CAPÍTULO SEXTO
Lucía se había levantado apenas, empleando poco tiempo en despertarse de hecho, separando las confusas visiones de sus sueños, de los recuerdos é imágenes de aquella realidad tan semejante al funesto delirio de un enfermo. La vieja se le acercó al instante, y con aquella voz forzadamente humilde, le dijo: “¡Ah!, ¿habéis dormido? Hubierais podido dormir en el lecho; bastantes veces os lo dije ayer noche”. Y no recibiendo contestación, continuó siempre de una manera forzada: “Tomad un bocado; tened juicio. ¡Uf! ¡Os vais á poner fea! Tenéis necesidad de comer. Y después, cuando vuelva, la va á tomar conmigo”.
—No, no; quiero marchar, quiero ir adonde está mi madre. El amo me lo ha prometido; ha dicho: mañana por la mañana. ¿En dónde está el amo?
—Ha salido; pero me ha dicho que volverá pronto y que hará todo lo que vos queráis.
—¿Ha dicho esto?, ¿lo ha dicho? ¡Bien! Quiero ir adonde está mi madre; en seguida, en seguida.
De repente se oye un ruido de pisadas en la vecina estancia, y después llamar á la puerta. La vieja corre á ella y pregunta: “¿Quién es?”.
—Abre, le responde dulcemente una voz bien conocida.
La vieja descorre el cerrojo, el Incógnito empuja suavemente la puerta, la entreabre, manda á la vieja que salga, introduce en el mismo instante á D. Abundio y á la buena dama, cierra de nuevo la puerta, permanece detrás de ella por la parte de afuera, y manda á la vieja á un extremo lejano del castillo, según había ya enviado también á la mujer que se hallaba fuera de guardia. Al primer punto de vista, todo este movimiento y la aparición de personas nuevas, causaron á Lucía mucho sobresalto y agitación; porque si su situación presente le era insoportable, todo cambio, sin embargo, era un motivo de sospecha y de nuevo espanto. Mira; ve á un sacerdote, á una dama; se tranquiliza un poco, y mira con más atención: ¿es ó no es él? Reconoce á D. Abundio y permanece con los ojos fijos como vencida por un encanto. La buena dama se acerca á ella, la saluda, la mira con ademán enternecido, coge sus dos manos, como para acariciarla y levantarla al mismo tiempo, y luego le dice: “¡Oh, pobrecita!, venid, venid con nosotros!”.
—¿Quién sois, pregunta Lucía?, mas sin aguardar respuesta se vuelve hacia D. Abundio, el cual permanecía de pie, con aire compungido, á dos pasos de distancia; lo mira fijamente de nuevo, y exclama: ¡Vos!, ¿sois vos, señor cura? ¿En dónde estamos? ¡Oh, cuán desgraciada soy, estoy fuera de mí!
—No, no, repuso D. Abundio: soy yo en efecto; tened ánimo. Mirad; estamos aquí para llevaros: soy vuestro propio cura, habiendo venido aquí expresamente, á caballo...
Lucía, como si hubiese recobrado en un instante todas sus fuerzas, se enderezó precipitadamente, después fijó aún su mirada sobre aquellos dos rostros, y dijo: “¿Es, pues, la Madonna la que os ha enviado?”.
—Creo que sí, dijo la buena dama.
—Mas, ¿podemos marchar, podemos marchar ya de veras?, replicó Lucía bajando la voz y con aire tímido é indeciso. ¿Y toda esa gente?... prosiguió, con los labios contraídos y trémulos de espanto y horror: ¿y ese señor... ese hombre?... Él me lo había prometido.
—Aquí está también, el cual ha venido á propósito con nosotros, dijo D. Abundio, y espera fuera. Marchemos pronto; no hagamos esperar á semejante sujeto.
Entonces, aquel de quien se hablaba, empujó la puerta y se dejó ver. Lucía, que poco antes lo deseaba, no teniendo otra esperanza en el mundo; ahora, después de haber visto y oído aquellas voces amigas no pudo reprimir un súbito terror; se estremeció, contuvo su respiración, se arrimó á la buena dama, y ocultó su semblante en el seno de ésta. Al aspecto de aquella joven inocente, sobre la cual ya la noche precedente no había podido fijar su vista, al aspecto de aquella desgraciada que una larga abstinencia y prolongados sufrimientos habían vuelto pálida, abatida, inconsolable, se detuvo. Al ver luego aquel movimiento de terror, bajó los ojos, permaneció todavía un momento inmóvil y mudo; después, respondiendo á lo que la pobre niña no había dicho: “Es verdad, exclamó, ¡perdonadme!”.
—Viene á libertaros, ya no es el mismo hombre; se ha hecho bueno. ¿Ois cómo os pide perdón?, decía la buena dama al oído de Lucía.
—¿Se puede decir más? ¡Vamos!, levantad la cabeza, no seáis niña; que podamos partir al instante, le decía D. Abundio.
Lucía levantó la cabeza, miró al Incógnito, y al ver aquella frente baja, aquella mirada confusa y aterrada, presa de un sentimiento mezclado de esperanza, de reconocimiento y de piedad, dijo: “¡Oh, monseñor, que Dios os recompense vuestra misericordia!”.
—Y á vos, cien veces, el bien que me hacéis con estas palabras.
Diciendo esto, dió una media vuelta, se encaminó hacia la puerta, y salió el primero. Lucía, enteramente reanimada, con la dama que le daba el brazo, le siguieron: D. Abundio cerraba la marcha. Bajaron la escalera y llegaron á la pequeña puerta que daba al patio. El Incógnito la abrió de par en par, se dirigió á la litera, abrió la portezuela, y con una especie de cortesía llena de timidez (dos cosas nuevas en él) sosteniendo del brazo á Lucía, la ayudó á entrar, y después también á la que debía acompañarla. Enseguida tomó la mula de D. Abundio, é igualmente le ayudó á montar.
—¡Oh, qué complacencia!, dijo éste: y montó mucho más ligero que lo había hecho la primera vez. La comitiva se puso en camino, después que el Incógnito hubo también montado á caballo. Su cabeza estaba levantada; su mirada había vuelto á tomar la ordinaria expresión de mando. Los bravos que encontraba descubrían perfectamente en su rostro las señales de un vigoroso pensamiento, de una preocupación extraordinaria; mas no comprendían, no podían ir más allá. En el castillo nada sabían aún del gran cambio que se había verificado en el corazón de aquel hombre, y ciertamente ninguno de ellos hubiera podido llegar á conseguirlo sólo por conjeturas.
La buena dama se había apresurado á correr las cortinillas de la litera: en seguida cogió afectuosamente las manos de Lucía, y se puso á reanimarla por medio de palabras de piedad, de felicitación y de ternura. Viendo luego cómo, además de la fatiga de tantas penas sufridas, la confusión y la oscuridad de los sucesos, impedían á la pobrecita el que experimentara plenamente el contento de su libertad, le dijo todo lo que pudo hallar de más apto para distraerla, y para aclarar sus pensamientos le nombró el pueblo adonde iban.
—¡Sí!, dijo Lucía, la cual sabía que dicho pueblo estaba á poca distancia del suyo. ¡Ah, Madonna Santísima, os doy mil y mil gracias! ¡Madre mía, madre mía!
—Nosotros la enviaremos en seguida á buscar, dijo la buena dama, la cual no sabía que la cosa estaba ya hecha.
—Sí, sí, Dios os lo recompensará... ¿Y vos quién sois?, ¿cómo habéis venido?...
—Nuestro cura me ha enviado, dijo la dama; porque este señor, á quien Dios ha tocado el corazón (bendito sea él), ha venido á nuestra población con el objeto de hablar al señor cardenal arzobispo, que ha ido á visitarnos. Se ha arrepentido de sus horribles pecados, y quiere mudar de vida; habiendo dicho al cardenal que él había hecho robar á una pobre inocente, que sois vos, en connivencia con otro, que tampoco teme á Dios, y del cual el cura no me ha podido decir el nombre.
Lucía alzó los ojos al cielo.
—Vos lo sabréis quizá, continuó la dama, bien. Ahora, pues, el señor cardenal ha pensado que tratándose de una joven, se requería una persona del mismo sexo para acompañarla, y ha dicho al párroco que la buscase: éste tan bondadoso ha venido á mí...
—¡Oh, el Señor recompense vuestra caridad!
—Figuraos, hija mía, que el señor cura me ha dicho que procurase tranquilizaros, que tratara de sacaros pronto de la inquietud en que estabais, y que os hiciese comprender cómo el Señor os ha salvado milagrosamente...
—¡Oh, sí!, bien milagrosamente; por intercesión de la Madonna.
—Me ha dicho igualmente que os animara y aconsejara á perdonar al que os ha causado el daño; á que estéis contenta por la misericordia que Dios ha usado con él, y al propio tiempo que roguéis por él mismo, porque además de que recibiréis vuestro merecido, sentiréis todavía más alivio en vuestro corazón.
Lucía respondió por medio de una mirada que expresaba su asentimiento tan claramente como la hubieran podido hacer las palabras, y con una dulzura que éstas mismas no hubieran podido significar.
—¡Excelente joven!, exclamó la dama, y prosiguió: hallándose también vuestro cura párroco en nuestro pueblo (pues que han acudido tantos de todas las cercanías, que se podrían celebrar á un tiempo cuatro misas mayores), el señor cardenal ha juzgado conveniente el que nos acompañara, á pesar que de bien poco nos ha servido. Ya había yo oído decir que era un pobre hombre; mas en esta ocasión, he podido claramente ver que él estaba tan embarazado como un pollo en medio de la estopa.
—¿Y este?... preguntó Lucía; este hombre que se ha vuelto bueno... ¿quién es?
—¡Cómo!, ¿no lo sabéis?, dijo la buena dama; y lo nombró.
—¡Oh, misericordia divina!, exclamó Lucía. ¡Cuántas veces había oído repetir aquel nombre, en más de una historia que, como en las de otro género, aparecía siempre el del Ogro[5]! Á la idea de haber estado en su terrible poder, y permanecer al presente bajo su custodia, al considerar un tan gran peligro, y una tan imprevista redención, contemplando quién era aquel hombre que había conocido tan feroz, y ahora tan conmovido y humilde, permanecía como estática, diciendo únicamente de vez en cuando: “¡Oh, misericordia!”.
—¡Es ciertamente una gran misericordia!, repetía la dama, es una dicha para medio mundo. ¡Al pensar cuánta gente tenía alarmada!, y al presente, según me ha dicho nuestro párroco... Y luego no hay más que mirarle la cara; ¡se ha vuelto enteramente un santo! Por otra parte, no hay más que ver su nuevo modo de portarse.
El decir que esta buena dama no experimentaba mucha curiosidad de conocer un poco más distintamente la grande aventura en que ella representaba también su papel, sería faltar á la verdad. Pero es preciso decir en honor suyo, que sobrecogida de una piedad respetuosa hacia Lucía, calculando en cierto modo la gravedad y dignidad del encargo que se le había confiado, no pensó, sin embargo, en hacer ninguna pregunta indiscreta y ociosa; todas sus palabras, durante aquel corto viaje, fueron para dar valor á la pobre joven, manifestándole al propio tiempo el más vivo interés.
—¡Dios sabe desde cuándo no habréis tomado alimento!
—No recuerdo..., pero hace ya algún tiempo.
—¡Pobrecita! ¿Tendréis necesidad de restaurar vuestras fuerzas?
—Sí, respondió Lucía con voz apagada.
—En mi casa, á Dios gracias, encontraremos en seguida alguna cosa. Tened ánimo, que ya no estamos lejos.
Después de esto, Lucía se dejó caer lánguidamente en el fondo de la litera, como adormecida, y entonces su compañera la dejó reposar.
Con respecto á D. Abundio, la vuelta no le causaba tanto espanto como la ida pocas horas antes; pero con todo, no fué tampoco para él un viaje agradable. Desde que dejó de tener miedo, se sintió enteramente aliviado de un gran peso; mas bien pronto empezaron á nacer en su interior cien otros disgustos, lo mismo que cuando ha sido arrancado un corpulento árbol y el terreno queda por algún tiempo vacío y desnudo, pero luego se cubre de altas yerbas. Había llegado á hacerse más impresionable que antes; y tanto en el presente como en las ideas del porvenir, hallaba materia para atormentarse. Ahora sentía mucho más que á la ida la incomodidad de viajar de aquel modo, al cual no estaba acostumbrado; y sobre todo, esto le acontecía al principio, desde la bajada del castillo al fondo del valle. El conductor, estimulado por las señas del Incógnito, hacía ir á las mulas á buen paso; ambas cabalgaduras iban una detrás de otra con la mayor uniformidad; y de esto resultaba, que en ciertos parajes en que la pendiente era más rápida, el pobre D. Abundio, como si estuviese colocado sobre un resorte, se tambaleaba, se caía hacia delante, y para sostenerse se veía obligado á agarrarse al arzón de la silla, y no se atrevía, sin embargo, á pedir que fuesen más despacio, pues por otro lado hubiera querido salir de aquel territorio lo más pronto posible. Además de esto, en donde el camino colocado sobre una eminencia formaba un arrecife, la mula, según la costumbre de los animales de su raza, parecía que hacía propósito de salirse siempre de dicho arrecife, y de andar por la misma orilla. D. Abundio veía bajo de sí, casi perpendicularmente, un gran salto, ó como él pensaba, un precipicio. “¡También tú, decía interiormente al animal, tienes el maldito gusto de ir buscando los peligros, siendo el camino tan ancho!” Y tiraba la brida hacia el otro lado, pero inútilmente. De suerte que, como de ordinario, turbado por la cólera y el miedo, se dejaba conducir á la voluntad de otro. Los bravos no le causaban ya tanto terror, al presente que él sabía más claramente del modo que pensaba su amo. “Pero sin embargo, se decía, si la noticia de esta gran conversión se esparce por aquí, mientras nosotros permanecemos todavía, ¿quién sabe cómo lo tomarán esas gentes? ¿Quién es capaz de saber lo que podrá resultar? ¿Y si llegasen á imaginar que yo he venido á hacer el misionero? ¡Pobre de mí, me martirizarían!” El aire feroz del Incógnito no le inspiraba inquietud alguna. “Para tener á raya á aquellas fachas, decía, no hay necesidad de otra cosa más que el continente de éste, bien lo comprendo; ¿pero por qué es preciso que yo me encuentre siempre mezclado entre toda esta clase de gente?”.
Mas basta ya de hablar acerca del miedo de D. Abundio. Llegaron al término de la pendiente, y finalmente salieron también del valle. La frente del Incógnito se fué serenando. D. Abundio mismo tomó un aire más natural; sacó la cabeza de entre sus hombros, en donde hasta entonces la había tenido como aprisionada; alargó los brazos y las piernas; se colocó mejor sobre la silla, lo cual le daba otro continente; respiró más á su placer y, con el ánimo más reposado, se puso á considerar otros peligros lejanos. “¿Qué dirá ese imbécil de D. Rodrigo? ¡Quedar de este modo con un palmo de narices, con la pérdida de sus esperanzas, y hecho el escarnio de todos! ¡Considerad si la píldora le parecerá amarga! Ahora es cuando se dará de veras al diablo. Lo único que al presente falta es que venga á emprenderla conmigo, sólo por haberme hallado metido en este desagradable asunto. Si él ha tenido antes de ahora valor de enviarme dos demonios con el objeto de amenazarme en medio de mi camino, ¿qué hará en la actualidad? Con su señoría ilustrísima no la podrá armar, porque es un pedazo mucho mayor que él, y se verá precisado á tascar el freno. Entretanto tendrá el veneno en el cuerpo, y querrá descargarlo sobre alguno. ¿Sabéis cómo se concluyen estos negocios? Los golpes siempre se dirigen bajos, y los andrajos al aire. Su señoría ilustrísima se ocupará, como es justo, de poner á Lucía en un lugar seguro; ese otro pobre diablo, mala cabeza, está fuera de tiro, y ha pasado ya la suya; de modo que el andrajo he llegado á ser yo. Después de tantas incomodidades, después de tantas agitaciones, ¿no sería una cosa bien cruel el que sin comerlo ni beberlo debiese pagar la pena? ¿Qué hará ahora su señoría ilustrísima para defenderme, después de haberme metido en danza? ¿Podrá impedir acaso el que ese hombre malvado no me juegue una tostada peor que la primera? ¡Y después tiene tantas cosas en su cabeza! ¡Está tan abrumado de negocios! ¿Cómo podrá atenderme? Éste es el motivo por el cual algunas veces las cosas quedan más embrolladas que antes. Los que hacen el bien lo hacen en todo: cuando han experimentado esta satisfacción, tienen bastante, y no quieren incomodarse á esperar todas sus consecuencias; pero los que tienen el gusto de hacer el mal ponen en ello más diligencia, lo siguen hasta el fin; no descansan un momento porque ellos tienen un cáncer que los devora. ¿Iré yo á decir que he venido por orden expresa de su señoría ilustrísima y no por mi propia voluntad? Parecería que quisiera formar partido con la maldad. ¡Oh, Dios mío! ¡Yo formar partido con la maldad; por las distracciones que me proporciona! ¡Vamos! Lo mejor será referir á Perpetua la cosa como es en sí, y dejársela publicar á su gusto. Con tal que á monseñor no le vengan deseos de hacer alguna cosa que llame la atención, alguna escena inútil y meterme también en ella. Á buena cuenta, apenas lleguemos, si ha salido de la iglesia iré á presentarle corriendo mis respetos, y si no dejo mis excusas, y me dirijo pian pianito á mi casa. Lucía está bien protegida; ninguna necesidad tiene de mí; y después de tantas incomodidades, bien puedo yo también pretender el ir á descansar. Y luego... ¡si monseñor tiene la curiosidad de saber toda la historia, y me es preciso darle cuenta del negocio del casamiento! ¡Es lo único que faltaba! ¡Y si va igualmente á visitar mi parroquia!... ¡Oh!, suceda lo que Dios quiera: no quiero confundirme antes de tiempo; bastantes cuidados pesan sobre mí. Por el momento voy á encerrarme en mi casa. Hasta que monseñor salga de este territorio, D. Rodrigo no tendrá deseos de hacer locuras, y después... ¿y después? ¡Ah!, ¡demasiado veo que pasaré mal mis últimos años!”
La comitiva llegó antes de concluirse los divinos oficios: atravesó por entre aquella inmensa muchedumbre, no menos conmovida que la primera vez, y luego se dividió. Los dos jinetes dieron la vuelta hacia una plazoleta, en cuyo fondo se encontraba la casa del párroco; la litera siguió adelante con dirección á la de la dama.
D. Abundio hizo lo que había pensado: apenas se hubo desmontado, cumplimentó del modo más expansivo al Incógnito, y le suplicó que le hiciese el obsequio de excusarle con el cardenal, pues debía volverse á su parroquia en derechura para atender á negocios urgentes. Fué á buscar lo que él llamaba su caballo, y que no era otra cosa más que el bastón que había dejado en un rincón de la estancia, después de lo cual se puso en camino. El Incógnito estuvo aguardando que el cardenal volviese de la iglesia.
La buena dama, habiendo hecho sentar á Lucía en el mejor sitio de su cocina, se apresuró á disponer algo que comer para reparar sus débiles fuerzas. Ella rechazaba con cierta amable aspereza las gracias y reiteradas excusas que la joven no cesaba de prodigarla.
Con la mayor prontitud colocó algunas ramas secas bajo una pequeña marmita que había puesto en el hogar, en donde nadaba un buen capón. Dejó hervir por espacio de algún tiempo todo lo que aquélla contenía, y llenando luego una gran taza, dentro de la cual había cortado algunas rebanadas de pan, por último se la presentó á Lucía. Al ver á la pobre niña que reparaba sus fuerzas á cada cucharada, se felicitaba en voz alta á sí misma de que la cosa hubiese sucedido en un día, en el cual según su expresión, el gato no estaba en el hogar. “Éste es un día de fiesta para todo el mundo”, añadió la dama, “excepto para los desgraciados que tienen la aflicción de comer pan de algarroba y polenta de maíz. Sin embargo, ellos esperan hoy recibir alguna cosa de un señor caritativo: en cuanto á nosotras, á Dios gracias, no nos hallamos en este caso: entre el oficio de mi marido, y alguna cosilla que tenemos al sol, vamos pasando. Comed, pues, con apetito, y en el entretanto esperaremos á que el capón se cueza, y así podréis recobrar un poco mejor vuestras fuerzas”. Así diciendo, volvió á cuidar de la comida y á preparar la mesa.
Lucía, después de haberse restaurado un poco, y sintiendo volver la tranquilidad á su alma, trató de reparar el desorden de su vestido, por una costumbre, por un instinto de curiosidad y de pudor. Trenzaba y arreglaba sus largos cabellos en desorden; ajustaba su pañuelo sobre el seno y alrededor de su cuello. Al hacer esta operación, sus dedos se enredaron en el rosario que llevaba suspendido, y que tanto le había servido la noche antes: fijó en él sus miradas, y se turbó instantáneamente. El recuerdo del voto que había hecho, ese recuerdo hasta entonces olvidado por tantas sensaciones dolorosas, se presentó de improviso clara y distintamente á su imaginación. En este momento, todas las potencias de su ánimo, apenas despiertas, fueron vencidas de nuevo en un solo instante; y si su alma no hubiese estado tan preparada por una vida llena enteramente de inocencia, de resignación y de confianza, la consternación que experimentó en aquel momento la habría llevado hasta la desesperación. Después del primer tumulto de aquellos pensamientos, demasiado confusos para venir á la imaginación con palabras, las primeras que se formaron fueron éstas: “¡Oh, infeliz de mí, qué es lo que he hecho!” Pero apenas las hubo concebido, cuando se sintió sobrecogida de cierta especie de terror. Agrupáronse en su mente todas las circunstancias del voto; sus mortales angustias, el estar sin esperanza alguna de socorro humano, el fervor de su súplica, la plenitud de sentimiento con la cual su promesa había sido hecha: el arrepentirse de ésta, después de haber obtenido la gracia que había implorado, le pareció una ingratitud sacrílega, una perfidia hacia Dios y á la santa Virgen: juzgó que semejante infidelidad le atraería nuevas y más terribles desventuras, en las cuales nada podía esperar, ni aun podría tener el auxilio de la súplica: y por lo tanto se apresuró á echarse en cara aquel arrepentimiento voluntario. Se quitó devotamente el rosario del cuello, y sosteniéndolo con mano trémula, confirmó, renovó su voto, pidiendo al mismo tiempo con súplica ferviente que el cielo le concediese la fuerza necesaria para cumplirlo; que éste arrojase lejos de ella los pensamientos y las ocasiones, las cuales hubieran podido, si no variar su ánimo, agitarlo á lo menos demasiado.
El alejamiento en que estaba Renzo, sin ninguna probabilidad de que volviera; este alejamiento que hasta entonces le había parecido tan amargo, al presente se le figuraba que era una disposición de la divina Providencia, que había hecho coincidir dos sucesos para llegar á un solo fin, esforzándose la desventurada en encontrar en el uno una razón para consolarse del otro. Detrás de este pensamiento, se le figuraba igualmente que la misma Providencia, para consumar la obra, sabría hallar el modo de hacer que Renzo también se resignase, que no pensara más... Pero apenas semejante idea se le hubo presentado á su imaginación, cuando se levantó en ella una gran confusión. Sintiendo que su corazón la llevaba involuntariamente á arrepentirse de lo que había hecho, volvió de nuevo á recurrir á la súplica, al combate, saliendo como un vencedor (si me es permitido hacer esta comparación); como un vencedor, repito, herido y abrumado de fatiga que se levanta de encima de su enemigo.
De repente se oye á lo lejos un ruido de pisadas y de gritos de alegría: era la familia de la dama que volvía de la iglesia. Dos pequeñas niñas y un niño, entraron gritando: se pararon un momento para echar una curiosa mirada sobre Lucía, y después corrieron presurosos hacia la mamá, agrupándose á su alrededor. Uno le pregunta el nombre de aquella huéspeda desconocida, y el por qué se hallaba allí: otro quiere contarle las maravillas que había visto: la buena dama respondió á unos y á otros con un: “Vamos, quietos, silencio”. El amo de la casa entró en seguida con paso más sosegado, pero pintado en su semblante una expansiva alegría. Éste era, si no lo hemos dicho ya antes, el sastre de la población y de todas las cercanías, hombre que sabía leer, que había leído efectivamente más de una vez la Leyenda de los Santos y los Reales de Francia, y pasaba en el territorio por un hombre de talento y de ciencia, alabanzas todas que rechazaba con mucha modestia, diciendo únicamente que había equivocado su vocación, y que si hubiese estudiado en lugar de tantos otros... Aparte de esto, era un hombre de la mejor pasta del mundo. Se hallaba presente cuando el párroco había suplicado á su mujer el emprender aquel viaje caritativo; y no sólo lo había aprobado, sino que también hubiera añadido sus persuasiones, si hubiera sido necesario. Al presente, que la función, el aparato, el concurso, y sobre todo el sermón del cardenal habían, como se dice vulgarmente, exaltado todos sus buenos sentimientos, volvía á su casa con la expectativa, con el deseo ansioso de saber qué es lo que había pasado, y de ver si se había salvado la pobre inocente.
—Miradla, le dijo, al entrar, la buena dama, señalando á Lucía. Ésta se levantó ruborizándose, y empezó á balbucear algunas excusas; pero él se aproximó á la joven, no sin grandes demostraciones de alegría, y exclamó: “¡Bien venida, bien venida! Vos sois la bendición del cielo en esta casa. ¡Cuán contento estoy de veros aquí! Bien seguro estaba yo que llegaríais á buen puerto, porque jamás he visto que el Señor haya empezado un milagro sin concluirlo perfectamente; pero ¡cuán contento, repito, estoy de veros aquí! ¡Pobre niña! ¡Mas sin embargo, es una cosa grande el haber sido objeto de un milagro!”.
No se crea que él solo calificase de milagro aquel acontecimiento, porque hayamos dicho que había leído la Leyenda; por todo el pueblo y por todos los alrededores no se habló en otros términos mientras duró su memoria. Y á decir verdad, con las añadiduras que le pusieron, no le podía convenir otro nombre.
Se acercó en seguida poco á poco á su mujer, que desataba la marmita de la cadena, que la tenía suspendida sobre el fuego, y le dijo en voz baja:
—¿Ha ido todo bien?
—Perfectamente, ya te lo contaré más tarde.
—Sí, sí, con comodidad.
Cuando estuvo puesta la mesa, la dueña fué á buscar á Lucía, y la acompañó hasta su asiento; cortó una ala del capón, y se la sirvió; sentáronse también los dos esposos, y ambos exhortaron á su huéspeda, abatida y vergonzosa, á que tuviese valor y comiese. El sastre empezó, á los primeros bocados, á discurrir con gran énfasis, en medio de las interrupciones de los niños, que comían alrededor de la mesa, y que habían visto cosas demasiado extraordinarias, para limitarse largo tiempo al solo papel de oyentes. Aquél describía las solemnes ceremonias, luego saltaba á hablar de la conversión milagrosa. Pero lo que le había hecho más impresión, y lo que repetía más, era el sermón del cardenal.
—Al ver ante el altar, decía, un señor de aquella especie, lo mismo que un simple párroco...
—¿Y aquella cosa de oro que llevaba en la cabeza?... decía una de las niñas.
—Cállate; al pensar, repito, que un señor de esa especie, una persona tan sabia, que según dicen ha leído todos los libros del mundo, circunstancia que no se ha visto en ningún otro hombre, ni aun en el mismo Milán; al pensar que ha sabido adaptarse á decir aquellas hermosas cosas, de manera que todos las hayan comprendido...
—Yo también las he comprendido, dijo la otra niña.
—Cállate; ¿qué es lo que has de haber tú comprendido?
—He comprendido que explicaba el Evangelio en lugar del señor cura.
—¡Silencio! No digo que se haya hecho comprender solamente de aquellos que saben algo, porque en este caso están obligados á comprenderle, sino también de los que tienen la cabeza más dura, los más ignorantes, seguían el hilo de su discurso. ¡Id ahora á preguntarles si sabrían repetir las palabras que decía! ¡Oh! sí; no las podrán expresar, pero el sentido de ellas, lo tienen aquí; y se golpeaba la frente con la palma de la mano. ¡Y cómo se comprendía que hablaba del consabido señor sin tener necesidad de pronunciar su nombre! Y además, para estar uno al cabo del asunto, hubiera bastado el ver las lágrimas que se desprendían de sus ojos; y entonces toda la gente se ponía también á llorar...
—Justamente es la verdad, exclamó el niño, interrumpiendo al orador; ¿mas por qué lloraban todos como si fuesen criaturas?
—¿Quieres callar? Y no se diga, sin embargo, que en el pueblo no hay corazones bien duros. Como iba diciendo, monseñor nos ha hecho ver claramente, que aunque hay carestía, es preciso dar gracias á Dios, y estar contentos; hacer lo que se pueda, ingeniarse, ayudarse, y después alegrarse; porque la desgracia no consiste en padecer y ser pobres; está también en obrar mal. Y esto no son palabras vanas; pues, no se ignora que él vive también como un pobre, que se quita el pan de la boca para dárselo á los desgraciados, cuando podría darse una vida mejor de la que tiene. ¡Oh, qué placer experimenta uno al oirlo hablar! No es como tantos otros que dicen: haced lo que os digo y no lo que yo hago; y luego, nos ha manifestado con la mayor precisión, que aun los que no son señores, y que no obstante tienen más de lo necesario, están obligados á hacer partícipes á los que padecen.
En esto interrumpió de improviso su discurso, como atormentado por una idea. Se detuvo un momento; en seguida llenó un plato de los manjares que había sobre la mesa, añadió un pan, colocó dicho plato dentro de una servilleta, y habiéndola tomado por las cuatro puntas, dijo á la mayor de sus niñas: “cógela así”. Le puso en la otra mano una botella de vino, y prosiguió: “Ve á casa de María la viuda; déjale esto, y dile que es para que se regale un poco con sus niños. Pero mira; ten cuidado cómo lo haces, no vayas á dárselo como si fuera á hacérsele una limosna: que no se te escape una sola palabra si encuentras á alguien; y, por último, ten cuidado de que nada se rompa”.
Lucía se conmovió hasta el punto de derramar lágrimas, y sintió en su alma un enternecimiento que la distrajo de su dolor. Ya el discurso anterior de aquel hombre honrado le había causado un alivio, que las palabras de consuelo, más dulces, más directas, no le hubieran podido procurar. Su espíritu, cediendo al atractivo de aquellas descripciones de pompas augustas, de aquellas emociones de piedad y admiración, sobrecogido por el mismo entusiasmo del narrador, alejaba de sí sus dolorosos pensamientos, y cuando volvían, se encontraba más fuerte contra ellos. La idea misma de su sacrificio, sin haber perdido su amargura, experimentaba una cierta alegría austera y solemne.
Poco después entró el cura del pueblo, y dijo que el cardenal le enviaba á informarse de Lucía, y para advertirla que monseñor quería verla aquel mismo día; en seguida dió las gracias en su nombre al sastre y á su mujer. Éstos y aquélla, conmovidos y turbados, no hallaban palabras para contestar á las demostraciones de semejante personaje. “¿Y vuestra madre no ha llegado todavía?”, preguntó el cura á Lucía.
—¡Mi madre!, exclamó ésta. Diciéndole luego el cura cómo había sido mandada á buscar por orden del arzobispo, se puso el delantal en los ojos, y prorrumpió en un copioso llanto, que duró mucho tiempo después de haberse marchado el eclesiástico. Cuando los sentimientos tumultuosos que se habían suscitado en su alma, á aquel anuncio, empezaron á dar lugar á ideas más tranquilas, la infeliz joven se acordó que la alegría entonces tan próxima de volver á ver á su madre, contento tan inesperado pocas horas antes, lo había también implorado expresamente en aquellas horas terribles, y lo había puesto casi como una condición á su voto. Hacedme volver sana y salva al lado de mi madre, había dicho; y estas palabras aparecieron distintamente á su memoria. Se confirmó más que nunca en el propósito de mantener su promesa, y se reprochó de nuevo y muy amargamente aquel ¡infeliz de mí! que se había escapado de su interior en los primeros momentos.
Efectivamente, cuando hablaron de Inés, ésta se encontraba ya muy cerca. Es fácil imaginar cómo se quedaría la pobre mujer á una invitación tan poco esperada, y á la noticia necesariamente truncada y confusa de un peligro, se podía decir, que ya había cesado, pero de un peligro espantoso, de una terrible aventura, que el mensajero no sabía referir ni explicar, y de la cual ella no tenía á qué agarrarse para explicársela por sí misma. Después de haber llevado las manos á su cabeza, después de haber exclamado muchas veces: “¡Ah, Señor, ah, Madonna!” después de haber hecho varias preguntas al mensajero, á las cuales éste no sabía qué responder, se lanzó furiosa y con precipitación en el carruaje, continuando, durante todo el camino, deshaciéndose en exclamaciones y preguntas inútiles. Mas al llegar á cierto paraje, se encontró de manos á boca con D. Abundio, que se adelantaba poco á poco, apoyado en su bastón. Después de un “¡oh!” proferido por ambas partes, D. Abundio se detuvo; Inés hizo parar el carruaje, y se bajó; luego, los dos se dirigieron hacia un castañar que se hallaba al lado del camino. D. Abundio le había participado todo lo que había podido saber y debido ver. La cosa no estaba tan clara todavía; pero á lo menos Inés se cercioró de que Lucía permanecía en seguridad, y respiró.
En seguida, D. Abundio quiso entablar otra clase de conversación é instruirla largamente sobre la manera de gobernarse con el arzobispo, si éste, como era probable, deseaba hablar con ella y con su hija, diciéndole, principalmente, que no convenía hacerle mención del casamiento. Pero conociendo Inés que el buen hombre no iba más que á su propio interés, lo dejó plantado, sin prometerle nada, sin resolver nada tampoco, contestando solamente que tenía otras cosas en que pensar; después de lo cual se volvió á poner en camino.
Finalmente, el carruaje llegó á su destino, y paró á la puerta de la casa del sastre. Lucía se levanta precipitadamente; Inés se apea; se precipita dentro de la expresada casa, y he aquí que se abrazan estrechamente una á otra. La mujer del sastre, que era la única que se hallaba presente, les dió ánimo, las tranquilizó, se regocijó con ellas; y después, siempre discreta, las dejó solas, diciendo que iba á disponer una cama; que podía hacerlo, sin incomodarse; pero que en todo caso, tanto su marido como ella, más bien hubieran querido dormir en el suelo, que permitir que fuesen á otra parte á buscar un asilo para aquella noche.
Pasado el primer ímpetu de abrazos y sollozos, Inés quiso saber las aventuras de Lucía, y ésta se puso á contárselas con la mayor ansiedad; mas como el lector sabe, era una historia que nadie la conocía toda; y para la misma Lucía había partes sumamente oscuras, hechos inexplicables, y principalmente aquella fatal coincidencia de haberse encontrado con el terrible carruaje en medio de su camino, justamente cuando ella pasaba por una casualidad extraordinaria; sobre esto último, la madre y la hija hacían mil conjeturas, sin acertar nunca con la verdadera causa, ni siquiera aproximarse á ella.
Con respecto al autor de la trama, ninguna de las dos podía dudar que no fuese D. Rodrigo.
—¡Ah, espíritu malo!, ¡tizón del infierno!, exclamaba Inés; pero ya le llegará su hora: el Señor se lo recompensará según sus méritos, y entonces él experimentará también...
—¡No, no, madre mía! la interrumpió Lucía; no deseéis ningún mal á él ni á nadie tampoco. ¡Si sabéis lo que es sufrir; si lo habéis experimentado! ¡No, no!, roguemos más bien por él á Dios y á la Madonna; que el Señor le toque el corazón como lo ha hecho con ese otro infeliz, que era mucho peor y ahora es un santo.
El terror que causaba á Lucía el recordar aquellos hechos tan recientes y crueles, le hizo más de una vez titubear; más de una vez dijo que no tenía bastante valor para continuar, y después de muchas lágrimas y suspiros, volvió á tomar el uso de la palabra con el mayor pesar; pero un sentimiento contrario la hizo vacilar al llegar á cierto punto de su narración: cuando se trató del voto. El temor de que su madre la acusara de imprudente y precipitada, y que como había hecho en el asunto del casamiento, no le pusiera por delante aquella su tan larga regla de conciencia, y la quisiese hacer prevalecer, ó que la buena mujer le dijese en confianza á alguno, no por otra cosa más sino para que la iluminara y aconsejara, y llegase de este modo á hacerse público; al pensar esto solo Lucía percibía que sus mejillas se cubrían de un vivo carmín; añádase también cierta vergüenza que le causaba su misma madre, y una inexplicable repugnancia de hablar sobre la materia, fueron motivos todos que le hicieron ocultar aquella circunstancia importante, proponiéndose confiársela primeramente al padre Cristóbal. ¡Mas cómo se quedó, cuando preguntando por él, supo que no estaba ya en Pescarenico; que había sido enviado á un pueblo muy lejano, á un pueblo que tenía cierto nombre!...
—¿Y Renzo?, dijo Inés.
—Está en salvo, ¿no es cierto?, replicó ávidamente Lucía.
—Sí, porque todos lo dicen; se asegura que se ha refugiado en el territorio de Bérgamo; pero el paraje verdadero nadie puede decirlo: hasta ahora no ha dado noticias de su persona; es indispensable que no haya hallado el medio de hacerlo.
—¡Ah, si está en salvo, gracias sean dadas al Señor!, dijo Lucía; y procuraba mudar de conversación, cuando ésta fué interrumpida por un suceso inesperado; tal fué la aparición del cardenal arzobispo.
Éste, vuelto de la iglesia, donde lo habíamos dejado, habiendo sabido por el Incógnito la llegada de Lucía, fué á sentarse á la mesa, haciendo colocar á su derecha al señor, en medio de un círculo de sacerdotes que no podían saciarse de lanzar ojeadas sobre aquel semblante tan dulcificado sin debilidad, tan humillado sin bajeza, y de compararle con la idea que desde largo tiempo tenían de dicho personaje.
Concluido el desayuno, el Incógnito y el cardenal se retiraron de nuevo juntamente. Después de un coloquio que duró más que el primero, el señor partió para su castillo, montado en la misma mula de la mañana. El cardenal hizo llamar al párroco, y le manifestó que deseaba ser conducido á la casa en donde Lucía se había refugiado.
—¡Oh, monseñor!, respondió éste, no os molestéis: haré avisar al momento á la joven para que venga, como también la madre, si es que ha llegado, y también los dueños de la casa si quiere monseñor; todos los que vuestra señoría ilustrísima guste.
—Deseo yo mismo ir á verlos, replicó Federico.
—Vuestra señoría ilustrísima no debe molestarse: enviaré á llamarlos en seguida; es cosa de un momento, insistió el párroco asaz oficioso é impertinente (por lo demás excelente sujeto); mas no comprendía que el cardenal quería con semejante visita rendir homenaje á la desgracia, á la inocencia, á la hospitalidad y á su propio ministerio á un mismo tiempo. Pero habiendo el superior expresado de nuevo sus deseos, el inferior se inclinó y se puso en marcha.
Apenas los dos personajes pusieron el pie en la calle, cuando toda la gente se encaminó hacia ellos, acudiendo de todas partes, y rodeándoles de manera que llegaban á impedirles el paso. El párroco se esforzaba en decir: “vamos, atrás, retiraos; ¡más, más!”. Y Federico le replicaba: “dejadlos, dejadlos”, é iba avanzando, tan pronto alzando la mano para bendecir al pueblo, tan pronto bajándola para acariciar á los niños que embarazaban su marcha. De este modo llegaron á la casa, en la cual entraron: la multitud permaneció agrupada en la calle. El sastre se hallaba también entre la gente que había seguido al cardenal, el cual con los ojos fijos en éste y la boca abierta, iba mirándole sin saber adónde se dirigía. Al ver que el arzobispo entraba en su casa, se abrió paso, dejando á la consideración de los lectores el estrépito que movería, gritando sin cesar: “dejad pasar á quien debe”; y entró.
Inés y Lucía oyeron en la calle un ruido que á cada paso se aumentaba: mientras pensaban lo que podría ser, vieron abrirse la puerta y aparecer el cardenal en compañía del párroco.
—¿Es aquélla?, preguntó el primero al segundo; y á una señal afirmativa se dirigió hacia Lucía, que estaba allí con la madre, ambas inmóviles y mudas de vergüenza y sorpresa. Pero el tono de aquella voz, el aspecto, el continente, y sobre todo las palabras de Federico, las tranquilizaron prontamente. “¡Pobre joven, dijo, Dios ha querido someteros á una gran prueba; mas os ha hecho ver que siempre tenía su vista fija sobre vos, y que no habíais sido olvidada! Él os ha puesto en salvo, y se ha servido de vos para consumar una grande obra, para manifestar su misericordia á un hombre, y para aliviar al propio tiempo á otros muchos”.
En esto apareció en la estancia el ama de la casa, la cual, al ruido, se había asomado á la ventana, y habiendo visto quién entraba, bajó precipitadamente la escalera, después de haberse arreglado lo mejor que pudo. El sastre entró casi al mismo tiempo por otra puerta. Al ver trabada la conversación, fueron á reunirse á un rincón, en donde permanecieron con aire respetuoso. El cardenal, saludándolos cortésmente, continuó su plática con las mujeres, mezclando á sus consuelos algunas preguntas, para ver si en las respuestas podía hallar alguna coyuntura de hacer bien á quien tanto había padecido.
—Convendría que todos los sacerdotes fuesen como vuestra señoría, que tomasen algunas veces el partido de los pobres, y no les ayudasen á meterlos en medio de las mayores dificultades para ellos huir el cuerpo, dijo Inés, animada por el aire familiar y afectuoso de Federico, y encolerizada al pensar que el Sr. D. Abundio, después de sacrificar siempre á los demás, pretendiese también impedir una pequeña expansión de espíritu, la menor queja á los que eran superiores á él, cuando por una rara casualidad se presentaba una ocasión.
—Decid todo lo que pensáis, dijo el cardenal, hablad con libertad.
—Quiero decir, que si nuestro señor cura hubiese cumplido con su deber, las cosas no hubieran llegado á tal extremo.
Mas haciéndole el cardenal nuevas instancias para que se explicara con mayor claridad, ella empezó á hallarse embarazada con tener que referir una historia en la que la misma tenía una parte que procuraba ocultar, especialmente á semejante personaje. Sin embargo, encontró el medio de arreglarla, con una pequeña variación: contó el concertado casamiento, la denegación de D. Abundio; no pasando en silencio el pretexto de los superiores que él había puesto por delante (¡ah, Inés!) y pasó al atentado de D. Rodrigo, y cómo habiendo sido avisadas habían podido escapar. “Pero sí, añadió en conclusión, escapar para caer en otros lazos. Si en aquella ocasión, el señor cura hubiese hablado con sinceridad, y casado en seguida á mis pobres jóvenes, nos hubiéramos ido todos juntos secretamente, muy lejos, á un paraje que ni siquiera el aire lo hubiera sabido. Así es como se ha perdido el tiempo y ha sucedido lo que ha sucedido”.
—El señor cura me dará cuenta de este hecho, dijo el cardenal.
—No señor, no, replicó Inés prontamente: no lo he dicho por esto; no le reprendáis, porque ya lo que está hecho, hecho se queda; y además, que de nada sirve: es un hombre de este carácter; si el caso se presentase de nuevo, obraría del mismo modo.
Pero Lucía, no satisfecha de aquel modo de referir la historia, añadió: “Nosotras también, nosotras también hemos obrado mal: se ha visto que la voluntad del Señor era que la cosa no tuviese buen éxito”.
—¿Qué mal habéis podido hacer, desgraciada joven?
Lucía, á pesar de las señas que la madre le hacía á hurtadillas con los ojos, contó la aventura de la tentativa hecha en casa de D. Abundio, y concluyó diciendo: “Hemos obrado mal y Dios nos ha castigado”.
—Aceptad de su mano los padecimientos que habéis sufrido, y tened valor, dijo Federico; porque ¿quién tendrá razón de alegrarse y de esperar sino el que ha padecido y piensa en acusarse á sí mismo?
Entonces preguntó en dónde se hallaba el prometido, y sabiendo por Inés (Lucía permanecía silenciosa, con la cabeza baja) que había huido del país, experimentó y manifestó admiración y desagrado, queriendo saber la causa que lo había motivado.
Inés refirió lo mejor que le fué posible lo poco que sabía de las aventuras de Renzo.
—He oído hablar de ese joven, dijo el cardenal; ¿pero cómo permitís que un hombre que se halla comprometido en negocios de semejante especie trate de casarse con esta joven?
—Era un joven muy honrado, dijo Lucía ruborizándose, pero con voz segura.
—Era un muchacho pacífico hasta dejarlo de sobra, añadió Inés; y vuestra señoría puede preguntarlo á quien quiera, aunque sea al mismo señor cura. ¿Quién es capaz de saber las intrigas y enredos que le habrán armado por allá? Muy poca cosa se necesita para hacer pasar á los pobres por bribones.
—Es demasiado cierto, dijo el cardenal; yo me informaré: y habiéndose hecho decir el nombre y apellido del joven, lo apuntó en un librito de memorias. En seguida añadió que contaba marcharse á su país dentro de algunos días; que entonces Lucía podría ir allá sin temor, y que entretanto él se ocuparía de proporcionarle un asilo en donde pudiese estar con seguridad, hasta que todo se arreglase.
Después se volvió á los dueños de la casa, que se adelantaron con prontitud; renovó las gracias que les había dirigido por medio del párroco, y les preguntó si querían conservar por pocos días á los huéspedes que Dios les había enviado.
—¡Oh!, sí señor, contestó el ama con un tono de voz y un aire que expresaban mucho más que aquella corta respuesta, medio ahogada por la timidez. Pero el marido, animado por la presencia de semejante personaje que se dignaba interrogarles, como igualmente del deseo de lucirse en una ocasión tan importante, estudiaba ansiosamente una bella contestación. Arrugó la frente, puso los ojos bizcos, apretó los labios, tendió con todas sus fuerzas el arco de la inteligencia, barrenó y sintió dentro de sí un choque de ideas, á las cuales faltaba algo, y de palabras truncadas; mas el tiempo apremiaba, y el cardenal demostraba ya haber interpretado su silencio. Entonces el buen hombre abrió la boca y dijo: “Figuraos...”. Nada más pudo venirle por el pronto. No sólo quedó avergonzado allí aquel día, sino que su recuerdo importuno agrió siempre el placer del grande honor que había recibido. ¡Cuántas veces pensando en esta circunstancia, como para contrariarle, le vinieron á la imaginación una multitud de palabras, que todas hubieran valido más que su insulso “¡figuraos!”. Pero como dice un antiguo proverbio: á burro muerto, &c.
El cardenal partió diciendo: “que la bendición del Señor sea sobre esta casa”.
Por la tarde preguntó al cura cómo podría recompensarse de un modo conveniente á aquel hombre, que no debía ser rico, de una hospitalidad costosa, especialmente en aquellos tiempos. El párroco respondió que á la verdad, ni las ganancias de su profesión, ni la renta de algunos pequeños campos que el buen sastre poseía, hubieran sido suficientes aquel año para ponerlo en posición de ser liberal para con los demás; pero que habiendo economizado en los años anteriores, se encontraba al presente ser uno de los más acomodados del pueblo; que podía hacer algunos gastos sin que le causaran ninguna extorsión, y que ciertamente los haría con gusto, y que por otra parte tomaría como una ofensa el que se le hiciese aceptar recompensa alguna.
—Probablemente tendrá, dijo el cardenal, créditos contra gente que no pueda pagar.
—Ya puede figurárselo vuestra señoría ilustrísima: esas pobres gentes pagan con el sobrante de la recolección; en un año escaso nada sobra; al contrario, falta todavía lo necesario.
—Bueno; yo tomo á mi cargo todas esas deudas y vos os serviréis recoger de ellos la nota de las partidas, y las saldaréis.
—Compondrá una gran suma.
—Tanto mejor; y tendréis otros ranchos bastante necesitados, que no tendrán deudas, porque no habrá quién les preste.
—¡Oh, sí; hay muchos! Y sin embargo, se hace lo que se puede; pero, ¿cómo atender á todos en unos tiempos tan calamitosos?
—Disponed que se les vista á mis expensas, y pagadlo bien. Verdaderamente este año, todo el dinero que se gaste en pan me parece robado; pero éste es un caso excepcional.
No queremos, con todo, concluir la historia de aquel día, sin referir sucintamente cómo terminó la del Incógnito.
Esta vez el ruido de su conversión le había precedido en el valle: se había esparcido prontamente, y había excitado una sorpresa, una ansiedad y una irritación difíciles de pintar. Á los primeros bravos ó servidores (que era igual) que encontraba, les hacía seña que le siguiesen: éstos caminaban detrás de él siendo presa de una nueva inquietud y con su acostumbrada obediencia; su séquito se aumentaba á cada instante. Llega por fin al castillo: indica á los que se encuentran á sus puertas que le sigan también; entran en el primer patio, se coloca en medio de él, y allí, afirmándose en sus estribos, lanza un grito atronador, siendo ésta la señal que usaba para que todos aquellos de los suyos, á quienes llegara dicho grito, se presentasen al instante. En seguida todos los que se hallaban esparcidos por el castillo se apresuraron á acudir á aquella voz terrible, y se reunieron al resto de la numerosa cuadrilla, fijando todas sus miradas sobre su señor.
—Id á esperarme al gran salón, dijo, y desde lo alto de su cabalgadura estaba viéndolos partir. En seguida se apeó, condujo por sí mismo la mula á la cuadra, y se encaminó hacia donde era esperado. El sordo murmullo que reinaba en el salón cesó á su aspecto; retiráronse todos á un ángulo, dejando un gran espacio vacío á su alrededor. Ellos serían unos treinta.
El Incógnito levantó la mano como para mantener el silencio que su sola presencia había hecho nacer; alzó su cabeza, que sobresalía á todas las demás, y dijo: “Escuchadme todos, y nadie hable sin ser preguntado. ¡Hijos míos!, el camino por el cual hemos andado hasta hoy conduce al fondo del infierno. Esto no es un reproche que yo quiera haceros, yo que he sido el primero que he ido delante y os he sobrepujado en esta abominable carrera, yo el más culpable de todos; mas atended á lo que voy á deciros.
“Dios en su misericordia me ha llamado á cambiar de vida; cambiaré, he cambiado ya: ¡plegue á este mismo Dios que haga otro tanto con todos vosotros! Sabed, pues, y tened por cierto, que estoy resuelto á morir antes que hacer nada más contra sus santas leyes. Retiro á cada uno de vosotros las órdenes criminales que tenéis de mí; ya me entendéis: así, os mando que nada hagáis de lo que yo os había prescrito; tened igualmente por cierto, que nadie podrá en adelante cometer ninguna maldad bajo mi protección ni á mi servicio. Los que quieran permanecer conmigo con estas condiciones, los consideraré como hijos míos; me contemplaré dichoso: en tiempo de hambre y de miseria compartiré el último pan que quede en mi casa con el último de vosotros. El que no quiera, se le dará el salario que se le debe, y además un regalo; éste podrá ir adonde desee; pero le advierto que no ponga los pies aquí, á no ser para mudar de vida, pues con este motivo será recibido con los brazos abiertos. Reflexionad esta noche sobre lo que os he dicho; mañana por la mañana os llamaré uno á uno, para que me deis la contestación, y entonces os daré nuevas órdenes. Por ahora, retiraos cada uno á vuestro puesto; y Dios, que ha usado conmigo de tanta misericordia, os inspire un buen pensamiento”.
Cesó de hablar y todos guardaron el más profundo silencio: aunque fermentaron en sus cerebros ardientes una multitud de extrañas y tumultuosas ideas, ninguna, sin embargo, dejaron traslucir. Estaban habituados á escuchar la voz de su señor como la manifestación de una voluntad absoluta á la cual era preciso obedecer sin replicar; aquella voz anunciando que la voluntad se había cambiado, no daba indicio alguno de que estuviese aniquilada. Á ninguno de ellos le pasó, sin embargo, por la imaginación, que por haberse convertido, se pudiese atrever á replicarle, como á otro hombre cualquiera. Veían en él á un santo, pero uno de esos santos á los cuales pintan con la cabeza alta y la espada en la mano. Además del temor que inspiraba, tenían hacia él (sobre todo aquellos que habían nacido bajo su dominación, y que eran la mayor parte) una afección como de hombres ligados á su señor feudal. Su admiración tenía algo de cariño; y experimentaba á su vista ese respeto que los más rebeldes y petulantes tienen ante una superioridad que ya han reconocido. Las cosas, pues que habían oído pronunciar por aquella boca eran seguramente odiosas á sus oídos, pero no falsas ni enteramente extrañas á sus inteligencias. Si habían hecho mil veces burla, no era porque no tuvieran fe, sino para prevenir con la misma burla el miedo que les hubiera venido pensándolo seriamente. Al presente, al ver el efecto de este miedo en un valor tan indomable como el de su amo, no hubo ninguno que no lo experimentase, á lo menos por algún tiempo. Añádase á todo esto, aquellos que hallándose por la mañana fuera del valle, habían sido los primeros sabedores de la gran nueva y habían visto igualmente y también referido la alegría de toda la población, el amor y la veneración hacia el Incógnito que había sucedido de repente al antiguo odio y terror; de manera, que en el hombre que habían siempre mirado, por decirlo así, como un ser todopoderoso, aun cuando ellos mismos formaban en gran parte su fuerza, veían ahora que era la maravilla, el ídolo de la multitud; lo contemplaban que sobresalía á los otros de un modo muy diverso antes, pero no menos; siempre fuera de la esfera común, siempre á la cabeza.
Estaban pues, todos aturdidos, inciertos unos de otros, y también de sí mismos. El uno buscaba en su imaginación en dónde podría encontrar un asilo y ocupación; el otro se preguntaba si podría doblegarse á aquel nuevo género de vida; éste, conmovido por aquellas palabras, experimentaba hacia el señor cierta inclinación; aquél, sin resolver nada, se proponía prometerlo todo á buena cuenta, tratando mientras de comer aquel pan ofrecido de tan buena gana y entonces tan escaso, é ir ganando tiempo. Ninguno resolló; y cuando el Incógnito al fin de su discurso alzó de nuevo aquella mano imperiosa para indicarles que se marcharan, dóciles como un rebaño de ovejas, tomaron todos el camino de la puerta. Él salió también detrás de ellos, y parándose en medio del patio, miró á la débil luz del crepúsculo cómo se separaban y cada uno se encaminaba á su puesto. Luego entró á coger su linterna, recorrió de nuevo los patios, los corredores, las salas, visitó todas las avenidas, y cuando vió que todo estaba tranquilo, se fué por último á dormir. Sí, á dormir, porque tenía sueño.
Jamás, aun cuando siempre había ido en busca de negocios intrincados é intrigas, jamás, repito, se había visto tan abrumado como al presente; con todo, tenía sueño. Los remordimientos que le tuvieron desvelado la noche anterior, en vez de haberse calmado levantaban el grito más soberbios, más severos, más absolutos; y sin embargo, tenía sueño. El orden, la especie de gobierno establecido allí dentro por él tantos años hacía, á fuerza de tantos cuidados, con tan extraordinario acopio de audacia y perseverancia, ahora él mismo lo había puesto en todo su vigor con pocas palabras; la dependencia ilimitada de los suyos que estaban dispuestos á todo con la fidelidad de esclavos, con la cual estaba acostumbrado desde largo tiempo á descansar, ahora la había puesto á prueba; los medios de que se había valido, crearon una multitud de obstáculos: la confusión é incertidumbre estaba apoderada del castillo; no obstante, tenía sueño.
Se encaminó, pues, á su cámara, entró en ella, se acercó á aquel lecho, el cual la noche antes había hallado tan espinoso, y se arrodilló cerca de él, con la intención de rezar. Encontró, en efecto, en un apartado y profundo rincón de su mente las oraciones que estaba acostumbrado á rezar cuando era niño; comenzó á recitarlas, y aquellas palabras detenidas allí tanto tiempo y juntamente revueltas, venían unas después de otras como si se deshiciesen. Experimentaba en esto una mezcla de sentimientos indefinibles, una cierta dulzura en aquella vuelta material á los hábitos de la inocencia, una sensación de dolor al pensar el grande abismo que mediaba entre aquel tiempo y el actual, un ardor de llegar por medio de obras expiatorias á adquirir una nueva conciencia, un estado más próximo á la virtud, á la cual no podía volver, un agradecimiento, una confianza en aquella misericordia que lo podía conducir á dicho estado, y que le había dado ya señales tan marcadas de quererlo. Después de haber rezado, se acostó, y quedóse dormido inmediatamente.
Así terminó aquel día tan célebre aún cuando escribía nuestro anónimo; y que ahora, á no haber sido él, nada de particular se sabría, y á lo cual Ripamonti y Rivola, citados antes, no dicen más, que aquel tan célebre tirano, después de una entrevista con Federico, mudó maravillosamente de vida para siempre. ¿Y cuántos son los que han leído las obras de los dos expresados autores? Menos aún que los que leerán nuestro libro. ¿Y quién sabe, si en ese mismo valle, el que tenga deseos de buscarlo y la habilidad de encontrarlo, habrá quedado alguna débil y confusa tradición del hecho? ¡Han nacido tantas cosas desde aquel tiempo al presente!
NOTAS:
[5] Ogro: monstruo fabuloso que decían se comía las criaturas.