CAPITULO VI

De la no menos extraña que peligrosa batalla que nuestro caballero tuvo con un guarda de un melonar, que él pensaba ser Roldan el Furioso.

Caminaron la via de Çaragoça el buen hidalgo don Quixote y Sancho Pança su escudero, y anduvieron seis dias sin que les sucediese en ellos cosa de notable consideracion, solo que por todos los lugares que pasaban eran en extremo notados, y en cualquier parte daban harto que reir las simplicidades de Sancho Pança y las quimeras de don Quixote; porque se ofreció en Ariza hazer él proprio un cartel y fixarle en un poste de la plaça, diziendo que cualquier caballero natural ó andante que dixese que las mugeres merecian ser amadas de los caballeros, mentia, como él solo se lo haria confesar uno á uno ó diez á diez; bien que merecian ser defendidas y amparadas en sus cuitas, como lo manda el orden de caballeria; pero que en lo demas, que se sirviesen los hombres dellas para la generacion con el vinculo del santo matrimonio, sin mas arrequives de festeos; pues desengañaban bien de cuan gran locura era lo contrario las ingratitudes de la infanta Dulcinea del Toboso; y luego firmaba al pie del cartel: El Caballero Desamorado. Tras este pasaron otros tan apacibles y más estraños cuentos en los demas lugares del camino, hasta que sucedió que llegando él y Sancho cerca de Calatayud, en un lugar que llaman Ateca, á tiro de mosquete de la tierra, yendo platicando los dos sobre lo que pensaba hazer en las justas de Çaragoça, y como desde alli pensaba dar la vuelta á la corte del Rey, y dar en ella á conocer el valor de su persona, volvió la cabeça y vió enmedio de un melonar una cabaña, y junto á ella un hombre que le estaba guardando con un lançon en la mano. Detuvose un poco mirandole de hito á hito; y despues de haber hecho en su fantasia un desvariado discurso, dixo: Detente, Sancho, detente; que si yo no me engaño, esta es una de las más estrañas y nunca vistas aventuras que en los dias de tu vida hayas visto ni oido dezir; porque aquel que alli ves con la lança ó venablo en la mano, es sin duda el señor de Anglante, Orlando el Furioso, que, como se dize en el autentico y verdadero libro que llaman Espejo de caballerias, fue encantado por un moro, y llevado á que guardase y defendiese la entrada de cierto castillo, por ser él el caballero de mayores fuerças del universo; encantandole el moro de suerte, que por ninguna parte puede ser ferido ni muerto, si no es por la planta del pie. Este es aquel furioso Roldan que, de rabia y enojo porque un moro de Agramante llamado Medoro, le robó á Angélica la bella, se tornó loco, arrancando los arboles de raiz; y aun se dize por muy cierto (cosa que yo la creo rebien de sus fuerças) que asió de una pierna á una yegua sobre quien iba un desdichado pastor, y volteandola sobre el braço derecho, la arrojó de sí dos leguas, con otras cosas estrañas, semejantes á esta, que alli se cuentan por muy extenso, donde los podrás tú leer. Asi que, Sancho mio, yo estoy resuelto de no pasar adelante hasta probar con él la ventura; y si fuere tal la mia (que si será, segun el esfuerço de mi persona y ligereza de mi caballo), que yo le venciere y matare, todas las glorias, victorias y buenos sucesos que tuvo, serán sin duda mios, y á mí solo se atribuiran todas las fazañas, vencimientos, muertes de gigantes, desquixaramientos de leones y rompimientos de exercitos que por sola su persona hizo; y si él echó, como se cuenta por verdad, la yegua con el pastor dos leguas, dirá todo el mundo que quien venció á este que tal hazia, bien podrá arrojar á otro pastor como aquel á cuatro leguas: con esto seré nombrado por el mundo y será temido mi nombre; y finalmente, sabiendolo el rey de España, me enviará á llamar y me preguntará punto por punto cómo fue la batalla, que golpes le dí, con que ardides le derribé y con que estratagemas le falseé las tretas para que diesen en vazio; y finalmente, cómo le dí la muerte por la planta del pie con un alfiler de á blanca. Informado su magestad de todo, y dandote á tí por testigo ocular, seré sin duda creido; y llevando, como llevaremos, la cabeça en esas alforjas, el Rey la mirará, y dirá: ¡Ah Roldan, Roldan, y como siendo vos la cabeça de los Doze Pares de Francia habeis hallado vuestro par! No os valió ¡oh fuerte caballero! vuestro encantamiento ni el haber rompido de sola una cuchillada una grandisima peña. ¡Oh Roldan, Roldan, y como de hoy más se lleva la gala y fama el invicto manchego y gran español don Quixote! Asi que, Sancho, no te muevas de aqui hasta que yo haya dado cabo y cima á esta dudosa aventura, matando al señor de Anglante y cortandole la cabeça. Sancho, que habia estado muy atento á lo que su amo dezia, le respondió diziendo: Señor Caballero Desamorado, lo que á mi me parece es que no hay aqui, á lo que yo entiendo, ningun señor de Argante; porque lo que yo alli veo no es sino un hombre que está con un lançon guardando su melonar; que como va por aqui mucha gente á Çaragoça á las fiestas, se le deben de festear por los melones; y asi digo que mi parecer es, no obstante el de v. m., que no alborotemos á quien guarda su hacienda, y guardela muy enhorabuena; que asi hago yo con la mia. ¿Quien le mete á v. m. con Giraldo el Furioso, ni en cortar la cabeça á un pobre melonero? ¿Quiere que despues se sepa, y que luego salga tras nosotros la Santa Hermandad, y nos ahorque y asaetee, y despues eche á galeras por sietecientos años, de donde primero que salgamos ternemos canas en las pantorrillas? Señor don Quixote, ¿no sabe lo que dize el refran, que quien ama el peligro, mal que le pese ha de caer en él? Delo al diablo, y vamos al lugar, que está cerca: cenaremos muy á nuestro plazer, y comerán las cabalgaduras; que á fe que si á Rocinante, que va un poco cabizbaxo, le preguntase donde querria más ir, al meson ó guerrear con el melonero, que dixese que más querria medio celemin de cebada, que cien hanegas de meloneros. Pues si esta bestia, siendo insensitiva, lo dize y se lo ruega, y yo tambien en nombre della y de mi jumento, se lo suplicamos mal y caramente, razon es nos crea; y mire v. m. que por no haber querido muchas vezes tomar mi consejo nos han sucedido algunas desgracias. Lo que podemos her, es: yo llegaré y le compraré un par de melones para cenar; y si él dize que es Gaiteros ó Bradamonte ó esotro demonio que dize, yo soy muy contento que le despanzorremos; si no, dexemosle para quien es, y vamos nosotros á nuestras justas reales. ¡Oh Sancho, Sancho, dixo don Quixote, y que poco sabes de achaque de aventuras! Yo no salí de mi casa sino para ganar honra y fama, para lo cual tenemos ahora ocasion en la mano; y bien sabes que la pintaban los antiguos con copete en la frente y calva de todo el celebro, dandonos con eso á entender que pasada ella, no hay de donde asirla. Yo, Sancho, por todo lo que tú y todo el mundo me dixere, no he de dexar de probar esta empresa, ni de llevar el dia que entrare en Çaragoça, la cabeça de este Roldan en una lança, con una letra debaxo della que diga: «Vencí al vencedor.» Mira pues tú, Sancho, ¡cuanta gloria se me seguirá de esto! pues será ocasion de que en las justas todos me rindan vasallage y se me den por vencidos; con lo cual todos los precios dellas serán sin duda mios. Y asi, Sancho, encomiendame á Dios; que voy á meterme en uno de los mayores peligros que en todos los dias de mi vida me he visto; y si acaso, por ser varios los peligros de la guerra, muriese en esta batalla, llevarme has á San Pedro de Cardeña; que muerto, estando con mi espada en la mano, como el Cid, sentado en una silla, yo fio que si, como á él, algun judio, acaso por hazer burla de mí, quisiere llegarme á las barbas, que mi braço yerto sepa meter mano y tratarle peor que el catolico Campeador trató al que con él hizo lo proprio. ¡Oh señor! respondió Sancho, por el arca de Noe le suplico que no me diga eso de morir; que me haze saltar de los ojos las lagrimas como el puño, y se me haze el coraçon añicos de oirselo, de puro tierno que soy de mio. ¡Desdichada de la madre que me parió! ¿Que haria despues el triste Sancho Pança solo en la tierra agena, cargado de dos bestias, si v. m. muriese en esta batalla? Començó Sancho tras esto á llorar muy de veras, y dezir: ¡Ay de mí, señor don Quixote! ¡nunca yo le hubiera conocido por tan poco! ¿Que haran las donzellas desaguisadas? ¿Quien hará y deshará tuertos? Perdida queda de hoy más toda la nacion manchega; no habrá fruto de caballeros andantes, pues hoy acabó la flor dellos en v. m.; más valiera que nos hubieran muerto ahora un año aquellos desalmados yangüeses, cuando nos molieron las costillas á garrotazos. ¡Ay señor don Quixote! ¡Pobre de mí! ¿y que tengo de her solo y sin v. m.? ¡Ay de mí! Don Quixote lo consoló diziendo: Sancho, no llores; que aun no soy muerto; antes he oido y leido de infinitos caballeros, y principalmente de Amadis de Gaula, que habiendo estado muchas vezes á pique de ser muertos, vivian despues muchos años, y venian á morirse en sus tierras, en casa de sus padres, rodeados de hijos y mugeres. Con todo eso, estese dicho, hagas, si muriere, lo que te digo. Yo lo prometo, señor, dixo Sancho, si Dios le lleva para sí, de llevar á enterrar su cuerpo, no solamente al San Pedro de Cerdeña que dize, sino que aunque me cueste el valor del jumento, le tengo de llevar á enterrar á Constantinopla; y pues va determinado de matar ese melonero, arrojeme acá, antes que parta, su bendicion, y deme la mano para que se la bese; que la mia y la del señor san Cristobal le caiga. Diosela don Quixote con mucho amor, y luego començó á espolear á Rocinante, que de cansado ya no se podia mover. Entrando por el melonar y picando derecho hazia la cabaña donde estaba la guarda, iba dando á cada paso á la maldicion á Rocinante, por ver que cada mata, como era verde, le daba apetito, aunque tenia freno, de probar algunas de sus hojas ó melones, fatigado de la hambre. Cuando el melonero vió que se iba allegando más á él aquella fantasma, sin que reparase en el daño que hazia en las matas y melones, començole á dezir á vozes que se tuviese afuera; si no, que le haria salir con todos los diablos del melonar. No curandose don Quixote de las palabras que el hombre le dezia, iba prosiguiendo su camino; y ya que estuvo dos ó tres picas dél, començó á dezirle, puesta la lança en tierra: Valeroso conde Orlando, cuya fama y cuyos hechos tiene celebrados el famoso y laureado Ariosto, y cuya figura tienen esculpida sus divinos y heroicos versos; hoy es el dia, invencible caballero, en que tengo de probar contigo la fuerça de mis armas y los agudos filos de mi cortadora espada; hoy es el dia, valiente Roldan, en que no te han de valer tus encantamientos ni el ser cabeça de aquellos Doze Pares de cuya nobleza y esfuerço la gran Francia se gloria; que por mi has de ser, si quiere la fortuna, vencido y muerto, y llevada tu soberbia cabeça, ¡oh fuerte frances! en esta lança á Çaragoça. Hoy es el dia en que yo gozaré de todas tus fazañas y vitorias, sin que te pueda valer el fuerte exercito de Carlo-Magno, ni la valentia de Reinaldos de Montalvan, tu primo; ni Montesinos, ni Oliveros, ni el hechicero Malgisi con todos sus encantamientos: vente, vente para mí, que un solo español soy: no vengo, como Bernardo del Carpio y el rey Marsillo de Aragon, con poderoso exercito contra tu persona; solo vengo con mis armas y caballo contra tí, que te tuviste algun tiempo por afrentado de entrar en batalla con diez caballeros solos. Responde, no estés mudo, sube sobre tu caballo, ó vente para mi de la manera que quisieres; mas porque entiendo, segun he leido, que el encantador que aqui te puso no te dió caballo, yo quiero baxar del mio; que no quiero hazer batalla contigo con ventaja alguna. Y baxó en esto del caballo, y viendolo Sancho, començó á dar vozes diziendo: Arremeta, nuesamo, arremeta; que yo estoy aqui rezando por su ayuda, y he prometido una misa á las benditas animas, y otra al señor san Anton, que guarde á v. m. y á Rocinante. El melonero, que vió venir para sí á don Quixote con la lança en la mano y cubierto con el adarga, començole á dezir que se tuviese afuera; si no, que le mataria á pedradas. Como don Quixote prosiguiese adelante, el melonero arrojó su lançon y puso una piedra poco mayor que un huevo en una honda, y dando media vuelta al braço, la despidió como de un trabuco contra don Quixote, el cual la recibió en el adarga; mas falseola facilmente, como era de solo badana y papelones, y dió á nuestro caballero tan terrible golpe en el braço izquierdo, que á no cogelle armado con el braçalete, no fuera mucho quebrarsele; aunque sintió el golpe bravisimamente. Como el melonero vió que todavia porfiaba para acercarsele, puso otra piedra mayor en la honda, y tirola tan derecha y con tanta fuerça, que dió con ella á don Quixote en medio de los pechos, de suerte que á no tener puesto el peto grabado, sin duda se la escondiera en el estomago: con todo, como iba tirada por buen braço, dió con el buen hidalgo de espaldas en tierra, recibiendo una mala y peligrosa caida, y tal, que con el peso de las armas y fuerça del golpe, quedó en el suelo medio aturdido. El melonero, pensando que le habia muerto ó malparado, se fue huyendo al lugar. Sancho, que vió caido á su amo, entendiendo que de aquella pedrada habia acabado don Quixote con todas las aventuras, se fue para él, llevando al jumento del cabestro, lamentandose y diziendo: ¡Oh pobre de mi señor desamorado! ¿No se lo dezia yo, que nos fueramos muy en hora mala al lugar, y no hizieramos batalla con este melonero, que es más luterano que el gigante Golias? Pues ¿como se atrevió á llegarse á él sin caballo, pues sabia en Dios y en su conciencia que no le podia matar sino metiendole una aguja ó alfiler de á blanca por la planta del pie? Llegose en esto á su señor, y preguntole si estaba mal ferido: él respondió que no; pero que aquel soberbio Roldan le habia tirado una gran peña y le habia derribado con ella en tierra; añadiendo: Dame, Sancho, la mano, pues ya he salido con muy cumplida vitoria; que para alcançarla, bastame que mi contrario haya huido de mí y no ha osado aguardarme: al enemigo que huye, hazerle la puente de plata, como dizen. Dexemosle pues ir; que ya vendrá tiempo en que yo le busque, y á pesar suyo acabe la batalla començada: solo me siento en este braço izquierdo mal herido; que aquel furioso Orlando me debió tirar una terrible maça que tenia en la mano; y si no me defendieran mis finas armas, entiendo que me hubiera quebrado el braço. Maça, dixo Sancho, bien sé yo que no la tenia; pero le tiró dos guijarros con la honda, que si con cualquiera dellos le diera sobre la cabeça, sobre mí, que por más que tuviera puesto en ella ese chapitel de plata ó como le llama, hubieramos acabado con el trabajo que habemos de pasar en las justas de Çaragoça; pero agradezca la vida que tiene á un romance que yo le rezé del conde Peranzules, que es cosa muy probada para el dolor de hijada. Dame la mano, Sancho, dixo don Quixote, y entremos un rato á descansar en aquella cabaña, y luego nos iremos, pues el lugar está cerca. Levantose don Quixote tras esto, y quitó el freno á Rocinante, y Sancho quitó la maleta de encima de su jumento, juntamente con la albarda; metiolo todo en la cabaña, quedando Rocinante y el jumento señores absolutos del melonar, del cual cogió Sancho dos melones harto buenos, y con un mal cuchillo que traia los partió y puso encima de la albarda para que comiese don Quixote; si bien él, tras solo cuatro bocados que tomó dellos, mandó á Sancho que los guardase para cenar en el meson á la noche. Pero apenas habia Sancho comido media dozena de rebanadas, cuando el melonero vino con otros tres harto bien dispuestos moços, trayendo cada uno una gentil estaca en la mano; y como vieron el rocin y jumento sueltos, pisando las matas y comiendo los melones, encendidos en colera, entraron en la cabaña, llamandolos ladrones y robadores de la hacienda agena, acompañando estos requiebros con media dozena de palos que les dieron muy bien dados, antes que se pudiesen levantar; y á don Quixote, que por su desgracia se habia quitado el morrion, le dieron tres ó cuatro en la cabeça, con que le dexaron medio aturdido, y aun muy bien descalabrado; pero Sancho lo pasó peor; que como no tenia reparo de coselete, no se le perdió garrotazo en costillas, braços y cabeça, quedando tambien aturdido como lo quedaba su amo. Los hombres, sin curar dellos, se llevaron al lugar en prendas el rocin y jumento por el daño que habian hecho. De alli á un buen rato, vuelto Sancho en sí, y viendo el estado en que sus cosas estaban, y que le dolian las costillas y braços de suerte que casi no se podia levantar, començó á llamar á don Quixote, diziendo: ¡Ah señor caballero andante (andado se vea él con todos cuantos diablos hay en los infiernos)! ¿parecele que quedamos buenos? ¿Es este el triunfo con que habemos de entrar en las justas de Çaragoça? ¿Que es de la cabeça de Roldan el encantado, que hemos de llevar espetada en lança? Los diablos le espeten en un asador, ¡plegue á santa Apolonia! Estoyle diziendo sietecientas vezes que no nos metamos en estas batallas impertinentes, sino que vamos nuestro camino sin hazer mal á nadie, y no hay remedio. Pues tomese esos peruetanos que le han venido, y aun plegue á Dios, si aqui estamos mucho, no vengan otra media dozena dellos á acabar la batalla que los primeros començaron. Alzese, pesia á las herraduras del caballo de san Martin, y mire que tiene la cabeça llena de chichones, y le corre la sangre por la cara abaxo, siendo ahora de veras el de la Triste Figura, por sus bien merecidos disparates. Don Quixote, volviendo en sí y sosegandose un poco, començó á dezir:

Rey don Sancho, rey don Sancho

No dirás que no te aviso

Que del cerco de Zamora

Un traidor habia salido.

¡Mal haya el anima del Anticristo! dixo Sancho: estamos con las nuestras en los dientes, ¡y ahora se pone muy de espacio al romance del rey don Sancho! Vamonos de aqui, por las entrañas de todo nuestro linage, y curemonos; que estos Barrabases de Gaiteros, ó quien son, nos han molido más que sal, y á mí me han dexado los braços de suerte, que no los puedo levantar á la cabeça. ¡Oh buen escudero y amigo! respondió don Quixote, has de saber que el traidor que desta suerte me ha puesto es Bellido de Olfos, hijo de Olfos Bellido.—¡Oh, reniego de ese Bellido ó bellaco de Olfos, y aun de quien nos metió en este melonar!—Este traidor, dixo don Quixote, saliendo conmigo mano á mano, camino de Zamora, mientras que yo me baxé de mi caballo para proveerme detrás de unas mantas; este alevoso, digo, de Bellido, me tiró un venablo á traicion, y me ha puesto de la suerte que ves: por tanto ¡oh fiel vasallo! conviene mucho que tú subas en un poderoso caballo, llamandote don Diego Ordoñez de Lara, y que vayas á Zamora, y en llegando junto á la muralla, verás entre dos almenas el buen viejo Arias Gonzalo, ante quien retarás á toda la ciudad, torres, cimientos, almenas, hombres, niños y mugeres, el pan que comen y el agua que beben, con todos los demas retos con que el hijo de don Bermudo retó á dicha ciudad, y matarás á los hijos de Arias Gonzalo, Pedro Arias y los demas. ¡Cuerpo de san Quintin! dixo Sancho: si v. m. ve cuales nos han puesto cuatro meloneros, ¿para que diablos quiere que vamos á Zamora á desafiar toda una ciudad tan principal como aquella? ¿Quiere que salgan della cinco ó seis millones de hombres á caballo y acaben con nuestras vidas, sin que gozemos de los premios de las reales justas de Çaragoça? Deme la mano y levantese, y iremos al lugar que está cerca, para que nos curen y á v. m. le tomen esa sangre. Levantose don Quixote, aunque con harto trabajo, y salieron los dos fuera de la cabaña; pero cuando no vieron el Rocinante ni el jumento, fue grandisimo el sentimiento que don Quixote hizo por él; y Sancho, dando vueltas alrededor de la cabaña buscando su asno, dezia llorando: ¡Ay asno de mi anima! ¿y que pecados has hecho para que te hayan llevado de delante de mis ojos? Tú eres la lumbre dellos, asno de mis entrañas, espejo en que yo me miraba; ¿quien te me ha llevado? ¡Ay jumento mio, que por tí solo y por tu pico podias ser rey de todos los asnos del mundo! ¿á donde hallaré yo otro tan hombre de bien como tú? Alivio de mis trabajos, consuelo de mis tribulaciones, tú solo me entendias los pensamientos, y yo á tí, como si fuera tu propio hermano de leche. ¡Ay, asno mio!, y como tengo en la memoria que cuando te iba á echar de comer á la caballeriza, en viendo cerner la cebada, rebuznabas y reias con una gracia como si fueras persona; y cuando respirabas hazia dentro, dabas un gracioso silbo, respondiendo por el organo trasero con un gamaut, que ¡mal año para la guitarra del barbero de mi lugar que mejor musica haga cuando canta el pasacalle de noche! Don Quixote le consoló diziendo: Sancho, no te aflijas tanto por tu jumento; que yo he perdido el mejor caballo del mundo; pero sufro y disimulo hasta que le halle, porque le pienso buscar por toda la redondez del universo. ¡Oh señor! dixo Sancho: ¿no quiere que me lamente, ¡pecador de mí! si me dixeron en nuestro lugar que este mi asno era pariente muy cercano de aquel gran retorico asno de Balan, que buen siglo haya? Y bien se ha echado de ver en el valor que ha mostrado en esta reñida batalla que con los más soberbios meloneros del mundo habemos tenido. Sancho, dixo don Quixote, para lo pasado no hay poder alguno, segun dize Aristoteles; y asi lo que por ahora puedes hazer, es tomar esta maleta debaxo del braço, y llevar esta albarda á cuestas hasta el lugar, y alli nos informaremos de todo lo que nos fuere necesario para hallar nuestras bestias. Sea como v. m. mandare, dixo Sancho tomando la maleta y diziendo á don Quixote que le echase la albarda encima. Mira, Sancho, replicó él, si la podrás llevar; si no, lleva primero la maleta, y luego volverás por ella. Si podré, dixo Sancho; que no es esta la primera albarda que he llevado á cuestas en esta vida. Pusosela encima; y como el ataharre le viniese junto á la boca, dixo á don Quixote que se la echase tras de la cabeça, porque le olia á paja mal mascada.