INTRODUCCION
Habiendo nacido con muy particulares disposiciones para las ciencias naturales, debo á los consejos y á las doctas lecciones de un padre, cuyo nombre es digna y honrosamente conocido entre los sabios, el temprano desarrollo de ese instinto poderoso que al estudio de ellas me impulsaba. Vine por último á París, en donde, fiel á mi vocacion, pude seguir estos mis estudios predilectos de una manera mas especial, procurando iluminar mi inteligencia y beber la instruccion en esta fuente, verdadero emporio de las luces y del saber. En 1825 presenté á la Academia de ciencias mi primer ensayo, el cual fué muy favorablemente acogido, mereciendo la aprobacion del Instituto, como él lo manifestó en su informe.
Tuvo á bien mi gobierno elegirme, en el mismo año, para efectuar por la América meridional un viage de exploracion, que fuese útil á las ciencias naturales y á sus numerosas aplicaciones. Semejante propuesta despertó en mí la aficion por correr mundo, al mismo tiempo que me llenó de regocijo; mas este fué mi luego moderado por el convencimiento en que yo estaba, de que aun no habia llegado mi instruccion á la sazon debida, para poder llenar, tan dignamente como convenia á mis ambiciosos anhelos, una mision de esta naturaleza. Queria pues dedicarme al trabajo por algunos años mas, con el fin de obtener, á lo ménos en parte, los diversos conocimientos absolutamente indispensables para el viagero, que desea examinar y dar á conocer un pais bajo todos aspectos.
Nombrado formalmente á fines del citado año de 1825, tuve que activar mis tareas para hacerme acreedor á tan honrosa prueba de confianza, siendo ciertamente mi cargo tanto mas difícil de llenar, cuanto que yo no contaba entónces sinó veintitres años. Por otra parte, la sola idea de recorrer la América bajo tan lisonjeros auspicios me alhagaba sobremanera, y encendia mi ardiente imaginacion, ofreciéndome de antemano mil cuadros á cuales mas seductores. Merced á los benévolos consejos de los señores Cuvier, Brongniart, Cordier, Isidoro Geoffroy Saint-Hilaire, y del célebre viagero baron de Humboldt, me fué dado entrever cual seria el circulo de mis investigaciones. Las ciencias naturales eran el objeto principal; mas considerando como complemento indispensable la geografía, la etnología y la historia, me propuse no desechar nada, cuando estuviese en aquellos lugares, para traer conmigo el tesoro mas completo de materiales relativos á estos ramos importantes de los conocimientos humanos.
El 29 de julio de 1826 me embarqué en Brest á bordo de la Meuse, fragata del Estado, y dí principio á mi peregrinacion trasatlántica. Hice escala en las Canarias, en donde durante algunos dias pude estudiar, á la vista del famoso pico de Teide, las producciones de la isla de Tenerife, así como sus crestas desgarradas. Dos meses despues divisábamos las costas del Brasil, y un ambiente embalsamado con el perfume de mil flores llegaba ya hasta mi, haciéndome gustar inefables y dulces emociones. Iba yo al cabo á echar pié sobre el mundo de Colon, sobre esa tierra de prodigios, cuya exploracion habia siempre ansiado aun en medio de los sueños de mi infancia. Tomé finalmente asiento en América por espacio de ocho años.
El Rio Janeiro con sus montañas de granito y sus bellas y vírgenes selvas fué el primer teatro de mis exploraciones. Montevideo, Maldonado y toda la república oriental del Uruguay, ocupada entónces por los Brasileros, me enseñó luego sus campos, que se asemejan á los de Francia. Atravesando la Banda oriental pasé á Buenos-Aires, y me embarqué en seguida en el Paraná, para trasportarme á las fronteras de la provincia del Paraguay, declarada hoy dia Estado independiente. Subi como trecientas cincuenta leguas por este inmenso rio, cuya magestuosa corriente es de esperar que algun dia se verá surcada por centenares de embarcaciones, las que impulsadas por el vapor ascenderán hasta Chiquitos, haciendo así mas inmediata la comunicacion de Bolivia con la Europa.
Las ondas de este caudaloso rio, que tiene mas de una legua de ancho, corren sobre un lecho cuyas márgenes é innumerables islas se ven adornadas de vistosos boscages, en donde la graciosa palmera entretege su follage con el de los árboles mas variados y bellos.
Recorrí durante un año entero todos los puntos de la provincia de Corrientes y de Misiones, y despues de haber penetrado en el Gran-Chaco, dí la vuelta por las provincias de Entre-Rios y de Santa-Fé. De regreso á Buenos-Aires, quise encaminarme á Chile ó á Bolivia; mas calculando lo difícil que me seria atravesar el continente con toda seguridad, por las turbulencias que, despues de la paz con el Brasil, minaban aquel estado, me decidí á pasar á la Patagonia, tierra misteriosa, cuyo solo nombre encerraba en ese entónces un no sé que de mágico. Me transporté pues allí á fines de 1826, y permanecí en ella durante ocho meses.
Pude efectuar mis primeras investigaciones con bastante sosiego, por mas penoso que fuese el recorrer un pais de los mas áridos, y en donde la falta de agua se hace sentir á cada paso en el corazon de esos monótonos é interminables desiertos; pero los indios Puelches, Aucas y Patagones se sublevaron inopinadamente contra la naciente colonia del Cármen, situada á orillas del rio Negro, y me ví entónces precisado á reunirme á sus habitantes para cooperar á la defensa comun. Habiendo vuelto por segunda vez á Buenos-Aires, hallé este pais en tan completa anarquia, que, reconociendo la absoluta imposibilidad de pasar á Chile atravesando las pampas, tomé el partido de doblar el cabo dé Hornos. A mi llegada á Valparaiso encontré tambien á la república Chilena en un estado de agitacion nada propicio para los viages científicos, y provisto entónces de las recomendaciones del cónsul general de Francia en este Estado, pasé á Bolivia, de cuyo gobierno debia yo esperar una buena acogida, y los medios de proseguir mi exploracion continental.
Cobija, puerto de Bolivia, me saludó desde luego con el imponente aspecto de las montañas que lo coronan. Poco despues me desembarqué en Arica para dar principio á mis viages por tierra. Abandonando bien pronto las costas, me encaminé á Tacna, y en seguida emprendí mi ascension á las cordilleras por el camino de Palca y de Tacora; mas, en vez de tropezar allí con esas empinadas y agudas crestas, que se ven figuradas en los mapas, me encontré sobre una dilatadísima planicie, colocada á la altura de cuatro mil quinientas varas sobre el nivel del mar, y en la que únicamente se apercibian de trecho en trecho algunas moles cónicas cubiertas de nubes. Atravesando este encumbrado llano, vine á encontrarme luego en la cima de la cadena del Chulluncayani. Al contemplar desde allí la dilatadísima extension que se desplegaba ante mis ojos, y la tan grande variedad de objetos que las miradas alcanzaban á dominar á la vez, yo saboreaba un sentimiento de indefinible admiracion. Es cierto que se descubren paisages mas pintorescos en los Pirineos y en los Alpes; pero nunca ví en estos un aspecto tan grandioso y de tanta magestad. El llano Boliviano, que tiene mas de treinta leguas de ancho, te dilataba á mis piés por derecha é izquierda hasta perderse de vista, ofreciendo tan solo pequeñas cadenas paralelas, que parecian fluctuar como las ondulaciones del Oceano sobre esta vastísima planicie, cuyo horizonte al norueste y al sudeste no alcanzaba yo á descubrir, al paso que hácia el norte veia brillar, por encima de las colinas que lo circunscriben, algunos espacios de las cristalinas aguas del famoso lago de Titicaca, misteriosa cuna de los hijos del sol. De la otra parte de tan sublime conjunto se divisaba el cuadro severo, que forma la inmensa cortina de los Andes, entrecortados en picos agudos, representando la figura exacta de una sierra. En medio de estas alturas se levantaban el Guaina Potosí, el Illimani y el nevado de Sorata mostrando su cono oblicuo y achatado, estos tres gigantes de los montes americanos, cuyas resplandecientes nieves se dibujan, por sobre las nubes, en el fondo azul oscuro de ese cielo el mas transparente y bello del mundo. Hácia el norte y el sud la cordillera oriental va declinando poco á poco hasta perderse totalmente en el horizonte. Si me habia yo sentido lleno de admiracion en presencia del Tacora, aquí me hallaba transportado, y sin embargo no era esta sino una de las faces de aquel cuadro; pues volviendo hácia otra parte, se me revelaba un conjunto de no menores atractivos. Yo descubria aun el Chipicani, el Tacora, y todas las montañas del llano occidental, que acababa de trasponer, y sobre las que mi vista se habia tantas veces detenido durante los tres dias de mi tránsito por la cordillera.
Bajé al llano Boliviano, situado aun á la altura de cuatro mil varas sobre el nivel del mar, y que es la parte mas poblada de la república. Llegué á la ciudad de La-Paz, la antigua Choquehapu (campo de oro), nombre que, por su abundancia de minas en este metal, le dieron los Aymaraes. Este valle favorecido por la proximidad de los Yungas, y que se encuentra á tres mil setecientas varas de elevacion, ostenta á un mismo tiempo en sus mercados todos los frutos de los paises frios, de los templados y de la zona tórrida. Escribí inmediatamente al gobierno, remitiéndole mis cartas de recomendacion. En respuesta me ofreció él su proteccion, y fondos si los necesitaba, proponiéndome ademas un oficial del ejército y dos jóvenes para acompañarme. No queriendo abusar de tan generosas ofertas, acepté, con la mayor gratitud, solamente los dos últimos, así como las facilidades de trasporte por toda la república; y desde aquel instante, me consideré ya seguro de poder recorrer con fruto esta bella y rica parte del continente americano.
Impaciente por ver la provincia de Yungas, de la que se me decian tantas maravillas, dirijíme á Palca, y una vez puesto sobre la cumbre de la cordillera oriental, me sentí deslumbrado de tal manera por la magestad del conjunto, que desde luego no vi sinó la extension inmensa, sin poder darme cuenta de los detalles. Ya no era una montaña nevada la que yo creia asir, ya no era un dilatado llano, sin nubes como sin vegetacion activa…. Todo era aquí distinto. Volviéndome hácia el lado de La-Paz aun vela las áridas montañas y ese cielo siempre puro, característico de las elevadas planicies. Por todas partes, al nivel en que me hallaba, alturas vestidas de hielo y de nieve; mas qué contraste por el lado de los Yungas! Hasta quinientas ó seiscientas varas debajo de mí, montañas entapizadas de verde terciopelo, y que parecian reflejarse en un cielo transparente y sereno á esta altura, una cenefa de nubes blancas, que representaban un vasto mar azotando los flancos de las montañas, y por sobre las cuales se desprendian los picos mas elevados, figurando islotes. Cuando las nubes se entreabrian, yo descubria á una inconmensurable profundidad debajo de esta zona, límite de la vegetacion activa, el verdor azulado oscuro de las vírgenes selvas, que guarnecen por todas partes un terreno tan accidentado. Lleno de regocijo al verme rodeado de una naturaleza, tan diferente de la que me habian presentado la vertiente occidental y los llanos de la cordillera, quise, ántes de ocultarme bajo esta bóveda de nubes, vagar libremente algunos instantes por sobre la region del trueno.
Visité sucesivamente Yanacachi, Chupi, Chulumani, Irupana, etc., pasando alternativamente del lecho de los rios á la cumbre de las montañas. La pomposa vegetacion del Rio Janeiro se vé reproducida en estos sitios, pero con mas esplendor; una caliente humedad fomenta en ellos, hasta sobre las mas escarpadas rocas, plantas prodigiosas. Despues de haber estudiado detalladamente esta provincia, tan abundante en producciones, seguí por la misma vertiente occidental, recorriendo el terreno desigual, pero rico en minas de plata, de las provincias de Sicasica y de Ayupaya, pasando por Cajuata, Suri, Inquisivi, Cavari y Palca hasta trepar nuevamente la cordillera oriental, de donde cayeron de repente mis miradas, á algunos millares de piés, sobre los ricos valles de Cochabamba y de Clisa. Qué singular contraste aquel con el de los riscos donde me encontraba! Era la imágen del caos al lado de la mas grande tranquilidad: era la naturaleza triste y silenciosa en presencia de la vida mas animada. Yo veia pues, en medio de áridas colinas, dos extendidos llanos cultivados y guarnecidos por todas partes de casuchas y bosquecillos, entre los que se distinguian gran número de aldeas, y una grande ciudad á la que hacian sobresalir sus edificios como á una reina en medio de sus vasallos. Nada puede efectivamente compararse á la sensacion que produce el aspecto de esas llanuras, cubiertas de caseríos, de plantaciones y de cultura, circunscriptas por una naturaleza montañosa y estéril, que se extiende á mas de treinta leguas á la redonda perdiéndose confusa en el horizonte. Se creeria ver allí la tierra prometida en el seno del desierto. Si habia yo probado ántes vivísimas impresiones en presencia de las bellezas salvages de esa naturaleza grandiosa del llano Boliviano, y de la cordillera oriental, en donde la vida no entra para nada en el conjunto, pues que nada se encuentra allí de lo que respecta al hombre, cuánto mayores no serian ellas, al descubrir yo estos lugares animados, estas llanuras sembradas de edificios, esos campos ricos y abundosos que despertaban en mi mente la imágen de mi patria!
Cochabamba y sus cercanías fueron por algun tiempo el teatro de mis investigaciones; prosiguiendo luego mi marcha hácia el este, traspuse cien leguas de montañas bastante áridas, pero cortadas por fértiles y profundos valles. Durante este viage reconocí sucesivamente las provincias de Clisa, de Mizqué y del Valle-Grande, siguiendo por el camino de Punata, Pacona, Totora, Chaluani, Chilon, Pampa-Grande y Samaypata (el poyo del descanso), último punto habitado de las montañas, de donde solo distaban treinta leguas las fértiles pampas del centro continental. Pocos dias despues se descubria, de la cumbre de la cuesta de Petaca, el extendido horizonte de unos llanos calurosos cubiertos de bosques, en cuyo centro se ve sentada la tranquila ciudad de Santa-Cruz-de-la-Sierra.
El estudio de esta ciudad y de sus notables contornos ocupó mi atencion por algunos meses: pasados estos, me resolví á penetrar mas adentro en las tierras habitadas. Me encontraba ya como á trecientas leguas del mar; pero anhelando tambien conocer las poblaciones puramente indígenas, volví mi marcha al este, hácia la provincia de Chiquitos, atrevasando el Monte-Grande, cuya espesa frondosidad cubre una extension de mas de sesenta leguas, y en donde vanamente se buscarian otros huéspedes que los animales salvages.
La provincia de Chiquitos, colocada en el centro del continente americano, tiene mas de diez y ocho mil leguas de superficie, y siendo muy fértil su terreno, pueden cultivarse en ella todos los frutos de los paises cálidos, al mismo tiempo que en las montañas de Santiago pudieran sembrarse trigos y plantarse la viña. Visité sucesivamente San-Javier, Concepcion, San-Miguel, Santa-Ana, San-Ignacio, San-Rafael, San-José y Santiago, y precisamente vine á encontrarme sobre esas montañas, en la primavera de aquellas regiones.
En tanto que un sol abrasador tostaba las llanuras circunvecinas, algunas benéficas nubes, posándose sobre la cima de las montañas, habian operado un cambio total en el aspecto de la naturaleza. Los árboles se cubrian de un tierno follage y de diversidad de flores; la campiña desplegaba lujosamente sus primorosos ropages. En nada absolutamente pudiera compararse la bella estacion de Europa á un tal momento bajo las zonas tórridas. En Francia, por ejemplo, las hojas van brotando poco á poco, y el frio y la ausencia de dias hermosos se hacen frecuentemente sentir aun despues de bien entrada la primavera. En aquellos lugares, esta no es sino el cambio súbito de una decoracion. La naturaleza se halla muerta, inanimada; un cielo demasiado puro ilumina un campo triste y casi desolado; pero sobreviene un aguacero, y al punto, como por encanto, todas las cosas toman una vida nueva. Bastan pocos dias para esmaltar los prados de verdura y de flores olorosas, y revestir los árboles con esas hojas de un verde tierno, ó con las flores que las preceden, dando á cada uno de ellos un color vivo y uniforme. Si la campiña, ostentando su bella alfombra, embalsama el aire con los mas suaves perfumes, los bosques presentan otro carácter no ménos halagüeño de belleza y variedad. Aquí un árbol cargado de largos racimos purpúreos contrasta con las copas, ya celestes, ya del dorado mas puro; allá sobresale una cima blanca como la nieve junta al rosado mas tierno. Con cuánto regocijo trepaba yo por esas laderas, donde tan lindos vegetales se engalanaban, con sus joyeles, ó recorria los prados sin saber á que sitio dar la preferencia, pues que cada uno de ellos me ofrecia un encanto que le era particular, un tipo diferente. Confieso que nunca me habia sentido tan maravillado en presencia de las bellezas de ese suelo, cubierto por un dosel tan espléndido.
Dejando muy luego el pueblecillo de Santiago, y atravesando bosques inmensos y el rio de Tucabaca, destinado probablemente á suministrar ricas minas de oro, llegué á Santo-Corazon, que es el punto mas oriental de los lugares habitados de la república. Santo-Corazon era efectivamente por aquella parte el extremo del mundo, pues que nadie podia entónces pasar mas adelante. Así pues, calculando las grandísimas ventajas que resultarian de la navegacion del Paraguay para el tráfico comercial y para la civilizacion de la provincia de Chiquitos, y anhelando ser el primer instrumento de esta gigantesca empresa, recogí todos los datos posibles de los indígenas acostumbrados á recorrer las florestas, é hice abrir un camino hácia las ruinas del antiguo Santo-Corazon, en donde corre el Rio Oxuquis, formado de los rios San-Rafael y Tucabaca, llegando á cerciorarme que los altos ribazos de esta corriente podrian proporcionar, en todas estaciones, un puerto cómodo y situado á muy poca distancia del Rio Paraguay, en el cual desemboca un poco mas arriba del fuerte de la Nueva-Coimbra. En 1831 comuniqué estos importantes datos al gobierno de Bolivia, haciéndole ver el cambio favorable que, para aquella provincia y para toda la república, resultaria de una nueva via de comunicacion, por el Rio de la Plata, con el Oceano atlántico.
Deseoso de recorrer otro punto de Chiquitos, atravesando bellas selvas me puse en la mision de San-Juan, y retorné en seguida á San-Javier, de donde me aparté diciendo tambien adios á la provincia, al cabo de seis meses que me habia dedicado á su estudio.
En medio de las inmensas y sombrías selvas que separan las vastas provincias de Chiquitos y de Moxos, y en un espacioso recinto, que se halla indicado en nuestros mejores mapas como desconocido, corre un rio tambien ignorado aunque navegable: este rio es el San-Miguel. Sus orillas cubiertas de una vegetacion tan lujosa como activa, están habitadas por una nacion muy notable; tales son los Guarayos, que realizan en América, por su franca hospitalidad y por sus costumbres sencillas y enteramente primitivas, el poético ensueño de la edad de oro. Entre estos hombres de la simple naturaleza, á quienes jamas atormentó la envidia, el robo, esta plaga moral de las civilizaciones mas groseras como de las mas refinadas, tampoco es conocido. Si algunas veces habia yo suspirado viendo yacer en el abandono campos magníficos, miéntras que en Europa tantísimos infelices labradores perecen de miseria, cuánto mas agudo no debió ser mi sentimiento en presencia de aquellos lugares, los mas abundosos que yo habia encontrado hasta entónces, y en donde una naturaleza tan prodigiosa, y de un lujo de vegetacion extraordinario, parece estar pidiendo brazos que vengan á utilizarlos por medio del cultivo productor!
Al dejar el pais de los Guarayos, me embarqué y anduve ocho dias bogando sobre las aguas del San-Miguel, cuyas márgenes se ven cubiertas ya de altos bambúes ya de palmas motacúes. El rio se halla bien encajonado por todas partes; así es que las embarcaciones de todo tamaño pueden navegar allí fácilmente en todo tiempo. De este modo me puse en la mision del Cármen de Moxos, y visité esta vasta provincia, donde, sobre una superficie de trece á catorce mil leguas, treinta y tres rios navegables estan ofreciendo al comercio y á la industria vias ya trazadas en medio de una sola llanura, que da orígen á todas las grandes corrientes meridionales, tributarias del famoso Rio de las Amazonas. Viven allí, divididos en diez naciones diferentes y que hablan distintas lenguas, unos pueblos, todos ellos dedicados á la navegacion, y que conocen perfectamente las mas pequeñas vueltas y revueltas de esos canales naturales, diariamente cruzados por ellos en canoas hechas de un solo tronco de árbol, el cual es ahuecado á fuerza de hierro y de fuego.
Navegando por el Rio Blanco y el Rio Itonama, y atravesando sobre una canoa llanos inundados, hasta llegar al Rio Machupo, pude visitar sucesivamente Concepcion, Magdalena, San-Ramon y San-Joaquin, restos del esplendor pasado de los jesuitas.
Cerca del último punto encontré unas minas de hierro, las que abrazando un espacio de dos leguas, han sido colocadas por la naturaleza como para facilitar su laboreo y dar vida á aquellas regiones, no léjos del rio, é inmediatas á grandísimos bosques.
Bajé por el Machupo hasta el Itonama, su confluente, y desemboqué luego en el Guaporé ó Iténes, por el cual suben los Brasileros desde el Rio de las Amazonas hasta Mato-Groso, llevando en sus gariteas las mercancias procedentes de Europa. Encontré efectivamente dos de esas barcas en el Forte-do-principe-de-Beira, donde hay una guarnicion brasilera. Tiene el Guaporé en este punto mas de media legua de ancho; sus aguas corren magestuosamente en medio de bellas márgenes y por entre islas guarnecidas de árboles muy pintorescos. Descendiendo por él, yo comparaba mentalmente esos desiertos, hoy dia tristes y silenciosos, con lo que llegarán á ser cuando una poblacion industriosa venga á animarlos y á sacar un provecho de sus dones, y cuando el comercio con los Europeos, puesto en plena actividad, cubra esas aguas de barcos de vapor destinados á llevarles la abundancia y la vida intelectual.
Llegué finalmente á la confluencia de los rios Guaporé y Mamoré, y colocado en la punta misma del ángulo formado por la reunion de los dos mas grandes rios de aquellas regiones, yo abrazaba de una sola ojeada las corrientes de uno y otro. Existe entre ámbos el mas prodigioso contraste. A un lado, presenta el Guaporé el símbolo de la quietud: bosques sombríos se extienden hasta el borde de sus cristalinas aguas, las que corren con lentitud y magestad: al otro, me ofrecia el Mamoré la imágen del caos y de la instabilidad de las cosas. Sus rojas aguas, sumamente agitadas, arrastraban, borbollando, innumerables trozos de vegetacion, y hasta troncos gigantescos, arrancados violentamente á los ribazos por la corriente. Nada hay estable sobre su paso. Si una de sus riberas está cubierta de terromoteros casi desnudos de vegetacion, y en donde crecen algunas plantas anuales, la otra, pertrechada de barrancas arenosas, se desmorona de tiempo en tiempo minada constantemente por las aguas, arrastrando en su caida árboles que cuentan siglos, por lo que se ven las ensenadas llenas de troncos, que las crecientes estraordinarias han ido amontonando.
El Mamoré, tan ancho como el Guaporé, me enseñó sobre sus riberas y sobre las de sus tributarios, en el curso de una navegacion como de cien leguas, las hermosas misiones de la Exaltacion, de Santa-Ana, de San-Xavier, de la Trinidad y de Loreto.
Las comunicaciones que existian entre Cochabamba y Moxos eran largas, y sobre todo muy arriesgadas, siendo esto un grandísimo obstáculo para el comercio establecido entre ámbos puntos. Así pues me propuse buscar, para obiar tales inconvenientes, un camino mas abreviado, ó una via de navegacion por en medio de selvas y montañas, persuadido de que con esto haria yo á Bolivia un servicio capaz de dar á su gobierno un testimonio de mi gratitud, por las muchas favores de que le era justamente deudor.
Un poco mas al sud de la Trinidad, habia yo notado sobre la orilla occidental del Mamoré la embocadura del Rio Securi, no marcado en los mapas, y cuyo curso hasta en el mismo pais era desconocido. Este caudaloso rio, que viene mas directamente de las montañas del este de Cochabamba, debia ayudarme á poner en práctica mi proyecto; mas quise ante todo asegurarme por mí mismo, de si no eran exageradas las dificultades de la comunicacion existente hasta entónces.
Abandoné en efecto los llanos abrasadores de la provincia de Moxos, inundados una parte del año; y embarcándome en una canoa, ayudado por los indios Cayuvavas, los mejores remeros de la comarca, subí por el rio Mamoré hasta su confluencia con el Chaparé, y por este, en seguida, hasta su union con el Rio Coni. Finalmente, á los quince dias de una penosa navegacion, durante los cuales no habia yo visto otra cosa sinó bosques, y la pequeña parte de cielo correspondiente al profundo surco abierto por los rios en medio de ese oceano de perenne verdor, vine á encontrarme con la nacion de los Yuracarees, al pié de las últimas faldas de la cordillera oriental.
Las florestas vírgenes del Brasil, que con tanta perfeccion y gracia ha trasladado al lienzo el pincel de uno de los mejores artistas franceses, en nada se parecen á las de los lugares donde yo me hallaba. En estos, ayudada la naturaleza por un temperamento cálido y constantemente húmedo, ha tomado un desarrollo tal, que no hay cosa que pueda comparársele. El todo de la vegetacion cuenta allí cuatro ánditos diferentes. Arboles de ochenta á cien varas de elevacion forman una perpetua bóveda de verdura, frecuentemente esmaltada con los mas vivos colores ya de las flores purpurinas, de que algunos árboles se hallan enteramente revestidos, ya de las enredaderas, que caen como cabelleras hasta el suelo. Allí es donde infinitas especies de higueras, de nogales, y de moreras se confunden con una muchedumbre de árboles, cada uno de los cuales representa un verdadero jardin botánico por las plantas parásitas que los cubren. Debajo de este primer rango, y como protegidos por él, se elevan á la altura de veinte á treinta varas los troncos delgados y derechos de las palmeras, cubiertas de un follage muy vario en sus formas, y de racimos de flores ó de frutos que cortejan á porfía los pájaros mas bellos. Mas abajo, todavía, crecen, como de tres á cuatro varas de alto, otras palmas algo mas delgadas que las primeras, y á las que el menor soplo de viento echaria por tierra; pero los aquilones solo agitan la cima de los gigantes de la vegetacion, los que rara vez permiten que algunos rayos de sol puedan llegar basta el suelo, el cual se halla tambien adornado con las plantas mas variadas, miscelánea de helechos elegantes á hojas recortadas, de pequeñas palmas con hojas enteras, y sobre todo de marrubios de una levedad y delicadeza extraordinarias. No se halla un tropiezo debajo de esta sombra perpetua, pudiendo uno recorrer todos los puntos sin ser molestado por los espinos y las zarzas. ¿A quién le fuera dado pintar este admirable espectáculo, y exprimir las sensaciones que él infunde? El viagero se siente transportado, su imaginacion se exalta; pero, si despertando de su arrobamiento desciende dentro de sí mismo, y osa medirse en cotejo con una creacion tan imponente, cuán nulo y exiguo se encuentra! ¡Y cuánto entónces, por la conciencia de su pequeñez y de su debilidad en presencia de tamañas grandezas, viene á desmayar su orgullo!
Dejando estas bellísimas comarcas, dí principio á mi ascension sobre las montañas por entre mil precipicios, y á medida que me levantaba, veia cambiar rápidamente á la naturaleza de forma y de aspecto. Los árboles que se encumbraban hasta el cielo, las elegantes palmeras, y demas plantas arbóreas iban desapareciendo poco á poco: unos y otros eran reemplazados por los zarzales, luego por algunas plantas gramineas, y finalmente la nieve habia sucedido á los encantadores sitios de las regiones cálidas, que alborozan con su algazara mil pintados pajarillos. Tres dias despues de haber dejado la zona tórrida, pasaba la noche tendido sobre la nieve, en un punto que está casi al nivel del Monte-Blanco.
Doce leguas de crestas enmarañadas, separadas por gargantas profundas, detienen frecuentemente al viagero en medio de sus riscos; y cuando cae la nieve en abundancia por la noche y llega á encubrir los desfiladeros, es necesario aguardar á que el sol de algunos dias serenos la derrita para ver despejados los senderos que, aun entónces, solamente en fuerza de la habitud pueden encontrar los guias. La famosa gruta de Palta-Cueva, colocada entre dos crestas que era preciso traspasar, manifiesta bastante, por las osamentas de mulas que se ven por todas partes en sus alrededores, lo peligroso que es el detenerse en ellos; peligro difícil de evitarse por lo muy largo del tránsito y por lo escabroso del camino. Palpando pues los daños á que se expone el negociante, aventurándose á pasar, para transportarse á Moxos, por un tal camino, el solo conocido á no ser que se anden como trescientas leguas tocando de paso en Santa-Cruz-de-la-Sierra, formé seriamente el proyecto de buscar nuevas y ménos arriesgadas comunicaciones.
Bajé rápidamente á los valles de la vertiente meridional, y atravesando las lugares habitados por los indios Quichuas, me puse en la ciudad de Cochabamba, donde á la sazon se hallaba el gobierno, al que presenté el proyecto que acababa de concebir. Aprobó el plan que me habia yo propuesto, haciéndome sin embargo entrever las dificultades que habria que allanar, y los peligros á que yo me exponia en el corazon de regiones desconocidas, en donde tendria que luchar á la vez con los obstáculos de la naturaleza y con las naciones salvages. Pero inflexible en mi determinacion, y hechos mis preparativos, emprendí un mes despues este viage de descubrimiento.
El 2 de julio de 1832 salí de Cochabamba, dejando otra vez la civilizacion de un pueblo para aventurarme nuevamente en el seno de los desiertos, donde debia encontrarme solo conmigo mismo. Me acompañaban en esta expedicion, mandados por el gobierno, un religioso encargado de convertir á la fe cristiana á los salvages que encontrásemos, y el señor Tudela, que debia seguir mis instrucciones para abrir el camino proyectado, y entenderse en quichua con los indios conductores de víveres.
Subí por la cuesta de Tiquipaya y llegué á unas altas planicies de donde me encaminé, por un llano que ocupaba la cumbre de la cordillera oriental, hácia el punto culminante, que traspusé fácilmente, y comencé á bajar dirigiéndome al lugarejo de Tutulima. Yo habia pues pasado sin obstáculos la cordillera, y ya una de las dificultades de mi empresa quedaba allanada. Comparando este camino con el de Palta-Cueva y con todos los puntos de mi tránsito anterior, me pareció que, si podia continuar por tal senda hasta Moxos, esta nueva direccion reemplazaria á la otra, con la grande ventaja de no exponer á tantísimos peligros, ni al hombre ni á los animales.
El 8, despues de muchas dificultades, nacidas de la mala voluntad de mis indios, dejé Tutulima, último punto habitado, para internarme en el desierto y pisar una tierra virgen todavía. Conociendo, que me seria imposible trepar por las escarpadas laderas, y que, con la variacion este de 8 grados 28 minutos, la quebrada de Tulima, dirijida al nornorueste de la brújula, me ofrecia un buen camino, me dirijí por él. Caminé durante seis dias consecutivos por la misma quebrada, variando mi direccion de norte á nornorueste, pero haciendo apénas cuatro leguas por dia. Aumentábanse los obstáculos á cada paso, y no teníamos ni el tiempo necesario ni los medios para allanarlos; era por tanto indispensable el vencerlos. Tan pronto el torrente se hallaba de tal suerte encajonado que nos veiamos forzados á trepar por las laderas y á andar de precipicio en precipicio; tan pronto el desagüe de nuevos rios venia á engrosar de tal modo ese mismo torrente, que teníamos que pasarlo y repasarlo, luchando contra la corriente mas impetuosa y metiéndonos en el agua hasta la cintura. Aquí, era preciso construir una balsa para atravesarlo, acullá, abrirse paso con hacha en mano por entre bosques enmarañados.
Hasta entónces bien podia yo creerme sobre uno de los tributarios del Mamoré, y la direccion tomada era buena; mas de repente se presenta delante de nosotros una cadena de elevadas montañas, y el rio por el que seguíamos, recibiendo un otro curso de agua, que venia del estesudeste, dió vuelta bruscamente hácia el nornorueste. Creí pérdida toda esperanza; pues indudablemente aun debia ser este un tributario del Beni. Así es que al siguiente dia, determiné pasar la cordillera, y al cabo de una penosa jornada y de muchas detenciones forzadas, llegué al punto mas encumbrado de aquellas montañas; mas cuál fué mi desesperacion al encontrarme envuelto entre nubes, que nada de cuanto me rodeaba me dejaban ver! Mi única esperanza de suceso dependia de la eleccion que yo hiciese de una corriente de agua, la cual solo me era permitido reconocer desde la altura en que me hallaba: dejé que mi tropa se adelantase y me quedé esperando. Una hora de inquietud se me hizo un siglo y empezaba ya á desalentarme, cuando, por una dicha inesperada, se entreabrieron las nubes un momento, y se me reveló un horizonte inmenso: los últimos repechos de las montañas, como surcos irregulares cubiertos de árboles, bajaban serpenteando lentamente hácia un mar de verdura sin límites, el cual era formado por las florestas de la llanura, que contornean las montañas en un espacio de mas de cuarenta leguas. Seguia yo avidamente con la vista, lleno de ansiedad, la direccion de las profundas quebradas, buscando el punto de su reunion, para ver si hallaba en él una via de agua navegable. Un rayo del sol vino á revelármela, haciendo brillar á una apartada distancia, y en la direccion del norte 15 grados este, las sinuosidades de un rio en medio de la selva. Era este, como el puerto que aparece al navegante al cabo de una prolongada travesía; era el resultado de mis cálculos, el triunfo de mis ideas, un tributario en fin del Rio Securi, que yo habia dejado cerca de la Trinidad de Moxos.
Por el espacio de dos dias continué, pero en descenso, por la cresta de las mismas montañas, bajo una bóveda perpetua de ramas entrelazadas que forman una masa de veredura impenetrable al sol, y llegué á la poblacion de los salvages Yuracarees, quienes me acogieron perfectamente en sus cabañas, manifestándose decididos á cooperar á mis proyectos. Partí con ellos luego, ántes que este celo se enfriase, y me interné en el corazon de la selva mas hermosa del mundo en busca de un árbol, que bastase él solo para construir una canoa. Mis salvages, que conocian uno por uno todos aquellos árboles, me llevaron en derechura hasta el mas grueso de ellos, cuyo tronco, de veinticinco piés de circunferencia, quizas habia visto pasar muchos siglos. A los golpes del hacha saltan luego sus astillas, pero al llegar la noche solamente, y á impulsos de un trabajo tenaz, cae por fin haciendo estremecer la tierra, derribando todo cuanto encuentra por delante, y empujando unos objetos á otros, lleva la destruccion á mas de doscientos pasos. Los golpes redoblados del hacha hicieron resonar el bosque durante siete dias consecutivos; dirigia yo entre tanto los trabajos de los indios y trabajaba á la par de ellos para animarlos con mi ejemplo, hasta que el soberano de los árboles de aquellos contornos se vió trasformado en una lancha bastante espaciosa. Hubo despues que allanar, por entre el bosque, los obstáculos que se oponian á su marcha, de cerca de un cuarto de legua, hasta lanzarlo sobre el rio; lo que se efectuó victoriosamente. Me felicitaba ya del buen éxito de mis deseos; pues que para llenar la mision que me habia yo impuesto, no me faltaba otra cosa que hacer sinó bogar hácia Moxos.
Mis promesas determinaron á tres Yuracarees á seguirme hasta Moxos, sirviéndome de remeros; y sin mas provisiones que algunas yucas y otras raices, nos pusimos en marcha, abandonando las selvas. Las aguas estaban demasiado bajas y el rio lleno de saltos: en cuatro dias, solo pudimos andar tres leguas hasta la confluencia del rio Icho. Metidos siempre en el agua para arrastrar la canoa y casi descalsos, durante el dia éramos devorados por las picaduras ponzoñosas de los quejenes, á los que reemplazaban, por la noche, enjambres de mosquitos mas encarnizados todavía. Finalmente, en la confluencia en que los dos rios reunidos forman el rio Securi, siempre navegable, me fué preciso abandonar del todo los lugares habitados, y entregarme, casi falto de provisiones, á las contingencias de una navegacion cuyo término y obstáculos no me era dado prever; sobre todo acompañado de gentes inexpertas, que, por no saber guardar solamente el equilibrio, exponian á volcarse á cada paso nuestra débil embarcacion. La abundancia reinó desde luego, gracias á los buenos resultados de la pesca y de la caza; pero, á medida que adelantábamos, la selva se hallaba cada vez mas y mas desierta, y bien pronto nos vimos reducidos al pescado, sin sal, por todo alimento. En fin, despues de haber visto muchos rios considerables, todos ellos desconocidos, reunirse al que surcábamos, y al cabo de tres dias de una navegacion penosa, continuamente al rayo abrasador del sol, ó expuestos á las lluvias tan abundantes en las regiones calurosas, se presentó nuevamente delante de nosotros el Mamoré en toda su grandeza. Entónces me olvidé de los pasados sufrimientos. Me encontraba en Moxos, blanco de mis afanes, y á la mañana siguiente, despues de una ausencia de cuarenta dias, volvi á ver la capital de la provincia, donde apénas me reconocieron, tal era la alteracion que los trabajos habian causado en mi semblante.
Trazado el plano de este último itinerario me daba ménos camino que por el Chaparé, y á mas, habia yo descubierto un tránsito no tan arriesgado como el de Palta-Cueva. Mis votos, en esta ocasion, se veian tambien cumplidos; y me era permitido ofrecer al gobierno de Bolivia, en la delineacion de una nueva via para sus transaciones comerciales, un presente digno de sus beneficios; sin creerme por esto exento de la imprescriptible obligacion de conservarle mi eterno reconocimiento.
Terminadas pues mis investigaciones en la provincia de Moxos, me embarqué nuevamente y volvi á subir por el Mamoré hasta su confluencia con el rio Sara, y en seguida por este hasta su reunion con el rio Piray, el cual me condujo, al cabo de una molesta navegacion de quince dias, al puerto de los Cuatro-Ojos, situado á treita leguas de Santa-Cruz-de-la-Sierra. El 17 de noviembre de 1832, á los cincuenta dias de permanencia en esta ciudad hospitalaria, me separé de ella penetrado de reconocimiento por los muchos favores de que sus habitantes me habian colmado. Dirigíme de nuevo á las montañas, y trepando hasta Samaypata me encaminé á Chuquisaca, que distaba ciento catorce leguas. Visité de paso las bellas comarcas de Valle Grande, donde terminan los últimos ramales de la cordillera oriental, y bajé luego hácia el Rio Grande, que recibe todas las aguas de las provincias de Cochabamba, Mizqué, Arque, Chayanta, y de una parte de las de la Laguna y de Yamparaes en los departamentos de Cochabamba, de Potosí y de Chuquisaca. Atravesando las montañas y los fértiles valles de las provincias de la Laguna y de Yamparaes, y pasando sucesivamente por el Pescado, por Tomina, Tacopaya, Tarabuco y Yamparaes, llegué finalmente á la capital de Bolivia, antiguo asiento de la audiencia de Charcas, hoy dia residencia de una corte suprema y de una universidad. La ilustrada ciudad de Chuquisaca ó La-Plata, circundada de montañas y de campos cultivados, ofrece enteramente la misma temperatura de la Provenza, en Francia, y podria producir los mismos frutos.
Dejando esta ciudad, atravesé el Cachimayo y el Pilcomayo, y bien pronto elevándome cada vez mas sobre las montañas llegué á Potosí, ciudad de riqueza proverbial; la que por el producto extraordinario de sus minas de plata, ha dado á la España una parte del lustre de que esta ha gozado durante los últimos siglos. Admiré en ella sus grandes lagunas artificiales, sus numerosos ingenios, su casa de moneda, y trepé luego sobre su cerro cribado de boca minas, de las que han salido tantísimos millares de pesos, sin que haya esto mejorado la condicion de los pobres indígenas, instrumentos indispensables de esos penosísimos laboreos. En la cumbre de este cerro, me hallé ochenta varas mas arriba del nivel del Monte-Blanco.
Despues de haber escrupulosamente examinado los alrededores de Potosí, me dirigí á Taropaya, á Yocalla, y á la garganta de Tolapalca: en seguida bajé al profundo valle de Ancacato, que desemboca en el Lago de Pansa, y continuando por el valle de Cóndor-Apacheta, me encontré en unas llanuras espaciosas que me condujeron hasta Oruro, la segunda Potosí, cuyas minas, ricas tambien en otro tiempo, cesaron mas pronto de producir sus tesoros. La ciudad, bien decaida al presente, no suministra ya sinó metales de estaño, ó algun poco de oro arrancado, dirémos así, á sus vecinas montañas.
Me encontré de nuevo sobre el llano Boliviano, la parte mas poblada de aquellos parages. Allí es en donde el cultivo de las papas, por una parte, y la cria de las llamas y de las alpacas por otra, han sido los elementos de esa gran sociedad, que dominada por los Incas, civilizó á todos los pueblos montaraces. En un viage que hice á la provincia de Carangas, vi por todas partes, en medio de unas colinas paralelas, abundantes en minas de cobre, los vestigios de la poblacion antigua: jamas habia yo encontrado tantas pucaras (antiguas fortalezas), y tantos grupos de tumbas (chulpas) todavía en pié. Noté sobre todo las inmediatas al Crucero, cerca de Totora, y las de Pataca-Chulpa (las cien tumbas) cerca de Huaillamarca.
De regreso á Oruro, continué mi exploracion por el llano, y me encaminé por Caracollo, Sicasica y Calamarca hasta La Paz, de donde pasé á visitar Tiaguanaco, tan célebre por sus ruinas. Allí he visto edificios inmensos que testifican una civilizacion tal vez mas adelantada que la de los Incas, y que ciertamente debe serle anterior. Estos monumentos son notables, sobre todo, por las enormes dimensiones de los pedruscos tallados de que se compone su fábrica. En medio de una vasta llanura, donde se eleva un túmulo á mas de cuarenta varas, se ven, rodeados de pilastras colosales, los restos de algunos templos cuadrados mirando hácia el oriente, que tienen como ciento ochenta varas de frente á cada lado, y cuyos pórticos están cubiertos de bajos relieves chatos representando el sol, y el cóndor su mensagero: se advierten tambien allí, todavía, algunos fragmentos de estatuas gigantescas. Todos estos monumentos, colocados muy cerca de las orillas del famoso lago de Chucuito, cuna de Manco-Capac, son bien diferentes de los que se notan en las islas de Coati y de Titicaca, donde fueron estos últimos edificados por los Incas, despues que llegaron ellos á verse dueños, por la conquista, de los paises que habitaba la nacion Aimará, primera simiente de la civilizacion de los Andes.
Habiendo recorrido con exámen los contornos del inmenso lago de Chucuito, que, situado á la altura de cuatro mil varas sobre el nivel del Oceano, se extiende á mas de treinta y tres leguas geográficas de largo sobre quince á veinte de ancho, presentando el aspecto de un pequeño mar, volví á pasar por la postrera vez la cordillera occidental, dirigiéndome al puerto de Arica. Mas de tres años habia yo pues empleado en la exploracion de la república de Bolivia, y me aparté de esa bella y rica parte del continente americano llevando conmigo, no solamente materiales inmensos y de todos géneros para hacerla conocer bajo sus diversos aspectos, sinó tambien el mas vivo agradecimiento hácia su gobierno y hácia sus habitantes, que me habian siempre colmado de civilidades, y dádome, junto con la hospitalidad, finas pruebas de estimacion.
Despues de haber visitado los puertos de Islay y del Callao (Perú), me embarqué definitivamente en Valparaiso para pasar á Francia, en compañía de seis jóvenes bolivianos, nombrados por su gobierno para estudiar en Europa la metalurgia. Nos dimos á la vela en los primeros dias de octubre de 1833, y á principios de 1834 volví á ver mi patria despues de una ausencia de ocho años[1].
[Nota 1: En la parte histórica de mi obra, Voyage dans L'Amérique méridionale, puede verse mi itinerario completo.]
Pasé inmediatamente á París, en donde me apresuré á someter al juicio del Instituto un álbum de mas de quinientas planchas iluminadas, que habia yo dibujado en aquellos lugares, copiando de la misma naturaleza; gran número de manuscritos; é inmensas colecciones geológicas, zoológicas y botánicas. Se nombró una comision compuesta de los señores de Blainville, Geoffroy Saint-Hilaire, Adolphe Brongniart, Savary y Cordier, y el 21 de abril de 1834 presentó esta, sobre dichos materiales, una relacion de la que copiaré aquí algunos pasages.
ZOOLOGIA.—Relatores, los SS. de Blainville y Geoffroy.
«Por los detalles en que acabamos de entrar, detalles que habríamos podido doblar y triplicar, siendo tan copiosos los materiales puestos á nuestra disposicion, la Academia habrá visto sin duda que las observaciones zoológicas del señor de Orbigny, ya redactadas en parte y frecuentemente acompañadas de figuras iluminadas, copiadas de lo viviente, así como las colecciones de animales en apoyo, deben llenar muchos vacíos que habia en nuestra coleccion; lo que adelantará notablemente la zoologia de muchos puntos de Sud-América, muy mal conocidos hasta el presente, como la Patagonia, las provincias del Paraguay y las del alto Perú.
«Reconocemos que el señor de Orbigny ha tenido un acierto completo en los espaciosos límites de su mision, de una manera tan importante para nuestras colecciones como para la ciencia misma.»
BOTÁNICA.—Relator, el Sr. Adolphe Brongniart.
«En fin, la tercera region que él ha explorado con un cuidado muy especial, comprende toda la república de Bolivia y algunos puntos del Perú; ella abraza, entre los grados 13 y 22 de latitud sud, una extension mayor que la de la Francia entera, y presenta las alturas mas variadas, desde el nivel del mar al oeste y las llanuras inundadas de la provincia de Moxos al este, hasta las cimas cubiertas de nieves perpetuas de la parte mas elevada de los Andes.
«Tres años ha pasado en esta interesante comarca, la que ha recorrido por todas partes. En medio de las investigaciones de toda especie, á las que este laborioso viagero se habia entregado, ha podido hallar todavía el tiempo suficiente para recoger y preparar con cuidado mas de mil seicientas especies de plantas, de entre las cuales muchas serán de un grande interes para la ciencia.
«Esa inmensa cordillera de montañas, que costea el gran oceano Pacífico, desde el cabo de Hornos hasta el istmo de Panamá, está bien léjos de haber sido estudiada en toda su extension con respecto á sus producciones naturales; Mutis, Ruiz y Pavon, Dombey, Haenke, y mas recientemente los señores de Humboldt y Bonpland han explorado su parte norte, desde Panamá hasta Lima, es decir, hasta los 12 grados de latitud sud. Por otra parte, Ruiz y Dombey antiguamente, y en los tiempos modernos el infortunado Bertero, muchos botánicos ingleses y alemanes, y nuestros compatriotas los señores de Urville, Lesson, Gaudichaud y Gay habian estudiado con cuidado las riquezas vegetales de Chile desde los 30 hasta los 38 grados de latitud sud; pero todo el espacio comprendido entre los 12 y los 30 grados de latitud austral, no habia sido visitado por botánico alguno conocido. Es en esta parte sin embargo en donde se encuentran las alturas mas elevadas de la cordillera de los Andes; es en ella en donde las vastas planicies, vecinas al límite de las nieves perpetuas, se extienden sobre una grande superficie. Es de esta region, casi desconocida para los naturalistas, que el señor de Orbigny ha visitado una grandísima parte, comprendida entre los 12 y los 22 grados de latitud. Mas él no se ha limitado á recorrer solamente esa cadena de montañas tan notable por sus producciones vegetales, ha estudiado igualmente la vegetacion de las partes bajas y abrasadoras que se extienden hasta las fronteras del Brasil; y si sus investigaciones sobre otros ramos de historia natural no le han permitido, como nos lo dice él mismo, recoger todas las innumerables plantas que encontraba en esos parages, mas de mil seiscientas especies distintas, colectadas de un modo muy inteligente en los sitios que podian presentar mayor interes á la geografía botánica, testifican á un mismo tiempo su celo activo para todos los puntos de las ciencias, y el tino que lo guiaba en aquellas de que él no habia hecho un estudio especial.
«Muchas plantas recogidas, sea en las provincias centrales ó sobre las cordilleras, son evidentemente nuevas; y aunque seria preciso entrar en un exámen mas escrupuloso que el nuestro para fijar el número con exactitud, pueden contarse, sin riesgo de mucho engaño, mas de trescientas ó cuatrocientas especies totalmente desconocidas, que ha recogido en esta parte de su viage; y todas, nuevas ó ya conocidas, serán de un grande interes para la geografía botánica, suministrando un eslabon que faltaba para unir la vegetacion de Chile con la del Perú y con la de Colombia.
«Lo que da todavía mas valor á estos objetos, son las notas precisas sobre las localidades, las alturas y los carácteres fugitivos de todas esas plantas que ofrecen los catálogos del señor de Orbigny. Estas notas y la atencion escrupulosa con la cual se ve que, en los lugares importantes, este celoso viagero ha recogido las especies mas pequeñas y ménos aparentes, prueban que el señor de Orbigny, aunque no habiéndose ocupado especialmente de botánica, no era estrangero á esta ciencia. Pero réstame señalar un verdadero trabajo científico, emprendido y continuado por este naturalista con una perseverencia y un talento que merecen los mayores elogios: quiero hablar de sus investigaciones sobre las palmeras.
«La imposibilidad de conservar como corresponde en herbario, á manera de las otras plantas, esos inmensos vegetales, habia hecho, hasta estos últimos tiempos, que su conocimiento fuese imperfecto; solamente los frutos de algunos de ellos se registraban en nuestras colecciones, y habian podido ser estudiados por nuestros botánicos. Para formarse una idea de sus otras calidades era necesario recurrir á las obras de algunos antiguos naturalistas, que habian dibujado estos árboles, tomando copia de la naturaleza, tales como Rumphius, Rheede, Plumier: estas nociones eran bien imperfectas á causa del poco adelanto de la botánica en la época en que esas obras se ejecutaron.
«Se ha dado un gran paso en estos últimos tiempos con la publicacion de la magnífica obra del señor Martius sobre las palmeras del Brasil; pero esta obra apénas estaba publicada y aun no existia en Francia cuando partió el señor de Orbigny. Muchos botánicos le aconsejaron que diese toda su atencion al estudio de esta hermosa familia, y que aprovechase de sus talentos en el dibujo y de su habilidad en imitar la naturaleza con una rara exactitud, para traer á Europa los materiales mas completos que le fuese posible recoger, durante su largo viage, para una historia sobre las diversas especies de esta hermosa familia.
«Nuestra esperanza á este respecto ha sido mas que colmada, y una serie de dibujos de cuarenta y ocho especies de palmeras, representadas, no solamente en entero para hacer conocer su porte, la forma de sus troncos y la disposicion de sus hojas, sinó tambien en los menores detalles de sus flores y de sus frutos, son unos materiales importantísimos; si se considera sobre todo que estos dibujos están acompañados, para todas las especies, de una description muy detallada hecha en los mismos lugares, y de notas sobre su uso y su distribucion geográfica; y para la mayor parte de entre ellas, de porcion de tallos, de hojas secas, de frutos y de flores que ayudarán á verificar y completar lo que los detalles de los dibujos del señor de Orbigny dejasen por desear. Mas zoologista que botánico, en medio de investigaciones y observaciones de toda especie, este sabio viagero ha hecho lo que muchos botánicos habian descuidado, por la dificultad que presenta el estudio de estos vegetales tan notables. Merced al señor de Orbigny las palmeras de Bolivia son mejor conocidas que las de la Guayana.
«Por todo lo que precede se ve que las colecciones botánicas del señor de Orbigny, junto con las notas y los dibujos, que las acompañan pueden extender muchísimo nuestros conocimientos sobre la vegetacion de la América meridional. Permítasenos, al concluir, manifestar un deseo que sentimos vivamente: este es de que no se dejen tan preciosos materiales guardados por largos años en las colecciones públicas, ó en los cartapacios del autor, para publicarse luego por fragmentos que les quitarian todo el interes del conjunto geográfico.
«Cuando se ve que las bellas colecciones, hechas antiguamente por Commerson y por Dombey en paises vecinos á los visitados por el señor de Orbigny, están todavía en gran parte inéditas, y que algunas porciones solamente han sido descriptas en veinte obras diferentes, no es nada estraño el temor que manifestamos.
«Si se reflexiona, por otra parte, en la suerte que cabe al mayor número de jóvenes doctos á quienes la pasion por el estudio de la naturaleza arrastra á esos viages peligrosos; si se recuerda que en diez y ocho años corridos desde que la paz general ha vuelto á abrir los mares, sobre ocho viajeros naturalistas del Museo de historia natural que han emprendido largas espediciones, cinco, Godefroy, Havet, Plée, Duvaucel, y ha muy poco todavía, el infortunado Jacquemont, han perecido léjos de su patria; que Lalande y Leschenault sucumbieron al cabo de pocos años á las enfermedades contraidas en sus penosísimos y largos viages, y que por tanto el señor de Orbigny es acaso el único, entre los que han vuelto á Francia con sus colecciones, que tiene la posibilidad de hacer conocer por si mismo los resultados de sus investigaciones, se convendrá en que es muy justo esforzarse, cuanto sea posible, para hacerle gozar de la recompensa mas dulce que él debe esperar despues de tan larga peregrinacion; tal es la publicacion de materiales conseguidos á costa de tantos riesgos y fatigas; sobre todo, cuando una profunda y vasta instruccion de parte del viagero anuncia de antemano toda la utilidad que las ciencias habrán de sacar de tan importante trabajo.»
GEOGRAPHÍA.—Relator, el señor Savari.
«Es bien raro que un naturalista viagero dé su atencion, con el mismo interes que á los objetos tan variados de sus estudios especiales, á un asunto de investigaciones no ménos útil, pero mas árido, la configuracion exacta y detallada de los parages que recorre. Es mas raro que este viagero extienda así voluntariamente el circulo de sus tareas, cuando sin preparacion, sin guia y casi sin instrumentos arrostra nuevas dificultades. Esto es lo que con un celo infatigable ha hecho el señor de Orbigny.
«A la llegada de este señor á Bolivia da principio en cierto modo su segundo viage. La república de Bolivia, compuesta de la mayor parte del antiguo alto Perú, es un pais poco mas ó ménos igual á la Francia en superficie: pais notabilísimo bajo su aspecto geográfico. Un lago inmenso; grandes ciudades casi tan elevadas sobre el nivel del mar como la cima de las mas altas montañas de Europa; montañas que dominan este lago como el Monte-Blanco domina el Ródano y Ginebra; sobre esas montañas, ricas minas y las mas encumbradas de cuantas beneficia el hombre: de la otra parte de las cordilleras, vastas llanuras cruzadas por grandes rios, navegables en una extension de unas de doscientas leguas, y cuyas corrientes, poco conocidas hasta de los habitantes mismos, en nada se asemejan á las representaciones trazadas al acaso en nuestros mapas; un clima frio en la proximidad del ecuador: sobre una vertiente de las montañas, tempestades periódicas cada dia durante una parte del año, en el resto de él un cielo constantemente despejado; sobre la otra vertiente, una humedad perpetua; tal es el pais para la formacion de cuyo mapa detallado el señor de Orbihny ha recogido allí mismo los elementos minuciosos.
«Estos elementos son reconocimientos ejecutados, para las direcciones, con ayuda de la brújula, para las distancias recorridas, con el relox en la mano. Las formas del terreno, dibujadas sobre una grande escala, han sido hechas á pincel con un talento admirable. No trepido en comparar estos reconocimientos con lo que el depósito de la guerra posee de mejor, en este genero, sobre muchos puntos de España.
«Para dar, en cuanto á la configuracion del pais, una idea de las rectificaciones que, segun el señor de Orbigny, requieren los mapas actuales mas desparramados, bastará citar la posicion de una grande ciudad (La Paz) trasportada de un lado de la cordillera principal sobre el lado opuesto. Esto es lo mismo, poco mas ó ménos, que si un mapa de Europa presentase á Turin sobre la vertiente de los Alpes que mira á la Francia.
«Un asunto de investigaciones, que toca ménos directamente á la Academia de ciencias, pero que será siempre de un interes general, esto es, el estudio de las lenguas y de las antigüedades del pais, ha dado resultados muy curiosos al señor de Orbigny: mas de treinta y seis vocabularios distintos; rastros de sistemas de numeracion, cuya base es unas veces el número cinco, otras el doce; singularidades sorprendentes y características, tales como una lengua hablada en una extension considerable del pais, y en la que cada objeto tiene dos nombres exclusivamente empleados, el uno por los hombres, el otro por las mugeres: todos estos datos, de los que muchos se ligarán tal vez á las conexiones y á las grandes emigraciones de los pueblos, darán probablemente mas realce á la narracion que debe esperarse del señor de Orbigny. La historia de las artes encontrará tambien en ella algunos documentos preciosos.
«Volviendo al objeto especial de este informe, y para hacer apreciar en una palabra el trabajo que me ha sido sometido, diré que los materiales topográficos del señor de Orbigny unidos á las posiciones determinadas por el señor Pentland, harán que pueda construirse el mapa detallado de un pais, que es tan grande como la Francia, con una exactitud comparable á la de nuestros mapas de la España; yo expresaré el deseo de que las minutas de este trabajo, que acaso no volverá á ejecutarse jamas, sean conservadas en una de nuestras colecciones nacionales: el autor se encuentra en el caso de terminar la redaccion y el dibujo, de publicar en fin sobre una escala reducida, aunque bastante grande todavía, el mapa de las regiones que ha recorrido. Semejante publicacion seria ciertamente la mejor y mas propia demostracion de agradecimiento que la Francia dirigiese al gobierno de Bolivia, por la proteccion ilustrada que ha prestado este al señor de Orbigny, poniendo constantemente á su disposicion todo genero de recursos[1].»
[Nota 1: Se nombró igualmente una comision en la Sociedad de geografía, la que segun el informe de sus comisarios, tuvo á bien acordarme, en 1834, la medalla de oro del gran premio annual de 1832.]
GEOLOGÍA.—Relator, el señor Cordier.
«Los materiales geológicos presentados por el señor de Orbigny, se componen, de un itinerario detallado que encierra buen número de observaciones y de consideraciones generales; de un átlas de ocho hojas, mostrando por medio de recortes figurativos la disposicion de los terrenos; y de mas de seiscientas muestras de rocas, escogidas con dicernimiento y acompañadas de catálogos circunstanciados.
«Estos materiales nos hacen conocer de una manera satisfactoria la constitucion de dos grandes regiones de la América meridional, cuya extension reunida es tres veces mayor que la de la Francia; y á mas, sus resultados puestos en combinacion con las observaciones anteriormente recogidas en esa parte del mundo por otros viageros, nos dan las probabilidades mas justas sobre la naturaleza, hasta entónces ignorada, de los terrenos de las otras regiones, que componen el interior de ese inmenso continente. Entrarémos en algunos detalles que justifiquen esta asercion….
«Para apreciar los variados y numerosos resultados de las investigaciones del señor de Orbigny en las provincias de Bolivia, seria preciso seguirlo en sus itinerarios, sea cuando traspasaba por repetidas veces la doble cordillera de los Andes, sea cuando costeaba las montañas, que parten desde los Andes, atravesando casi sin interrupcion el interior de la América, para ir á reunirse con las del Brasil, sea cuando recorria las pampas de Moxos y de Madeira.
«Puede juzgarse por lo que antecede, del alto interes que ofrecen las investigaciones geológicas del señor de Orbigny. Seria bien sensible que de tantos materiales preciosos, adquiridos á costa de tan grandes esfuerzos, de fatigas, perseverancia y sacrificios, no quedase otra cosa sinó una coleccion de fragmentos de rocas que existe depositada en el Museo. Es pues de desear que el señor de Orbigny redacte sus observaciones, para deleitar con ellas al mundo ilustrado, publicándolas junto con un mapa geológico que resuma los resultados mas importantes.»