XXI.
Probables comunicaciones entre ambos mundos,
á causa de las corrientes atmosféricas y oceánicas.
Acabamos de ver de qué suerte se mezcla en las tradiciones geográficas y en las relaciones de los viajeros, á los recuerdos de los descubrimientos reales y positivos, lo que sólo es pura ficción, y que el imperio de ésta, basado en creencias de la más remota antigüedad, se extendió en la Edad Media sobre todo hacia el Occidente. Si dicha nueva dirección, y el inveterado error de la extensión de Asia hacia el Oriente, abrieron la vía para los descubrimientos de Colón, otras causas, poco importantes en la apariencia y hasta ahora mal explicadas, no contribuyeron menos á inspirar confianza al marino genovés.
Pongo entre estas causas que le alentaron, el hecho tan conocido de los objetos arrojados por el mar sobre las costas de las Azores, de Porto Santo, y de las islas Canarias, y considerados como indicios de la probable existencia de tierras habitadas en las regiones occidentales.
Algunas consideraciones de geografía física que el estado actual de los conocimientos nos permite exponer, aclararán de nuevo el indicado fenómeno.
«Afirmábase el Almirante en este pensamiento (el de descubrir islas ó tierra para continuar con más facilidad sus designios), dice D. Fernando Colón (Vida del Almirante, cap. VIII), con la lección de algunos libros de ciertos filósofos, que decían, como cosa sin duda, que la mayor parte de nuestro globo estaba seca, de que infaliblemente se seguía haber más tierra que agua. Demás que oyó decir á muchos pilotos hábiles, cursados en navegación de los mares occidentales, á las islas de los Azores y á la de Madera, por muchos años, cosas que le persuadían de que él no se engañaba, y que había tierras desconocidas hacia Occidente. Martín Vicente, piloto del Rey de Portugal, le dijo que, hallándose á 450 leguas hacia Occidente del cabo de San Vicente, había sacado del agua un madero perfectamente labrado, y no con hierro, que el viento de Poniente había traído; y concluía, que en esta parte había infaliblemente algunas islas no conocidas. Pedro Correa, cuñado del Almirante, le dijo que él había visto hacia la isla de Puerto Santo una pieza de madera, semejante á la primera, venida de la misma parte de Occidente; y añadía saber del Rey de Portugal que hacia la misma isla se habían hallado en el agua cañas tan gruesas, que de nudo á nudo cabían en ellas nueve garrafas de vino.» Herrera (déc. I, lib. I, cap. II) asegura que el Rey había conservado estas cañas y se las mostró á Colón. Ptolomeo en el lib. II[438] de su Cosmografía, dice, en efecto, que hay cañas enormes en las partes orientales de las Indias.
Los habitantes (colonos) de las Azores decían que, cuando el viento soplaba del Oeste, el mar arrojaba, especialmente en las costas de las islas Graciosa y Fayal, pinos de una especie desconocida. A estos indicios añadían algunos que un día encontraron en la playa de la isla de Flores dos cadáveres de hombres con facciones y fisonomía completamente distintas de los de nuestras costas. (Herrera, acaso tomándolo de los manuscritos de Las Casas, dice que aquellos cadáveres de cara larga no parecían ser de cristianos.)
Los habitantes del cabo de la Verga[439] dijeron también á Colón «que habían visto almadías ó barcas cubiertas, llenas de hombres de una raza de que nunca oyeron hablar.»
El transporte de estos objetos (bambúes, troncos de pino, cadáveres humanos, barcas llenas de personas vivas), depositados por las aguas del Océano en las playas de las islas Azores, fueron atribuídos, según hemos visto en el párrafo copiado de la Vida del Almirante, á la acción de los vientos del Oeste. Esta explicación no es satisfactoria, por no fundarse en hechos bien observados. La verdadera causa del transporte es la gran corriente de agua caliente conocida con el nombre de Gulf ó Florida Stream. Los vientos del Oeste y del Noroeste no hacen más que aumentar la velocidad media del río pelásgico, prolongar su acción hacia el Este, hasta el golfo de Vizcaya y mezclar las aguas del Gulf Stream con las de las corrientes del estrecho de Davis y del Africa septentrional[440]. El mismo movimiento oceánico que en el siglo XV arrojaba bambúes y pinos en el litoral de las Azores y de Porto Santo deposita[441] anualmente en Irlanda, en las Hébridas y en Noruega semillas de plantas tropicales (Mimosa scandens, Guilandina bonduc, Dolichos urens), algunas veces hasta toneles bien conservados llenos de vino de Francia, restos de cargamentos de barcos naufragados en el mar de las Antillas. Los restos del buque de guerra The Tilbury, que se incendió cerca de Jamaica, llegaron por el Gulf Stream á las costas de Escocia. Y aun hay hechos más notables: barriles de aceite de palma que formaban parte de un cargamento de barcos ingleses, naufragados en cabo López, en las costas de Africa, fueron arrojados á las mismas costas después de atravesar dos veces el Atlántico, una de Este á Oeste entre los grados 2 y 12 de latitud á favor de la corriente ecuatorial, y otra de Oeste á Este, por medio del Gulf Stream, entre los 45° y 55° de latitud. Durante las calmas, esta última corriente, viniendo del cabo Hatteras, termina en el meridiano de la gran banda de sargazo (Fucus natans), colocado un poco al Oeste de Corvo; pero cuando empiezan á dominar los vientos del Oeste ó por otras causas meteorológicas eleva la corriente el nivel de las aguas en el golfo de Méjico ó en el canal de Bahama, Gulf Stream envuelve las islas de Corvo y de Flores, dividiéndose en dos brazos, uno que va hacia el NE. y otro hacia el SSE.[442].
Las islas Graciosa y Fayal, que nombra Colón particularmente como puntos donde el mar arrojaba troncos de pinos de una especie desconocida, son las más próximas á las de Corvo y Flores, y, por tanto, las primeras que reciben lo que la corriente lleva, cuando á los 30¾° y 32½° de longitud occidental se inclina hacia el SSE. Estos pinos procedían, sin duda, ó de las pequeña Isla de Pinos en el banco de la Tortuga al Oeste de las Mártires, ó de la parte NO. de la isla de Cuba, donde cerca de Cayo de Moa[443], vió Colón por primera vez, y con grande admiración, la primera conífera de los trópicos, ó de las costas de Santo Domingo donde, según la observación de M. Barataro, cerca del cabo Samana, descienden los pinos hasta la llanura.
Más sorpresa podrían causar las cañas de bambú (guadua de las Antillas y de toda la América equinoccial), llevadas por las corrientes á las costas de Porto-Santo, porque alrededor de esta isla las aguas se mueven generalmente hacia el S. y SSE. y reciben la misma dirección desde el paralelo del cabo de Finisterre.
Pero un ejemplo que data del principio de mi viaje á América prueba que de vez en cuando el Gulf Stream de las Azores comunica con la corriente de Guinea ó del Norte de Africa, y lleva troncos de árboles del nuevo continente hasta las islas Canarias. Poco antes de mi llegada á Tenerife el mar había depositado en la rada de Santa Cruz un tronco de Cedrela odorata, cubierto de corteza y líquenes, árbol americano que no puede confundirse con ningún otro, que sin duda había sido arrancado de la costa de Paria ó de la de Honduras siguiendo el gran vortex del golfo de Méjico y del canal de Bahama.
En el estado medio de los movimientos del Atlántico[444], los ríos pelásgicos, que distinguimos con los nombres un poco vagos de Gulf Stream, corriente equinoccial y corrientes del golfo de Guinea, del Brasil y del Africa meridional, están separados por aguas tranquilas ó estancadas que sólo obedecen al impulso local de los vientos; pero por la reunión fortuita de causas meteorológicas á veces muy lejanas, se ensanchan y prolongan los ríos pelásgicos, inundando, por decirlo así, espacios de mar faltos de movimientos propios de translación. En estos casos las corrientes de distintos nombres se mezclan temporalmente entre sí, y producen fenómenos que debieron sorprender en época en que la geografía física de la cuenca del Atlántico era menos conocida que ahora.
En la Historia del descubrimiento de las islas Canarias, de Jorge Glas, publicada en 1764, leemos que, pocos años antes de su publicación, un barco pequeño cargado de trigo, al pasar de la isla de Lanzarote á la rada de Santa Cruz de Tenerife, fué arrastrado por una tormenta fuera del archipiélago de las Canarias. La corriente equinoccial y los vientos alisios le llevaron hacia el Oeste, encontrándole un barco inglés á dos días de distancia de la costa de Caracas y salvando á los marineros canarios que habían sobrevivido, á quienes surtió de agua y condujo al puerto de la Guaira[445].
Suceso semejante ocurrió en 1731 á un barco cargado de vino y de algunos comestibles que iba desde Tenerife á la Gomera: durante muchos días lucho con vientos contrarios, y abandonado á las corrientes, llegó con seis hombres de tripulación á la isla de la Trinidad, frente á la costa de Paria[446]. La comunicación establecida entre la corriente del África septentrional, dirigida hacia el Sur, y la corriente equinoccial dirigida hacia el Oeste, obraban, pues, en sentido diametralmente opuesto al que llevó en los siglos XV y XVIII los troncos de bambú y de cedrela á Porto Santo y á Tenerife[447].
Respecto al hecho que más llama la atención, el de las barcas cubiertas, tripuladas por hombres de una raza de que nunca se había oído hablar, vistas en las islas Azores, la historia presenta muchos ejemplos exactamente iguales. James Wallace refiere en su Historia de las islas Orcades, que algunas veces, impulsados por las corrientes y los vientos del Noroeste, llegaron groenlandeses á aquellas islas, cuyos habitantes les llamaban Finn-men. Vióse uno de ellos en 1682 en la punta meridional de la isla de Eda, reuniéndose mucha gente para gozar de tan extraño espectáculo; pero cuando se le quiso coger, el groenlandés logró escapar. En 1684 apareció también un pescador americano, quizá el mismo, cerca de la isla Westram.
En la iglesia de la isla Burra se conserva una de estas canoas de esquimales, arrojada por una tempestad[448]. La distancia del trayecto debe calcularse en cuatrocientas leguas marinas, distancia que con una velocidad de siete á ocho nudos por hora, en tiempo tempestuoso, puede recorrerse en menos de siete días.
El cardenal Bembo, en su Historia de Venecia, cita el caso de un barco lleno de indígenas americanos, hallado por un buque francés que navegaba en el Océano, no lejos de las costas de Inglaterra[449].
Cuatro años antes, en 1504, algunos pescadores de Bretaña fueron sin duda llevados accidentalmente á las costas del Canadá[450].
Otros ejemplos de traslaciones involuntarias corresponden á la Edad Media y han sido citados con frecuencia á causa de un pasaje célebre de los fragmentos históricos de Cornelio Nepote[451], pasaje que llamó mucho la atención pública cuando se buscaba un paso al Noroeste en la navegación á la India. Pomponio Mela, que vivió en época próxima á Cornelio Nepote, cuenta, y Plinio repite, que siendo procónsul en las Galias Metelo Céler, recibió como regalo del Rey de los Boii ó Baeti (el nombre es incierto y Plinio le llama Rey de los suevos), algunos indios que, arrastrados fuera del mar de la India por las tempestades, llegaron á las costas de Germania. Inútil es discutir aquí de nuevo si este Metelo Céler es el mismo que fué pretor de Roma el año del consulado de Cicerón, é inmediatamente después de éste, cónsul con L. Afranio, ó si el Rey germano era Ariovisto, vencido por Julio César. Lo que está fuera de duda, por la relación de ideas que conducen á Mela á citar el hecho tenido por cierto, es que se creía entonces en Roma que estos hombres morenos, enviados desde Germania á las Galias, llegaron por el Océano que baña el este y el norte del Asia, dando la vuelta al continente por más allá de la desembocadura del mar Caspio.
Esta suposición estaba perfectamente de acuerdo con las ideas geográficas de aquella época, es decir, con las falsas ideas que, desde la expedición de Alejandro, se tenían acerca de la comunicación del Caspio con el Océano septentrional, ideas que desdichadamente prevalecían sobre las que Herodoto había adquirido en Olbia y en las orillas del Hypanis[452].
En tiempo de Ptolomeo era aún el mar Báltico un mar abierto al Este, y la península escandinava una isla que no impedía navegar hacia el Este, á partir de la extremidad del Quersoneso Cimbrico y de la isla Scandia. «Estas bocas son, según Strabón, el punto más septentrional de la costa que se extiende desde allí hasta la India y á donde, desde este país, se puede llegar por mar, como lo atestigua Patroclo, que mandó en aquellos parajes» (II, pág. 74 Cas.). En otro párrafo (XI, página 518) habla nuevamente Strabón de esta posibilidad. «El hecho, dice, de que algunos navegantes hayan ido desde la India á la Hyrcania por mar, no se cree cierto, pero Patroclo nos asegura que es posible.»
Strabón, que por lo general consultaba poco á los autores latinos, no tuvo ninguna noticia del supuesto viaje de los negociantes indios conducidos á las Galias. Plinio, que con frecuencia cometía inexactitudes en las notas que tomaba casi á escape (adnotabat et quidem cursim, dice su sobrino), convirtió la conjetura de Patroclo en un hecho circunstanciado. Según dice, toda la parte del Océano comprendida entre la India y el mar Caspio (esto es, su desembocadura) fué explorada por los macedonios durante los reinados de Seleuco y Antioco[453].
Siendo el objeto de toda investigación filológica esclarecer la opinión que el autor ha querido enunciar, es indudable que Pomponio Mela no creyó que los indios llegaron á la costa noroeste de Alemania por circunnavegación del Asia oriental y boreal, pues dice: Vi tempestatum ex Indicis æquoribus abrepti, y no es lícito suponer, como lo hacen Huet[454] y otros comentadores, que vinieran por el Oxus, el mar Caspio y el Palus Mæotide al mar Báltico. Estas fabulosas comunicaciones del Caspio con el Océano boreal y con el Palus Mæotides, y del Palus con el Báltico[455], tenían sin duda muchos partidarios desde las eruditas especulaciones de la escuela de Alejandría acerca del viaje de los argonautas; pero en el suceso que Cornelio Nepote refiere, para nada se alude á las líneas hidrográficas trazadas al través de los continentes.
Siendo conocido que, á pesar de los grandes perfeccionamientos de la navegación moderna, la acumulación de hielos impide navegar por el estrecho de Behring á lo largo de las islas de Nueva Zembla, se ha suscitado la cuestión de saber de qué raza serían los hombres de color que el procónsul Metelo Céler tomó por indios. Ya en la primera mitad del siglo XVI se supuso que estos hombres eran pescadores esquimales del Labrador y de Groenlandia arrastrados por los vientos del Oeste á las costas británicas. Esta opinión se ha atribuído equivocadamente á Malte Brun y á otros geógrafos modernos, pues la encuentro expuesta ya por Gomara, que dice, refiriéndose á los indios de Quinto Metelo Céler: «Si ya no fuesen de Tierra del Labrador, y los tuviesen (los romanos) por indianos, engañados (acerca de su verdadero origen) en el color.» (Historia de las Indias, folio 7.)
Cornelio Wytfliet, en sus Noticias sobre el Occidente ó Adiciones á la geografía de Ptolomeo, emite la misma opinión[456] fundándose en las fantasías de Paolo Giovio (Paulas Jovius), contemporáneo de Colón y de Vespucci, quien creía que el sanguinario culto de los Bretones y de los Galos fué importado por colonos del Labrador y de Estotilanda.
El descubrimiento de América y la necesidad, por decirlo así, hebraica, de poblar este continente por el Asia, hicieron discutir las distintas clases de comunicaciones que pudieron ser favorecidas por las corrientes oceánicas y por los vientos. Pareció sin duda poco probable que llegaran esquimales á las costas de Alemania, y mientras Vossio, el sabio comentador de Mela, creía que los indios de Cornelio Nepote eran Bretones que se pintaban el cuerpo, otros comentadores, adoptando la explicación de Gomara y de Wytfliet, sustituían al Suevorum rex un príncipe escandinavo[457] que había recogido los náufragos en las costas de Noruega.
La analogía del hecho no desmentido de la llegada de los esquimales á las islas Orcades, hecho que antes he mencionado, esclarece mucho el que ahora examinamos; y teniendo en cuenta los numerosos ejemplos de individuos que han caído en manos de los bárbaros, siendo llevados como cautivos, de nación en nación, muy lejos del lugar del naufragio, sorprende menos que fueran conducidos á las Galias algunos extranjeros, pasando desde las Islas Británicas á Batavia y á Germania; lo extraño es que en sucesos semejantes ó de igual modo enigmáticos, ocurridos en la Edad Media, se hable también de las costas germánicas.
Estos acontecimientos se refieren á los reinados de los Othones y de Federico Barbarroja, y son, por tanto, de los siglos X y XII.
He aquí los distintos testimonios:
«Nos apud Othonem legimus, dice el Papa Eneas Sylvio en su gran obra geográfica é histórica (cap. II, página 8), sub imperatoribus teutonicis indicam navem et negotiatores Indos in Germanico littore fuisse deprehensos.»
Se lee en la Historia de las Indias de Gomara, después del pasaje en el que designa los indios de Metelo Céler como esquimales del Labrador: «Asegúrase también que en tiempo del emperador Federico Barbarroja aportaron á Lubeck algunos indios en una canoa[458].
Sir Humphrey Gilbert, después de discutir prolijamente en cuatro capítulos el pasaje de Cornelio Nepote, añade: «En el año de 1160 y en el reinado de Federico Barbarroja, llegaron algunos indios, upon the coast of Germanie[459].
Mucho tiempo he perdido en vanas investigaciones de las primeras fuentes de estos curiosos sucesos. ¿De dónde supo Gomara, historiador generalmente muy exacto, que los indios habían sido llevados á Lubeck? ¿Lo sabría por el piloto polaco Juan Scolmus, de quien antes he hablado, que en Bergen y en Dinamarca pudo estar en relaciones con marinos de Lubeck? ¿Cómo es posible que los continuadores de los Anales de Othón de Freising y el franciscano Ditmar, autor de la excelente Crónica de Lubeck[460], nada supieran de estos supuestos indios?
La fecha de 1160 es además dudosa, porque la Crónica de la ciudad de Lubeck, de Juan Rufus, es desde el año 1106, y dice que en esta remota época había muy pocas relaciones entre los mares del Oeste y del Norte.
Estos esquimales-indios no naufragarían en las costas de Frisia, sino que, durante las grandes tempestades y las irrupciones del mar ocurridas en 1150 y 1164, algún barco de Lubeck los encontró cerca de las costas de Europa y los capturó, como fué capturado el barco esquimal de que habla el cardenal Bembo.
Al reunir y examinar bajo un punto de vista general las pruebas de estas comunicaciones remotas favorecidas por el acaso, elévanse las ideas, viendo cómo los movimientos del Océano y de la atmósfera han podido contribuir, desde las épocas más lejanas, á esparcir las diferentes razas humanas en la superficie del globo. Compréndese, como lo comprendió Colón (Vida del Almirante, cap. VIII), cómo pudo revelarse un continente al otro.
FIN DEL TOMO I.