornó;
mas tus hijos perecer,
que el Señor los entregó
al mas tirano poder.
Cómo se puede alentar
tu pueblo entre su gemido,
llegando á considerar
lo que seguir ha querido,
lo que ha querido dejar.
Llorando dice: «¡Ay de mi
¿dónde estoy? ¿dónde me veo?
¿ó quién me ha traido aquí?
¡tan cerca lo que poseo!
¡tan lejos lo que perdí!»
Lloren al fin entre tanto
que no descansa su mal,
y obliguen al cielo santo;
que no puede ser el llanto
á sus delitos igual.

Tambien escribia versos en aquel siglo un poeta murciano, descendiente de judíos i llamado Diego Beltran Hidalgo, hombre de grandisima memoria i de no menor facilidad en hacer versos i en saberlos glosar con suma destreza. Parto de su fecundo ingenio es una glosa del primer verso de aquella redondilla, tan estravagante por el falsisimo pensamiento con que está cerrada i que dice así:

Lágrimas que no pudieron
tanta dureza ablandar,
yo las volveré á la mar,
pues que de la mar salieron.

Glosa hecha por Beltran.
De un amante enternecido
ruegos ¿qué no han ablandado?
ternezas ¿qué no han vencido?
suspiros ¿qué no han obrado?
lágrimas ¿qué no han podido?
Solo en mi triste se vieron
ruegos que no enternecieron,
ternezas que no importaron,
suspiros que no ablandaron,
lágrimas que no pudieron.

Esta glosa es en todo perfectisima, i en nada camina fuera de aquellas estrechezas que ligan á los ingenios en este linaje de composiciones. Otra hizo Diego Beltran Hidalgo no menos escelente i conceptuosa, la cual dice así:

Testo.
O no mirar ó morir
decis, pensamiento, amando:
mas vale morir mirando
que, no mirando, vivir.

Glosa.
Dos estremos considero
en el bien por quien suspiro,
uno y otro lisonjero,
que no vivo, si lo miro,
y si no lo miro, muero.
Ojos, si habeis de elegir
el uno para vivir,
los dos os han de matar:
ó no vivir ó mirar:
ó no mirar ó morir.
Compiten con fuerza y brio
estos estremos de amor,
uno ardiente y otro frio,
en vos, cobarde temor,
y en vos, pensamiento mio.
El temor, pronosticando
mi muerte, dice temblando
que viva, mire y no quiera:
y vos que no viva, ó muera,
decís, pensamiento, amando.
Mirar que á gloria convida,
aunque mate, es de tal suerte
que infunde alientos de vida:
no mirar es una muerte
que el temor tiene escondida.
Pues si tal gloria, espirando,
se va con morir ganando,
y con no mirar, viviendo,
tanto bien se va perdiendo,
mas vale morir mirando.
Si no mirar es perder
la gloria, mire, aunque espire;
pues está el vivir en ver,
si al punto en que muera y mire,
vida y muerte he de tener.
Si mas gloria, con morir
mirando, habeis de sentir,
ojos, mas bien os está
el morir, pues tanto os va
que, no mirando, vivir.

Tambien es de Diego Beltran Hidalgo el soneto siguiente que compuso en favorable recomendacion de la Historia general de aves y animales de Aristóteles Estagirita, traducida i aumentada por Diego de Funes i Mendoza. (Valencia, 1621.)

Soneto.
Razones dulces de escuchar suaves,
Partos de tu fecundo entendimiento,
Son, docto Funes, plumas de tu intento,
I alas veloces tus discursos graves.
Con que, triunfando de la envidia sabes,
Felicemente penetrando el viento,
Venciendo en curso al mismo pensamiento
Prender los brutos i alcanzar las aves.
I viendo que eternizas tu memoria,
Porque viva tu nombre sin segundo,
Escediendo los limites del suelo,
Agradecidos todos á tu historia,
Ellos ilustran con tu fama el mundo
I ellas te suben con su pluma al cielo.

Otro de los poetas judíos famosos en aquel siglo fué Daniel Leví de Barrios, nacido en Montilla, hijo de un converso llamado Simon, i capitan del rei de Portugal duque de Braganza. Su nombre mientras vivió como cristiano fué don Miguel de Barrios. Huyendo sin duda de los rigores de la Inquisicion pasó á Amsterdan, ciudad de libertad, donde imprimió muchas de sus obras, tales como el Triunfo del gobierno popular i de la antigüedad holandesa, donde trata de los gobiernos monárquico, aristocrático i democrático, probando que en los tiempos antiguos fueron mui usados de los israelitas, i trayendo argumentos para demostrar que en todas las partes donde están domiciliados, el democrático es por quien se rigen i á quien prestan obediencia ellos entre sí. Tambien compuso la Historia universal judáica: El imperio de Dios en la harmonía del mundo, i otros muchos libros históricos, religiosos i poéticos. Tambien dió á la estampa la Flor de Apolo, por el capitan don Miguel de Barrios. (Bruselas por Baltasar Vivien, año de 1665.—En Amberes en casa de Verdussen, 1670.) Este libro no contiene mas que poesías i comedias de poco mérito. I para dar una muestra del ingenio de Barrios, no será fuera de razón poner aquí alguna de sus composiciones, sean estos sonetos las primeras.

Soneto.
En el coro de Amor con voz Sirena
Corazones atraes, vidas encantas,
Nise divina, con dulzuras tantas,
Que reduces á gloria lo que es pena.
Suspendida no canta Filomena,
La suavidad oyendo con que cantas,
Y á las métricas voces que levantas,
El céfiro en los árboles no suena.
El arroyo entre flores detenido,
Al dulce quiebro de tu acorde lira,
Queda en florido tálamo dormido.
Pues, si como tu luz, tu canto admira,
A quien falta razón, vida y sentido,
¿Qué hará con alma quien por tí suspira?

Otro.
Ausente el Sol, el prado se oscurece,
Reina la noche, madre de temores,
Y de las fuentes, árboles y flores
La diversa color igual parece.
Mas, cuando con sus rayos resplandece,
Dando lustre al matiz de los colores,
Por mas que apure el Sol sus resplandores,
Quien negro anocheció, negro amanece.
Bien podria admitir la color verde
Con varios accidentes de alegría
A la negra color que mi alma viste.
Mas quien de la esperanza el verdor pierde,
Aunque pase la noche y vuelva el dia
Triste amanece, si anochece triste.

CANCION
de un náufrago al mar.
Enemigo que herido
del Bóreas rigoroso, leon rugiente
levantando el bramido,
no has podido templar mi pena ardiente,
porque de mi amor ciego
con ser tanta tu nieve es mas el fuego.
Tu saña fugitiva
mayor venganza toma en perdonarme;
pues mi tormenta aviva
¡qué pesar! no acabando de matarme
con las ondas de hielo,
que á la tierra me arrojas desde el cielo.
¿Por qué de tus cristales
me dejas salir vivo, si procuro
en tan continuos males
ser de tu nieve infausto Palinuro,
y no en pena crecida
morir á manos de mi propia vida?
¿Por qué del fuego mio
no apagas el incendio rigoroso?
¿Por qué en tu centro frio
á mi pena no das sepulcro undoso?
Mas ¡ay tormento airado!
que aun la muerte desprecia al desdichado!
Lloro á la muerte ansioso,
al fuego me lamento sin sentido,
gimo al aire celoso,
al mar me quejo, al cielo favor pido,
y no me dan consuelo
la tierra, el aire, el fuego, el mar, ni el cielo.
¡Ay prenda de mis ojos!
¡ay soberana luz! ¡ay Sol querida!
¿qué atrevidos arrojos
han dejado mi vida sin tu vida?
si somos en tal calma,
un amor, un aliento, un ser, un alma.

Tambien publicó en aquel tiempo Miguel Silveyra su poema El Macabeo; i aunque era hombre doctisimo, su obra por lo hinchado i babilónico del estilo es ininteligible i justamente despreciada.

Daniel Israel Lopez Laguna, poeta tambien judío, publicó en 1720 como se dijo en el libro 3.º una obrita en verso intitulada Espejo fiel de vidas, la cual no es otra cosa que una traduccion de los salmos del profeta.

Grande es el número de los judíos españoles que escribieron obras jurídicas, filosóficas, morales, matemáticas i medicinales, i á mas traducciones i glosas del Viejo Testamento.

Entre los médicos insignes que profesaban la religion judáica fué mui celebrado en el siglo XVI Juan Rodrigo, natural de Castel Blanco, el cual temeroso de la Inquisicion huyó á tierra de libertad, donde publicó muchas con el nombre unas veces de Amato Lusitano i otras de Juan Rodriguez de Castel Blanco. Sus escritos eran dirigidos á dar consejos para conservar ó restituir la salud al cuerpo humano.

En aquel mismo tiempo vivia Cristóbal Acosta, nacido en Africa é hijo de judíos espulsos de España[89], el cual despues de haber peregrinado muchos años por Asia, vino á la Península á cristianarse i se hizo vecino de la ciudad de Burgos. En ella publicó su obra intitulada Tratado de las drogas i medicinas de las Indias orientales con sus plantas debujadas al vivo por Cristóval Acosta, médico i cirujano que las vió ocularmente. Un tomo en 4.º 1578.

Quien primero escribió la historia medicinal de las Indias orientales fué el doctor portugués llamado García de Orta: el cual la dió á la estampa en Goa, con el título de Coloquios dos simples, drogas é cousas medicinais da India[90].

Esta obra, aunque tiene muchos grados de purisimo mérito, no solo por ser la primera en su clase, sino por haber salido de la pluma de un tan sabio varon como García de Orta, tambien está afeada por muchos i mui graves errores. Véase de la suerte que habla de estos coloquios Gaspar Acosta en el prólogo de su tratado de las drogas i medicinas de las Indias orientales.

«Así como su obra trata de diversas medicinas i plantas i otras cosas pertenecientes á la salud humana, así tambien trata de otras que son inútiles i sin algun provecho para ella, siéndole forzoso tratallas por seguir el estilo de diálogos, dó los que hablan suelen divertirse i derramarse fuera de lo que toca á su principal propósito, no se dejando de hallar á cada paso muchos errores, que, aunque la buena fama i autoridad del autor nos persuadan no ser suyos, sino del descuido de los impresores que en aquella ciudad de Goa, donde él escribió, no se hallan tan limados como por estas partes, no dejan de causar molestia i dar enfado al que los lee. No faltó tambien otra perfeccion sustancial á la obra que son las pinturas i dibujos de las plantas de que trata, que ocupado el Dr. Orta en otras cosas mas graves, i que mas debian importarle, dejó de ingerirlas en ellas. Paresciéndome á mí que en esta nuestra nacion seria aquel libro de grande provecho, si se diese noticia de las cosas buenas que en él hai, mostrándose con sus ejemplos i figuras para mejor conocerlas, i que esto no lo podria hacer, sino quien ocularmente con sus mismos ojos las hubiese visto i esperimentado, celoso del bien desta tierra con la caridad que á mis prójimos debo, deliberé tomar este trabajo i debujar al vivo cada planta, sacada de raiz, á vueltas de otras muchas cosas que yo ví.»

De forma que si García de Orta merece grande alabanza por ser el primero que dió á conocer en lengua vulgar la historia medicinal de las dilatadas Indias orientales, no menor merece Gaspar de Acosta así por haberla aumentado i corregido como por haber representado en breves dibujos la mayor parte de las plantas, cuyas virtudes i escelencias i provechos para la salud humana declaraba en el discurso de su tratado.

El licenciado Juan de Costa, catedrático en la universidad de Salamanca, decia: «que despues de cotejar detenidamente una i otra obra, vino en conocimiento de que Orta solo dibujó las primeras líneas, y que Acosta puso las vivas colores; pues puso en perfeccion lo que él habia comenzado

El mismo licenciado, amigo del autor, dice tambien que la obra de Acosta, «no fué criada como otra en los descansos de sus naturalezas i patrias, sino en la dureza de tristes cautiverios, cual él los padeció en la Africa, en la Asia i en la China. Allí probó i esperimentó con el trabajo que se puede pensar todo lo que escribe de plantas i drogas.»

Además de sus observaciones i de haber consultado con cuantos autores griegos, latinos i árabes trataron de la materia, comunicó sobre ella en su peregrinacion por las Indias con los mejores i mas celebrados médicos de aquella edad arábigos, persas, turcos, bracmanes, chinos, malayos i otros de otras naciones.

Así pudo escribir con tanto acierto su obra, i llamarla un verdadero trasunto i retrato de muchas plantas medicinales, no conocidas, ni vistas por ninguno de los antiguos que en esta materia escribieron.

Cuando dió Acosta este tratado á la estampa, se ocupaba en componer otro mayor i mas copioso para hablar á la larga de las mas de las yerbas, plantas, frutos, aves i animales, así terrestres como acuáticos que habia en las Indias orientales, no dibujados aun en aquella edad, i de los cuales mui poco había hasta entonces escrito por médicos i filósofos. Pero con grave dolor de los curiosos, ó no terminó Acosta su obra porque la muerte le atajó los pasos, ó si le dió dichoso fin, aun no ha sido encontrada.

La obra de Cristóbal de Acosta fué luego traducida en lengua italiana con el título de Noticia de las drogas de la India, i publicada en Venecia el año de 1585. Tambien fué traducida en lengua francesa por Antonio Collin.

I no solamente frecuentaron los judíos españoles la medicina con tanto provecho de los mortales, sino tambien trabajaron en el estudio de la historia. Uno de ellos fué Pedro Teixeira, el cual publicó una obra con este título: Pedro Teixeira: De el orígen, descendencia y sucesión de los reyes de Persia, y Harmuz, y de un viaje hecho por el mismo autor dende la India oriental hasta Italia por tierra. (Amberes, 1610.)[91]

Las noticias mejores de la historia de Persia se encuentran en esta obra: la cual está fundada en MSS. persas, i especialmente en las narraciones del cronista Tarik Mirkond.

Teixeira fué quizás el único autor que puso los nombres estranjeros en la lengua castellana, tales como se escribian i pronunciaban: cosa que todos los historiadores españoles jamás hicieron. De esta suerte funda su modo de pensar en esta materia. «Los nombres propios ahora sean de hombres ó de lugares, ahora de cualquiera otra cosa te parecerán ásperos y de dura pronunciacion, y bien pudiera yo acomodarlos á nuestro vulgar idioma, mas tuve por mejor ponerlos en su propia voz por la confusion que la mudanza de ellos suele comunmente causar; que si los que escribieron ó tradujeron historias, guardaran la regla de nombrar siempre las personas y tierras con sus mismos términos y, voces, sin mudarlos, no hubiera en la leccion de ellos tanta confusion.»

Pero dejando en este lugar las noticias de los insignes escritores judíos, razon es ya que volvamos los ojos á examinar una cuestion que no ha tratado ninguno de los que dedicaron sus entendimientos á narrar los hechos del Santo Oficio. La Inquisicion fué establecida para desarraigar el judaismo en España; pero el judaismo se mantuvo en ella hasta que la Inquisicion fué abolida. Esta observacion no hecha hasta ahora por escritor alguno, necesita de grandes pruebas, i esas van á ser presentadas en este lugar para desengaño de muchos que aun creen ver en el bárbaro tribunal el propugnáculo de la Fe Católica, no habiendo sido mas que un alcázar del fanatismo, un sustentador de los errores i un brazo sin fuerzas para desterrarlos. A los 40 años de establecida la Inquisicion en Sevilla, pasaban de cuatro mil los quemados en solo aquel arzobispado, i de cien mil los reconciliados i espatriados en sola Andalucía[92]. Entonces viéronse cerradas mas de cinco mil casas, cuyos habitantes bien con el fuego, bien con la confiscacion de haciendas, bien precisándolos con el miedo á huir á lejanas tierras fueron esterminados por la furia del Santo Oficio. A estos destrozos ocasionados por el tribunal de Sevilla, júntense los que causarian los demás de España. En Toledo en solo un auto fueron reducidas á cenizas, el año de 1501, sesenta i siete mujeres por judaizantes.

Referir aquí menudamente los autos de fe hechos por la farisáica Inquisicion contra los judíos en los siglos XVI, XVII i XVIII no es mi propósito, porque á mas de lo dificultoso de la empresa vendria á caer en prolijidad, i así solo me contentaré con citar aquellos en que salieron á recibir la muerte algunas personas principales, ó algunas que desafiando las iras del tribunal persistian al morir en su lei.

En la relacion del auto de fe celebrado en Méjico el año de 1549, se lee lo siguiente al tratarse de la ejecucion de varios reos judaizantes: «Fueron relajados para el brasero en persona trece, con quienes se usó la piedad de darles garrote antes de ser quemados: menos en Tomás Trebiño de Sobremonte por su insolente rebeldía y diabólica furia, con que aun habiéndole dado á sentir en las barbas, antes de ponerle en el cadalso, el fuego que le esperaba, prorrumpió en execrables blasfemias, y atraia con los pies á sí los leños de la hoguera, en la cual tambien ardieron cuarenta y siete osamentas con sus estatuas, y de los fugitivos diez.»

El licenciado Juan Paez de Valenzuela, autor de la relacion del auto general de fe celebrado en la ciudad de Córdoba el año de 1625, al hablar de Manuel Lopez que salió á ser relajado en persona, dice: «Si bien con afecto particular se hicieron todos los medios posibles para reducirlo al conocimiento de la verdad, ningunos lo fueron. Y preguntándole si acababa de tomar resolucion para salir de su pertinacia, respondió que él iba por el camino de la verdad, y que todos los demás iban errados, y que él pretendia la salvacion de su alma: la cual tenia cierta en aquella ley. Y habiéndose tenido con él muchas audiencias con junta de muchos consultores y calificadores muy doctos de este Santo Oficio, procurándolo sacar de sus errores y que conociese la verdad, siempre habia estado pertinaz, protervo y obstinado, diciendo que la ley que él seguia era la verdadera que se habia de guardar. Estando siempre en su dureza y obstinacion, fué sentenciado á relajar en persona y entregado al brazo de la justicia Real para quemarlo vivo. Serian ya las nueve de la noche cuando la justicia Real tenia prevenido el verdugo, alguaciles, ministros, pregoneros y cabalgaduras en que subieron á los relajados y los llevaron fuera de la ciudad á un sitio diputado para quemadero que llaman el Marrubial, campo raso en que está un rollo de piedra mármol, junto del cual habia puestos cinco maderos y en el uno puesta una argolla, y prevenida mucha cantidad de leña. En llegando, dieron primeramente garrote á las tres mujeres y al dicho Antonio Lopez; y acabados de ahogar, echaron leña y pegaron fuego en la cual fueron arrojando una á una las estatuas relajadas en nombre de sus dueños representados en ellas. Hecho esto pusieron en el palo del argolla al dicho Manuel Lopez, pertinaz; y vivo le comenzaron á dar fuego, habiendo antes de encenderlo en la parte que estaba, todos los religiosos que con él y los demás habian ido, domínicos, franciscos, carmelitas, trinitarios y de la compañía de Jesus, hecho notables diligencias afectuosamente procurando su conversion (y no siendo posible, ni habiendo aprovechado para ella los ruegos y lágrimas de sus quemados padres que con demostraciones al parecer verdaderas, una y muchas veces este dia lo habian pretendido), encendieron mas el fuego, sin que hiciese demostracion de sentimiento. Tal era la privacion en que el demonio le tenia apoderado de su cuerpo y alma; y tal su obstinacion, terquedad y dureza: bien que el fuego embravecido de ella se apoderó de su cuerpo, de manera que sin perder su furia, á él y á los demás dejó hechos cenizas, siendo la gente que habia salido á ver este lastimoso espectáculo tanta, que con ser campo espacioso el sitio, ni coches, ni caballos, ni personas se podian mover. Y es mucho de notar para la confusion de estos y de los demás judíos, que habiendo un religioso francisco antes de entrarle la cabeza en la argolla propuesto algunas razones eficaces para que conociese á Jesucristo Ntro. Sr. y saliese de su error, le respondió estas palabras: Reniego de Dios, que primero me llevará el diablo, que confiese á Jesucristo

Esto sacaban los inquisidores por fruto de los bárbaros castigos hechos en las personas de judaizantes, i de las pretensiones de convertirlos á la religion cristiana en el punto en que por no guardarla iban á ser reducidos á cenizas. Por donde se ve que los jueces del Santo Oficio vencieron en crueldad á los gentiles de los tiempos de Neron; porque estos jamas exigian de los cristianos que mataban, su conversion al paganismo en la hora de la muerte.

Don José de Pellicer en sus Avisos de 2 de Agosto de 1644, dice:—«La Inquisicion hizo auto en Valladolid, i entre los castigados fué uno don Francisco de Vera, hijo de don Lope de Vera, caballero de San Clemente i mui emparentado, á quien su mismo hermano acusó: ha estado preso seis años. Quemáronlo vivo por negar la venida del Mesías i otros artículos de la fe, siendo así que por ningun lado dejaba de ser cristiano viejo. Interpretaba á su modo la Biblia, i no fué posible que se convirtiese i al fin murió impenitente i obstinado en la lei de Moisés.» I en los avisos de 9 de Agosto del mismo año, se lee tambien: «Dicen muchas cosas de aquel desventurado que se dejó quemar vivo por judaizante en el auto de Valladolid, i que se puso por nombre Júdas el creyente

I no faltaban reos que desafiasen con valor las iras de sus jueces, i que de todo punto los despreciasen, riéndose de ellos, i mofándose de todas las ceremonias que se hacian en los autos de fe. En la relacion del celebrado en Méjico el año de 1659 se lee: «Francisco Lopez de Aponte, ateista contumacisimo i maliciosisimo, estuvo en el tablado que parecia un demonio arrojando centellas por los ojos, i manifestando anticipadamente en su aspecto, su eterna condenacion. Cuando le llevaron desde la media naranja ó gradería al centro del teatro para que oyese su sentencia, estuvo haciendo piernas, i debiendo durante la lectura permanecer en pie sobre la tarima, á poco rato se sentó en ella. Despues que volvió á la media naranja, dijo mofándose á los confesores que asistian á los demás relajados (porque este infernal hombre no quiso admitir ninguno, i se estuvo solo): ¿Qué tal os parece, padres? ¿No he hecho bien mi papel?»

I no solo se burlaban los judíos de aquellos verdugos de corona i sotana, sino que se hacian señas unos á otros para mantenerse firmes en su lei, i sufrir con valor la muerte, i martirio que les eran destinados. En la citada relacion se dice: «Diego Diaz totalmente se declaró judío en el tablado, i así con los dos reos Aponte i Botello se estaban haciendo señas como animándose para morir en su caduca lei; i reprendido por uno de los religiosos que le asistian, respondió: Pues, padre, ¿no es bien que nos exhortemos á morir por Dios? I como le replicase que siendo judío no moria por Dios sino en desgracia suya i ofendiéndole, se endureció del todo sin querer tener como antes la santa cruz en la mano.»

Esto hacian ya que les era impedido comunicarse de otro modo, porque como los inquisidores vencian en crueldad á Diocleciano, á Neron, i á los demás emperadores que fueron azote del cristianismo, no dejaban á los reos verse mas que en la hora del suplicio, i hablarse en ningun tiempo. Los tiranos de Roma no impedian á los mártires comunicar entre sí, ya en las cárceles, ya en el instante de caminar ó recibir la muerte; pero aquellos eran emperadores i gentiles, i estos eran jueces del Santo Oficio de la Inquisicion, i teólogos. Ni aun los maridos sabian la prision de sus esposas sino en la hora del auto de fe; i entonces solo podian darse unos á otros el último á Dios con los ojos; porque con las palabras les era vedado por aquellos monstruos de crueldad indignos de ser llamados hombres, cuanto mas sacerdotes: por aquellos monstruos mas feroces que los caribes: por aquellos que no siguiendo á la letra el Evangelio porque no lo entendian, escudados con testos teológicos que interpretaban á su placer, tenian ahogados en los corazones todo sentimiento de humanidad; i eran mas dignos de pertenecer á la clase de las fieras que á la de hombres; i aun estoi por decir que no á todas; porque el leon es animal noble, i en ellos no habia mas que el deseo de beber sangre humana, i la feroz bestialidad de los tigres i de las hienas.

En la relacion citada del auto de fe hecho en Méjico el año de 1659 se lee: «Francisco Botello se hubo tan descaradamente en el tablado, que diciéndole uno de los confesores que pretendió convencerle del judaismo que mirase como verdaderamente era judío, pues su mujer estaba allí tambien penitenciada por ello, levantó los ojos para verla, con tan grande alegría i alborozo, como si fuera el dia de mayor contento para él que en su vida hubiese tenido, é hizo mucha diligencia para hablarla; pero no lo consiguió porque le descendieron dos gradas mas abajo.»

¡Cuántos judaizantes no sufrian entonces con el mayor esfuerzo la horrible muerte que les era destinada por los inquisidores! En el tercero de los cuatro autos de fe celebrados en Mallorca en 1691, en los cuales fueron entregados al fuego, despues de ahogados, treinta i cuatro reos, tres fueron quemados vivos por judíos impenitentes, i llamábanse Rafael Valls, Rafael Terongí, i Catalina Terongí. «Al ver estos de cerca la llama (dice el autor de la relacion) comenzaron á mostrar furor forcejando á toda rabia por desprenderse de la argolla, lo que al fin consiguió el Terongí, aunque ya sin poderse tener, i cayó de lado sobre el fuego. La Catalina al lamerla las llamas gritó repetidas veces que la sacaran de allí aunque siempre pertinaz en no invocar á Jesus. Valls al llegarle la llama se defendió, se cubrió i forcejó como pudo hasta que no pudo mas. Estaba gordo, i encendióse en lo interior de manera que aun cuando no llegaban las llamas, ardian sus carnes como un tizon, i rebentando por medio se le cayeron las entrañas[93]

I no solo sufrieron con estraordinario valor los desdichados judaizantes la espantosisima muerte que les era destinada por los caribes que se decian sacerdotes de Dios, sino que muchas veces se arrojaban á la hoguera para pasar mas presto á mejor vida. José del Olmo en la Relacion del auto general de fe, celebrado en Madrid en 30 de Junio de 1680, pone estas palabras, viendo que algunos reos se tiraron á las llamas, i conociendo cuan mal habia salido la cuenta á la Inquisicion, ó por lo menos á la religion cristiana, con la crueldad de los jueces del Santo Oficio: «Puede ser que hiciese reparo algun incauto en que tal ó cual se arrojase en el fuego, como si fuera lo mismo el verdadero valor que la brutalidad necia de un culpable desperdicio de la vida á que se sigue la condenacion eterna.» I conociendo Olmo que aquellos que morian tan heróicamente eran tenidos por mártires, dice estas razones para prevenir los argumentos de los judíos: «Los mártires no los hace la muerte, sino la causa, i muchas veces suele remedar el error las hazañas de la verdad.»

Sin embargo de lo que escribió el fanático Olmo para dar gusto á los señores de la Inquisicion, yo siempre recuerdo al ver la constancia de los judíos españoles en no abandonar su lei á pesar de las iras del Santo Oficio, i en morir valerosamente cuando eran descubiertos i castigados, lo que en el siglo IV de la iglesia escribia Lucífero, obispo de Caller, al Emperador Constancio en nombre de todos los demás cristianos perseguidos.

«En hora buena que nos combatan de órden tuya encrespadas olas y violentos torbellinos. Nosotros permanecerémos cada vez mas inmobles, y lejos de zozobrar en la borrasca tomarémos mas aliento al paso que sean mayores los peligros que nos cerquen; pues el cristiano no cede fácilmente á la maldad, degradándose con el abatimiento que la acompaña, antes bien descubre mas su grandeza de alma cuanto mas se empeñan los tiranos en envilecerle. Crece la persecucion; pero tambien crece, oh Emperador, la gloria de los soldados de Jesucristo; i lejos de que los tormentos nos retraigan de la palestra, hacen que volemos mas ligeros á ella. Que esto sea verdad lo confesarás tú mismo, cuando nos veas presentarnos, i defender la fe con igual denuedo en todo el imperio sin que tus detestables halagos nos engañen, ni tus amenazas nos aterren; i sin que nos venza la crueldad de los tormentos, hallándonos fortalecidos por aquel Señor que nos prometió estar con nosotros hasta la consumacion de los siglos.

Seguirémos, pues, adelante hasta que destruyas nuestro cuerpo, así como hemos seguido hasta ahora, cubiertos con el escudo de Jesucristo, revestidos con la cota de malla de su piedad y guiados por su espíritu, manteniéndonos inflexibles á toda sugestion que se dirija á hacernos olvidar nuestra dignidad. Padecemos (no hay duda) cuando se atormentan nuestros cuerpos; pero tambien enseñamos con nuestro ejemplo que ninguna violencia basta á separar al sabio de su parecer i propósito con mengua de su decoro, i que tiene grandes ventajas el padecer por Dios que es la misma verdad. Por lo demás nada importa que me hagas morir traspasada la cabeza con un clavo, ó el pecho con una lanza, atadas las manos por detrás, estendidos ó juntos los brazos por delante, boca abajo, encorbado, de pie, ó levantado del suelo: que me mandes matar en mi lecho, ó cortarme la cabeza fuera de él con la espada ó con la segur, reclinado sobre un tajo, ó que me empales, pongas en cruz ó me quemes á fuego lento: que me entierres vivo, me precipites de un peñasco ó me sumerjas en el profundo mar. Ni me da cuidado que despues sea mi cadaver pasto de las aves i los perros en el campo, ó que á vista tuya i con una complacencia cruel le despedacen las fieras y le devoren hasta que no queden sino los desnudos huesos, porque al fin me he de hallar salvo y sin lesion delante de Dios.»

Razones semejantes á estas decian los desventurados hebreos cuando eran perseguidos por aquellos malos cristianos. I no traten los necios defensores que aun tiene el detestable tribunal llamado por antífrasis Santo, de decir que sus jueces no deben ser acusados de crueles porque ellos despues que condenaban al hereje lo declaraban no sujeto á su jurisdiccion, respecto á que por su delito se apartó de la Iglesia, constituyéndose bajo la sola potestad laical, i que cuando lo entregaban á esta no pedian que le fuese quitada la vida. Este modo de obrar en los jueces de la Inquisicion, revela que en ellos todo era pura hipocresía, porque al entregar los reos al brazo seglar, hacian como los sacerdotes de los judíos, que siendo los verdaderos causantes de la muerte del Salvador, respondieron á Poncio Pilatos, cuando este les instaba para que lo juzgasen segun su lei, que esta no les permitia dar muerte á ninguno. De donde se viene á colegir que tan bribones i tan perversos eran los fariseos como los inquisidores.

Tomen ejemplo los que imaginan que solo las persecuciones pueden reducir al gremio de la iglesia á los que anden desviados de ella, en lo acaecido en España con el tribunal del Santo Oficio. En el siglo XV, en el XVI i en el XVII no hacian mas que prender i castigar á judaizantes, segun se demuestra por las muchas relaciones de autos de fe impresas en aquellos tiempos. Pues á pesar de tanto rigor, judíos habia aun en España en el siglo XVIII. El dia 28 de Octubre de 1703 fue quemado vivo á la edad de veintiseis años Diego Lopez Duro, natural de Osuna, en la ciudad de Sevilla. En ella tambien fué reducido en 1720 á cenizas frai José Diaz Pimienta, i en otros autos hechos en la misma ciudad i en el mismo siglo fueron quemados los huesos de don Diego de Avila, natural de Málaga, vecino i administrador general de rentas reales de Carmona, don Diego de Espinosa, natural de Alhama, vecino de Cádiz, i guarda mayor de millones en ella, Francisco Diaz de Espinosa, natural tambien de Alhama, i vecino i administrador de rentas en Cádiz, con los huesos ó las personas de muchos infelices presos i castigados por judaizantes.

Tanto número de judíos habia en el siglo últimamente pasado. En Córdoba la Inquisicion castigaba rigorosisimamente á los muchos que tambien habia en aquella ciudad i en sus contornos. En Valladolid se hacian las mismas diligencias para desarraigar el judaismo; pero todo era en vano. Cerca de tres siglos llevaba ya de establecido el barbarisimo é inicuo tribunal, i en ellos habia trabajado constante i porfiadamente por destruir á los muchos judíos que habia en estos reinos, ocultándose con las apariencias de verdaderos cristianos.

En el siglo XVII, no obstante tantos castigos, viéronse fijados en las casas mas principales de algunas ciudades i villas unos infames carteles que decian: Viva la ley de Moisés y muera la de Cristo, que lo demás es mentira. Un solo hombre quiso remediar estos desórdenes, reparando al mismo tiempo la falta de poblacion que tenia España ocasionada por las dos espulsiones de judíos i moros. Este hombre fué el Conde-duque de Olivares.

Para conseguir sus designios mandó venir de Salonique i otras ciudades varios judíos descendientes de los espulsos de España para conferir el modo con que ellos i los demás volviesen á vivir en estos reinos. Para lo cual trataba de amenguar mucho el poder del Santo Oficio. La venida de estos judíos i su estancia en la corte fueron mui contradecidas i repugnadas por los Consejos de Inquisicion i de Estado. Pero de todo se burlaba el Conde-duque, fiado en el mucho valimiento que tenia con el rei.

Los inquisidores viendo en esto que estaban á punto de perder su poderío, i á mas las confiscaciones hechas i por hacer en los bienes de tanto desventurado judaizante, determinaron representar á Felipe IV los muchos daños que de estar en la corte aquellos judíos resultaban á la entereza de la Fe de Cristo en estos reinos. Para lo cual se presentó en la cámara del rei el inquisidor general que era cardenal de Santa Balbina, i le habló con el valeroso celo que su conveniencia i la de los bellacos que tenia á sus órdenes imperiosamente exigia. Felipe IV se acordó entonces que era hijo de Felipe III i nieto de Felipe II, i así dejándose vencer de las razones del inquisidor, empeñó su palabra de ordenar al Conde-duque de Olivares la salida de aquellos judios, no solo de la corte sino tambien de todos sus reinos i señoríos: con que de esta suerte quedaron burlados los buenos deseos que tenia el valido de reparar los daños que España padecia, por la falta de poblacion, comercio i riqueza: los cuales iban tan en aumento que ya amenazaban la ruina de esta desventurada i siempre mal regida monarquía.

¿Pero cuál era el fruto que sacaban los reyes i los inquisidores de la constante persecucion levantada contra los que judaizaban? Fuera de las confiscaciones, ninguno provechoso. No hacian mas que aborrecible la Doctrina Evangélica: la cual no les daba autoridad para cometer tan atroces é inhumanos hechos. Digan sinó los defensores de la Inquisicion ¿en los reinos estraños en que esta no existia i moraban judíos, cuántos cristianos abandonaban su religion i abrazaban la de Moisés? En España al contrario, mientras mas autos de fe, mas muertes i mas infamias de linaje se hacian por los inquisidores, mas personas judaizaban. I no solo de las familias de los castigados, sino de aquellas que descendian por todas sus ramas, de cristianos viejos. Sirvan de ejemplo don Lope de Vera, quemado en 1644 en Valladolid, i frai José Diaz Pimienta, en Sevilla el año de 1703. Los judaizantes en vez de amedrentar con el ejemplo de su muerte, hacian otros nuevos; porque muchos hombres al ver la constancia i el valor con que aquellos desdichados sufrian el espantosisimo suplicio de la hoguera, se persuadian que Dios les ponia aliento en los corazones en aquel tan amargo trance, i que recibiendo este favor del cielo, era cosa indudable que morian por la verdad. Con esto los canonizaban por mártires, i ellos mismos dejaban la religión cristiana i se pasaban al bando del judaismo. I esta es la razon de haber existido tantos judíos en España á pesar de las iras de la Inquisicion en los siglos XV, XVI, XVII i XVIII: prueba clarisima de que las persecuciones eran quienes levantaban á muchos para seguir el rito mosáico, puesto que en los reinos estraños ningun cristiano pensaba en ser judío, i en los nuestros habia muchisimos, i no personas de la plebe, sino caballeros i hombres doctisimos en todo género de letras. Aun á las puertas de este siglo, esto es en el año de 1799, fué castigado un hombre por la Inquisicion de Sevilla, el cual era hereje judaizante, i llamábase Lorenzo Beltran.

Los judíos existieron en España hasta que en la guerra de la independencia fué abolido el tribunal del Santo Oficio; i aunque luego fué vuelto á nueva vida, entonces ya no era tribunal religioso, sino tribunal politico, en donde se encerraban á aquellos hombres que no teniendo delito de que ser acusados, i necesitando el gobierno que no estuviesen en libertad eran metidos en las cárceles de la Inquisicion, por tiempo indeterminado.

Léanse las innumerables relaciones de autos de fe que existen impresas i manuscritas desde el siglo XV hasta principios del presente, i por ellas se vendrá en conocimiento de los muchos judíos que existian en España. I véase luego el número de los cristianos que dejan hoi la Doctrina Evangélica por la lei de Moisés, lo cual prueba que la Inquisicion en vez de destruir los judíos, era quien con sus bárbaros é inhumanos castigos hacia odiosa la Fe de Cristo, i atraia con el ejemplo de los mártires que todos los años quemaba en sus hogueras, muchos i grandes parciales á la secta judáica.

EPILOGO.

Muchos judios que huyeron de Jerusalen cuando su destruccion por Tito, se establecieron en España donde vivieron sin ser de ninguno molestados. Los antiguos españoles en el Concilio Eliberitano comenzaron á ofenderlos con algunos decretos; pero la venida de los godos á España estorbó que se hiciesen otros mas dañosos á los israelitas. Mientras que los godos eran arrianos, vivieron sin ser oprimidos, pero cuando aquellos entraron en la Religion Cristiana, desatáronse contra los míseros hebreos las mayores persecuciones. Cada Rei i cada Concilio inventó una lei que fuese mas cruel contra ellos. El fruto que sacaron los godos de sus bárbaros hechos fué la venida de los árabes á España i la destruccion de su imperio. Los judíos entonces ayudaron con las armas á los conquistadores, guarnecieron las mas principales ciudades i recobraron su libertad.

Como los hebreos no eran perseguidos de los árabes, los cristianos en las tierras que moraban los dejaban tambien vivir en quietud. Entonces florecieron muchos judíos doctisimos, especialmente en Córdoba. Los cristianos mientras mas ciudades ganaban, mas iban oprimiendo á los hebreos; i como muchos de ellos eran sus deudores, concitaban á veces el fanatismo del pueblo contra los judíos, de donde nacian mil tumultos i muertes. Temerosos de estos desmanes muchos se cristianaron, i principalmente despues de la célebre disputa de los Rabinos españoles con Gerónimo de Santa Fe en presencia del Anti-Papa Pedro de Luna.

Fernando V llamado el Católico, empeñado en guerras para cuyo sustento no bastaban sus pequeñisimas rentas, discurrió el arbitrio de establecer en estos reinos el tribunal de la Fe para enriquecer su erario con las confiscaciones.

Para la guerra de Granada pidió dineros á varios judíos, ofreciendo pagarlos cuando conquistase á aquella ciudad. En vez de pagar lo que debia, ordenó la espulsion de los judíos que en el término de cuatro meses no se hiciesen cristianos.

El tribunal de la Fe, á pesar de sus hogueras i latrocinios, no fué bastante á destruir el judaismo en España. Mientras hubo Inquisicion hubo judíos. Desde que este tribunal fué abolido ningun español deja la fé de Cristo por la religion de Moisés.

Apéndice.

Jud. en Esp.

ADVERTENCIA.

Esta instruccion, que escribió al Rey Felipe Segundo el Gerónimo español insigne doctor Benito Arias Montano, religioso profeso de la Orden de Santiago en el Real Convento de San Marcos de Leon, y uno de los mas célebres maestros que asistieron al Concilio de Trento, existe MS. en la libreria del autor de la presente historia.

INSTRUCCION DE PRÍNCIPES
del modo con que se gobiernan los Padres de la Compañía.

Que la religion de los padres de la Compañía en la viña de Cristo se plantase por obra del Espíritu Santo, como árbol que debia producir el antídoto contra las herejías, y tales flores de obras cristianas y religiosas, que olidas de los pecadores, fuesen constreñidos á dejar el mal olor de los pecados, siguiendo el bueno de la penitencia, bien claramente lo muestran las leyes y constituciones con que fué puesta esta planta por su primer agricultor el Beato Ignacio, de gloriosa memoria; y verdaderamente ella fué de aquellos primeros padres, que la dieron vida, regada de la caridad y cultivada segun la intencion de su fundador con que produjo dos ramos; uno de amor de Dios y otro de amor del prójimo; y así fueron grandes los frutos, que hicieron en la buena educacion de la juventud, en la conversion de las almas, y en el aumento de la Fe Católica; pero el demonio que trabaja tanto en destruir y deshacer las obras y empresas de Dios cuanto otros llevarlas adelante, tomó ocasion de la misma grandeza de esta religion y de su aumento, de manera que en poco tiempo pervirtió su instituto, porque con tanta sutileza como artificio en lugar de aquellos primeros ramos de la caridad (casi todos secos) les ingirió otros dos, uno de amor propio y otro de utilidad; de los cuales recibe la república cristiana, tal daño, que por ventura no puede ser mayor, como yo entiendo manifestar en este discurso en que protesto á Dios no moverme por interés, ó pasion, mas simplemente con celo del bien público, para quien reconozco que he nacido, y para que habiendo conocido los príncipes cristianos su arte y traza provean el modo conveniente.

Ahora es de saber que la religion de los padres de la Compañía para ensancharse en sus principios, fué de muchas partes procurada, y en particular para la educacion de los niños, de que no hay ciudad en el reino de que no tenga necesidad; y con esto en pocos años, favorecida de muchos príncipes, se estendió y dilató mas que otra en muchos. Esta grandeza, que de ordinario cria en los ánimos mudanza de costumbres, despertó en los sucesores del Beato Ignacio tal amor á la Compañía, que juzgándola mas útil para la Iglesia, y muy á propósito para la reformacion del mundo, que todas las demás religiones, determinaron entre sí aumentarla con tal industria y arte, fundando en ella la verdadera milicia de Cristo y bien de la Iglesia, ó por mejor decir, el único patrimonio de Cristo (para usar de sus propios términos). Ahora tenia necesidad de una agudeza Aristotélica, y de una facundia Ciceroniana, para dar á entender el modo maravilloso (que á muchos por su novedad parece increible), con que estos padres van aumentando su religion; pero bastaráme á mí solo apuntar alguna cosa, dejando largo campo á otros ingenios para que formen la idea que juzgaren mas verosímil, para lo cual propondré algunos puntos, que sirvan al lector de fundamentos á sus discursos.

Lo primero no ha parecido á estos padres que podia llegar su religion á aquel punto de grandeza á que aspiran, solamente enseñando, predicando, administrando sacramentos, ni con otros semejantes ejercicios religiosos; porque si bien en sus principios (como dijimos) fueron abrazados y acariciados de muchos, con el discurso del tiempo advirtieron que, ó por mala satisfaccion que hubo de ellos, ó por otras causas cualesquiera que sean, el afecto y devocion de muchos se habia resfriado; por lo cual dudando que su religion casi en su infancia hubiese hecho el esfuerzo último, llegando á donde pudo, hallaron otros medios para engrandecerla.

El primero, fué poner las demás religiones en mala opinion con los principes y despues con cuantos han podido, descubriendo sus imperfecciones; y con destreza y buen modo de la opresion y caida de otros, procurar su propia grandeza; así se han señoreado de muchas abadías y gruesas rentas, quitándolas con sus relaciones á otras religiones que las tenian primero.

El segundo, fué ingerirse en las cosas de estado, interesando y empeñando la mayor parte de los príncipes cristianos con el modo mas artificioso y sutil que jamás se ha visto, el cual como dificultoso de penetrarse, así es caso imposible poderle dar cumplidamente á entender.

Reside continuamente su general en Roma, al cual dan todos una exactisima obediencia; y este ha hecho eleccion de algunos padres; los cuales de asistirles de continuo se llaman asistentes. A lo menos hay uno de cada nacion de donde toma tambien el título y nombre, y así á uno llaman asistente de España, á otro de Francia y al tercero de Italia, y así de otras provincias ó reinos. Cualquiera de ellos tiene por oficio hacer relacion al padre general de todos los accidentes de Estado que sobrevienen en aquella provincia ó reino, de donde es asistente, lo cual cada uno hace con el medio de sus correspondientes, que residen en las ciudades mas principales de la provincia ó reino, los cuales diligentisimamente se informan del estado, de la calidad, de la naturaleza, de la inclinacion é intencion de los príncipes, y con todos los correos avisan á los asistentes de los accidentes de nuevo sucedidos. Estos hacen sabedor al padre general, el cual juntándose en su consejo con todos estos sus asistentes, hacen una anatomia de todo el universo, proponiendo los intereses é intentos de todos los príncipes cristianos. De aquí se viene á poner en consulta todas las cosas que de nuevo les han escrito sus correspondientes, y examinándolas, contrapesando las unas con las otras, fácilmente concluyen que se favorezcan las cosas de un príncipe, y las de otro se opriman, segun sus intereses y útil particular; y como aquellos que miran desde afuera jugar, ven mas fácilmente los lances que los mismos que juegan, así estos padres teniendo delante de los ojos los intereses de todos los príncipes, saben muy bien observar las condiciones, el lugar y tiempo, y aplicar medios proporcionados para favorecer las cosas de un príncipe de quien conocen que pueden sacar interés.

Lo segundo es absolutamente malo, que religiosos se metan tanto en cosas de estado, debiendo solo atender á la salud de las almas, y de sus prójimos, pues se retiraron del mundo para esto; y que con este medio se metan mas en ellas que los seglares, cosa es de grandisimo daño y digna de eficaz remedio, por algunas muy malas consecuencias, que de ello se siguen.

Lo primero, confiesan estos padres gran parte de los estados católicos, y por poder acudir á los mayores, no admiten en sus confesonarios gente pobre, y muy de ordinario confiesan á los mismos príncipes. Así es que por este camino les es fácil penetrar todos los intentos, todas las resoluciones, así de príncipes como súbditos, y al punto avisan á su general ó asistente en Roma. Ahora con mediana prudencia se conocerá qué daño se puede hacer á este ó al otro príncipe, cuando su interés propio les mueve á esto, á donde como á su último fin enderezan todas sus acciones.

El segundo, como un accidente propio é inseparable, sigue la conservacion del estado, de manera que aquel no guardado, este necesariamente se arruina, por lo cual son rigorosisimos los príncipes contra los que descubren sus secretos, y los castigan como enemigos suyos y de la patria; por el contrario de entender y saber un príncipe los intentos de otro se gobierna mas cautamente, y mejoran su propio interés; por esto suelen gastar no pequeña suma de dinero los embajadores en espías, y con todo de ordinario se engañan en las relaciones, y avisos que les dan; pero los padres de la Compañía así por medio de los confesores y consultas que tienen sus correspondientes, que residen en todas las ciudades principales de la cristiandad, como por medio de otros sus dependientes (de quienes hablarémos abajo) son sincera y menudamente informados de todas las determinaciones y negocios que se tratan en los mas secretos consejos, y saben casi mejor que los mismos príncipes, sus rentas, gastos, é intentos, y esto sin mas gasto que el porte de las cartas, el cual, segun refieren los correos mayores, llega cada correo á sesenta i setenta escudos, y muchos á ciento. Así que conociendo ellos tan menudamente el estado de los príncipes, en su ánimo i estimacion les disminuyen el crédito, i con otros principes i el pueblo les quitan la reputacion, á los que ellos quieren hacer odiosos, i finalmente alborotaban y levantaban sus tierras, y tanto mas, cuanto por el mismo camino de las confesiones conocen lo mas íntimo de los ánimos de los vasallos, y saben el que es bien afecto al principe, y el que está mal satisfecho, y descontento; de donde por las relaciones que tienen de las cosas de estado, pueden fácilmente sembrar cizaña entre principes y ocasionarles mil sospechas y recelos. Así por el reconocimiento de los ánimos de los súbditos les es cosa fácil buscar alborotos, y ponerlos en discordia y menosprecio de la persona del príncipe: de donde es necesario concluir, que no conviene á los intereses del estado que ningun principe se confiese, ni menos consienta lo haga alguno de sus confidentes, familiares, secretarios, consejeros y ministros principales, con personas que con tanto cuidado procuran espiar las materias de estado, y que se sirven de estas como de medio necesario para granjear la gracia de los príncipes; pues no faltan hoy religiosos, y hombres de vida y doctrina no inferior á la de estos padres, de quien se pueden valer, porque no entienden ni cuidan de otra cosa que del gobierno de las almas y de sus monasterios.

Para mayor evidencia de cuanto se ha dicho, y se dice, conviene saber que hay cuatro suertes de jesuitas. La primera es de algunos seglares de uno y otro sexo que ellos llaman obediencia ciega, regulándose en todas sus acciones por el consejo de los padres de la Compañía, prontisimos á observar sus órdenes y mandatos. Estos son lo mas ordinario, caballeros y personas principales, viudas, ciudadanos, mercaderes, de los cuales como de fructuosas plantas, cogen cada año estos padres copiosisimos frutos de oro y plata. De esta clase son aquellas mujeres que vulgarmente llaman teatinas, las cuales son de estos padres reducidas al desprecio del mundo, y ellos entre tanto cogen sus joyas, vestidos, aderezos de casa, y finalmente muy buenas rentas.

La segunda parte es solamente de hombres sacerdotes, ó legos, los cuales aunque viven en el siglo, y bien de ordinario con el favor de estos padres obtienen pensiones, abadías, dignidades y otras rentas, tienen hecho voto de recibir el hábito de la Compañía, siempre que el general se lo mandare; por esto se llaman Jesuitas in voto; de los cuales se valen grandemente estos padres para la fábrica de su monarquía, porque los tienen en todos los reinos i provincias, y por todas las córtes de los principes y grandes, para que los sirvan en el modo que se dirá en el séptimo punto.

La tercera suerte es de aquellos que viven en sus monasterios, ahora sean sacerdotes, legos ó donados; los cuales no habiendo llegado á hacer su profesion pueden ser echados al beneplácito del padre general, pero ellos no se pueden salir. Estos como no tienen oficios, ni cargos de consideracion, de ordinario obedecen simplemente aquello que les mandan sus superiores.

La cuarta suerte de jesuitas es de políticos, en cuyas manos esta el gobierno de la religion, y estos son aquellos, que tentados del diablo, con aquella tentación que tuvo Cristo en el desierto (Hæc omnia tibi dabo etc.) han aceptado la condicion, y trabajan por reducir su religion á una perfecta monarquía, y que comience por Roma á donde concurren casi todos los negocios de la cristiandad, y donde reside la cabeza de estos políticos, que es su general con otros en grandisimo número de la misma profesion; los cuales ya informados de sus espías, y relaciones de todos los negocios mas graves é importantes que se tratan en la corte romana; y habiendo ellos visto y conocido primero, cual juego será mejor para su propio interés, tienen cuidado de irse todos los dias á las casas de los cardenales, embajadores y prelados, con los cuales diestramente vienen á hablar de aquel negocio, que de presente se trata, ó con brevedad saben se ha de tratar, el cual le representan del modo que mejor les parece, ó en la forma que les parece mas á propósito para su aprovechamiento, mudando bien de ordinario el aspecto de las cosas, y mostrando (como suelen decir) lo negro por blanco, ó porque las primeras relaciones hechas particularmente de personas religiosas, suelen hacer notable impresion en los ánimos que las oyen, de aquí nace que muchas veces negocios importantisimos, tratados por medio de embajadores, de príncipes, i de otras personas graves de la corte romana, no han tenido aquel fin, que deseaban; porque estos padres habian prevenido los ánimos con sus interesadas relaciones, obrando que á aquellas de los embajadores, ó de otros agentes, se les diese menos crédito: y de este mismo artificio, que usan con los prelados y cardenales en Roma, usan fuera de ella con otros principes por sí mismos, ó por otros jesuitas de la segunda suerte, de manera que se puede concluir que la mayor parte de negocios de la cristiandad pasan por su mano, y solo salen aquellos, que estos padres no contradicen. Grandisimo es el arte que en esta parte tienen, y casi impenetrable, por lo que no es posible profundamente poderlo manifestar, pero penetrarlo muy bien, cualquiera príncipe que esté advertido de lo que aquí se apunta, porque podrá hacer reflexion de cosas pasadas, y con esto conocerá la verdad de mi discurso. Así trayendo á la memoria el arte y modo con que fueron tratadas, descubrirá mas de lo que aqui se puede decir. I no se contentan de usar de este su oculto artificio, para ingerirse en todos los negocios del mundo, por haberse persuadido que sea este el único medio para conseguir aquella monarquía. La jurisdiccion que ellos desean suplicaron años pasados á la Santidad de Gregorio XIII que públicamente favoreciese este su pensamiento, representándoselo y persuadiéndole á ello con color del bien público de la Iglesia, mandando á todos los legados y ministros apostólicos, que tomasen por su compañero ó confidente algun padre de la Compañía, con cuyo consejo se gobernasen en todas sus acciones.

Con el medio de este manejo, y conocimiento en las cosas de estado, han granjeado estos padres ó los principales de ellos, la amistad de muchos príncipes eclesiásticos y seculares, á los cuales han persuadido que han dicho ó hecho en su servicio muchas cosas: de lo que se han seguido dos gravisimos inconvenientes. El primero, que usando mal de la amistad y bondad de los príncipes, no han reparado en disgustar muchas familias particulares, ricas y nobles, usurpándoles (si así se puede decir) la hacienda de las viudas, dejando á sus parientes en suma miseria con llevar á su religión los mejores ingenios, que acuden á sus estudios; á estos muchas veces, si por ventura salen ignorantes ó enfermos, con algun color honesto les echan fuera, pero reteniendo sus haciendas, porque al tiempo de su profesion les hicieron les dejasen por sus herederos, escluyendo del todo de sus estudios á los pobres contra el órden de dicho beato Ignacio y contra la intencion de aquellos que les han dejado las rentas para esto, porque si bien sirvieran en ello á la república, seria interés.

El segundo inconveniente es: que estos padres con singular artificio dan á entender al mundo la intrínseca amistad que tienen con los príncipes, pintándola aun mayor de lo que ella es en efecto, con fin de que todos sus ministros sean sus amigos, y de que todos acudan por favor á sus pretensiones, y así se han alabado públicamente en Roma de poder hacer cardenales, nuncios, tenientes gobernadores y otros oficios; y han dicho algunos afirmativamente que puede mas su general que el Sumo Pontífice; otros han dicho que es mejor ser de aquella religion que puede hacer cardenales, que ser cardenal, y todas estas cosas se han hecho públicamente; de manera que no hay persona que familiarmente trate con estos padres, á quien no hayan dicho estas ó cosas semejantes.

Fundados en esta su práctica de estado, pretenden que pueden favorecer á cualquiera que ellos quisieren y destruir al que les pareciere; y sirviéndose de una cubierta ó capa de religion para ser creidos, consiguen muchas veces su intento: y proponiendo ellos un sugeto á un principe, no hacen eleccion del mas benemérito, antes mas de ordinario se oponen al que lo es cuando conocen que no es su principal confidente, y así proponen siempre personas que son á propósito para sus intereses, sin reparar si el tal es afecto al principe, si benemérito ó capaz para dar buena cuenta y satisfaccion del oficio ó cargo que les dan, de que nacen casi siempre inquietudes en el príncipe, y alborotos y disgustos en el pueblo.

De la manera que el cómitre, conociendo el tiempo favorable, con un silbo que da á los galeotes, todos bogan y hacen caminar la galera; así cuando en las quietes ó siestas de estos padres, que cada dia hacen el padre general y asistentes en Roma, se concluye que en su aprovechamiento conviene que tal sugeto tenga este oficio, ó la otra dignidad, avisa luego el padre general á los que residen en otras partes, y todos unánimes i conformes casi á un mismo tiempo hacen apretadas diligencias para que este tal consiga el cargo, en que pretenden ponerle; y muy ingrato seria el que obligado de esta manera, no gratificase á estos padres, sirviéndoles en las ocasiones que tuviesen necesidad de su ayuda, con el mismo afecto que ellos le favorecieron, y como este tal, ó estos tales, porque tienen muchos los padres Jesuitas, dependientes, por este camino se hallan mas obligados á ellos que al príncipe de quien recibieron el oficio ó grandeza, así con mayor voluntad y afecto les sirven que al mismo príncipe. Con que quedan empeñados los señores, que creyendo han granjeado un fiel criado, han puesto una espía de estos padres, de quien se valen ellos muchas veces con daño del mismo que lo engrandeció. Podia con ejemplos bien claros confirmar cuanto se ha dicho hasta ahora, si bien de la esperiencia y voz pública está bastante confirmado; pero por no hacerme tan odioso descendiendo á particulares, pasaré adelante concluyendo, que la razon por qué estos padres suelen llamar su religion una gran monarquía, es por ventura porque entienden y creen que gobiernan á su voluntad los príncipes y ministros, y no ha mucho que hablando en público uno de los mas graves de estos padres en nombre de su religion á un Serenisimo, comenzó con estas palabras llenas de arrogancia, y fundadas sin duda en una estimacion de su monarquía: Nuestra Compañía tuvo siempre buena correspondencia con vuestra Serenidad.

Procuran estos padres con todas veras dar á entender al mundo, que todos los que son de cualquiera manera gratificados del príncipe son los que ellos han favorecido y ayudado, y por este camino se hacen dueños de los ánimos de los súbditos mas que los mismos príncipes; lo cual es grandisimo perjuicio, así porque ninguna buena razon de estado consiente que religiosos tan ambiciosos y políticos sean tan señores de la voluntad de los ministros, que queriendo pueden hacer alguna traicion ó levantamiento, como que por este camino (es por medio de ministros dependientes suyos) introducen y meten en el servicio de los príncipes, por sus consejeros, ó secretarios; aquellos Jesuitas in voto, de que hablamos arriba, y estos negocian despues con el príncipe que se sirva de alguno de estos padres, por confesor, ó predicador, y todos estos juntos sirven de espías al padre general á quien dan menudisima cuenta de todo aquello que hasta en los mas secretos consejos se trata, de donde sucede que muchas veces se ven prevenir los intentos, y descubrir los secretos de mayor importancia, sin poder saber el autor, antes se sospecha de ordinario de aquellos que tienen menos culpa.

Como naturalmente siguen de ordinario los súbditos la inclinacion de su príncipe; así aquellos que dan la obediencia al padre general, viendo que él con sumo cuidado atiende á cosas de estado, y que por este camino procura engrandecer la Compañía, tambien ellos se aplícan á lo mismo; sirviéndose del medio de sus parientes, procuran penetrar y saber el corazon del príncipe, y los mas secretos intentos suyos, para avisar de todo al asistente de Roma, ó al padre general; intentando con este medio ganar su gracia, y conseguir algun oficio ó dignidad, que de otra manera jamás lo obtendrian, porque entre ellos no se dan oficios, ni cargos á grandes, sino á aquellos que conocen ser á propósito para ayudar á llevar la Compañía á aquel punto de grandeza á que aspiran, y que tienen por suficiente en el manejo de las cosas de estado.

Y como de diversas yerbas por fuerza de alambique se destila y saca tal agua, que es poderosa á curar y sanar una mortal llaga; y como de diversas flores van las abejas chupando la miel; así de las relaciones tan puntuales que tienen estos padres, de todos los intereses de príncipes y de todos los accidentes que suceden en cualquiera estado, sacan ellos con la fuerza del discurso su propio interés para sanar la llaga casi incurable del deseo de engrandecerse, y sacan una cierta ciencia de su aprovechamiento propio, con que tanto del bien de este, como del mal del otro y mas de ordinario del mal que del bien, consiguen su intento y pretension. Tras esto suelen poner en dudas sus esperanzas á los príncipes cuyos ánimos tienen ya penetrados, diciéndoles que tienen escogidos medios para conseguir sus intentos, y que tengan efecto sus pensamientos; pero cuando ya ellos han sacado su interés propio, considerando que la demasiada grandeza de aquel príncipe les pudiera ser algun dia de perjuicio y daño, alargan lo mas que pueden la práctica de aquel negocio, como hacen los abogados en los pleitos, y despues con destreza y maravilloso artificio, volviendo la hoja, deshacen y arruinan totalmente aquel negocio al cual ellos habian dado principio.

La liga de Francia tratada y concluida de estos padres, y despues desamparada y dejada de ellos mismos, cuando vieron que iban mas prósperamente las cosas de Enrique IV, la Inglaterra.... permitida muchas veces de estos padres á los españoles, y otros cien casos tales confirman este mi discurso, de manera que no tienen necesidad de mayor prueba.

De lo dicho se sigue que los padres de la Compañia no tienen buena ni recta intencion con ningun príncipe eclesiástico, ni secular; pero sírvenles tanto, cuanto conviene á sus intereses; antes se sigue que ningun príncipe y mucho menos señores particulares se pueden fiar de ellos, porque mostrándose estos padres en un mismo tiempo afectos igualmente á todos, haciéndose españoles con los españoles, franceses con los franceses, y lo mismo con las demás naciones, cuando lo pide la ocasion parece que solo cuidan y miran á su propio interés, sin reparar en perjudicar á este mas que al otro; por lo que las empresas y negocios en que estos padres se han entremetido, raras veces han tenido buen fin, por no tener ellos ánimo de servir ni ayudar mas de aquello que les dicta su propio interés, en que tienen grandisimo artificio, fingiéndose algunos parcialisimos de la corona de España, otros de Francia, otros del emperador, y lo mismo de otros príncipes de quien desean ser favorecidos y ayudados. Y si alguno de estos príncipes se quiere valer del medio de algun jesuita, que tienen por confidente suyo, escribe este tal el negocio que se ha de tratar, y con la respuesta espera, y si el órden que su general le ha dado es conforme á la intencion y fin del príncipe que le cometió el cuidado del negocio, así que como la Compañía quede servida, poco cuidado da el servicio ó negocio del príncipe.

Fuera de esto, como conocen estos padres en lo que son interesados todos los príncipes, están bien informados de casi todo lo que cada dia se trata en sus mas secretos consejos, aquellos que fingen ser parciales ó confidentes de España, proponen al rei y sus principales ministros ciertas condiciones y consideraciones de estado muy importantes, que se las han enviado de Roma algunos padres políticos. Lo mismo hacen en Francia aquellos que muestran ser devotos y confidentes de aquella corona y así los demás, de lo que nacen tales sospechas en el ánimo de los príncipes que no se fia nada uno de otro, que es de grandisimo perjuicio á la quietud, y paz pública, y al bien universal de la cristiandad, haciéndose con esto dificultosisima la conclusion de una liga contra el enemigo comun y poco segura la paz entre los príncipes cristianos.

Demos que con este modo artificioso han abierto de tal manera los ojos al mundo, adelgazándole en materia de estado, que hoy con notable perjuicio de la Iglesia no se atiende ni trata de otra cosa, pesando cada uno con ese peso sus acciones todas, y lo que peor es tambien que los herejes han conocido el artificio de estos padres, y ahora con harto daño nuestro se valen de él con aquellos príncipes que les hacen proteccion; de manera que donde primero sabian algunas letras, y se podia esperar que algun dia conociesen sus errores, ahora han salido ateistas y políticos, dificultosisimos de convertirse, si Dios milagrosamente no los reduce.

No quiero callar aquí para que se conozca el artificio jesuítico, y el modo con que procuran ganar y prender los príncipes, como algunos años há un padre asistente de Inglaterra, llamado el padre Personio, escribió un libro contra la sucesion del rey de Escocia al reino de Inglaterra. Y otro padre llamado Cristonio, con otros de su misma religion, defendieron en otro libro que imprimieron, el derecho que el rei de Escocia tenia á aquella corona opugnando el parecer de dicho padre Personio, fingiendo entre sí estar desunidos, si bien se hacia todo con particular artificio y voluntad, y parecer de su general para que con cualquiera que sucediese en el reino de Inglaterra, pudiesen tener entrada y medio con que poder engrandecer su religion y sacar su propio interés; de donde se ve claro que los príncipes son el objeto de todas sus acciones y determinaciones de estos padres, y que por consecuencia se verifica lo que de ordinario dicen que es su religion una gran monarquía.

Que sea verdad que estos padres no acuden á dar gusto ni disgusto á ningun príncipe cuando se trata de su propio interés, aunque la esperiencia de casos infinitos que han sucedido lo descubra y pruebe mas claro que el sol, con todo de lo que diré aquí se hará evidente no hay persona en el mundo á quien deban obedecer mas que al Sumo Pontífice, así por la gracia de ser cristianos, como por el voto particular que hacen de obedecerle: y con todo á Pio V, Sumo Pontífice de quien no hay bastantes alabanzas que decir, que iluminado del Espíritu Santo quiso reformar á estos padres, reduciéndoles á tener coro y hacer sus profesiones como las hacen las demás religiones, no le quisieron obedecer, pareciéndoles que esto les seria de notable perjuicio; antes algunos pocos, que obedecieron al Sumo Pontífice, é hicieron sus profesiones, los llamaron estos padres (como por desprecio) Quintinos, y jamás alguno de estos ha podido obtener beneficio alguno. De la misma manera se opusieron al glorioso San Cárlos, arzobispo de Milan, que como legado ad látere de su Santidad deseó reducirlos á una disciplina religiosa. Pero qué menos obedecen á los sagrados Cánones, ni á sus decretos? haciendo mercancías de perlas, rubíes y diamantes, que se traen de las Indias, porque es opinion evidente que la mayor parte de las perlas preciosas que se venden en Venecia son de estos padres, lo que se ha sabido de aquellos de quien se han servido y sirven de corredores.

Que no sirvan al Sumo Pontífice, lo saben aquellos mismos padres que para este fin fueron llamados de Roma, y procesados, que ni quiero ni puedo nombrarlos, ni estenderme mas en esto, por no verme obligado á hablar de algun príncipe á quien no da mucho gusto este mi discurso. Yo deseo servirlos á todos sin ofender á ninguno, y porque no es mi intento hacer aquí una invectiva contra estos padres (á quien fuera de esto observo y reverencio) sino de apuntar brevemente sus caminos y costumbres.

Véase á las veces que afligida una persona de alguna enfermedad peligrosa, se queja tan lastimosamente, que al cielo llegan sus voces, pero sin conocer la causa i origen de su mal; así todo el mundo se queja de estos padres, quién perseguido de ellos, y quién por ser correspondido con poca fidelidad; y el mal todavia continúa sin poderse penetrar y conocer la raiz de él, que es el deseo é intento que tienen de engrandecerse; por cuyo respecto no lo tienen de disgustar mas á este que á aquel, de engañar los principes, de oprimir los pobres, de sacar con su artificio las haciendas de las viudas, arruinando familias nobilisimas, i ordinariamente ser causa de sospechas i disgustos entre principes cristianos, por quererse ingerir y meter en los mas grandes negocios que tratan: ahora como seria inconveniente que la parte últimamente formada en el principio de la naturaleza atrajese y quitase la sangre mas pura que las partes vitales del compuesto, para que sirviese de instrumento á las otras menos principales, pues con esto quedaría acabada; de la misma manera desdecia que la religion de estos padres puesta en la Iglesia para convencer herejías y reducir pecadores á penitencia, atraiga y lleve á sí los negocios mas graves é importantes de príncipes y prelados, sacando los espíritus vitales de sus intereses, aplicándolos todos á si, porque de aquí nace el turbarse la paz pública y privada, y se oprimen muchos sugetos dignos de ser elevados, se elevan otros dignos de ser oprimidos con otros mil inconvenientes que de esta causa nacen.

Para hacer demostracion de cuan grande sea la ambicion de engrandecerse estos padres, podia traer infinitas razones sacadas de la esperiencia, pero bastaráme aquí probarlas con las palabras mismas del Personio, de los graves que han tenido estos padres, escrita en un libro suyo compuesto en lengua inglesa, intitulado LA REFORMACION DE INGLATERRA, donde despues de haber dicho mucho mal del cardenal Paulo, prelado que por su virtud y santidad, y por lo benemérito que fué de la iglesia, es digno de eterna memoria, y despues de haber notado ciertas faltas é imperfecciones del Santo Concilio de Trento, finalmente concluyó que cuando la Inglaterra torne á la verdadera fe católica convendrá reducirla á la forma y estado de la primitiva Iglesia, poniendo en comun los bienes eclesiásticos, dando el cuidado y administracion de ellos á siete sabios, los cuales sean de la Compañia, para que como mas bien les pareciere los distribuyan: ni quiere, antes veda con gravisimas penas, que ningun religioso de cualquiera órden que sea sin licencia de estos padres pueda volver á Inglaterra, con fin y ánimo de no dejar á otros que aquellos que se sustentan de limosnas. Pero porque el amor propio ciega, y por prudente que uno sea le hace imprudentisimo, es cosa ridícula, lo que este padre añade, reducida (dice él) que sea Inglaterra á la fe verdadera, no es bien que el Papa á lo menos por cinco años se meta en la provision y distribucion de los beneficios eclesiásticos de aquel reino, sino que todo quede en las manos de aquellos siete sabios, que ellos los distribuirán segun juzgaren ser mas conveniente á la Iglesia, con fin y ánimo de que pasados aquellos cinco años con sus trazas, de que son abundantisimos, podrán hacerse prorogar el mismo privilegio por otros cinco años, y proseguir hasta tanto que totalmente escluyan á su Santidad de Inglaterra. ¿Quién ahora no ve, como en un cuadro natural, pintada la codicia y ambicion jesuítica juntamente con el deseo que tienen de hacerse monarcas? ¿quién no conoce con cuanto artificio van procurando su interés, cuidando poco del aprovechamiento y daño de los demás?

Mas en tiempo de Gregorio XIII le pidieron é instaron les invistiese, y diese todas las iglesias parroquiales de Roma para que allí diese principio su monarquia, y esto que no pudieron conseguir en Roma, han conseguido en Inglaterra, donde últimamente han hecho elegir un arcipreste, jesuita in voto, que en lugar de hacer la proteccion al clero persigue como rabioso lobo todos los sacerdotes que no son dependientes suyos, reduciéndolos á estado de desesperacion, privándoles con graves penas no puedan hablar entre sí; con que hoy casi todo el clero inglés es jesuita in voto, ni se recibe ya ninguno en los colegios que no haya dado palabra de ser jesuita: así, cuando aquel reino volviese á la antigua verdadera fe, daria Inglaterra principio á una monarquía jesuítica, porque todas las rentas eclesiásticas, todas las abadias y otras dignidades serán dadas á jesuitas.

Ello es cierto (que aun lo digo llorando) que hoy se convierten poquisimos herejes particularmente en Inglaterra, porque como dije no ha quedado ninguno del clero antiguo, el cual hacia grandisimo bien, lo cual se atribuye á estos padres, que atienden y cuidan harto mas de su interés, que de la salud y aprovechamiento de las almas; fuera de que los mismos herejes conocen la opresion que padecen los sacerdotes católicos de los jesuitas, y el artificio con que proceden, y de tal manera los aborrecen que muchos no se convierten por no ser tiranizados de estos padres; dejo aquí muchas cosas de las pretensiones que tienen sobre los estados de otros, mostrándose celosos de ellos y de su grandeza, como de la gracia que suelen ganar de un príncipe con persuadirles á que ellos tienen el pueblo á su devocion y que le hacen esté muy afecto á su persona, dejando que cada uno lo considere como cosa evidente y clara, concluiré este discurso con cuatro breves razones.

La primera: que hombres de espíritu tan levantado y de pensamientos tan grandes desean siempre novedades y las buscan y causan, porque solo con el medio de nuevos movimientos suelen conseguir los intentos, abriendo camino con las armas de su industria y trazas en que los hemos visto tan bien ejercitados, porque á un príncipe que desee y ame la paz y conservacion de su estado, no solamente estos padres no le pueden ser de provecho para este fin, antes de daño, causando alborotos, y poniéndole en compromiso su estado, si teniéndolos en él no los favorece, ó si favoreciéndoles se gobierna por sus consejos.

La segunda: si no teniendo estos padres jurisdiccion alguna temporal, causan al mundo tan graves y tantas inquietudes, ¿qué seria si por ventura hiciesen Papa á alguno de ellos? Lo primero llenaría el Colegio de Cardenales de su religion, y por este camino se perpetuaría en ellas el pontificado: secundariamente, gobernándose ellos por sus intereses y teniendo el apoyo y brazo del Papa, podian poner en peligro los estados de muchos príncipes, particularmente de los mas vecinos.

La tercera: procurarian por todos caminos que el Papa les diese alguna ciudad ó jurisdicción temporal, con la cual se harian camino para otras mil pretensiones, que no se podian conseguir sin daño de otros príncipes.

La cuarta: cuando el Colegio fuese renovado de estos padres, todo el patrimonio de Cristo estaria en sus manos, y como el hidrópico mientras mas bebe tanto es mayor su sed, así estos creciendo en su codicia con la grandeza, serian ocasion de mil alborotos; y porque no hay cosa mas sujeta á mudanza que los estados, procuran estos padres con todas sus fuerzas y artificios alterar las cosas mas que nunca para poder mejor por este camino introducir la forma de su dominio; entre tanto van ahora buscando y procurando reducir á su religion á algun primogénito de algun principe, que les haga donacion de su estado; y hubieran ya conseguido este su intento, si algunos habiéndoles entendido su pensamiento y traza, no se les hubieran opuesto; pero en el caso de arriba, sin dificultad se señorearian del estado eclesiástico; y como son sagaces y advertidos intentarian mil pretensiones para ensancharse, y no les faltarian medios para conseguir sus intentos, y cuando de esto no se siguiera otra cosa que los medios y sospechas en que vivieran los príncipes, y particularmente los mas vecinos, no seria inconveniente de poca consideracion.

Ello es necesario que para la conservacion de la quietud pública y para, los sosiegos de los estados de cada uno, para aumento de la Iglesia y bien del mundo, que la Santidad de Urbano VII, juntamente con la ayuda de otros príncipes cristianos, pongan algun freno á esta Compañía, que en los efectos anda sumamente desconcertada, para que despues no les suceda lo que les sucedió antiguamente á los de la familia de Dabio (cuyos pasos parece que imitan estos padres) que fueron destruidos en tiempo del emperador Claudio.

Cuando me sea mandado que escriba, y dé mi parecer acerca del remedio que se podia poner para regular estos padres sin ofensa ni daño suyo, antes con grandisimo útil, deseándoles hacer monarcas de las almas que son el verdadero tesoro de Cristo, y no del mundo y de sus intereses que es cieno vilisimo, me ofrezco á hacerlo con toda caridad y con las fuerzas que mas se sirviese darme su Divina Magestad.—Unum pro cunctis sufficiat opus.