ATEN.

Este pueblo, antigua mision de los franciscanos, se halla situado en medio de montañas, en una hondonada bastante igual, y sus casas, aunque regulares, están desparramadas. Su clima es caliente y húmedo, muy sano por consiguiente, á pesar de las lluvias que caen allí con frecuencia. Su cultivo, sus producciones y su comercio son de la misma naturaleza que en Apolo: críanse tambien algunos ganados en las llanuras herbosas de Tupili.

El número de sus habitantes alcanza poco mas ó ménos á mil treinta y tres; estos indígenas pertenecen á una nacion diferente de la de los Apolistas, y hablan la lengua tacana, tal vez una de las mas chocantes y duras, así como de las mas guturales de América. Su carácter, análogo al lenguaje, es irascible, tenaz, lleno de altanería, y muy poco alegre; son sin embargo mas inclinados al trabajo que los Apolistas, sobretodo á la agricultura y á las correrías escudriñadoras en el seno de las florestas. Cada individuo de esta poblacion, como ya hemos dicho en otra parte, está obligado á construir él mismo, sin ayuda de otros, la casa que mas tarde ha de habitar con su familia; si llega á faltar á esta costumbre, probablemente conservada desde su estado salvage, se llena de oprobio, despojándose de la dignidad de hombre. En estremo pródigos y amigos de la ostentacion, y ansiando siempre poder adquirir ornamentos lucidos para engalanarse ellos y sus mujeres, no hay trabajos, por penosos que sean, que no estén dispuestos á emprender á fin de procurarse tal satisfaccion. Prefieren sobre todo los vasos y demás vajilla de plata, para colocarla como un adorno sobre sus mesas, ó las vestimentas estrañas, cubiertas de galones y de bordados relucientes, con que se componen para salir á las procesiones del culto católico, tratando de distinguirse de los demás por lo brillante y singular de tales arreos.

Las facciones de los Atenianos son bastante toscas, sin que haya en esto diferencia alguna entre ámbos sexos: tienen la nariz corta y chata, la tez demasiado trigueña, y casi todos ellos están salpicados de manchas blancas por el cuerpo y en la cara, lo que contribuye á darles un aspecto muy estraño.

Un episodio de la historia de la provincia, particular á Aten, hará conocer la índole de sus habitantes[1]. En 1811, en consecuencia de haber sido derrotado por los Españoles el destacamento del ejército patriota, que bajo las órdenes del general Pinelo se encaminaba del Cuzco hácia La-Paz, el doctor Muñecas, secretario de aquel jefe y eclesiástico de mucho mérito, se refugió con algunos otros oficiales y patriotas en el valle de Larecaja, donde logró con su influencia sublevar en tropel á los habitantes contra los Españoles. Despues de una lucha larga y encarnizada, despues de haber combatido con un valor heroico por la causa de la libertad y de la independencia, estos soldados improvisados habiendo sido finalmente vencidos por las tropas aguerridas y ordenadas de los Españoles, vióse forzado Muñecas á dejar Larecaja, de donde se encaminó, con algunos de los suyos, por el rio Iuyo hasta Aten. Inmediatamente sublevó á los indios atenianos y logró con ellos apoderarse de Apolo. Los Españoles, que no lo perdian de vista, poco tardaron en mandar tropas para combatirlo. El capitan D. Agustin Gamarra fué comisionado para esta empresa; y habiendo llegado á vencer en todos los encuentros á los patriotas, tan inferiores en número, tan poco aguerridos, y desprovistos enteramente de armas, se aprestaba para la toma de Aten, que debia coronar su triunfo. Doce Atenianos, mandados por el capitan Pariamo, no pudiendo resistir en campo raso á cien soldados de tropa veterana y á quinientos flecheros, se emboscaron á distancia de una legua del pueblo, en un espeso monte[2] que se halla situado sobre una colina, resolviéndose á morir allí ántes que rendirse al enemigo. Despues de un combate de dos horas, el capitan Pariamo fué el único que llegó á salvarse, y Gamarra, que se vió dueño del campo, siguiendo la costumbre de los Españoles, empezó por castigar de la manera mas atroz á todos aquellos que él suponia haber tomado las armas para alistarse en el ejército patriota.

[Nota 1: Este interesante pasage pertenece al señor Acosta, que ha tenido la bondad de comunicármelo.]

[Nota 2: Este bosque, uno de los mas impenetrables, ha recibido por esta circunstancia el nombre de Ecoto-sacho, que quiere decir montón cerrado de árboles.]

Aumentándose las persecuciones de dia en dia, y cada vez con mas rigor, un indígena llamado José Pacha, que era uno de los mas comprometidos, propuso á veinte ó treinta familias el abandonar sus moradas para ir á buscar la quietud en lo mas escondido de las selvas. Esta poblacion emigrante se alejó pues, conducida por Pacha, en busca de un recinto donde no pudiese llegar á ser descubierta; y habiendo traspasado los desiertos, finalmente se detuvo en una hondonada, á la que dio el nombre de Irimo: en este lugar, situado como doce ó catorce leguas al este de Aten, permanecieron estos indios mas de siete años sin que se les pudiese descubrir. Como el cauto Pacha habia tenido gran cuidado de que se tomasen todas las medidas necesarias, nada le faltaba á la nueva colonia. Para poder vestirse plantaron algodon, y mientras que se ocupaban los hombres en la caza y en labrar las tierras, las mujeres tejian y cuidaban de las faenas caseras. Pacha, que se constituyó jefe de la colonia, estableció una policía interior muy severa, distribuyendo los empleos segun la edad y los sexos; y todos los trabajos se hacian en comun, alternándose de modo que los que un dia se ocupaban del cultivo, al siguiente iban á la caza, y vice versa; así es que todos los productos se repartian por igual, como si no hubiese mas que una sola familia.

Para no renunciar á la religion católica, los moradores de esta pequeña república construyeron una capilla, colocando en ella algunas imágenes de santos, que hablan tenido cuidado de traer tambien consigo en su emigracion. Pacha, investido ya de los poderes civiles, quiso reunir á ellos el desempeño de las funciones religiosas: él era quien bautizaba, quien santificaba los matrimonios y enterraba los muertos, siendo á la vez el cura, el juez y el legislador de su colonia. Entre las medidas rigurosas tomadas por él, para no ser descubiertos, habia dictado una ley, la cual mandaba que fueran enterrados vivos todos aquellos que, bajo cualquier pretesto, llegasen á ponerse en contacto con los habitantes de Aten; así es que pudieron vivir ignorados por tan largo tiempo, sin que nadie fuese tan imprudente y audaz para quebrantar una ley de esta naturaleza, y cuya infraccion traia en pos tan horribles consecuencias. Hubo, sin embargo, una circunstancia que vino á ponerlos al cabo en descubierto.

Aconteció que una muchacha de trece años de edad, hija de un Manuel Cito, cuya familia se componia de su muger y de esta sola niña, habiendo muchas veces oído hablar del gusto sabroso que da la sal á los alimentos, concibió el deseo, y con este el proyecto, de procurarse esta sustancia. Sin que sus padres se apercibiesen, escapóse del lugarejo y tomando la direccion de Aten, llegó á este pueblo, donde, sin ser vista, se introdujo en una casa aislada, y apoderándose de toda la sal que pudo encontrar, volvió á Irimo con el producto de su robo. Durante su ausencia, que fué de tres dias, el vigilante jefe no dejó de apercibirse de la falta de la muchacha, practicando mil pesquizas para saber de su paradero, é instando estrechamente á los padres para que le dijesen qué era de ella. En medio de estas investigaciones se aparece la joven fugitiva; y por el contenido de su carga se descubre que venia de Aten, donde, por otra parte, ella misma confesó haber estado. Inmediatamente mandó Pacha que la castigasen con todo el rigor de la ley; pero en el momento de la ejecucion, todos los habitantes reunidos imploraron su gracia con tanta instancia, y la pobre niña hizo tantas protestas, que al fin otorgóle el jefe su perdón. A los seis ó siete meses, enteramente olvidada de que habia escapado á la muerte, tentó una segunda escursion con el mismo fin, y habiéndola hecho espiar Pacha por todas la direcciones con la órden terminante de aplicarle las terrible pena decretada por él, fué prendida cuatro dias despues, y ni sus lágrimas, ni su desesperacion pudieron enternecer á sus aprehensores, que la hicieron pasar incontinenti por el horrendo suplicio de ser enterrada viva.

Los infelices padres, sobrecogidos de horror á la nueva de tal acontecimiento, huyeron precipitadamente de Irimo, y fueron á Aten á quejarse al juez del espantoso castigo que acababa de sufrir su hija; poniendo así en descubierto la mansion de Pacha. Ordenó la autoridad que inmediatamente se aprehendiese á este, lo cual así que se efectuó, se le condujo á La-Paz para ser juzgado; pero se tardó tanto en ajusticiarlo, que en 1823, cuando esta ciudad cayó en poder de los patriotas, Pacha se vió comprendido en el indulto general y pudo entónces volver á su pais.

Irimo existe todavía, y se compone de las mismas familias, sometidas al presente á la jurisdiccion civil y eclesiástica de Aten. Sus habitantes, por la grande fertilidad del terreno disfrutan de todas las comodidades de la vida, bajo un temperamento suave y en una posicion deliciosa.

Las aguas del rio de Aten van á reunirse al Mapiri, uno de los tributarios del Beni: por lo demás, esta es la sola corriente del centro de la provincia que no se dirige al Tuyche.