V.
Influencia de Pablo Toscanelli en los proyectos
de Cristóbal Colón.
Sin negar la influencia que las opiniones y los testimonios de los antiguos han ejercido en el ánimo de Cristóbal Colón, no diremos, sin embargo, que el descubrimiento de América se debe á Pytheas[95], á Eratosthenes[96] ó á Posidonio[97]. Colón, después de lograr su propósito, distingue con legítimo orgullo entre el mérito de la ejecución y el de los acertados presentimientos. Al llegar á Lisboa, de vuelta de su primer viaje, escribe (el 14 de Marzo de 1493) á su protector D. Luis Santángel, ministro de Hacienda por la corona de Aragón: «Consecuti sumus quæ hactenus mortalium vires minime attigerant: nam si harum Insularum (Indiæ supra Gangem) quidpiam aliqui scripserunt aut locuti sunt, omnes per ambages et conjeturas, nemo, se eas vidisse asserit; unde prope videbatur fabula»[98].
Algún tiempo después añade el Almirante en la carta á los Reyes, fechada en la isla de Haïti en Octubre de 1498: «Todos los que habían oído (mi) plática, todos lo tenían á burla, salvo dos frailes que siempre fueron constantes» (probablemente el guardián del convento de la Rábida, fray Pérez de Marchena, franciscano, y el dominico fray Diego de Deza, que permanecieron constantes en sus opiniones).
A la influencia de ambos religiosos y al gran corazón de la reina Isabel[99] debió Colón la dicha de realizar su vasto proyecto, y también á la de Pablo (del Pozzo) Toscanelli, que, con sus consejos, dióle mayor seguridad de ejecutarlo. No esperaba, sin duda, la buena fortuna de encontrarse en perfecta identidad de miras con uno de los más ilustres geógrafos de su época, y el mismo Colón confiesa que esta conformidad de razonamientos le alentó en la idea que se había formado de las ventajas de un camino á la India por la vía del Oeste, y de la esperanza de encontrar islas antes de llegar á la costa de Asia. No pondré aquí el texto[100] de las dos cartas de Toscanelli, escritas primitivamente en latín é impresas muchas veces; limitaréme á llamar la atención sobre algunos conceptos de ellas, cuya importancia histórica no se ha hecho resaltar bastante, porque en cuestiones de esta índole siempre habrá que acudir á los documentos del siglo XV.
«La autoridad de los autores clásicos y otras semejantes de este autor (Pedro de Heliaco), dice Fernando Colón, fueron las que movieron más al Almirante para creer su imaginación, como también un maestro, Paulo Físico[101], florentín, hijo de Domingo, contemporáneo del mismo Almirante, el cual dió causa en gran parte á que emprendiese este viaje con más ánimo.»
Toscanelli, inclinado al estudio de las matemáticas, á causa de un convite en casa de Felipe Bruneleschi y de la ingeniosa conversación que en él sostuvo este arquitecto y mecánico, distinguióse entre todos los astrónomos de su época durante una larga carrera (llegó á la edad de ochenta y cinco años), por su constante atención á los descubrimientos náuticos y á los viajes por tierra.
Era entonces Italia el centro de las grandes operaciones comerciales que los pisanos, venecianos y genoveses hacían con el Asia austral[102], por la vía de Alejandría, del mar Rojo y de Bassora y con las costas del mar Caspio y la Sogdiana, por la vía de Azov (Tana). No se ocupaba sólo Toscanelli en la corrección de las tablas solares y lunares por las observaciones gnomónicas y de astrolabio, como de cuanto podía facilitar el empleo de los métodos de astronomía náutica, ampliamente discutidos, pero rara vez empleados hasta entonces; aplicó también su inteligencia á la comparación de la geografía antigua con los resultados de los descubrimientos modernos y con la utilidad práctica que el comercio de Europa podría sacar de este género de trabajos abriendo un camino directo al país de las especias por medio de la navegación hacia el Oeste.
La prueba de este encadenamiento de ideas, de este movimiento intelectual desde la segunda mitad del siglo XV, la encontramos en las cartas de Toscanelli y en todos los escritores notables de su época. Cristóforo Landino, florentino, traductor de Plinio y comentador de Virgilio, habla del concurso de extranjeros en su patria, de hombres que llegaban de las regiones más lejanas, que circa initia Tanais habitant. Ego autem interfui cum Florentiæ illos Paulus physicus diligenter quaque interrogaret[103]. Estas relaçiones con los negociantes que venían de Oriente, hasta de la misma India y del archipiélago indio, como el veneciano Nicolás Conti[104], enardecieron la imaginación del anciano.
Más de setenta y siete años contaba ya cuando escribió á Colón: «Alabo vuestro designio de navegar á Occidente, y estoy persuadido que habréis visto, por mi carta, que el viaje que deseáis emprender no es tan difícil como se piensa; antes al contrario, la derrota (es decir, la travesía desde las costas occidentales de Europa á las Indias de las especias, Indie delle-spezierie, como decían los florentinos y los venecianos) es segura por los parajes que he señalado; quedaríais persuadido enteramente si hubieseis comunicado como yo con muchas personas que han estado en estos países (la India de las especias), y estad seguro de ver reinos poderosos, cantidad de ciudades pobladas y ricas provincias», etc.
En la carta al canónigo Martínez dice también Toscanelli: «De sólo el puerto de Zaiton (Zaithun), uno de los más hermosos y famosos de Levante, parten todos los años más de cien bajeles cargados de pimienta, sin contar otros que vuelven cargados de toda clase de especias. Es grande y poblado el país; tiene muchas provincias y muchos reinos del dominio de un príncipe solo, llamado el Gran Can (Khan), que es lo mismo que Rey de Reyes. Ordinariamente tiene su residencia en el Catay. Sus predecesores deseaban tener comercio con los cristianos, y ha doscientos años que enviaron embajadores al Papa, pidiéndole maestros que les instruyesen en nuestra fe; pero no pudieron llegar á Roma y se vieron precisados á volverse por los embarazos que hallaron en el camino. En tiempo del papa Eugenio IV vino un embajador que le aseguró el afecto que tenían á los católicos los príncipes y pueblos de su país; estuve con él largo tiempo; me habló de la magnificencia de su Rey, de los grandes ríos que había en su tierra, y que se veían doscientas ciudades con puentes de mármol, fabricadas sobre las riberas de un río solo. El país es bello, y nosotros debíamos haberle descubierto por las grandes riquezas que contiene y la cantidad de oro, plata y pedrería que puede sacarse de él; escogen para gobernadores los más sabios, sin consideración á la nobleza y á la hacienda. Hallaréis en el mapa que hay desde Lisboa á la famosa ciudad de Quisay, tomando el camino derecho á Poniente, veintiséis espacios, cada uno de 150 millas. Quisay (Quinsai) tiene 35 leguas de ámbito; su nombre quiere decir ciudad del cielo: vense allí diez grandes puentes de mármol sobre gruesas columnas de una extraña magnificencia: está situada en la provincia de Mango, cerca de Catay»[105].
Es probable que las animadas relaciones del veneciano Nicolás de Conti, que vino á Florencia en 1444, después de veinticinco años de viajes por Syria, el golfo Pérsico, la India á ambos lados del Ganges, la China meridional, el archipiélago de la Sonda, Ceylán, el mar Rojo y Egipto, de igual suerte que la frecuencia de relaciones comerciales con estas ricas comarcas, hicieran muy familiar á Toscanelli el conocimiento topográfico del Asia meridional y oriental. Toscanelli vivió siempre en Florencia, y allí fué donde el papa Eugenio IV (de la familia Condolmeri de Venecia) perdonó al viajero Conti, su compatriota, la apostasía[106], imponiéndole por penitencia referir con entera verdad las aventuras de sus viajes al secretario pontificio, el célebre filólogo Francisco Poggio Bracciolini. Perteneciendo también yo á la clase de viajeros, no examinaré imprudentemente si, al imponer tal penitencia, hubo más malicia que benignidad. Se concibe que la lectura de ciertos viajes pueda imponerse como ruda expiación; pero referir los incidentes de una vida de aventuras con toda verdad, con ogni verità (así era la cláusula de la absolución pontificia), sólo es castigo cuando se desconfía de la formalidad del viajero[107].
La permanencia de Nicolás de Conti y de Poggio en una ciudad en que Toscanelli, según su propio testimonio y el de Cristóforo Landino, buscaba sin cesar ponerse en relación con los hombres que el comercio había conducido al país de las especias, debía necesariamente hacer revivir los recuerdos que Marco Polo dejó de las maravillas de Quinsay y de Cambalu, del frecuente arribo de buques al puerto de Zaithun y de las riquezas del Mango. Esta conformidad de tradiciones, la celebridad de las mismas localidades, renovada con siglo y medio de intervalo, debían influir tanto en el activo espíritu de Toscanelli, que probablemente es Nicolás de Conti el designado, sin nombrarle en la segunda carta á Colón, entre los viajeros al Asia á quienes conviene oir para comprender la facilidad y utilidad del viaje á la India por el Oeste.
No puedo creer, sin embargo, como el abate Ximénez y tantos otros autores que le han copiado, que «el embajador del Gran Can», llegado á Florencia en tiempo de Eugenio IV, y del que se habla en la carta al canónigo Martínez, sea el mismo Nicolás de Conti. En la carta se designan dos embajadores Mogoles; el uno «doscientos años antes, el otro en tiempo de Toscanelli». La primera embajada es, sin duda, la que fracasó en 1267 por la enfermedad de un señor mogol[108], Khogatal, cuando el regreso de Nicolás y de Maffeo (Mateo) Poli, padre y tío del célebre Marco Polo, conocido primeramente con el nombre un poco satírico de Messer Marco Milione. Éste fué quien, según la oportuna frase del viejo Sansovino, descubrió un nuevo mundo antes de Colón, y cuya admirable obra poseemos.
En cuanto á la segunda embajada en tiempo de Eugenio IV, no hay indicio alguno en el viaje de Conti de que trajera misión alguna del Gran Can. ¿Cómo es posible que Poggio, en el corto epílogo añadido en honor del viajero «que ha visto, dice, países por nadie recorridos desde los tiempos de Tiberio», no había de mencionar incidente tan honroso? ¿Cómo Toscanelli, que niega á Nicolás y Maffeo Poli el título de embajadores[109], y que recuerda expresamente que los encargados de la misión quedaron en el camino y sin llegar á Italia, hubiera hablado del veneciano Conti como de un embajador mogol «que ponderaba la magnificencia de su rey y el afecto de su país hacia los católicos?»
Nicolás de Conti, después de perder en la peste de Egipto su mujer, dos hijos y dos criados, volvió con los otros dos hijos que le quedaban á Venecia. De venir en su compañía algún embajador del Can, no hubiese sido olvidado en la minuciosa y detallada relación de su viaje. Ignoro absolutamente quién fuera el personaje mogol con el cual tuvo Toscanelli, según dice, larga conferencia durante el pontificado de Eugenio IV, que duró diez y seis años; pero, por las razones expuestas, creo poco probable fuera un viajero veneciano que llegaba como penitente á Florencia. Acaso hubo alguna equivocación, quizá un error originado por una de esas mistificaciones diplomáticas á que hemos visto expuestas las primeras cortes de Europa, aun en tiempos modernos, cuando algunos aventureros asiáticos ó africanos se suponían encargados de los intereses de sus príncipes.
Sea cualquiera la influencia que ejerciese en el ánimo de Colón la carta de Toscanelli, es, sin embargo, una prueba cierta (y lo recordamos en honor de aquél) de la anterioridad de los proyectos del navegante genovés. Llegó éste á Lisboa en 1470 é hizo amistad con el florentino Lorenzo Giraldi, como en Sevilla vivió en íntimas relaciones con otro florentino, Juan Berardi, jefe de una casa de comercio en la que estaba empleado Amerigo Vespucci. En todos los puertos de movimiento comercial, tanto de Europa como de las costas septentrionales de África y de Levante, había entonces establecidos negociantes italianos. Supo con certeza Colón que el rey de Portugal Alfonso V había hecho pedir á Toscanelli, por medio del canónigo Fernando Martínez, una instrucción detallada acerca del camino de la India por la vía del Oeste, y esta noticia debió alarmar á quien con grande empeño proyectaba lo mismo.
La gran fama que gozaba el astrónomo de Florencia engendró en Colón la esperanza de aprovechar las luces del sabio italiano para la consolidación de su empresa. Lorenzo Giraldi se encargó de que llegaran á Toscanelli las cartas escritas por Colón. Sólo conocemos las respuestas de éste en número de dos:
«Veo, dice la primera carta de Toscanelli, el noble y gran deseo vuestro de querer pasar adonde nacen las especerías, por lo cual, en respuesta de vuestra carta, os envío la copia de otra que escribí algunos días ha á un amigo mío, doméstico del Serenísimo Rey de Portugal, antes de las guerras de Castilla, en respuesta de otra que me escribió de orden de su Alteza sobre el caso referido.» Como la carta al canónigo de Lisboa está fechada en Florencia el 25 de Junio de 1474, puede creerse, á causa de la frase incidental algunos días ha[110], que Colón consultó á Toscanelli á principios del mismo año. Esta fecha no carece de importancia para la historia del descubrimiento de América, porque directamente contradice el cuento que refieren el inca Garcilaso, Gomara y Acosta[111], de que un piloto de Huelva llamado Alonso Sánchez, que en una travesía de España á las islas Canarias, en 1484, pretendió haber llegado á impulso de los vientos del Este hasta las costas de Santo Domingo, fué, sin duda, quien, al volver á la isla Tercera, hizo nacer en el ánimo del Almirante la primera idea de su expedición. Ya Oviedo califica esta anécdota de «fábula que circula entre la plebe», y el misterioso viaje de Alonso Sánchez es posterior en diez años á la correspondencia con Toscanelli.
Pero si esta correspondencia prueba que Colón se ocupaba del proyecto de buscar el país de las especias por el Oeste mucho antes de entrar en relaciones con el célebre astrónomo de Florencia, queda indeciso cuál de los dos, Colón ó Toscanelli, fué el primero en entrever la posibilidad de esta nueva vía abierta á la navegación de la India.
Toscanelli, según antes hemos dicho, contaba setenta y siete años de edad cuando habló de su proyecto al canónigo Martínez y probablemente la persuasión de la brevedad del camino (brevisimo camino) á través del Océano Atlántico databa de mucho antes en su ánimo.
Dice terminantemente: «Aunque yo he tratado otras muchas veces del brevísimo camino que hay de aquí á las Indias donde nacen las especerías, por la vía del mar, el cual tengo por más corto que el que hacéis á Guinea, ahora me decís que su Alteza quisiera alguna declaración ó demostración para que entienda y se pueda tomar este camino, por lo cual, sabiendo yo mostrársele con la esfera en la mano, haciéndole ver cómo está el mundo, sin embargo he determinado, para más facilidad y mayor inteligencia, mostrar el referido camino en una carta semejante á las de marear, y así se la envío á su Majestad, hecha y pintada de mi mano, en la cual va pintado todo el fin del Poniente, tomando desde Irlandia al Austro hasta el fin de Guinea, con todas las islas que están situadas en este viaje, á cuya frente está pintado en derechura por Poniente el principio de las Indias, con las islas y lugares por donde podéis andar y cuánto os podríais apartar del Polo Artico por la línea equinoccial, y por cuanto espacio, esto es, con cuántas leguas podríais llegar á aquellos lugares fertilísimos de especería y piedras preciosas.»
Este párrafo prueba suficientemente que mucho antes de 1474 había aconsejado Toscanelli al Gobierno portugués el camino que siguió Colón y que accidentalmente produjo el descubrimiento de América.
Parece natural que esta misma idea ocurriera á la vez á muchos hombres instruídos y con empeño ocupados en extender la esfera de los descubrimientos: debió nacer en la imaginación de Martín Behaim, cuyo famoso globo construído en 1492 (Apfel, la manzana terrestre) sitúa «el rey de Mango, Cambalu y el Cathay á 100 grados al Oeste de las Azores», como lo hacían Toscanelli, Colón y cuantos creían al Asia excesivamente prolongada hacia Oriente.
Ya hemos visto que Toscanelli y Colón distinguen en sus escritos el objeto principal de la empresa (encontrar el camino más corto para ir á la India) del secundario (el descubrimiento de algunas islas). Toscanelli distingue además «las islas que se encontrarán en el camino (que están situadas en este viaje), por ejemplo, la Antilia, de las próximas á la India continental, por ejemplo, Cipango, y las islas con las cuales trafican los negociantes de diferentes naciones».
Hasta la misma nota histórica que Colón puso al frente de su Diario de navegación, terminado en 15 de Marzo de 1493, da por motivo del viaje el deseo de los Reyes Católicos de conocer las inclinaciones de un poderoso príncipe de la India, el Gran Can, en favor de la religión cristiana, «y ordenaron, añade, que yo no fuese por tierra al Oriente, por donde se acostumbra de andar, salvo por el camino de Occidente, por donde hasta hoy no sabemos, por cierta fe, que haya pasado nadie»[112].
No se trata (en este preámbulo del Diario de Colón) de las islas y de la Tierra Firme por descubrir en la Mar Océana, sino como resultado probabilísimo de una empresa cuyo principal objeto es dirigirse con la armada suficiente á las dichas partidas de India. (Las del Gran Can.)
La expedición proyectada no fué, pues, en un principio, propiamente hablando, un viaje de descubrimiento de tierras nuevas, sino un viaje que debía comprobar la existencia del paso libre á las Indias por el Oeste, como Magallanes, Parry, Ross y Franklin comprobaron ó intentaron los pasos por Suroeste y el Noroeste[113].
La influencia que Toscanelli ejerció en el ánimo de Colón recuerda involuntariamente la cuestión promovida por Vincent, de si el descubrimiento de la navegación á las Indias doblando el cabo de Buena Esperanza se debe á Corvilham ó á Gama. No cabe duda de que Corvilham, después de vivir en Calicut, en Goa y entre los árabes de Sofala en la costa oriental de Africa, escribió á Juan II, rey de Portugal, por mediación de dos judíos, Abraham y Josef[114], que los barcos portugueses, si continuaban costeando el Africa occidental hacia el Sud, llegarían á la extremidad de este continente, y al llegar á este extremo debían dirigir la ruta en el Océano oriental hacia Sofal y la isla de la Luna[115] (Madagascar). Renovaba también Corvilham, fundándose en las recientes experiencias de los navegantes árabes de Sofala y de toda la costa de Zanguébar y de Mozambique, las ideas expuestas por muchos en la antigüedad sobre la forma triangular del Africa austral, aumentando así la confianza de Gama; pero hay gran distancia de la posibilidad del éxito, probado con argumentos irrecusables, á la atrevida ejecución de los proyectos de Colón y de Gama. Por lo demás, este último tenía una ventaja que no podía ofrecer Toscanelli al navegante genovés. Cuando el 20 de Noviembre de 1497 llegó á la extremidad de Africa[116], sabía ya que encontraría al otro lado una costa en dirección del Oeste-Sudoeste al Este-Nordeste, puesto que el cabo Tormentoso, que el rey Juan con feliz presentimiento llamó cabo de Buena Esperanza, no sólo lo descubrió Bartolomé Díaz, sino también lo dobló en Mayo de 1487. Esta circunstancia, á que no se ha dado el valor que tiene, la expresa claramente Barros en el tercer libro de la primera Década: «Bartholomeu Díaz (con sus compañeros de fortuna) per caus dos perigos é tormentos que em dobrar delle pasaram, Ihe puzeram nome Tormentoso»[117]. Gama fué, pues, por decirlo así, precedido en una empresa que, para la prosperidad comercial de los portugueses, fué el principio de nueva vida.
Mencioné antes la carta marítima que Toscanelli había dibujado para el canónigo Martínez, á fin de mostrar la ruta que debía seguirse para llegar desde las costas de Portugal al «principio de las Indias.» Este mapa, en el cual el astrónomo florentino había «pintado de su mano» todas las islas situadas en el camino, sirvió, por decirlo así, de guía á Colón en su primer viaje: en tal sentido merece mayor interés del que hasta ahora ha inspirado. Al enviar Toscanelli á Colón una copia de su carta al canónigo Fernando Martínez, dice claramente: «os envío otra carta de marear semejante á la que envié (al Canónigo)»[118]. En la carta escrita al Canónigo añade que hay «desde Lisboa á la famosa ciudad de Quisay, tomando el camino derecho á Poniente, 26 espacios cada uno de 150 millas, mientras desde la isla Antilia hasta la de Cipango, se encuentran 10 espacios, que hacen 225 leguas.»
Ignoramos á cuántos espacios situaba Toscanelli el Japon (Cipango), al Este de Kanphu (hoy Hantgcheu-fu y entonces Quinsay ó Quisay); pero como esta distancia es efectivamente, tomando á Ieddo por el centro del Japón, de 16 grados de longitud, y la valuación de Behaim[119] difiere muy poco de la moderna, se deduce que Toscanelli contaba probablemente desde Portugal á Antilia un quinto y de Antilia á Quinsay aproximadamente cuatro quintos de todo el camino desde Lisboa á la China.
Más difícil es averiguar el valor absoluto de los espacios del mapa de Toscanelli. Estas grandes divisiones que abarcan cierto número de grados, y que aun empleamos para no desfigurar nuestros mapas trazando los meridianos grado por grado, se usaban ya en la época de Ptolomeo. Encuéntraselas indicando un número redondo de millas marinas ó de grados de longitud en casi todos los mapas manuscritos de los siglos XV y XVI que he podido examinar, por ejemplo, en los de Ribero y de Juan de la Cosa. El geómetra de Florencia presenta dos valuaciones de los espacios que emplea, una en leguas y otra en millas. Si, según él, un espacio es igual á 22½ leguas ó 150 millas, resulta que una legua equivale á 6½ millas. No se refiere, pues, á la legua marina italiana de 4 millas, usada en tiempo de Colón en Génova, y que este marino emplea en su Diario de ruta[120]; acaso sea una milla más pequeña, de 760 toesas, cinco de las cuales forman una legua geográfica de 15 al grado. Como los espacios no se valúan en grados y las conjeturas del abate Ximénez, comentador de la carta de Toscanelli, son erróneas[121], es imposible encontrar salida á este laberinto de medidas con tan vagas denominaciones. No se puede reducir con precisión á grados de longitud la distancia de veintiséis veces 22½ leguas que Toscanelli supone que tendría que recorrer Colón, «derechamente al Occidente» desde Lisboa á Quinsay: sin embargo, en la hipótesis de las leguas más largas (de 15 al grado ecuatorial), no se llega sino cerca del grado 50 de longitud (para 585 leguas) en el paralelo de 38° 42′, lo que situaría la costa de la China en el meridiano del río Essequibo y de la parte occidental de Terranova.
Ocasión tendré de hablar más adelante de esta proximidad del Asia oriental, que motivaba la frase brevisimo camino empleada por Toscanelli en su carta al canónigo Martínez, mientras que en la segunda carta dirigida á Colón dice sencillamente: «habréis visto que el viaje que deseáis emprender no es tan difícil como se piensa.»
En su primer viaje de descubrimiento guiábase Colón por una carta marina que llevaba á bordo, y navegaba con la seguridad propia de un hombre que sabe debe encontrar lo que busca. El Diario descubierto por Muñoz en los archivos del Duque del Infantado es buena prueba de ello.
Hay una circunstancia notabilísima que merece ser examinada con los datos proporcionados en el texto, copia de puño y letra del Obispo de Chiapa: tres días después que Colón creyó haber observado por primera vez la declinación de la aguja imantada, el 13 de Septiembre de 1492, el estado del cielo, las masas de fuco flotante y otras circunstancias le hicieron creer que se encontraba cerca de alguna isla, pero no de tierra firme, «porque la tierra firme, dice el Almirante, hago más adelante»[122]. El 19 de Septiembre continuaban las señales de proximidad de tierra, y lloviznaba sin viento. El Almirante no quiso apartarse de su camino para buscar esta tierra. Estaba seguro de que por las partes del Norte y del Sud había islas, y en efecto las había, navegando por medio de ellas, porque su voluntad era ir primero á la India con tiempo tan favorable, y «á la vuelta se vería todo placiendo á Dios». Son sus palabras.
En la mañana del 20 de Septiembre vinieron á cantar en lo alto de los mástiles pajarillos que viven en tierra, y se fueron á la caída de la tarde[123]. El martes 25 de Septiembre fué el Almirante á la carabela Pinta para hablar con Martín Alonso Pinzón sobre una carta que le había enviado tres días antes, y en la cual parece que el Almirante había pintado algunas islas en este mar. Martín Alonso decía que estaban próximos á estas islas, y así parecía al Almirante, añadiendo que la causa de no encontrar las islas debía ser la corriente, que llevaba los barcos á Nordeste y que no habían andado tanto (al Oeste) como los pilotos decían. Por consecuencia, el Almirante, al volver á su carabela, quiso que se le enviase la carta marina, lo cual se hizo por medio de una cuerda, y «comenzó á cartear en ella con su piloto y marineros, hasta que, al sol puesto, subió el Martín Alonso en la popa de su navío, y con mucha alegría llamó al Almirante pidiéndole albricias que veía tierra.» Lo que no resultó cierto.
El 3 de Octubre, dice el Almirante en su Diario «que no se quiso detener, barloventeando la semana pasada y estos días que había tantas señales de tierra, aunque tenía noticia de ciertas islas en aquella comarca, por no se detener, pues su fin era pasar á las Indias, y si se detuviera, dice él que no fuera buen seso.»
Finalmente, el 6 de Octubre, seis antes del gran día del descubrimiento de Guanahaní (viernes 12 de Octubre), «Martín Alonso Pinzón dijo que sería bien navegar á la cuarta del Oeste, á la parte de Sudueste; y al Almirante pareció que no decía esto Martín Alonso por la isla de Cipango, y el Almirante vía que si la erraban que no pudieran tan presto tomar tierra, y que era mejor una vez ir á la tierra firme, y después (al retorno) á las islas»[124].
Comprendo perfectamente por qué entonces inquietaba á Colón y á Pinzón no ver la isla de Cipango (Zipangri, de Marco Polo), porque Colón había anunciado que era la primera tierra que encontrarían á 750 leguas al Oeste de Canarias, según lo refiere su hijo Fernando. El Diario original dice que hasta el 1.º de Octubre habían andado 707 leguas, no desde el Puerto de Palos, sino desde la Gomera, ó en general las Canarias, según la explicación del Almirante relativa á la distancia en que se encontraba el 19 de Septiembre. Ahora bien; del 1.º al 6 de Octubre, el camino andado al Oeste era, adicionando los datos parciales, de 259 leguas. El 6 de Octubre creíase Colón, por tanto, á 966 leguas de distancia, ó sean 216 más allá del punto en que calculaba la situación de Cipango.
He reunido todos los pasajes relativos á la carta marina que parece haber guiado á Colón antes de llegar á la isla de Guanahaní. Más adelante, el 14 de Noviembre de 1492, menciona el diario, con ocasión de los cabos ó islotes que bordean la costa Nordeste de Cuba, «las islas innumerables que en los mapamundos al fin del Oriente se ponen.»
Un historiador muy juicioso, M. Sprengel, traductor de la obra de Muñoz, no titubea en suponer que Colón se guiaba por la misma carta de ruta que le envió Toscanelli en 1474. Indudablemente, esta carta se consideraba importantísima, porque los manuscritos dejados por Las Casas dicen (lib. I, cap. XII de la Historia de las Indias) que este prelado, á la edad de ochenta y cinco años, época en que terminó la citada Historia, aun poseía tan notable monumento, «la carta de marear que Toscanelli envió á Colón». Ahora bien; una carta marina conservada cincuenta y tres años después de la muerte de su autor, con mayor motivo debía encontrarse en 1492 á bordo de la carabela (capitana) Santa María. Observemos, sin embargo, que la que Colón envió el 25 de Septiembre á la carabela Pinta estaba pintada (dibujada) por sus propias manos. Las Casas dice claramente en el extracto que poseemos del Diario: «donde según parece tenía pintadas el Almirante ciertas islas.»
La correspondencia con Toscanelli precedió en diez y ocho años á la grande época del descubrimiento del nuevo continente, y Colón aprovechó, sin duda, este intervalo para procurarse otros materiales. Seguramente no llegó á ver, como pronto probaremos, el mapamundi de Martín Behaim, pero pudo estudiar en los de Jacobo de Giroldis, de Andres Bianco ó de Grazioso Benincasa.
Cuando por primera vez escribió á Toscanelli, fundaba su razonamiento en una esferilla que envió á maestro Paulo, según dice su hijo D. Fernando. Es probable que después, y sobre todo cuando la famosa disputa con los profesores de Salamanca, empleara esferas y mapas como argumentos en favor de su proyecto de navegación hacia el Oeste. Lo que él defendía era su sistema y no el de Toscanelli, y por grande que haya sido la influencia de los consejos y de la carta del astrónomo florentino en el ánimo de Colón, sería fiar demasiado en la humildad y abnegación del genio creador, suponer que el Almirante explicó á los sabios de Salamanca, ó durante el viaje, á Martín Alonso Pinzón, la dirección de la travesía hacia la India valiéndose de una carta ó mapa de Toscanelli.
Aficionado Colón á los trabajos gráficos, dibujaría él mismo, con los datos de Toscanelli y otros materiales, una carta marina representando esa tercera parte de la superficie del globo que permanecía desconocida desde las costas de Portugal y de la Mina hasta las costas orientales y australes del Asia.
Muñoz insiste (lib. II, § 17) en que Colón supo la existencia de la Antilia por la carta y el mapa de Toscanelli; pero creo poder afirmar que en ningún escrito del Almirante, ni aun de su hijo D. Fernando, se encuentra el nombre de Antilia, que ya era conocido en el siglo XIV, ni el de Antillas que, especialmente desde el reinado de Carlos V, se dió al archipiélago tropical de América[125].
Colón conservó la costumbre de llamar á las Pequeñas Antillas «islas Caribes», ó las primeras islas de las Indias[126]. Además, el camino que siguió en 1492 no es el que Toscanelli trazó en su carta y que parecía seguir el paralelo de Lisboa («tomando el camino derecho á Poniente»), aunque la diferencia de latitud entre Lisboa y Quinsai (Hangtheufu) sea casi de nueve grados, y de que Toscanelli, al principio de la misma carta, hable también, aunque vagamente, de la distancia que en este camino «podríase apartar del polo Artico hacia la línea equinoccial». Colón determinó, sin duda por las hipótesis de la posición de Cipango, seguir una dirección más meridional. Durante más de la mitad del camino siguió el paralelo de la Gomera, con tanta mayor constancia, cuanto que, como dice ingenuamente su hijo, temía perder su autoridad si, cambiando de rumbo, pareciera no saber dónde iba.
Esta ruta, muy distinta de la que los marinos toman hoy para ir á las Antillas, condujo á Colón directamente al través del gran banco de fucus, que se extiende al Oeste del meridiano de Corvo, desde los 19 á los 22 grados de latitud; y á pesar de dos desviaciones de la ruta hacia el Sudoeste (el 24 de Septiembre y el 8 de Octubre), Colón se creía en el paralelo[127] de la isla de Hierro (latitud 27° 45′) cuando el descubrimiento de Guanahaní.
No discutiré aquí la existencia de otra carta que debió haber guiado al Almirante, y que su contemporáneo Gonzalo Fernández de Oviedo[128] atribuye á un marino portugués (Vicente Díaz, de la villa de Tabira), suponiendo que este marino, al volver de la costa de Guinea, encontró una tierra al Oeste de Madera. Este cuento de Oviedo, relacionado con las pretendidas tentativas de los hermanos Lucas y Francisco de Cazzana, no merece atención[129].