HISTORIA

Primera época, ántes de la llegada de los Españoles.

Si hemos de juzgar por el estado presente y por las tradiciones populares, la provincia de Caupolican parece haber sido en todos tiempos habitada por tres naciones diferentes: los Quichuas, los Apolistas y los Tacanas.

Atraida sin duda por la abundancia de minas de oro, y de pastos para la cria de las llamas y de las alpacas, la nacion quichua habia fundado desde tiempos muy atrasados los pueblos de Suches y de Puyo-cucho[1]. Estos indígenas permanecieron bajo la dominacion de los Incas hasta la llegada de los Españoles, dependiendo sus poblaciones de la provincia de Guancané ó de la de Carabaya[2].

[Nota 1: Que en quichua significa rincon de nieblas: por corrupcion ha venido á llamarse Pelechuco entre los españoles.]

[Nota 2: Véanse, la historia general de los Incas al fin de esta obra; la descripcion particular de los Quichuas en las secciones que tratan de Cochabamba y de Chuquisaca; y sobre todo, el mapa antiguo de estas naciones ántes de la conquista.]

La nacion de los Apolistas ocupaba el lugar llamado por ella, en su idioma particular, Hahuachili[3], el cual se halla situado no léjos del punto en que se encuentran hoy los pueblos de Apolo y de Santa-Cruz. Estos indios eran de un color bastante atezado, de mediana estatura y de facciones muy afeminadas; su carácter era apacible y dócil; nada se sabe por lo demas acerca de sus costumbres ántes de la conquista. El idioma de que hacian uso era enteramente distinto de la quichua y de la lengua tacana.

[Nota 3: Que quiere decir interior.]

La nacion de los Tacanas habitaba, al este y al nordeste de la nacion Apolista, en esas regiones de montañas y de llanos que en su idioma llaman estos indios Irimo[4]. Su territorio se estendia desde Aten hasta mas allá de Cavinas; es decir, sobre una banda que va de norte á sud, y que se encuentra comprendida entre los últimos repechos de las cordilleras y el rio Beni, desde los 11 hasta sobrepasar los 13 grados de latitud sud. Las tribus septentrionales de esta nacion se denominaban Toromonas; su dialecto, llamado lengua tacana, es uno de los mas duros de América.

[Nota 4: Que significa lugar de su orígen.]

La tez de estos indígenas era mas morena que la de los Mocetenes; pero no tanto como la de los Apolistas, y mucho ménos todavía que la de los Aymaraes, los que comparativamente consideraban á los Tacanas como si fuesen blancos. Del mismo modo que los Mocetenes y los Yuracarees, los Tacanas tenian casi todos la piel, por el cuerpo y en el rostro, maculada de pintas blancas. Su estatura los asemejaba á los Yuracarees, ó á lo ménos era idéntica á la de los Mocetenes: habia hombres que tenian cinco piés y dos ó tres pulgadas de alto; pero la generalidad de ellos no pasaba de la estatura ordinaria de cinco piés y una pulgada.

Sus formas eran iguales en todo á las de los Mocetenes; sus cuerpos robustos y bien proporcionados; todos sus miembros redondos y fornidos; su manera de andar era elegante y desembarazada. Por el modo como se halla constituida esta nacion, todavía salvage, debemos creer que en aquellos tiempos estaba tambien dividida en tribus que vivian dispersas, sea en el interior de las húmedas selvas que se encuentran sobre las montañas inferiores, sea en las llanuras que costean á estas. Su principal ocupacion era la de la caza; pero se dedicaban tambien á la agricultura. Cada hombre estaba obligado á construir por sí solo la casa en que debia habitar con su familia; si alguno faltaba á este uso, que para ellos constituia una ley, perdia el título de hombre, y venia á ser el ludibrio de sus conciudadanos.

Las mugeres utilizaban el algodon, haciendo gruesos tegidos, que servian para cubrirles algunas partes del cuerpo; miéntras que los hombres andaban enteramente desnudos, y solo se cubrian la cabeza con una especie de turbante[1] muy vistoso, compuesto de plumas; obra que tambien estaba encomendada á las indias, las que disponian estos sencillos adornos, matizando los colores con una gracia admirable.

[Nota 1: Los que usaban los hombres se llamaban panizas, y los de las mugeres toromayas.]

Cada tribu tenia su gefe para conducirla á la guerra, ó á las espediciones apartadas, así como tambien sus espertos en la cura de las enfermedades; pero estos indios no componian, propiamente hablando, un cuerpo de nacion, aunque todas las tribus observasen entre ellas la paz y armonía mas perfectas.

Existian, á mas de estas tres naciones, algunas otras que nos son desconocidas: entre ellas, los Huacanahuas, los Suriguas y los belicosos Machuis hácia el norte; los Ultume-cuana ó hombres rojos, y los Chuntaquiros hácia el nordeste[2].

[Nota 2: No hago aquí mencion de los Araomos y de los Pacaguaras que habitan las riberas del Beni y dependen de la provincia de Moxos.] Segunda época, desde la llegada de los Españoles hasta nuestros dias.

La provincia de Caupolican, colocada fuera de los caminos transitados por los primeros aventureros españoles que llegaron al Perú, permaneció totalmente ignorada durante largo tiempo. Es probable que los pueblos de Suches y Pelechuco hayan pasado de la dominacion de los Incas al poder de los diversos conquistadores, que con tanta frecuencia se sucedian en medio de las multiplicadas contiendas de aquellos tiempos tempestuosos de la historia de América, y que no cesaron hasta el siglo décimo-séptimo. No es posible penetrar esta parte de la historia de Caupolican, pues en ninguna parte existe un solo documento impreso que nos suministre el mas ligero indicio: debemos creer, sin embargo, que alguno de aquellos, á quienes esta provincia cupo en propiedad en el repartimiento de las tierras conquistadas, se haya internado en ella con la mira de esplorarla y ver si encerraba algunas minas; y que á estas escursiones y trabajos es debida la fundacion, hecha por los indios quichuas, de los pueblos de Pata y de Moxos, sin que podamos fijar la data precisa de estos acontecimientos.

La entrada de los Padres franciscanos es el primer hecho seguro y constante en la historia de esta provincia. Prevenidos sin duda estos religiosos de que existian en ella muchas naciones salvages, se decidieron á ensayar la conquista espiritual; así es que en 1750 penetraron en Caupolican, y fundaron fácilmente con la nacion de los Apolistas, cuya sumision pudieron ganar desde luego, las misiones de Apolo y de Santa-Cruz de Valle-ameno. Fué tal el ascendiente que llegaron á tener sobre estos indígenas, y el buen éxito coronó de tal manera sus esfuerzos, que bien pronto las cabañas dispersas de aquella poblacion salvage se vieron reemplazadas por multitud de hermosos caseríos, que respiraban el órden y la limpieza, y en medio de los cuales se levantó una espaciosa iglesia con su convento.

No limitando sus conquistas á este primer paso, internáronse aun mas los franciscanos, llevados por un celo digno de los mayores elogios; y habiendo logrado reunir en la mision de Aten á los altivos Tacanas, se abrieron un vasto campo para proseguir su trabajosa empresa. Desde luego, acompañados por estos últimos, pudieron adelantar hácia las llanuras, en donde otros Tacanas dispersos los aguardaban. De este modo, y haciendo frente á las mas penosas fatigas, penetraron estos religiosos en el corazon de los desiertos para aumentar el número ya bastante crecido de sus procélitos. Como á treinta leguas largas hácia el este, formaron con los Tacanas la mision de San-José, se encaminaron en seguida por tierra, y crearon sucesivamente las de Tumupaza y de Isiamas. Finalmente, embarcándose sobre el Boni, se trasportaron hasta el confin de las poblaciones salvages, y fundaron todavía la mision de Cavinas.

Aunque no hayan procurado los Padres franciscanos introducir en sus misiones ni el lujo en los templos, ni la industria entre los habitantes, como lo han practicado los Jesuitas en Moxos y Chiquitos, no por eso han dejado de prestar grandes y muy señalados servicios á la humanidad, haciendo pasar á un considerable número de hombres, desde la vida enteramente salvage al principio de la vida social.

La direccion de estas misiones era del cargo exclusivo de la comunidad: el convento de Apolo, que dependia de la ciudad de La-Paz, suministraba los hermanos necesarios para la conservacion y el buen gobierno de estos establecimientos, cada uno de los cuales poseia uno ó dos religiosos, á cuyo cuidado estaba encomendada la administracion de la iglesia y la práctica de sus ritos. Sea que no les fuese posible, ó que no lo creyesen conveniente, no enseñaban estos misioneros á los indígenas otra industria que la de cultivar la tierra; así pues, solamente aprovechaban los productos de esta, que consistian en cacao, coca, y multitud de otros frutos naturales estraidos de las florestas.

Las cargas ligeras que los franciscanos se veian obligados á imponer á los indígenas, á fin de procurarse los medios que eran menester para proveerlos de instrumentos de labranza, y demas útiles, cargas indispensables al bienestar de la sociedad, parecieron no obstante demasiado pesadas á algunas naciones. El hombre enteramente salvage, dueño absoluto de todas sus acciones, con dificultad llega á penetrarse de los deberes que una sociedad en su infancia debe imponerse á sí misma, si desea entrar en la senda del progreso; por eso se impacienta y mortifica cuando pesa sobre él la mas leve contribucion. Habiendo pues los franciscanos llegado á convertir la tribu de los Toromonas, que habitaba de la otra parte de Cavinas, y tambien algunos cuantos Pacaguaras, estos indígenas, injustamente desconfiados, ó porque les fuese muy duro someterse á llenar tal cual imposicion, esparcieron la voz de que los misioneros, so pretesto de enseñarles las doctrinas de la verdadera religion, solo trataban de reunirlos para hacerlos trabajar en beneficio de sus intereses personales: en consecuencia de esto los espulsaron de su nacion, suplicándoles que jamas volviesen á presentarse en ella.

A fines del siglo décimoctavo, habian ya conseguido los franciscanos todo lo que podian pretender en la provincia. Sin embargo hácia la misma época, ántes del año de 1800, esta órden religiosa abandonó su obra, se ignora bajo que pretesto, ó con cual motivo: entónces todas las misiones que con Suches, Pelechuco, Pata y Moxos entraron bajo el dominio español, vinieron á formar la provincia de Caupolican, dependiente de la intendencia de La-Paz. Inmediatamente colocó el mandatario real un cura y un alcalde en cada parroquia ó distrito, y nombró un subdelegado para gobernar y cuidar de los intereses de la nueva provincia, á la que se dió el pueblo de Apolo por capital.

En aquella época, el mas grande mérito que podian contraer los empleados españoles á los ojos de la autoridad suprema, era el trabajar por el acrecimiento de las rentas del estado; todo cuanto concurria á este objeto era especialmente recompensado por ella. El primer subdelegado, D. José Santa-Cruz, padre del general Santa-Cruz que fué mas tarde presidente de la república de Bolivia, al hacerse cargo del mando de la provincia, puso todo su conato en obligar desde luego á los indígenas que hasta entónces se habian eximido de las imposiciones regulares, á que en adelante pagasen una contribucion personal de cinco pesos por cada hombre, á lo cual daban entónces el nombre de real tributo. Esta contribucion, á cuya práctica y cumplimiento estaban tambien sujetas las demas naciones de los altos llanos, fué puntualmente satisfecha por los indígenas de todas las misiones, que se sometieron á ella sin grande resistencia. El subdelegado Santa-Cruz recibió del rey de España, en recompensa de este servicio, el título de Maestre de Campo; pero el principal resultado de semejante medida fué hacer que desde aquel instante las naciones, que ya parecian dispuestas á salir del estado salvage para entrar en el camino de la civilizacion, se apartasen de él, procurando alejarse á lo mas escondido de los bosques, á fin de sustraerse al tributo anual, y sobre todo á las vejaciones de todo género y á las torpes violencias, frecuentemente empleadas por aquellos que estaban encargados de recaudarlo. La mision de Cavinas, en razon de hallarse tan alejada, fué la única que durante la dominacion española se vió exenta de la contribucion personal.

Tal era el estado de cosas hasta el año de 1814, en cuya época, á consecuencia de la lucha encarnizada que existia entre los patriotas, que anhelaban por la independencia nacional, y las tropas españolas, que creian sostener los derechos de su soberano, vino Muñecas á la provincia con el intento de sublevarla en favor de la causa de los libres. Apoderóse de la capital y de algunas otras parroquias; pero bien pronto perseguido por el ejército español que mandaba el capitan D. Agustin Gamarra, presidente años despues de la república del Perú, tuvo que huir de Apolo, y mas tarde de Aten, donde el último resto de sus partidarios prefirió morir ántes que rendirse[1]. Fué en ese entónces cuando un indio tacana, para libertarse de los terribles castigos impuestos por Gamarra á los amigos de la libertad, huyó llevando consigo treinta familias y permaneció siete años escondido, sin que fuese posible dar con él ni con una sola persona de las de su séquito en el seno profundo de las selvas[2].

[Nota 1: Véase lo que digo de esta lucha al ocuparme de Aten.]

[Nota 2: Véase, en la parte que trata de Aten, la relacion especial de esta historia.]

En 1824, despues de la memorable y gloriosa batalla de Ayacucho, Caupolican, bajo la denominacion de provincia, hizo parte del departamento de La-Paz, uno de los seis que compusieron la república de Bolivia. Un gobernador reemplazó al subdelegado; pero la condicion de los habitantes no cambió en lo mas mínimo, quedando ellos sometidos á las mismas imposiciones. En el año de 1830, el acopio de la cascarilla vino á dar una nueva vida á la provincia, por el comercio que este precioso vegetal atrajo á su interior, y solamente desde entónces los habitantes, acostumbrados al simple comercio de trueque, empezaron á conocer el valor del metal amonedado. Repitiendo lo antedicho, señalarémos por último, entre las medidas mas eficaces para la mejora de la provincia de Caupolican, su separacion, en 1842, del departamento de La-Paz, para pasar á ser una de las partes que han compuesto el nuevo departamento del Beni.

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