SAN-PEDRO.
Esta mision se encuentra situada en una llanura bastante elevada, cubierta en parte de bañados, que dan orígen á los dos primeros tributarios del Machupo, el rio Tamucu y el rio de San-Juan. Los actuales edificios de esta poblacion no son sino provisorios y nada tienen de notable.
Los Jesuitas descubrieron en 1693 la nacion de los Canichanas[1], que habitaba entónces los bordes del Mamoré y del Machupo. Tres años despues, reuniéronse espontáneamente sus naturales para edificar un pueblo, llamando á los religiosos que vinieron á convertirlos al cristianismo. Se ha dicho que eran antropófagos y que continuamente hacian guerra encarnizada á las Cayuvavas y á los Itonamas, para quienes son todavía un objeto de temores tradicionales. Establecieron los Jesuitas la mision de San-Pedro en el sitio donde hoy se descubren sus ruinas: su posicion central la hizo ser bien pronto capital de la provincia; y concentrando en ella los misionero todos sus tesoros y sus grandezas, San-Pedro llegó á rivalizar, por sus monumentos, por el número de sus estatuas de santos, por las alhajas con que resplandecian las imágenes de la Virgen y del niño Jesus, por las chapas de plata que adornaban sus altares, y sobre todo, por las ricas esculturas en madera de su iglesia, no solamente con las catedrales de Europa, sino tambien con los suntuosos templos del Perú. Cuando la mision fué encomendada á los curas en 1767 despues de la espulsion de los Jesuitas se inventariaron ochenta arrobas de plata maciza.
[Nota 1: Véase al P. Eguiluz, págs. 54 y 56, quien los llama Canicianas.]
Bajo la direccion de los curas, y mas tarde de los gobernadores, la iglesia de San-Pedro fué perdiendo poco á poco su esplendor: otro tanto sucedió bajo el régimen de los administradores. En la guerra de la independencia víose despojada todavía de una parte de sus riquezas para sostener al ejército español mandado por Aguilera, quien hizo sacar de ella veinticinco arrobas de plata.
En 1820, esta mision fué, como ya se dijo, el teatro de una pequeña revolucion, ocasionada por la muerte que con su propia mano dió el gobernador al cacique Marasa, y cuyas consecuencias fueron el incendio del colegio y la total destruccion de los preciosos archivos de la provincia. Algun tiempo despues, transferida su poblacion al lugar donde actualmente se encuentra, se instaló provisariamente en casuchas construidas al efecto. El haber dejado de ser capital, despues de la muerte de Marasa, para ceder este rango á Trinidad, tantísimas dilapidaciones, y sobre lodo, el cambio de local, han reducido á esta mision á la mas lastimosa miseria, siendo indudablemente hoy en dia la mas pobre de todas. Sus habitantes que se hallan cuasi desnudos y carecen hasta de víveres, se ven obligados á robar; por lo que son temidos de sus vecinos, cuyos campos devastan y saquean sin hallar quien ponga obstáculo á sus rapiñas. Finalmente la industria de este canton se reduce á muy poca cosa, aunque, desde el tiempo de los Jesuitas, se han reservado sus naturales la fundicion de campanas y de calderas.
Los indios canichanas, moradores de San-Pedro, que alcanzan hoy en dia al número de mil novecientos treinta y nueve, se asemejan en todo á los indios tobas del Gran-Chaco, y algunas de sus costumbres son enteramente idénticas. Su exesiva indigencia, haciéndoles arrostrar á veces los mayores peligros, los induce á salir á la caza de tigres, con cuya carne se alimentan: con este mismo fin persiguen cruelmente á los caimanes. Para apoderarse de uno de estos animales, se echa un indio al agua, nadando con un solo brazo y llevando con el otro una vara bastante larga, en cuyo remate va fijada la estremidad de un lazo de cuero: acercándose luego muy pausadamente al feroz reptil, que se mantiene inmóvil y con los ojos fijos en su presa, procura envolverle el lazo alrededor del cuello; si logra su intento, los indios que están en la orilla teniendo la otra punta del lazo, tiran inmediatamente de él para sacar al animal á tierra; pero si se yerra el golpe, no le queda al cazador otro recurso de salvacion que perseguir al caiman, echándosele resueltamente encima, para asustarlo y tener tiempo de ganar la orilla mientras él se zambulle. Hay otros que cazan el mismo animal con un palo corto, y puntiagudo en ámbas estremidades, en medio del cual está amarrado el lazo: armados dé este modo salen al encuentro del caiman, que abre su horrenda boca para tragar el brazo del nadador, quien aprovechando de este movimiento introduce perpendicularmente su palo, quedando este clavado en las quijadas que cierra vorazmente el animal. En seguida lo sacan á tierra tirando del lazo. Esta caza es sumamente peligrosa, y raro es el año en que no ocasione algunas muertes.
Todas las esculturas de la antigua iglesia de los Jesuitas se conservan amontonadas en un galpon. Hay, entre varios otros objetos, un púlpito y un confesonario todavía enteros, y cuya profusion y riqueza de esculturas los harian distinguir ciertamente como bellísimos adornos en los templos mas notables. Es pues muy sensible que se dejen así perder estas ricas producciones del arte, en vez de hacerlas trasportar á las grandes poblaciones, en cuyas catedrales hallarian muy apropiada colocacion. La iglesia actual de San-Pedro, edificada tambien provisoriamente, está recargada con demasía de imágenes de santos y de ornamentos de plata: se notan empero, entre estos objetos, muchas estatuas de madera, trabajadas en Italia por los mejores maestros del siglo pasado.
Camino de San-Pedro á San-Ramon.
Hay de veintiocho á treinta leguas, hácia el nornordeste, de la mision de San-Pedro á la de San-Ramon, distancia que en tiempo seco se recorre á caballo, tomando la ribera izquierda del Machupo para no tener que atravesar sus innumerables tributarios orientales. Se han colocado de trecho en trecho, sobre todo el largo de este camino, barracas donde se detienen á descansar los viageros.
En la estacion de lluvias, ó cuando se llevan mercancias, se baja por el rio de San-Juan, que se encamina al nornordeste, cruzando las llanuras y recibiendo sucesivamente por el este los rios de Moocho, de Cocharca, de Molino, y en fin el Machupo que le da su nombre. Siguiendo adelante recibe tambien por el mismo lado, cerca de San-Ramon, el randal del rio Chananoca, y ensanchándose tanto como el rio Blanco, lleva su curso por en medio de coposos y altos arbolados. En todo tiempo seria navegable este rio, hasta mas arriba de San-Ramon, para embarcaciones de vapor; pero en la estacion lluviosa, solamente hasta San-Pedro.
Camino de San-Pedro á Santa-Ana.
Hay veinticinco leguas, en línea recta al nordeste, de San-Pedro á Santa-Ana; mas, como allí generalmente se viaja en canoas, los numerosos giros del Mamoré hacen doble la distancia, por cuya razon es menester emplear en este tránsito dos dias cuando se anda rio abajo, y tres ó cuatro cuando se tiene que subir. Saliendo de San-Pedro, se camina hácia el este como una legua de llanuras hasta pasar por un puente el arroyo de Tamucu, no léjos del cual se encuentra el puerto en un bañado bastante grande, sobre cuyos bordes aparece la casucha del guarda: se andan todavía tres cuartos de legua, cruzando por este bañado hasta que se presenta el Mamoré, el cual se costea hasta la embocadura del rio Tijamuchi, situado sobre la ribera izquierda. Este rio, que baja de las cordilleras, tiene como cien varas de ancho y es bastante profundo; circunstancias que lo hacen navegable en todo tiempo hasta para los barcos de vapor. Por ser su giro demasiado tortuoso, se emplean cinco ó seis dias para subir por él hasta San-Ignacio. Algo mas abajo de la embocadura del Tijamuchi, forma el Mamoré un gran recodo, fácil de evitar entrando en un bañado que se presenta sobre la orilla izquierda, y cuyas aguas, casi siempre corrompidas en algunos parages, causan fiebres intermitentes, al paso que ostentan en algunos otros, numerosos grupos de la magnífica planta llamada victoria. A pocas leguas de allí, divídese el Mamoré en tres brazos, que forman islas anegadas, por entre las cuales se transita con muchísima dificultad, tropezando con árboles flotantes, arrancados por las corrientes. Algo mas adelante, se pasa por en frente de la arruinada mision de San-Pedro, de la cual no han quedado mas vestigios que algunos cacahuales. Ya no presentan las orillas del Mamoré en este punto, esa belleza salvage tan notable cerca de la confluencia del rio Iténes. Aparece luego por el este, á una distancia bastante grande, mas abajo de los tres brazos del Mamoré, la embocadura del rio Aperé, apartado como una jornada de navegacion de su tributario el rio de San-José: ámbos rios son navegables para barcos de alguna carga, hasta el pié de las montañas. Por el mismo lado desemboca tres ó cuatro leguas mas abajo el rio Yacuma, tambien navegable como los anteriores, y cuyo profundo álveo tiene como de setenta á ochenta varas de ancho; sus márgenes, guarnecidas de matorrales, no contrastan notablemente con las llanuras circunvecinas, que se hallan cuasi desnudas de boscage: tres cuartos de legua mas adelante, se llega á la confluencia del rio Rapulo, el que no por ser mas angosto deja de ofrecer las mismas facilidades para la navegacion, pues en tiempo de los Jesuitas se subia por él hasta la mision de San-Borja. Finalmente un poco mas arriba de dicha confluencia, se presenta la mision de Santa-Ana, situada entre estos dos últimos rios, un cuarto de legua distante del Yacuma.