III.

Ideas cosmográficas de Colón y causas que le impulsaban
al descubrimiento de las Indias.

El cardenal d’Ailly, cuyas obras tanto estimaba Colón, ocupábase desgraciadamente más en trabajos de erudición clásica que de las relaciones de los viajeros inmediatos á su época. Aunque escribió ciento cuarenta años despues de Roger Bacon, jamás cita los trabajos de Marco Polo, consignados desde 1320 en un manuscrito latino de Franco Pipino de Bolonia: ignora los vastos proyectos de Sanuto Torsello, encaminados á cambiar la dirección del comercio de la India, la existencia de las islas Antilia y Brasil (Bracir) revelada por Picigano, y los viajes de los Zeni á las regiones septentrionales del Atlántico. No fué en los tratados cosmográficos del Cardenal donde Colón aprendió las nociones de las tierras occidentales que según Toscanelli ofrecían abrigo en el camino de la India por el Oeste. Pedro d’Ailly ni siquiera conocía el nombre de Cathaï, y su geografía, á excepción de algunas citas árabes, recuerda menos el siglo de Ptolomeo que el de Isidoro de Sevilla. Únicamente insiste con frecuencia (y quizá por ello era el afecto de Colón á compilaciones tan medianas) en la gran extensión del Asia hacia el Oriente, y en lo próximas que estaban la India y España. Al notable párrafo (Imago Mundi, cap. viii) tomado literalmente de Roger Bacon, y que antes cité, pueden añadirse los siguientes: «Multo major est longitudo terræ versus Orientem quam ponat Ptholomeus, et secundum philosophos Oceanus qui extenditur inter finem Hyspaniæ ulterioris, id est Africæ á parte Occidentis, et inter principium Indiæ á parte Orientis, non est magne latitudinis. Nam expertum est quod hoc mare navigabile est paucissimis diebus si ventus sit conveniens, et ideo illud principium Indiæ in Oriente non potest multum distare á fine Africæ.—Frontem Indiæ meridianum alluit maris brachium descendens á mari Oceano quod est inter Indiam et Hyspaniam inferiorem, seu Africam.—A polo in polum decurrit aqua in corpus maris et extenditur inter finem Hyspaniæ et inter principium Indiæ non magnæ latitudinis, ut principium Indiæ possit esse ultra medietatem æquinoctialis circuli sub terra valde accedens ad finem Hyspaniæ. Et Aristoteles et ejus comentator, libro Cœli et Mundi, adhuc inducunt rationem quod elephantes esse non possent: ideo concludit hæc loca esse propinqua et mare intermedium esse parvum»[62]. Se concibe que una misma idea, tantas veces repetida, debía agradar grandemente á los que, como Toscanelli y Colón, meditaban de contínuo pasar desde España á las costas orientales de Asia (ad illam partem sub pedibus nostris sitam) por la vía de Occidente.

También en el Cuadro del mundo conocido[63] de Pedro d’Ailly pudo aprender Colón que, según Alfragan, el valor absoluto de los grados expresados en leguas es menor de lo que generalmente se admite. Alfragan, ó más bien Al Fergani, llamado así por el sitio donde nació (porque el verdadero nombre del astrónomo árabe es Ahmed Mohammed Ebn Kotahir, ó Kethir, de Fergana en Sagdiana), no da en rigor más que el resultado de la célebre medida de algunos grados terrestres que el califa Almamum hizo practicar en la llanura de Sindjar. En vez de expresar este resultado por codos negros, lo expresa por millas, y el Almirante, sin fijarse en la perfecta ignorancia en que hasta Ebn Iouni, el más ingenioso astrónomo de aquel tiempo, nos dejaron, relativamente al valor del módulo empleado, tomó las millas de Alfragan, por las millas italianas de que habitualmente se servía en sus viajes. Don Fernando Colón, al conservarnos el extracto del tratado[64] de su padre «sobre la posibilidad de habitar todas las zonas», y también otro manuscrito[65] que comprende las causas en que el grande hombre fundaba las esperanzas en el buen éxito de su expedición, nos muestra la importancia que entonces se daba á la opinión de Alfragan sobre el verdadero tamaño de la tierra. «Lo que hacía creer más al Almirante, dice Fernando Colón, que aquel espacio (la distancia entre España y Asia) era la opinión de Alfragano, y los que le siguen, que pone la redondez de la tierra mucho menor que los demás autores y cosmógrafos, no atribuyendo á cada grado de ella mas que 56 millas y dos tercios, de cuya opinión infería que, siendo pequeña toda la esfera, había de ser por fuerza pequeño el espacio que Marino dejaba por desconocido, y en poco tiempo navegado, de que infería asimismo que, pues aun todavía no estaba descubierto el fin oriental de la India, sería aquel fin el que está cerca de los otros por Occidente (de la parte más occidental de Europa y de África).» Pero hay más aún; en otro sitio (en el Tratado de las zonas habitables) dice expresamente el Almirante: «Navegando muchas veces desde Lisboa á Guinea, encontré[66], observando con atención, que el grado corresponde en la tierra á 56 millas y dos tercios».

Si estas nociones no las aprendió el Almirante en las obras del cardenal d’Ailly, las obtendría por vía menos indirecta, por alguna de las traducciones árabe-latinas, á las que, según parece, recurría con frecuencia durante sus estudios cosmográficos en Portugal y en España.

Después de largas consideraciones acerca de Ptolomeo y Marín de Tyro, Catigara y la Etiopía, el Ganges y la posición del Paraíso terrestre, añade Colón en una carta dirigida á los reyes Fernando é Isabel y fechada en Jamaica el 7 de Julio de 1503: «El mundo no es tan grande como dice el vulgo, y un grado de la equinoccial está 56 millas y dos tercios; pero esto se tocará con el dedo.» Véase, pues, la importancia que el Almirante daba á la idea de la pequeñez del globo y de la brevedad del camino por donde se llega á la tierra aurífera de Veragua, «de que Vuestras Altezas, dice, son tan señores como de Xerez y de Toledo».

Es muy interesante observar el desarrollo progresivo de una grande idea y descubrir una á una las impresiones que determinaron el descubrimiento de un hemisferio entero. La permanencia en puntos situados, por decirlo así, en el límite del mundo conocido, en Lisboa, en las Azores, en Puerto Santo; la costumbre de ver partir con frecuencia expediciones de descubrimiento por una ruta que se desaprueba; la posibilidad de oir de boca de los mismos marinos los hechos ó las ilusiones que les proporcionaron las aventuradas expediciones hacia el Oeste; finalmente, el atento examen de las cosmografías de las diversas épocas, fueron las circunstancias que excitaron, vivificaron, por decirlo así, en el alma ardiente de Colón tan grandes y nobles proyectos. No se debe atribuir á una sola causa lo que pertenece al conjunto de inspiraciones que recibe un hombre superior durante los largos años que preceden á un descubrimiento.

En un tratadito[67] escrito probablemente hacia 1499 por el genovés Antonio Gallo (De Navigatione Columbi per inaccesum antea Oceanum Conmentariolus) se afirma que el «mundo de la India» (mundus quem Indiam vocitabant) fué adivinado, no por Cristóbal Colón, sino por su hermano Bartolomé, «que concibió la idea de una navegación hacia el Oeste al fijar en Lisboa los descubrimientos hechos por los portugueses más allá de San Jorge de la Mina en los mapamundis que dibujaba para ganarse la vida». El autor habla con algún desdén de Cristóbal Colón (intra pueriles annos parvis literulis imbuti). Este mismo aserto repite el obispo Agustín Giustiniano, que de la proyectada edición de una Biblia políglota completa, solamente imprimió en Génova en 1516 la colección de los Salmos. Sabiendo que el Almirante se vanagloriaba de haber realizado las profecías del salmo diez y ocho, Giustiniano, que era obispo de Nebbio, en Córcega, y monje de la orden de Santo Domingo, aprovechó esta ocasión[68] para dar una biografía de Cristóbal Colón y noticia de sus descubrimientos. Don Fernando Colón[69] ha probado con los manuscritos de su padre que fué éste quien enseñó á Bartolomé, «hombre poco letrado», el arte náutico y el dibujo de cartas de marear, y rechaza[70] con la urbanidad que en todos tiempos ha caracterizado las disputas literarias «las trece mentiras de Giustiniano». La magistratura de Génova empleó otra refutación más directa; con penas severas confiscó la obra. Por lo demás, vemos en documentos encontrados en los archivos, que, aun durante sus viajes, acostumbraba Cristóbal Colón á trazar la configuración de las costas. Una carta de marear de la isla de la Trinidad y del golfo de Paria, dibujada durante su tercer viaje (probablemente en Agosto de 1498), llegó á ser célebre en el pleito entre el fiscal del Rey y los herederos del Almirante. Éste hace mención de ella al fin de la carta dirigida á los Reyes á su vuelta á Santo Domingo. Es la pintura, ó, como dice Alonso de Ojeda, la figura de lo que el Almirante había descubierto[71]; carta que guió á los navegantes á quienes el fiscal quería atribuir el mérito del descubrimiento del continente americano.

Adviértese en lo poco que nos ha quedado de los escritos de Colón, sea en lo que conservó su hijo, ó en su correspondencia con los soberanos ó con personas de la corte de Isabel, ó, en fin, en el bosquejo de la obra de las Profecías, que lo que más atormentaba la imaginación del grande hombre y lo que buscaba con mayor empeño en las obras de los antiguos y en los cosmógrafos más inmediatos á su siglo era la proximidad entre la India y las costas de España; el conocimiento de la grande extensión de Asia hacía el Oriente; el número de islas ricas y fértiles que rodeaban las costas orientales del continente asiático; la pequeñez absoluta de nuestro planeta, y la relación que en general presenta el área de las tierras y de los mares en la superficie del globo.

Esta variedad de consideraciones, que debían conducir todas al mismo objeto, anuncia una amplitud de miras poco común. Pero en un siglo en que faltaba conocimiento preciso de los hechos, puesto que el mismo descubrimiento de Colón asentaba las bases de una geografía física, ésta extensión de miras no encontraba apoyo en la exactitud de las observaciones.

Por fortuna, los errores favorecían la ejecución del proyecto, inspirando un valor que las ideas más exactas de las dimensiones del globo, de la longitud de Catigara, del Cathaï y de Zipanga, del tamaño de los mares y de la pequeñez de los continentes hubieran quebrantado.

Colón censura á Ptolomeo por haber acortado la extensión de las tierras hacia el Este, fijada por Marin de Tyro, y rechaza todas las opiniones de los antiguos[72] sobre la relación en que están los continentes y los mares, afirmando, según hemos visto antes, que «el mundo es poco: el enjuto de ello es seis partes, la séptima solamente cubierta de agua»[73]. Este es el resultado de la geografía física que aprendió Colón en el cuarto libro de Esdras, llamado antiquísimamente en la iglesia griega el Apocalipsis de Esdras, é inventado probablemente por un judío que vivía fuera de Palestina en el siglo primero de nuestra era. Este Apocalipsis forma el primer libro de Esdras en la versión etiópica publicada recientemente en Oxford.

Á los catorce años interrumpió Colón sus estudios académicos en Pavía. Sin estar de completo acuerdo con Antonio Gallo respecto á la insignificancia de estos estudios (parvulæ literulæ), se comprende que la causa del desarreglo de erudición y de teología algo mística, advertida en muchos de sus escritos, data de la época de su permanencia en Lisboa[74]. A una vida aventurera, á los viajes al Levante y al Norte (á las islas Færöer ó á Islandia), sucedió algún descanso favorable á los trabajos literarios. Es probable que durante su larga permanencia en Portugal desde 1470 á 1484, desde los treinta y cuatro á los cuarenta y ocho años de edad, rehiciera, por decirlo así, sus estudios. «Para confirmarse más en el dictamen de navegar la vuelta de Occidente (dice Fernando Colón) para llegar á la tierra del Gran Kan, empezó de nuevo á ver los autores cosmógrafos que había leído antes y á considerar las razones astrológicas que podían corroborar su intento.»

En las investigaciones históricas conviene descender de las generalidades á los detalles de los hechos, y como el objeto de mi trabajo es obtener por el examen crítico de los documentos que nos quedan de puño y letra de Cristóbal Colón el conocimiento íntimo de las ideas que le indujeron al descubrimiento de América, he tratado de formar juicio exacto de los libros que consultaba Colón habitualmente, procurando adivinar cuáles eran los autores antiguos que más influyeron en su imaginación, incesantemente ocupada en vastos proyectos. Reuniré los pasajes mencionados por el Almirante en los escritos que de él tenemos, y los que su hijo D. Fernando presenta como causas de la empresa (Autoridad de los escritores para mover al Almirante á descubrir las Indias) conforme á las memorias de su padre.

Los autores de este tiempo indican rara vez, y cuando lo hacen, con muy poca precisión, el libro y capítulo de donde toman las citas, porque años antes del descubrimiento de América los libros impresos eran tan raros, que no existía ninguna edición del texto de Herodoto, de Strabón, ó de los libros de física de Aristóteles. En general, me ha sido fácil adivinar los pasajes de autoridades clásicas en que el Almirante fundaba sus pruebas cuando, al alegar las opiniones de los escritores antiguos, las desarrollaba. Puede creerse que durante su permanencia en Lisboa y Sevilla, desde 1470 á 1492, hizo que le ayudaran los eruditos de estas poblaciones; al menos vemos que, poco después, en 1501, tuvo el buen tino de consultar al Padre Gaspar Gorricio y de conseguir le proporcionara, para el libro de las Profecías, autoridades que hacían al caso de Jerusalén, es decir, relacionadas con la conquista del Santo Sepulcro, objeto definitivo de la conquista de los tesoros de la India Occidental.

Debe creerse, sin embargo, que, en general, el Almirante debió sus inspiraciones más bien á las obras de Isidoro de Sevilla, de Averroës y de Pedro de Ailly, que á las raras traducciones latinas y españolas[75] que podía consultar cuando llegó á Portugal. Confirma esta afirmación lo que antes copió de la carta de Colón de 1498, comparándola al Opus majus, de Roger Bacon, y á la Enciclopedia (Imago Mundi), del Cardenal d’Ailly.

Llego, pues, al detalle de los hechos.

Don Fernando Colón cita, conforme á los manuscritos de su padre (Historia del Almirante, capítulos VI, VII y VIII), como causas que indujeron á éste á emprender el viaje de descubrimiento las siguientes:

1.º Aristóteles, en el segundo libro Del Cielo y del Mundo, con el comentario de Averroës, dice que desde las Indias se puede pasar á Cádiz en pocos días. Es el pasaje De Cœlo, II, 14; pero la frase «en pocos días» es de Séneca y no de Aristóteles. También Pedro Mártir de Anghiera, en carta escrita en 1495 (Ep. 164, ed. Elzevir, 1670, pág. 93) al cardenal Bernardino, añade, después de hablar de las maravillas del segundo viaje de Colón, en el cual creyó éste no estar apartado más de dos horas (en longitud expresada por una medida de tiempo) del Quersoneso de Oro de Ptolomeo: «Hanc ergo terram Almirantus iste se humano generi præbuise, quia latentem invenerit sua industria suoque labore, gloriatur. Indiæ Gangetidis continentem, eam esse plagam contendit: nec Aristoteles, qui in libro de Cœlo et Mundo non longo intervallo distare á littoribus Hispaniæ Indiam ait, Senecaque ac nonnulli alii ut admirer patiuntur.» Estos mismos recuerdos clásicos se presentaron á la imaginación de Anghiera, después del primer viaje de Colón, en una carta dirigida al Arzobispo de Braga, fechada en el mes de Octubre de 1493 (Ep. 135, pág. 74).

2.º «Séneca, en las Naturales Quæstiones, lib. I, dice que desde las últimas partes de España pudiera pasar un navío á las Indias en pocos días, con vientos.» Este es el pasaje de Séneca, Naturales Quæst., Præf., § 11, que el cardenal d’Ailly, engañado[76] por el Opus major de Bacon, pág. 185, cita como perteneciente al lib. V de Séneca. Nada he encontrado en éste referente á las ideas que preocupaban á Colón, sino es en Quæst. Natur., V, 18, 9, donde dice: «An Alexander ulterior Bactris et Indis velit quærere quid sit ultra Magnum Mare?» Cuando Cristóbal Colón, en su tercer viaje, escribió á los monarcas españoles desde la isla de Haïti, en 1498, una carta interesantísima, induciéndoles á imitar los valerosos ejemplos de «Nero César, que envió á ver las fuentes del Nilo» (Navarrete, t. I, pág. 244), indudablemente tenía á la vista el texto de Séneca, en que el filósofo cortesano muestra á Nerón como noble apreciador de todas las virtudes en una época en que éste desdeñaba «flagitiorum et scelerum valamenta». «Ego quidem», dice Séneca (Natur. Quæst., VI, 8, 3) «centuriones duos quos Nero Cæsar, ut aliarum virtutum ita veritatis amantissimus, ad investigandum caput Nili miserat[77], audivi narrantes.....»

3.º El poeta trágico Séneca, que algunos creen ser el mismo filósofo (duda expresada también por D. Fernando Colón), escribió para el coro de Medea: «Vienient annis sæcula seris»; profecía que el Almirante ha cumplido. Tanto fijó la atención de Colón este pasaje, que se le encuentra copiado entero dos veces[78] de su letra en el bosquejo de su famoso libro de las Profecías, comenzado en 1501. Añade allí una traducción española tan inexacta como la que pone su hijo, y mucho menos poética de lo que es frecuentemente la prosa del Almirante, por ejemplo, la famosa relación dirigida á los Monarcas[79] y fechada en Jamaica el 7 de Julio de 1503, relación tan animada como un drama. Una de estas copias de los seis versos de Medea encuéntrase intercalada en una carta á la reina Isabel, llena de citas bíblicas; la otra está entre las observaciones de eclipses lunares hechas en Haïti y en Janahica (Jamaica) en 1494 y 1504. El historiador Herrera[80] acusa á Séneca, sin añadir la cita del texto, de un grande error, porque el filósofo romano imaginó que América sería descubierta algún día por la parte del Norte y no hacia el Oeste. Este concepto de Herrera contiene una alusión al citado coro de Medea. Indudablemente, Séneca no es profeta; pero Herrera se equivocó por una falsa interpretación del verso Nec sit terris ultima Thule. Lo que genuinamente dice el poeta es que la nueva tierra estará más lejana que la isla que se creía en su tiempo colocada en el extremo del mundo conocido, pero no que se encontrará en la dirección de Thule, á la cual Colón en sus Profecías paganas y bíblicas llama, no Thyle[81], sino «última Tille», y en su manuscrito sobre las «cinco zonas habitables» pretende[82] haberla visitado, en Febrero de 1477, lo cual, cronológicamente, es poco probable. Antes de dejar de hablar de Séneca, más asequible que Aristóteles, y por tanto, de mayor autoridad y más universalmente reconocida en la Edad Media, debo indicar un error de los catedráticos de Salamanca en sus disputas cosmográficas con Cristóbal Colón. Sabido es que los Monarcas encargaron, probablemente hacia el fin de 1487, al Prior del Prado[83], fraile de San Jerónimo y confesor de la Reina, defender la gran causa de los descubrimientos occidentales, ante los profesores, «que eran ignorantes», dice D. Fernando Colón en la Vida de su padre, «y no pudieron comprender nada de los discursos del Almirante, que tampoco quería explicarse mucho, temiendo no le sucediese lo que en Portugal», donde trataron de robarle el secreto para aprovecharlo sin su concurso, conforme á la treta aconsejada por el doctor Calçadilla, ó más bien (porque así era el verdadero nombre de este prelado) de D. Diego Ortiz, obispo de Ceuta, natural de Calçadilla, cerca de Salamanca. Con razón observa Muñoz cuán sensible es que no hayan quedado documentos de esta controversia científica, porque nos darían á conocer de un modo preciso el estado de las matemáticas y de la astronomía en las Universidades españolas del siglo XV. Sólo sabemos que Colón llevaba escritos de antemano los argumentos que debía explanar en favor de su empresa durante las conferencias tenidas en el convento de dominicos de San Esteban. Es probable que los documentos conteniendo las principales causas del descubrimiento, y que quedaron en manos del hijo de Colón, de Bernáldez, cura de los Palacios, y de Bartolomé de las Casas, estuvieran redactados conforme á las notas comunicadas á los catedráticos de Salamanca. Fernando Colón refiere que los catedráticos objetaron al Almirante con la autoridad de Séneca, que (por vía de cuestión) trataba si el Océano era infinito, de suerte que el mundo era muy grande para ir en tres años al fin del Levante, como quería. Nada, absolutamente nada, hay en las Cuestiones Naturales de Séneca que pueda justificar este aserto. Al contrario, está refutado en el pasaje de Séneca (Præf., § 11) que no era desconocido á D. Fernando (Vida del Almirante, capítulo VII).

4.º Aristóteles, «en el libro de Las Cosas Naturales, habla de haber navegado por el mar Atlántico algunos mercaderes cartagineses á una isla fertilísima, la cual ponían los portugueses en sus mapas con el nombre de Antilia, fuera ella, ó una de las islas que se veían todos los años (á favor de ciertas circunstancias meteorológicas) al Oeste de las Azores, de Madera y de la Gomera.» Este es el pasaje de las Mirabiles Auscultationes del pseudo Aristóteles, libro que Mr. Niebuhr cree escrito hacia la 130 Olimpiada, es decir, seis Olimpiadas después de la muerte de Theophrasto. Tómase gran trabajo Fernando Colón para probar, contra Oviedo, que esta isla de los cartagineses no era Haïti ni Cuba, ni ninguna de las descubiertas por su padre, y cuyo número, en la época más desventurada de su vida (en 1500), en un fragmento de carta autógrafa (Navarrete, Colección diplom., t. II, pág. 254), exagera hasta 1.700. Verdad es que en esta controversia quéjase D. Fernando de que, ignorando el griego, su adversario no haya podido leer el pasaje de Aristóteles sino en los libros de fray Teófilo de Ferraris; pero él mismo en esta ocasión no daba pruebas de una erudición muy sólida. Confunde la isla de Atlanta, al Norte del Euripo, en el canal, entre la Lócrida y la Eubea, separada del continente por un terremoto (Thucydides, III, 39; Plinio, II, 88), con la Atlántida de Solón y de Platón[84]; convierte en dos personas distintas á Statio Seboso[85], que permaneció algún tiempo en Cádiz para adquirir noticias de las islas del mar exterior, y toma las islas Azores, cuyas minas nadie ha elogiado, por las Cassitérides[86].

5.º Strabón, «en el lib. primo y secundo de su Cosmografía», habla de la extensión desmesurada del Atlántico, única causa que impide el paso de España á la India (es el texto lib. I, pág. 113 Alm., páginas 64 y 65 Cas., y la opinión de Posidonio sobre la navegación del Atlántico cuando es favorecida por los vientos de Sudeste, lib. II, página 161 Alm., pág. 102 Cas.).

6.º Strabón, en el lib. V, por la inmensa prolongación de la India hacia el Este, según Ctésias, Onesicrito y Nearco. La cita del lib. V es falsa, porque en este libro sólo se habla de Italia; pero el testimonio invocado de tres viajeros á la India da á conocer fácilmente que Colón quiso alegar el texto de Strabón, lib. XV, pág. 1011 Alm., pág. 690 Cas.

Casi superfluo es repetir aquí que una parte de estos pasajes (los de Aristóteles, Séneca y Ptolomeo) se encuentran también mencionados en la carta del Almirante del año 1498 y en su Libro de las Profecías. Este último, si se exceptúa el coro de la Medea de Séneca, sólo contiene citas de Profetas, de Padres de la Iglesia y de algunos rabinos convertidos, mezcla de teología mística y de erudición cosmográfica que, al parecer, caracteriza la vejez de Cristóbal Colón. En efecto, cuanto no toca al círculo estrecho de los intereses materiales de la vida, se eleva en el alma ardiente de este hombre extraordinario á una esfera más noble, á un espiritualismo misterioso. En su opinión, la conquista de la India recién descubierta no debe tener importancia sino en cuanto realiza las antiguas profecías y conduce, por los tesoros que da, á la conquista de la tumba de Cristo (á la restitución de la Casa Santa). Todas las cartas del Almirante expresan su ansiedad por acumular oro. Aunque duda, hasta la época de su muerte, que América esté separada del Asia Oriental, escribe ya en 1498 á la Reina que Castilla posee hoy otro mundo y que recibirá pronto barcos cargados de oro, el cual servirá para extender la fe en el universo, «porque el oro es excelentissimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace quanto quiere en el mundo, y llega á que echa las animas al Paraíso.» Extraña mezcla de ideas y de sentimientos en un hombre superior, dotado de clara inteligencia y de invencible valor en la adversidad; imbuído en la teología escolástica, y, sin embargo, muy apto para el manejo de los negocios; de una imaginación ardiente y hasta desordenada, que impensadamente se eleva, del lenguaje sencillo é ingenuo del marino á las más felices inspiraciones poéticas, reflejando en él, por decirlo así, cuanto la Edad Media produce de raro y sublime á la vez.