CAPÍTULO TERCERO
La vieja se había apresurado á obedecer y á mandar con la autoridad de un nombre que por cualquiera que fuese pronunciado en aquel paraje, hacía brincar á todos, porque á nadie le pasaba por la imaginación que hubiese una sola persona que se sirviese de él falsamente. En efecto, se halló en la Malanotte un poco antes de llegar el carruaje; al verlo venir, salió de la litera é hizo una señal al cochero para que parase; se acercó á la portezuela, y refirió en voz baja á Nibbio, que había sacado la cabeza fuera, las órdenes del amo.
Lucía, al detenerse el carruaje, se estremeció y salió de la especie de letargo en que estaba sumida. Sintió que se le agolpaba toda la sangre en la cabeza, abrió la boca y los ojos, y miró á todas partes. Nibbio se había hecho un poco atrás, y la vieja, con la puntiaguda barba sostenida en la portezuela, mirando á Lucía, decía: “Venid, niña mía: venid, pobrecita; venid conmigo; pues tengo orden de trataros bien y de tranquilizaros”.
Al sonido de una voz de mujer, la desventurada experimentó cierto consuelo y valor momentáneo; pero en seguida volvió á caer en un más profundo terror. “¿Quién sois?”, dijo con voz trémula, fijando sus miradas atónitas en el semblante de la vieja.
—Venid, venid, pobrecita, seguía ésta repitiendo.
Nibbio y sus dos compañeros, adivinando por las palabras y por la voz tan extraordinariamente sosegada de la vieja cuáles fuesen las intenciones de su señor, trataban por medios suaves de persuadir á la infortunada á que se manifestase obediente; mas ella continuaba mirando á su alrededor; y aunque el lugar solitario y desconocido, y el aire de seguridad de sus guardianes no le dejaban concebir esperanza alguna de socorro, sin embargo, abrió la boca para gritar; pero viendo á Nibbio que le enseñaba el pañuelo, se detuvo, y se puso á temblar; después de lo cual la cogieron y la metieron en la litera, entrando la vieja en pos de aquélla. Nibbio ordenó á los otros dos bribones que fuesen escoltándola, acudiendo él al llamamiento de su señor.
—¿Quién sois?, preguntaba Lucía con ansiedad á la vista de aquel semblante desconocido y deforme: ¿por qué me encuentro en vuestra compañía?, ¿en dónde estoy?, ¿adónde me conducís?
—¡Á la morada del que quiere haceros bien, respondió la vieja! ¡Dichosos aquellos á los que él quiere hacer bien! ¡Para vos es una felicidad, una verdadera felicidad. No tengáis miedo; alegraos, pues me ha mandado que os tranquilice. ¿Se lo diréis, eh?, ¿le diréis que os he tranquilizado?
—¿Quién es?, ¿qué quiere de mí? Yo no le pertenezco. Decidme en dónde estoy, dejadme marchar; decid á esos hombres que me dejen ir, que me lleven á alguna iglesia. ¡Oh, vos que sois una mujer!, ¡en nombre de la Virgen María!...
Este santo y dulce nombre, repetido con veneración en los primeros años, y luego nunca más invocado en muchísimo tiempo, ni acaso oído proferir, causaba en la mente de la desventurada que lo escuchaba en aquel momento una impresión confusa, extraña, lenta, como el recuerdo de la luz en un anciano, ciego desde niño.
Mientras tanto el Incógnito, de pie en la puerta del castillo, miraba al camino; veía venir la litera muy despacio, como antes el carruaje, y á Nibbio subir precipitadamente, adelantándose á la litera, cuya distancia se aumentaba más á cada paso que ésta daba. Cuando llegó arriba, el señor le hizo seña de que le siguiese, dirigiéndose con él á una de las habitaciones del castillo.
—¿Y bien?, dijo parándose.
—Todo ha salido á pedir de boca, respondió Nibbio, inclinándose respetuosamente: el aviso á tiempo, la mujer también, el paraje solitario, un solo grito, ningún aparecido, el cochero pronto, ágiles los caballos, ningún encuentro: mas...
—¿Mas qué?
—Mas... digo la verdad; hubiera querido mejor que la orden hubiese sido la de descargarle un arcabuzazo en las espaldas, sin oirla hablar, sin verle el rostro.
—¡Hola, hola! ¿Qué es lo que quieres decir?
—Quiero decir, que todo aquel tiempo... me ha causado mucha compasión.
—¡Compasión! ¿Qué entiendes tú de compasión?, ¿sabes acaso lo que es?
—Jamás la he comprendido como ahora: la compasión es una cosa parecida al miedo; si uno se deja apoderar de ella, es hombre perdido.
—Oigamos cómo se ha compuesto para moverte á compasión.
—¡Oh, ilustrísimo señor!, ¡tanto tiempo!... Orar, suplicar de cierto modo, y volverse pálida, pálida como la muerte; y después sollozar y rezar de nuevo, y ciertas palabras...
“No quiero á esa mujer en mi castillo”, decía para sí entretanto el Incógnito; “he sido un bruto en empeñarme en semejante cosa; mas lo he prometido... en fin, lo he prometido... Cuando estará lejos..”. Y levantando la cabeza, en actitud de mando, hacia Nibbio: “ahora deja la compasión á un lado”, dijo; “monta á caballo, toma un compañero, dos si quieres, y vuela al palacio del consabido D. Rodrigo. Dile que mande... pero que sea pronto, pronto; porque de otro modo...”
Mas otro no interior más imperioso que el primero, le impidió el concluir la frase. “No”, dijo con voz resuelta, como para manifestarse á sí mismo el mandato de aquella voz secreta: “no, vete á descansar, y mañana por la mañana... harás lo que te diga”.
“Es preciso que esa muchacha tenga algún demonio que la proteja”, pensó en seguida. Habiendo quedado solo, de pie con los brazos cruzados sobre el pecho, y la mirada inmóvil sobre cierta parte del pavimento, en donde los rayos de la luna, entrando por una elevada ventana, dejaban ver un cuadrado de pálida luz, cortado á trechos por la sombra de los barrotes de hierro, y atravesado en divisiones de los vidrios; “algún demonio ó... ángel que la defienda... ¡Causar compasión á Nibbio!... Mañana, mañana muy temprano, es indispensable que esa mujer esté fuera del castillo; que vaya á su destino, y que no se hable más de esto; y después proseguía, con ese ademán con el cual se intima una orden á un niño indócil: ¡jum!, ¡que no se hable más de esto! Que ese animal de D. Rodrigo no me venga á romper la cabeza con sus gracias; porque... no quiero oir hablar más de semejante cosa. Lo he servido, porque... se lo prometí; y se lo prometí... porque... era mi destino. Mas yo haré que me pague este servicio con usura. Vamos á ver...”.
Y él trataba de imaginar una empresa difícil que encargarle en compensación y como en represalias; pero vinieron á atravesársele de nuevo en la mente estas palabras: “¡Causar compasión á Nibbio! ¿Cómo ella puede haberlo conseguido?, se decía arrastrado por aquel pensamiento. Quiero verla... ¡oh!, no... Sí, quiero verla”.
Y de una en otra estancia, llegó á una escalerilla; subióla á tientas, se encaminó á la habitación de la vieja, y llamó á la puerta por medio de un puntapié.
—¿Quién es?
—Abre.
Á aquella voz, la vieja dió un salto: en el mismo instante se oyó descorrer el cerrojo, y la puerta se abrió de par en par. El Incógnito, desde el umbral, lanzó una ojeada al interior, y á la luz de una lámpara que ardía encima de la mesa, vió á Lucía echada en el suelo, en el rincón más lejano de la puerta.
—¿Quién te ha mandado que la arrojases ahí como un lío de trapos viejos, desgraciada?, dijo á la vieja con ademán iracundo.
—Se ha puesto donde ha querido, contestó ésta humildemente; he hecho todo lo posible para tranquilizarla; ella misma os lo podrá decir; pero no he sido escuchada.
—Levantaos, dijo á Lucía, aproximándose á ella; mas ésta, á quien el modo de llamar, el abrir, la aparición de aquel hombre, sus palabras, habían infundido un nuevo espanto en su espíritu alarmado, se acurrucó más y más en el rincón, con el rostro oculto entre sus dos manos, inmóvil, silenciosa y sobrecogida de un temblor general.
—Levantaos, que no quiero causaros ningún mal... y puedo dispensaros mucho bien, repitió el señor. ¡Levantaos!, gritó en seguida con voz de trueno, irritado de haber mandado dos veces una misma cosa inútilmente.
Como si el espanto la hubiese reanimado, la infortunada se arrodilló de súbito, y con las manos juntas, en ademán de súplica, como hubiera hecho delante de una imagen, alzó los ojos hacia el Incógnito, y bajándolos al momento exclamó: “Aquí me tenéis, matadme”.
—Os he dicho que no quiero haceros mal alguno, respondió el Incógnito con acento más dulce, mirando fijamente aquel semblante alterado por la aflicción y el terror.
—Ánimo, ánimo, decía la vieja; si él mismo dice que no quiere causaros mal alguno...
—¿Y por qué?, replicó Lucía, con una voz en la cual, á pesar de la turbación y espanto se traslucía cierta seguridad de indignación desesperada, ¿por qué me hace padecer las penas del infierno?, ¿qué es lo que yo le he hecho?
—¿Os han maltratado quizás?, hablad.
—¡Oh, maltratado! ¡Se han apoderado de mí, á traición, por fuerza! ¿Por qué, por qué he sido robada?, ¿por qué me encuentro en este sitio?, ¿en dónde estoy? Soy una infeliz muchacha: ¿qué he hecho yo? En el nombre de Dios...
—¡Dios, Dios!, interrumpió el Incógnito; ¡siempre Dios! Los que no pueden defenderse á sí mismos, los que carecen de fuerza, continuamente ponen á Dios por delante, como si le hubiesen hablado. ¿Pretendéis con semejante palabra hacerme... y dejó la oración sin concluir.
—¡Oh, señor!, ¡pretender!... ¿Qué puedo yo pretender, estando cautiva, sino que uséis conmigo de misericordia? ¡Dios perdona tantas cosas por una sola obra de misericordia! ¡Dejadme ir; por caridad, dejadme ir! Ninguna cuenta tiene al que en su día ha de morir, el hacer padecer tanto á una pobre criatura. ¡Oh, vos que podéis mandar, decid que me dejen ir! Me han traído aquí á la fuerza. Enviadme con esta mujer á *** en donde mi madre se halla. ¡Oh, Virgen santísima! ¡Madre mía, mi querida, mi idolatrada madre!, ¡quizá no esté lejos de aquí!... ¡He divisado mis montañas! ¿Por qué me hacéis padecer? Disponed que me conduzcan á una iglesia: rogaré por vos toda mi vida. ¿Qué os cuesta decir una palabra?, ¡he aquí que os enternecéis!, ¡decid una sola palabra, decidla! ¡Dios perdona tantas culpas por una obra de misericordia!
“¡Oh, por qué no será hija de uno de esos perros que me han desterrado!, pensaba el Incógnito; ¡de uno de esos miserables que me quisieran ver muerto!, cómo gozaría ahora con sus sufrimientos! y en vez de...”.
—¡No desechéis una tan buena inspiración!, continuaba fervorosamente Lucía, reanimada al ver un cierto aire de duda en el rostro y en el ademán de su tirano. Si vos no me concedéis esta gracia, el Señor me la concederá: me hará morir y todo se habrá concluido para mí; pero vos... acaso un día, también... pero no, no; yo siempre rogaré al Señor que os preserve de todo mal. ¿Qué os cuesta decir una palabra? Si vos llegaseis alguna vez á sufrir estos tormentos...
—Vamos, ánimo, interrumpió el Incógnito, con una dulzura que admiró á la vieja. ¿Os he causado yo por ventura algún mal? ¿Os he hecho algunas amenazas?
—¡Oh!, no; veo que tenéis buen corazón, que os compadecéis de una infeliz criatura. Si vos quisierais, podríais infundirme doble miedo que todos los demás, podríais hacerme morir; y por el contrario, me habéis... consolado un poco. Dios os lo premiará. Acabad la obra de misericordia; salvadme, salvadme.
—Mañana por la mañana.
—¡Oh!, salvadme ahora, en seguida...
—Os repito que mañana por la mañana nos volveremos á ver. En el ínterin, tranquilizaos, descansad; debéis tener necesidad de tomar algún alimento; ahora os lo traerán.
—No, no, yo me muero si alguno entra aquí; yo me muero. Conducidme á una iglesia cualquiera... lo cual Dios os lo pagará.
—Vendrá una mujer para traeros la comida, dijo el Incógnito; y dicho esto, se quedó estupefacto al ver que le hubiese venido á la imaginación semejante salida, y que hubiera pensado en la necesidad de buscarlo para tranquilizar á una mujer.
—Y tú, replicó en seguida, volviéndose á la vieja, anímala á que coma, y haz que descanse en este lecho; si quiere que te acuestes con ella, bien; si no, puedes dormir en el suelo por esta noche. Repito que la animes, que la alegres; y, sobre todo, guárdate que no tenga que quejarse de ti.
Pronunciadas las anteriores palabras, se dirigió hacia la puerta. Lucía se levantó y corrió con el objeto de detenerle y renovar sus súplicas; pero ya había desaparecido.
—¡Oh, infeliz de mí! Cerrad, cerrad pronto. Y cuando hubo oído cerrar la puerta y echar el cerrojo, volvió á acurrucarse en su rincón. ¡Oh, pobre de mí!, exclamó sollozando de nuevo. Y ahora ¿á quién suplicaré?, ¿en dónde estoy? Decidme, decidme por piedad, ¿quién es ese señor... ése que me ha hablado?
—¿Quién es, eh?, ¿quién es? ¡Queréis que os lo diga! Ya podéis esperarlo: os habéis puesto orgullosa porque os protege: con tal de que estéis satisfecha, nada os importa que yo sea la víctima; preguntádselo á él. Si yo os complaciera en esto, no recibiría palabras tan dulces como las que habéis oído. Yo soy vieja, soy vieja, continuó murmurando entre dientes. ¡Malditas sean las jóvenes, que así poseen la gracia de llorar como de reir y siempre tienen razón! Mas oyendo sollozar á Lucía se acordó de las órdenes amenazadoras del amo; se inclinó hacia la infortunada que permanecía acurrucada en su rincón, y con la voz más dulce que le fué posible, repuso: “Vamos, en todo esto no os he dicho nada de mal, alegraos. No me preguntéis cosas que no puedo deciros; por lo demás, tranquilizaos. ¡Oh, si supierais cuánta gente se hubiera alegrado de oirle hablar como lo ha hecho con vos! Regocijaos, que ahora traerán de comer; y yo que comprendo... según el modo con que os ha hablado, que va á venir algo bueno. Y luego os acostaréis y... espero que dejaréis un ladito para mí”, añadió con un acento de despecho, un tanto comprimido á su pesar.
—No quiero comer, no quiero dormir. Dejadme, no os acerquéis; no os mováis de aquí.
—No, no, vamos; dijo la vieja retirándose y yéndose á sentar en un ancho y carcomido sitial, desde donde lanzaba á la infeliz ciertas miradas de terror y de cólera á la vez; después de lo cual contemplaba su lecho, enfurecida al pensar que acaso estaría privada de él toda la noche y tiritando de frío; mas por otro lado se alegraba con la idea de la cena, con la esperanza que también participaría de ella. Lucía no sentía frío, ni tenía hambre, y como aturdida no experimentaba de sus mismos dolores más que un sentimiento confuso y vago, parecido á esas imágenes vanas que se presentan en el delirio de la fiebre.
Al oir tocar á la puerta de la estancia, se estremeció; y alzando su aterrado semblante, gritó: “¿Quién es, quién es? ¡que nadie entre!”.
—No es nada, nada; una buena noticia; es Marta que nos trae algo que comer.
—Cerrad, cerrad, exclamaba Lucía.
—¡Oh, ciertamente!, en seguida, en seguida, replicó la vieja; y tomando una cesta de las manos de la expresada Marta, á la cual despidió apresuradamente, cerró la puerta, y fué á colocar dicha cesta sobre una mesa que había en medio de la habitación. Después invitó repetidas veces á Lucía para que se aproximase á gozar de aquellos deliciosos manjares. Empleaba las palabras más eficaces, á su parecer, con el objeto de infundir apetito á la desgraciada, y prorrumpía en exclamaciones de júbilo, hablando de la excelencia de la comida. “Cuando la gente como nosotras puede llegar á disfrutar de semejantes manjares, se acuerdan toda la vida. Este vino es del que el amo bebe en compañía de sus amigos... cuando le vienen á visitar... y quieren estar alegres... ¡Hem!”. Mas viendo que todas sus tentativas eran inútiles: “¡Sois vos la que no queréis!, dijo; es preciso no olvidar el decirle mañana que yo os he animado. Mientras tanto, yo comeré dejándoos lo suficiente para cuando entréis en razón y queráis obedecer”. Dicho esto, se puso á comer ávidamente. Saciada que estuvo, se encaminó al rincón, y bajándose hacia Lucía, la invitó de nuevo á comer y á acostarse.
—No, no quiero nada, respondió ésta, con voz débil y como soñolienta; en seguida dijo con más resolución: “¿Está la puerta cerrada, bien cerrada?” Y después de haber echado una ojeada por toda la estancia, se levantó, y con las manos puestas adelante, con paso sospechoso, se dirigió hacia aquel lado.
La vieja llegó corriendo antes que ella, cogió el cerrojo, lo corrió, y dijo: “¿Lo veis?, ¿está bien cerrado? ¿estáis ahora satisfecha?”.
—¡Oh, contenta! ¡Yo contenta aquí! replicó Lucía, volviéndose de nuevo á su rincón; pero Dios sabe dónde estoy.
—Venid á acostaros; ¿qué queréis hacer ahí echada como un perro? ¿Se han visto rehusar jamás los comodidades, cuando se pueden tener?
—No, no; dejadme.
—Vos sois la que lo queréis. Vamos, he aquí un buen sitio; me pongo en la orilla; estaré incómoda por vos. Si queréis venir á la cama, ya sabéis que lo podéis hacer. Acordaos que os lo he rogado muchas veces. Así diciendo, se metió vestida como estaba debajo del cobertor, y todo quedó en el más profundo silencio.
Lucía permanecía inmóvil, en su rincón, con las rodillas pegadas al pecho, las manos colocadas sobre ellas, y el rostro oculto entre dichas manos. El estado de abatimiento en que se hallaba, no era sueño ni desvelo, sino una sucesión rápida, dolorosa y vaga, de terribles pensamientos, de ideas penosas, de latidos de corazón. Ora más segura de su razón, y recordando mejor todos los horrores que había presenciado y sufrido aquel día, recordaba dolorosamente hasta las más pequeñas circunstancias de la oscura y formidable realidad en la cual se veía envuelta; ora su mente transportada á una región aún más tenebrosa, luchaba contra los fantasmas nacidos de la incertidumbre y del terror. Largo tiempo permaneció siendo presa de semejantes angustias; pero al fin, abatida, fatigada, sintiendo aflojar sus atormentados miembros, se acostó, ó más bien, se dejó caer sobre el pavimento, y permaneció algún tiempo en un estado muy parecido al sueño. Mas de repente se despertó, como al ruido de una voz exterior que la estuviese llamando, y experimentó el deseo de despertar enteramente, de dar toda la extensión posible á su pensamiento, de saber en dónde estaba, cómo y por qué. Prestó atento oído al ruido que se percibía, el cual no era otra cosa más que la respiración lenta y embarazosa de la vieja. Abrió sus espantados ojos, y distinguió una opaca claridad, que por intervalos aparecía y desaparecía: era la torcida de la lámpara que, estando muy cerca de apagarse, despedía una luz trémula, y en seguida se retiraba, por decirlo así, como la ola que va y viene sobre la playa. Aquella luz que huía antes que los objetos hubiesen recibido de ella un reflejo y color distinto, no ofrecía á la vista más que una sucesión de cosas flotantes é indecisas. Pero bien pronto las recientes impresiones, reapareciendo en su mente, la ayudaron á distinguir lo que se presentaba á su vista de una manera tan confusa. La desventurada, despierta ya del todo, reconoció su prisión; todos los recuerdos del horrible día transcurrido, todos los terrores del porvenir la asaltaron á la vez: aquella nueva calma, después de tantas agitaciones, aquella especie de reposo, aquel abandono en que había estado sumida, le producían un nuevo terror, y se apoderó de ella tal ansiedad que deseó morir. Pero en semejante momento se acordó que podía á lo menos dirigir sus súplicas al cielo, y juntamente con dicho pensamiento apareció en su corazón como una repentina esperanza de felicidad. Tomó de nuevo su rosario, y empezó á rezar. Á medida que las oraciones se desprendían de sus trémulos labios, su corazón se entreabría á una confianza indeterminada. Mas de pronto se le presentó otra idea á la imaginación, esto es, que sus oraciones serían mejor acogidas y escuchadas, si en medio de su desolación hiciese alguna promesa. Trajo á la memoria lo que más amaba, lo que más había amado; y aun cuando su espíritu no podía sentir otra afección que el espanto, ni concebir otro deseo que el de la libertad, se acordó, sin embargo, y resolvió súbitamente, hacer un sacrificio. Se incorporó, colocando sus manos unidas junto al pecho, de las cuales pendía el rosario, elevó los ojos al cielo, y dijo: “¡Oh, Virgen Santísima! ¡Vos, á quien me he acogido tantas veces, y que tantas me habéis consolado! ¡Vos, que habéis padecido tantos dolores, y sois ahora tan gloriosa, y habéis obrado tantos milagros en favor de los infelices atribulados, socorredme, sacadme de este peligro; haced que vuelva sana y salva al lado de mi madre, Madre del Señor! y hago voto de permanecer virgen; renuncio para siempre á mi desventurado prometido, para no ser jamás de nadie, más que vuestra”.
Dichas las anteriores palabras, bajó la cabeza y se puso el rosario alrededor del cuello, casi como en señal de consagración, y á la vez de resguardo como una armadura de la nueva milicia, á la cual se había inscrito. Habiéndose vuelto á sentar en el suelo, sintió renacer en su alma una cierta tranquilidad, una más larga confianza. Le vino á la imaginación aquel mañana por la mañana repetido por el poderoso desconocido, y le pareció entrever en aquella palabra una promesa de salvación. Los sentidos, fatigados por tantas luchas, se adormecieron poco á poco en aquella tranquilidad de pensamientos, y por último, ya cercano el día, con el sagrado nombre de su protectora en los labios, se durmió gozando de un sueño perfecto y continuado.
Mas había otra persona en aquel mismo castillo, que hubiera querido hacer otro tanto, y no le fué posible. Habiéndose separado, ó más bien, huido de Lucía, después de haber dado las órdenes convenientes para la cena de ésta, y visitado, según costumbre, ciertos puestos del castillo, siempre preocupado con la imagen de Lucía, y con aquellas palabras que resonaban sin cesar en sus oídos, el señor se había retirado á su estancia.
Se había encerrado precipitadamente, como si hubiera tenido que atrincherarse contra un ejército de enemigos; y desnudándose sumamente agitado, se acostó. Pero aquella imagen cada vez más presente en su mente, pareció que en aquel momento le decía: tú no dormirás. “¡Qué loca curiosidad he tenido de ver á esa muchacha! se decía. Tiene razón ese imbécil de Nibbio; ¡uno no es ya hombre, es hombre perdido! ¡Yo!... ¿no soy yo hombre por ventura? ¿Qué ha pasado, pues? ¿Qué me ha pasado? ¿Qué diablos tengo? ¿Qué hay de nuevo? ¿No sabía antes de verla que las mujeres siempre chillan? ¡Lloran aun los hombres algunas veces, cuando no son bastante fuertes para defenderse! ¡Qué diablo!, ¿esto consiste en que yo no he oído lloriquear jamás mujeres?”
Y aquí, sin que tuviese necesidad de fatigar su memoria, ésta le presentó más de un caso, en que las súplicas ni lamentos habían podido quebrantar la resolución de llevar á cabo sus empresas. Mas lejos de darle el valor que le faltaba para cumplir ésta, como esperaba y deseaba, todos sus recuerdos no hicieron más que añadir á su irresolución una especie de consternación y de terror. De modo, que el volver á la primera imagen de Lucía, contra la cual había tratado de afirmar todo su valor, pareció que le aliviaba. “Ella vive, pensaba: se halla en el castillo; aún es tiempo; le puedo decir: partid, regocijaos; puedo ver cambiar aquel semblante; además le puedo decir: perdonadme... ¡Perdonadme! ¡Yo pedir perdón!, ¡y á una mujer!, ¡yo!... Y sin embargo, ¡si una palabra, si una palabra tal me pudiese hacer bien!, si me ayudase á sacudir por un momento el demonio que se ha apoderado de mí, la pronunciaría. ¡Á qué estado me veo reducido! ¡Ya no soy hombre, no soy hombre!... ¡Vamos!, dijo en seguida, revolviéndose furiosamente sobre su lecho, que le parecía tan duro como una piedra, y debajo de sus cobertores que le pesaban horriblemente: vamos, éstas son simplezas que me han pasado por la cabeza otras veces; ésta pasará también”. Y para hacerla pasar trató de buscar con el pensamiento algún proyecto, alguno de aquellos que solían ocuparle fuertemente, y no le dejaban un instante siquiera para reflexionar; mas no encontró ninguno. Todo se le presentaba cambiado: lo que otras veces estimulaba con más fuerza sus deseos, ahora no tenía para él ningún atractivo. La pasión rehusaba avanzar, del mismo modo que cuando un caballo se asusta de repente de una sombra cualquiera. Pensando en las empresas comenzadas y no acabadas, en vez de animarse á dar cima á ellas, en lugar de irritarse con los obstáculos (en semejante momento, la cólera misma le hubiera parecido dulce), experimentaba una sombría tristeza, se espantaba casi de los pasos ya dados. El tiempo se presentaba á su imaginación desnudo de todo interés, de todo querer, de toda acción, lleno únicamente de recuerdos intolerables: todas las horas que iban á sucederse se le representaban semejantes á la que corría tan lentamente, y que tanto pesaba sobre su cabeza. Repasaba en su imaginación á todos sus secuaces, y no encontraba nada importante que mandar á ninguno de éstos: la idea misma de volverlos á ver, de hallarse en medio de ellos, era un nuevo peso, un motivo de disgusto y embarazo. Cuando quería encontrar una ocupación para el día siguiente, una cosa que fuese factible, no se detenía más que en un solo pensamiento; éste era, que á la mañana siguiente podía dejar en libertad á aquella infortunada.
“La libertaré, sí; apenas empiece á apuntar el día, volaré á su lado, y le diré: partid, partid. La haré acompañar... ¿Y mi promesa? ¿y el compromiso que tengo? ¿y D. Rodrigo?... ¿Quién es D. Rodrigo?”
Como un hombre á quien su superior dirige de improviso una pregunta embarazosa, el Incógnito pensó de pronto responder á la que él mismo se había hecho, ó mejor diremos, aquel nuevo él que en un momento había tomado tan colosales y terribles dimensiones, y se levantaba como para juzgar al antiguo. Iba, pues, buscando las razones por las cuales, antes casi de ser rogado, se había podido resolver á tomar el empeño de hacer sufrir tanto, sin ningún motivo de aborrecimiento ni de temor, á una infeliz desconocida, únicamente para servir á D. Rodrigo; pero lejos de conseguir hallar en aquel momento ninguna razón que le pareciese propia para excusar semejante acción, no sabía casi explicarse á sí mismo cómo había sido inducido á ello. Aquel rasgo, más bien que una deliberación, había sido un movimiento instantáneo de un espíritu obediente á sentimientos antiguos y habituales, la consecuencia de mil hechos anteriores; y en medio del doloroso examen, al cual se entregaba para darse cuenta de un solo hecho, se encontró engolfado en repasar toda su vida.
Remontándose á tiempos muy lejanos, de año en año, de empresa en empresa, de crimen en crimen, de asesinato en asesinato, cada una de sus acciones se presentaba á su nuevo espíritu separada por sentimientos que le habían determinado y hecho cometer, apareciendo bajo un aspecto monstruoso, que estos mismos sentimientos no le habían dejado hasta entonces comprender. Todos le pertenecían, eran suyos: el horror de este pensamiento, que nacía á cada una de estas imágenes, y que estaba adherido á todas ellas, creció hasta la desesperación. Se levantó furioso, llevó con rabia las manos hacia la pared cercana á su lecho, agarró una pistola, apretóla convulsivamente, la montó, y... en el instante de ir á terminar una vida que le era insoportable, su pensamiento, sorprendido por un terror, por una inquietud, por decirlo así, supersticiosa, se lanzó al tiempo que seguiría después de su muerte. Figurábase con estampa su cadáver desfigurado, inmóvil, en poder de los hombres más viles; la sorpresa, la confusión que reinarían al día siguiente en el castillo; él mismo, sin fuerza, sin voz, arrojado quién sabe dónde. Se figuraba oir las conversaciones que tendrían lugar con motivo de semejante catástrofe, y que no dejarían de correr en todos los alrededores, y la alegría de sus enemigos. Las tinieblas mismas, el silencio de la noche, le hacían ver en la muerte cierta cosa de más triste, de más espantosa. Le parecía que no habría vacilado si hubiese sido de día, fuera de su casa y en presencia de alguno. Además, ¿qué tenía de particular echarse en el río y desaparecer? Absorto en estas desgarradoras contemplaciones, montaba y desmontaba con fuerza convulsiva el gatillo de la pistola, cuando le vino á la imaginación otra idea: si esa otra vida de la cual me han hablado siendo muchacho, de la cual se me habla siempre como si fuese una cosa segura; si esa vida consiste únicamente en no ser; si es una invención de los sacerdotes, ¿qué hago entonces? ¿qué importa todo lo que yo he hecho? ¿no dejará de ser una locura mía?... ¿Y si hay en efecto otra vida?...
Á semejante duda, á tal riesgo, se vió sobrecogido por una desesperación aun más sombría, más grave, y contra la cual ni aun podía hallar un refugio en la muerte. Dejó caer el arma fatal, llevó las manos á sus cabellos, sus dientes rechinaban, un temblor convulsivo se había apoderado de todos sus miembros. De repente, las palabras que había oído pocas horas antes, volvieron á resonar en su memoria: “¡Dios perdona tantas cosas por una obra de misericordia!” No volvían á su espíritu del mismo modo que habían sido pronunciadas, con un acento de humilde súplica, sino con un tono de autoridad, que dejaba entrever al mismo tiempo una lejana esperanza. Esto fué para él un momento de consuelo: dejó caer las manos, y en una actitud más tranquila, fijó mentalmente sus miradas, como si la hubiera tenido delante, en aquella que las había proferido; y la veía, no como su prisionera, ni como una persona que suplica, sino con el ademán del que dispensa gracias y consuelos. Esperaba con ansiedad que viniera el día para correr á devolverle la libertad, para escuchar de su boca otras palabras de alivio y de vida, imaginándose conducirla él mismo al lado de su madre. “¿Y luego, yo, qué haré mañana, el resto del día? ¿Qué haré el día que sigue después de mañana? ¿y al otro? ¿y á la noche? ¡la noche que volverá con sus doce horas! ¡Oh, la noche, la noche; no, no pensemos en la noche!”. Y volviendo á caer en el vacío espantoso del porvenir, trataba en vano de buscar un modo de emplear el tiempo, una manera de pasar los días y las noches. Tan pronto se proponía abandonar el castillo y huir á países remotos, en donde jamás se hubiese oído hablar de él, en que no se le conociera, ni aun siquiera de nombre; como le renacía una confusa esperanza de recobrar el antiguo ánimo, los antiguos gustos, no considerando la situación del momento más que como un delirio pasajero; tan pronto, por último, temía la luz del día que debía mostrarle á los suyos tan miserablemente cambiado; y finalmente, suspiraba por esta misma luz que también debía iluminar sus pensamientos. Mas he aquí que de pronto, al rayar el alba, pocos momentos después que Lucía se había quedado dormida, mientras que él estaba sentado é inmóvil sobre su lecho, un sonido vago y confuso, pero que sin embargo tenía un cierto no sé qué de alegre, vino á herir sus oídos. Prestó atención, y percibió un campaneo como si tocasen á fiesta; después de algunos instantes, distinguió también que el eco de la montaña repetía lánguidamente la lejana armonía, y se confundía con ella. De allí á poco siente que el ruido se aproxima, es una campana que está más cerca del castillo; después otra que le responde, y en seguida todavía otra. “¿Qué alegría es ésta? ¿Por qué este ruido de fiesta? ¿De qué se regocijan estas gentes?”. Salta de aquel lecho de espinas; medio se viste apresuradamente, vuela á la ventana, la abre, y mira por todas partes. Los montes estaban todavía medio velados por la niebla; el cielo parecía cubierto por una oscura y vasta nube; pero á la claridad del día que á cada instante iba creciendo, se divisaba allá á lo lejos, en el camino que atravesaba el fondo del valle, gentes que caminaban muy aprisa, otras que salían de sus casas y se ponían en camino, y se dirigían todas hacia el mismo lado, á la entrada de dicho valle, á la derecha del castillo, con los trajes domingueros, y una alegría extraordinaria.
“¿Qué diablos tienen esas gentes? ¿qué hay de alegre en este maldito país? ¿dónde va toda esa canalla?” Y habiendo llamado á un bravo de confianza que dormía en una próxima habitación, le preguntó la causa de todo aquel movimiento. Éste, que estaba tan enterado como su amo, le contestó que iría al momento á informarse. El señor permaneció apoyado en la ventana, sumamente atento al movible espectáculo. Veíanse hombres, mujeres, niños, en grupos, solos, uno alcanzando al que iba delante se unía á él; otro al salir de su casa se acompañaba con el primero que encontraba, y caminaban juntos como amigos á hacer un viaje convenido de antemano. Distinguíase en todos sus movimientos una celeridad y alegría común; las campanas más ó menos próximas, más ó menos distintas que resonaban á lo lejos, algunas veces sin estar acordes, pero siempre concertadas, se asemejaban en cierto modo á la voz de todo aquel pueblo y á la expresión de las palabras que no podían llegar al castillo. El Incógnito miraba, miraba sin cesar, y sentía nacer en su alma una ávida curiosidad de saber lo que podía comunicar un transporte igual á tan diversas gentes.