CAPÍTULO DÉCIMO

Después de la famosa asonada del día de S. Martín y del siguiente, pareció que la abundancia hubiese vuelto á Milán como por milagro. Las panaderías se veían llenas de pan; el precio de éste era como en los años más fértiles; las harinas estaban en proporción. Los que en aquellos dos días habían gritado por las calles ó hecho algo más, tenían al presente (exceptuando el pequeño número que habían sido presos) motivos de congratularse, y no se crea por esto que permaneciesen tranquilos después de pasado el primer susto de las prisiones: en las plazas, en las esquinas, dentro de las tabernas, bailaban, se felicitaban, y aun se jactaban entre dientes de haber encontrado el medio de hacer bajar el precio del pan; mas sin embargo, en medio de las fiestas y regocijos reinaba una vaga inquietud, un presentimiento confuso de que semejante dicha no sería de muy larga duración, agrupábanse en torno de las panaderías y de los almacenes de harina, según había sucedido cuando aquella abundancia ficticia y pasajera producida por la primera tarifa de Antonio Ferrer, todos gastaban con profusión, el que tenía algún dinero lo invertía en harina y pan, les servían de almacenes los cofres, los más pequeños toneles, y hasta las ollas. Apresurándose de este modo á gozar de las ventajas del momento, hacían, no digamos imposible su larga duración, porque por sí misma ya lo era, sino que á cada instante se volvía más y más difícil su continuación.

El 15 de noviembre, Antonio Ferrer, de orden de su excelencia, publicó un bando, por el cual se prohibía á cualquiera que tuviese en su casa grano ó harina, el comprar pan, poco ni mucho, y á los demás únicamente el que necesitasen para dos días, bajo penas pecuniarias y corporales al arbitrio de su excelencia. Dicho bando intimaba á los encargados de su cumplimiento y á cualesquiera persona, el denunciar á los contraventores, ordenando á los jueces el hacer pesquisas en las casas que les fuesen designadas, dando al propio tiempo á los panaderos una nueva orden terminante y expresa de tener las tiendas bien provistas de pan, so pena, en caso de contravención, de cinco años de galeras y de mayor pena, al arbitrio de su excelencia. Es preciso un grande esfuerzo de imaginación para creer que semejante bando pudiese ponerse en ejecución. Á la verdad, si todos los que se publicaban entonces hubiesen podido tener entero y cumplido efecto, el ducado de Milán hubiera tenido en el mar más gente que hoy día la Gran Bretaña.

Pero mandando á los panaderos hacer una tan gran cantidad de pan, era indispensable igualmente dar alguna orden para que no faltasen las primeras materias. En las épocas de carestía se hace siempre un estudio especial en reducir á pan los productos ó alimentos que acostumbran á consumirse bajo otra forma. Se había, pues, calculado el hacer entrar el arroz en la composición del pan llamado de mistura[6]. El 23 de noviembre salió una nueva orden secuestrando á las órdenes del vicario y de los doce miembros de la provisión la mitad del arroz (que entonces se le daba el nombre de risono[7], y aún hoy día se llama del mismo modo), que cada uno tuviese, bajo pena, á cualquiera que dispusiera de él sin permiso de los expresados señores, á la pérdida del género y á una multa de tres escudos por moggio[8]. Esto, según se ve, era muy justo.

Mas para comprar dicho arroz era preciso pagarlo á un precio muy desproporcionado al que tenía el pan; por lo tanto se impuso á la ciudad la carga de suplir esta enorme diferencia; mas el consejo de los decuriones deliberó el mismo día 23 de noviembre el representar al gobernador la imposibilidad de sostener por mucho tiempo semejante carga, y el gobernador por medio de un bando, fecha 7 de diciembre, fijó el precio del mencionado arroz á doce libras el moggio. Tanto al que pidiese un precio más subido como al que rehusase venderlo, se le intimó la pena de la pérdida del género y una multa del mismo valor, y mucha y más grande pena pecuniaria y también corporal, hasta la de galeras, al arbitrio de su excelencia, según la cualidad de los casos y las personas.

El precio del arroz mondado había sido ya fijado antes de la primera conmoción: la tarifa, ó para servirnos de una denominación más célebre en los anales modernos, el máximum del grano y de los demás cereales comunes se había fijado en otros bandos que no hemos podido encontrar.

Mantenido de este modo á un precio módico en Milán el trigo y la harina, sucedió que una multitud de gentes del campo acudieron á proveerse á la ciudad. D. Gonzalo, para remediar dicho inconveniente, según él lo llamaba, prohibió por otra ordenanza de 15 de diciembre el sacar fuera de Milán pan por más del valor de veinte sueldos, bajo pena de la pérdida del pan mismo y veinticinco escudos, y en caso de insolvencia, de dos carreras de azotes en público, y mayor castigo aún, como de costumbre, al arbitrio de su excelencia. El 22 del mismo mes se publicó una orden igual para las harinas y granos.

El populacho había querido procurarse la abundancia por medio del pillaje y del incendio: el gobierno quería mantenerla con las galeras y azotes. Dichos medios eran bastante adecuados; mas juzgue el lector si podían lograr el fin que se proponían: en un momento vamos á ver cómo lo consiguieron. Por otra parte, no es inútil que observemos que estos extraños medios entre sí tienen una conexión íntima y necesaria; cada uno era la consecuencia inevitable del precedente, y todos dimanaban del primero, que fijaba al pan un precio tan desproporcionado al que debía resultar del estado real de las cosas. Semejante expediente ha parecido, y ha debido parecer siempre á la multitud, no sólo conforme á la equidad, sino también muy sencillo y muy fácil de poner en ejecución: es, pues, sumamente natural que en las angustias y padecimientos que trae en pos de sí la carestía, la expresada multitud lo desea, lo pide, y si puede lo impone. Pero á medida que se experimentan las consecuencias, es necesario que á aquellos á quienes toca esta incumbencia, se dediquen á repararlas todas por medio de una ley que prohíba hacer lo que designaban las leyes anteriores. Permítasenos observar aquí, como de paso, una singular combinación. En un país y en época no muy lejana, en la época más famosa y notable de la historia moderna, se recurrió en circunstancias semejantes á iguales expedientes (casi podríamos decir los mismos en la sustancia), con la sola diferencia que eran en mayor proporción, y poco más ó menos en el mismo orden. Tomáronse, pues, estas medidas en menosprecio de la razón de los tiempos tan cambiados y de los conocimientos crecientes en Europa, y en dicho país quizá más que en otro alguno, siendo principalmente la causa de esto, que la gran masa del pueblo, hasta la cual no habían llegado todavía los mencionados conocimientos, pudiese hacer prevalecer su juicio, é hiciese igualmente la ley, según vulgarmente se dice á los legisladores.

Mas volviendo á proseguir nuestra interrumpida narración, diremos que al fin y al cabo los dos principales frutos de la sublevación habían sido dos: el desperdicio y pérdida efectiva de víveres, durante la conmoción misma, consumiendo mientras rigió la tarifa, sin cuidado y sin medida el poco grano que debía bastar para ir tirando hasta la nueva recolección. Á estos efectos generales es preciso añadir el suplicio de cuatro desventurados designados como jefes del motín, los cuales fueron ahorcados, dos enfrente del horno de las Muletas, y los dos restantes al extremo de la calle, en donde se hallaba la casa del vicario de la provisión.

Además, las relaciones históricas de aquella época, están escritas tan sin orden, que no se ha podido encontrar cómo y cuándo cesó la expresada tarifa tan arbitraria. Si á falta de pruebas positivas nos es lícito aventurar algunas conjeturas, estamos decididos á creer que fué suprimida un poco antes ó después del 24 de diciembre, día de la consabida ejecución. Por lo que respecta á las ordenanzas, después de la del día 22 del mismo mes, que hemos citado, no encontramos otra en materia de subsistencias, ya sea que las que se hubiesen publicado fracasaran, ya que hayan escapado á nuestras pesquisas, ya, por último, que la autoridad desanimada, si no convencida de la ineficacia de sus remedios y arrastrada por la fuerza misma de los sucesos, los haya abandonado á su propio curso. Pero nosotros hallamos en las relaciones de más de un historiador (inclinados como estaban todos á describir los grandes acontecimientos, más bien que á observar las causas y progresos) el cuadro del país, y principalmente el de la ciudad, á la conclusión del invierno y en la primavera. En esta época, la desproporción de los víveres y las necesidades que no habían podido hacer cesar ni los remedios que aumentándola, habían suspendido temporalmente los efectos, ni una introducción suficiente de cereales extranjeros, á la cual se oponían la escasez de medios públicos y privados, la penuria de los países circunvecinos, la languidez y la paralización del comercio, las leyes mismas que tendían á establecer la baratura á favor de medidas violentas; todas estas circunstancias, que eran la verdadera causa de la carestía, ó por mejor decir, esta misma obraba sin obstáculo de ninguna especie y con toda su fuerza. He aquí la copia de aquel doloroso cuadro.

Todas las tiendas estaban cerradas; las fábricas en gran parte desiertas; las calles ofrecían un espectáculo terrible, un incesante curso de miserias y una morada perpetua de sufrimientos. Los mendigos de profesión, habiendo quedado circunscritos á un número muy escaso, confundidos y perdidos en una nueva multitud, se veían reducidos á disputar la limosna con aquellos de los cuales en otro tiempo la habían recibido. Los oficiales y aprendices despedidos por los comerciantes y fabricantes, privados de su salario y jornal, vivían penosamente de sus economías y ahorros: los jornaleros, errando de puerta en puerta, de calle en calle, apoyados en las esquinas, tumbados en las aceras, arrimados á las casas y á las iglesias, pedían limosna con voz lastimera ó vacilaban entre la necesidad y la vergüenza que aún no habían podido dominar; descarnados, débiles, apenas tenían la suficiente fuerza para sostenerse, abatidos como estaban por una larga vigilia y por los rigores del frío, que penetraba por entre sus andrajosos vestidos, en los cuales se distinguían aún las señales de su antiguo bienestar. Veíanse mezclados á esta deplorable turba, y no en muy pequeño número, servidores despedidos por sus amos, caídos entonces desde la medianía á la estrechez, ó que á pesar de tener facultades, se encontraban inhábiles en tiempos tan calamitosos, de sostener tan grande y numerosa servidumbre. Á todos estos indigentes se agregaba otro número infinito, acostumbrados en parte á vivir de las sobras de aquéllos; divisábanse por todas partes niños, mujeres, ancianos, agrupados en torno de los que habían sido hasta el presente su sostén, vagando dispersos tendiendo la mano.

Tropezábase también y se les distinguía por sus ciuffo ó poblados mechones, por los restos de sus magníficos vestidos, por un cierto no sé qué en el porte y gesto, por esas huellas que los hábitos imprimen sobre el rostro; encontrábanse, repito, muchos individuos pertenecientes á la mala ralea de los bravos, los cuales, habiendo perdido por una suerte común su pan criminal, lo andaban buscando por misericordia. Domados por el hambre, no disputaban con los demás, valiéndose únicamente de las súplicas; se arrastraban por la ciudad, ellos que tantas veces la habían recorrido con la cabeza alta, con ademán altanero y feroz, cubiertos de ricos y caprichosos vestidos, cargados de magníficas armas, adornados de elegantes plumas, perfectamente peinados y perfumados: veíase al presente, á estos hombres, alargar humildemente aquella mano que tantas veces se había levantado para amenazar con insolencia ó para herir á traición.

Pero el espectáculo más horrible y más digno de compasión á la vez, era la innumerable multitud de aldeanos: veíanse reunidos por familias enteras; maridos, mujeres, niños, ancianos. Algunos cuyas casas habían sido invadidas y despojadas por la soldadesca alojada ó que iba de paso, habían huido desesperados; otros para mover más á compasión y para hacer distinguir su miseria entre tantas, mostraban las heridas y cicatrices de los golpes que habían recibido al defender sus escasas y últimas provisiones, ó al escapar de aquel desenfreno ciego y brutal. Otros, finalmente, no habiéndoles alcanzado todavía semejante azote, pero arrojados por otros dos, de los cuales ningún rincón había quedado exento, á saber: la esterilidad y las cargas más exorbitantes que jamás habían sido exigidas para satisfacer lo que entonces llamaban necesidades de la guerra, llegaban á la ciudad como á la morada, como al último asilo de la abundancia y de una piadosa munificencia. Se podían conocer fácilmente los recién llegados por su aire incierto y de estupidez, y poco después por el despecho que manifestaban á la vista de tal desorden, de una tan grande rivalidad de miseria, allí donde habían esperado ser objeto singular de compasión y atraer sobre sí las miradas y los socorros. En las facciones de los que por más ó menos tiempo recorrían y habitaban las calles de la ciudad, prolongando su desgraciada existencia por los escasos socorros que obtenían por largos intervalos, veíase pintada una consternación más negra y más profunda. Vestidos de diferentes maneras, los que todavía podían llamarse vestidos, y distintos también en su aspecto: semblantes descoloridos de la tierra baja, bronceados del llano, del Mediodía y de las colinas, sanguíneos de los montañeses; mas sin embargo, todos afilados y descompuestos, todos con los ojos hundidos, miradas fijas participando de la fiereza é insensatez; los cabellos desordenados, las barbas largas y descuidadas; cuerpos nutridos y endurecidos por las fatigas, veíanse ahora aniquilados por el hambre. Y para completar cuadro tan desolador, la naturaleza misma aparecía como vencida por cierta especie de languidez y consunción.

Divisábase por doquier en las calles, pegados á las paredes de las casas, montones de paja y bálago, mezclados de asquerosa inmundicia; esto, sin embargo, era para aquellos infortunados un don y una prueba de la caridad; éstos eran los lechos donde reposaban sus cabezas durante la noche. De cuando en cuando se veía, aun en medio del día, echarse en ellos á alguno á quien la debilidad había quitado las fuerzas y paralizado las piernas: muchas veces aquel triste lecho acogía un cadáver: muchas veces se veía caer á un desgraciado de improviso en la calle, y quedar en el mismo sitio sin movimiento y sin vida.

De vez en cuando, al lado de alguno de esos infelices se veía á un pasajero ó vecino atraído por una súbita compasión. En algunos puntos llegaban socorros ordenados con más larga previsión, dirigidos por una mano rica en medios, y acostumbrada á prestar grandes beneficios: ésta era la mano del virtuoso Federico. Había escogido seis sacerdotes, los cuales á una caridad viva y perseverante, uniesen una constitución fuerte y robusta; los había dividido en tres parejas, designando á cada una el que recorriese la tercera parte de la ciudad, seguidos por mozos cargados de alimentos, refrigerios y ropas. Todas las mañanas, aquellos dignos sacerdotes recorrían las calles en diversos sentidos: aproximábanse á los que veían echados en el suelo, prestando á cada uno los socorros necesarios; al que estaba agonizando y no podía recibir ya los alimentos, le administraban los auxilios y consuelos de la religión; á los hambrientos les daban sopas, huevos, pan y vino, á los extenuados por una larga vigilia los confortaban antes por medio de espíritus, con el objeto de que se pusiesen en estado de resistir el alimento; igualmente distribuían vestidos á los que se hallaban en la más espantosa desnudez. No se limitaba á esto solo su asistencia: el buen pastor había querido á lo menos procurar un alivio eficaz y duradero hasta donde llegasen sus alcances. Los infelices á quienes este primer socorro volvía las fuerzas para poder andar y manejarse por sí solos, recibían también algún dinero, á fin de que la necesidad renaciente y la falta de otros recursos no les lanzase por segunda vez en su primitivo estado; á otros les buscaban un asilo y abrigo en alguna casa de las más próximas. En la morada de estos bienhechores eran casi siempre acogidos por caridad, y como recomendados por el cardenal; en otras, donde á pesar de la buena voluntad faltaban medios, los buenos sacerdotes pedían únicamente que el desgraciado fuese recibido pagando una pensión, convenían en el precio, y entregaban cierta cantidad por vía de adelanto. En seguida daban la lista de los desgraciados á los curas de la parroquia para que los visitasen, y volvían los mismos sacerdotes á verlos.

No es necesario decir que Federico hubiese aguardado que el mal llegara á su colmo para ser movido y dedicar todos sus cuidados. Su ardiente caridad debía hacerse sentir en todas partes, acumularse, acudir adonde no había podido todavía tomar, por decirlo así, tantas formas cuantas exigía la necesidad. Reuniendo todo aquello de que podía disponer, guardando la más estricta economía, invirtiendo todos los ahorros destinados á otras obras de beneficencia que entonces se habían vuelto de una importancia secundaria, había buscado todos los medios posibles para recoger dinero, empleándolo exclusivamente en aliviar á los infelices que morían de hambre. Hizo grandes compras de granos, y había enviado una buena parte á los lugares más escasos de su diócesis. Como el socorro estaba lejos de igualar á la necesidad, mandó también una gran cantidad de sal, con la cual, según dice Ripamonti, la yerba de los prados y la corteza de los árboles se convertía en alimento[9]. Había distribuido granos y dinero á los párrocos de la ciudad; él mismo en persona recorría todos los barrios, repartiendo limosnas y socorriendo además, secretamente, á muchas familias indigentes. En el palacio episcopal se hacía cocer diariamente una gran cantidad de arroz, y al decir de un escritor contemporáneo (el médico Alejandro Tadino, en una de sus obras[10], que con frecuencia tendremos ocasión de citar más adelante), se repartían todas las mañanas dos mil escudillas.

Pero estos efectos de la caridad, que podemos llamar grandiosos al considerar que venían de un solo hombre y de sus solos medios (ya que Federico rehusaba por sistema el ser el dispensador de la liberalidad de otros); estos efectos, repito, unidos á los dones de otras manos privadas, si no tan fecundas, á lo menos numerosas, juntamente con los socorros que el consejo de los decuriones había decretado, dando al tribunal de la provisión la incumbencia de distribuirlos, no eran suficientes aún en comparación de las necesidades que había. Mientras que algunos aldeanos próximos á morir de hambre, lograban por la caridad del cardenal prolongar su existencia, otros llegaban á aquel extremo; los primeros, concluido un tan moderado socorro, volvían á recaer; por otro lado, había gentes no olvidadas sino pospuestas, como que padecían menos, por una caridad precisada á escoger; por consiguiente, los sufrimientos venían á ser mortales; por doquier aparecía la muerte, de todas partes acudían á la ciudad. Por un lado, veíanse millares de hambrientos más robustos y diestros para sobrepujar la concurrencia y hacerse sitio, los cuales habían conquistado una escudilla de sopa suficiente para no morirse en aquel día; pero otros muchos se quedaban atrás envidiando á aquellos, nosotros diremos, más afortunados, siendo así que entre los rezagados había al mismo tiempo padres, mujeres é hijos de los primeros. Y mientras en ciertas partes de la ciudad algunos de los más menesterosos y reducidos al último extremo se levantaban del suelo reanimados, recobrados y alimentados por algún tiempo, en cien distintos lados, otros caían desfallecidos y aun expiraban sin ayuda, sin auxilio alguno.

Durante el día, oíase por las calles un ruido confuso de voces suplicantes; por la noche un susurro de gemidos, suspendido de cuando en cuando por grandes lamentos lanzados de improviso, por gritos, por acentos profundos de invocación, que terminaban en sofocados sollozos.

Lo más notable y digno de consideración era, que en medio de tan grande exceso de sufrimientos, con tanta variedad de disputas, no se viese jamás una tentativa, no se escapase un solo grito sedicioso. Sin embargo, de todos aquellos que vivían y morían de semejante modo, había un buen número de hombres habituados á todo, menos á tolerar, siendo éstos al contrario los centinelas de los mismos que el día de S. Martín se habían hecho oir tanto. No es posible imaginar que el ejemplo de los cuatro desgraciados que habían pagado la pena por todos, fuese lo que ahora los refrenase: ¿qué fuerza podía tener, no la presencia, sino la memoria de las ejecuciones sobre los ánimos de una multitud vagabunda y reunida, que se veía como condenada á un lento suplicio, y que en efecto ya lo padecía? Pero los hombres en general, todos somos así, nos rebelamos indignados y furiosos contra los males pequeños, y nos encorvamos silenciosamente bajo el peso de los grandes; soportamos, no resignados sino con la mayor estupidez, el colmo de lo que en un principio habíamos llamado insoportable.

El vacío que la mortandad hacía diariamente en aquella deplorable multitud, se llenaba de nuevo á cada momento: era un concurso continuo, primeramente de los pueblos circunvecinos, después de toda la campiña, luego de las ciudades del milanesado; y por último, también de otros pueblos. Entretanto, los antiguos habitantes de la ciudad salían de ella todos los días á bandadas, unos para sustraerse á la vista de tantas calamidades; otros, viéndose, por decirlo así, arrebatados de sus posiciones por nuevos concurrentes en mendicidad, partían con la última esperanza de buscar socorros en otras partes, fuese donde fuese, en donde la multitud apareciera menos menesterosa, ó la emulación de pedir se viese que no era tanta. Las dos cuadrillas de peregrinos se encontraban en su opuesto viaje: ¡espectáculo doloroso!, ¡siniestro presagio del término al cual unos y otros iban encaminados!, mas ellos seguían su camino, si no con la esperanza de mudar de suerte, á lo menos para no volver á cobijarse bajo un cielo que les había llegado á ser odioso, para no ver jamás los lugares en donde habían sido entregados á la desesperación. Á veces un desgraciado, cuya necesidad había agotado las últimas fuerzas vitales, caía desplomado en el camino y exhalaba allí su postrer suspiro, siendo un espectáculo funesto, un objeto de horror para sus mismos compañeros de miseria, y acaso de reproche para los demás viajeros. “Yo presencié, escribe Ripamonti, en la calle que se dirige á la muralla, el cadáver de una mujer... Le salía de la boca yerba medio mascada, y los labios presentaban aún el ademán de un esfuerzo rabioso... Llevaba un pequeño fardo en la espalda, y apretaba convulsivamente la cara de un tierno niño contra su pecho, el cual, llorando amargamente, pedía de mamar... Aparecieron en aquel sitio algunas personas compasivas, las cuales, habiendo recogido del suelo á la desgraciada criatura, se la llevaron, tratando de cumplir en seguida el primer deber materno”.

Aquel contraste de vestidos magníficos y de harapos, de lujo y de miseria, espectáculo muy común en tiempos normales, había entonces cesado enteramente. La pobreza y los andrajos lo habían casi invadido todo, y el que más se distinguía era apenas bajo una apariencia de humilde medianía. Veíase á los nobles caminar con traje sencillo y modesto, y casi casi puede decirse ordinario; los unos porque la miseria general había cambiado hasta ese punto su fortuna, los otros por temor de provocar con el lujo la pública desesperación, ó por pudor y para no insultar la desgracia bajo la cual gemía el pueblo entero. Aquellos poderosos, odiados y temidos, que solían andar dando vueltas por la ciudad con un numeroso séquito de bravos, iban al presente casi solos, con la cabeza baja, y en sus ademanes parecía que pedían y ofrecían la paz. Los que aun en el apogeo de la fortuna habían, sin embargo, tenido ideas más humanitarias y mostrádose más modestos, aparecían también confusos, consternados y como oprimidos á la vista continua de una miseria que sobrepujaba, no sólo la posibilidad de los socorros, sino que también podríamos decir las fuerzas de la compasión. El que podía dispensar alguna limosna, tenía no obstante que hacer una triste elección entre hambre y hambre, entre urgencia y urgencia. Apenas se veía una piadosa mano que se aproximaba á un infeliz, cuando aparecía á su alrededor, como por encanto, una innumerable turba de menesterosos, de los cuales el que conservaba más vigor se hacía lugar y se adelantaba á todos para pedir con más instancia; los extenuados, los ancianos y los niños alzaban las descarnadas manos; las madres levantaban y mostraban de lejos á sus pequeños hijos que lloraban sin consuelo, mal envueltos en andrajosos pañales, y á quienes volvían á bajar estrechándolos contra su pecho, por carecer de fuerzas suficientes, á causa de su extremada debilidad para sostenerlos en aquella posición.

De este modo se pasó el invierno y la primavera. Hacía ya algún tiempo que la junta de sanidad había representado al tribunal de la Provisión el peligro á que tanta miseria exponía á la ciudad; y para prevenir el contagio proponía encerrar á los mendigos vagabundos en diversos hospicios. Mientras que se discute este proyecto, se aprueba, se piensa en los medios, modos y lugares para llevarlo á efecto, los cadáveres cubren las calles á cada día que transcurría y en número creciente, aumentándose á proporción de esto todo el restante cúmulo de miserias. El tribunal de la provisión propone entonces un partido más fácil y expedito, cual es el reunir en un solo lugar, en el lazareto, á todos los mendigos sanos y enfermos, debiendo ser mantenidos y curados á expensas de la ciudad. Esto fué resuelto contra el parecer de la junta de sanidad, la cual se oponía, y con razón, objetando que en una tan gran reunión de gentes, el peligro al cual se quería poner remedio no haría más que aumentarse.

Es casi indispensable que hagamos aquí una ligera descripción del lazareto de Milán, para aquellos de nuestros lectores que no tengan de él ninguna idea. Es, pues, un edificio que forma un cuadrilátero, y está situado fuera de la ciudad, distando de las murallas sólo el espacio del foso, de un camino de circunvalación, y de un acueducto que rodea el recinto mismo. Las dos alas mayores tienen de longitud unos quinientos pasos; las otras dos, unos cuatrocientos ochenta y cinco; todos por la parte exterior están divididos en pequeñas habitaciones de un solo piso; en el interior se ve un gran claustro cuyos pórticos están sostenidos por pequeñas y delgadas columnas.

Las celdas eran doscientas ochenta y ocho en aquel entonces; en nuestros días hay muchas más, habiéndose hecho en el centro una gran entrada y otra pequeña en un extremo de la fachada que da al camino real. En el tiempo á que nos referimos no había más que dos entradas; la una en el centro del ala que mira á las murallas de la ciudad, y la otra de frente en el opuesto. En el centro del espacio interior existía, y aún existe todavía, una pequeña iglesia de forma octógona.

El primer destino de todo el edificio, comenzado en el año de 1489, con el dinero de un legado particular, continuado después por algunos otros públicos de varios testadores y donantes; el primer destino del edificio, repito, fué, como lo da á conocer el mismo nombre, el de acoger cuando ocurriese, á los atacados de la peste; la cual ya mucho antes de dicha época solía aparecer dos, cuatro, seis y ocho veces cada siglo, ya en uno, ya en otro país de Europa, invadiendo una gran parte de ésta y también recorriéndola enteramente en todas direcciones: en el momento de que hablamos, el lazareto no servía más que para depósito de las mercancías sujetas á la cuarentena.

Para desocuparlo y dejarlo expedito, no miraron el rigor de las leyes sanitarias, y habiendo hecho precipitadamente la limpieza y los experimentos prescritos, despacharon todos los géneros á un tiempo, echaron paja en todas las celdas, se hicieron provisiones de víveres hasta donde fué posible, y se invitó por medio de edictos públicos á todos los menesterosos que quisieran refugiarse allí.

Muchos concurrieron voluntariamente: todos los que yacían enfermos por las calles y plazas, fueron trasladados; en pocos días, entre unos y otros, ascendieron á más de tres mil. Sin embargo, muchos más fueron los que quedaron sin asilo; ya fuese que éstos esperasen ver que los demás se iban y que ellos quedarían en número muy escaso para gozar de las limosnas de la ciudad, ya esa natural repugnancia á la clausura, ya esa desconfianza de los pobres por todo lo que se les propone por parte de los que poseen la riqueza y el poder (desconfianza siempre proporcionada á la ignorancia común de quien la siente y de quien la inspira, al número de los pobres y al poco criterio de las leyes), ó el saber efectivamente cuál era en realidad el beneficio ofrecido; ya fuese todo esto junto, ú otra cosa, el hecho es que la mayor parte, no haciendo caso de la invitación, continuaba arrastrándose por las calles y sufriendo las más grandes privaciones. Al ver esto se juzgó conveniente pasar de la invitación á la fuerza. Se nombraron rondas de alguaciles, para que condujesen á los mendigos al lazareto y que llevasen atados á los que se resistieran; por cada uno de los cuales les fué señalado una recompensa de diez sueldos: ¡he aquí cómo el dinero del pueblo se encuentra siempre para malgastarlo, aun en tiempos de la mayor penuria y escasez! Y aunque según se había calculado, y la misma junta de la Provisión lo había hecho á propio intento, de que cierto número de menesterosos huyese de la ciudad, para ir á vivir ó morir en otra parte, disfrutando á lo menos de libertad; sin embargo, la caza fué tal, que en poco tiempo el número de refugiados, entre voluntarios y prisioneros, se aproximó á diez mil.

Debemos suponer que las mujeres y los niños estarían colocados en distintas habitaciones, á pesar de que la historia de aquel tiempo no rece nada de esto. Además, creemos que no faltarían reglas y precauciones para el buen orden; pero imagínese cualquiera qué orden podía establecerse y mantenerse, especialmente en aquellos tiempos y circunstancias, en una tan vasta y varia reunión, en donde, con los voluntarios, se hallaban mezclados los forzados; con aquellos para los cuales la mendicidad era una necesidad, un dolor, una vergüenza; con aquellos que la tenían por oficio; con muchos criados en la honesta actividad de los campos y de las oficinas, revueltos con otros educados en las plazas, en las tabernas, en los palacios de los poderosos, acostumbrados al ocio, á la holgazanería, á las maldades y á la violencia.

Del modo que estarían tanta diversidad de clases viviendo y comiendo juntos, se podría tristemente conjeturar, aunque no tuviésemos ningunas noticias positivas, pero por fortuna las tenemos. De veinte á treinta dormían hacinados en cada una de aquellas celdas, ó tumbados bajo los pórticos, sobre un poco de paja podrida é infecta, ó sobre la desnuda tierra; porque si bien se había mandado que la paja fuese fresca y abundante, cambiándola á menudo, sin embargo, lo positivo era el ser mala, escasa, y el no remudarse nunca. Igualmente se había ordenado, que el pan fuese de buena calidad; mas, ¿qué administrador ha dicho jamás que se hacen y gastan malos artículos? Pero esto que no se hubiera obtenido en circunstancias ordinarias, ni aun para el servicio más estrecho, ¿cómo lograrlo en aquella ocasión y en medio de toda aquella barahúnda? Entonces se dijo, según encontramos en las memorias de aquella época, que el pan del lazareto había sido alterado con sustancias pesadas y no nutritivas; y sin embargo, es demasiado creíble que esto no eran vanas quejas. Por último, había una gran escasez de agua, es decir, de agua viva y saludable; el pozo común debía ser el acueducto que lame las murallas del recinto, cuyas aguas escasas, estancadas y también cenagosas, habían llegado á ponerse peor, á causa del uso continuo y la proximidad de tanta gente.

Á todas estas causas de mortandad, tanto más activas, cuanto que ellas obraban sobre cuerpos ya enfermos ó extenuados, se unía la malignidad de la estación: lluvias obstinadas seguidas de una sequedad más obstinada todavía, y después de esto un calor anticipado y violento. La desgracia común fué aumentada por la inquietud y por la desesperación, por el deseo de los antiguos hábitos, por el recuerdo de los seres queridos que los infortunados habían perdido, por la memoria inquieta y dolorosa de aquéllos de quienes habían sido separados, por mil otras pasiones de abatimiento y de rabia que habían traído y también nacido allí dentro; la aprehensión y el espectáculo continuo de la muerte había llegado á ser para ellos mismos un nuevo y poderoso motivo de temores y de alarmas; no debe, pues, causar admiración que la mortandad se aumentara y reinara en aquel recinto hasta el punto de tomar el aspecto y nombre de peste, según la opinión de muchas gentes. Ya sea que la reunión y aumento de todas estas causas hiciesen multiplicar la actividad de una influencia puramente epidémica; ya sea (según parece que acontece en las carestías de menos gravedad y duración que de la que nos ocupamos) que motivase un cierto contagio, el cual en los cuerpos dispuestos y preparados por la misma miseria y mala calidad de los alimentos, por la intemperie, desaseo y abyección, hallase los temperamentos, por decirlo así, en su verdadera sazón, en fin, las condiciones indispensables para nacer, nutrirse y acrecentarse, si es lícito á un ignorante el hablar así, escudado á favor de la hipótesis propuesta por algunos facultativos, y apoyada vigorosamente, por último, con poderosas razones y mucha reserva por uno tan solícito como de grande ingenio[11]; ya sea que el contagio naciese primeramente como por una oscura é inexacta relación, juzgaron los médicos de la junta de sanidad, ya que existiera y hubiera ido minando con anterioridad (lo que acaso parece más verosímil, calculando que el hambre era ya antigua y general, y la mortandad muy frecuente); y que, en fin, llevado hacia aquella multitud permanente, se propagase con nueva y terrible rapidez. Dejando aparte cuál de todas estas conjeturas fuese la verdadera, lo cierto es que el número de muertos en el lazareto ascendió bien pronto á más de un centenar por día.

Mientras que en dicho lugar reinaban los padecimientos, las más horribles angustias, el espanto y un general estremecimiento, el tribunal de la Provisión aparecía cubierto de vergüenza, aturdimiento é incertidumbre. Se consultó, se oyó el parecer de la junta de sanidad, y no se encontró otra cosa mejor que deshacer lo que se había hecho con tanto aparato, á costa de gastos tan exorbitantes y de tantas vejaciones. Se abrió, pues, el lazareto, y despidieron á todos los infelices que aún no estaban atacados del contagio, los cuales salieron con frenética alegría.

La ciudad volvió á resonar con los antiguos lamentos, pero más débiles é interrumpidos; apareció de nuevo aquella turba de mendigos, más rara y más miserable, dice Ripamonti, pensando cómo había sido tan diezmada. Los enfermos fueron trasladados á Santa María della Stella, entonces hospital de pobres, en donde perecieron la mayor parte.

Mientras tanto los campos bienaventurados empezaban á dorarse. Los mendigos llegados á la ciudad de todos los alrededores fueron cada uno por su lado á tomar parte en aquella tan deseada siega. La caridad inagotable ó ingeniosa del buen Federico se dió también á conocer: á cada aldeano que se presentó en el arzobispado, le hizo dar un bieldo, y una hoz para segar.

Con la cosecha cesó por fin la carestía; la mortandad epidémica ó contagiosa, disminuyéndose de día en día, se prolongó no obstante hasta el otoño. Estando ya á punto de concluirse, he aquí que sobrevino un nuevo azote.

Muchas cosas importantes, de ésas á las cuales especialmente se da el título de históricas, habían sucedido durante todo este intervalo. El cardenal Richelieu, después de haberse apoderado de la Rochela, según ya se ha dicho, y hecho un tratado de paz con la Inglaterra, había propuesto y obtenido por medio de su poderosa palabra, en el consejo del rey de Francia, que se socorriese eficazmente al duque de Nevers, habiendo igualmente determinado al rey mismo que mandase en persona la expedición. Mientras se hacían los preparativos, el conde de Nassau, comisario imperial, intimaba en Mantua al nuevo duque que entregase sus estados en manos de Fernando, pues en caso de no verificarlo, éste mandaría un ejército para ocuparlos. El duque, que en circunstancias más desesperadas había rehusado aceptar una condición tan dura y sospechosa, reanimado entonces por los socorros próximos de la Francia, lo rehusaba con más motivo, pero en términos ambiguos y con protestas de sumisión, aunque aparente, no menos envueltas. El comisario había partido protestando que la fuerza lo decidiría. En el mes de marzo el cardenal Richelieu había en efecto desembarcado con el rey á la cabeza de un ejército, habiendo pedido el paso al duque de Saboya, lo cual tratándolo nada se había conseguido. Después de un encuentro en que los franceses obtuvieron las mayores ventajas, se había tratado de nuevo y concluido un acuerdo, en el cual el duque, entre otras cosas, había estipulado que D. Gonzalo de Córdoba levantaría el sitio de Casal, obligándose, si éste se negase á ello, á unirse con los franceses para invadir el ducado de Milán. D. Gonzalo, que deseaba salir bien librado, levantó el campo que tenía al frente de Casal, en cuyo punto entró apresuradamente un cuerpo de tropas francesas para reforzar la guarnición.

En esta ocasión fué cuando Achillini dirigió al rey Luis aquel famoso soneto:

Sudate, o fochi, a preparar metalli[12].

y otro además, en el cual le exhortaba que se encaminase prontamente á libertar la Tierra santa. Pero es destino que los consejos de los poetas no sean jamás escuchados; y si en la historia encontráis algunos hechos conformes á lo que ellos han aconsejado, podéis decir sin rebozo alguno que ya eran cosas resueltas anteriormente. El cardenal Richelieu había al contrario decidido el volver á Francia para despachar los negocios que le parecían más urgentes. Girolamo Soranzo, enviado de Venecia, trató de aducir las más poderosas razones para combatir esta resolución, pero el rey y el cardenal no hicieron más caso de su prosa que de los versos de Achillini, y se volvieron con el grueso del ejército, dejando únicamente seis mil hombres en Susa para ocupar el paso y mantener el tratado.

Mientras que este ejército se alejaba por una parte, el de Fernando se acercaba por otra, invadiendo el país de los Grisones y la Valtellina, disponiéndose á penetrar en el milanesado. Además de todos los daños que podían temerse de semejante paso de tropas, tenía avisos exactos la junta de sanidad, la cual sabía que dicho ejército traía la peste; pues siempre en aquel entonces había algunos gérmenes en las tropas alemanas, según dice Varchi, hablando de la que un siglo antes habían éstos llevado á Florencia. Alejandro Tadino, uno de los vocales de la junta de sanidad, (componíase de seis, además del presidente, cuatro magistrados y dos médicos), fué encargado por el tribunal, como refiere él mismo, para hacer presente al gobernador el peligro espantoso que amenazaba al país, si aquella gente pasaba por allí para ir al sitio de Mantua, según las voces que corrían. Por todos los actos de D. Gonzalo se traslucía el deseo que tenía de ocupar un lugar en la historia, la cual efectivamente no pudo pasarlo en silencio; pero (como sucede con frecuencia) no conoció ó no se cuidó de registrar uno de sus actos más dignos de memoria, cual fué la contestación que dió á Tadino en aquella ocasión. Respondió que no sabía qué hacerse; que las razones de intereses y de honor, por las cuales dicho ejército se había puesto en movimiento, eran de mayor peso que el peligro que se le oponía; que trataría sin embargo, de arreglarlo como se pudiera, y que se debía confiar en la Providencia.

Para disponerlo, pues, todo del mejor modo que fuese posible, los dos médicos de la junta de sanidad (el citado Tadino y el senador Settala, hijo del célebre Ludovico), propusieron que se prohibiese, bajo las más severas penas, el que persona alguna comprase efectos de los soldados que debían pasar; pero fué cosa imposible el hacer comprender la necesidad de semejante orden al presidente, hombre, dice el Dr. Tadino, sumamente bondadoso, el cual no creía que del comercio con las tropas, y á causa de la venta de sus efectos, pudiese resultar la muerte de tantos millares de personas.

Por lo que hace á D. Gonzalo, poco después de su célebre respuesta salió de Milán, y la partida fué tan triste para él como lo eran los motivos. Acababa de ser removido de su destino por efecto de los malos sucesos de la guerra de la cual había sido el principal motor y jefe, y el pueblo le echaba la culpa del hambre sufrida bajo su gobierno. (Lo que había hecho por la peste se ignoraba, ó por lo menos nadie se cuidaba de ello, según más adelante veremos, exceptuando la junta de sanidad, y especialmente los dos médicos.) Al salir, pues, en su carroza de viaje del palacio, en medio de una escolta de alabarderos, marchando delante á caballo dos trompetas, y acompañado de otras carrozas de nobles que formaban su séquito, fué saludado con una estrepitosa salva de silbidos por los muchachos reunidos en la plaza de la catedral, y que siguieron en tropel detrás del carruaje. Habiendo entrado la comitiva en la calle que se dirigía á la puerta de salida, se encontró en medio de una multitud de gente, que parte de ella estaba ya esperándole, y parte acudía á dicho sitio; tanto más, cuanto que los trompeteros, hombres de juicio, no cesaron de tocar desde el palacio hasta la puerta. Y en el proceso que se formó sobre aquel motín, haciendo cargos á uno de éstos, que con su incesante tocar había sido causa de que se aumentase, contestó: “Respetable señor, ésta es nuestra profesión; y si su excelencia no hubiese tenido gusto que tocáramos, hubiera mandado que callásemos”. Pero D. Gonzalo, ó por repugnancia de manifestar temor, ó por miedo de hacer con ello más atrevida á la muchedumbre, ó porque estuviese efectivamente un poco aturdido, lo cierto era que no daba ninguna orden. La multitud que los guardias habían intentado en vano rechazar, precedía, rodeaba y seguía la carroza gritando: “Ahí va la carestía; ahí va la sangre de los pobres”, y muchas otras cosas peores aún. Cuando llegaron junto á la puerta, empezaron á arrojar piedras, ladrillos, terrones y tronchos de berza, proyectiles ordinarios en semejantes casos: una gran parte corrió á las murallas, y desde allí hicieron una última descarga sobre las carrozas que salían, después de lo cual se desbandaron precipitadamente.

En lugar de D. Gonzalo, fué enviado el marqués Ambrosio Spínola, cuyo nombre había ya conquistado en las guerras de Flandes aquella celebridad militar de que aún goza en el día.

Entretanto el ejército alemán, bajo el mando supremo del conde Rambaldo di Collato, también jefe italiano, de menor fama, pero igualmente célebre, había recibido la orden definitiva de ir á caer sobre Mantua, entrando por lo tanto en el ducado de Milán en el mes de setiembre.

En aquella época, la milicia se componía todavía en gran parte de soldados aventureros; reclutados por capitanes aventureros también, á los cuales en Italia se les daba el nombre de condottieri, y que no tenían otra profesión que ponerse al frente de una partida de gente alistada bajo sus órdenes, algunas veces por comisión de tal ó cual príncipe, otras por su propia cuenta, y para venderse después en compañía de sus afiliados. Los hombres se adherían á dicha profesión, menos por el sueldo que les estaba asignado que por la esperanza del pillaje y demás atractivos de la licencia. En el ejército no había disciplina alguna estable y general; ésta no hubiera podido avenirse tan fácilmente con la autoridad en parte independiente de tanta variedad de jefes. Por otra parte, éstos no eran muy escrupulosos con respecto á la disciplina, y aun cuando lo hubiesen sido, se puede juzgar que no hubieran podido establecerla ni mantenerla; pues soldados de semejante especie, ó se sublevarían contra su jefe innovador, al cual se le metiese en la cabeza el abolir el pillaje, ó cuando menos el dejarlo contemplando sus banderas. Además, como los príncipes para tomar, según se dice, dichas partidas á sueldo cuidaban más de tener mucha gente para asegurar sus empresas, que en proporcionar el número á los medios que poseían para pagarles, medios ordinariamente muy escasos, así los sueldos jamás los percibían exactamente. Los despojos de los países en los cuales habían guerreado ó recorrido, llegaban á ser como un suplemento tácitamente convenido. La siguiente sentencia de Wallenstein no es menos célebre que su nombre: “Es más fácil mantener un ejército de cien mil hombres que uno de doce mil”. El de que nosotros hablamos estaba en parte compuesto de gente que bajo su mando había desolado la Alemania en aquella guerra célebre entre todas las guerras, por lo cual por sí misma y por sus efectos tomó en seguida el nombre de los treinta años de su duración. Su propio regimiento era conducido por uno de sus lugartenientes, la mayor parte de los demás jefes habían mandado bajo sus órdenes, y se encontraban algunos de ellos, los cuales cuatro años después debían ayudarle á tener el fin desgraciado que todos saben.

Eran veinte y ocho mil infantes y siete mil caballos. Al bajar de la Valtellina para caer sobre Mantua, debían costear el Adda hasta el sitio en que se lanza en el Po; entre todo, tenían que hacer ocho jornadas de marcha por el ducado de Milán.

Una gran parte de los habitantes se refugiaban á los montes llevándose sus objetos más preciosos, y echando adelante los animales; otros permanecían en sus casas para cuidar algún enfermo, preservarla del incendio, ó para velar sobre las ricas alhajas escondidas y enterradas; otros, porque nada tenían que perder, y que al contrario hacían cuenta de ganar, tampoco se movían. Cuando la primera división llegaba al sitio en que debía detenerse, se esparcía en seguida por el pueblo y sus cercanías, y luego se entregaba al saqueo: lo que podía ser comido ó llevado, desaparecía; lo restante, lo destruían y arruinaban; los muebles se veían convertidos en leña, las casas en establos. Todos los escondrijos, todas las astucias para salvar las riquezas, eran casi siempre inútiles, y algunas veces atraían mayores males. Los soldados, gente muy práctica en las estratagemas de semejante modo de guerrear, registraban hasta los más pequeños rincones de las casas, agujereaban las paredes y las echaban abajo: descubrían con la mayor facilidad en los jardines la tierra removida de nuevo; se dirigían á los montes á robar los ganados, penetraban en las cuevas guiados por algunos bribones del país, según llevamos dicho, en busca de los ricos habitantes refugiados en dichos sitios; los despojaban, los arrastraban á sus casas, y á fuerza de golpes y amenazas les obligaban á indicar el lugar en donde tenían escondidos sus tesoros.

Por último, emprenden la marcha: ya han partido; se oye morir á lo lejos el sonido de las cajas y cornetas; sucédense algunas horas de un espanto más tranquilo; mas he aquí que un nuevo redoble de tambores, otro maldito toque de cornetas, anuncia la llegada de una nueva división. Los que la componían, furiosos por no encontrar ya presa alguna, destruían todo lo que quedaba; quemaban los muebles, las puertas, las vigas, y también las casas enteras; trataban del modo más bárbaro y cruel á los habitantes, yendo así de peor en peor por espacio de veinte días, con motivo de estar el ejército compuesto del mismo número de divisiones.

Colico fué el primer pueblo del ducado que invadieron aquellos malos espíritus: lanzáronse en seguida sobre Bellano; desde dicho punto entraron y se esparcieron por la Valtellina, de donde desembocaron en el territorio de Lecco.

NOTAS:

[6] Pan hecho de varias especies de granos.

[7] Llámase así el arroz sin mondar.

Notas del traductor español.

[8] Medida que equivale á nuestra fanega, aunque es un poco menor.—Nota del traductor español.

[9] Historia patriæ, decadis V, lib. 6, pág. 386.—Nota del autor.

[10] Noticia del origen y diarios sucesos de la gran peste contagiosa, benéfica y maléfica, habida en la ciudad de Milán, &c. Milán 1648, pág. 20.

[11] El célebre Dr. F. Enrico Acerbi.

[12] Traducido literalmente: Sudad, oh fuegos, para preparar metales.—Nota del traductor español.