XIX.

La Antillia y la isla de las Siete Ciudades.

Siempre que afligen á una nación grandes calamidades fascinan los espíritus ilusiones supersticiosas, y presentan, á pesar de la diversidad de tiempos y de climas, el cuadro uniforme de las mismas creencias y de las mismas quiméricas tradiciones.

Después de la caída del Imperio de los Incas fué general la persuasión de que el hermano de Atahualpa había huído hacia las llanuras del Este, más allá de los bosques de Vicabamba, para llevar allí el culto nacional y fundar un nuevo Estado. Los indígenas del Perú conservaron la esperanza de que los descendientes del príncipe fugitivo saldrían alguna vez de su salvaje retirada y restablecerían la teocracia de Cuzco.

De igual suerte cuando los árabes, después de la victoria de Guadalete, donde pereció Rodrigo, invadieron casi toda la Península ibérica, se extendió la creencia popular de que seis obispos, guiados por el Arzobispo de Oporto[354], se refugiaron con grandes tesoros en una isla del mar del Oeste, fundando en ella, según la tradición, siete ciudades, donde se establecieron los emigrados españoles y portugueses. Esta isla de los obispos fué nombrada en portugués de Septe (Sete) Cidades, nombre singularmente desfigurado en los mapas del siglo XV. Los eruditos vieron en ella el asilo que, según Aristóteles y Diodoro de Sicilia, se habían preparado los cartagineses en el seno del Atlántico, y como las tradiciones de este género no indican ninguna localidad determinada, el nombre de la isla de las Sete Cidades fué probablemente aplicado al principio al archipiélago de las Azores desde que se empezó á tener alguna idea de su existencia.

La identidad de las dos islas, Antillia y de las Siete Ciudades, se determinó claramente por Martín Behaim en una rota puesta en el globo que construyó en 1492, y en esta frase de la carta de Toscanelli al canónigo Martínez: «La isla Antillia, que vosotros llamáis isla de las Siete Ciudades», si bien parece que esta frase se ha considerado en España un simple escolio[355] que intercaló Ulloa en la traducción italiana de la vida de Cristóbal Colón, escrita por su hijo D. Fernando, porque Barcia y Navarrete la suprimen al publicar la carta de Toscanelli en español.

En todos los mitos es preciso distinguir cuidadosamente la fecha que indica el mito historiado y la época de su origen. Si es cierto que al principio del siglo VIII, después de rendir á Mérida el jefe de los godos Sacaru «embarcáronse los fugitivos para buscar asilo fuera de su patria, subyugada por los moros» (lo que no es inverosímil), no por ello se ha de deducir que la tradición fabulosa de Antillia tenga la misma antigüedad. En los mapas del siglo XIV aun no vemos aparecer la isla con este nombre ó con el de Siete Ciudades, porque Zurla niega terminantemente que en el mapamundi de Pizigano (1367), conservado en Palma, se vean escritas cerca de la figura de una estatua de hombre que tiene una cinta de papel en la mano derecha, en el seno del mar del Oeste, estas palabras: Ad ripas Antilliæ ó Atullio, que Mr. Buache creyó leer en un calco enviado á París por la cuidadosa solicitud del general Clarke[356]. Este mismo mapa de Pizigano presenta ya, sin embargo, las Isole dicte Fortunate, S. Brandany y la Insula de Brazie (Brazir, Brasil).

La indicación más antigua de la isla Antillia que conocemos hasta ahora con exactitud parece ser la del Atlas veneciano de Andrés Bianco (1436), acerca del cual llamó Formaleoni la atención[357] de los geógrafos desde el año de 1782. Este Atlas, conservado en la Biblioteca de San Marcos, contiene diez mapas dibujados en pergamino, folio pequeño de nueve pulgadas y seis líneas de alto por un pie y dos pulgadas de ancho. Al Oeste de la isla de las Azores aparecen en la quinta carta dos islas de considerable tamaño en la dirección SSE.-NNO. y de forma rectangular muy regular. Tomando por escala (porque el mapa no está graduado), la distancia del cabo de San Vicente al de Finisterre (5° 51′) encuentro la de 153 leguas marinas (en vez de 247) desde las costas de Portugal al centro de las islas Azores de Bianco, y de las Azores á Antillia la de 87 leguas. Esta última isla estaría, por consiguiente, situada á 240 leguas marinas al Oeste de las costas de Portugal, es decir, á los 27° 55′ de la longitud occidental de París (en el meridiano de la isla de San Miguel de las Azores), entre los 33° 20′ y 38° 30′ de latitud.

La longitud de Antillia, que llega á ser la de Portugal y de Inglaterra, y su forma de un paralelógramo muy alargado (la base está en relación con la altura de 1 á 3), llaman la atención á primera vista en el quinto mapa de Bianco. Los golfos y las sinuosidades de los contornos están indicados como si la figura de esta tierra hubiese sido conocida de un modo exacto; pero esta apariencia de exactitud no debe, sin embargo, sorprendernos, pues la encontramos durante los siglos XVI y XVII en todas las tierras imaginarias, siendo trazadas las costas alrededor del polo Sur con sinnúmero de detalles y una uniformidad imperturbable.

Al norte de Antillia, á unas 70 leguas de distancia, aparecía otra isla más pequeña y de semejante figura rectangular. Ésta, según Bianco, era la isla de la Man Satanaxia. El quinto mapa del Atlas presenta sólo la extremidad meridional de esta Mano de Satán, á los cuarenta y dos y medio grados de latitud. Pero en el planisferio de Bianco, que se cree copiado en parte de un mapa del siglo XIV y que acaso era anterior á los viajes de Marco Polo, las grandes islas de Antillia y de la Man Satanaxia están figuradas por completo á la misma distancia de las Azores que el mapa núm. 5. Reconócense estas tierras por su forma y su posición recíproca, aunque en el planisferio no están indicadas por sus nombres.

M. Formaleoni se limita á suponer que la Antillia de Andrés Bianco y de Toscanelli indicaba un descubrimiento de las islas Caribes, largo tiempo anterior al de Colón; y el autor de las voluminosas compilaciones geográficas, Mr. Hassel, ha ido mucho más lejos en sus conjeturas. Según él, la isla de la Mano de Satán y la Antillia figuran las dos partes del continente americano, separadas, según se creía, por un estrecho; el mismo estrecho que á principios del siglo XVI buscaban vanamente en el Veragua y en el istmo de Panamá[358].

En vista de la importancia que por largo tiempo se atribuyó á la existencia de las dos citadas islas, es interesante dar á conocer una carta marina que posee la biblioteca del gran Duque de Weimar[359]. Siendo anterior en muchos años al mapa de Bianco, presenta también los contornos de Antillia y de la Man Satanaxia. No tiene nombre de autor, pero es del año 1424, y doble de grande que el Atlas de Bianco. Comprende casi la misma extensión de países que los mapas núm. 5 y núm. 8 de este Atlas, pero difiere esencialmente de éstos, á juzgar por la pequeña parte que del núm. 5 han publicado Formaleoni y Buache. He aquí las diferencias más notables que he observado, examinando el original, mientras permanecí últimamente en Weimar en 1832, y los calcos exactísimos que debo á la amistad de Mr. Froriep:

1.º El mapa de 1424 no representa más que la parte septentrional de la isla Antillia y toda la isla rectangular del Satán. La distancia desde las costas de Portugal al centro del grupo de las Azores, que los mapas de la primera mitad del siglo XV señalan casi en la dirección del meridiano, es de 110 leguas marinas. En el mapa de 1436 es de 153, según dije antes. La distancia desde las Azores á Antillia es casi igual en ambos mapas.

2.º Un poco al Norte de Madera, entre esta isla y las Azores, se lee en el mapa de Weimar: Insule Sancti Brandani. Es el sitio donde el mapa de Pizzigano de 1367 pone, lejos de las Canarias, las palabras Isolæ dictæ Fortunatæ. Andrés Bianco no nombra ni las islas Afortunadas ni las de San Brandán. En el mapa de 1824 aun hay rastros del mito septentrional de las islas de los Bienaventurados, cerca de Irlanda, la Insula Sacra de Avieno. Al Norte de Limerick está indicado un gran golfo, sin duda el de Galway, lleno de infinidad de islotes, junto á los cuales hay la siguiente inscripción: Lacus fortunatus ubi sunt multæ insulæ quæ dicuntur Insulæ San.... (Sancti Brandani?) En el planisferio de Bianco, que es más antiguo que su Atlas, este golfo circular de angosta entrada (Lacus ó Locus fortunatus) está figurado, pero sin nombre. En el mapa de Weimar, los contornos de Irlanda y de Inghelia y Escocia están bastante bien figurados, pero los países puestos al Noroeste, por ejemplo, la Escandinavia, el Báltico, la Alamagna, la provincia de Pursia (Prusia) y la Polana (Polonia), prueban la misma ignorancia que se advierte en las obras de Bianco, Fra Mauro y Rivero.

Conocíase mejor el noroeste de Africa que el norte de Europa. Desde la desembocadura del Escalda hasta la extremidad de Jutlandia, la costa en el mapa de Weimar está figurada sin interrupción de Norte á Sur, de suerte que Holanda, Frixa (Frisia) y Dinamarca (Dana) se confunden en una misma península.

3.º Frente á la isla de Chanaria está situado el gran cabo Buçdor (Bucedor), nombre que con frecuencia se daba en la Edad Media al cabo Bojador. Encuéntrase también en el mapa general de Bianco; pero en la hoja número 5, que es la que comparamos aquí al mapa de 1424, confúndese al cabo Bojador con el cabo Non (Formaleoni, pág. 20). El calco, grabado por M. Buache, es inexacto en este punto.

Cerca del cabo Non, del mapa de Bianco, en el paralelo de la isla Chanaria, desemboca el fluvius Citarlis, que nace de un gran lago circular, situado en el interior de Africa. En este lago hay una gran isla también circular. Créese estar viendo el lago Jamdra ó Palte (propiamente Paldhi) del Tibet al Sur de Lassa. De este lago de diez y ocho leguas de diámetro, llamado lago Citarlis, salen tres ríos; uno es el fluvius Citarlis, que va al Oeste; el segundo corre hacia el Este, y es quizá uno de los brazos del Nilo, según la opinión reinante en la Edad Media; el tercero vierte sus aguas en el Atlántico con el nombre de Favia (fluvius?). Demain, al norte de cabo Agilón (Augulón, Agulah), Citarlis ó Cintarlis, parece ser una reminiscencia de Cirta Julia de Ptolomeo, capital de Numidia, indudablemente la Constantina de hoy (Edrisi, Africa, ed. Hartmann, página 241). La interpretación intentada derivando Cintar-lis del Angra de Antonio González da Cintra, bahía situada á tres y medio grados al Sur de Bojador, paréceme menos cierta.

Los mapas más antiguos de Agathodæmon, donde hay lagos puestos en el país de los Melano-Gétulos, pueden haber sido el origen de estos extraños sistemas hidrográficos de la costa occidental del África y de esas dobles líneas de agua que desembocan en lagos del interior del Continente. La parte del mapa de 1424 que he hecho gravar, prueba que, en la configuración, no está por cierto copiada del Atlas de Andrés Bianco.

Continuando el orden cronológico, en que aparece la Antillia en los mapamundi de la Edad Media, preciso es nombrar, á continuación del mapa de origen italiano de la biblioteca de Weimar, y el núm. 5 de Andrés Bianco, los mapas de Bedrazio y del cosmógrafo Martín Behaim.

Existe en Parma un mapamundi del genovés Beclario ó Bedrazio, que tiene dos pies y dos y media pulgadas de largo y dos pies de ancho. Antes que Zurla, ya hicieron mención de él Pezzana y Paciaudi[360]. Se ven en él las formas rectangulares de las islas Antillia y Sarastagio (Mano de Satán?), y cerca de Sarastasio (Satanaxio) una islita en forma de hoz (isola falcata), llamada Dammar. Este grupo tiene la notable inscripción siguiente: Insule de novo repte (repertæ.)

Como más al Oeste de este grupo sitúa Bedrazio otra isla cuadrada con el nombre de Royllo, el bibliotecario Paciaudi ha creído ver en estas cuatro islas un principio del archipiélago de las Antillas.

Este notable mapa es de 1436, por tanto del mismo año que el Atlas de Bianco y no anterior á éste, como asegura el cardenal Zurla[361]. La isla en forma de hoz encuéntrase también cerca de la Man Satanaxio (un poco al Norte) en el mapa de 1424.

Cítanse con frecuencia, como conteniendo también la isla Antillia, los postulanos de Gracioso[362] Benincasa de Ancona y de su hijo Andrés (1463-1473); pero se ha tomado, según parece, un mapa mucho menos antiguo, de Blaze Voulodet, redactado en 1586, donde se encuentra, al Oeste de Irlanda, una tierra llamada Scorafixa ó Stocafixa (Bacallaos?), por una obra de Andrés Benincasa[363].

El globo de Behaim ofrece dos particularidades respecto á la Antillia. La sitúa á los 24° de latitud, mientras Toscanelli, en su carta á Colón, asigna á esta isla el paralelo de Lisboa[364] y la figura redonda y pequeña, como la isla San Miguel, del archipiélago de las Azores; mientras la isla de San Bradán tiene en el globo de Behaim la forma rectangular que llama la atención en el mapa de Andrés Bianco, pero que también tienen la isla de Royllo de Bedrazio, la Giava maggiore de Fra Maura, y el Japón (Zipangut) del geógrafo de Nuremberg.

La opinión del sabio Zurla[365], de que «la forma rectangular de la Antillia» prueba que es la Atlántida de Platón, no merece serio examen. En la extensa y verbosa topografía de la Atlántida, que presenta el Critias, jamás se habla del contorno general de esta isla, descrita como montuosa, cubierta de bosques, rica en aguas termales, donde pacen elefantes. Lo que Platón dice de la forma tetragonal ó cuadrada sólo se refiere á una llanura (τὸ πεδίον) de 3.000 estadios de larga y 2.000 estadios de ancha, situada en la parte meridional de la Atlántida. Esta llanura[366], que rodea la ciudadela de Neptuno, pertenece al monarca reinante; confina por el lado Sur con la mar, y al Norte, Este y Oeste linda con las propiedades de los nueve arcontes, terreno lleno de montañas y cuya forma no está designada. Además, aunque Platón dijera que la forma de la Atlántida era rectangular, no había motivo para suponer que, en el momento de su destrucción[367] se había quebrado la isla como un pedazo de espato de Islandia en fragmentos completamente semejantes y que la Antillía representaba uno de estos fragmentos.

Tampoco buscaremos los restos de la Atlántida en las formaciones que sirven de base á la creta de Inglaterra en las arenas verdes y el wealdclay[368], ó, como se ha hecho más recientemente, «el plano de Méjico en el fortín de la Atlántida, que Neptuno rodea de fosos llenos de agua y de estrechas lenguas de tierra»[369]. La ciudad de Méjico, la antigua Tenochtitlán, fué fundada por los Aztecas en el lago Tezcuco, el año de 1325 de nuestra era, y se unía á las orillas del lago por medio de diques trazados en línea recta. Sin llegar á Solón ó al Peplum de las pequeñas Panatheneas, sería preciso atribuir á Platón, una previsión de diez y seis siglos y medio.

Digno es de notar que, á pesar de lo vivamente que impresionaron el ánimo de Colón la carta y el mapa de ruta de Toscanelli (Colón copia frases enteras de la carta en la introducción del Diario de su primer viaje), ni él, ni Gomara, ni Oviedo ó Acosta, ni los mapas de América ó los mapamundi añadidos á las ediciones de Ptolomeo desde 1508 mencionan la Antillia. Cuando Colón entra en el puerto de Lisboa el 4 de Marzo de 1493, no nombra la Antillia como punto de partida, dice que viene de Cipango.

Recapitulando cuanto sabemos acerca de los primeros descubrimientos de las islas de la India occidental, no veo en qué podría apoyarse la opinión de que Colón mismo llamó Antillia á las islas Caribes. El primer indicio de dicha aplicación lo encuentro en estas palabras de Las Oceánicas, de Pedro Mártir de Anghiera[370]: «In Hispaniola Ophiram insulam sese reperisse refert (Colonus), sed cosmographicorum tractu diligenter considerato, Antiliæ insulæ sunt illæ et adjacentes aliæ,» He aquí la denominación geográfica de Antillas en plural. Pero hay más; la única vez que se encuentra en las cartas de Amérigo Vespucci el nombre de Colón, va unido al nombre de Antillia. «Venimus ad Antigliæ insulam quam paucis nuper ab annis Christophorus Columbus discooperint.» Estas palabras[371] están tomadas de la relación del (supuesto) segundo viaje de Vespucci, del que dice haber terminado el 8 de Septiembre de 1500.

La correlación que existe entre los acontecimientos prueba que el nombre de Antillia lo dió Vespucci á la isla Hispaniola, y que su relación es la del viaje que hizo con Ojeda; porque en el (supuesto) primer viaje, cuya fecha de partida fija Vespucci en 20 de Mayo de 1497 la Hispaniola se llamaba pura y simplemente Ity, corrupción sin duda de Aïty[372]. Bartolomé de las Casas nos dice que[373] eran los portugueses quienes aplicaban con preferencia á la Hispaniola el nombre de Antillia.

Estas aplicaciones de nombres geográficos eran muy arbitrarias en los primeros tiempos de la conquista. Schoner[374] toma todavía, en 1533, la ciudad de Méjico (Temistitlán) por el Quinsaï de Marco Polo, la célebre ciudad china de Hangtcheu-fu. Gomara, que no duda de la identidad[375] de la América y la Atlántida, hace derivar este último nombre de la palabra mejicana alt (agua), fantasía etimológica repetida muchas veces en nuestros días, recordando además el nombre tártaro del Volga, Attel, la grande agua.

Por lo demás, con la denominación de islas Antillas ha sucedido, como con la de América. Estos nombres fueron propuestos, el primero, como hemos visto, por Anghiera, en 1493, y el segundo por Ylacomylus, en 1507, y sin embargo, fué preciso que transcurriera más de un siglo para que su uso se generalizara. Cristóbal Colón no dió jamás una denominación al conjunto de las Islas de la India que había descubierto. En los primeros tiempos de la conquista no se conocen más que los nombres de Islas de Lucayos[376] (las islas Bahamas) y de Islas de Barlovento[377] ó Islas de los Caribes y de los Caníbales[378] aplicadas al grupo que se extiende desde la Trinidad á Puerto Rico (Boriken).

En los mapas de Juan de la Cosa y de Rivero no hay ni rastro del nombre de Antillas. La reseña italiana de todas las islas del mundo por Benedicto Bordone[379], no lo conoce, ni tampoco el Isolario, de Porcaccio[380], el Ptolomeo italiano, de Antonio Mangini, de 1598, la Cosmographie, de Andrés Thevet[381] y la Descripción de las Indias occidentales, del historiógrafo Herrera[382], terminada en 1615.

Es verdaderamente extraordinario, que después de tan largo olvido durante todo el siglo XVI, un nombre, que por primera vez había aparecido en un mapa de 1436, sea el que al fin haya prevalecido en Europa. Este nombre era sin duda más sonoro que el de islas Camercanas que conocemos por el Breviario geográfico de Bert., y por el viaje de un religioso carmelita; pero ignoro en absoluto su etimología[383]. Probablemente lo que más contribuyó á poner el nombre de Antillas en los mapas de América fué la gran celebridad de los mapas de Cornelio Wytfliet y del Theatrum Orbis terrarum de Ortelio[384].

En cuanto al origen del mito geográfico de la Antillia, de Andrés Bianco, preciso es distinguir, como en todos los mitos, el elemento ideal y la aplicación de este elemento á una localidad determinada. Un acontecimiento verdadero, una emigración por mar, cuando los árabes invadieron la península ibérica, dejó vagos recuerdos que han sobrevivido á las desgracias públicas. Los emigrados tuvieron quizá el deseo de ir á las islas Afortunadas, de buscar un asilo, como Sertorio cuando huía de las tropas victoriosas de Sila, y la imaginación de los pueblos, que embellece las tradiciones nacionales, trasladó un hecho histórico natural al país de las ficciones. Se suponía que los fugitivos habían fundado una colonia floreciente en el centro del Atlántico, pero cuando se supo, y no tarde, que dicha colonia cristiana no estaba en las islas Canarias, archipiélago muy visitado á causa del comercio de esclavos guanches, fué preciso suponerla más lejos y asignarle una posición determinada.

Descubiertas las Azores, ó mejor dicho, encontradas de nuevo varias veces, pudieron engendrar la idea de una tierra muy extensa, porque se suponía la continuidad de la costa correspondiente á distintas islas. En este sentido, yo creo que todo el archipiélago de las Azores ocasionó que se fijara la posición de la Antillia ó isla de los Siete Obispos y de las Siete Ciudades, pues no me atrevo á conjeturar, como M. Buache[385], que la Antillia de Bianco, ancha como España, sea la isla de San Miguel, por la única razón de que los portugueses, aun hoy, dan á una parte de esta isla el nombre de Sete Citades. Lo único que prueba esta denominación es que los navegantes y los colonos portugueses no olvidaban las antiguas tradiciones populares. El razonamiento de M. Buache nos llevaría también á buscar la Antillia y las Siete Ciudades á la península del Yucatán ó al Norte de Méjico en el seno del Nuevo Continente.

Cuando admiró á Francisco Hernández de Córdoba (en 1517) el aspecto de los templos (teocallis) construídos con piedras labradas y la civilización de los pueblos del Yucatán; cuando descubrió las grandes cruces que adoraban, creíase generalmente, dice Gomara[386], «que los españoles que huyeron de su patria al ser invadida por los árabes, en tiempo del rey Rodrigo, llegaron á aquellas lejanas costas.»

En la expedición aventurera que hizo el Padre franciscano Marcos de Niza[387] á Cibola (el país de los bisontes, ó vacas corcovadas), más allá de los 36° de latitud, buscábanse también las Siete Ciudades; «al rey Taratax (especie de Preste Juan), que adoraba una cruz de oro y la imagen de una mujer, Señora del Cielo».

Si la isla Antillia hubiera sido igual á la de San Miguel de las Azores, no es probable que figurase en mapas que, como el de Bianco, presentan simultáneamente todo el archipiélago de las Azores[388]. Mejor se comprende que la Antillia, primitivamente señalada como una gran tierra por confundirse las costas mal conocidas de las Azores, fuera puesta al Oeste de dicho archipiélago cuando con precisión se reconoció su pequeñez y los contornos de cada una de las islas que lo forman. Para comprender bien la fuerza de este argumento preciso es recordar las fechas verdaderas de los descubrimientos hechos por los portugueses en la región templada del Océano Atlántico. Estas fechas son las siguientes: descubrimiento del escollo de las Hormigas, en 1431; de la isla de Santa María, 1432; de la de San Miguel, 1444; de Terceira, San Jorge y Fayal, 1449; de Graciosa, 1453. El descubrimiento de las islas más occidentales, Flórez y Corvo, parece ser anterior á 1449; pero esta fecha es menos precisa[389]. El mapa de Bianco estaba terminado[390] cuando el Infante, «guiado por mapas antiguos, sólo había hecho reconocer la isla de Santa María, la única cuyo suelo no es volcánico». Este mapa presenta á la vez los nombres árabes y cristianos: los de Bentufla[391] y San Jorge (San Zorzi), y sitúa con bastante corrección las nueve islas en tres grupos parciales; pero en vez de estar orientados estos grupos de Sudeste á Noroeste, se encuentran casi de Sur á Norte. El islote más lejano llámase ya Corvos Marinos. Los nombres de San Jorge y de Corvo no fueron, pues, dados por los portugueses en 1449, sino por otros pueblos de la Europa latina.

Los dos pueblos rivales y aventureros en la Edad Media, los normandos y los árabes, fueron, sin duda, los que entonces[392] propagaron noticias ciertas acerca del archipiélago de las Azores. Algunos historiadores[393] suponen en el siglo IX el descubrimiento hecho por los normandos. El geógrafo de Nubia, que es del siglo XII, conoce en el Atlántico (en el mar Tenebroso) «la isla de Raka, que es la de las Aves, habitada por grandes águilas ó buitres, que se alimentaban con pescados y volaban de continuo alrededor de la isla[394]. Ebn-al-Uardi[395] conoce, según parece, esta misma isla con el nombre de Thouïur (ó de las Aves), y dice que las águilas rojas, provistas de enormes garras, se reunen allí y cazan lejos de las costas en plena mar. Un rey de los francos (según dice Hucaïli) envió á dicha isla un barco para ver aquellas aves; pero el buque naufragó».

Los comentadores de los geógrafos árabes reconocieron desde hace largo tiempo que la denominación de isla de los Azores (Insule Accipitrum) no es más que la traduccion portuguesa de islas de los Buitres, ó de los Halcones de Edrisi.

Las tres islas del Brasil (Brazie, Brazir ó de Mayotas), que señalan casi todos los portulanos[396] del siglo XIV (por ejemplo, el de Pizigano, trazado en 1367) entre los paralelos del cabo de San Vicente y de Irlanda, son, sin duda, también islas del grupo Raka y de las Azores[397]. Quizá el nombre mismo de Antillia, que por primera vez aparece en un mapa veneciano de 1436, es sólo una forma portuguesa dada á un nombre geográfico de los árabes. La etimología que se arriesga á dar M. Buache paréceme muy ingeniosa, y, sobre todo, resulta probable si se la adapta con alguna más precisión al carácter propio de las lenguas semíticas. «En el número de las islas desconocidas que describe Edrisi (Pars prima, Climatis tertii, p. 71), y que son, al parecer, dice M. Buache[398], las Azores, hay una llamada Mustaschin; Ebn-al-Uardi la llama Tinnin[399], lo cual significa isla de las Serpientes. Es creíble que la palabra Antillia tenga la misma significación, y que se derive de la palabra tinnin, como la de Anjuan se deriva de la de Juan, que se encuentra en muchos mapas antiguos». La última analogía no es afortunada. La sílaba inicial paréceme mejor una corrupción del artículo árabe de Al’-Tinnin, y de Al-tin se habrá hecho poco á poco Antinna y Antilla; como, por un cambio análogo de consonantes, los españoles hicieron, de crocodile, corcodilo y cocodrilo. El dragón se llama en árabe Al Tin, y la Antilia es quizá la isla de los Dragones Marinos[400]; interpretación que parece confirmada por la figura de hombre que es arrastrado hacia el mar por un grupo de serpientes, figura puesta por Pizigano cerca de su isla de Brazir, y por las grandes serpientes esculpidas en un monumento hecho de piedra, de que habla Thevet, asunto que discutiremos más adelante. También puedo citar la isla Danmar (isla del vaso ó receptáculo de serpientes), que el mapa de Bedrazio, de que antes he hablado, sitúa al lado de Antillia[401].

La palabra Antillia, sustituída por Antilha, puede, sin duda, descomponerse en dos palabras portuguesas: ante é ilha; pero, conforme á la analogía de Antiparos, Anticirrha y Antibacchus[402], significa, no lo que es opuesto á un continente, sino á otras islas[403]. Nunca pusieron un nombre tan general y dogmático los marinos, que individualizan todo, y atienden con preferencia á las condiciones de forma, de color ó de producciones.

La lectura de los últimos capítulos de Marco Polo podía infundir esperanzas á un geógrafo teórico, como lo era Toscanelli, de que, navegando desde Portugal hacia el Oeste, se encontraría, antes de llegar al continente de Asia, la larga serie de islas que se extiende desde Zipangu á Selendiv; pero ¿por qué dar á una sola grande isla, que se suponía situada en el archipiélago de las Azores, ó cerca de él, el nombre sistemático de Antilha?

Un literato distinguido creyó descubrir recientemente la explicación del enigma en un pasaje de la obra de Aristóteles De Mundo[404], que antes he examinado, y que trata de la existencia probable de tierras desconocidas opuestas á la masa de continentes que habitamos. «Estas tierras, grandes ó pequeñas, cuyas orillas están frente á las nuestras, encuéntranse señaladas, dice, con la palabra antiporthmoi, que en la Edad Media se tradujo Antinsulæ

Esta traducción es, para mí, injustificada. La Beocia y la Eubea, separadas por un estrecho (el Euripo), son recíprocamente antiporthmoi, y la palabra portuguesa inusitada de Antilha no tiene significación en griego. La traducción latina del libro De Mundo, atribuída á Apuleyo, no ha podido dar origen á la denominación de Antínsula, porque Apuleyo no fijó bien la atención[405] en la palabra ἀντίπορθμος, y su libro es, además, una paráfrasis, suprimiendo ó añadiendo lo que se le antoja[406].