XVII.

La cosmografía en la Edad Media.

Sabido es que el estado de los conocimientos geográficos en la Edad Media y el deseo de indicar las tierras vagamente descritas por los autores antiguos, indujeron á los dibujantes de mapas á llenar el vacío del Océano con islas cuya posición es más variable aún que su nombre. Estos dibujantes han contribuído sin duda á aumentar el número de creaciones fantásticas; aunque la persuasión íntima de la existencia de tierras en el espacio desconocido de los mares es muy anterior á la construcción de los mapamundi: tan natural es al hombre imaginar la existencia de alguna cosa más alla del horizonte visible, de suponer otras islas y aun otros continentes semejantes al que él habita.

En el Atlántico los grupos de Canarias y de las islas Británicas dirigían la imaginación con preferencia hacia determinados parajes. Agradaba multiplicar, por conjeturas, lo que sólo se conocía de un modo confuso. Al Suroeste de las columnas de Hércules, la dificultad de conocer con precisión el número exacto y la posición relativa de las islas Afortunadas daba lugar á vagas ficciones. El Apropósitos (Ptol. IV, 6) no justificaba su nombre (de inaccesible) sino porque era una tierra inhallable: no existía en el sitio donde estaba indicada á los marinos. Las dos islas de Porto Santo y de Madera—(l’Isola dello Legname del portulano genovés ó mediceo de 1351)—que los buques debían haber encontrado por acaso en su travesía á Cerné, aumentaban la confusión de las ideas geográficas.

Hacia el Norte, Albión y Jerne, rodeadas de numerosas islas más pequeñas, ofrecían desde remotos tiempos vasto campo á las conjeturas. Ya hablamos antes de los mitos del mar Cronieno. La importancia dada á islas que eran, si no la fuente, al menos el depósito del comercio del estaño; las opiniones erróneas largo tiempo subsistentes acerca del yacimiento de las costas y de la configuración ó articulación de la Europa peninsular; finalmente, el agrupamiento de las islas y su disposición en serie casi continua desde las Cassitérides hasta las Orcades y las islas Shetland y Færoë, dieron ocasión, desde los primeros siglos de la Edad Media, á hipótesis y á mitos respecto á la naturaleza de las regiones boreales. Llegóse hasta situar (como lo prueba uno de los mapas de Sanuto Torsello, año de 1306)[330] al Oeste de Irlanda un gullfo de issolle CCCLVIII beate e fortunate.

Cuanto más imperfectos eran los medios de valuar la dirección de las rutas y la longitud de las distancias recorridas, más fácil era desconocer[331] la identidad de las tierras á que se había arribado. El uso irreflexivo de itinerarios ficticios ó mal redactados, originó procedimientos dobles en la construcción de los mapas.

El estado de la antigua geografía del mar del Sur y la multitud de vigías que cubren la superficie del Atlántico en los mapamundi de hace sesenta años[332] recuerdan plenamente esa misma fuente de errores. Durante largo tiempo, cada nuevo mapa reprodujo las ficciones de los anteriores, porque no hay tenacidad que iguale á la de los geógrafos, cuando se trata de conservar, de estereotipar, por decirlo así, un islote de antiguo nombre, una cordillera que figura ser divisoria de las aguas ó un lago de donde sale un gran río.

Las ilusiones geográficas tomaron especial carácter en las dos direcciones que hemos indicado al N. y al NO. de las islas Orcades, y al SO. de las islas Afortunadas. Dicuil[333] y Adán de Brema, aquél de principios del siglo IX y éste de la segunda mitad del XI, prueban con sus escritos que en el norte del Atlántico el celo religioso de los misioneros de Irlanda y de Frisia dió á conocer nuevas tierras.

La geografía de la Edad Media bebía en una fuente que, no por ser fecunda, era menos peligrosa, porque los viajeros cristianos desfiguraban sus escritos por la exageración tan común á los cronistas monásticos. Encontramos, por decirlo así, al frente de la larga serie de islas imaginarias, ó para decirlo con más corrección, de islas vagamente situadas en los mapas, la que lleva el nombre de San Borondán, abate irlandés que hizo sus viajes desde el año 565.

Adán de Brema[334] refiere en su Historia eclesiástica, después de haber hablado del descubrimiento del Vinland, que en tiempo del arzobispo Becelino Alebrando, por consiguiente antes del año 1035, hicieron los marinos de Frisia exploraciones del Lebersee ó mar Tenebroso (per tenebrosa rigentis Oceani caliginem) hasta más allá de Islandia, y llegaron por fin á una isla cuyos habitantes, de colosal estatura, vivían en cavernas. Uno de los Frisones fué devorado por perros, también gigantescos, y los demás, favoreciendoles los vientos de NO., encontraron por fortuna el camino de la desembocadura del Weser. El cuento de los grandes mastines parece calcado en la ferocidad de los perros de que se sirven los esquimales de la Groenlandia, y sólo lo menciono porque insensatamente se ha aplicado á la isla de Cuba[335] ó á las pequeñas Antillas, donde el mayor cuadrúpedo indígena es el aguti, que apenas tiene el tamaño de una liebre.

En la parte meridional del Atlántico no influyeron tanto en el estado de la geografía las tradiciones de los monjes como las falsas combinaciones de erudición clásica. ¡Cuántas hipótesis no ocasionó sólo el pasaje de Stacio Seboso[336] acerca del sitio de las islas Hespérides, interpretado en el sentido de situarlas á cuarenta días de distancia de las islas Gorgonias! Con la vista constantemente dirigida hacia la antigüedad, se aspiraba á encontrar lo que juzgábase conocido de los fenicios, de los griegos y de los romanos.

Ya hemos dicho antes que Cristóbal Colón estaba firmemente persuadido de que las islas de América eran las Hespérides que los antiguos conocieron[337], aunque Isidoro, muy consultado entonces, las acercaba, con razón, á las costas de Africa[338].

He aquí los elementos de esta geografía mítica de los siglos XIV y XV. De las once islas que debo nombrar, sólo dos, Mayda y Brazir-Rock, en el meridiano de las Canarias y al Oeste del golfo de Vizcaya y de Irlanda, se han conservado en nuestros mapas más modernos[339]; pero no merece por ello la mayoría de las otras el nombre de islas fabulosas. Descúbrese aquí, como en general en los mitos históricos, un fondo de verdad; aunque está velado por la incertidumbre de las posiciones relativas, los errores de configuración y de extensión y lo exagerado de las relaciones casi siempre copiadas ó procedentes de desconocido origen.