CAPÍTULO DECIMOSEXTO

¡Huye! ¡huye! buen hombre; ¡he aquí un convento, allí tienes una iglesia! ¡por aquí! ¡por allí! gritan de todas partes á Renzo. Tocante á huir, júzguese si tenía necesidad de que se lo aconsejaran. Desde el momento mismo en que había empezado á concebir las esperanzas de escapar de las garras de la policía, echó sus cuentas, y pensó que si lo conseguía, saldría sin detenerse, no sólo de la ciudad, sino también del ducado. Porque se había dicho: de cualquier modo que sea, ellos tienen apuntadas mis señas en sus librotes, y con mi nombre y apellido me vienen á prender cuando quieran. Tocante á un asilo, no lo habría buscado hasta que tuviese los esbirros á sus espaldas; porque se había dicho otra vez: Si puedo ser pájaro de bosque, no quiero serlo de jaula. Había, pues, designado para refugiarse cierto pueblo situado en el territorio de Bérgamo, en el cual estaba establecido su primo Bartolo, que si recuerdan los lectores, muchas veces le había invitado á ir. Mas la dificultad consistió en encontrar el camino. Abandonado en un sitio desconocido de una ciudad, para él desconocida también, Renzo tampoco sabía por qué puerta se salía para ir á Bérgamo, y aun cuando lo hubiese sabido, ignoraba el camino que conducía á dicha puerta. Imaginó que le enseñasen el camino alguno de sus libertadores; pero así como en el poco tiempo que había tenido para meditar su posición, le pasaran por la mente ciertas ideas acerca de aquel espadero tan oficioso, padre de cuatro hijos, así, por sí ó por no, no quiso manifestar sus designios á tanta gente reunida, por si acaso hubiese algún otro de la misma índole, resolviendo de súbito alejarse precipitadamente de aquel sitio, y el camino hacérselo enseñar después en un sitio en donde nadie supiese quién era, ni por qué lo preguntaba. En seguida dijo á sus libertadores: “Mil gracias, amigos míos; ¡Dios os bendiga!”. Y saliendo por el lugar que se le hizo inmediatamente, tomó la carrera, se introdujo por una travesía, bajó por una callejuela, y galopó por espacio de largo tiempo sin saber adónde iba. Cuando le pareció que estaba ya bastante lejos, detuvo el paso para no infundir sospechas, y empezó á mirar ya á un lado, ya á otro, para escoger la persona á quien hacer su pregunta, la cara que le inspirase más confianza. Pero aun en esto había dificultad. La pregunta por sí sola era sospechosa; el tiempo urgía; los corchetes apenas vueltos de su pequeño aturdimiento, debían haberse puesto en movimiento para seguir las huellas de su fugitivo; la voz de aquella fuga podía haber llegado hasta allí, y en tales apuros, Renzo debía hacer acaso diez juicios fisionómicos antes de encontrar la figura que le pareciese á propósito. Ese gordiflón que está de pie en la puerta de su tienda con las piernas separadas, las manos detrás, sacado el abdomen, la barba levantada, debajo de la cual colgaba una gran papada, y que no teniendo otra cosa que hacer levantaba alternativamente su temblorosa é informe masa, dejándola caer sobre sus calcañares, tenía el aire de un parlanchín curioso, que en vez de contestar, le hubiera abrumado con preguntas. Ese otro que iba hacia él con los ojos fijos y la boca abierta, lejos de poder enseñar su camino á alguien, parecía apenas saber el suyo. Aquel muchacho, que á la verdad tenía trazas de ser muy despejado, mostraba, sin embargo, ser muy malicioso, y probablemente hubiera tenido el maldito gusto de hacer ir á un infeliz aldeano á la parte opuesta de la que éste deseaba. ¡Cuán cierto es que al hombre embarazado, á cada paso se le presentan nuevos obstáculos! Habiendo visto finalmente á uno que andaba muy aprisa, pensó que éste, teniendo regularmente algún negocio apremiante, le contestaría con prontitud, sin necesidad de más habladurías, y oyendo que hablaba solo, juzgó que debía ser un hombre franco. Después de haberse aproximado á él le dijo: “Por favor, caballero, ¿tendríais la bondad de decirme por qué lado se va á Bérgamo?”.

—¿Á Bérgamo? por la puerta Oriental.

—Mil gracias; ¿y para ir á la puerta Oriental?

—Tomad esta calle á mano izquierda, encontraréis la plaza de la catedral, y luego...

—Basta, caballero, ya sé lo demás; Dios os lo pague. Después de lo cual se encaminó precipitadamente hacia el lado que le había sido indicado. El interpelado le siguió un momento con la vista, y combinando en su pensamiento aquel modo de andar con la pregunta, dijo entre sí: ó ha hecho alguna, ó alguno se la quiere hacer.

Renzo llegó á la plaza de la catedral; la atravesó, pasó por el lado de un montón de cenizas y carbones apagados, y reconoció los restos de la hoguera, de la cual había sido espectador el día antes; pasó también muy cerca de la escalinata de la expresada catedral, y vió el horno de las muletas, medio destruido y guardado por soldados. Se dirigió vía recta por la calle á la cual había sido arrastrado por la multitud; llegó al convento de capuchinos, echó una ojeada á aquella plaza y á la puerta de la iglesia, y se dijo interiormente: El fraile de ayer me había dado, sin embargo, un buen consejo, el de esperar en la iglesia, con el objeto de hacer algo bueno.

Detúvose un momento á mirar atentamente la puerta por la cual había de pasar, y viendo á lo lejos mucha gente que la guardaba, y teniendo la imaginación un poco acalorada (es preciso compadecerle, pues no le faltaban motivos), experimentó cierta repugnancia en arriesgarse á salir por ella. Se hallaba de manos á boca en un lugar de asilo, en donde con la consabida carta sería bien acogido: tuvo fuertes tentaciones de entrar; mas animándose de súbito pensó: pájaro de bosque hasta que se pueda. ¿Quién me conoce? Ciertamente, los esbirros no se dividirán en pedazos para irme á esperar á todas las puertas. Dirigió una mirada á su alrededor para ver si venían por aquel lado, y no descubrió ni esbirros, ni nadie que pareciese ocuparse de él. Sigue adelante, detiene aquellas benditas piernas que querían correr siempre, mientras sólo convenía caminar, y poco á poco, tarareando á media voz, llegó á la puerta. Había justamente ocupando el paso una porción de guardas, y de refuerzo una compañía de arcabuceros españoles; mas todos estaban ocupados en velar las afueras, para no dejar entrar á las gentes que á la nueva de una sublevación acuden, del mismo modo que los cuervos al campo en donde se ha verificado una batalla; de suerte que Renzo, con aire indiferente, los ojos bajos, y con el andar entre viajero y paseante, salió sin que nadie le dijese nada; pero el corazón le palpitaba con fuerza. Advirtiendo á la derecha un pequeño sendero, entró en él para evitar el camino real, y anduvo un buen pedazo antes de volver atrás la vista.

Camina sin descanso; encuentra á su paso cabañas, pueblos; sigue adelante sin preguntar su nombre, y seguro de alejarse de Milán, confía ir hacia Bérgamo: por el momento esto le basta. De cuando en cuando se volvía, y á cada instante miraba y se frotaba ya una, ya otra muñeca, doloridas todavía, y señaladas en derredor con una rubicunda raya, vestigios de la cuerda. Sus pensamientos eran, como cualquiera puede imaginarse, una confusa mezcla de arrepentimientos, inquietudes, cólera y ternura; era un estudio pesado el traer á la memoria lo que había dicho y hecho la noche anterior, el descubrir la parte secreta de su dolorosa historia, y sobre todo, cómo habían podido averiguar su nombre. Naturalmente sus sospechas recaían sobre el espadero, á quien recordaba habérselo declarado. Y calculando del modo tan astuto con el cual aquél se lo había sacado, en su aspecto, en sus ofertas y en todas sus preguntas, que tendían siempre á querer saber algo, las sospechas se cambiaban casi en certeza, si bien luego se acordaba confusamente de haber continuado charlando después de la partida del espadero; ¿pero con quién? Adivínalo, grillo. ¿De qué? Aunque recurría á la memoria era en vano; ésta no le decía más, sino que en aquel entonces se hallaba fuera de su casa. El infeliz se perdía en aquellas investigaciones: era como un hombre que ha echado muchas firmas en blanco, y que las ha confiado á uno á quien creía el non plus ultra de la honradez, y después al descubrir que es un petardista y un bribón, quiere obtener de éste que le dé á conocer el estado de sus negocios. ¡Pobrecito!, ¿qué ha de conocer? Todo es confusión.

El otro estudio penoso era fundar sobre el porvenir algún proyecto que no fuese al aire, que le pudiese gustar, y que no tuviese desagradables consecuencias; pero bien pronto lo más aflictivo fué poder encontrar el camino. Después de haber andado un buen trozo de él, puede decirse á la ventura, vió que por sí solo no podía lograrlo. Bien es verdad que experimentaba cierta repugnancia al pronunciar la palabra Bérgamo, como si tuviese un no sé qué de sospechoso, de impudente; mas no podía pasar por otro punto. Resolvió, pues, dirigirse, según lo había hecho en Milán, al primer transeúnte, cuya fisonomía simpatizase con él, y así lo verificó.

—Estáis fuera del camino, le respondió éste; y después de haber reflexionado un poco, mitad con palabras, mitad con gestos, le indicó la vuelta que tenía que dar para entrar en el camino real. Renzo le dió las gracias, hizo ademán de poner en ejecución todo lo que se le había dicho, se encaminó en efecto, hacia aquel lado con la intención de acercarse al dicho camino real, de no perderlo de vista, de andar costeándolo del mejor modo posible, pero sin poner los pies en él. El designio era más fácil de concebir que de ejecutar. Por último, así andando de derecha á izquierda, y como si dijéramos, haciendo eses, en parte siguiendo las demás indicaciones que se animaba á buscar por todos lados, en parte corrigiéndolas según sus luces y adaptándolas á su intento, ya también dejándose guiar por los caminos en los cuales se hallaba empeñado, nuestro fugitivo había hecho ya cerca de doce millas, cuando no estaba distante de Milán más de seis. Tocante á Bérgamo, era una gran dicha si no se había alejado más. Por lo tanto, empezó á persuadirse que de aquella manera no llegaría á conseguir lo que deseaba, y en su consecuencia trató de buscar otro expediente. El que le vino á la imaginación fué inquirir, por medio de alguna astucia, el nombre de algún pueblo cercano á la frontera, al cual se pudiese dirigir por caminos de travesía, y preguntado por dicho pueblo, se haría enseñar el camino sin necesidad de sembrar por do quier la consabida pregunta sobre Bérgamo, que le parecía oler tanto á fuga, á expulsión y á criminal.

Mientras buscaba el modo de reunir todas aquellas noticias sin promover sospechas, vió un verde ramo pendiente en lo alto de la puerta de una aislada cabaña, en las afueras de un lugarcillo. Hacía algún rato que sentía aumentársele la necesidad de restaurar sus fuerzas; calculó que aquel paraje sería á propósito para matar dos pájaros de un sólo tiro, y entró. No había allí más que una anciana con la rueca al costado y el huso en la mano. Pidió algo que comer, y le fué ofrecido un poco de stracchino y vino excelente. Aceptó aquél y rehusó éste (pues le había cogido odio á causa de la mala jugada que le había hecho la noche anterior); se sentó, suplicando á la anciana que se diese prisa. Ésta en un instante lo puso en la mesa, y empezó de súbito á abrumarle con preguntas, tocante á lo que él era y á los grandes acontecimientos de Milán, cuyas voces habían llegado hasta allí. Renzo, no sólo supo eludir las preguntas con mucha destreza, sino que aprovechándose de la dificultad misma, hizo servir á su intento la curiosidad de la vieja que le preguntaba adónde se dirigía.

Tengo que ir á varias partes, respondió, y si puedo ahorrar un poquito de tiempo, querría detenerme un instante en ese pueblo de bastante consideración, que se halla en el camino de Bérgamo, próximo á la frontera, pero, sin embargo, perteneciente al territorio de Milán... ¡Cómo se llama! Regularmente habrá alguno, pensaba entre sí.

—El que queréis decir es Gorgonzola, contestó la anciana.

—¡Gorgonzola! repitió Renzo, como para grabar mejor el nombre en su memoria. ¿Está muy distante de aquí? replicó en seguida.

—No lo sé exactamente; estará quizá unas diez ó doce millas. Si estuviese aquí alguno de mis hijos, os la sabría decir.

—¿Y creéis que se pueda ir por esos lindos senderos sin tomar el camino real, que tan lleno está de polvo? pero, ¡qué polvo! ¡Ya se ve, hace tanto tiempo que no llueve!

—- Me parece que sí: podréis preguntarlo en el primer pueblo que encontraréis á mano derecha; y lo nombró.

—Está bien, dijo Renzo: se levantó, tomó un pedazo de pan que le había quedado de su desayuno, pan bien distinto del que había encontrado la víspera al pie de la cruz de S. Dionisio; pagó la cuenta, salió y se encaminó hacia la derecha. Finalmente, para evitar digresiones, diremos que con el nombre de Gorgonzola en la boca, de pueblo en pueblo llegó á dicho punto, cerca de una hora antes de anochecer.

Mientras iba andando, había proyectado hacer otra parada, con el objeto de comer algo de sustancia. El cuerpo hubiera agradecido un poco de cama; pero antes de satisfacerlo, Renzo se hubiera dejado caer muerto en el camino. Su designio era informarse en la posada de la distancia del Adda, recabar con destreza algunas noticias sobre alguna travesía que lo condujera, y encaminarse hacia aquel punto, después de haber tomado un refrigerio. Nacido y criado en el sitio en donde el Adda sale por segunda vez, por decirlo así, de las entrañas de la tierra, había oído decir muchas veces que en cierto paraje, y á cierta distancia, sus aguas marcaban los confines del territorio milanés y veneciano: de dicho paraje y distancia no tenía una idea exacta; pero por el momento, el asunto más urgente era atravesarlo, por donde quiera que fuese. Si no llegaba á conseguirlo en aquel mismo día, estaba resuelto á andar hasta que la noche y sus fuerzas se lo permitiesen, y aguardar después el alba en un campo, en algún sitio solitario en donde Dios quisiera, con tal de no ser en una hostería.

Habiendo andado un poco por Gorgonzola, divisó una muestra de posada: entró en ella, y pidió al dueño, que le salió al encuentro, alguna friolera que comer y medio cuartillo de vino: algunas millas de más y el tiempo, le habían hecho pasar aquel odio extremado y fanático. “Os ruego que me despachéis pronto, añadió, porque tengo necesidad de volverme á poner al instante en camino”. Y esto lo dijo, no sólo porque era la verdad, sino también por miedo de que pensando el posadero que quisiese dormir allí, no le saliese con la consabida pregunta del nombre y apellido, y de dónde venía, y para qué asunto... ¡Largo, largo!

El posadero respondió á Renzo que sería servido, y éste se fué á sentar en uno de los extremos de la mesa, cercano á la puerta, en el sitio de los vergonzosos.

Se hallaban en la estancia algunos ociosos, los cuales, después de haber discutido y comentado las grandes ocurrencias de Milán del día anterior, se deshacían por saber cómo habrían ido en aquel mismo día, tanto más, cuanto que las primeras noticias eran más propias para excitar la curiosidad que para satisfacerla: una sublevación, ni reprimida, ni victoriosa, suspendida más bien que terminada á causa de la noche; una cosa truncada, el fin de un acto, más bien que de un drama. Uno de ellos se destacó de la reunión, acercóse al recién llegado, y le preguntó si venía de Milán.

—¿Yo? dijo Renzo admirado, para tomar tiempo de responder.

—Vos; si no es una indiscreción el preguntároslo.

Renzo, meneando la cabeza, apretando los labios, y dejando oir un sonido inarticulado, repuso: Milán, según lo que he oído decir... no debe ser un lugar para poder ir en estos momentos, á menos que haya una grande necesidad.

—¿Continúa, pues, todavía hoy el tumulto? preguntó el curioso con más afán.

—Sería preciso estar allí para saberlo, replicó Renzo.

—¿Pero vos, no venís de Milán?

—Vengo de Liscate, respondió con prontitud el joven, que en el ínterin había calculado la contestación. Efectivamente, hablando en rigor, venía de dicho punto, porque había pasado por él, y el nombre lo supo, en cierto paraje del camino, por medio de un viajero que le había indicado que era el primer pueblo que tendría que atravesar para llegar á Gorgonzola.

—¡Oh! dijo el amigo, como si quisiese dar á entender: hubierais hecho mejor en venir de Milán; mas, paciencia... ¿Y en Liscate, añadió, no se sabía nada de Milán?

—Podría ser muy bien que alguno supiese algo, repuso el aldeano; pero yo, no he oído nada.

Y dichas palabras las profirió de esa manera particular que parece querer decir: he concluido. El curioso volvió á su sitio; y un momento después, el posadero se llegó á ponerle la comida en la mesa.

—¿Cuánto hay de aquí al Adda? le dijo Renzo entre dientes, con el ademán del bobo, que ya le hemos visto tomar algunas veces.

—¿Al Adda... para atravesarlo?

—Esto es... sí... al Adda.

—¿Queréis pasar por el puente de Cassano, ó por la barca de Canónica?

—Por cualquier parte que sea... Únicamente lo pregunto por mera curiosidad.

—Es que yo lo digo porque ésos son los sitios por donde pasan las gentes de bien, los que pueden dar cuenta de sus acciones.

—Muy bien, ¿y cuánto dista?

—Haced cuenta, que tanto por un paraje como por otro, poco más, poco menos, habrá unas seis millas.

—¡Seis millas! no creía que estuviera á tanta distancia, dijo Renzo; y luego replicó en seguida, con un aire de indiferencia llevado hasta la afectación: Y luego, si hubiese alguno que tuviera necesidad de acortar, ¿hay otros sitios para poder pasar?

—Seguramente, respondió el posadero mirándole fijamente con ojos de maligna curiosidad. Esto bastó para hacer expirar en la boca del joven las demás preguntas que tenía dispuestas. Trajo el plato hacia sí; y clavando la vista en el medio cuartillo de vino, que el posadero había puesto sobre la mesa, juntamente con aquél, dijo: “¿El vino es puro?”.

—Como el oro, repuso el posadero; preguntad si no á todos los habitantes del pueblo y sus contornos, que lo saben, y después juzgaréis. Así diciendo se fué á reunir á la compañía.

¡Qué malditos posaderos! exclamó Renzo interiormente: cuanto más los conozco, peores los encuentro.

Sin embargo, se puso á comer con gran apetito, prestando al propio tiempo oído, sin demostrarlo, con el objeto de descubrir terreno, de inquirir lo que se juzgaba en el pueblo acerca del grande acontecimiento, en el cual había tenido no pequeña parte, y de observar especialmente si entre aquellos habladores habría algún hombre de bien de quien pudiese fiarse un pobre muchacho para preguntarle el camino, sin temor de ser puesto en apreturas, y forzado á hablar de sus asuntos.

—Mas, decía uno, esta vez parece que los milaneses han querido hacerlo de veras. Basta; mañana á lo más tarde se sabrá algo.

—Me arrepiento de no haber ido á Milán esta mañana, decía otro.

—Si vas mañana, yo iré también, repuso un tercero, y después otro, y otro.

—Lo que yo quisiera saber, replicó el primero, es si esos señores milaneses pensarán además en la pobre gente de fuera, ó si tratarán de que se hagan buenas leyes, únicamente para ellos. Bien sabéis cómo son. ¡Orgullosos ciudadanos! ¡todo lo quieren para ellos! ¡los demás, como si no existieran!

—Nosotros también tenemos boca, no sólo para comer, sino también para exponer nuestras razones, dijo otro con acento tanto más modesto, cuanto que la proposición era más avanzada; y cuando la cosa esté bien encaminada... Pero creyó mejor no concluir la frase.

—No es sólo en Milán en donde hay grano oculto, empezaba otro con ademán misterioso y maligno, cuando he aquí que oyen acercarse un caballo. Todos corren hacia la puerta; y habiendo reconocido al que llegaba, se apresuran á salirle al encuentro. Era éste un comerciante de Milán, que yendo muchas veces al año á Bérgamo, con motivo de su tráfico, solía pasar la noche en aquella posada; y como encontraba casi siempre la misma reunión, los conocía casi á todos. Se agrupan á su alrededor; uno coge la brida, otro el estribo.—¡Bien venido, bien venido!

—Bien hallados.

—¿Habéis tenido buen viaje?

—Bonísimo; ¿y á vosotros, qué tal os va?

—Bien, bien. ¿Qué noticias traéis de Milán?

—¡Oh! hay grandes y famosas novedades, dijo el comerciante desmontándose y dejando el caballo en manos de un mozo: y además, continuó entrando acompañado de toda la reunión, y á estas horas lo sabréis, acaso, mucho mejor que yo.

—¡De veras! Nada sabemos, dijeron algunos, poniéndose la mano sobre el corazón.

—¿Es posible?... repuso el comerciante. Pues oiréis hermosas cosas... ó más bien feas. ¡Eh, patrón! mi cama de costumbre, ¿está desocupada? Bien: un vaso de vino, y mi consabido guisado: pronto, pronto; porque quiero acostarme en seguida, para partir mañana muy temprano, y llegar á Bérgamo á hora de almorzar. Y vosotros, añadió, yendo á sentarse al lado opuesto, al cual estaba Renzo silencioso y atento, ¿no sabéis todas las diabluras de ayer?

—De ayer, sí.

—Mirad, pues, cómo sabéis las novedades. Bien decía yo, que estando aquí siempre de guardia para acechar á los que pasan...

—Pero hoy, hoy, ¿qué ha ocurrido?

—¡Ah! ¿hoy? ¿no sabéis nada hoy?

—Nada absolutamente; no ha pasado nadie.

—Pues dejadme remojar los labios, y después os explicaré las cosas de hoy: veréis.

Llenó el vaso, lo cogió con una mano, luego con los dos primeros de la otra, levantó los bigotes, se alisó la barba, bebió, y repuso: Hoy, mis queridos amigos, poco ha faltado que no haya sido un día tan turbulento como el de ayer, ó todavía peor; y casi me parece no ser verdad el estar aquí hablando con vosotros; porque había ya abandonado toda idea de viaje, con el único fin, de permanecer guardando mi pobre tienda.

—¿Qué diablo había? dijo uno de los oyentes.

—Justamente el diablo; veréis: y trinchando la carne que se le había puesto delante, y después comiendo, continuó su narración. Los circunstantes de pie á un lado y otro de la mesa, le estaban escuchando con la boca abierta. Renzo en su sitio, sin que pareciese hacer caso, permanecía atento, acaso más que todos, mascando poco á poco los últimos bocados.

—Esta mañana, pues, los bribones que ayer movieron aquel tremendo alboroto, se hallaron en los sitios convenidos (estaban ya de inteligencia, y lo tenían todo preparado de antemano): se reunieron, y empezaron el bonito cuadro de ir corriendo de calle en calle, dando gritos, para juntar á la demás gente del pueblo. Podía compararse aquello, como cuando se barre la casa (con respeto hablando), que cuanto más se avanza mucho más se aumenta el montón de inmundicia. Cuando les pareció que había suficiente gente, se dirigieron á la casa del señor vicario de la provisión. ¡Como si no bastaran las atrocidades que le hicieron ayer! ¡á un señor de su clase! ¡malvados! ¡Y las injurias que vomitaban contra él! Todo era inventado, por supuesto; él es un buen señor, puntual: yo puedo decirlo, que sé todo lo de la casa, y le proveo de tela para la librea de su servidumbre. Se encaminaron, pues, á dicha casa: ¡era preciso ver qué canalla! ¡qué fachas! Figuraos que han pasado por delante de mi tienda: tenían tales caras, que... los judíos del Viacrucis no servían para descalzarlos. ¡Y las blasfemias que salían de aquellas bocas! era cosa de taparse los oídos si no hubiese sido porque no tenía cuenta el darse á conocer. Iban, pues, con la buena intención de saquear; pero... Y aquí levantando y extendiendo la mano izquierda, colocó el extremo del pulgar en la punta de la nariz.

—¿Pero?... dijeron casi todos los oyentes.

—Pero, continuó el comerciante, se encontraron con la calle cerrada con vigas y carros, y detrás de esta barricada, una magnífica hilera de migueletes, con los arcabuces preparados para recibirlos. Cuando vieron aquel bello aparato... ¿qué hubierais hecho vosotros?

—Volver atrás.

—Seguramente; así lo hicieron. Pero, ¡ved si no era el demonio el que los conducía! Están en el Cordusio; ven el horno que ayer habían querido saquear, ¿y qué se hacía dentro de aquella tienda? Se distribuía el pan á los compradores. Había allí caballeros, la flor de los caballeros, que vigilaban para que todo fuese con orden. Aquéllos (como iba diciendo, tenían el diablo en el cuerpo, y éste era el que los azuzaba), aquéllos entraron como desesperados; pilla tú, que yo también pillaré: en un abrir y cerrar de ojos, caballeros, panaderos, compradores, panes, bancos, mostrador, cajones, sacos, cedazos, salvado, harina, pasta, todo está revuelto de arriba abajo.

—¿Y los migueletes?

—Los migueletes tenían que guardar la casa del vicario: no se puede al mismo tiempo repicar y andar en la procesión. Repito que fué en un abrir y cerrar de ojos: coge, coge; todo lo que había que tomar fué llevado. Después se pensó en reproducir la misma diversión de ayer; esto es, el conducir lo restante á la plaza y hacer una hoguera. Ya empezaban los bribones á sacarlo todo de la casa, cuando uno más infame que los demás... ¡Adivinad la proposición que salió de su caletre!

—¿Qué fué?

—Hacer un gran montón de todo, en la tienda, y pegarle fuego juntamente con la casa.

—¿Y lo han verificado?

—Esperad: un buen hombre del vecindario ha tenido una inspiración del cielo. Sube á las habitaciones, busca un Crucifijo, lo encuentra, lo coloca en una ventana, toma de la cabecera de un lecho dos velas benditas, las enciende, y las pone á ambos lados de dicho Crucifijo. La gente levanta la vista. En Milán, es preciso decirlo, se conserva todavía un poco de temor de Dios: todos vuelven en sí; quiero decir, la mayor parte. Había diablos que por robar hubieran pegado fuego aun al mismo paraíso; pero viendo que la multitud no era de su parecer, han sido obligados á ceder y estarse quietos. ¡Acertad ahora lo que sucede de improviso! Todos los canónigos de la catedral en procesión, con la cruz, en traje de oro, y monseñor Manzeta, arcipreste, empezó á predicar por un lado, y monseñor Settala, penitenciario, por otro, y después otros por aquí y por allí. Pero, ¡buenas gentes! ¿qué queréis hacer? ¿Es este el ejemplo que dais á vuestros hijos? Volveos á casa; ¿no sabéis que el pan se ha puesto barato más que antes? Pero, id á verlo, que el aviso está fijado en las esquinas.

—¿Era verdad?

—¡Diablo! ¿Queréis que los señores canónigos fuesen de gran capa á decir mentiras?

—¿Y qué hizo el pueblo?

—Fueron yéndose poco á poco; corrieron á las esquinas; y el que sabía leer, allí precisamente se encontraba la meta. Atended un momento: un pan de ocho onzas por un sueldo.

—¡Qué dicha!

—Es una buena viña, con tal que dure. ¿Sabéis cuánta harina se ha desperdiciado entre ayer y esta mañana? La suficiente para mantener todo el ducado por espacio de dos meses.

—¿Y para fuera de Milán, no han hecho alguna buena ley?

—Lo que se ha hecho en Milán no es más que con respecto á la ciudad. No sé qué deciros; para vosotros, será lo que Dios quiera. Por sí ó por no, los alborotos se han concluido. No os lo he dicho todo; ahora viene lo bueno.

—¿Hay algo mas todavía?

—Hay que ayer noche, ó esta mañana, han sido presos muchos, y de pronto se ha sabido que los jefes serán ajusticiados. Apenas han empezado á esparcirse estas voces, cuando de repente cada uno se ha encaminado á su morada por el camino más corto, por no arriesgarse á ser del número. Milán, cuando yo he salido, se asemejaba á un convento de frailes.

—Pero, ¿los ajusticiarán de veras?

—Indudablemente; y muy pronto, respondió el comerciante.

—Y el pueblo, ¿qué hará? volvió á decir el que había hecho la anterior pregunta.

—¿El pueblo? irá á verlos, dijo el comerciante. Tenían tantos deseos de ver morir á un cristiano al aire libre, que querían ¡bribones! ejecutar esta diversión con el señor vicario de la provisión. En cambio tendrán cuatro pícaros, servidos con todas las formalidades, acompañados por capuchinos y por cofrades de la buena muerte; es gente que lo ha merecido. Mirad, es una buena providencia; era una cosa indispensable. Empezaban ya á coger el vicio de entrar en las tiendas y hacerse servir sin meter la mano en el bolsillo: si se les hubiese dejado hacer, después del pan hubiera venido el vino, y así, de una cosa en otra... Juzgad si ellos querrían abandonar voluntaria y espontáneamente una costumbre tan cómoda; y sólo sabré deciros que para una persona honrada que tiene tienda abierta, era una idea muy poco satisfactoria.

—Es cierto, dijo uno de los circunstantes.—Es cierto, repitieron los demás en coro.

—Y, continuó el comerciante limpiándose la barba con los manteles, la trama es larga; ¿sabéis que había una liga?

—¡Una liga!

—Una liga: cábalas todas urdidas por los navarros, por ese cardenal de Francia, que tiene un nombre medio turco; ya sabéis quién quiero decir, el que todos los días piensa una cosa nueva para hacer algún desprecio á la corona de España. Pero sobre todo, sus tiros tienden siempre á Milán; porque el muy bellaco, sabe bien que aquí está la fuerza del rey.

—¡Vamos!

—¿Queréis una prueba? Los que han metido más alboroto en Milán eran forasteros; andaban recorriendo las calles ciertas caras que jamás se habían visto. También olvidaba deciros una cosa que se me ha dado por cierta: la justicia había atrapado á uno en una hostería.

Cuando se tocó esta cuerda, Renzo, que no perdía una sílaba de aquella conversación, se sintió sobrecogido de miedo, y dió un pequeño salto en su asiento antes de que pudiese pensar en contenerse. Nadie, sin embargo, se apercibió de ello; y el orador, sin interrumpir el hilo de su narración, continuó: Aún no se sabía de dónde venía, por quién era enviado, ni qué casta de hombre podía ser; pero lo cierto es que era uno de los jefes. Ya ayer, en lo más fuerte de la bacanal, había hecho varias diabluras; y después, no contento todavía, se había puesto á perorar y á proponer, así una pequeña gracia, el asesinar á todos los señores. ¡Infame! ¿Quién mantendría á los pobres si los señores fuesen todos asesinados? La justicia que lo había espiado, le echó las manos encima; le encontraron un paquete de cartas, y lo conducían á la jaula; ¡pero qué! sus compañeros, que rondaban por las inmediaciones de la hostería, acudieron en gran número y salvaron al bribón.

—¿Y qué ha sido de él?

—No se sabe; se habrá escapado ó estará oculto en Milán: ésa es gente que no tiene casa ni hogar, y encuentran por todas partes donde alojarse y esconderse, mientras que el diablo puede y quiere ayudarles; mas luego, cuando menos se lo piensan, se meten en el lazo; porque en el momento que la pera está madura, es indispensable que salga. Por ahora se sabe de seguro, que las cartas han quedado en poder de la justicia, y que toda la cábala está descrita en ellas, diciéndose que hay por medio mucha gente comprometida. Peor para ellos, que han arruinado medio Milán, y aún no tenían bastante. Dicen que los panaderos son unos bribones: ya lo sé yo también; pero es necesario ahorcarlos, previa disposición judicial. Hay grano oculto, ¿quién lo ignora? Pero á los que mandan corresponde tener buenos espías, é ir á desenterrarlo, y mandar á hacer cabriolas en el aire á los monopolistas, en compañía de los panaderos; y si los gobernantes no hacen nada, á la ciudad corresponde el reclamar, y si no dan oídos á la primera vez, es preciso recurrir otra segunda, pues á fuerza de reclamar se acaba por obtener; y no valerse de medios tan infames, como son el entrar en las tiendas y almacenes á robar á mansalva.

Lo poco que Renzo había comido se le convirtió en veneno. Hubiera querido estar mil millas lejos de aquella hostería, de aquel pueblo; y más de diez veces se había dicho á sí mismo: vámonos, vámonos. Pero el temor de infundir sospechas se aumentó considerablemente, y tiranizó de tal modo sus pensamientos, que lo tenía como clavado en su asiento. En semejante perplejidad, pensó que el charlatán debía al fin concluir de hablar de él, resolviendo en su interior el levantarse apenas oyese entablar cualquiera otra conversación.

—Por esto es, dijo uno de la reunión, por lo que yo, que sé cómo van esta especie de cosas, y que los hombres honrados no están bien en los alborotos, no me he dejado vencer por la curiosidad, y he permanecido en mi casa.

—¿Y yo, me he movido? dijo otro.

—Yo, añadió un tercero, si por casualidad me hubiese hallado en Milán, hubiera dejado sin acabar cualquier negocio que fuese, y me habría vuelto prontamente á casa. Tengo mujer é hijos; y luego, digo la verdad, no me gustan los alborotos.

Á esto, el posadero, que también se había puesto á escuchar, se dirigió al otro extremo de la mesa, para ver lo que hacía el forastero. Renzo, aprovechando la ocasión, llamó al patrón por señas, pidió la cuenta, la pagó sin regatear, aunque los fondos estaban en decadencia, y sin más, se encaminó directamente hacia la puerta, pasó el umbral, y poniéndose en manos de la Providencia, se dirigió del lado opuesto del cual había venido.