XV.

Estado social de América antes del descubrimiento.

Imposible es hablar del primer reconocimiento de las costas de América por los normandos, á principios del siglo undécimo, sin exponer antes algunas graves consideraciones acerca de los destinos de la especie humana. Si este reconocimiento hubiera sido algo más que un suceso pasajero; si le hubiera seguido una conquista permanente y progresiva, avanzando de Norte á Sur, el estado moral y político del Nuevo Mundo fuera muy distinto del que ha llegado á ser por la conquista de los españoles en los siglos XV y XVI. No fundo esta afirmación en hechos generalmente conocidos; en el contraste entre las rudas costumbres de la Europa escandinava y la floreciente civilización de los Estados del Mediodía; en los cambios que la sociedad europea ha experimentado en el espacio de cuatro ó cinco siglos; pero deseo que el lector fije su atención en el carácter individual impreso á las diferentes partes de América por los matices de barbarie ó de civilización más ó menos avanzada que distinguen á los indígenas, en la época del primer establecimiento de las colonias españolas, portuguesas ó inglesas.

En la región de los pueblos cazadores, por ejemplo, en los Estados Unidos y en el Brasil, las hordas errantes, fácilmente vencidas, huyeron de la vecindad con los europeos. Rechazadas poco á poco detrás de la cordillera de los Alleghanys y después más allá de las márgenes del Mississipí y del Missouri, sufriendo á la vez un desmejoramiento en las costumbres y en la constitucion física, al aislarse, se empobrecieron y casi se extinguieron.

Los indígenas no intervienen para nada en el cuadro político de esta parte del Nuevo Continente, frontera á Europa, porque evacuaron el país en todas aquellas comarcas donde, por su primitiva barbarie y su manera de entender la libertad, les fueron odiosas las instituciones de nuestro orden social.

No sucedió lo mismo en los pueblos montañeses de los Andes y en el litoral frontero al Asia, centro de la civilización más antigua de la especie humana. Méjico, al sur de Río Gila, Teochiapán, Nicaragua, Cundina, marca, el imperio de los Muyscas, Quito y el Perú estaban ocupados á fines del siglo XV por pueblos agrícolas que gozaban una civilización más ó menos avanzada, unidos por comunidad de culto y de creencias religiosas, formando sociedades políticas, sencillas unas por efecto de larga tiranía, raras y complicadas otras en su organización interior; favorables en algunos puntos á la tranquilidad pública, á la prosperidad material, á una civilización en masa, pero contrarias á todo desarrollo de las facultades individuales[312].

En Méjico la corriente de los pueblos montañeses verificóse de Norte á Sur; mientras en la América meridional, en la teocracia de los Incas, el movimiento civilizador se realizó en todas direcciones. Desde la meseta de Cuzco se propagó casi al mismo tiempo hacia los Andes de Quito, los bosques del Alto Marañón y las Cordilleras de Chile.

En esta región, que era desde antiguos tiempos agrícola, los conquistadores europeos se limitaron á seguir los rastros de una cultura indígena. Los indios no se apartaron de la tierra que cultivaban desde hacía tantos años, y algunos pueblos tomaron nombres españoles.

Méjico solamente cuenta 1.700.000 indígenas, de raza pura, cuyo número aumenta con la misma rapidez que el de las otras razas. En Méjico, en Guatemala, en Quito, en el Perú, en Bolivia, la fisonomía del país, á excepción de algunas grandes ciudades, es esencialmente india; en los campos, la variedad de las lenguas se ha conservado con las costumbres y los usos de la vida doméstica. Allí sólo hay de nuevo algunos rebaños de vacas y de ovejas, algunos cereales y las ceremonias de un culto mezclado con las antiguas supersticiones locales.

Preciso es haber vivido en las altas mesetas de la América española ó en la Confederación anglo-americana para comprender bien lo que este contraste entre los pueblos cazadores y los agrícolas, entre los países desde largo tiempo bárbaros y los que gozaban de antiguas instituciones políticas y de una legislación indígena muy desarrollada, ha facilitado ó detenido la conquista, é influído en la forma de los primeros establecimientos de los europeos y como ha impreso, aun en nuestros días, carácter propio á las diferentes regiones de América.

El P. José Acosta, que estudió sobre el terreno el drama sangriento de la conquista, comprendió ya estas diferencias notables de la civilización progresiva y de la completa ausencia de orden social que presentaba el Nuevo Mundo en la época de Cristóbal Colón, ó poco tiempo después de la colonización española, y dice (según la ingenua traducción de Roberto Regnauld, hecha en 1597) «ser cosa bien demostrada que lo que mejor prueba la barbarie de los pueblos es el gobierno que los rige y la forma en que se dejan mandar; porque cuanto mayor es el número de los hombres que se aproximan á la razón, tanto más humano y menos insolente es su gobierno y más tratables los reyes, y se acomodan mejor con sus vasallos, reconociendo que la Naturaleza les hizo iguales. Por ello muchas naciones de estos indios no han querido, en sus comunidades, reyes ó señores absolutos; porque, entre los bárbaros, los gobernantes tratan á los súbditos como bestias y quieren ellos ser tratados como dioses.» El jesuíta, quizá intencionadamente, atribuye á sabia previsión lo que sólo se debía al imperio de las circunstancias y de los intereses.

Acabo de exponer cómo el estado social en que Europa encontró á América á fines del siglo XV modificó profundamente la marcha de la conquista, la forma de los primeros establecimientos y, lo que es más importante y no ha sido bien apreciado en las discusiones de la política americana, el carácter que hoy conservan los diferentes estados libres del Nuevo Continente. Pero este estado social era distinto cuatro siglos antes de la conquista. De ir los europeos á América tras las huellas de los marinos escandinavos, hubieran encontrado allí un orden de cosas totalmente diverso.

Desde la primera llegada de los aventureros normandos á Salerno y á la Pulla, hasta la destrucción del poder de los árabes en España, es decir, desde el principio del siglo XI hasta fines del XV, sufrió sin duda Europa cambios considerables en el estado de su civilización; sin embargo, las revoluciones ocurridas en América durante esta misma época son mucho más asombrosas.

Los Imperios contra los cuales lucharon Cortés y Pizarro no existían cuando los escandinavos llegaron á las costas de Vinland. El pueblo azteca no apareció en la meseta de Anahuac hasta 1190; la ciudad de Tenochtitlán (Méjico) fué fundada en medio de un lago alpino en 1325, es decir, unos setenta años antes del viaje de los hermanos Zeni.

Lejos de mi ánimo suponer que en el Anahuac, antes de los aztecas, y en el Perú, antes de la misteriosa llegada del primer Inca, no había habido nunca cultura intelectual ú orden social. Los grandes monumentos piramidales de Teotihuacán, de Cholula y de Papantla son más antiguos que los aztecas; y de igual modo en los alrededores del lago Titicaca, en la meseta peruana, las ruinas de Tiahuanaco son señales de una civilización anterior á las construcciones de los Incas de Cuzco. Pero el Nuevo Mundo ha tenido sin duda, como el antiguo, vicisitudes de barbarie y de civilización.

Sabemos con certidumbre que los pueblos del Perú vivían muy embrutecidos antes de la legislación teocrática de Manco Capac; sabemos que la población industriosa de los toltecas que habitaba en Méjico quinientos años antes que los aztecas, que empleaba como éstos la escritura jeroglífica y que tenía una medida del año más exacta que los pueblos de Europa, decayó desde el siglo XI, hasta llegar á gran envilecimiento. Estos datos bastan para probar que la Europa escandinava hubiera encontrado las hermosas regiones alpinas de la América tropical muy distintas de lo que eran en tiempo de Colón, de Cortés y de Pizarro.

En la primitiva época acaso hubo otros centros de cultura parcial en Guatemala, Utatlán, Copán, Petén y Santo Domingo Palenque; al norte de Méjico, en Quivira (el Dorado del rey barbudo Tatarrax), célebre por las fábulas de fray Marcos de Niza; y al norte de la Luisiana, entre las orillas del Ohío y los lagos del Canadá, desde los 39° á los 44° de latitud.

Compréndese que haya frecuentes cambios de lugar en la cultura por efecto de grandes emigraciones de pueblos á quienes rodean hordas bárbaras.

Los rastros de algunos progresos en las artes son indudables hasta en las regiones más boreales; pero es imposible hasta ahora asignar fechas de origen á los túmulus y á las circunvalaciones polígonas de la Alta Luisiana, como á los edificios de Palenque, adornados con tanta riqueza de esculturas[313].

Propio es de sana crítica histórica detenerse donde faltan los datos precisos, sin desdeñar por ello las ingeniosas combinaciones que pueden ocasionar probables conjeturas. Lo que se trata de probar aquí es que América, entre las épocas de Leif y de Colón, cambió de aspecto, sin influencia alguna del Antiguo Mundo, y que estos cambios en el orden social modificaron esencialmente en muchos puntos del Nuevo Mundo el estado de las sociedades europeas que se establecieron en medio de pueblos indígenas que de muy antiguo eran agrícolas.