ALMAFUERTE

Discurso pronunciado por el Dr. Alfredo L. Palacios,
en el teatro Colón de Buenos Aires, con motivo
del homenaje al poeta.

Cuando un gran poeta se va, el corazón del pueblo sufre desgarramientos dolorosos. Es que los poetas son sacerdotes del misterio y del infinito que penetran en lo más hondo de las cosas y nos revelan la belleza. En pugna con los ritos consagrados y la estrechez del dogma que asfixia, tienen la amplitud del profeta.

Son los poseedores del entusiasmo y de la esperanza, de la esperanza, que, no obstante tener alas, se quedó entre nosotros, porque amaba a los hombres. Esperar es amar, dijo Guyau, el poeta filósofo, y amar es saber esperar al lado de los que sufren.

El poeta es vidente, y por eso conduce y libera los pueblos; canta sus glorias, sus dolores y sus misteriosos anhelos de ascensión.

Cuenta Plutarco que los vencedores de los atenienses ante Siracusa perdonaban la vida a todos cuantos podían repetirles los versos de Eurípides...

Y muchos siglos después, cuando la barbarie turca dió un zarpazo a Grecia, el divino Homero, el rudo y genial Esquilo, Sófocles, Píndaro, desde las profundidades de la historia, armaron caballero de la libertad a Byron.

Entre los hombres, los que están más altos son los poetas. Menester es que así sea, porque ellos son los vigías y marcan el derrotero...

Si miramos hacia Bélgica, desgarrada, aparece Verhaeren como si no hubiera muerto y que, cual un profeta que anuncia y guía le dice al hombre:

Sube más alto, más alto:
Todo el goce está en el vuelo.

En la sagrada Francia, Rostand, que espiritualiza la vida, dando así lo que no pueden dar los fusiles y los cañones: la abnegación y la capacidad de sacrificio.

En Italia, D'Annunzio; en Inglaterra, Rudyard Kipling, que exaltan la nacionalidad.

En Portugal, Guerra Junqueiro, vehemente y agresivo con los poderosos y manso con los pequeños. «Mejor es abajar el espíritu con los humildes que partir despojos con los soberbios», dice el sabio hebreo.

En el Norte de América, de donde llega un ruido ensordecedor de máquinas, Walt Whitman, el hijo de Manhattan, bardo de la democracia que canta el himno de la expansión y del orgullo, y que no se desvanecerá—él lo dijo—como el círculo de fuego que un niño traza en la noche con un tizón ardiente.

En el Sur de América, donde crecen los cachorros del noble león hispano, Rubén Darío, admirable artífice, que innova la forma poética, libertador del arte, del ritmo y de la rima, que va hacia el porvenir, «siempre bajo el divino imperio de la música, música de las ideas, música del verbo». Rubén Darío, que en «Prosas profanas» permanece ajeno a la vida, a la solidaridad social, al grito de pasión que se escapa del alma de los torturados y que sólo ama la serenidad, la línea impecable, el refinamiento en la expresión, pero que evoluciona para ser más humano, en «Cantos de vida y esperanza,» donde dice:

La torre de marfil tentó mi anhelo.
Quise encerrarme dentro de mí mismo
Y tuve hambre de espacio y sed de cielo
Desde las sombras de mi propio abismo.

Y frente a Rubén Darío, Almafuerte, el cantor del hombre.

Las suaves transiciones de un estado de alma a otro no las expresa su verso, que gusta de la antítesis violenta. Una delicada nota musical, el perfume de una flor, un matiz tenue de sentimiento no hacen vibrar su lira; su voz es la voz de la tempestad. Penetra en el alma de sus hermanos y los conmueve varonilmente, canta las ansiedades, las tristezas, los dolores; plantea los grandes problemas humanos con una sed infinita de justicia; muestra la necesidad de sobrepasar la naturaleza visible; se encara con Dios, dialoga con él y le increpa. Sale de su egoísmo para vivir la vida de todos.

Y marcha impulsado por un hondo sentimiento metafísico que no destruirán las religiones agonizantes. Sintetiza en su alma todas las tristezas, todos los anhelos, agitando el mundo con sus imprecaciones, con sus blasfemias, y, lejos de detenerse, aniquilado por la desesperación del pesimismo, avanza siempre, levantando en alto una luz que no se apaga, porque le alienta la esperanza.

En su alma se desborda la pasión. Hay gritos de dolor y de ira, en los que no ven belleza, por incomprensión, los artistas que sólo aman lo límpido, lo sereno...

Era bello Jesús cuando seducía a las gentes, predicando a orillas del lago de Capharnaum; había una gran serenidad en su alma, una gran dulzura en sus ojos, y la blanca túnica de los esenios caía en graciosos pliegues sobre su cuerpo delicado que parecía hecho de azucenas.

Pero era más hermoso el Hombre de Galilea cuando entró, lleno de violencia, en el Templo, con el fuego de los profetas en la pupila, la cabellera suelta, en desorden la túnica agitada por un viento de pasión, y empuñando el látigo echó fuera a todos los que vendían y compraban en el Templo, diciéndoles: «Escrito está: mi casa, casa de oración será llamada, mas vosotros cueva de ladrones la habéis hecho».

Almafuerte no es el buen monje artífice de la frase dannunziana; es el gran espíritu de amplitud humana y generosa, que no puede entender a Teófilo Gautier cuando éste, colocándose en el mirador del arte, encuentra preferible una magnífica pantera a un hombre.

Nuestro poeta, para quien la belleza no está sólo en la apariencia, y que la busca al escrutar las almas, como contestando al artista, nos dice en un admirable soneto que, si en vez de las estúpidas panteras, encerrasen en la frágil jaula dos flacos mocetones, no permanecerían en el pajar sin esperanza, sino que pensativos, graves,

No como el tigre sanguinario y maula,
Escrutarían palmo a palmo su jaula
Buscando las rendijas, no las llaves.

Sólo siente el Hombre, el espíritu del Hombre; ni admira ni ama la naturaleza, que carece de voluntad y de amor y que permanece indiferente ante las lágrimas de los humanos. El rayo va sin pensamiento; los mundos giran sin dolor y todo esto lo expresa en versos lapidarios, donde la idea se ha transformado en sentimiento.

Ve pasar el Universo, y sus maravillas, los astros, la luz, las flores, todo le deja inconmovible, y dice:

Yo no siento más vida que la del hombre.
Ni Wagner ni Rossini me dicen nada.
Pero si por acaso gime un gemido
¡Me traspasa las carnes como una espada!

Toda su sensibilidad es para el dolor de los hombres, y por eso llega en su incomprensión musical a la más absoluta indiferencia escuchando el canto de la forja de «Siegfried» o la novena sinfonía de Beethoven, tan impregnada de sentimiento, y donde hay también como en los versos del poeta, un gran anhelo de ascensión.

¿Qué importa que el preludio del tercer acto de «Tristán e Isolda» exprese admirablemente el dolor universal, si el poeta no puede sentir la música, porque no hay espacio en su alma sino para las lágrimas de los hombres?

Ni Wagner, ni Rossini, ni Beethoven le dicen nada, pero ¡el gemido del hombre! ¡ah! ¡si gime un gemido, entonces le traspasará las carnes como una espada!

Nadie amó a los hombres, después de Jesús y el de Asís, como Almafuerte.

Zarathustra, viviendo en la soledad, observó que sus sentimientos variaban y que necesitaba manos que se alargaran hacia él. Quiso dar y repartir; era una copa que se desbordaba. Díjole al anciano del bosque: «Amo a los hombres», y llevó su fuego a los valles. Sólo encontró un cadáver, y después de sepultarlo, resolvió no volver hablar al pueblo nunca; quiso unirse a los creadores, a los que cosechan y se regocijan; su canto fué para los solitarios.

Nietzsche, pensador del grupo stirneano, anunciaba que la especie humana debe ser superada; que vendrá el Superhombre. También el Poeta, en sus versos de bronce, cuando dice:

La perfección en sí del cuadrumano
Tal vez hubiese suprimido al hombre.
El que vendrá después, el Prometido,
Sólo será un cerebro con dos alas.

Pero Nietzsche se aparta del pueblo y crea una moral para el hombre fuerte, para el amo. Ya Juan Gaspar Smith, que parte del principio de que la humanidad está basada en el egoísmo y cuya filosofía malsana se ha pretendido erróneamente encontrar en la obra de nuestro poeta, decía que no hay otra alternativa que vencer o ser vencido. El vencedor será el amo, el vencido será el esclavo; el uno gozará de la soberanía y de los derechos del señor; el otro cumplirá lleno de respeto sus deberes de súbdito.

Ahí la negación del pensamiento de Almafuerte. Ni Max Stirner, ni Nietzsche. El poeta es hermano de Jesús y de los «vigías de Israel» y por eso lejos de fulminar a los débiles, les ama. Sabe que ser débil no puede constituir una tara, sino en las regiones subalternas de la fauna inferior.

En «El Misionero» llama hacia sí a los caídos, a la recua inmensa, hija del llanto, a la canalla vil y le dice:

«¡Sólo quiero saber que soy tu hermano!»

Y la ama profunda, sinceramente, aun sabiendo que son hechas por ella las más hondas heridas de su alma; tiene los brazos abiertos como para un abrazo inmenso. Este Zarathustra que también baja de la montaña, llevando su fuego a los valles, esta copa que se desborda, no se aparta de los hombres para entonar su canto a los solitarios.

Tiene más fe; es una voluntad más soberana y así le dice a su chusma, entregándose todo entero.

«Pise sobre mi cuerpo, no perdone,
Toda la sociedad, pise y apriete;
No habrá de conseguir que le respete
Ni logrará jamás que te abandone.»

El poeta es de filiación judaica; viene directamente de la Biblia y toda su obra está impregnada del espíritu de Israel.

El pueblo judío fué el primero en escuchar la reclamación de los pobres. Nos dice Renán que Grecia fundadora del humanismo racional y progresivo, tuvo un claro en el círculo de su actividad intelectual y moral: despreció a los humildes. Israel suplió ese defecto del espíritu helénico. Los profetas proclamaron la justicia social y el amor a los pobres.

Jesús fué el último de los profetas. El socialismo es de origen hebraico.

Los profetas claman constantemente, defendiendo a los pobres; dialogan con Dios, le imprecan, exigen la justicia inmediata sobre la tierra; no quieren tolerar iniquidades contra los débiles, porque el semita no cree, hasta los Macabeos, como cree el ario, en las recompensas y castigos de ultratumba. Por eso eran vibrantes, fuertes. De ahí el código inspirado por Jeremías socialista teocrático, donde se desborda la justicia, la piedad y el amor por el pobre y la ira contra el poderoso.

Éste es el enemigo a quien los profetas maldicen; él despoja a los humildes y se aparta de Jehová.

Isaías lanza el anatema contra los príncipes prevaricadores y compañeros de ladrones que no oyen a juicio al huérfano, ni llega a ellos la causa de la viuda. (Cap. I, vers. 23).

No con menos pasión, Almafuerte baja a la miseria, al dolor, hasta al vicio, buscando a sus hermanos y maldiciendo a los poderosos.

«La Inmortal» es el canto a su chusma, a la «sudorosa chusma sagrada» de la que surgen las fuerzas de la historia y para quien él quiere justicia como los profetas.

Almafuerte desciende hasta lo más profundo; cuando más llagas ve, más ama. Es un sacerdote del amor, de la infinita misericordia, y vuelve de los abismos de la miseria,

«Como surgen los rudos poceros,
Ungidos en greda, del pozo que cavan.»

La compasión baja al dolor, blanca y perfumada, y retorna a la luz sucia y llena de taras. El Misionero dijo con verdad que el que quiere conservarse puro, «muchas veces tendrá que no ser bueno».

Canta a la heroica labor cotidiana de la chusma, oprimida por leyes y por prejuicios y por eso llena de rencores; que ve los días felices de los poderosos y que porque tiene pasión y ansias,

«Con su gran maldición de sedienta
Maldice hasta mismo su vaso de agua»;

y que porque tiene noción de lo justo

«su disfraz de Catón la sulfura
y enloda y escupe su clámide blanca»;

y que porque vive Jesús en su alma

«ni respeto ni amor le despiertan
sus burlas de sabio, sus cruces de plata.»

Ella, la chusma dolorida, que gime, ve

que las flores no son del que riega
sino del dichoso señor que las planta

Y entonces el poeta que sabe que un perfume inefable, un fulgor de aurora y una música sublime esparcen las vidas más bajas, y que del fondo, de lo más hondo, surgen las altiveces más altas, extiende su manto sobre la chusma querida, maldiciendo a los poderosos, como los profetas de Israel.

Ese amor inmenso a los pobres que inflamaba el corazón de los profetas, impregnó toda la doctrina de Jesús. Almafuerte tenía más que una «gota de Cristo». Se le parecía en su afán de levantar al caído; en su espíritu de rebeldía y en su odio a los fariseos, «generación de víboras, sepulcros blanqueados».

El poeta fué un cristiano sin dogma que repudió todas las Iglesias.

El Gran profeta Anónimo, más de 500 años antes de Jesús, había dicho que los pueblos no tienen más que un Dios, cuyo templo es el Universo y a quien debía honrársele con la justicia. Jesús, junto al pozo, dijo a la Samaritana, que le daba de beber: «creéme, mujer, ha llegado la hora de no adorar a Dios, ni en esta montaña—era el monte Garizim—ni en Jerusalén, sino allí donde se adora al padre en espíritu y en verdad.»

El sacerdote apegado a la rutina que todo lo reduce a fórmulas tradicionales, ligado al santuario, viene directamente del rito y entre sus antepasados está el hechicero. Ha tenido siempre en la historia por rival y a veces por adversario, según lo expresa Guyau, al Profeta desde Buda hasta Isaías y Jesús; el Profeta es con frecuencia revolucionario; el sacerdote es esencialmente conservador, el uno representa la innovación el otro la costumbre.

«El Misionero» que es un profeta, «cual un Moisés altísimo y tonante;» que es Jesús hombre que «no puso a su bondad ninguna linde,» que fué más allá que el de Asís, llamando hermano al vicio, el Misionero sintetizó todos los dolores, pero también todas las esperanzas de los que sufren. Es la negación del sacerdote, hijo del rito.

No es el abate perfumado de heliotropo de sus rudas Evangélicas que expresan una filosofía áspera pero vibrante de bondad; no es el abate que baja del púlpito cruzando como un César, sudoroso entre sus encajes, por el aristocrático auditorio cuya emoción artística él ha producido y cuya admiración él ha conquistado. No, las manos finas y olorosas y expresivas del abate

«Que no hicieron en la vida
Más que cruces en el aire.»

El Misionero tiene las manos callosas de las almas de combate a las que el poeta canta en sus «Milongas Clásicas,» las manos dolorosas «como vendas empapadas en el pus de las heridas.» Le llena de amor lo vil y lo caído, y ciego de bondad, enloquecido de evangelización, hace como el apóstol que penetra en los tugurios para salir de ellos, torturado de dudas cubierto de maldiciones y carcomido de remordimientos.

La presión secular exprimiendo la entraña de la chusma sacó de ese barro de sangre una flor. Así surgió para el Poeta, Jesús,

«gemebunda torcaz animosa
que al prófugo crimen le tiende las alas».

con lo que el Poeta expresa el inmensurable, el infinito amor por los desgraciados. El judío de Nazareth que realizaría la gran esperanza de su pueblo, Jesús presentido por el rudo Esquilo en su Prometeo y por el dulce Virgilio en sus Églogas, después de vagar por las montañas, respirando un aire de libertad e impregnándose del espíritu de los patriarcas y los profetas, fué a Jerusalén; su corazón se oprimió en el Templo viendo la fastuosidad. Se apartó entonces de las murallas y fué donde moraban los pobres, los miserables; bajó a las cavernas, a la fuente de Siloé. Allí se arrastraban los leprosos y los enfermos cubiertos de llagas. El hebreo se sintió hermano de los desgraciados; su labio besó todas las úlceras, resumió su alma los dolores de todos, maldijo a los poderosos y sintió ansias de derrumbar el Templo.

El Poeta que también besó todas las llagas, que puso una caricia hasta en el reptil, enceguecido por su inmenso amor, tiene más que una «gota de Cristo.»

En la «Sombra de la Patria,» llegan hasta él los gemidos de todos y estallan sobre su corazón como si sobre una rama soplaran sin cesar todos los vientos de la tierra, como si sobre una sola espalda gravitara toda la fuerza de los orbes

«Como todo el dolor del universo
que en una sola vida se agolpara
como toda la sombra de los siglos
en una sola mente refugiada.»

He ahí el apóstol. Todo el dolor humano sintetizado en su alma generosa. He ahí la «gota de Cristo.»

Pero no es sólo poderoso en palabras el Poeta.

Es poderoso en obras y en eso también sigue a Jesús. Su vida y sus ideas marchan de perfecto acuerdo. No bastaría con hablar, pues es cierto aquello de que la verdad no tiene realce hasta que no se convierte en sentimiento y no resplandece sino cuando se realiza en el mundo como hecho.

Almafuerte vivió en la miseria y él mismo nos cuenta que los botines con que por primera vez fué a la escuela le fueron entregados por una sociedad de beneficencia. Había renunciado a las glorias del mundo

«Para sembrar, también, abecedario
Donde mismo se siembran los trigales.»

Y allá, en el colegio de Trenque-Lauquen, cuya aula era un rancho de adobe, dejaba que los niños fueren a él.

Un día, uno de los pequeñuelos enfermó gravemente y el poeta le cuidaba como a un hijo. Cuando el enfermito falleció, Almafuerte vendió su cama para poder comprar el ataúd de pino.

Hacía frío; entonces, y el cantor de «El Misionero» se acostaba en una tarima y se abrigaba con la bandera nacional de la escuela...

Hace apenas cinco años, Alberto De Diego, a quien me ligaba una amistad fraternal y en cuya tumba lloré copiosamente junto al poeta, llegó a mi estudio y conmovido me extendió una carta que había recibido de Almafuerte y que nadie conoce. Aquél que cargara sobre sus espaldas las miserias de todos, se moría de hambre, allá lejos, olvidado del mundo.

«Ahí le mando esos versos para que los negocie—decía el poeta al joven amigo—pero hágame el favor de moverse, porque es muy posible que en la semana entrante no veamos en mi casa la cara de Dios, mis hijos y yo. No creo que sea usted de los que entienden que yo debo vivir de langosta como vivía Juan el Bautista en el desierto. Hasta hace dos o tres años yo pensaba lo mismo; después compliqué mi vida, la humanicé, la hice menos egoísta, echándome otras obligaciones más positivamente beneficiosas para el país, que que la de andar haciendo versos y hoy me veo precisado a reconocer que no sólo de langostas vive el hombre y el hijo del hombre.»

Y luego, con una insistencia dolorosa le dice a De Diego: «Ponga sus propios dolores bajo de cualquier ladrillo y entréguese por dos o tres horas a esta negociación. No le pido más; pero se lo pido como quien tuviera derechos adquiridos, esto es, con la mayor vehemencia. Vuelvo a decir; insisto; no le pido más que esto; consígame cuarenta pesos y remítamelos en seguida. Otra vez: no le pido más que eso; usted me entiende y no ha de permitirse ofenderse.»

Y termina el poeta, que es soberano en sus sueños pero que como Jesús no tenía dónde reclinar su cabeza con estas palabras que ponen de relieve la gran estatura moral de Almafuerte:

«Dirá usted que ya es mucho hablar de dinero. Pero, hijo mío, ¿quiere usted que salga a rejuntar macachines a las quintas con mis tres niños? ¿No ve que ni tiempo les quedaría para ir a la escuela y no sabe que en esta estación del año no hay macachines? Por otra parte, yo no doy al dinero los infames empleos que le dan otros y puedo hablar de él todo el santo día sin ensuciarme la boca.»

Hasta aquí la parte dolorosa de esta página íntima.

Tiene felizmente otra, que conforta el espíritu, Almafuerte, anciano de setenta años, sufriendo frío y hambre en su casucha de Tolosa, no obstante tener la convicción de que era de las más puras glorias de su patria, que él amaba intensamente; Almafuerte no sentía un solo desfallecimiento en su espíritu, y en esta hermosa carta dirigida a un joven torturado por depresiones, le dice varonilmente desde lo más hondo de sus dolores:

«Hágame el favor de sacudir su pesimismo. Es menester comenzar de nuevo; aprenda de este viejo. Vea cómo marcha por más que gima toda su miseria humana.»

Valerosa lección de energía. «Es necesario comenzar de nuevo,» dice el poeta.

Sí; cuando se reconoce que no se ha ahondado bien en el surco, menester es empuñar de nuevo el arado, con la misma tenacidad, con el mismo entusiasmo. Toda empresa humana exige el esfuerzo perseverante. Un camino nuevo no se abre a un solo golpe de piqueta.

El poeta sabe que la brega es dolorosa, pero sabe también que el dolor es necesario; no produce en él la depresión; es acicate, fuerza sin la cual no se desplegarían las alas, no se emprendería el vuelo, la gloriosa ascensión hacia formas siempre mejores. Menester será reconciliarnos con el dolor, calumniado por los pesimistas; el dolor advierte, a veces purifica, levanta de lo más hondo y redime.

El día sin dolor sería el estancamiento. Si no hubiera dolor, no habría piedad, no habría amor.

Alguien ha afirmado equivocadamente que el poeta fué pesimista y citó en apoyo de sus tesis el «Trémolo.» Ya veremos que no es así.

Almafuerte no se detuvo en la faz sombría del dolor sino por excepción expresando un estado transitorio de su espíritu. Se queja, impreca, maldice, blasfema, pero para mejorar el mundo, y teniendo siempre en vista un ideal, una luz que no se apaga nunca.

No así Leopardi, el gran lírico italiano. Para él la vida no merece sino desprecio; el progreso es mentira y como combatir sería inútil, se resigna. Por eso dice en «A se stesso»:

Or poserai per sempre
Stanco mio cor.....
.....................................
Posa per sempre. Assai
palpitasti. Non val cosa nessuna
i moti tuoi; né di sospiri e degna
la terra. Amaro e noia
la vita, altro mai nulla: e fange e il mondo.
.....................................

Así también en el canto nocturno de un pastor errante, donde el gran recanatiense expresa su desesperación por todo y su incapacidad para la acción. Se dirige a la luna y le pregunta cuál es su misión en los cielos. Surge, contempla los desiertos, pasa y se oculta. ¿Acaso no sufre el cansancio de volver a seguir tantas veces por los mismos caminos? ¿No se hastía de mirar siempre los mismos valles que conoce? y dice triste, dolorosamente, que su vida es semejante a la vida monótona del pastor, es decir, del poeta que vive sin esperanza y que por eso de nada le sirve la vida...

Somiglia alla tua vita
la vita del pastore
Sorge in sul primo albore,
move la greggia oltre pel campo, e vede
greggi, fontane ed erbe;
poi stanco si riposa in su la sera
altro mai non ispera.
Dimmi, o luna: a che vale
al pastor la sua vita,
la vostra vita a voi?—dimmi: ove tende
questo vagar mio breve
il tuo corso immortale?

Nuestro gran poeta es el cantor del Hombre, de sus poderosos anhelos y le exalta y le diviniza. En cambio, Leopardi siente envidia por el rebaño que descansa tranquilo, que no conoce su esclavitud.

O greggia mia che posi, o te beata
che la miseria tua, credo non sai!
quanta invidia ti porto!

Leopardi es el precursor del pesimismo sistemático de Schopenhauer cuya filosofía se ha creído encontrar también en los versos de Almafuerte. Nada más falso.

La vida es esfuerzo, dice el filósofo alemán y el esfuerzo es el dolor; de ahí que sólo el dolor sea positivo.

Siendo la vida la objetivación de la voluntad, menester es negarse a querer, necesario es huir del amor que perpetuando la especie, perpetúa el dolor. Así se entra en el Nirvana que para Schopenhauer es el aniquilamiento del ser, la cesación de todos los dolores por la destrucción de la voluntad, pero que para el budhismo esotérico, es más: es el reposo consciente en la omniscencia.

Parece escucharse al través de los siglos la palabra de Sakia Muni que llega de la orilla del Ganges: «El mal es la existencia,» o la palabra del Eclesiastés, el escéptico cuyo espíritu era negación del espíritu hebraico:

«Mejor es el día de la muerte que el día de nacer

Nada tiene de común nuestro poeta con los pesimistas.

Leopardi dice que nada vale el esfuerzo; que la tierra no es digna de suspiros: «non val cosa nessuna y moti tuoi, né di sospiri é degna la terra.» El filósofo alemán dice que la esencia de la voluntad es el esfuerzo y que todo esfuerzo es dolor.

Almafuerte, en cambio cree que el esfuerzo es una necesidad, que el hombre debe trabajar incesantemente para que venga el Prometido, el que será un cerebro con alas. Tiene una fe inmensa, y porque sabe que toda acción humana repercute a través de los siglos, que nada se pierde, que todo esfuerzo conquista algo y debe ser recompensado, se cuadra frente a Dios, le acusa de crueldad y le dice magníficamente:

«Aquí estoy, ante ti... ¡Ni un solo gesto!
¡Págame mi dolor!»

Es el optimismo de profeta de Israel, que ve las miserias de los que sufren y que reclama, por eso, de Jehová, dialogando con él, la justicia inmensa sobre la tierra; que no se desespera, que va cantando un himno a la voluntad soberana, que exalta, para levantar el hombre hasta Dios.

«Yo sé que hay una luz que no se apaga», dice Almafuerte en el «Trémolo». Eso es la negación del pesimismo. Lo que hay en sus versos, es el gesto airado del profeta; alguna vez el lamento amargo de Job, y siempre la rebelión judaica que blasfema y vuelve a Jehová.

«Tengo el corazón hecho una llaga,
Como el cuerpo de Job.»

Y otra vez:

«No hagas, solemne Dios, ni un solo gesto
¡Te acuso de crueldad!»

El libro de Job, citado tan frecuentemente por el poeta, es un libro filosófico en el cual se plantea el problema que preocupó intensamente a los judíos. ¿Por qué los buenos sufren si hay un Dios justo? Para los beni-israel no había castigos ni penas de ultratumba: por eso sus profetas pedían la justicia, hoy, en seguida y sobre la tierra.

«Ved aquí, dice Job, que clamaré padeciendo violencia y nadie me oirá; vocearé y no hay quién me haga justicia» (Job, capítulo XIX).

Pero no se resigna; sabe que su esfuerzo vale, y le dice a Dios:

«No me condenes; hazme entender por qué pleiteas conmigo» (Capítulo X-2) «¿Por qué se esconde tu rostro?» (Capítulo X-24.).

Almafuerte es un optimista, como aquel Isaías que también fué poeta, que se indignaba contra la injusticia y rugía entonces como un viejo león, que discutiendo con Jehová concluyó por transformarlo haciéndolo más bueno.


En la «Sombra de la Patria,» clamaba contra la injusticia y rugía entonces tan admirablemente los sentimientos humano y nacionalista, como desmintiendo la afirmación de su crítico que explica tendenciosamente la evolución del poeta; en la «Sombra de la Patria,» está palpitando el pensamiento hebraico.

Almafuerte ve pasar la patria con el corazón oprimido.

Sueltos van los cabellos; en guedejas
por el busto de mármol se derraman
como velo de angustias, o sombría
melena de león. Siniestra, pálida,
desencajado el rostro...

Así la sombra de Italia aparece en el alma dolorida de Leopardi, donde no hay esperanza, que es soberana en el espíritu de nuestro poeta. Así la sombra de Italia: lívida, suelta también la cabellera y arrancado el velo:

Sí che sparte le chiome e senza velo
siede in terra negletta e sconsolata
nascondendo la faccia
tra le ginocchia e piange.

Así Israel «regada en llanto por haber torcido sus caminos,» pasa por el alma ardiente de Jeremías. (Capítulo IV, V 21).

Almafuerte ve cruzar la patria llena de dolor; le parece que se arrastran gloriosas banderas y entonces airado se dirige a Dios, llamándolo siempre Jehová. Jehová no era ya el Dios patriarcal de las tribus semitas, nómadas, era el Dios nacional, el Dios «del pueblo elegido.»

Dice el poeta:

«¿Dónde estás Jehová, dónde te ocultas?
¡Qué! ¿no vuelves tus ojos y la salvas?»

¿Por qué mira caer sobre el pueblo todos los apetitos que carcomen su entraña y no lanza el rayo de su enojo, no descarga su brazo justiciero, no obscurece su cielo y no para sus mundos atónitos, si menester es salvar a su pueblo?

Y agrega:

«¿Oyes la voz de «tu poeta» y callas?
La voz de tu poeta que te clama
La voz de tu poeta que te adora.»

Almafuerte dice: «Tu pueblo,» dirigiéndose a Jehová y en las «Milongas clásicas,» donde canta con hermoso optimismo a nuestra patria, hablándole de nobles ideales, termina con esta estrofa:

«Y Dios al verte dormido
Sobre todo tu progreso
Te dé la paz con su beso.
Como a su «pueblo elegido.»

Almafuerte dice también «tu poeta.» Carlyle afirma que «vate» en lenguas antiguas quiere decir «poeta y profeta.» Si alguien todavía dudara que nuestro gran Almafuerte viene de los libros hebraicos, oiga a los «vigías de Israel.»

Así habla Isaías en los capítulos LXIII, v. 15 y 17 y LXIV, v. 11:

«¿Dónde está tu celo y tu fortaleza, Jehová? ¿Han amenguado acaso? ¿Por qué, oh Jehová, nos has hecho errar tus caminos? ¿Por qué endureciste nuestro corazón? ¡Vuélvete por tu pueblo, por las tribus de tu heredad! La casa de nuestro santuario y de nuestra gloria fué destruida: ¿por qué te detienes? ¿por qué «callas» y nos afliges de esta manera?»

Y así, Jeremías, en el capítulo XIV, versículo 19, preguntando a Jehová por qué no salva a su pueblo:

«¿Has abandonado a Judá? ¿Aborrece tu alma a Sión?»

Almafuerte es un optimista estupendo. De lo más hondo del dolor saca fuerzas. El dolor mismo es su gran fuerza, su acicate. Por eso, lejos de desesperarse como Leopardi, después de hablar a Jehová que calla, sin negarle le abandona y busca los jóvenes que saben de amor heroico para impulsarlos a la lid, a la pasión, a la venganza, ¡pero antes les advierte que si callan, si permanecen quietos en una indiferencia infame deberán arrancarse de los rostros a puñados las mal nacidas barbas, dejando que sus novias escolten la sombra dolorosa de la patria!

El espíritu de este Profeta nuestro es una fragua, cuyos rojos resplandores llegan a todas las almas. Quema pero alumbra. Hay allí una infinita sed de justicia; más que de justicia, de amor y de bondad; un anhelo soberano de ascensión, una eterna rebeldía; una esperanza que no se acaba nunca y muchas maldiciones y blasfemias y cóleras santas que caen como latigazos sobre las espaldas de los poderosos que exprimen y maltratan a la «sudorosa chusma sagrada.»

Y esta alma atormentada por el dolor, el amor y la esperanza, esta alma de titán que pelea con Dios por la causa de los hombres; esta gran alma agitada por todas las pasiones generosas como una selva por todas las tempestades, sólo tuvo dulces vibraciones para la mujer. Allí está el «Cantar de cantares», joya cincelada por manos divinas y que también viene de los libros hebraicos.

Alguna vez, leyendo esos versos, he pensado que el poeta era el pino solitario de Heine que bajo la nieve soñaba con una lánguida, melancólica palmera del Oriente muy lejano... pero se ha dicho que en la lira de Almafuerte faltaba una cuerda, la que hace vibrar la mujer; que el poeta no sintió la emoción amorosa, que no amó nunca; que en sus versos de amor no puso la pasión sino el arte.

Lo niego. En la boca de este león, que es bíblico como el otro, también se ha encontrado la miel.

Hablo de la amada, no de la madre. La madre nunca estuvo más alto que en los versos del poeta, al extremo de que cuando éste resume toda su obra y exalta su orgullo hasta el infinito dice:

«Soy el llanto que rueda sobre lo inmundo,
Yo he nacido, sin duda, para ser madre.»

Hablo de la amada de la cual no siempre se expresa el poeta como en el «Cantar de cantares», dulce, suavemente.

Cuando nos habla de sus desengaños amorosos, la pasión del autor del «Misionero», se desborda.

En «Mancha de tinta», donde las sombras se amontonan, donde el poeta siente la deslealdad, la traición del amigo, del discípulo, que yo sé cómo desgarra el corazón; donde casi llega a perder la esperanza que siempre le alienta, al referirse a la mujer infiel dice en un arrebato:

«Llamé, gemí... ¡No salió!
Aullé como loba hambrienta;
¡En sus puertas de caoba
Grabé con sangre su nombre!»

En «Castigo», expresa, así, soberbiamente su venganza:

«Yo te alcé en mis estrofas, sobre todas
hasta rozar los astros:
¡tócale a mi venganza de poeta
dejarte abandonada en el espacio!»

«Cantar de cantares» está inspirado en las deliciosas páginas bíblicas, y si le falta la voluptuosidad de éstas, puede afirmarse, a pesar de lo sostenido por algún crítico, que en la poesía de Almafuerte hay algo más que respeto por la mujer; hay emoción amorosa.

Habla el cantor bíblico y dice:

«Como manada de cabras que se muestran desde el monte de Galaad son tus cabellos; como un hilo de grana tus labios; como torre de marfil tu cuello; como dos cabritos mellizos de gama que son apacentados entre lirios, tus pechos; panal de miel destilan tus labios; ¡oh, hermosa mía, esposa mía, huerto cerrado, fuente sellada!»

Y Almafuerte canta:

«Como el bíblico poeta,
Como el rey de los proverbios seculares
Que no pasan, que no mueren, ¡yo te canto!»

Y compara, luego, los ojos de su amada con sellos de turquesa; sus hoyuelos le parecen cicatrices de caricias de dos besos fraternales; sus orejas, caracoles nacarados de la playa; sus labios, pétalos de rosa purpurada como sangre; su cuello torrecilla de alabastro cimbradora; sus pechos bloques de azucena.

Y sigue:

«Florecitas de durazno
que la veste de las auras amontona
bajo el cielo de la tarde—tus mejillas;
tus mejillas
de sedosos, inefables terciopelos,
son las flores que un arcángel amontona
bajo el cielo de tus ojos
por los valles de sonrisas y sonrojos
¡que divide tu severa naricita de matrona!»

En esta estrofa hay una honda emoción amorosa. Aquí yo veo una mujer, no la mujer en abstracto, ni el «dolce pensiero» de Leopardi emanado sólo de la idea de mujer.

Almafuerte no fué nunca pesimista, ni sintió ni conoció a los filósofos que a ese respecto sistematizaron, y cometen un error lamentable por incomprensión de su obra, los que le creen inspirado en el hosco alemán para quien la mujer es «la intermediaria del insigne engaño de que es víctima el hombre».

Para Almafuerte existe una luz que nunca se apaga y que alumbra hasta en el calvario; es el ideal, fuerza que impulsa a la ascensión, y alguna vez el poeta confunde ese ideal, esa luz, esa fuerza con la mujer querida:

«Es la lámpara votiva del santuario
que fulgura dulcemente,
¡que derrama dulcemente, tiernamente,
sus bondades luminosas en la cruz de mi calvario!»

¿Y cómo no había de ser así?

¿Acaso es posible realizar alguna gran obra sin amar a una mujer? ¿Acaso se concibe que el hidalgo aquél que «santificara todos los caminos con el paso augusto de su austeridad», hubiera defendido a los débiles y levantado la enseña del ideal, sin su amor a Dulcinea?

Pero dejemos la vida íntima del poeta, que amó—y de eso no hay duda—porque fué caballero de grandes empresas, y, sabido es, pues lo dijo Don Quijote a Vivaldo, que tan propio y natural les es a los tales amar, como al cielo tener estrellas, y que a buen seguro no se habrá visto historia donde se halle caballero andante sin amores...

Un crítico que amaba profundamente al maestro, Más y Pí, respondiendo quizá a una tendencia de su espíritu, al estudiar la evolución del poeta, incurrió en el error de sostener que, fracasado el ideal de patria, surge en Almafuerte el de humanidad, para después llegar al refugio de su reino interior, donde el escepticismo contamina el alma.

Ya hemos visto cómo en el poeta eran compatibles los conceptos de patria y humanidad, así como en los profetas, patriotas austeros que a la vez propagaban un principio de universalidad que fué fecundo en la historia.

Almafuerte no se decepcionó nunca de la patria. La amó entrañablemente y quiso que fuera ejemplo para los demás pueblos. Es original que la refutación a Más y Pí, esté precisamente en un soneto dedicado por el poeta a su crítico, que hoy reposa en el fondo del mar. Dice así:

«En el crestón de peñas submarinas
en que chocó tu frente soberana
un faro se alzará de luz arcana
como una encarnación de tus doctrinas.
¡Él mostrará las rutas argentinas
A la esperanza humana!»

Ya antes, en «Milongas clásicas», le dice al pueblo que no se amontone en las ciudades; que recubra la inmensa extensión de la tierra exuberante. «¡Virgen núbil, que debe encontrar su varón!» Quiere ver trigales y aldeas desparramados por su patria, donde jamás deberá faltar, por sobre todas las cosas, un ideal.

La «Sombra de la Patria», lejos de ser un canto de desesperación, es una llamarada de fe. La escribió en una época política de desorden; pero él sabía que la juventud era la salvación del pueblo, y por eso la invoca en versos lapidarios.

El 90 la juventud cumplió con su deber. A su frente estaba junto a un apóstol de la democracia, la figura noble y caballeresca que preside esta fiesta. Poco después, el mismo Almafuerte empuñaba un fusil para combatir contra los malos gobiernos.

Habíamos decidido ser libres por un hermoso acto de voluntad, y menester era que realizáramos nuestro aprendizaje de libertad. La evolución política es notoria. De la violencia, que caracterizaba los comicios, fuimos al fraude; se pasó de las formas violentas y musculares a las formas astutas e intelectuales. Es la evolución de la criminalidad en general.

Del fraude a la venalidad después. Esta última así repugnante, significaba un adelanto. El pueblo sabía ya que su voto valía algo. Era inmoral, pero era libre.

Y después de la venalidad vino el comicio abierto. Almafuerte, que nunca se decepcionó; que comienza un soneto diciendo: «No te dés por vencido, ni aún vencido», no podía abandonar, como equivocadamente afirmó Más y Pí, su hermoso ideal de patria, que, por otra parte, él conciliaba perfectamente con los ideales humanos de justicia social—y así se explica esa hermosa carta que Almafuerte, el ciudadano, me enviara en 1912 adhiriéndose a mi candidatura a diputado—perdóneseme esta justificada vanidad—carta que con orgullo he colocado a manera de prólogo en un libro que se refiere a mi acción parlamentaria.

En esa esquela Almafuerte habla del «auroral despertamiento que maravillosamente la nueva legislación electoral ha producido».

No mutilemos pues, al poeta. La evolución de su espíritu que señala el crítico, es falsa. Sus ideales no se apagaron nunca, y jamás se encerró en su reino interior sin comunicación con el mundo.

Vivió entre los hombres; amó sus dolores y sus miserias; trabajó por la patria, y en presencia de esta grande colosal conflagración humana, se puso del lado de la justicia, y cantó a Bélgica mártir, incorporándola a la pléyade de los torturados, que él amó tanto. Y antes de morir lanzó su maldición terrible, su anatema, su apóstrofe vibrante, como un profeta, contra el poderoso que violó la justicia y escarneció el derecho.

El pueblo reclama la estatua de Almafuerte.

Levantemos el monumento; rodeémosle de flores, y que, como el sepulcro de Tesco, según nos lo cuenta Plutarco en sus «Vidas paralelas», vayan a él los miserables, los caídos, los débiles, con la esperanza de encontrar consuelo.

ALFREDO L. PALACIOS.