NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN.

El pueblo de este nombre, que dista, como acabo de indicarlo, quince leguas al sud de Concepcion de Baures, está situado sobre la ribera derecha y á poca distancia del rio Blanco, ocupando el centro de una llanura á donde jamas alcanzan las inundaciones. La iglesia es sencilla: las casas del Estado, lechadas con tejas, son provisorias: las habitaciones de los indígenas que tienen techos de paja se encuentran en muy mal estado. Cuatro palmas totais, que rodean la cruz colocada en media de la plaza, es acaso lo que hay de mas notable en esta mision.

Quizas en ninguna parte haya tantos murciélagos como en el Cármen. Durante el dia permanecen ocultos debajo de los techos, exhalando un fuertísimo olor, semejante al del almizcle. Cuando llega la noche, millares de ellos salen á vagar por el aire persiguiendo encarnizadamente á los mosquitos sin llegar jamas á destruirlos.

Los alrededores del pueblo deben ser pintorescos en tiempo de seca; mas en la estacion lluviosa, solamente las orillas del rio Blanco ofrecen un aspecto agradable por los plantíos de cacao que las guarnecen. Una calzada bastante cómoda conduce de la mision al rio.

En 1792, habiendo sido informado el administrador de Concepcion que cerca de las cabeceras del rio Blanco existia una tribu de indios salvages, dio parte de esta circunstancia al gobernador Zamora, quien dispuso se les fuese á buscar, tomando para ello todas las medidas necesarias[1]. En 1794, haprimitiva de la nacion, de entregarse sin reserva á todos sus deudos.

[Nota 1: Puedo asegurar que todos estos datos son auténticos, pues que los he recogido yo mismo en los archivos de la mision.]

En las misas cantadas que se dicen en la iglesia de Concepcion, celebradas todavía con todo el aparato que empleaban los Jesuitas, la música instrumental es de tal naturaleza, que sorprende realmente, cautivando el gusto á par que la admiracion. Los tonos bajos son producidos por un instrumento de la invencion de los indígenas, especie de zampoña á flauta pastoril, de una ó dos varas de largo y hecha de hojas de palma, ligadas unas á otras, formando trece tubos de diferente tamaño y grosor: nueve de estos tubos están puestos sobre una línea para las notas enteras, y cuatro sobre otra para los medios tonos. Para tocar este instrumento, cuyas notas bajas producen un sonido estraordinario, es menester colocarlo horizontalmente y no en direccion vertical como la zampoña ordinaria. Acabada la misa, algunos indios, coronados de plumas, con las piernas llenas de cascabeles y llevando en la mano un gran sable de madera, ejecutan delante de la iglesia una danza religiosa y guerrera muy monótona; terminada esta, se presentan mas de sesenta músicos, provistos de flautas de todos los tonos, desde las notas mas agudas hasta las mas bajas; y colocándose en dos filas, se ponen en marcha lentamente y al compaz de una música singular, acompañada de tamboras[1]. Cada uno de los músicos hace producir á su instrumento una sola nota particular; y el conjunto de estos acordes enteramente salvages suele lisongear muchas veces al oído por su mucha armonía. Esta tropa de músicos, seguida por el pueblo, se detiene á hacer oracion delante de las capillas que adornan las cuatro esquinas de la plaza.

[Nota 1: Véase la lám. 10.]

En 1830, la poblacion de Concepcion se componia de tres mil ciento veintiseis individuos, y estaba dividida en veinte secciones ó parcialidades, cuyas denominaciones son las siguientes: Gimoboconos, Hompaceboconos, Escrinos, Tirajabanos, Nipocenos, Coriceboconos, Choyinobenos, Itapimuyiros, Taramuinos, Chaquionos, Muchogeonos, Choromonos, Cabiripoyanos, Abejanos, Arayamanos, Amoriciboconos, Paresabanos, Paromoconos, Abenbanos, Joboconos.

Camino de Concepcion al Cármen.

Cuéntanse como quince leguas de distancia de Concepcion al Cármen, que está hácia la parte del sud; ó si se quiere, dos jornadas de navegacion, subiendo en canoa por el rio Blanco que es muy profundo, bastante encajonado y mucho mas ancho que el rio de San-Miguel, pues tiene cuando ménos ciento cincuenta varas de banda á banda. Aunque con poca diferencia su aspecto parece el mismo, su corriente es algo mas tortuosa, y se va aumentando con el tributo de los arroyuelos que bajan de los bañados vecinos. Sus orillas se ven guarnecidas bien construido los Baures un número de canoas, suficiente para llevar á cabo esta espedicion, se encaminaron al indicado lugar, donde encontraron algunos centenares de indios, resto de la nacion tapacura, sometida por los Jesuitas en Concepcion de Chiquitos; y llevando consigo de grado ó por fuerza doscientos individuos, los juntaron con noventa y cinco familias de Concepcion de Moxos, las que componian un total de trecientos catorce Baures, creando con esta poblacion mixta el pueblecillo del Cármen. Este fué construido primeramente cerca de las orillas del rio Blanco, como doce leguas al sudeste del lugar que actualmente ocupa; pero por la insalubridad del sitio, lo transfirieron en el año de 1801 al punto donde hasta el presente existe.

Los Tapacuras se avinieron fácilmente á las costumbres de las misiones, y bien pronto se les vio tan sumisos á todas sus reglas como los mismos Baures.

La poblacion del Cármen se componia, en la época de su fundacion, de quinientos quince habitantes; pero habiendo las fiebres intermitentes impedido su acrecimiento, en 1801 era casi la misma á pesar de que se contaban diez y siete indígenas que pasaban de setenta años[1]. En 1815 habia llegado al número de seicientos sesenta y seis habitantes; en 1822, al de setecientos sesenta y ocho; y en 1830, al de novecientos treinta y dos. Este aumento es muy poco proporcionado á la fecundidad de las indias que paren casi todos los años; pero las tres cuartas partes de los hijos mueren generalmente á los ocho dias de su nacimiento. Esta poblacion se componia, en el citado año de 1830, de los indígenas siguientes

Quitemocas ó Chapacuras. 340
Muchojeones. 230
Baures. 362
——-
932

Los Quitemocas, Chapacuras, ó Tapacuras han conservando su lenguage primitivo, aunque hacen uso del idioma baúres que se ha generalizado en todas las misiones del este de Moxos: los Muchojeones hablan un dialecto algo diferente del de los Baures. Todos estos naturales son bondadosos en estremo.

[Nota 1: Es de notar que estos diez y siete individuos pertenecen todos, al sexo masculino: las mugeres viven mucho ménos, y es rarísima la que llega á la edad de sesenta años.]

La poblacion del Cármen es la mas atrasada de toda la provincia por lo tocante á la industria fabril; sus tegidos son muy ordinarios. El cacao tampoco rinde los abundantísimos productos que debiera, por la mucha negligencia con que se cultiva. En los bosques vecinos se recoge grande cantidad de exelente vainilla.

En 1830, las haciendas del Estado se componian de tres mil seicientos animales vacunos, y de tres mil docientos noventa y dos caballos. Todas las llanuras situadas al sud del Cármen y en la orilla del rio de San-Miguel, se hallan tambien pobladas de ganados enteramente salvages, y se calcula que su número debe pasar de diez mil.

Grandes vias de comunicacion entre la provincia de Moxos y las provincias vecinas.

Actualmente la provincia de Moxos comunica; con la de Chiquitos por el rio de San-Miguel; con Yuracáres y Cochabamba por el rio Chaparé, y tambien por el camino practicado por mí bajando el rio Securi; con Santa-Cruz de la Sierra por los rios Grande y Piray. Voy á dar aquí una indicacion de estos diversos vehículos de comunicacion.

Camine de Guarayos á Moxos por el rio de San-Miguel.

Siete ó ocho dias se emplean para ir del pais de los Guarayos al Cármen de Moxos; bajando en canoa, como sesenta leguas hácia el norueste, por el rio de San-Miguel, cuyos bordes en la proximidad de Guarayos presentan un aspecto sumamente variado. Sobre sus mismos ribazos se descubren algunas vírgenes selvas, entre cuyo follage de diversos tintes sobresalen los penachos de los agigantados mambúes ó cañas tacuaras, contrastando con la hoja elegantemente recortada de los lambaibas, ó con el verde oscuro de la palmas motacúes. Frecuentemente se descubren árboles inclinados sobre las aguas, y cuyos gajos cayendo perpendicularmente han llegado á tomar raices, y formado grutas naturales de una apariencia deliciosa. En la primavera casi no hay árbol que no contenga un nido hecho con suma prolijidad[1]; y muy á menudo se presentan algunos totalmente cubiertos de bolsitas pendientes de las ramas.

[Nota 1: Los nidos del Furnarius rufus son los mas notables.]

El campo, enteramente llano y parejo, se halla cubierto de mantillo negruzco, tierra vegetal muy fértil, de la que no se ha hecho uso todavía, á pesar de ser eficacísima para la agricultura. En la segunda jornada de navegacion se descubre sobre la ribera derecha una pequeña colina de piedra arenisca de una edad geológica antigua; pasada esta colina, continúa la llanura poblada siempre de arbolados. Aunque el rio es angosto, su álveo, que por todas partes se halla bien encajonado, es bastante profundo para prestarse en todo tiempo á la navegacion de las grandes barcas, ó de los buques de vapor. Sus orillas guarnecidas primeramente, empezando desde Trinidad, de vistosos mambúes, se van poblando poco á poco de árboles variados, que en cierto modo desaparecen á la quinta jornada cerca de la confluencia del Huacari. Este rio, conocido entre los habitantes de Moxos bajo la denominacion de rio Negro, por el color de sus aguas, baja de una grande laguna situada entre la Ascension y Trinidad de Guarayos, y corre en seguida paralelo á la corriente del San-Miguel, distando algunas leguas el uno del otro. El Huacari recibe en su tránsito, que es de grado y medio poco mas ó ménos, una infinidad de arroyuelos que bajan del este.

El viagero que llega á poner su planta sobre un suelo casi enteramente virgen, prueba una satisfacion de que nunca podrán tener idea los que no han salido de los lugares habitados. Los animales selváticos, agenos todavía del temor que debiera inspirarles la presencia del hombre, léjos de ponerse en salvo cuando le ven por la primera vez, parecen mas bien salir á su encuentro como atraidos por la curiosidad: así es que en aquellos lugares, por donde quiera que pasa el viagero, descubre las manadas errantes de javalíes, de ciervos, de gran-bestias, á par de las tropas de monos de diversas especies[1], que andan retozando alegres sobre los árboles, y se detienen un momento llenos de admiracion, para brincar y hacer en seguida las muecas y contorciones mas estrañas y risibles; miéntras que en todos los bosques resuena constantemente la algazara de los pájaros de variados tamaños y colores.

[Nota 1: Entre ellas el Callithrix entomophagus, de Orb.]

A medida que se adelanta camino, los ribazos del San-Miguel van disminuyendo de elevacion, y los bosques de ámbas riberas, que tenian en su principio de una á dos leguas de ancho, se van estrechando poco á poco hasta llegar á guarnecer solamente las orillas del rio, rematando por último, sobre la ribera derecha, en un punto donde se abre una llanura espaciosa y totalmente anegada: este lugar es el puerto del Cármen, distante siete leguas de la mision, á la que en tiempo de seca se va á caballo, atravesando la distancia que separa los rios Blanco y de San-Miguel; pero en la estacion lluviosa se hace este camino cruzando primeramente en canoa por un bañado, del tiro de una legua, hasta llegar á un boscage que se estiende en paralelo con el rio de San-Miguel. Apartándose de este boscage, se entra en otro bañado que tiene como tres leguas de ancho, y por el cual se anda á caballo, aunque en ciertos parages suele llegar el agua hasta los encuentros del animal: este bañado termina en el rio de San-Francisco, que es menester pasar en canoa: en seguida se atraviesa una pradera, luego un bosque, mas allá del cual hay una hacienda para la cria de caballos. El resto del camino desde este punto hasta la mision del Cármen se halla poblado de palmeras carondais y de otros vegetales.

Camino de Moxos á Yuracáres por el rio Chaparé.

Partiendo del puerto de Loreto se anda primeramente una legua, atravesando en canoa por un bañado que conduce al rio Mamoré, cuyos ribazos, muy elevados en tiempo de seca, están guarnecidos de bosques espaciosos. Al fin de la primera jornada se hace alto en un banco de arena, ó si se quiere en los bosques de la orilla.

Al siguiente dia, el Mamoré se muestra ménos ancho pero mucho mas encajonado: á las pocas horas de marcha se llega á la confluencia del rio Sara[1], que es simplemente, como he tenido yo mismo la ocasion de verificarlo, una continuacion de los rios Grande y del Piray reunidos, los cuales tienen sus cabeceras en los departamentos de Chuquisaca, de Cochabamba y de Santa-Cruz. Cuando se viaja con destino á Santa-Cruz de la Sierra, se toma el rio Sara; pero encaminándose á Cochabamba se continúa siempre por el Mamoré que es mucho mas caudaloso, y que conserva todavía, mas arriba de su confluencia, su anchura magestuosa y sus ondas cristalinas. El rio Sara corre entre tanto llevando sus aguas rogizas constantemente turbias.

[Nota 1: En los mapas de Brué, del año de 1825, se halla marcado este rio como si se formara del rio de San Miguel de Chiquitos.]

A la mitad de la tercera jornada se llega á la confluencia del rio Chaparé; dejando entónces el Mamoré se sigue por la nueva corriente, que es mucho mas angosta; pero cuyas riberas, en vez de hallarse guarnecidas de esos boscages modernos que crecen sobre los terromonteros, están pobladas de selvas tan antiguas como el mundo. El álveo del Chaparé, mas firme que el del Mamoré, es tambien profundo y bastante bien encajonado; sus aguas se mantienen siempre cristalinas, y toman el tinte verde sombrío de los árboles tan variados que las guarnecen. Sobre la ribera izquierda se presenta luego la embocadura de un rio al que los indios han dado el nombre de Santa-Rosa: se cree que este rio, cuya corriente apacible tiene un viso negruzco, baje de una laguna que está situada á seis leguas de aquel punto, sobre una magnífica llanura, donde moraban, á la llegada de los Jesuitas, las tribus moxos con las que se ha formado la mision de San-Xavier.

Al cuarto dia de camino, las selvas de las orillas del Chaparé se van encumbrando cada vez mas, componiéndose enteramente de árboles antiquísimos, hasta que apénas llega ya á descubrirse la pequeña parte de cielo correspondiente al profundo surco abierto por el rio en medio de aquel oceano de perenne verdor. De tiempo en tiempo distraen la atencion del viagero, que transita maravillado por aquella imponente soledad, los agudos chillidos de los monos de diversas especies, y la confusa algazara de la multitud de pájaros de variado plumaje: empero, el tránsito por este lugar suele ser sumamente incómodo, pues rara vez deja de llover en él con abundancia. Los cueros de vaca, que forman los toldos bajo de los cuales se guarecen los viageros, llegan á corromperse de tal manera con la accion continua de la humedad y de aquel aire tan caliente y constantemente encerrado, que exhalan un mal olor insoportable; casi otro tanto sucede con la carne salada (única provision de boca que se lleva en estas espediciones) la que se altera hasta ponerse inservible.

En el espacio que se recorre al quinto dia, se distinguen dos especies de palmas[1], desconocidas en Moxos. Por la tarde, empiezan á mostrarse en lo vago del horizonte las cimas de la Cordillera, que bien pronto desaparecen detras de los inmensos bosques, despues de haber consolado al pobre viagero cambiando la monotonía del paisage.

[Nota 1: Las Geonoma Brongniartiana y Macrostachia.]

Al séptimo dia, el aspecto uniforme y grandioso de este lugar, por en medio del cual se sigue vogando lentamente, se embellece mas y mas, á medida que se adelanta camino, y la vegetacion aparece mucho mas variada: entretanto, apénas descienden de tiempo en tiempo algunos rayos de sol por entre las densas nubes que constantemente encapotan el aire, descargando á menudo torrentes de lluvia; circunstancia que, unida al excesivo calor de aquella zona, determina esa maravillosa actividad con que se desarrollan todas las plantas, llenas de vigor y lozanía.

En esta misma jornada el bosque ostenta el hermoso follage de un gran número de palmas de nuevas y diferentes especies, entre las cuales se distinguen la palma viña y la de vinte pes. El rio se manifiesta entretanto mas angosto, y ya se advierten sobre sus orillas algunas otras plantas, como las cañas y los lisos, cuyas hojas blanquizcas resaltan sobre el fondo oscuro del sombrío boscage.

Al llegar la noche del octavo dia de navegacion, se advierten ya sobre la playa los primeros guijarros: esta circunstancia suele regocijar en estremo á los indios moxeños, no solamente por que ella es un anuncio de la proximidad del pais de los Yuracarees, sino tambien por la novedad que les causa la vista de un objeto enteramente desconocido para ellos; pues como ya dije, no se encuentra en la provincia de Moxos el mas mínimo pedernal; por cuya razon siendo los guijarros un verdadero hallazgo, los recogen, sea para sacar fuego, sea por mera curiosidad, con la misma importancia con que recogerian piedras preciosas. Toda vez que un objeto nuevo hiere nuestros sentidos, esperimentamos al punto una satisfaccion, un contento inesplicables: así los naturales de Moxos se extasian contemplando los pedregales, como un habitante de las montañas se anima á la vista de los hermosos arbolados, como un Cruceño siente un gozo desconocido en presencia de las rocas. En esta misma jornada las playas se ensanchan, las montañas parecen aproximarse mas y mas, y las riberas se manifiestan cubiertas enteramente, tan pronto de vejucos matizados de flores ya amarillas ya moradas, tan pronto de innumerables palmeras, de vainilla y de otras plantas aromáticas, tan pronto de esos árboles desconocidos, cuyas copas, totalmente despojadas de follage, no contienen sino flores purpurinas las mas vistosas. Todos los lugares por donde se transita en esta jornada, ofrecen á la admiracion del viagero un conjunto grandioso de maravillas. Entretanto, solo á la mañana siguiente se avista la confluencia de los rios Coni y de San-Mateo, de cuya reunion se forma el rio Chaparé: la corriente de este es rápida en este punto y ya acarrea piedras de algun volúmen. El rio de San-Mateo corre con estrépito sobre un lecho pedregoso y por entre magníficos boscages; mas para ir á Yuracáres se sube el rio Coni que es ménos considerable y sobre todo poco profundo. Barcos de vapor de todos tamaños pueden navegar sin obstáculo por el Chaparé, basta la embocadura de los dos rios que le dan orígen. Cuando se entable la navegacion de aquellos rios, y el tráfico directo del comercio de esas regiones con la Europa, este punto, que está al abrigo de las inundaciones, podrá servir ventajosamente para el establecimiento de un puerto, donde se embarcarán los frutos procedentes de las montañas situadas al nordeste de Cochabamba, y de Valle-Grande.

La subida por el rio Coni es bastante trabajosa, porque hay que luchar contra una corriente á veces rapidísima, y salvar muy á menudo algunas cachuelas cubiertas de guijarros: entre tanto el espectáculo que presentan las orillas es siempre el mismo, imponente á la par que risueño. Finalmente, á los once dias de marcha se hace alto sobre la ribera izquierda, y echando pié á tierra se caminan tres leguas por entre el bosque mas hermoso del mundo, siguiendo el rumbo de un estrecho sendero que conduce al pueblecillo de la Ascension de Isiboro, perteneciente al pais de los Yuracarees.

Camino de Yuracáres á Moxos, por el rio Securi.

Cuando en el año de 1832 me propuse abrir una nueva via de comunicacion entre el pais de los Yuracarees y la provincia de Moxos, emprendí mi viage por el siguiente itenerario. Bajé primeramente al rio Moleto, donde me embarqué en una canoa que habia yo mandado construir para el efecto. Las aguas de este rio estaban muy bajas, y á cada paso tropezábamos ademas con las cachuelas de que está lleno; por cuya razon empleamos tres dias para llegar á la confluencia del rio Icho que solo dista tres leguas. Metidos casi siempre en el agua para arrastrar la canoa y enteramente descalzos, durante el dia nos veiamos atormentados por las picaduras ponzoñosas de los jejenes á los que reemplazaban por la noche enjambres de mosquitos mas encarnizados todavía. Mis compañeros de viage se quejaban con mucha razon, y solamente el ejemplo de mi resignacion y mi constante cooperacion á sus trabajos podian darles el ánimo suficiente para seguir adelante. En este intervalo, el rio Moleto recibe por la parte de oriente las aguas del Ipuchi, y por la de occidente las de los rios Solotosama y Eñesama[1], que corren por entre colinas bajas, mas prominentes hácia el oeste. Estas colinas no son otra cosa que las últimas faldas de la Cordillera.

[Nota 1: El nombre de este rio se compone de dos palabras del idioma yuracáres: de eñe (nombre del pescado conocido en otras partes bajo el nombre de sábalo) y de sama, que significa rio: es decir, rio de los sábalos.]

En la confluencia de los dos rios que forman el rio Securi, las aguas se ensanchan y su hondura es mayor; sin embargo, para poder navegar en grandes barcas, es menester que sean estas de poco fondo. Encontramos en este punto algunos indios ocupados en la pesca, y que se determinaron á seguirnos: bien pronto aconsejándonos hacer alto, nos mostraron detras de unas zarzales de la ribera izquierda un sendero que no hubiéramos podido descubrir desde el rio. Encaminándonos por él, encontramos en medio de un bosque, á un cuarto de legua de distancia, unas cuantas casas que tenian un piso alto, construccion propia para el lugar que me pareció muy húmedo. Con la esperanza de conseguir algunos plátanos y raices de mandioca, únicas provisiones que se encuentran en aquellos lugares salvages, me instalé desde luego en una de esas casas, recientemente abandonadas por sus habitantes, quienes se habian transferido diez leguas al oeste, huyendo de una enfermedad que segun ellos existia en el lugarejo. Al siguiente dia, á poco mas de las once, viendo que aun no volvian los comisionados que habian salido en busca de víveres, resolví regresar al rio para embarcarme y proseguir mi viage; pero no tardaron mis tres indios en llegar tras de mi con algunas provisiones. Inmediatamente nos pusimos en marcha, dejando el pais de los Yuracarees y vogando resueltamente hácia regiones desconocidas.

En el espacio de una legua tuvimos que salvar algunos encalladeros, y despues de haber dejado atras un islote guarnecido de árboles, encontramos el rio ya franco y totalmente desembarazado. Entónces llegué á conocer que seria muy fácil la navegacion de esta corriente, aun para las embarcaciones de vapor. Este punto, cuyos terrenos son los mas feraces que pudieran encontrarse, me ha parecido muy conveniente para el establecimiento de un puerto cuando lleguen á entablerse las comunicaciones comerciales con la provincia de Moxos. El rio es abundantísimo en pescados: cada vez que echábamos nuestros anzuelos, sin pérdida de tiempo sacábamos de á pares enormes pescados, entre los que se distinguian principalmente los pertenecientes á la familia de los siluroides, y tambien los numerosos pacus, pez de los mas esquisitos de América[1]. Al dia siguiente, despues de haber evitado algunos hacinamientos de troncos que obstruian el paso en algunos parages, el rio fué ensanchándose poco á poco, y su profundidad llegó á ser mayor: los jejenes desaparecieron, las palmas viñas eran mas raras, hasta que fueron reemplazadas por las palmas motacúes. Cada banco de arena se veia cubierto de rayadores, de gaviotas y de caprimulgus, que anidan en las playas, depositando simplemente sus huevos sobre la arena.

[Nota 1: En este parage del rio saqué un pescado que tenia dos varas de largo. Este animal, conocido en el Brasil bajo el nombre de pirarara, es un siluroide muy largo, que tiene la cola roja, el vientre amarillo y la parte de encima de un color pardo negruzco.]

Las jornadas se sucedian lentamente por las frecuentes paradas que hacian mis remeros, los que á pesar del ascendiente que yo habia llegado á tomar sobre ellos, saltaban muchas veces á tierra, sin querer obedecerme, para perseguir por entre los bosques, ya las bandadas de pavas del monte, ya los javalíes, ya una tropa de grandes marimonos, que agenos de conocer el daño parecian salir á nuestro encuentro brincando alegremente por sobre los árboles, hasta que una tardía y dolorosa esperiencia les enseñaba á desconfiar del hombre.

Entretanto, las riberas se veian constantemente animadas por toda especie de animales selváticos, que salian de los bosques á retozar sobre la playa ó sobre los árboles de los ribazos. Muy á menudo un gran-bestia, sorprendido de improviso con nuestra llegada, se ponia precipitadamente en fuga; otras veces un carpincho, deslizándose con presteza de la barranca, se escondia en el agua; mas léjos, un ciervo dormido, despertando de pronto, echaba á correr por entre el bosque volviendo de tiempo en tiempo la cabeza para examinarnos de nuevo. De vez en cuando oiamos tambien á la distancia el bramido del tigre.

Al cabo de algunas jornadas de marcha por la corriente profunda, pero poco rápida del rio Securi, llegamos á la confluencia del rio que los Yuracarees llaman Yaniyuta, el cual, bajando del este, viene á dar mas ensanche al Securi. La abundancia de víveres que habia reinado hasta entónces, gracias á la buena pesca y á la caza, nos fué abandonando poco á poco; pues la selva iba siendo cada vez mas desierta, y por otra parte, la pólvora que yo llevaba alterada sin duda por la humedad, se habia puesto inservible; por manera que bien pronto la falta de caza nos redujo al pescado sin sal por todo alimento, y mas tarde á unas pocas espigas de maiz que nos proporcionaron los Yuracarees, y á los palmitos que pudieron derribar mis indios.

Lo largo del camino y la monotonía de esta navegacion empezaban ya á desalentarme cuando el 8 de agosto, á eso de las once de la mañana, llegamos por fin á la confluencia de un rio que baja del oeste, y es mucho mas considerable que el Securi. Los Yuracarees le dan el nombre de Isiboro, y segun el decir de los que me acompañaban, esta caudalosa corriente, formada de los rios Isiboro, Samucebeté y Chipiriri, recibe todas las aguas del vertiente oriental de la cadena del Iterama ó del Paracti, comprendidas entre el rio San-Mateo, y el rio Yaniyuta, por delante del cual habiamos pasado tres dias ántes. Viendo pues que el rio Securi tomba ya un ensanche igual al que habia yo notado en el punto de su confluencia con el Mamoré, recobré el ánimo, esperando llegar bien pronto á encontrarme con este rio.

Al siguiente dia se deslizaba tranquilamente nuestra canoa por entre islas guarnecidas de bosques, cuando se presentó derrepente, posada sobre un árbol del ribazo, la mas hermosa, la mas corpulenta, la mas noble de todas las aves de rapiña, una verdadera harpía[1], que levantaba su bello copete, mirándonos detenidamente sin parecer inquietarse de nuestra presencia. No pudiendo hacer uso de mi escopeta por falta de buena pólvora, dejé á la destreza de mis Yuracarees, que saltaron inmediatamente á tierra, la gloria de capturar aquel soberbio animal. Uno de ellos le asertó desde luego un flechazo: á pesar de este golpe, echóse á volar el pájaro; pero embarazado con la flecha que llevaba clavada, (la cual tenia como dos varas de largo) cayó bien pronto dentro del bosque á donde la siguieron mis cazadores. Me regocijaba ya con la idea de poder llevar á Francia esta rara presa, cuando vi regresar á mis indios trayendo el pájaro con la cola y las alas enteramente desplumadas, y el cuerpo casi pelado. Los Yuracarees estiman en mucho las plumas de este pájaro; ya para empenar sus flechas, ya para adornarse en los dias de gala[2]; así es que sin perder tiempo se habian apoderado de ellas, dejando burladas mis esperanzas. Despues de haberlos reñido asperamente por esta conducta, ordené que me tragesen al animal, que creiamos muerto; y sentado en la canoa lo coloqué delante de mí. Aturdido solamente por los golpes que habia recibido en la cabeza, volvió en sí poco á poco sin que nos apercibiésemos de ello, y cuando yo ménos lo pensaba, se arrojó sobre mí, haciéndome de un solo golpe ocho heridas con sus enormes garras, una de las cuales, de mas de tres pulgadas de largo, me atravesó el brazo de parte á parte, entre el cubitus y el radius, desgarrándome uno de los tendones. A los gritos que dí, acudieron mis compañeros de viage, y lograron con muchísimo trabajo quitarme de encima al furioso animal. Bañado en sangre y sin medicamentos para curar mis heridas, mi estado no dejaba de ser peligroso. Entretanto, continuamente espuesto al calor del dia ó á la nociva humedad de la noche, la fiebre se apoderó bien pronto de mí. Por otra parte el temor de que me atacase un pasmo, y la duda de si quedaria estropeado por causa de la adherencia de la piel al tendon, aumentaban sobremanera mis sufrimientos. Gracias á la Providencia el solo mal positivo que me resultó de todo esto, fué la imposibilidad de servirme de mi brazo durante algun tiempo.

[Nota 1: El Falco destructor. Esta especie es de un tamaño casi doble que el de la águila real de Europa. Véase la lám. 13.]

[Nota 2: Empenan sus flechas con las grandes: las pequeñas se las ponen á modo de peluquín empolvado.]

En la noche de ese mismo dia llegamos á la confluencia del rio Sinuta, último tributario occidental del Securi. Saliendo de este punto, hicimos todavía dos jornadas mas, y mis inquietudes ya tocaban á su colmo, cuando se presentó por fin el rio Mamoré, desplegando á nuestra vista toda su grandeza. Inmediatamente dí al olvido mis padecimientos, pues me encontraba en Moxos, blanco de mis afanes, y al dia siguiente, despues de haber remado toda la noche vogando rio abajo, desembarcamos en Trinidad, capital de la provincia.

Habiendo hecho el plano de este itinerario, resultó claramente, como yo lo esperaba, que el nuevo tránsito practicado por mí era mucho mas corto, y no tan peligroso como el de Palta-Cueva.

Camino de Moxos á Santa-Cruz de la Sierra por el rio Grande y el rio Piray.

Para encaminarse de Loreto, último punto habitado de la provincia de Moxos, hácia Santa-Cruz de la Sierra, es necesario hacer primero, lo mismo que para ir á Cochabamba, un tránsito de tres dias hasta la confluencia de los rios Sara y Mamoré. Se sigue luego por el primero de estos rios, que no es otro que el rio Grande cuyo numbre cambia momentáneamente en la confluencia del rio Piray hasta el punto de su reunion con el Mamoré. Sus aguas rogizas forman un contraste con las cristalinas de este último: por lo demas, las riberas del rio Sara presentan, aunque con ménos terrenos bajos, absolutamente el mismo aspecto; pues se hallan cubiertas de igual modo que las del Mamoré, de bosques muy variados por la diversidad de árboles de que se componen, y entre los que sobresalen las palmas motacúes. Solo en la estacion de seca se ven á descubierto los altos ribazos de esta corriente; entretanto, la línea del nivel á que alcanzan las inundaciones, queda siempre marcada sobre los troncos de los árboles inmediatos, como á una vara de altura desde su pié.

Al fin de la quinta jornada, se presenta la confluencia del riachuelo, llamado Maravo, que baja por la izquierda, de las llanuras inundadas. En la mañana de la sesta jornada se pasa la confluencia del rio Ibabo, cuyas fuentes se encuentran en Tasajos, en Pampa-Grande y en Vilca, puntos de las montañas de la provincia de Valle-Grande. Esta corriente formada de los rios Surutú y Yapacani, toma el nombre de Ibabo cuando baja á serpentear por la llanura, siendo navegable hasta el pié de las montañas. Al cabo de una jornada de navegacion por el rio Sara, se llega á la confluencia del rio Piray. En tiempo de los Jesuitas se subia por el rio Sara ó rio Grande hasta el lugarejo de Payla, situado al este de Santa-Cruz; pero este camino, que obligaba á los viageros á dar una vuelta considerable, siendo al mismo tiempo no poco peligroso en tiempo de crecientes por causa de las avenidas que ocultan enteramente el álveo del rio, ha sido abandonado, harán como cincuenta años, para dirigirse mas bien por el Piray, el cual, aunque mucho mas angosto que el rio Grande, es ménos propenso á las crecientes devastadoras; razon por la que se le prefiere aun á pesar de los saltos que suele tener en tiempo de seca. Es probable que cuando las endebles canoas sean reemplazadas por barcos de vapor, se volverá á tomar el rio Grande, abandonando el Piray, ménos conviente para la navegacion de grandes embarcaciones.

En los dias séptimo y octavo del viage se sube el Piray, con muchísimo trabajo si la estacion es de seca: el álveo de este rio, bastante profundo desde luego, se halla de trecho en trecho obstruido por árboles que las corrientes amontonan, ó por espigones permanentes en el fondo del rio, contra los que tropiezan á menudo las canoas; lo que ocasiona no pocos desastres. Sobre el espacio que se recorre en estas dos jornadas se ven ademas algunos puentes construidos por los salvages Sirionos[1], que moran en las selvas circunvecinas, sin jamas inquietar á los naturales de Moxos. Hasta llegar á la undécima jornada se tienen que salvar sucesivamente muchas cachuelas, formadas por una especie de saltos de arcilla amarilleja endurecida; esto obliga á perder un tiempo considerable por la necesidad que hay de descargar las canoas, para hacerlas subir por en medio de la corriente, tirándolas con sogas. Al ejecutar esta maniobra, algunos de los indios que tienen precision de caminar por entre el agua, suelen ser gravemente heridos por el punzante aguijon de las rayas armadas[2]. Tienen estos pescados en la cola, como las pastinacas de las costas marítimas de Francia, una lanceta de cuatro pulgadas, muy filosa, y guarnecida de dientes retorcidos para adentro con los que desgarran las carnes, causando dolores agudísimos y muchas veces ataques de tétano: por desgracia estos accidentes son muy comunes, sobre todo en las cabeceras de los rios. En tiempo de crecientes, cinco ó seis varas de agua cubren estos puntos salientes, y se pasa entónces por encima de ellos sin que se les eche de ver.

[Nota 1: Véase la lám. 12.]

[Nota 2: Véase la lám. 14, fig. 1.]

A la duodécima jornada, los bosques de las riberas del Piray cesan de pronto, y son reemplazados por unos pantanos á donde vienen á perderse dos riachuelos, el de Palacios y el Palometas, que nacen en la llanura de Santa-Cruz de la Sierra. Estos pantanos ó bañados anuncian que ya no dista mucho el término del viage.

Al décimocuarto dia se pasan de seguida, una tras otra, cuatro cachuelas, no léjos de las cuales se presenta el puerto situado sobre la ribera izquierda, y que no tiene mas habitacion que un espacioso rancho techado con hojas de palma: desde este puerto, separado del lugarejo de los Cuatro-Ojos por un hondo pantano que tiene como una legua de largo, hay que andar todavía treinta leguas para llegar á Santa-Cruz de la Sierra. En la estacion lluviosa se emplean solamente diez dias para hacer este camino, subiendo por el Piray; y seis dias, yendo rio abajo desde Cuatro-Ojos hasta Loreto.