CUADRO SEGUNDO

Exterior del templo de Atena Polías en la acrópolis de Atenas. Frontera al templo la estatua de la diosa.

ORESTES
(que aparece postrado a los pies de la estatua en ademán suplicante.)

Augusta Atena, a ti vengo. Loxias es quien me manda. Acoge piadosa a un homicida que ya no necesita purificarse por su delito; cuyas manos ya no gotean sangre, sino que borró el reato de su culpa con la recia fatiga de tantas casas extrañas como conoció; de tantos caminos y jornadas como caminó. Igual atravesé tierras que mares; y ahora, fiel a las órdenes del oráculo de Loxias, me acerco, oh diosa, a tu templo y a tu imagen. Aquí haré descanso; aquí esperaré mi sentencia.

(Sale el CORO y se esparce por la orquesta. ORESTES permanece en el logeum.)

CORO

¡Ea! aquí tenemos una señal del paso de nuestro hombre, y bien clara. Sigue los avisos de ese mudo delator. Como perro que va tras la pista de herido cervatillo, así nosotras por estas gotas de sangre reconocemos sus huellas. Llego rendida de fatiga y jadeante de tanto correr tras de este hombre. No hay lugar de la tierra que no haya recorrido yo; sin tener alas, de un vuelo he salvado el mar, no menos ligera que una nave; siempre persiguiéndole. Mas ahora no hay duda; él se oculta en alguna parte no lejos de aquí, porque el olor a sangre humana me sonríe. Mira, mira otra vez; mira mejor; escudriña por todos lados, no sea que a hurto de nosotras escape sin castigo el que mató a su madre. (Reparando en ORESTES.) Hele allí, que otra vez logró asilo; hele allí abrazado a la imagen de la inmortal diosa. Pretende que su acción sea juzgada: no ha lugar a juicio. Una vez derramada la sangre de una madre, ya no vuelve a sus venas; caliente aún, apenas cae en el suelo la absorbe la tierra y desaparece. Fuerza es, pues, que sufras la pena de tu delito; que yo chupe toda la sangre de tus miembros; que yo me cebe en esa roja bebida, que nadie sino yo osara beber, y que después de haberte consumido en vida, te arrastre a los infiernos. Allí verás a todos los demás mortales que fueron culpables como tú; a los que pecaron contra los dioses; a los que profanaron el sagrado de la hospitalidad; a los que no honraron a sus padres con piedad de hijos: a cada cual sufriendo la pena que mereció por su pecado. Que Hades, el poderoso juez que habita las mansiones infernales, toma estrecha cuenta a los hombres, y no hay acción que no escriba en el libro de memorias de su pensamiento, al cual nada se oculta.

ORESTES

Aleccionado por mis males sé no pocos modos de expiar un delito, y cuándo se debe hablar y cuándo callar. A la sazón, yo debo alzar mi voz; que así me lo ordena sabio maestro. Ya se secó la sangre que había en mi mano; ya se adormeció; ya está lavada la mancha de mi parricidio. Todavía estaba reciente cuando me purifiqué de ella, inmolando en el ara del dios Febo los puercos expiatorios. Decir aquí todos los hombres con quienes he comunicado sin que mi presencia les trajese mal alguno, largo discurso pediría. El tiempo al par que envejece va borrando todas las cosas. Hoy ya sin impiedad y con pureza de labio puedo invocarte, ¡oh Atena! reina augusta de esta comarca; ¡ven en mi auxilio! Y sin guerra me ganarás a mí, y ganarás la tierra y pueblo de Argos; que te seremos siempre fieles, y tus aliados y auxiliares en toda empresa. Ea, pues, ora que en los líbicos campos, junto a las riberas del Tritón donde naciste, estés peleando por los tuyos a los ojos de todos o envuelta en celeste nube; ora que a modo de esforzado caudillo hagas alarde y muestra de tus huestes en las llanuras de Flegra; estés dondequiera, ven a mí. Eres diosa, y por lejos que estés me oyes. ¡Ven, y sálvame de mis males!

CORO

Ni Apolo ni el poder de Atena podrán salvarte de perecer miserablemente abandonado; sin saber jamás qué es alegría; consumido y exangüe; sombra viviente, hecha pasto de las Furias. ¡Nada respondes y desdeñas hablar, tú que me estás consagrado, que has sido criado para mí!... Pues en vida me has de servir el manjar regalado de tus carnes: ni siquiera serás degollado sobre el ara. Ahora vas a oír el himno que a mí te encadena.

Ea, pues, formemos nuestro coro. Ocasión es ésta de hacer resonar nuestro horrendo cántico. Digamos la suerte que destina nuestro tribunal a cada uno de los mortales. Nosotras nos complacemos en ser rectos jueces. El que conserva la pureza de sus manos, no tiene que temer nuestra cólera, y su vida se pasará en paz. Mas para los malvados, como ese hombre, que tratan de ocultar sus manos ensangrentadas, para estos somos testigos incorruptibles; vengadoras de la sangre de sus víctimas, que los perseguimos hasta acabarlos.

¡Oh Noche! ¡Oh madre! ¡Madre, que me pariste para castigo de vivos y muertos, escúchame! El hijo de Latona me ha deshonrado, arrebatándome la presa que debía pagar la sangre de una madre. ¡Caiga siquiera sobre esa víctima que me está consagrada, este mi canto; canto de delirio, de locura, de furor; himno de las Erinnas, que encadena las almas; que no se acompaña jamás de los dulces conciertos de la lira; himno que seca y consume a los mortales!

La Moira, que nada deja por castigar, señalóme esta suerte por decreto irrevocable. A aquellos mortales insensatos que se hacen reos y autores de crimen, yo les he de servir de cortejo hasta que desciendan a las mansiones infernales, y todavía no se han de ver libres de mí ni con la muerte. ¡Caiga, pues, sobre esa víctima, que me está consagrada, este mi canto; canto de delirio; de locura, de furor; himno de las Erinnas, que encadena las almas; que no se acompaña jamás de los dulces conciertos de la lira; himno que seca y consume a los mortales!

Luego que nacimos quedó fija nuestra suerte. Nuestras manos no debían de llegar jamás a los inmortales. Nuestros banquetes no habían de tener a ninguno de ellos por convidado. Las cándidas vestiduras de la alegría estaríanos para siempre vedadas. Nuestro destino era arruinar las casas donde Ares en traidora guerra de familia arma a deudos contra deudos. ¡Oh! Sobre quien a tal se atreve, sobre ese nos lanzamos, apenas derrama la sangre, y le perseguimos, y por fuerte que él sea, le hacemos desaparecer.

Nosotras nos afanamos por quitar de este cuidado a los dioses; confirmen, pues, ellos la inmunidad de nuestros juicios; no quieran sujetarlos a apelación.

No ha de comunicar Zeus con una raza odiosa que está goteando sangre, a la cual jamás tuvo por merecedora de su presencia. De un salto caigo sobre el criminal y le atajo por lejos que esté: mis pies chocan pesadamente contra sus piernas cansadas de tan larga huída; flaquea él y sucumbe sin remedio. No hay debajo del cielo gloria de mortal tan altiva que yo no la derribe miserablemente en tierra al acercarme a él con impetuoso salto, envuelta en mis negras vestiduras, y que no desaparezca pisoteada por mis pies enemigos.

Loco y ciego con su culpa cae el malvado y no sabe que cae. ¡Tal niebla tiende sobre él su crimen! Su morada queda envuelta en tinieblas oscurísimas que la fama pregonará con lastimeras voces.

Así es, y así será. En el idear, hábiles; en el conseguir, seguras; en la memoria de las maldades, firmes y severas; en nuestros juicios, para todo mortal incorruptibles; nosotras marchamos por los caminos que nos marcó la suerte: caminos sin honores, y de los dioses y de la luz del sol nunca visitados, donde por igual se pierden y despeñan los vivos y los muertos.

¿Qué mortal habrá que no sienta reverencia temerosa al oír de mis labios el ministerio que me confiaron los decretos de la Moira y la voluntad de los dioses? Dignidad antigua y no despreciable ni sin gloria, aunque tenga su asiento en las caliginosas mazmorras del sol nunca esclarecidas.

(Aparece en el aire la diosa ATENA en un carro.)

ATENA

De lejos oí una voz que me imploraba; desde las riberas del Escamandro donde tomaba posesión de la tierra que me dedicaron los príncipes y caudillos Aqueos en absoluto y perpetuo dominio: porción magnífica de los ricos despojos de la guerra y para los hijos de Teseo recompensa selectísima. De allí vengo con presuroso e incansable paso. No hube menester de alas: tendí al viento mi égida haciendo gemir los aires, y uncí a este carro mis poderosos corceles. — Extraña gente es la que se ofrece a mis ojos aquí reunida, la cual cierto que no me espanta; pero me asombra. ¿Quién podéis ser? A todos vosotros me dirijo; a ese peregrino que está abrazado a mi imagen, y a vosotras, que ni os asemejáis a casta ninguna de criaturas, ni los dioses os vieron jamás entre las diosas, ni tenéis figura humana. — Mas echar a uno en cara su deformidad ni es justo ni piadoso.

CORO

Con una palabra lo sabrás todo, hija de Zeus. Somos hijas de la lúgubre Noche; en las mansiones subterráneas nos llaman las Imprecaciones.

ATENA

Conozco vuestro linaje y vuestro nombre.

CORO

Pues ahora sabrás cuál es mi ministerio.

ATENA

Lo sabré si me lo explicáis.

CORO

Nosotras arrojamos a los homicidas de toda habitación de hombres.

ATENA

Y entonces ¿dónde acabará para el matador su huír?

CORO

Donde jamás imperó la alegría.

ATENA

Y ¿a huída tal condenas tú a este hombre, acosándolo con roncos gritos?

CORO

Él fué bastante osado para matar a su madre.

ATENA

¿No le forzaría acaso el temor a alguna airada potestad que le amenazara?

CORO

Y ¿qué fuerza hay tan poderosa que arrastre a matar a una madre?

ATENA

Aquí hay dos partes; hasta ahora no he oído más que a una.

CORO

Es que él no deferiría a mi juramento y tampoco quiere prestarlo.

ATENA

Y tú quieres más oír hablar de justicia, que no practicarla.

CORO

¿Cómo? Explícate, que no te faltará saber para ello.

ATENA

Digo, que la injusticia no vence por juramentos que se hagan.

CORO

Ea, pues examina la causa y falla en justicia.

ATENA

¿Remitís, pues, a mí el fallo de esta causa?

CORO

Y ¿cómo no? Nadie más que tú merece este honor, y por tal te acatamos.

ATENA

¿Qué tienes tú que contestar a esto, extranjero? Dime tu patria, tu linaje y tus aventuras, y luego excúlpate de la acusación, si es verdad que fiado en la justicia de tu causa has venido a ampararte de mi templo e imagen y pides con piadosas súplicas, cual otro Ixión, la expiación de tu delito. Responde a todas mis preguntas de modo que yo quede bien informada.

ORESTES

Soberana Atena, ante todas cosas te libraré de ese grave cuidado que revelan tus últimas palabras. No vengo a ti menesteroso de expiación, ni me abracé a tu imagen con las manos manchadas por el crimen. Yo te daré prueba cierta de ello. La ley reduce a silencio al matador mientras la sangre de tierna víctima no le purifique de su mancha. Tiempo ha que así expié mi delito, y corrí casas extrañas y tierras y mares. Sobre esto, pues, desecha todo cuidado. En cuanto a mi linaje, al punto vas a saberlo. Soy de Argos; a mi padre Agamemnón bien le conociste, que él fué el capitán de la armada griega, y con su ayuda arrasaste no ha mucho la ciudad de Ilión. Vuelto a su casa, halló la muerte, y no con gloria, sino que mi madre con negras entrañas le mató, envolviéndole en la red de traidor artificio. Testigo es aquel baño donde corrió su sangre. Yo estaba huído hacía tiempo, mas por fin volví de mi destierro, y maté a la que me parió; no he de negarlo ahora. Pagó con su muerte la muerte de mi amadísimo padre. Cómplice mío fué Loxias, que me anunció grandes males de no castigar a los autores del crimen; con que puso acicates a mi voluntad. Decide tú si obré en justicia o no. A ti remito la causa: cualquiera que sea la sentencia, yo la acato.

ATENA

El caso es más grave de juzgar que cuantos imaginaron nunca los hombres. Tampoco me es lícito a mí conocer en una causa de muerte donde tan enconados se hallan los ánimos. Sobre todo porque bien que perpetrador de un crimen, tú has llegado a mi templo suplicante y purificado y sin ofenderle con tu presencia; y así he de acogerte en mi ciudad como a quien no tengo que hacer cargo ninguno. Por otra parte, éstas no son tan blandas de condición que si salen vencidas en juicio no derramen después sobre esta tierra el veneno de sus corazones; que sería triste e incurable daño. El trance es tal, que yo no podría sin ofensa ni retener aquí a entrambas partes ni tampoco despedirlas. Mas ya que aquí llegaron las cosas, yo elegiré jueces del crimen, y los ligaré con juramento, y constituiré tribunal que dure para siempre. Vosotros reunid los testimonios y pruebas que habéis de traer a la causa y todos los medios de defensa. Así que haya elegido los mejores de mis ciudadanos, con ellos vendré, y ellos sentenciarán en justicia sin apartarse un punto del juramento que prestaren.

(Vase.)

CORO

Si vence la causa de este parricida, su crimen, nuevas leyes habrán trastornado bien pronto el orden del mundo. Todos los mortales se encontrarán sueltos y expeditos para lanzarse a igual atentado. ¡Qué de golpes, no imaginarios sino verdaderos, esperan en adelante a los padres de mano de sus hijos!

Ya no perseguirá los delitos la cólera de estas Furias que estaban siempre con atentos ojos sobre los hombres. Dejaremos correr todo crimen. Cada cual se quejará de las maldades de los suyos y buscará por todas partes el fin de sus penas o su alivio; pero no hallará remedio seguro, y en vano será que el afligido pida consuelo.

Vosotros, los heridos de la desgracia, no nos invoquéis más; no gritéis: ¡oh justicia, oh trono de las Erinnas! Así clamarán de aquí a poco los padres y las madres entre lastimeros gemidos que les arrancará su infortunio; pero cuando ya el templo de la Justicia se derrumba.

A las veces es saludable el terror. Conviene que se asiente en el ánimo, y que allí esté vigilante; que los remordimientos ayudan a aprender a bien vivir. ¿Pues qué ciudad ni qué mortal rendirá culto a la justicia, si se crían sin ningún temor de corazón en la bienandanza?

No desees vivir ni en licencia ni en servidumbre. El cielo puso siempre en el medio la virtud, y mira los extremos con ojos enemigos. Muy conforme a razón es la sentencia que dice: “La impiedad es hija legítima de la soberbia; sólo de la rectitud del corazón nace la felicidad de todos querida y codiciosamente deseada.”

Pero sobre todo te digo: respeta el ara de la justicia; no la derribes con impío pie por mirar a tu provecho, porque la pena seguirá a la culpa, y te aguardará el fin merecido. Así pues, honren todos a sus padres, y respete cada cual los santos fueros del huésped que viene a acogerse a su casa.

De esta suerte el hombre que de voluntad sea justo no será infeliz; jamás podrá ser absolutamente desventurado. Pero el atropellador de toda ley, que a todo se atreve, y todo lo trastorna y confunde sin atender a la justicia, ese hombre será al fin abatido; yo lo afirmo: cuando la borrasca rasgue las velas de su nave, y tronche las antenas.

En su vana lucha con la tormenta que le asalta por todas partes, llamará entonces a los que no le oirán. Los cielos ríen viendo al temerario, contra todo lo que él se imaginó nunca, aprisionado en los lazos inquebrantables de la desgracia y sin poder ganar la orilla. Aquella su felicidad de otro tiempo se estrelló en la roca de la justicia, y él perece y nadie tiene para él ni una lágrima ni un recuerdo.

(Sale ATENA acompañada de los jueces areopagitas, un pregonero, pueblo y cortejo de matronas y doncellas atenienses.)

ATENA

Pregonero, haz tu oficio y contén a la muchedumbre. Que la trompeta tirrena se llene con el humano aliento de tu pecho, y que su aguda voz invada la región del éther y se haga oír de todo el pueblo. El Consejo está aquí reunido. Silencio, pues, ahora. Escuche la ciudad entera estas mis leyes que por siempre han de gobernarla, y cómo se falla en justicia la causa que se nos ha sometido.

(Sale APOLO.)

CORO

Dios Apolo, manda en lo que tienes bajo tu imperio; ¿qué te interesa a ti este negocio? ¡Di!

APOLO

Vengo a dar mi testimonio. Este hombre llegó suplicante a mi templo, y se acogió a mis aras, y yo le purifiqué. Con él debo ser procesado, pues que yo tengo la culpa de la muerte de su madre. Atena, abre el juicio con las formalidades que tan bien conoces, y sigue la causa.

ATENA

Se abre el juicio. Vosotras tenéis la palabra. El acusador es quien debe hablar primero y exponer conforme a derecho los puntos de su querella.

CORO

Muchas somos, mas con todo ello hablaremos poco y breve. (A ORESTES.) Tú contesta extremo por extremo conforme vayamos preguntándote. En primer lugar di si mataste a tu madre.

ORESTES

La maté. No podría negarlo.

CORO

Bueno. De las tres caídas del lidiador ya tenemos una.

ORESTES

Todavía no he caído para que te jactes así.

CORO

Respóndeme ahora a esto: ¿cómo la mataste?

ORESTES

Respondo. Esta mano la clavó el hierro y la degolló.

CORO

¿Quién te lo aconsejó? ¿Quién te movió a ello?

ORESTES

Los oráculos de este dios. Él dará testimonio.

CORO

¡Qué! ¿El dios profeta te había de inducir a matar a tu madre?

ORESTES

Y hasta aquí cierto que no tengo que acusar a mi fortuna.

CORO

Si la votación te es contraria, pronto mudarás de parecer.

ORESTES

Espero confiado. Mi padre me auxiliará desde el sepulcro.

CORO

¡Confía en los muertos, matador de tu madre!

ORESTES

Sobre ella había caído la mancha de un doble crimen.

CORO

¿Cómo? Demuéstralo ante los jueces.

ORESTES

Al matar a su marido mató a mi padre.

CORO

Y ¿qué? Tú vives aún, mientras que ella pagó ya con la muerte.

ORESTES

Y ¿por qué no la perseguiste en vida?

CORO

Ella no era de la misma sangre del hombre a quien mató.

ORESTES

Pues ¿yo soy de la misma sangre de mi madre?

CORO

Pues ¡malvado! ¿cómo si no te alimentó en sus entrañas? ¿Renegarás de la sangre amadísima de una madre?

ORESTES

Apolo, depón ya tu testimonio. Ven y di si la maté en justicia. Que lo hice no lo negaré; así es la verdad; pero dinos si en tu sentir fuí justo al verter su sangre o no. Decide tú para que yo pueda responder.

APOLO

Yo declaro ante vosotros, augusto tribunal de Atena, que este hombre obró en justicia. Mis profecías no engañan. Jamás desde mi vatídico trono dije a hombre ni a mujer ni a ciudad ninguna, cosa que no me dictase Zeus, el padre del Olimpo. Cuanta sea, pues, la fuerza de nuestro derecho, yo os recomiendo que lo consideréis, y que acatéis el decreto de mi padre; que no hay juramento ninguno que pueda prevalecer contra Zeus.

CORO

¡Así pues a lo que tú dices, Zeus fué quien te dictó ese oráculo de ordenar aquí a Orestes que vengase la muerte de su padre sin tener en nada el amor y reverencia de una madre...!

APOLO

Mayor que no igual crimen es hacer que muera un varón generoso a quien Zeus había honrado con el cetro; y que muera a manos de su esposa y no en leal combate al golpe de un dardo como los que disparan las Amazonas, sino... Lo diré para que lo oigas, oh Palas, y vosotros jueces que con vuestros votos habéis de sentenciar esta causa. Volvía él de la guerra, donde había dado felice cima a grandes hazañas; acógele ella con amoroso semblante, condúcele al baño, y cuando ya se disponía a salir de él, en el mismo punto y término ella le echa encima con artero golpe un ancho velo, y así envuelto en aquella red le hiere de muerte. Expuesta queda a vuestra consideración la suerte infortunada del más augusto de los príncipes; de aquel soldado que capitaneó la armada griega. Os la he contado tal como fué, para mover a justa cólera a este pueblo que ha de dictar sentencia.

CORO

Según tu dicho, Zeus gradúa de más grave que todo otro crimen el homicidio de un padre; y sin embargo él aherrojó entre cadenas a su anciano padre Cronos. ¿Cómo no ves aquí la contradicción de tus palabras? Pero vosotros lo habéis oído; yo daré fe.

APOLO

¡Oh monstruos, de todos abominados y de los dioses aborrecidos! Se pueden romper las cadenas: remedios tiene la esclavitud; hay muchos caminos de recobrar la libertad. Pero una vez muerto un hombre, y que el polvo se traga su sangre, ya no hay resurrección para él. Contra la muerte no inventó mi padre encantamientos; él que gobierna y muda todas las cosas, y las humilla y las ensalza sin fatigarse del esfuerzo.

CORO

¿Cómo defiendes su absolución? Considéralo. Este hombre regó la tierra con la sangre de su madre, con la sangre que corre por sus venas: y ¿ha de ir después a Argos y ha de habitar la casa de su padre? ¿A qué aras públicas se atreverá él a acercarse? ¿Qué cofradía habrá que le reciba a sus ceremonias y lustraciones?

APOLO

También contestaré a esto; reconoce tú la verdad de mis razones. No es la madre engendradora del que llaman su hijo, sino sólo nodriza del germen sembrado en sus entrañas. Quien con ella se junta es el que engendra. La mujer es como huéspeda que recibe en hospedaje el germen de otro y le guarda, si el cielo no dispone otra cosa. Te daré la prueba de mi proposición. Se puede llegar a ser padre sin necesidad de madre, y de ello aquí tenemos un testigo, la hija de Zeus Olímpico, que no se nutrió en las tinieblas de materno seno; pero criatura cual diosa ninguna hubiese podido engendrarla. (A ATENA.) En cuanto a mí, ¡oh Palas!, yo engrandeceré a tu ciudad y pueblo, como sé hacerlo; yo que envié a mi suplicante a tus aras para que en todo tiempo fuese tu amigo fiel, y por que te le granjeases por aliado, oh diosa, a él y a sus descendientes. ¡Así se mantenga y se ratifique esta alianza para siempre en las futuras edades!

ATENA

La causa está ya bastante dilucidada; consultad, pues, con vuestra conciencia, oh jueces, y votad en justicia.

APOLO (a los jueces.)

Atended a lo que habéis oído, y al dar vuestros votos, oh huéspedes míos, respetad en vuestro corazón el juramento que prestasteis.

ATENA (al CORO.)

Y ahora, ¿qué he de hacer yo para que no tengáis que acusarme jamás?

CORO

Yo he disparado todas mis fechas, y espero a ver cómo se decide el combate.

ATENA

Ciudadanos de Atenas, que vais a juzgar por primera vez en causa de sangre, mirad ahora la institución que yo fundo. En adelante subsistirá por siempre en el pueblo de Egeo este senado de jueces. Se asentará en esta colina donde acamparon las Amazonas y pusieron sus tiendas cuando con ejército poderoso vinieron en son de guerra contra Teseo y su recién edificada ciudad, y frente de sus torres alzaron otras torres. En este lugar ofrecieron sacrificios al dios Ares, con que esta roca tomó el nombre de Areópago, y aquí velarán por los ciudadanos el respeto y el temor, igual de día que de noche, y contendrán la injusticia mientras los mismos ciudadanos no alteren las leyes: que si mezcláis con sucias y cenagosas aguas las claras linfas de una fuente, no encontraréis después dónde beber. Oíd mi consejo, ciudadanos que habéis de mirar por la república: no rindáis culto a la anarquía ni al despotismo; pero no desterréis de la ciudad todo temor, que sin temor no hay hombre justo. Mirad, pues, con temerosa y merecida reverencia la majestad de este senado, porque así tengáis un baluarte defensor de vuestra ciudad y patria, cual no lo tiene pueblo en el mundo, ni se hallaría entre los Escithas ni en la tierra de Pélope. Yo os doy un tribunal que nadie podrá cohechar; venerando, severo, guarda de esta ciudad, que velará por los que duermen. Sirvan en lo venidero a mis ciudadanos estas advertencias que les dirijo. Y ahora levantaos, y dad vuestro voto, y sentenciad esta causa con respeto a vuestros juramentos. He dicho.

CORO

Os aconsejamos que no nos tratéis con menosprecio; que pesaríamos harto gravemente sobre vuestra tierra.

APOLO

Y yo os mando que respetéis mis oráculos, que son los de Zeus, y no hagáis que salgan vanos.

CORO

No te cuides de causas de sangre que no son de tu incumbencia, pues, si te obstinas, ya no habrá más santidad en tus oráculos.

APOLO

¿Por ventura erró mi padre al escuchar las súplicas de Ixión, el primer homicida?

CORO

¡Palabras! Si no obtengo justicia ya me haré yo sentir en este suelo.

APOLO

Tú eres despreciada de los nuevos dioses y de los viejos. Yo soy quien venceré.

CORO

Tales fueron también tus hazañas en el palacio de Feres. Tú persuadiste a las Moiras a hacer inmortales a los hombres.

APOLO

¿Y no es justo hacer beneficios a quien nos honra, y más cuando se halla necesitado?

CORO

Tú derribaste todo el edificio de las antiguas leyes engañando con vino a aquellas viejas deidades.

APOLO

Pronto vas a ser vencida en juicio. Vomita entonces tú ese veneno, que no inquietará mucho a los que aborreces.

CORO

¡Dios nuevo! ¿Tú pisoteas a estas antiguas diosas? No obstante esperaré a oír la sentencia, y en tanto no descargaré mi cólera sobre la ciudad.

APOLO

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

ATENA

Eso me toca a mí dar mi voto la última. Este es mi voto, que añadiré a los que haya en favor de Orestes. Yo no nací de madre, y, salvo el himeneo, en lo demás amo con toda el alma todo lo varonil. Estoy por entero con la causa del padre. No ha de pesar más en mi ánimo la suerte de una mujer que mató a su marido, al dueño de la casa. Orestes vencerá aun en igualdad de votos por entrambas partes. Al punto, vaciad las urnas y contad los votos, jueces a quienes está encomendado este cargo.

ORESTES

¡Oh Febo Apolo! ¿cómo se fallará la causa?

CORO

¡Oh negra Noche, madre mía! ¿no ves esto?

ORESTES

No es menos para mí que echarme un dogal al cuello o ver por fin la luz.

CORO

Ni para nosotras que perecer o conservar nuestros honores.

APOLO

Contad bien los votos al sacarlos, huéspedes míos, y en el escrutinio, respeto a la justicia. Un voto que falte sería una gran desgracia; un voto más puede levantar una familia de su abatimiento.

ATENA

Este hombre queda absuelto de su delito: el número de votos es igual por ambas partes.

ORESTES

¡Oh Palas! ¡tú has salvado mi casa; tú me restituyes aquella patria de que yo estaba privado! Y dirán los Helenos: ahí tenéis a ese hijo de Argos que ha recobrado la posesión de la hacienda de sus padres, gracias a Palas y a Loxias, y a aquel Autor sumo de todas las cosas, su tercer salvador. ¡Sí, Zeus, tú eres quien me salva; tú, que al ver a estas abogadas de mi madre, recordaste con horror la impía suerte de mi padre! Marcho ya a mi patria, jurando a esta comarca, jurando a tu pueblo que nunca jamás en los siglos de los siglos príncipe alguno de Argos vendrá aquí en son de guerra, pues donde no contra los que así quebrantaren los juramentos que yo hago, nosotros mismos desde el sepulcro, donde entonces yaceremos, pondrémosles dificultades tan invencibles; tan triste haremos su camino y tan infaustos sus pasos, que les pese de su empresa. Mas si con fidelidad los guardaren, y en paz y en guerra acuden siempre con su alianza a esta ciudad de Palas, les seremos propicios. ¡Salve, oh diosa! y tú, pueblo de Atenas, ¡ojalá que tus enemigos no puedan escapar jamás de tus golpes, y que seas siempre salvo y vencedor!

(Vanse APOLO y ORESTES.)

CORO

¡Ay, dioses nuevos! ¡habéis pisoteado las antiguas leyes! ¡me lo habéis arrebatado de las manos! Pero yo, la miserable, la despreciada, encendida en cólera arrojaré sobre este suelo en desagravio de mi afrenta, todo el veneno que gotea mi corazón. ¡Vaya si lo arrojaré! Y este veneno se derramará por la tierra, y su ponzoña secará hojas y flores, y matará a todo sér viviente, y no perdonará a los hombres. ¡Oh justicia! ¡Todo, todo lo apestará y asolará! ¿Lloro? ¡Qué hacer! ¿Me río? ¡Lo que he padecido ha de pesar mucho a los Atenienses! ¡Ay, hijas de la Noche! ¡infelices! ¡cuán grande y afrentosa es la desdicha que lloráis!

ATENA

Creedme a mí, y no lo llevéis así con ese llanto. No habéis sido vencidas. Salió igual número de votos por ambas partes, con toda buena fe y no para tu afrenta. Pero había claros testimonios de la voluntad de Zeus; el mismo dios que pronunció el oráculo, salió por fiador de él. Bien que autor de su delito, Orestes no debía llevar pena. No os irritéis pues; no queráis descargar vuestra cólera sobre esta tierra ni hacerla estéril; no derraméis sobre ella la baba de vuestro furor, que implacable corroe todo germen de vida. Yo os prometo solemnemente que tendréis en este suelo un templo donde moréis, y ricos tronos junto a vuestras aras, donde seáis honradas de los ciudadanos de Atenas.

CORO

¡Ay dioses nuevos! ¡habéis pisoteado las antiguas leyes! ¡me lo habéis arrebatado de las manos! Pero yo la miserable, la despreciada, encendida en cólera arrojaré sobre este suelo en desagravio de mi afrenta, todo el veneno que gotea mi corazón. ¡Vaya si lo arrojaré! ¡Y este veneno se derramará por la tierra, y su ponzoña secará hojas y flores, y matará a todo sér viviente, y no perdonará a los hombres! ¡Oh justicia! ¡Todo, todo lo apestará y asolará! ¿Lloro? ¡Qué hacer! ¿Me río? ¡Lo que he padecido ha de pesar mucho a los Atenienses! ¡Ay, hijas de la Noche! ¡infelices! ¡Cuán grande y afrentosa es la desdicha que lloráis!

ATENA

Nadie os ha menospreciado. No os irritéis tanto, oh diosas, ni vayáis a infestar de males sin remedio esta tierra habitación de los mortales. Por mi parte, cuento con el poder de Zeus, y ¿a qué decir más? Yo sola entre los dioses conozco las llaves del sellado tesoro donde se guarda el rayo. Pero nada de esto se necesita, pues, atenta a mis razones, no querrás tú arrojar sobre este suelo el fruto maléfico de tu lengua, del cual toda triste calamidad se engendraría. Calma las negras oleadas de tu amarga cólera, y aquí serás honrada y venerada; y aquí habitarás conmigo; y en natalicios e himeneos recibirás en ofrenda las primicias de esta dilatada comarca, y por siempre celebrarás mi consejo.

CORO

¡Yo sufrir esto, cielos! ¡Yo con mi saber y experiencia habitar en estos lugares despreciada de todos! ¡Maldición! ¡Maldad execrable! ¡Vomitemos todo el furor, todo el odio de nuestro pecho! ¡Ah, ah! ¡oh tierra! ¡oh cielos! ¿Qué dolor es éste que me llega al alma? Noche, madre mía, oye los alaridos de mi cólera. Los engaños de los dioses me han envuelto sin que me pudiese defender y han reducido a la nada los honores que los pueblos me ofrecían.

ATENA

Tolero tus arrebatos porque tienes más años que yo. A no dudar, tú eres mucho más sabia, aunque también a mí me concedió Zeus no pensar del todo mal. Si marcháis a extrañas regiones, ya echaréis de menos esta tierra; yo os lo predigo. Porque correrán los tiempos, y cada vez serán más gloriosos para mi pueblo. Y tendríais venerando altar junto al templo de Erecteo, y allí recibiríais de hombres y mujeres en las grandes fiestas honores cual de ningún otro mortal del mundo podríais obtener jamás... No arrojes, pues, en este suelo, que es mío, el aguijón sangriento de tus odios que corrompan las entrañas de la juventud y la abrasen en furiosa ira, y sin vino la perturben y embriaguen. No siembres la discordia en el corazón de mis ciudadanos, porque no se empeñen entre sí como los gallos en impías y feroces luchas. La guerra... con el extranjero y no larga. Allí es donde el amor a la gloria es noble y generoso: ¡no se llame guerra a una riña de aves domésticas! Acepta lo que te ofrezco, que te está bien aceptarlo. Haz bien, y bien recibirás, y serás grandemente honrada, y poseerás conmigo esta tierra predilecta de los dioses.

CORO

¡Yo sufrir esto, cielos! ¡Yo con mi saber y experiencia habitar en estos lugares despreciada de todos! ¡Maldición! ¡Maldad execrable! ¡Vomitemos todo el furor, todo el odio de nuestro pecho! ¡Ah, ah! ¡oh tierra! ¡oh cielos! ¿Qué dolor es éste que me llega al alma? Noche, madre mía, oye los alaridos de mi cólera. Los engaños de los dioses me han envuelto sin que me pudiese defender y han reducido a la nada los honores que los pueblos me ofrecían.

ATENA

No me cansaré de aconsejarte bien, porque no digas nunca que las antiguas diosas salisteis de esta tierra, arrojadas de ella con desprecio por una diosa más joven que vosotras y por los mortales que habitan la ciudad. A poder algo contigo la dulce e irresistible fuerza de la persuasión; si mis palabras fuesen poderosas a calmarte y ablandarte, aquí te quedarías. Mas si no quisieres quedarte aquí, no por ello sería justo que descargases sobre esta ciudad tu furioso encono, ni que hicieses a mi pueblo daño ninguno; pues que en ti está poseer conmigo esta tierra, y ser en ella dignamente honrada.

CORO

Diosa Atena, ¿qué morada dices tú que tendría yo?

ATENA

Una donde jamás hallaría asiento el infortunio. Acéptala pues.

CORO

Y ¿qué honores me esperan si acepto?

ATENA

No habrá casa que pueda prosperar sin ti.

CORO

¿Tanto harás tú que sea mi poder?

ATENA

Levantaré hasta la cumbre de la fortuna a quien te rindiere culto.

CORO

¿Y me prometes que así será en todo tiempo?

ATENA

Yo no prometo jamás lo que no he de cumplir.

CORO

Siento que me ablandas y que desecho todo mi rencor.

ATENA

Corre, pues, a los que acabas de ganarte por amigos.

CORO

¿Qué bienes quieres tú que pida en mis cánticos para este pueblo?

ATENA

Cuanto sea nobles y leales victorias; y que la tierra y el cielo, y el mar con sus aguas, y los vientos con sus blandas corrientes, y el sol con sus claros rayos traigan sobre este suelo toda suerte de bienes. Que la tierra abunde en frutos y rebaños; que vivan los ciudadanos en prosperidad, jamás derribada a los golpes del tiempo; que se logren y florezcan los tiernos retoños infantiles. Pero a los impíos ya puedes exterminarlos con más furor que nunca. Yo amo a los hombres como el hortelano a las plantas, y quiero que la semilla de los buenos no se dañe con la mala hierba de los malos. Tal es lo que te incumbe. A mí toca no permitir jamás que esta ciudad vencedora deje de llevarse nunca entre los hombres el honor y lauro del triunfo en los más gloriosos combates.

CORO

Sí; acepto habitar en compañía de Atena. No he de menospreciar yo ciudad donde moran el omnipotente Zeus y Ares, y que es alcázar fortísimo de los dioses, honor y contento de las deidades griegas y baluarte de sus aras. A la cual mi amorosa voluntad le desea, le predice que los espléndidos rayos del sol han de hacer brotar de la tierra en abundosa copia cuantos frutos hacen afortunada la vida.

ATENA

Obra es de mi amor a esta ciudad haber hecho que en ella pongan su habitación las potentes e implacables diosas cuyo destino es regir todas las cosas humanas. Pues el que no se granjea a estos terribles enemigos, no sabe qué calamidades le aguardan aún en la vida. Los pecados de sus mayores le arrastran hasta ellas; la muerte llega en silencio, y con sañuda crueldad le reduce a polvo cuando se jactaba de su fortuna.

CORO

Oíd lo que mi amor os desea. Que jamás la furia de los vientos pierda los árboles; ni los ardores del sol abrasen las plantas e impidan que se abran lozanos los pimpollos; ni la triste y estéril sequía os azote. Antes bien, que vuestros ganados se multipliquen, y a su tiempo os regalen con dobles crías; y que los ricos tesoros arrancados a las entrañas de la tierra honren la liberalidad de los dioses que os los dieron.

ATENA (a los AREOPAGITAS.)

Ya habéis oído, custodios de nuestra ciudad, cuántas bendiciones llaman sobre vosotros. Mucho puede en verdad la veneranda Erinna con los dioses del cielo y con los que habitan las mansiones subterráneas, y bien se ve cómo dispone de la suerte de los humanos: a éstos les da cánticos y alegrías; a aquéllos una vida de sombras y lágrimas.

CORO

Alejaos de aquí, azotes que malográis a los hombres con prematura muerte. Dioses, de quienes penden los destinos de los mortales, dejad que las tiernas y amorosas doncellas gocen de las dulzuras de Himeneo; permitidlo vosotras también, oh divinas Moiras, hermanas mías de madre, que a cada cual recompensáis según sus obras, sin que haya lugar a que no asistáis, ni tiempo en que no hagáis sentir el peso de vuestras justas leyes; diosas honradísimas de todos los dioses.

ATENA

Al oírte pedir para mi pueblo con tanto amor dichas y bendiciones, me lleno de alegría. ¡Oh atractivos ojos de la Persuasión, y cuán merecedores sois de que yo os ame, pues que habéis velado por mi lengua cuando hablaba a quien con dura tenacidad se resistía a escucharme! Venció por fin Zeus, dios de la elocuencia, y nuestra causa, la causa del bien, alcanzó completa victoria.

CORO

Quiera el cielo que jamás se oigan en esta ciudad los rugidos de la discordia, que no se sacia de males. Jamás se empape el suelo en la sangre de los ciudadanos, derramada en fratricidas y vengativas contiendas; sino antes con el deseo del bien común sean unas sus mutuas alegrías, y unos también sus odios: que en la unión tienen los hombres el remedio de sus mayores infortunios.

ATENA

¿No es verdad que, serena ya su razón, encontró por fin su lengua el camino de las bendiciones? Tengo para mí que de estas diosas de espantable catadura han de venir grandes ganancias a mi pueblo. Pagadles amor con amor; tributadles grandes honores, y la ciudad y toda su comarca verán pasar los tiempos en gloria y en justicia.

CORO

¡Salve, salve; los dioses os den felicidades y abundancia! Salve, pueblo de Atenas. Palas, la bien amada hija de Zeus, os mira con amor y habita a vuestro lado. Que no se desmientan nunca vuestras virtudes. Zeus honra a los mortales que Palas acoge bajo sus alas.

ATENA

Salve, también vosotras. Yo saldré delante para mostraros vuestra morada. Marchad al resplandor de las antorchas de ese religioso cortejo y en medio de las sagradas víctimas que os serán ofrecidas en sacrificio. Corred a vuestro templo subterráneo, y apartad de esta tierra la adversidad, y traed sobre ella la bienandanza y la victoria. Y vosotros, ciudadanos de Atenas, hijos de Cranao, guiad a las que vienen a habitar entre vosotros. ¡Ojalá que la ciudad recuerde siempre la memoria de tales beneficios!

CORO

Salve, salve, diré otra vez y otra; salve todos los que habitan en esta ciudad de Palas, dioses y mortales. Honrad con vuestro culto la vecindad que me habéis concedido y jamás tendréis que lamentar los reveses de la fortuna.

ATENA

Vuestros votos me colman de contento. Que el resplandor de las lucíferas antorchas os acompañe hasta los profundos lugares donde tenéis vuestro templo subterráneo. Vayan también mis sacerdotisas, piadosas guardas de mi sagrada imagen. Y vosotras, gloria y ornamento de la tierra de Teseo, cortejo insigne de doncellas y matronas; y vosotras, ancianas venerables, llegad todas luciendo vuestras vestiduras de púrpura y en las manos encendidas teas, y tributad así a estas diosas públicos honores porque su estancia entre nosotros se señale en las edades futuras con dichosa y perdurable bienandanza.

(Vase.)

CORTEJO

Marchad a vuestra morada, poderosas y venerables hijas de la Noche, castas vírgenes, acompañadas de este pueblo que os ama. Aplaudid, Atenienses.

Descended a esos antiguos y profundos antros donde recibiréis insigne culto de honores y sacrificios. Pueblo de Atenas, aplaudid todos.

Venid acá, venerandas diosas; sednos propicias. Mirad con amor a nuestra comarca, y recibid el agasajo de estas encendidas antorchas que arden en vuestro obsequio. Y nosotras acompañemos su carrera con alegres cánticos y gritos de regocijo.

Por siempre jamás ofrecerá en tu templo la ciudad de Palas libaciones y lucientes antorchas. Así lo concertaron la Providencia infinita de Zeus, y la Moira. Rompamos en cánticos de alegría y regocijo.

LAS SUPLICANTES

(Aparecen el CORO DE DANAIDES, con ramos de suplicantes en sus manos, y DANAO.)

CORO

Zeus que protege a los suplicantes, nos mire con piadosos ojos al tomar tierra en este puerto. Hicímonos a la mar en las arenosas bocas del Nilo, y dejamos aquella sagrada región, vecina a la Siria. Venimos huyendo. No nos destierra sentencia ninguna popular por sangre que no hemos derramado: huímos de los hijos de Egipto, por escapar a sus abominables, impías e incestuosas nupcias. Danao, nuestro padre, ha sido nuestro consejero y nuestro guía; él quien entre los males, resolviéndose por el más honroso, determinó que huyésemos sin tardanza, cruzásemos el mar y arribásemos a esta tierra de Argos, de donde desciende nuestro linaje: porque nos gloriamos de venir de aquel Épafo, a quien concibió con sólo el tacto de Zeus, con un soplo suyo, la becerrilla perseguida del Tábano. Y ¿a qué pueblo que nos fuese más amigo pudiéramos llegar en súplica con estos ramos vestidos de lana, que ostentan nuestras manos? ¡Oh dioses, señores de esta ciudad, y de sus campos y de las claras corrientes que los riegan; oh dioses del cielo, y vosotros los que ocupáis las sedes subterráneas, tremendos vengadores; y tú, Zeus, que guardas la morada del piadoso, acoged todos a estas mujeres que os suplican, y haced que las voluntades les sean favorables! Antes que la caterva insolente de los hijos de Egipto ponga el pie en esta arenosa playa, volvedlos al mar, a ellos y a sus remeras naves. Y allí perezcan asaltados por las olas embravecidas en deshecha borrasca de truenos, relámpagos y vientos, antes que hagan suyas a las hijas del hermano de su padre, y profanen con impía fuerza lechos de que la ley los rechaza.

Ven, novillo hijo de Zeus y de nuestra abuela la becerrilla que pacía la verde hierba de los prados; ven. Tú que fuiste concebido con sólo el tacto de Zeus, con un soplo suyo, cruza los mares y acude a nuestra venganza hoy que te invocamos. ¡Épafo! Así te llamaron del origen de tu nacimiento. Pasados los meses que pide la ley de naturaleza, Io te parió, y tu nombre confirmó la verdad de tu origen.

Aquí le pronunciaré yo en estas praderas, antiguamente visitadas de mi progenitora, y recordaré sus trabajos, y daré señales ciertas de mi linaje; las cuales bien que a los habitantes de esta tierra les parezcan inauditas, pero al fin han de comprender, si me atienden, que digo verdad.

Si pasa por aquí algún argivo que entienda el lenguaje de las aves, y oye nuestras tristes quejas, se imaginará estar oyendo la voz de la mísera esposa del pérfido Tereo; la voz de Filomela, perseguida por el gavilán.

La cual, arrojada de los campos y ríos de su querencia, da suelta al dolor en el lugar de su destierro, y junto con él llora la muerte de aquel hijo que entregó a sus manos homicidas el furor de una madre cruel y despiadada.

Así doy yo suelta a mis ayes, remedando la triste canturia jonia, y castigo este delicado rostro, que tostaron los aires del Nilo, mientras se ahoga el corazón con el peso de tantas lágrimas. Mi angustia es extrema; estoy temblando que mi huída de aquella serena región de Egipto ha de empeñar más a mis deudos en perseguirme.

Ea, pues, dioses de mi casa, escuchadme. Mirad por los fueros de la justicia; no dejéis que la iniquidad se consume, y si es verdad que sois aborrecedores de toda insolencia, sed justos con estas nefandas nupcias. Hasta el vencido en la guerra, si se acoge a vuestras aras, encuentra un asilo contra la fuerza del vencedor, y la majestad de vuestra divina grandeza le protege.

¡Quiera Zeus disponerlo así! ¡Inescrutable es tu voluntad, oh Zeus; mas a las veces muéstrase ella toda resplandeciente, aun en medio de las tinieblas obscuras, para negra desdicha de la raza de los humanos!

Lo que la mente de Zeus tiene decretado que suceda, jamás se tuerce ni se frustra, sino que llega a su fin por aquellos caminos dilatados del pensamiento divino, envueltos en espesas tinieblas, donde el ojo del hombre no pudo nunca penetrar.

Él precipita a los mortales en la sima de su perdición desde las altas torres de sus soberbias esperanzas, y sin hacer esfuerzo ninguno; que todo es llano y descansado para los dioses. Sentada la Mente divina en la cumbre del cielo, ejecuta desde allí todos sus designios sin moverse de su trono de gloria.

Eche, pues, desde la altura una mirada sobre la insolencia de los hombres. Vea a aquellos verdes mozos, cómo se encienden con el lascivo apetito de mis bodas; cual los ciega y enloquece el aguijón de su furioso y desenfrenado deseo, que no les deja un punto; y más, que ya habrán visto que salieron burlados sus malos intentos.

¡Ahí está la causa de mis males; las penas que me afligen, y me hacen romper en agudos gemidos, y derramar lágrimas! ¡Ay, ay de mí! En vida estoy celebrando mis honras con estos funerarios plañidos que tan bien sientan a mi dolor. ¡Oh montuosa tierra de la Argólide, séme propicia; yo te adoro! Escucha benigna mi lengua bárbara. Mira cómo me precipito a hacer jiras estos linos que me visten, y este velo de Sidón que cubre mi cabeza.

En los días de bienandanza, cuando la muerte se aleja de nosotros, ofrécense a los dioses sacrificios en acción de gracias por sus bondades. Pero ¡ay de mí, ay de mí triste, que mis males no tienen fin! ¿Adónde me arrastrará el mar de mis infortunios? ¡Oh montuosa tierra de la Argólide, séme propicia; yo te adoro! Escucha benigna mi lengua bárbara. Mira cómo me precipito a hacer jiras estos linos que me visten y este velo de Sidón que cubre mi cabeza.

Cierto que el leñoso edificio que arman linos y remos me guardó de las olas, y favorecido de los vientos me trajo aquí sin haber pasado por los horrores de la borrasca. No me quejaré, pues, de mi fortuna. ¡Pero quiera el Padre omnividente mostrársenos propicio hasta el fin, porque esta numerosa descendencia de una madre veneranda pueda huír, ¡ay de mí!, pueda huír el lecho de tales esposos como aquellos, y queden libres y doncellas!

Casta hija de Zeus, tú cuya serena mirada no hay poder que la turbe, míranos piadosa, y defiéndenos de los que nos persiguen. Virgen, sé el amparo de estas vírgenes, porque esta numerosa descendencia de una madre veneranda pueda huír, ¡ay de mí! pueda huír el lecho de tales esposos como aquellos y queden libres y doncellas.

Donde no, si no hallamos amparo en los dioses del Olimpo, lazos hay de qué colgarnos, y una vez muertas nos encaminaremos a aquellas negras y profundas mazmorras, en que el rayo precipitó a los hijos de la Tierra, y nos postraremos ante el Zeus de los muertos, huésped que a nadie rechaza, presentándole nuestros ramos de suplicantes. ¡Ay, Zeus! ¡Ay, cólera divina que perseguiste a Io! Reconozco en mis males el furor de aquella esposa augusta que se enseñorea de los cielos; que es muy poderoso el viento que desencadenó esta tormenta.

Graves palabras tendría que sufrir Zeus, nada dignas de su majestad, si menospreciando a las hijas de la becerrilla, después de haber sido su primer padre, apartase ahora los ojos de nuestras súplicas. ¡Oiga de las alturas donde habita, esta voz que le implora! ¡Ay, Zeus! ¡Ay, cólera divina que perseguiste a Io! Reconozco en mis males el furor de aquella esposa augusta que se enseñorea de los cielos; que es muy poderoso el viento que desencadenó esta tormenta.

DANAO

Obremos con prudencia, hijas; Pues que la experiencia de vuestro anciano padre fué el fiel piloto que os encaminó hasta aquí, ya que estamos en tierra, os recomiendo que seáis prudentes y grabéis mis palabras en la memoria. Estoy viendo una nube de polvo, muda mensajera de un ejército; oigo el rechinar de los cubos de las ruedas, que nada silenciosas giran sobre los ejes, y diviso multitud de peones armados de escudos; y lanzas que se agitan; y corceles, y redondos carros de guerra. Por ventura, serán los príncipes de la comarca, que avisados de nuestro arribo, vienen a nosotros a verlo por sus propios ojos. Ya vengan de paz, ya mueva a esa gente alguna cruel y airada resolución, lo mejor será, oh hijas, que a todo evento nos refugiemos en esa colina consagrada a los dioses públicos de este pueblo; que un ara vale más que una torre: es un escudo impenetrable. Ea, pues, id lo más pronto que podáis; ¡al punto! Mostrad reverentes en vuestras manos esos ramos suplicantes, vestidos de blanca lana, alegría del venerando Zeus; y a vuestros huéspedes respondedles lo que haya que responder, con modestia y en tono que les mueva a lástima: en fin, cual conviene a quienes llegan a suelo extraño. Explicadles bien cómo vuestra huída no fué por sangre ninguna que hubieseis derramado. Nada de arrogancia en vuestro acento: el semblante honesto, la mirada apacible, y todo vuestro ademán dulce y mesurado. Mucho comedimiento en las palabras, y nada de discursos prolijos: cosa a los de esta tierra aborrecidísima. Acuérdate que hay que ceder; que eres una extranjera fugitiva y necesitada, y que a los que están debajo no les cuadra hablar con altanería.

CORO

Hablaste de prudencia, padre, a quienes saben tenerla. Procuraremos guardar en la memoria tus discretos consejos. ¡Mire por nosotras Zeus, padre de nuestro linaje!

DANAO

No estéis ahí ociosas; apresuraos a poner por obra vuestro intento.

CORO

Quisiera estar ya a tu lado y sentada al pie de ese trono.

DANAO

¡Oh Zeus, compadécete de nosotros antes que sucumbamos a nuestros males!

CORO

Él nos mire con ojos de piedad; que si él quiere, todo acabará bien.

DANAO

Invocad ahora a ese ave de Zeus.

CORO

¡Saludables rayos de Helios, nosotras os invocamos! ¡Casto Apolo, dios que en otro tiempo te viste desterrado de la mansión celeste, compadécete de nosotras como quien sabe lo que es tal desventura!

DANAO

¡Sí, él se compadezca de nosotros y nos acuda propicio!

CORO

¿Y a cuál de estos otros dioses invocaré además?

DANAO

Ahí tienes el tridente, atributo de Poseidón.

CORO

¡El que nos trajo con bien a esta tierra, nos reciba en ella piadoso!

DANAO

Este otro es Hermes, según le presenta la tradición entre los Helenos.

CORO

¡Sea para nosotros mensajero de libertad y bienandanza!

DANAO

Rendid culto a todos los dioses que tienen aquí un altar común. Acogeos al lugar santo bandada de palomas espantada por voladores gavilanes, por enemigos incestuosos, afrenta de su propia raza. Ave que devora a otra ave ¿cómo quedará pura? ¿Cómo quedar puro tampoco quien fuerza a una virgen, y a pesar de ella y de su padre la desposa? Quien tal hiciese, ni aun después de muerto en el mismo infierno escapará al castigo de su temeraria culpa. Sabido es que ahí hay otro Zeus que juzga sin apelación los delitos de los que murieron. Considerad bien lo que os digo, y responded de esta suerte porque tengáis buen suceso en este trance.

(Sale el REY con acompañamiento de guardias.)

REY

¿De dónde podremos decir que sois, extranjeras, que así venís tan lujosamente aderezadas, con esas túnicas y esos velos a estilo bárbaro? Porque ese no es el traje de Argos ni de ningún otro de los pueblos de la Hélade. Pues cómo os habéis atrevido a llegar con intrépida resolución a esta comarca, sin mensajeros que os anuncien, ni huéspedes que os amparen, ni guías que os encaminen, cosa es también que verdaderamente asombra. Veo junto a vosotras unos ramos de suplicantes, depositados en las aras de los dioses de nuestra ciudad; sois, pues, suplicantes, y esto es sólo lo que Grecia afirmaría que ha comprendido; pero en lo demás pudieran hacerse con razón muchas conjeturas si yo no hubiese venido aquí y vosotras no tuvieseis palabra que me explicara todo vuestro suceso.

CORO

Bien has dicho acerca de mi traje. Pero ante todo, ¿estoy hablando con un ciudadano, o con algún sacerdote, custodio de los templos, o con el Jefe de la ciudad?

REY

Por lo que a eso hace, descuida, y responde a mis preguntas: explícate sin temor ninguno. Porque yo soy Pelasgo, rey de esta comarca, hijo del terrígena Palectón. El pueblo que posee esta tierra y coge sus frutos, son los Pelasgos, que como es razón, toman su nombre de mí que los gobierno. Domino en toda la región que atraviesa el sagrado Estrimonio al poniente, y encierro dentro de mis fronteras la tierra de los Perrebos, y las que hay más allá del Pindo, aledañas de los Peonios, y los montes de Dodona. De la otra parte tengo por límites las aguas del mar. Tales son mis dominios. De antiguo se llama a este suelo comarca de Apis, en honor del médico Apis, hijo de Apolo, a la vez médico y profeta, el cual de las playas de Naupactia vino aquí y limpió nuestros campos de aquellas alimañas que devoraban a los hombres, las cuales había arrojado de sí esta tierra manchada con antiguos delitos; y de las bestias fieras, y de la multitud de dragones que nos hacían vecindad terrible. Y porque Apis con sus remedios nos libró de nuestros males y exterminó los monstruos, mereció de los Argivos tributo de alabanza, y que siempre hagamos memoria de él en nuestras preces. Ya que sabes de mí quién soy, puedes decirme tu linaje y proseguir tu historia; mas te advierto que mi ciudad no es aficionada a discursos largos.

CORO

Breve y clara será la respuesta. Nosotras nos gloriamos de ser de raza argiva; de la sangre de aquella becerrilla que tuvo nobilísimo hijo. Esta es la verdad, que estoy pronta a probar cumplidamente.

REY

¡Oh extranjeras! no puedo creer lo que decís sobre que sois de nuestra raza argiva. Más bien parecéis mujeres de la Libia; pero en manera ninguna de nuestro país. El Nilo debe haber sido quien crió planta tal, porque tenéis todo el sello que en el molde de sus mujeres imprimen a sus obras los maridos Ciprios. He oído también que los Indios nómadas, que viven vecinos a los Etíopes, se valen de camellos que a la vez les sirven de cabalgaduras y bestias de carga. Y aun si fueseis armadas de arcos, de cierto que os tomaría por aquellas Amazonas que dicen que viven sin maridos y se alimentan de carne cruda. Pero vosotras me enteraréis de todo, y así podré saber cómo es que sois de sangre y procedencia argiva.

CORO

Se cuenta que Io, que fué en otro tiempo custodia del templo de Hera, nació en este suelo de Argos; aquella de la cual habrás oído tantas veces...

REY

Que mortal como era ella, Zeus buscó sus favores. ¿No es esto?

CORO

Sí, y por el pronto su comunicación fué a hurto de Hera.

REY

Y después, ¿en qué paró la celosa desavenencia del Rey y la Reina del Olimpo?

CORO

La diosa de Argos convirtió a la mortal en becerrilla.

REY

Hecha una becerrilla y ceñida de cuernos su frente, ¿se llegó a ella todavía Zeus?

CORO

Sí. Dicen que tomando la forma de un toro en celo.

REY

¿Qué hizo a esto entonces la severa esposa de Zeus?

CORO

Puso a la becerrilla guarda tal que todo lo viese.

REY

Y ese pastor omnividente, puesto para guardar una sola vaquilla, ¿quién era?

CORO

Argos, hijo de la Tierra, que fué muerto por Hermes.

REY

¿Qué otra cosa dispuso Hera contra la mísera becerrilla?

CORO

Esa mosca zumbadora que pica a los bueyes y los espanta, a la cual llaman tábano en la ribera del Nilo.

REY

¿Y fué persiguiéndola desde su patria durante una larga carrera?...

CORO

Cabalmente; eso mismo iba a decir yo.

REY

Y llegó a Canopos, y hasta Menfis.

CORO

Y Zeus con sólo tocarla con la mano la hizo madre.

REY

¿Quién fué el que pudo llamarse novillo hijo de Zeus y de una becerrilla?

CORO

Épafo, con razón llamado así del precio a que su madre se libró de sus trabajos.

REY

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

CORO

Libia, poseedora de la más grande porción de la tierra.

REY

Y ella ¿qué descendencia tuvo?

CORO

Belo, que tuvo dos hijos; uno de los cuales fué el padre de este mi padre que ves aquí.

REY

Dime el nombre de este mortal venerable.

CORO

Danao, y su hermano es padre de cincuenta hijos.

REY

Dime también su nombre.

CORO

Egipto. Y ya que conoces mi linaje, haz conmigo de modo que saques de su miserable infortunio a esta familia argiva hoy perseguida.

REY

Ya veo que vuestro linaje procede de esta tierra. Cierto. Mas ¿cómo os atrevisteis a dejar vuestra patria? ¿Qué golpe de fortuna os sobrevino?

CORO

Rey de los Pelasgos; muchos y varios son los males de los hombres. ¡Ojalá no veas jamás el infortunio tendiendo hacia ti sus alas! ¿Quién se hubiese imaginado nunca esta huída inesperada, ni que habíamos de arribar a esta tierra de Argos, de donde somos oriundas, por escapar a unas bodas aborrecidas?

REY

¿Qué pides ahí postrada delante de los dioses de nuestra ciudad? ¿Por qué esos verdes ramos de suplicantes, orlados de blanca lana?

CORO

Por no verme esclava de los hijos de Egipto.

REY

¿Es que los odias, o que huyes de cometer un crimen?

CORO

¿Y quién ha de querer comprar con su dote un pariente para haber de servirle después?

REY

Así se acrecienta entre los mortales el lustre y fortuna de una casa.

CORO

¡Y así a lo menos fácilmente se remedian los que no son bien heredados!

REY

Pero, en fin, ¿qué he de hacer yo en pro vuestro para satisfacer a la amistad?

CORO

Si los hijos de Egipto nos reclaman, no entregarnos a ellos.

REY

Grave es lo que dices; acaso provocar una guerra.

CORO

Pero la justicia sostendrá a mis defensores.

REY

Cierto, si desde luego estuvo con vuestra causa.

CORO (señalando el altar.)

Teme a esta popa de la ciudad que coronan nuestros ramos.

REY

Tiemblo al ver esos ramos dando sombra a las aras de nuestros dioses.

SEMICORO

¡Pesado es, en verdad, el enojo de Zeus; del dios que vela por los suplicantes!

CORO

Hijo de Palectón, rey de los Pelasgos, escúchame con benevolencia. Mírame postrada ante ti, fugitiva y errante como vaquita perseguida del lobo, que se sube a las rocas escarpadas, y desde allí avisa con sus mugidos al pastor el peligro en que se halla, esperando que la acorra.

REY

Estoy viendo todas estas tiernas doncellas acogidas a la sombra de esos verdes ramos con que imploran protección en nombre de nuestros dioses tutelares.

¡Ojalá sea sin daño para nosotros la venida de estas oriundas de Argos, que hoy solicitan su hospitalidad, y que no nos traiga alguna guerra este improviso y no esperado suceso! ¡Que Argos no tiene necesidad ahora de tales aventuras!

CORO

Vuelva a mí sus ojos la diosa Themis, patrona de los suplicantes e hija de Zeus, distribuidor de todo bien; proteja mi huída que no manchó crimen ninguno. Y tú, anciano, aprende lo que te avisa una tierna doncella. Sé piadoso con quienes te suplican, y no padecerás reveses de la fortuna; que siempre fueron aceptas a los dioses las ofrendas de un corazón puro...

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

REY

No es en mi hogar donde os habéis amparado suplicantes: no. Si aquí hay sacrilegio, será para toda la ciudad, y así al pueblo en común toca procurar el remedio. Yo no puedo hacer promesa ninguna sin comunicarlo antes con todos los ciudadanos.

CORO

Tú eres la ciudad; tú eres el pueblo; tú, que eres sumo juez a quien nadie juzga, e imperas en el altar, hogar común de la patria. Con sólo tu voto, a una seña tuya, todo lo decides desde lo alto de tu trono, donde no hay más cetro que el tuyo. ¡Guárdate de un sacrilegio!

REY

¡Recaiga el sacrilegio sobre mis enemigos! No puedo daros auxilio sin daño para mí, ni despreciar vuestras súplicas sin tocar en lo inhumano. No sé qué hacer, no sé qué partido tomar, y el alma se llena de temor lo mismo si quiero concederte lo que pides, que si quiero negártelo.

CORO

Piensa en aquel que desde lo alto está velando por nosotras; en aquel custodio de los mortales atribulados que acuden a sus prójimos y no consiguen ser oídos en sus justas súplicas. Nada hay que aplaque la cólera de Zeus, protector de los suplicantes, encendida con los lamentos del que padece.

REY

Pero si los hijos de Egipto alegan derecho sobre ti por las leyes de su pueblo, a título de tus parientes más próximos, ¿quién querrá oponerse a su demanda? Preciso que será que excepciones con las leyes de Egipto, probando que conforme a ellas no tienen sobre ti autoridad ninguna.

CORO

¡Jamás me vea yo en manos de esos hombres! Por huír de tan odioso himeneo me aventuré a esta larga travesía y me puse a merced de las estrellas del cielo, que me guiaron. Toma, pues, por aliado a la Justicia, y decreta como pide la piedad que se debe a los dioses.

REY

La causa no es tan fácil de juzgar. No me tomes por juez. Ya dije antes que yo no haría nada sin el pueblo. Cuando tuviera potestad para ello, no querría yo que el pueblo pudiese decir nunca, si teníamos algún desastre: por favorecer a unos extranjeros has perdido a Argos.

CORO

Zeus es el juez de esta causa entre mis parientes y yo; Zeus, que se inclina siempre del lado de la justicia, y a cada cual le da lo que se merece: castigo a los inicuos, y premio a los justos. Siendo la balanza igual para todos, ¿qué mal temes tú que te avenga por hacer justicia?

REY

Negocio es éste que pide reflexión profunda. A modo del buzo que desciende al fondo del abismo, necesito yo un ojo perspicaz y nada turbado de la embriaguez, porque estas cosas sin daño para la ciudad ni para nosotros felicísimamente se rematen. No quiero que las reclamaciones de los Egipcios nos traigan una guerra; pero tampoco que por entregaros a vosotras, después que habéis buscado asilo en las aras de nuestros dioses, nos granjeemos el tremendo castigo de aquel dios vengador, huésped terrible que no se aparta del culpado ni en la muerte, sino que le persigue en el seno mismo del infierno. ¿Os parece, por ventura, que no necesito considerarlo para llegar a una buena resolución?

CORO

Mira solícito por nosotras; sé nuestro piadoso patrono, como es justo.

No hagas traición a una fugitiva a quien una impía violencia ha sacado de tan lejanas tierras.

¡Oh, tú, absoluto señor de esta comarca, no quieras ver que me arranquen de las aras de todos estos dioses a cuya sombra busqué un asilo! Reconoce la insolencia de aquellos hombres, y guárdate de la cólera del cielo.

No sufras que a tus ojos esta suplicante sea arrancada del pie de estos divinos simulacros, con agravio de la justicia, y que tiren de mí como de una yegua, asiéndome de las cintas que adornan mi frente y de los velos que me cubren.

Porque ten por cierto que, según como obrares, así les aguardará la recompensa a tus hijos y a tu casa. Tales son los justos juicios de Zeus. Considéralo bien.

REY

Ya está considerado; ahí vienen a dar todos mis pensamientos: o pelear con los hijos de Egipto, o pelear con los dioses. Fuerza es lo uno o lo otro; no hay salida. Ya está claveteada y carenada la nave, y rueda sobre los rodillos. Dondequiera que me vuelva me he de encontrar con el mal. Puede el que perdió su casa y su hacienda, levantarse a mayor fortuna que antes tuvo y juntar grandes riquezas, si así place a Zeus, dispensador de todo bien. Las heridas que abrió en el ánimo una lengua indiscreta, ella misma puede curarlas; conque una palabra vendrá a ser el bálsamo de otra palabra. Pero que corra la sangre de los nuestros... calamidad como ésta es necesario que no suceda. Hagamos espléndidos sacrificios; ofrezcamos a los dioses miles de víctimas, que éste es seguro remedio contra los males. Quizá me engaño por completo acerca de esta contienda; pero quiero más bien ser agorero ignorante que no sabio previsor de desdichas. ¡Ojalá contra mi juicio tengamos buen suceso!

CORO

Escucha una palabra para fin de tantas súplicas.

REY

He escuchado hasta ahora. Puedes hablar, que no desoiré lo que digas.

CORO

Mira estos ceñidores con que sujeto mi túnica a la cintura.

REY

Muy propios de los arreos femeniles ciertamente.

CORO

Pues ten entendido que ellos serán excelente recurso.

REY

¡Explícate! ¿Qué quieres significar con eso?

CORO

Si no das una seguridad a estas fugitivas...

REY

¿Para qué te servirá entonces el recurso de esos ceñidores?...

CORO

Para adornar a esas imágenes con ex-votos nunca vistos.

REY

¿Qué enigma es ese? Habla claro.

CORO

Al punto nos colgaremos de esas imágenes.

REY

¡Oh, qué palabras que me han herido en el corazón!

CORO

¿Comprendiste?... ¡Bien claramente me he expresado!

REY

¡Cuánto imposible! ¡Multitud de males viene sobre mí como torrente que se desborda! ¡Heme aquí en este mar sin fondo de la desgracia, donde me anego sin poder ganar la orilla, ni hallar puerto que me abrigue contra mis desventuras! Porque si no accedo a lo que deseas, me amenazas con una resolución de cuya mancha jamás podríamos lavarnos; y si he de venir a trance de batalla con los hijos de Egipto, tus deudos, delante de nuestros muros, ¿cómo no sernos amargo, que por defender a unas mujeres hayamos de ensangrentar el suelo de la patria con la sangre de sus hijos? Y con todo, ello es fuerza temer la cólera de Zeus, patrono de los suplicantes; que no hay para los hombres más formidable temor. Anda, anciano, tú como padre de estas vírgenes toma en tus brazos esos ramos, y al punto llévalos a las aras de los otros dioses de nuestro pueblo, para que todos los ciudadanos puedan saber la razón de vuestra llegada. Así no hablarán contra mí; que el pueblo es de suyo amigo de culpar al que manda. Al ver esos ramos fácilmente se moverá a piedad, y todos los Argivos se pondrán de vuestra parte con más empeño aún en odio a vuestros insolentes perseguidores. No hay uno entre ellos que no se incline a favorecer al débil.

DANAO

De grande estima es para nosotros el haber encontrado patrono tan respetable. Pero manda conmigo gentes del país que me acompañen y me enseñen el camino a fin de que podamos dar con las aras, que se alzan fronteras a los templos donde moran vuestros dioses tutelares, y discurramos seguros por la ciudad. Porque nuestro aire y porte no es el mismo que el vuestro. La raza que cría el Nilo no se parece a la de las riberas del Ínaco. Guarda, no sea que la demasiada confianza nos dé qué temer. Ya se ha visto al amigo matar por ignorancia al amigo.

REY

Acompañadle, guardias. Dice bien el extranjero. Guiadle a las aras y templos de los dioses de la ciudad. Y poco hablar con los que os encontréis al paso: que vais acompañando a un extranjero, que llegó por mar, y quiere postrarse en el santuario de nuestros dioses.

(Vase DANAO acompañado de algunos guardias.)

CORO

Tú te has dirigido a mi padre, y ya sabe él a qué ha de acomodar su conducta; pero yo ¿qué haré? ¿Cómo proveerás a mi seguridad?

REY

Deja ahí esos ramos, ese emblema del dolor.

CORO

Y bien, ya los dejo, obediente a tus palabras y autoridad.

REY

Ahora retírate a aquel dilatado bosque.

CORO

¿Y qué defensa puede ofrecerme un bosque profano?

REY

No te entregaremos ciertamente a las aves de rapiña.

CORO

¿Y qué, si me entregas a hombres más aborrecibles que los crueles dragones?

REY

Hable bien el que es bien tratado.

CORO

No es maravilla que el temor que se alberga en nuestro pecho nos haga poco sufridas.

REY

Pero siempre se desconfía demasiado de los reyes.

CORO

Devuélvenos tú la alegría con tus palabras y con tus acciones.

REY

Vuestro padre no os dejará solas mucho tiempo. Yo convocaré a los Argivos y trataré de persuadir a la ciudad, y de ver cómo puedo ganarla en favor vuestro. Ya advertiré a tu padre lo que debe decir. Por tanto, espera aquí. Eleva tus preces a los dioses de Argos, y pídeles que se logren tus deseos. Yo marcho a disponerlo todo. ¡Asístanme la Persuasión y la Fortuna para alcanzar feliz suceso!

(Vase con su acompañamiento.)

CORO

¡Rey de reyes, santo de los santos, potestad altísima sobre todas las potestades, bienaventurado Zeus, escucha mis votos y haz que lleguen a cumplimiento! Aleja de nosotros a aquellos hombres insolentes; muéstrales tu justo enojo; hunde en las purpúreas olas del mar la nave fatal y sus negros remeros.

Mira por estas mujeres; mira por nuestro antiguo linaje, descendencia de una mujer que te fué cara. Renueva la memoria de tus amores; acuérdate bien cuando tu mano acariciaba la frente de aquella Io, por la cual nos gloriamos de ser oriundas de esta tierra donde nos amparamos hoy.

En ella estamos ahora marchando sobre los mismos antiguos pasos de mi madre. Aquí en los floridos campos y herbosos prados donde ella se apacentaba, siempre bajo los ojos vigilantes del pastor Argos; aquí de donde, perseguida por el tábano, huyó furiosa, atravesando pueblos y pueblos. Sumisa a su destino, pasa a nado el undoso estrecho, y demarca así entrambos continentes.

Echa por Asia; atraviesa la Frigia, en rebaños abundante, y la ciudad misia de Teutras, y los valles de Lydia, y los Cilicios montes; deja atrás con precipitado curso la tierra de los Panfilios, y los ríos de perenne corriente, y la región de la opulencia, y el suelo consagrado a Afrodita, liberal en doradas espigas.

Aguijada por el dardo del alado boyero, llega a los feracísimos campos de Zeus, a aquellos prados que las nieves fecundan cuando contra ellos se desata la cólera de Tifón, el Nilo de saludables y no contaminadas linfas. Ahí se lanza Io fuera de sí con el azote de los afrentosos trabajos y agudos dolores que la hace padecer la furibunda Hera.

Los hombres que habitaban la comarca por aquel entonces, palidecieron y comenzaron a temblar al ver aquella extraña figura; aquel bruto espantable y semihumano, mitad mujer y mitad vaquilla; quedáronse estupefactos del prodigio. ¿Quién fué el que endulzó entonces las penas de la errante y sin ventura Io, y la libró del tábano que la acosaba?

Zeus, el rey que reinará por siglos de siglos...

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

Con su poder incontrastable, con su divino aliento pone fin a aquella violencia. Io, así que recobra la razón, siente que los encendidos colores de la honestidad asoman a su rostro, y se deshace en lágrimas considerando sus desventuras. Pero ya había concebido en su seno el fruto de los divinos amores. Así fué en verdad, que luego parió un hijo sin tacha.

El cual gozó de felicidad colmada por toda su larga vida. De donde toda la tierra dijo a una voz: “¡Vivífica descendencia! ¡de Zeus es a no dudar! ¿Pues quién otro hubiese podido poner fin a los males causados por el rencor de Hera? ¡Obra de Zeus es ésta!” Y nosotras, la descendencia de Épafo. Proclamándolo así no digo más que la verdad.

¿A qué otro dios pudiera yo invocar con más justos títulos que a aquel padre, primer autor de mi linaje; a aquel poderoso señor que con sola su mano fecundó a Io, y fundó larga descendencia; a aquel Zeus por quien viene todo remedio en los trabajos?

No hay potestad alguna sobre él. En grandes y pequeños, en todos reina como señor altísimo. Nadie se sienta en más encumbrado trono, ni puede alegar títulos a su acatamiento. Habla, y se sigue la obra, y al punto se cumple lo que decreta su mente.

(Sale DANAO.)

DANAO

Ánimo, hijas. Nuestras cosas con los Argivos van bien. El pueblo todo ha votado por nosotros.

CORO

¡Salve, anciano padre mío, que tan gratas nuevas me anuncias! Pero dinos qué se ha decretado; qué resolución se llevó la mayoría del pueblo.

DANAO

Allí no hubo pareceres, sino que de modo fué que sentía yo remozarse mi vieja alma. El aire apareció como erizado de diestras que se alzaban de todo el pueblo argivo entero que a una voz sancionaba el decreto. Podremos vivir aquí libres, y sin que mortal alguno pueda reclamarnos, gozando del derecho de asilo: nadie, ni ciudadano ni extranjero, nos arrancará de estos lugares. Notado de infame será y desterrado por el pueblo, cualquier argivo que no acuda en nuestro socorro, si por ventura se tratase de usar de la fuerza. Tal fué la sentencia que en pro nuestro obtuvo el rey de los Pelasgos con su persuasiva palabra. “Cuidad, les decía, no amontonéis para lo porvenir sobre la ciudad de Argos la tremenda cólera de Zeus, que protege a los suplicantes. Ved que dos veces los agraviaríais por huéspedes y por ciudadanos, y que sería esto afrenta manifiesta de nuestra ciudad, y principio de males sin remedio.” Lo cual, así que el pueblo lo oyó, sin aguardar la voz del pregonero, todos los Argivos levantaron las manos, confirmando y ratificando lo que el rey decía. Los Pelasgos se dejaron mover de la palabra persuasiva que les hablaba; Zeus consumó la obra.

CORO

Ea, pues, respondamos con votos de bendición al bien que nos hacen los Argivos. Zeus hospitalario atiende a la verdad con que la lengua de esta huéspeda agradecida le ofrece tributo de honor y alabanza, para que nuestros votos todos alcancen cabal y felicísimo suceso.

Vosotros también, dioses hijos de Zeus, escuchad las preces que por este pueblo os dirigimos. Nunca jamás se vea presa de las llamas la ciudad de los Pelasgos, ni oiga el bárbaro y desapacible clamor de la pelea. Vaya Ares a segar hombres a otros campos. Porque se apiadaron de nosotras, y nos dieron voto favorable, y tuvieron respeto para estas suplicantes de Zeus, para este mísero rebaño.

No han desoído la demanda de unas débiles mujeres por sentenciar a favor de sus perseguidores, sino que pusieron la consideración en aquel vengador divino, celador de toda obra, en sus castigos inevitable. Imposible que techo ninguno pudiera resistir el peso de la divina venganza; ¡que es abrumadora pesadumbre! Pero han respetado nuestra sangre; han respetado a las que suplicaban en nombre de Zeus santísimo, y sus sacrificios serán puros y aceptos a los dioses.

Salgan, pues, de mi boca sombreada por estas coronas de olivo, palabras de bendición y dicha. Nunca jamás la peste deje a esta ciudad yerma de sus hijos, ni guerras intestinas ensangrienten su suelo. Viva intacta en su tallo la flor de tu juventud sin que el amante de Afrodita, sin que el enemigo mortal de los hombres, Ares, venga a cortarla en su gallarda lozanía.

Véanse rodeadas las aras humeantes de sus dioses de ancianos venerables con que la república esté siempre bien y sabiamente regida. Rinda el pueblo continuo culto de adoración al gran Zeus, altísimo amparador de la hospitalidad, que con antigua ley dispone el destino de los humanos. ¡Jamás se extinga la raza de los fieles celadores de esta tierra! ¡Dígnese Artemisa Hécate asistir al parto de sus matronas!

Lejos de aquí las discordias civiles que pierden a los hombres, y arruinan las ciudades, y ahuyentan los músicos apacibles coros, y arman el brazo de Ares, fiero provocador de lágrimas para los pueblos, y de voces lastimosas. Fuera de aquí el enjambre enfadoso de las enfermedades; vaya a posarse lejos de la cabeza de estos ciudadanos. Apolo Liceo vele amoroso por toda la juventud argiva.

Haga Zeus que en todo tiempo y estación produzca la fecunda tierra frutos sazonados, y que los rebaños pueblen la pradera herbosa de numerosas crías. ¡No haya bien que Argos no reciba de los dioses! Rompan las musas, diosas del saber y del canto, en himnos de bendición y alegría, y acompañe la cítara los acentos de su boca sagrada.

¡Ojalá que el pueblo, que es el soberano de la ciudad, guarde sin mancha ni menoscabo el honor de sus legítimos derechos, y que los que le manden provean siempre solícitos al bien común! Con el extranjero antes sean prontos a entrar en pláticas que a declarar la guerra, y quieran más satisfacer de justos que de vencidos.

Honren siempre a los dioses tutelares de la comarca con aquellos homenajes que les tributaban sus antepasados. Ofrézcanles víctimas de bueyes, y coronen de laurel sus altares. Así honrarán también a los que les dieron la vida; que es otro de los tres preceptos que están escritos en las leyes de la Justicia suma y perfectísima.

DANAO

Alabo esos buenos deseos, hijas mías. Pero escuchad ahora sin alborotaros la inesperada nueva que tiene que daros vuestro padre. Desde la atalaya de esta colina, asilo de nuestras súplicas, diviso un navío: se ve harto bien para que me engañe. Distingo todo el aparejo y velamen de él, y los parapetos con que se cubren sus remeros y hombres de guerra. Allá veo la proa que sigue su derrota mirando hacia nosotros; ¡demasiado obediente el timón, que desde popa le rige; porque no es ninguna nave amiga aquélla! Las blancas túnicas de los marineros hacen resaltar lo negro de sus miembros. He allí que aparecen bien claro las demás naves: toda la escuadra está a la vista. La capitana ha amainado velas, y forzando remos vira hacia la playa. Miradlo con calma. Prudencia, y no olvidaros de estos dioses, que es lo que importa. Yo parto en busca de defensores que tomen sobre sí nuestra causa, y vuelvo al punto. Quizá venga algún heraldo o alguno de los príncipes queriendo poner mano en vosotras y llevaros consigo; pero nada harán. No tembléis al verlos. No obstante, por si se retarda el socorro, lo mejor será que no os olvidéis nunca de que en esas aras está vuestra defensa. ¡Ánimo! Al fin, a su tiempo y día el mortal que menosprecie a los dioses paga la pena que merece.

CORO

¡Padre, estoy temblando! Ya abordan las naves, impelidas de sus ligeras alas. Dentro de un instante los tenemos aquí. El pavor se apodera de mi alma, ¡y con razón! ¿De qué me sirvió mi precipitada huída? ¡Me muero de miedo, padre mío!

DANAO

¡Valor, hijas! Pues que los Argivos han decretado a tu favor, ellos pelearán por vosotras; estoy cierto de ello.

CORO

Son una procaz y malvada ralea estos hijos de Egipto, que no se hartan nunca de contiendas. Se lo estoy diciendo a quien lo sabe como yo. Por saciar su encono se han hecho a la mar con todas esas negras y bien trabadas naves, y con tal aparato de atezada y numerosa gente de armas.

DANAO

Con quien tendrán que habérselas son muchos en número también y de brazos endurecidos y curtidos por los rayos del sol del Mediodía.

CORO

No me dejes sola, padre; te lo suplico. Una mujer abandonada a sí sola, nada es. El valor de las batallas no se alberga en su corazón. Y ellos... ellos son impíos y de bien torcidos y bajos pensamientos, y no serás más respetuosos con las aras de los dioses que los cuervos.

DANAO

Lo cual ayudará a maravilla a nuestros deseos, hijas mías, pues que tan odiosos como a vosotras les serán a los dioses.

CORO

Por temor a esos tridentes ni a la majestad de estas imágenes no dejarán de poner manos en nosotras, padre; que son por demás soberbios e impíos esos rabiosos y desvergonzados perros, y se harán sordos a la voz de los dioses.

DANAO

Pero sabido es que los lobos pueden más que los perros. El fruto del papiro no aventaja a la espiga.

CORO

Con todo, guardémonos de su poder; que encierran en su pecho toda la rabia y crueldad de las bestias feroces.

DANAO

No es maniobra tan pronta la arribada y desembarco de una armada. No se hallan al paso los fondeaderos, ni en todo paraje se puede amarrar los cables sin peligro, ni así a la primera se fía a las anclas un patrón de nave; y más cuando se aborda a tierra donde no hay puertos. Al ponerse el sol y venir ya la noche, el timonel más experto se llena siempre de temores vivísimos, aunque se eche el viento y la mar duerma serena y en calma. Antes de encontrar fondeadero cómodo donde la armada pueda confiarse, la gente de mar no haría desembarco seguro. Piensa tú que el terror no te haga olvidar a los dioses, y pídeles su auxilio. Yo corro a avisar a la ciudad. No me desatenderá, porque viejo como soy, mi corazón y mi lengua son jóvenes todavía.

(Vase.)

CORO

¡Oh tierra montuosa, de mí con tanta justicia venerada! ¿Qué va a ser de nosotras? ¿Dónde refugiarme en esta tierra de Apis? ¿Habrá alguna sombría y caliginosa caverna donde nos ocultemos? ¡Que no me volviera yo negro humo para subir hasta las nubes de Zeus y allí desvanecerme; o bien, que no pudiese yo volar sin alas como el polvo y desaparecer en el aire!

¡Alienta, corazón, ten fuerzas para huír de aquí! Pero ¡ay! que mi corazón tan sólo las tiene para palpitar, cubierto con las negras sombras del espanto. Estos lugares, donde mi padre vió mi salvación, serán mi ruina. ¡Me muero de terror! Echémonos un lazo al cuello y quitémonos la vida antes que nos lleguen las manos de esos hombres abominables. ¡Antes muertas y sometidas al imperio caliginoso de Hades!

¡Quién me diera a mí un lugar en aquellos etéreos espacios donde la nieve se engendra en las acuosas nubes, o la escueta cima de altiva, tajada y áspera roca, que se pierde en las alturas; yerma, cerrada a las cabras, y sólo de los buitres apetecida! Siquiera me aseguraría caída de muerte, antes que pasar por un cruel himeneo que rechaza mi corazón.

Y luego, sea yo pasto de los perros y aves de esta tierra; no diré que no: el morir libra de lágrimas y males. ¡Venga la muerte antes que la consumación de esas bodas! ¿Dónde, si no, encontrar camino que de ellas me liberte?

¡Alza hasta el cielo tu triste voz; rompe en doloridas letanías que te alcancen de los dioses auxilio y remedio contra tus penas! Padre celestial, tú cuyos severos ojos aborrecen la iniquidad, mira la bárbara fuerza que se me hace. ¡Sé benigno con tus suplicantes, soberano señor de la tierra, Zeus omnipotente!

Porque los hijos de Egipto con insolencia intolerable corren tras de mí, y me persiguen y acosan con grandes voces por ver de lograrme, siquier tengan que usar de la fuerza. Pero sobre todo está el fiel de tu balanza. Sin ti ¡qué pueden los mortales!

¡Oh, oh, oh! ¡ah, ah, ah! ¡Nuestro raptor, que dejó ya la nave y saltó en tierra! ¡Así mueras a mi vista antes de llegar aquí, raptor inicuo! ¡Socorro, socorro! ¡Por todas partes se oyen mis gritos de terror y angustia! ¡Principios de los males y violencias que me aguardan, ya os veo! — ¡Pronto, pronto, venid a favorecer nuestra huída! — ¡Por tierra y por mar resuenan los brutales y odiosos alaridos de la lascivia de nuestros perseguidores, codiciosa de satisfacerse! ¡Protégenos, señor del universo!

(Sale un HERALDO egipcio con acompañamiento de soldados.)

HERALDO

¡Corriendo, corriendo, a las naves! ¡Pronto!

CORO

¡Bien, aquí nos tenéis! ¡Heridnos el rostro; maltratadnos; cortadnos la cabeza; derramad nuestra sangre toda!

HERALDO

¡Corre, infeliz, corre a la nave! ¡Ven conmigo por el dilatado espacio donde se agitan las saladas ondas! Cede por fin al deseo de tu señor y al poder de su férrea lanza. Bañada en sangre te arrojaré en la nave. Allí, tendida en el fondo, podrás gritar cuanto quieras. Ceda, mal que te pese, tu obstinada locura. ¡Lo mando!

CORO

¡Ay, ay de mí!

HERALDO

Deja esas aras; anda a la nave. Ven a adorar a los dioses que venera nuestro pueblo.

CORO

¡Nunca más vuelva yo a ver el almo río, el de las crecidas fecundantes, el de las aguas vivíficas que vigorizan la sangre de los hombres! Mi patria, anciano, mi antigua y sagrada patria es la tierra donde se alzan las aras de estos dioses.

HERALDO

Que quieras que no, a la nave irás; a la nave, y pronto. Sucumbirás a la fuerza; a la fuerza de tu señor, que es poderosa; y después de haber recibido miles de ultrajes de sus manos crueles, tendrás que sufrir su lecho.

CORO

¡Ay, ay! ¡Ojalá hubieses perecido miserablemente al cruzar la movible selva de los mares, arrojado por desecha borrasca contra el arenoso promontorio de Sarpedón!

HERALDO

Grita; vocifera; llama a los dioses. No escaparás a la nave egipcia. Grita, clama; puedes quejarte de tu miseria con más amargura todavía.

CORO

¡Ay cielos! ¡Perezcas tú frente a esas costas dando voces y ladridos; tú que tan jactancioso me escarneces! ¡Que el caudaloso Nilo, que te crió, te haga desaparecer a ti, insolente, y a tu insolencia!

HERALDO

Andad, os digo. La nave ya se balancea en las ondas. ¡Pronto! Nada de tardanzas, y así no seréis llevadas de los cabellos.

CORO

¡Ay, ay, Padre mío celestial! ¡Busqué mi defensa en estas aras, y hallé mi perdición! Ya me arrastran al mar. Ya me cercan, y se van llegando a mí como la araña a su presa. ¡Parece un sueño!... ¡sueño negro y espantoso! ¡Socorro, socorro! ¡Madre Tierra, madre Tierra, aleja de mí estos gritos furiosos que me llenan de espanto! ¡Oh Rey, hijo de Gea! ¡Oh Zeus!

HERALDO

No temo yo a los dioses de este pueblo. Ni ellos me criaron de niño, ni ellos me han de sostener en la vejez.

CORO

Cerca de mí bípeda serpiente se retuerce furiosa. ¡Es una víbora que me va a sujetar entre sus dientes! ¡Socorro, socorro! ¡Madre Tierra, madre Tierra; aleja de mí esos gritos que me llenan de espanto! ¡Oh Rey, hijo de Gea! ¡Oh Zeus!

HERALDO

Si no venís a la nave, si no me obedecéis, no me detengo ante vuestros vestidos, y los hago jiras.

CORO

¡Favor, príncipes que veláis por la ciudad, que me roban!

HERALDO

¿Príncipes llamáis que os acorran? Pronto vais a ver aquí, no uno, sino muchos: a todos los hijos de Egipto. Perded cuidado, que no os quejaréis por falta de señores.

(Sale el REY con su acompañamiento.)

CORO

¡Perdidas somos! — ¡Oh Rey, qué nunca vista violencia!

HERALDO

Paréceme que os voy a llevar arrastrando de los cabellos, ya que no queréis atender a mis razones.

REY

¡Hola, tú! ¿qué estás haciendo ahí? ¿Qué arrogancia es esa con que ultrajas esta tierra, la tierra pelásgica? ¿Por ventura piensas que has venido a una ciudad de mujeres? Para ser bárbaro, alardeas demasiado con los Griegos. Grave es tu atentado: sin duda tienes perdido el juicio.

HERALDO

Pues ¿en qué yerro yo, ni me aparto de la justicia?

REY

En primer lugar, con ser extranjero no sabes lo que es hospitalidad.

HERALDO

¿Cómo que no? Encuentro lo que perdí, y lo recobro.

REY

Y ¿a cuál de los patronos que la ciudad tiene diputados para proteger a los extranjeros, los reclamaste tú?

HERALDO

A Hermes, máximo patrono de los extranjeros, y abogado de las cosas perdidas.

REY

¡Hablas de invocar a los dioses, y no tienes para los dioses ninguna reverencia!

HERALDO

Yo venero a los dioses del Nilo.

REY

A lo que te oigo, ¿los de aquí no son nada?

HERALDO

Si no es que por la fuerza me las quitáis, yo me las he de llevar.

REY

Pudiera ser que lo llorases si las tocas, y no muy tarde.

HERALDO

¡Nada tienen de hospitalarias tus palabras!

REY

Yo no doy jamás hospitalidad a los que ultrajan a los dioses.

HERALDO

¿Irías tú a decir eso a los hijos de Egipto?

REY

Y ¿qué cuidado me podrá dar a mí?

HERALDO

Pero, en fin, para que yo lo sepa y pueda comunicarlo mejor, según conviene a un heraldo que debe hacer relación fiel y exacta de cada punto; en fin, ¿quién eres tú? ¿Quién les digo que les ha tomado sus primas hermanas? ¡Asegúroos que Ares no llamará testigos para dirimir esta contienda, ni admitirá composición, sino que antes que sentencie han de caer muchos hombres y han de perderse muchas vidas entre agonías espantosas!

REY

¿A qué decirte mi nombre? Luego lo aprenderéis lo mismo tú que los que vienen contigo. Si estas doncellas lo quieren así, y ese es el deseo de su corazón; si con blandas y comedidas razones las persuades, puedes llevártelas; mas a la fuerza no se te entregarán. Así lo ha proclamado y ratificado la ciudad de Argos por voto unánime. Y el decreto está bien clavado, de modo que nadie será poderoso a moverlo. No lo hemos grabado en tablas, ni lo refrendamos y confirmamos en las vueltas de un papiro; pero te lo dice, fiándotelo, la boca de un hombre libre. Quítate cuanto antes de mi vista.

HERALDO

Sábelo, pues: pronto tendréis guerra. ¡Sean la victoria y la dominación de los que sean hombres!

REY

Aquí, en los ciudadanos de Argos encontraréis hombres, y que no beben vino de cebada. (Vase el Heraldo.) — Vosotras, cobrad ánimos, y acompañadas de vuestras fieles siervas, dirigíos todas a la ciudad: está muy bien guarnecida de muros, y fortificada con torres de profundo y solidísimo cimiento. Allí encontraréis muchos edificios públicos que poder ofreceros, y aun mi casa, pues no se labró con encogida y corta mano. Es gran contento habitar bien dispuesta casa en numerosa compañía; pero si os aplace más vivir solas, podéis hacerlo así. Pronto está todo; escoged, pues, lo que mejor os parezca y más os agrade. Yo estoy aquí para defenderos, y conmigo los ciudadanos todos; que por voto unánime se han empeñado en esta empresa. ¿Podrás esperar tú mejor fianza?

CORO

¡No en verdad! ¡Antes, divino rey de los Pelasgos, que seas colmado de bienes en premio del que tú nos haces! Pero dígnate traernos aquí a nuestro animoso padre Danao; a nuestro guía y consejero. Su consejo ha de resolver qué casa nos conviene habitar y dónde debe ser nuestro puesto. Tratándose de extranjeros, cada cual se apresura a murmurarlos. Sigamos el partido más prudente.

REY

Vosotras seréis recibidas en la ciudad con aplauso de todo el pueblo, y nadie os ofenderá, ni tendrá para vosotras más que palabras de alabanza. Fieles siervas, marchad en su compañía, y cada una con aquella a cuyo servicio la hubiese destinado Danao.

(Sale DANAO.)

DANAO

Bendigamos a los Argivos, hijas mías, y ofrezcámosles sacrificios y libaciones como a los dioses del Olimpo, porque todos ellos sin excepción, acaban de salvarnos. Con grande acedía y enojo oyeron de mi boca lo sucedido con nuestros obstinados deudos; y luego ordenaron que viniesen escoltándome estos guardias armados por hacerme honor y para estorbar que golpe aleve e inesperado me diese muerte: con que caería sobre este suelo mancha sempiterna. Después de tales beneficios les debéis aún más acendrado agradecimiento y reverencia que a mí. Grabad ahora en vuestra mente esta máxima junto a los demás avisos que os dió la prudencia de vuestro padre: el tiempo es el que prueba lo que son y valen los desconocidos. Al extranjero que se avecinda entre nosotros, todos nos adelantamos a murmurarle, y la lengua anda lista para demostrarlo y ejercitarse a su costa. Encarézcoos, pues, que cuidéis de no afrentarme, porque estáis en ese verdor de la mocedad que tanto atrae las miradas de los hombres. Fruta en sazón nunca fué buena de guardar: todos son a arrebatarla, los hombres y las fieras; las alimañas que surcan los aires, y las que se arrastran por el suelo. ¿Y cómo no? Cipris convida a voz de pregón a coger el fruto sazonado, y marchita su lozanía y no deja vivir la flor. Cualquiera que pasa junto a una doncella se siente vencido del deseo, y lanza sobre los encantos de su hermosura dardo de amorosa mirada. ¡Mirad, no veamos menoscabada nuestra honra, que tantos trabajos nos ha costado salvar, y por la cual tan dilatados mares hemos tenido que correr; que esto sería trabajar en nuestra afrenta y en contento de nuestros enemigos! En cuanto a habitación donde nos alojemos, dos hay, la de Pelasgo, y la que nos ofrece la ciudad, y ambas sin merced ninguna; negocio es, pues, de bien poca monta. Sólo os digo que guardéis las advertencias de vuestro padre, y tengáis la honestidad en más que la vida.

CORO

Quieran los dioses favorecernos en todo lo demás, que en cuanto a mi mocedad, descuida, padre, que a no determinar otra cosa los dioses, no se ha de apartar paso mi corazón de la senda que ha emprendido.

PRIMER SEMICORO

Marchad; celebrad con jubilosos cánticos a los bienaventurados dioses, señores y patronos de la ciudad, y a los que habitan las riberas del antiguo Erasino.

SEGUNDO SEMICORO

Responded a mis cánticos, vosotras que me acompañáis. ¡Gloria y alabanza a la ciudad de los Pelasgos! ¡Ya no más celebrar con mis himnos las aguas del Nilo!

PRIMER SEMICORO

Sino los ríos que tienden sus múltiples brazos por esta región, y con sus sabrosas fecundantes aguas alegran y sustentan sus campiñas.

SEGUNDO SEMICORO

Mire con piedad la casta Artemisa a estas mujeres fugitivas. Que Cithera no nos imponga sus lazos por la fuerza: ¡tormento aborrecible!

PRIMER SEMICORO

Cipris, tampoco te olvido a ti en mis piadosos cultos. Tu poder con el de Hera iguala casi al de Zeus. Tus golpes, oh astuta diosa, son temidos de los mortales, y así intentan ganarte con homenajes reverentes.

SEGUNDO SEMICORO

Acompáñanla siempre, como a su querida madre, el Deseo, y la blanda Persuasión a quien nadie se resiste y aquella Harmonía, a la cual ha dado en suerte Afrodita los susurrantes requiebros de los amores.

PRIMER SEMICORO

Pero ¡ay! ¡que temo mucho la tormenta que se ha de levantar con mi huída; los fieros males y sangrientas guerras que han de sobrevenir! ¿Por qué hicieron tan feliz navegación nuestros activos y tenaces perseguidores?

SEGUNDO SEMICORO

¡Cúmplanse los decretos del Destino! Nadie hay que pueda escapar a los designios altísimos e insondables de Zeus. ¡Quizá como tantas otras mujeres antes de nosotras, habremos de acabar por contraer un lazo aborrecido!

PRIMER SEMICORO

¡Gran Zeus, aparta de mí el himeneo con los hijos de Egipto!

SEGUNDO SEMICORO

¡Sería eso el mayor de los bienes! Pero quizá tratas de mover a un dios inexorable.

PRIMER SEMICORO

Lo que ha de suceder no lo sabes tú.

SEGUNDO SEMICORO

¿A qué esforzarme a penetrar en el abismo de la mente de Zeus, a cuyo fondo no llegó jamás mirada alguna? Sé más moderada en tus deseos.

PRIMER SEMICORO

¿Por qué me das esta lección?

SEGUNDO SEMICORO

Porque no te atrevas curiosa a las cosas divinas.

PRIMER SEMICORO

¡Soberano Zeus, líbranos de un himeneo funesto y aborrecido! Tú libraste a Io de sus males, acariciándola con mano que la volvió la salud. ¡Dichosa fuerza aquélla, donde se engendró nuestro linaje!

SEGUNDO SEMICORO

¡Danos la victoria, que somos débiles mujeres! ¡Permita el cielo que entre dos males tan sólo padezca el menor, templado siquiera con algún bien! Alcancen mis súplicas que la Justicia triunfe de sus enemigos con ayuda de los dioses.

APÉNDICE

LOS POETAS TRÁGICOS

Eskylo es el viejo ático, aristócrata y religioso. Descendía de la generación que levantó en el Ágora un monumento a los Tiranicidas; y fué iniciado en los misterios de Eleusis, en el culto pacificador y purificador de la Mater Dolorosa, de la transparente Deméter. Su espíritu se formó con ejemplos severos y con prácticas augustas. Atrevido y grandioso era el arco de su cabeza; meridiana la claridad de sus pupilas; y, como la gruta de bronce de la Pytia, resonantes y proféticos sus labios. En los momentos crueles del peligro persa, cuando Athenas necesitaba de mucha fe y de mucho valor en sus hijos, encontró en Eskylo un creyente y un héroe. Fué, dice una historia que parece canto de errante aeda, uno de los hoplitas que, en Marathón, después de peinar y trenzar sus cabelleras, como para una fiesta, se lanzaron a paso veloz, cantando estrofas guerreras, sobre las pesadas falanges de los bárbaros; y haciendo vivir, a fuerza de entusiasmo y de bravura, una sangrienta Rapsodia de La Ilíada, desbarataron al enemigo y lo arrojaron hasta la orilla del mar, en donde un hermano del poeta, Cynegiro, murió homéricamente aferrando una galera persa con las manos, y, cortadas éstas, con los dientes, hasta que un segundo tajo hizo rodar su cabeza sobre las olas. Murió a los setenta años, al parecer desterrado, en Sicilia, en el ardiente y trepidante país de los Cíclopes, oyendo los rugidos del Titán que se sacude bajo la mole del Etna. Compuso para su tumba este epitafio: “Esta piedra cubre a Eskylo, hijo de Euphorión. Nacido en Athenas, duerme en las fecundas planicies de Gela. El bosque sagrado de Marathón y el Meda de flotante cabellera dirán si fué valiente: ¡bien lo vieron!” Así nos lo revela su obra, su colosal obra trágica: hondo, alto, pomposo. Con médula de su alma formó personajes “altos de cuatro codos, respirando lanzas y flechas, cascos de penacho refulgente, escudos forrados de siete cueros de buey.” Su musa “celebró las virtudes heroicas de los Patroklos y de los Teukros corazones de león, a fin de contagiar con su ejemplo a los ciudadanos, apenas oyeran la trompeta.” Inventó palabras de sonoridades inauditas, de nunca vistos reflejos; construyó frases fuertes, compactas y bandera al viento, como ejércitos en marcha y “llenó de almenas las alturas del lenguaje.”[2] Decoró la escena con magnificencias dignas del Olimpo; en su Coro cantó como canta el mar, el misterio, el dolor, la anunciación... y tan alto levantó a la Humanidad sobre los coturnos trágicos, que la envidia de los Dioses la corona con una diadema de rayos. Como el árbol para erguirse frondoso necesita encajar sus raíces en las profundidades de la tierra, el poeta sólo alcanza el ideal cuando es verdaderamente humano, cuando tiene prendidas sus fibras en el corazón vivo y nutricio de los hombres. Por humano y por ideal, Eskylo es el trágico heleno que mayor fascinación ejerce sobre el filósofo y sobre el poeta.

[2] Frases tomadas de “Las Ranas” de Aristóphanes.

Eurípides —¡oh, pobre e inquieto y amargo Eurípides!— es el ático decadente. La vida le dió todas las amarguras que enferman, las del amor, las de la filosofía, las del arte. A falta de una, tuvo dos mujeres infieles; quiso, se dice, ser atleta y dibujante; bebió veneno intelectual en los filosofaderos de Athenas; fué raras veces coronado en los concursos trágicos; y la leyenda, cruel leyenda, charlaba que había muerto en tierra extraña devorado, como Acteón, por los perros feroces de las montañas del Epiro. ¿Qué de extraño tiene que haya sido, como lo llama Croiset, un “destructor de ilusiones”? ¿Qué de extraño tiene que haya sido, como dice Benjamín Constant en un admirable anacronismo, “un volteriano”? Por eso introdujo en el teatro “el razonamiento, la argucia, la reflexión; y, con la vida íntima, las rufianas, las hermanas incestuosas, las Phedras impúdicas,” en fin, personajes con úlceras y en andrajos. Pero por eso mismo, por doloroso y por pesimista, es el más interesante para el psicólogo. “Se asemeja, escribe Paul de Saint Victor, a Pédaso, el tercer caballo del carro de Aquiles, que no era de sangre divina como los otros dos, Xantos y Balios; pero que, dice Homero, seguía sin embargo, a los corceles inmortales.”[3]

[3] Les Deux Masques.

Entre estos dos genios extremos está Sóphokles. Entramos en la belleza. Es el Heleno perfecto, el ático por excelencia, es la razón limpia, la imaginación pura y el sentimiento exquisito de Athenas, en la breve e incomparable mañana de su gloria. Es el poeta eminentemente nacional. — Athenas, después de las guerras médicas, sintió crecer su alma; se exaltaron sus facultades, esas admirables facultades de prudencia en la disciplina y de audacia en la acción, de que había dado tantas pruebas para poder salvar a la Grecia; y logró consolidar su imperialismo, como hoy se dice, su hegemonía, como más bellamente se decía entonces, poniéndose al frente de la confederación de Delos, y guiada por el infalible genio de Perikles. Centro político y comercial del mundo griego, respetada y rica, fué también el foco del arte. Con el dinero de los aliados se atavió de templos y de estatuas; y atrayendo, magnética, a los filósofos, a los sabios y a los poetas, pronunció las palabras eternas que nos hacen vivir todavía. En las alturas del Akrópolis consagró el más bello de sus templos, el Parthenón, a Pallas tutelar, guerrera y omnicia. Y semejante al Parthenón fué la elocuencia del Dictador Olímpico, envuelto como una estatua, en los marmóreos pliegues de su manto, porque sus frases viriles y nobles, semejantes a columnas dóricas, encerraban, en pie y armada, una diosa, la verdad, blanca y vestida de oro y pedrerías como la que, dentro de la Cella, en el corazón del templo, habían pulido en el marfil las manos mágicas de Phidias. Y Sóphokles hizo vibrar en los labios de esta Virgen de marfil y de oro el Verso infinito de los espacios celestes. Toda la vida del poeta fué canto y ambrosía. Tuvo de seguro una nodriza de lenguaje inmaculado, como la recomendaba Crysipo, que le murmuró muchas dulzuras en los oídos. Era afable, cordial y piadoso: puso constancia y alegría en sus amistades, calor y luz en sus amores, tranquilidad y esperanza en su culto. Bello como un dios, en los banquetes coronaba su cabellera rubia de violetas y desataba a la ironía su lengua elocuente. Era de los primeros en el gimnasio y no tenía rival cuando, como un Musageta, cantaba acompañándose con la lira. A los veintiocho años obtuvo su primera victoria en los concursos trágicos, compitiendo con el viejo Eskylo. Oíd como la relata Plutarco: “El auditorio estaba dividido: los partidarios de los dos rivales estaban a punto de llegar a las manos. El arconte Aphepsion no se atrevía a sacar en suerte, según el uso, los nombres de los cinco jueces. Cimón, cubierto de gloria por uno de sus recientes triunfos (había pacificado los mares de la Grecia y acababa de traer a Athenas los huesos de Theseo), llega al teatro con sus nueve lugartenientes. Apenas hicieron a los dioses su libación habitual, el Arconte, súbitamente inspirado, ordenó a esos diez jueces que designasen al vencedor: nombraron a Sóphokles. El auditorio, emocionado, respetó el veredicto de los generales victoriosos, y el lustre del juicio hizo callar los celos y las rivalidades. Al día siguiente Eskylo, humillado, partió para Siracusa...”.[4]

[4] Vida de Cimón.

Era la juventud que triunfaba; era la poesía verdadera de Athenas. La Diosa de Phidias no podía hablar de otra manera. Eskylo, con sus concepciones profundas y misteriosas, con su música solemne y fatídica, con sus grupos trágicos monumentales y arcaicos, y con su decoración escénica, abigarrada y pomposa, fatigaba el espíritu de los athenienses, tan amantes de la claridad, de la precisión y del buen gusto. En el genio de Sóphokles se reposaron con beatitud. El dió a los diversos elementos de la tragedia sus proporciones justas y su tranquilo equilibrio; la epopeya, el lirismo, el drama, todo harmoniza en su obra de arte con tal medida, en una gradación de planos y de tonos tan fina y tan suave, que produce el éxtasis de la belleza definitiva y eterna. Sus héroes no son ya las gigantescas víctimas del Destino inexorable que atraviesan el teatro empujados por la mano de un dios, seres primitivos en quienes el acto realiza con terrible violencia las imágenes alucinantes; sino los bellos y nobles tipos de una humanidad superior, conscientes de sus determinaciones, que llevan su destino en sus actos mismos y que revelan en la lucha la grandeza del alma depurada por el amor y por el dolor. Su coro no es ya ese personaje multánime, activo, sugestionador, preponderante, que cubre la tragedia con un inmenso concierto de voces, sino una especie de espectador ideal de la acción que recoge en su espíritu las diferentes impresiones del drama y las expresa, purificadas con la música, en la pastoral jubilosa, en el himno grave y en la plegaria ardiente. Su estilo no es ya esa expresión torturada y ampulosa, obscura y relampagueante de la tragedia titánica; es límpido, diáfano; es el sol de Athenas; y el sol de Athenas, “penetra todo sin choque y sin resistencia, inunda de luz los objetos, pero baña sus contornos voluptuosamente, lo mismo que las olas de su golfo van a unirse con dulzura a las riberas doradas de Phalera.” Harmonía justa del pensamiento y de la expresión, la lengua de Sóphokles es semejante a esos peplos de mármol cuyos pliegues en vez de ocultar, transparentan en todo su esplendor, la forma serena de la estatua. Toda poesía es turbia y amarga al lado de la suya tan cristalina y tan dulce. Junto a él, Eskylo parece un bárbaro pomposo y Eurípides un impostor pedante. Fué el que más premios obtuvo en los certámenes dyonisíacos. Solamente una ocasión un arconte se negó a aceptarle una tragedia; el señor de La Harpe, que sabe el hecho, aplaude; y esto prueba, según Pitágoras, que las almas de los seres inferiores también transmigran. — Murió cubierto de gloria, a los noventa años, como su viejo Edipo, “sin gemidos y sin dolores;” y la leyenda contaba que, recitando los coros de su poema preferido, Antígona, y fijas las sonrientes pupilas en el oro de un ocaso de transfiguración, se le había apagado la voz y se le había caído la lira de las manos... En su tumba grabó el cincel una sirena. Athenas le erigió un santuario y le consagró culto.

Jesús Urueta.

(Fragmento del Ensayo sobre la Tragedia Ática.)

EXPLICACIÓN DE ALGUNOS NOMBRES PROPIOS

Agamemnón, hijo de Atreo, Rey de Micenas, asesinado por su esposa, Clitemnestra, y por Egisto.

Aidoneo, epíteto que se da a Hades o Plutón.

Antígona, princesa hija de Edipo.

Apolo, dios de la poesía, la música y las artes.

Ares, dios de la guerra, hijo de Zeus y de Hera.

Artemisa o Diana, diosa hija de Zeus y de Hera.

Atena, Atenea o Minerva, diosa de la sabiduría, hija de Zeus.

Atossa, reina de Persia, esposa de Darío.

Atlas, hijo de Zeus y de Climena, condenado a sostener sobre sus espaldas el polo de los cielos.

Bía, personificación divina de la Violencia.

Casandra, profetisa, hija de Príamo, hecha esclava por Agamemnón al tomar a Troya.

Cipris, epíteto de la diosa Afrodita.

Clitemnestra, esposa de Agamemnón y madre de Orestes.

Cratos, personificación divina de la Fuerza.

Danao, rey de Egipto, hijo de Belos y padre de las cincuenta Danaides.

Edipo, hijo de Layo, rey de Tebas.

Egisto, hijo de Tiestes, usurpador y matador de Agamemnón.

Egipto, hermano de Danao y rey de Egipto.

Electra, hermana de Orestes, hija de Agamemnón y de Clitemnestra.

Épafo, rey de Egipto, hijo de Io y de Zeus.

Erinnas o Furias, diosas vengadoras de faltas contra el orden moral.

Eris o Discordia, diosa compañera de Ares.

Eteocles, rey de Tebas, hijo de Edipo, hermano de Polinices.

Gea, la Tierra.

Hades o Plutón, dios subterráneo, hijo de Cronos. Significa también la mansión de las tinieblas y de los muertos.

Hefestos o Vulcano, dios del fuego, hijo de Zeus y de Hera.

Hera, diosa esposa de Zeus o Júpiter.

Hermes o Mercurio, dios hijo de Zeus y de Maya.

Io, hija de Ínaco y de la ninfa Melia, amada por Zeus, fué convertida en becerra por Hera.

Ismene, princesa de Tebas, hija de Edipo.

Loxias, epíteto de Apolo.

Orestes, príncipe de Micenas, hijo de Agamemnón, dió muerte a su madre Clitemnestra y a Egisto.

Polinices, príncipe de Tebas, desterrado por su hermano Eteocles.

Poseidón o Neptuno, dios del mar, hijo de Cronos y de Rea.

Prometheo, protector de la raza del hombre; personificación del genio del hombre.

Xerxes, rey de Persia; hijo de Darío.

Zeus, dios máximo, Júpiter entre los romanos.

ÍNDICE

Págs.
[NOTA PRELIMINAR].[5]
[PROMETHEO ENCADENADO].[9]
[LOS SIETE SOBRE THEBAS].[49]
[LOS PERSAS].[91]
LA ORESTIADA:
I.—[AGAMEMNÓN].[135]
II.—[LAS COÉFORAS].[197]
III.—[LAS EUMÉNIDES].[241]
[LAS SUPLICANTES].[281]
[APÉNDICE.—LOS POETAS TRÁGICOS].[323]
[EXPLICACIÓN DE ALGUNOS NOMBRES PROPIOS].[331]

SE ACABÓ DE IMPRIMIR ESTE VOLUMEN EL
DÍA 22 DE JULIO DEL AÑO DE 1921,
EN LOS TALLERES GRÁFICOS
DE LA NACIÓN, BAJO LA DIRECCIÓN
DEL DEPARTAMENTO
EDITORIAL DE
LA UNIVERSIDAD
NACIONAL DE
MÉXICO.