XI.
Motivos que impulsaban al descubrimiento de América
á fines del siglo XV.
Los detalles de la historia de las ciencias sólo son útiles cuando se los reune y sistematiza, porque la acumulación de hechos aislados sería de una aridez fatigosa, si la investigación de los hechos no se hiciera con algún propósito de generalizar respecto á los progresos de la ciencia ó á la marcha de la civilización.
Los gérmenes que hemos descubierto en las obras de los escritores antiguos fueron fecundados por corto número de sabios de gran talento que brillan en la Edad Media.
En cada siglo existe un trabajo oculto, cuyo resultado en ideas, convicciones y esperanzas acrece insensiblemente el poder del hombre, y se manifiesta en acción cuando circunstancias aparentemente accidentales (coincidencias que revelan una necesidad en los destinos del mundo) favorecen el movimiento exteriormente.
Por lo general, la historia sólo conserva la tradición de las empresas afortunadas, de los grandes éxitos obtenidos en la serie de los descubrimientos; pero lo que prepara el movimiento y el éxito pertenece á combinaciones de ideas y de pequeños sucesos que obran simultáneamente y cuya importancia no se conoce hasta que se consiguen los grandes resultados, como los que se deben á Díaz, Colón, Gama y Magallanes. De esta suerte de descubrimientos, que llaman poderosamente la atención de los hombres, preséntanse al principio como aislados é independientes del impulso de los siglos anteriores, y sólo cuando pasan las primeras impresiones de admiración y entusiasmo empieza la investigación de las causas que abrieron el camino á las grandes conquistas de la inteligencia. En este trabajo, los odios de nación á nación, el maligno placer de desacreditar y, sobre todo, la falta de buena crítica histórica dan frecuentemente importancia á hechos no comprobados, á creaciones de pura conjetura, que en ningún razonamiento científico se fundan.
Por lo dicho en el capítulo anterior puede apreciarse en su justo valor lo que nos resta examinar respecto á sucesos y opiniones que, según se cree, condujeron al descubrimiento del Nuevo Mundo, y creo que este examen puede llegar á ser fuente fecunda de útiles datos de relación, esclareciendo los hechos con nociones de historia y de geografía física, poco atendidas en estudios de esta índole.
Los hechos son la base principal de toda discusión sometida á una sana crítica, y su indicación es indispensable para que el lector pueda juzgar el grado de confianza que merecen los resultados obtenidos; especialmente cuando su interpretación tiene por objeto formar ideas generales acerca de las varias causas que han determinado la dirección de los descubrimientos y de los progresos del comercio marítimo.
Procuraré, en lo que voy á exponer, no extenderme inútilmente en puntos que han sido tratados hasta la saciedad, limitándome á lo que puede conducir en el actual estado de nuestros conocimientos á esclarecer de nuevo los hechos ó á nuevas combinaciones de datos históricos.
La aventura de Cabral, que en su viaje de Europa á la India, por la via del cabo de Buena Esperanza, fué sin querer arrastrado por las corrientes hacia el Oeste y llevado el 22 de Abril de 1500 á las costas del Brasil (tierra de Santa Cruz), ha hecho decir á Robertson, que en los destinos del género humano estaba el descubrimiento del Nuevo Continente á fines del siglo XV. Dejando á un lado la idea vaga del destino, cuando el mutuo encadenamiento de tantas causas y efectos no es difícil de reconocer, la filosofía y la historia nos muestran en todas las épocas grandes acontecimientos, de largo tiempo atrás preparados; pero lo que constituye el carácter distintivo de cada siglo manifiéstase en acción y somete los sucesos al imperio de una necesidad moral.
La expedicion de Alejandro á Persia y á la India, y la audaz energía de Lutero, favorecieron sin duda, la primera, el contacto del Occidente y del Oriente; la segunda, la emancipación del pensamiento. Pero era tal la situación de las cosas humanas en estas dos épocas memorables de la vida de los pueblos, que la caída del imperio de los persas y la aminoración del poder pontificio no podían retardarse. El contacto de las dos civilizaciones y la reforma religiosa, preludio de las reformas políticas, probablemente se hubieran realizado sin el héroe macedonio y sin el fraile de Wittemberg. Indudablemente, la grandeza de alma y la individualidad de los hombres superiores aumentan las probabilidades del éxito y aceleran y vivifican el movimiento; pero estos hombres superiores que parece inspiran su ideal á los siglos en que viven, obran bajo la influencia de las ideas dominantes en una época fecundada y engrandecida por otra época anterior. En la especial dirección del movimiento intelectual, en la simultaneidad de la voluntad, en la urgencia irresistible de necesidades verdaderas ó ficticias, fúndase la fuerza de impulsión, la necesidad y el poder de los acontecimientos que se realizan.
Fácil es comprender el carácter distintivo de la segunda mitad del siglo XV, de la época que precedió inmediatamente al descubrimiento de América. El progreso del lujo y de la civilización en el Mediodía de Europa produjo necesidades más apremiantes de los productos de la India. Los viajes por tierra, alentados por el fervor religioso de los sacerdotes budhistas y cristianos, por la política y por el interés comercial habían ensanchado el horizonte geográfico y la esfera de las ideas. Al mismo tiempo, el uso más frecuente de la brújula, debido al contacto de los árabes con la India y la China; y el perfeccionamiento del arte naval y de las ciencias que con él se relacionan, facilitaron los medios de emprender navegaciones lejanas.
En tales circunstancias debían nacer casi á la vez dos series de ideas que conviene distinguir cuidadosamente y que se relacionan ambas[233] á las tradiciones y á las conjeturas de la antigüedad clásica, cuyo interés reanimaban las íntimas relaciones de Sicilia, la Pulla y la Calabria con Byzancio, la provechosa influencia de algunos grandes hombres de Italia, por ejemplo, Petrarca, Boccacio y Juan[234] de Ravena, y la emigración de algunos sabios griegos, antes de que fuera destruído el Imperio de Oriente.
Comprendiendo en la denominación de India, por seguir el ejemplo de los Helenos, primero la Etiopía troglodítica y la Arabia, después las regiones ecuatoriales más lejanas de Africa, al lado de allá del cabo de los Aromas (las regiones cinamomífera y mirrífera)[235]; juzgando situadas, desde la dominación de los romanos, las riquezas de la India en las extremidades de la tierra, y, por tanto, en las costas meridionales y occidentales de Asia, la Edad Media alimentó la esperanza de llegar á esta afortunada zona, sea por la circunnavegación de Africa, sea por el camino directo del O., indicado por el conocimiento de la esfericidad de la tierra. Como era posible conseguir el mismo objeto por dos distintas vías, debieron nacer á la vez y nacieron dos direcciones de ideas y se desarrollaron progresivamente hasta la segunda mitad del siglo XV en que Toscanelli y Colón, Usomare y Díaz, abrieron, con igual certidumbre del éxito, los dos opuestos caminos.
El axioma de Herodoto, de que «las extremidades del mundo han obtenido (en el reparto de los bienes de la tierra) las producciones más bellas», no expresa únicamente la triste y, por lo mismo, natural idea en el hombre de que la felicidad está lejos de nosotros; fundábase también en la observación directa de lo distante que estaban las comarcas de donde los Helenos «habitantes de una zona templada» recibían el electrum y el estaño, el oro y los aromas.
A medida que fueron conociéndose las costas del Asia meridional por el comercio de los fenicios, de los Edomitas del golfo de Acaba (d’Elath y de Ezion-Geber) y del Egipto, bajo la dominación de los Ptolomeos y de los romanos, recibiéronse los productos de primera mano, y en la imaginación de los hombres, las extremidades del οἰκουμένη con sus riquezas avanzaron al parecer hacia el Este.
Es digno de atención que hayan sido los árabes quienes han mostrado el camino de la India en dos épocas memorables en la historia del comercio de los pueblos, en tiempo de los Lagidas y de los Césares y en el siglo XV, en la época de los rápidos descubrimientos de los portugueses. Ophir y el Dorado de Salomón extendíanse hasta el Este del Ganges, y allí fué situada la famosa tierra de Chrysé que tanto preocupó á los viajeros en la Edad Media, y que unas veces aparece como isla y otras como parte del Quersoneso de Oro[236]. La abundancia de este metal que el archipiélago de la India, sobre todo, Borneo (Montradok) y Sumatra, dan todavía al comercio[237] explica la celebridad de esta región.
En la geografía sistemática de las comarcas lejanas, cerca de Chrysé, la isla de Oro, debía estar simétricamente colocada Argyré, ó la isla de Plata: así se reunían los dos metales preciosos, las riquezas de Ophir y de Tarsis (Tartessus) de Iberia.
Para los geógrafos árabes Edrisi y Bakui, los límites orientales del mundo conocido están marcados por la isla de arenas de plata, Sahabet y las islas auríferas Vac-Vac y Saïla (que no debe ser confundida con Ceylán ó Serendive) (Bakui, pág. 399; Edrisi, pág. 38), donde los perros y los monos llevaban collares de oro. Considerábanse estos grupos de islas como próximos de una parte á Sofala de Africa y de otra á los Sines (al Cathay), lo cual sólo puede comprenderse teniendo á la vista el mapamundi de la biblioteca Bodleyana en el que el mar de Hind se extiende de Occidente á Oriente, limitado por las costas paralelas de Africa y de Asia.
Todas las mediocres composiciones geográficas de la Edad Media, mezclando constantemente una falsa erudición clásica con algunas nociones tomadas de los itinerarios más modernos, presentan casi estereotipada la configuración extraordinaria y ficticia dada por Ptolomeo ó por sus inhábiles continuadores (lib. VII, capítulos 2 y 3) al Quersoneso de Oro, un poco prolongado hacia el Sur; al Sinus Magnus y á esa inmensa península de los Sines, en la cual están situadas Thinæ y Catigara.
Lo que hasta nosotros ha llegado de Diarios y cartas de Cristóbal Colón está lleno de reminiscencias bíblicas del Ophir y de recuerdos de Ptolomeo. Al elogiar pomposamente la utilidad y el valor moral y religioso del oro («con el qual se hace tesoro, y con el tesoro, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo y llega á que echa las ánimas al paraíso»), Colón recuerda á la reina Isabel cómo el historiador Josepho nos enseña que el rey Salomón sacó su oro (666 quintales) de la Aurea (quiere decir del Quersoneso de Oro) y afirma que la tierra de Veragua (al noroeste del istmo de Panamá), que en dos días le ha dado más signos de riquezas que la Española en cuatro años, es esa Aurea de las Indias. «El oro que tiene el Quibian de Veragua y los otros de la comarca, bien que segun informacion él sea mucho, no me pareció bien ni servicio de Vuestras Altezas de se le tomar por via de robo: la buena orden evitará escandalo y mala fama, y hará que todo ello venga al Tesoro, que no quede un grano»[238]. Anteriormente he hablado de «el misterioso fin del Oriente, donde está la montaña Sopora[239], á donde para llegar tardaban los barcos de Salomón tres años, y que SS. AA. poseen hoy en la isla de Haïti.»
Durante el tercer viaje, en el que descubrió la costa de Paria, las ideas bíblicas dominan el ánimo de Colón. El sitio del Paraíso que acaba de hallar, y las riquezas del «país montañoso de Ophir (Monte Sopora), agitan su imaginación». En el cuarto y último viaje vuelven á preocuparle el Quersoneso de Oro, y las ideas de Ptolomeo aprendidas en las obras de Pedro d’Ailly y de Nicolás de Lira.
Un cambio de ideas de bastante importancia, que data del tiempo de la topografía cristiana de Cosmas, y que favorecieron los viajes por tierra en la Edad Media, es la opinión sistemática de llevar las riquezas de la India, las especias, los aromas, los diamantes y los metales preciosos á la parte más oriental del continente asiático. El Indicopleustes había dado á conocer las costas de los Tzines, bañadas por un mar oriental; los Sinæ de Ptolomeo estaban, al contrario, más alejados del Sinus Magnus. El mapamundi de Behaim pone á Chrysé (Crisis) y Argyré á la desembocadura del Ganges, más allá del meridiano de Java Mayor (Borneo?) hacia Zipangu, el Japón[240]. Hasta en el Opúsculo geográfico de Myritius, dedicado á un comendador de Malta, el barón de Riedesel-Kamberg (Ingolst. 1590, pág. 128) encuentro «Zipangri olim Chryse dicta»; indicación tanto más notable, cuanto que, por la relación de Barros sabemos que á la vuelta de su primer viaje, el 4 de Marzo de 1493, vióse obligado Colón á entrar en el Tajo y á presentarse al Rey y á la Reina de Portugal, que de seguro no le tenían grande afecto, y parecióle oportuno hacer correr la noticia de «que venía de Zipangu, trayendo de allí[241] oro en abundancia».
En el globo de la biblioteca del Gran Duque de Weimar, que ya hemos citado como anterior al año de 1534, y en el que figura el istmo de Panamá atravesado por un estrecho (como se ve también en un mapamundi chino muy moderno de Lismingtchhe, publicado en 1820), Zipangu está 5° al Oeste de Veragua con la inscripción: Zipangri ubi piper et auri copia.
La idea de que las riquezas de la India se encontraban al E. y al SE. de Asia, llegó á ser tan general en el siglo XV, que, maravillado Colón por la belleza del paisaje de la costa de Cuba, cerca de Puerto Príncipe, escribió en su Diario (14 de Noviembre de 1492) la observación siguiente: «Creo que estas islas (las del Canal Viejo) son las innumerables que en los mapamundos en fin del Oriente se ponen, y que hay grandísimas riquezas y piedras preciosas y especería en ellas y que duran muy mucho al Sur.»
La influencia del clima, hasta en los productos de la naturaleza inorgánica era doctrina tan generalmente admitida, «que por el mucho calor que padecía el Almirante, arguye que en estas Indias, y por allí donde andaba, debía de haber mucho oro». (Diario 21 de Noviembre, visiblemente alterado por Las Casas, puesto que menciona la Florida.) «Mientras vuestra señoría, escribe en 1495 á Cristóbal Colón (en la gran isla de Cibau) un lapidario de Burgos, Mosen Jaime Ferrer, no llegue á encontrar negros, en los progresos sorprendentes de sus descubrimientos, y entre en el Sinus Magnus de Ptolomeo no puede contar con grandes cosas (los verdaderos tesoros), como especias, diamantes y oro.» Esta carta, unida á proyectos de métodos de longitudes y á respuestas en las que el gran cardenal de España (Mendoza) llama al lapidario cosmógrafo su especial amigo, fué publicada en Barcelona en 1545 en un libro muy raro, cuyo extraño título es Sentencias catholicas del Divo poeta Dant.
El contemporáneo de Colón, Pedro Mártir de Anghiera, muestra gran descontento por la expedición de Lucas Vázquez de Ayllón á la Florida. «¿Qué necesidad tenemos, exclama (Ocean, déc. VIII, cap. 10) de producciones semejantes á las más vulgares del Mediodía de Europa? ¡Al Sur! ¡Al Sur! Quienes busquen riquezas no deben ir á las frías regiones boreales.»
También Diego Rivero añade en 1529 en su célebre mapamundi, junto á la tierra de Garay (Florida occidental), estas palabras: «El país es pobre en oro, porque está muy alejado del trópico de Cáncer.»
Estas creencias, fundadas en analogías incompletas transmitidas por la antigüedad[242], creencias que obligaban á estar en los mismos límites, en el clima tropical, las especias y las gemas, no ha desaparecido[243] por completo en nuestros días.
La vaguedad propia de la denominación India, especialmente después de los siglos IV y VI de nuestra era, denominación arbitrariamente extendida á regiones meridionales de Asia, de la Arabia y de las costas etiópicas del mar Rojo[244], hacía casi sinónimas las frases, zona de la India y zona de las Palmeras. Añadíanse á las Indias exteriores é interiores de los primeros autores cristianos, á las tres Indias de Marco Polo, muy distintas de la de Fra Mauro, la denominación de India superior con la cual se designaban las costas orientales de Asia, y por tanto una parte del Cathay. El comercio de almacenaje de las especias que se hacía en los puertos de la China, contribuyó sin duda á esta confusión de ideas. Marignola llama todo el Manzi la Grande India. La América, desde su descubrimiento[245], formaba, al parecer, parte de la India superior, ó como continente ó como Ante Ilha de Asia.