CAPITULO XII
Como don Quixote y don Alvaro Tarfe fueron convidados á cenar con el juez que en la sortija les convidó, y de la estraña y jamas pensada aventura que en la sala se ofreció aquella noche á nuestro valeroso hidalgo.
Acabada de jugar la sortija y de haber corrido en ella los caballeros de dos en dos delante de toda la ciudad, desocuparon todos sus puestos, volviendose á sus casas, por venir la noche. Para hazer pues lo mesmo, don Alvaro asió de la mano á don Quixote, diziendole: Vamos, mi señor don Quixote, á dar un par de vueltas por esas calles mientras se haze hora de acudir á cenar con el señor que v. m. sabe que como juez liberalisimo nos ha convidado esta noche. Vamos, dixo don Quixote, donde v. m. mandare. Y sin que hubiese remedio con él de que diera la adarga y lançon á un paje, para que, como don Alvaro queria, lo llevase á su casa, se fue con todo este carruage acompañandole. Llegaron á muy buena hora á la noble casa del huesped que los habia convidado á cenar; y tomando en el çaguan un paje suyo la lança y adarga de don Quixote, se apearon y subieron al punto al aposento de don Carlos, que asi se llamaba el juez, el cual se levantó, con otros caballeros amigos que tenia tambien convidados, para ir á abraçar á don Quixote, como lo hizo, diziendole: Bien sea venido el señor caballero andante, y con la salud que todos deseamos, como lo hazemos tambien que para mayor alivio del trabajo pasado, se quite v. m. las armas, pues está en parte segura y entre amigos que desean servir á v. m. y aprender de su valor todo buen orden de milicia; que creo lo habemos bien menester, segun lo mal que los caballeros lo han hecho en la sortija; que si v. m. no remediara sus faltas, quedaran las fiestas harto frias. Don Quixote le respondió: Señor don Carlos, yo no tengo por costumbre, en ninguna parte que vaya, sea de amigos ó enemigos, quitarme las armas, por dos razones. La primera, porque trayendolas siempre puestas, se haze el hombre á ellas; que como dizen los filosofos, ab assuetis non fit passio; pues la costumbre, como v. m. sabe, convierte las cosas en naturaleza, con que ningun trabajo hay que dé pesadumbre. La segunda, porque no sabe el hombre de quien se ha de fiar ni lo que le puede acontecer, por ser varios los sucesos de la guerra; y me acuerdo haber leido en el autentico libro de las hazañas de don Belianis de Grecia, que yendo él y otro caballero armados de todas pieças, perdidos por un bosque, llegaron á cierto prado donde hallaron diez ó doze salvages que estaban asando un venado, los cuales por señas les convidaron á comer dél. Los caballeros, que llevaban no poca necesidad y hambre, viendo la humanidad que mostraban aquellos barbaros, baxaron de los caballos, quitandoles los frenos para que paciesen; pero ellos no se quisieron quitar las celadas, sino, levantadas un poco las viseras, sentados en las yerbas, comieron de una pierna del venado que los salvages les pusieron delante; y apenas hubieron comido media dozena de bocados, cuando, concertados entre si, en lenguage que no entendieron los forasteros, llegando pasito por detras dos de ellos con dos maças, á un tiempo les dieron tan fuertemente sobre las cabeças, que á no llevar puestas las celadas, fueran sin duda fatal sustento de aquellos barbaros: con todo, cayeron en tierra aturdidos, y ellos con grande algazara començaron á desarmarlos; pero como no sabian de aquel menester, no hazian sino revolverlos por aquel prado acá y acullá: de suerte que dandoles un poco el viento, y viendo el triste estado en que sus cosas estaban, se levantaron muy ligeramente, y metiendo mano en sus ricas espadas, començaron á dar tras los salvages como en real de enemigos, sin dar reves con que no hiziesen de un salvage dos, por estar desnudos. Dezia esto don Quixote con tanta colera, que metiendo él tambien mano en su espada, prosiguió diziendo: Dando aqui tajos, acullá cuchilladas, aqui partian uno hasta los pechos, alli dexaban otro en un pie como grulla, hasta que mataron la mayor parte dellos. Don Carlos le hizo envainar, riendo con aquellos caballeros de la colera que habia tomado contra los salvages, pues parecia que los tenia delante; y asiendole por la mano y entrandole en otra sala, hallaron puestas las mesas para cenar; donde volviendo la cabeça don Carlos, dixo á un paje suyo de los que alli estaban: Id volando á la posada del señor don Alvaro, pues ya sabeis, y llamad al escudero del señor don Quixote, Sancho Pança, diziendole que su amo le manda se venga luego con vos, que tambien está convidado; y no vengais sin él de ninguna suerte. Tomó el paje la capa, fue por él al momento, y hallandole en la cocina con el cocinero, á quien con mucha melancolia estaba contando la desgracia del hurto de las preciosas agujetas, le dixo: Señor Sancho, v. m. se venga conmigo al instante, porque el señor don Quixote le llama, viendo que mi señor don Carlos no se quiere asentar á la mesa con los convidados hasta verle á v. m. en la sala. Señor paje, respondió con mucha flema Sancho, v. m. podrá dezir á esos señores que les beso las manos, y que no estoy en casa, y que por esto no voy, y porque ando por la plaça buscando un cierto negocio de importancia que se me ha perdido; pero que si Dios me alumbra con bien para que lo halle, les doy palabra de ir luego. Eso no, dixo el paje: v. m. ha de venir conmigo; que asi me lo han mandado, porque es tambien convidado á la cena. Hablara yo para mañana, respondió Sancho; que siendo asi, claro está que iré de muy rebuena gana al punto; y á fe que me coge en tiempo que no tengo muy mala disposicion, porque há más de tres horas que no ha entrado en mi cuerpo cosa alguna, sino es un platillo de carne fiambre y un panecillo que me dió aqui el señor cocinero, que Dios guarde, con que me tornó el alma al cuerpo. Pero vamos; que no quiero hazer falta ni que me tengan por descuidado. Fueronse ambos en diziendo esto, despidiendose primero del cocinero. Llegaron á la sala donde estaban ya cenando, don Carlos á la cabeçera con don Quixote á su lado, y los demas caballeros por su orden, que serian más de veinte. Llegó Sancho junto á su amo, y quitandose la caperuça con entrambas manos, haziendo una gran reverencia, dixo: Buenas noches dé Dios á vs. ms. y los tenga en su santa gloria. ¡Oh Sancho, dixo don Carlos, seais bien venido! Pero, ¿como dezis que Dios nos tenga en su santa gloria, pues aun no somos muertos, si no es que estos caballeros lo estén de hambre, segun es la cena poca? aunque si es asi, su falta suplirá mi voluntad, que es mucha. Mi señor, dixo Sancho, como para mí no hay otra gloria sino cuando está la mesa puesta, tengola grande viendo sobre esta tantos platos llenos de avestruzes y carne y de pastel en botes, que no puedo tragar la saliva de contento. Tomó don Alvaro Tarfe en esto un melon que estaba en la mesa, y le dió á Sancho diziendo: Probad, Sancho, este melon, y si sale bueno, yo os daré su peso de carne de la deste plato. Dabale con él un cuchillo para que le hiziese la cala, y él dixo que no le habia ido bien en el melonar de Ateca en partir con cuchillo los melones, y que asi le partiria, con su licencia, como los partia en su tierra; y diziendo esto le dexó caer de golpe en el suelo, y luego le levantó hecho cuatro pieças diziendo: Hele aqui partido de una vez á v. m., sin andar hendo rebanadicas con el cuchillo. A fe, Sancho, dixo don Carlos, que sois curioso, y me huelgo de vuestra discrecion pues hazeis de una vez lo que otros no hizieran de ocho. Tomad; que por mi os habeis de comer este capon (esto dixo dandole uno famoso que habia en un plato), que me dizen que para hazello os ha dado Dios particular gracia. La santa Trinidad se lo pague á v. m., replicó Sancho, cuando deste mundo vaya. Tomó el capon, el cual estaba ya partido por sus junturas, y espetosele casi invisiblemente. Viendo la sutileza de sus dientes, los pajes dieron en vaziarle en la caperuça cuantos platos alcançaban de la mesa, con lo cual se puso en breve rato Sancho hecho una trompa de Paris; pero don Carlos, tomando un gran plato de albondiguillas, dixo: ¿Atreveros heis, Sancho, á comer dos dozenas de albondiguillas si estuviesen bien guisadas? No sé, respondió Sancho, que cosas son alhondiguillas; alhondigas sí, que las hay en mi pueblo; pero no son esas de comer, sino el trigo que está dentro, despues de amasado. No son sino estas pelotillas de carne, dixo don Carlos dandole el plato, el cual tomó Sancho, y una á una, como quien come un racimo de uvas, se las metió entre pecho y espalda, con harta maravilla de los que su buena disposicion veian; y en acabando de comerlas dixo: ¡Oh hi de puta, traidores, y que bien me han sabido! Pardiez que pueden ser pelotillas con que juegen los niños del limbo: á fe que si torno á mi lugar, que en un huerto que tengo junto á mi casa he de sembrar por lo menos un celemin dellas, porque sé que no se siembran en todo el Argamesilla; y aun podrá ser, si el año se acierta, que los regidores me las pongan á ocho maravedis la libra; y si es asi, no seran oidas ni vistas. Dezia esto Sancho tan sencillamente, como si en realidad de verdad fuera cosa que se pudiera sembrar; y viendo que todos se reian, dixo: Solo un desconveniente hallo yo en sembrar estas, y es, que como soy de mi naturaleza aficionado á ellas, me las comeria antes que llegasen á madurar, si no es que mi muger me pusiese algun espantajo para que no llegase á ellas, y aun Dios y ayuda que bastase. ¿Casado sois, Sancho, dixo don Carlos, segun eso? Para servir á v. m., con mi muger lo soy, replicó Sancho, la cual le besa muchas vezes las manos por la merced que me haze. Rieron todos de la respuesta, y preguntole de nuevo don Carlos si era hermosa; á lo cual respondió: ¡Y como, cuerpo de san Ciruelo, si es hermosa! Ello es verdad que, si bien me acuerdo, hará por estas yerbas que vienen cincuenta y tres años, y está un poco la cara prieta de andar al sol, con tres dientes que le faltan arriba y dos muelas abaxo; más con todo eso no hay Aristoteles que le llegue al çapato; solo tiene que en llegando á su poder los dos ó tres cuartos, luego los deposita en casa de Juan Perez, tabernero de mi lugar, para llevallos despues de agua de cepas en un jarro grande que tenemos, desbocado de puro boquearle ella con la boca. Vuestra muger buena bebedora, dixo don Carlos, y vos siempre con buena disposicion de comer, hareis muy buenos casados. Y alargando la mano tras esto á un plato grande que tenia seis pellas de manjar blanco, le dixo: ¿Habeis dexado, Sancho, algun rincon desembarazado para comer estas seis pellas? que segun habeis comido, no tendreis apetito dellas. Beso á v. m. las manos, dixo Sancho alargando las suyas y tomandolas, por la que me haze; y fie de mí que me las comeré, siendo Dios servido y su bendita Madre. Y apartandose á un lado, se comió las cuatro con tanta prisa y gusto, como dieron señales dello las barbas, que quedaron no poco enjalbegadas del manjar blanco: las otras dos que dél le quedaban se las metió en el seno con intencion de guardarlas para la mañana. Acabada la cena, se sentaron todos, quitadas las mesas, por su orden alrededor de la sala, y don Alvaro Tarfe y don Quixote á la mano izquierda de don Carlos, que hizo sentar á sus pies á Sancho Pança. A la que platicaban don Alvaro con don Quixote (haziendole dezir mil dislates, por lo que en la cena habia estado mudo, parte por dar lugar á que gustasen de Sancho los convidados, y parte por las quimeras que revolvia en su entendimiento sobre la vengança que seria bien tomase de la sabia Urganda, que tan en publico le habia desfavorecido, cerrandole la ventana sin aceptar las preciosas agujetas que le presentaba), y don Carlos con Sancho Pança, y los demas caballeros entre sí, entraron por la sala dos extremados musicos con sus instrumentos, y un moço que traian los representantes, gallardo çapateador. Cantaron muchas muy buenas letras y tonos los musicos, y despues çapateó y volteó el moço por extremo; y mientras lo iba haziendo, baxó don Carlos la cabeça y preguntó á Sancho de manera que todos lo pudieron oir, si se atreveria á dar algunas vueltas de las que aquel moço daba; el cual respondió bosteçando y haziendose la cruz con el dedo pulgar en la boca, porque le cargaba el sueño con la mucha cena: Pardiobre, señor, que voltearia yo lindisimamente, recostado ahora sobre dos ó tres jalmas: este diablo de hombre no debe de tener tripas ni asadura, pues tan ligero salta; y si está hueco de por dentro, no hay más que meterle una candela encendida por el organo trasero y servirá de linterna. En esto llamó don Carlos á un paje, y le habló al oido, diziendo: Andad y dezid al secretario que ya es hora. Hase de advertir que entre don Alvaro Tarfe, don Carlos y el mismo secretario habia concierto hecho de traer aquella noche á la sala uno de los gigantes que sacan en Çaragoça el dia de Corpus en la procesion, que son de más de tres varas en alto; y con serlo tanto, con cierta invencion los trae un hombre solo sobre los hombros. Pues estando la gente, como he dicho, en la sala, en recebiendo el recado de don Carlos el secretario, entró con el gigante por un cabo della, que de proposito estaba ya sin luz, y encima de la puerta por donde entró estaba en lo alto, junto al techo, una ventana pequeña á modo de claraboya, que venia á dar en la cabeça del mismo gigante, por ser de su misma altura, y por la cual, arrimado á ella, habia, sin ser visto, de hablar el secretario, que en sacando y poniendo en dicho puesto al que traia sobre sus hombros dicho gigante, se volvió á entrar para ponerse en dicha ventanilla. A la vista primera que todos tuvieron del gigante, hizieron de industria como que se alborotaban, poniendo las manos sobre las guarniciones de las espadas; mas don Quixote se levantó diciendo: Las vs. ms. se sosieguen; que esto no es nada, y yo solo sé que cosa puede ser; que destas aventuras cada dia sucedian en casa de los emperadores antiguos: sientense todos, digo, y veremos lo que este gigante quiere, y conforme á ello se le dará la respuesta. Todos se asentaron; y el secretario, que era un hombre muy discreto y estaba bien enseñado de lo que habia de hazer, cuando vió toda la gente sosegada, començó á dezir en voz alta: ¿Quien de vosotros aqui es el Caballero Desamorado? Todos callaron, y don Quixote con una voz muy reposada le respondió, diziendo: Soberbio y descomunal gigante, yo soy ese por quien preguntas. Gracias doy, dixo el secretario, hablando desde lo alto, metida la cabeça dentro del hueco de la del gigante, á los dioses inmortales, y principalmente al gran Marte, que lo es de las batallas, pues al cabo de tan largo camino y de tantos trabajos he venido á hallar en esta ciudad lo que con tanta solicitud mil dias ha que ando buscando, que es el Caballero Desamorado. Sabed, principes y caballeros que en este vuestro real palacio os habeis juntado, que soy yo, si nunca le oistes dezir, Bramidan de Tajayunque, rey de Chipre, el cual reino gané por sola mi persona, quitandosele á su legitimo señor y aplicandomele á mí, como quien mejor que él le merecia; y llegando en dicho mi reino á mis oidos las nuevas de las inauditas fazañas y estrañas aventuras del principe don Quixote de la Mancha, llamado por otro nombre el de la Triste Figura ó Desamorado; sintiendo por gran mengua mia que haya en toda la redondez de la tierra quien á mi valor y fortaleça iguale, he dexado mi reino, pasando por otros muchos estraños á pesar de los que los gobernaban, buscando, inquiriendo y preguntando, con asombro y miedo de cuantos me veian, adonde ó en que reino ó provincia estaria dicho caballero, que tanta fama tenia por todo el mundo; porque, como es verdad y no lo puedo negar, por do quiera que he pasado no se trata ni se habla otra cosa en las plaças, templos, calles, hornos, tabernas y caballerizas, hoy, sino de don Quixote de la Mancha. Yo pues, como digo, estimulado de la invidia de tantas hazañas tuyas, ¡oh gran don Quixote! he venido á buscarte solamente para dos cosas: la primera, para hazer batalla contigo, y quitarte la cabeça y llevarla á Chipre para ponerla en la puerta de mi real palacio, haziendome con esto señor de todas las vitorias que has habido con tantos gigantes y jayanes, para que acabe el mundo de entender que yo solo soy sin segundo y solo quien merece ser alabado, estimado, honrado y nombrado en todos los reinos del universo por más bravo, más valiente y de mayor fama que tú y cuantos antes de ti fueron y despues de ti seran. Por tanto, si te quieres excusar del trabajo de entrar conmigo en batalla, manda luego á la hora, sin excusa ninguna, darme tu cabeça para que la lleve en mi lança, y quedate á la buena ventura. La segunda cosa á que vengo es, que tambien he oido dezir como tiene don Carlos, dueño deste fuerte alcazar, una hermana de quinze años, de peregrina hermosura y gracia, la cual quiero y es mi voluntad que juntamente con tu cabeça se me dé al punto, para que me la lleve á Chipre y la tenga por mi amiga todo el tiempo que me pareciere, pues dello le resultará sobrada honra; y si no lo quisiere hazer, le desafio y reto á él y á todo el reino de Aragon junto, y á cuantos aragoneses, catalanes y valencianos hay en su corona, que salgan contra mí á pie ó á caballo; que á la puerta deste gran palacio tengo mis fortisimas y encantadas armas, las cuales tiran de un carro seis pares de robustisimos bueyes de Palestina; porque mi lança es una entena de un navio, mi celada iguala en grandeza al chapitel del campanario del gran templo de Santa Sofia de Constantinopla, y mi escudo á una rueda de molino. Responde pues luego á todo, tú, el Desamorado Caballero; porque estoy de prisa y tengo mucho que hazer, y hago falta en mi reino. Calló en esto el gigante, y todos los que la maraña sabian disimularon cuanto pudieron, aguardando á ver lo que don Quixote responderia al gigante. El cual, levantandose de su asiento, hincó las rodillas en tierra delante de don Carlos, diziendole: Soberano emperador Trebacio de Grecia, la vuestra magestad sea servida, pues me habeis acetado en este vuestro imperio por hijo, de me dar licencia de hablar y responder por todos á esta endiablada bestia, particularmente por vos y por todo este nobilisimo reino, para que asi pueda mejor despues darle el castigo que sus blasfemias y sacrilegas palabras merecen. Don Carlos, mordiendose los labios de risa y disimulando cuanto pudo, le echó los braços al cuello y le levantó diziendo: Soberano principe de la Mancha, esta causa no solamente es mia, sino tambien vuestra; pero yo he cobrado tan gran temor al gigante Bramidan de Tajayunque, que el coraçon se me quiere saltar del cuerpo; y asi digo que, si á vos os parece, será bueno, para librarnos de la universal perdicion que nos amenaza, concederle las dos cosas que nos pide; y es que vos le deis vuestra cabeça: que ya yo de mi parte estoy dispuesto, más por fuerça que por grado, de darle tambien á mi bella hermana Lucrecia; y que se vaya con todos los diablos antes que haga mayores males; y aunque este es mi voto, con todo dexo al vuestro la resolucion del caso; y asi, conforme á él dadle, amado principe, la respuesta que os pareciere, pues será la más acertada. Sancho, que habia cobrado grandisimo temor al gigante, como oyó lo que don Carlos habia dicho á su amo, le dixo hecho ojos: Ea, mi señor don Quixote, por los quinze auxiliadores, de quien es Miguel Aguileldo, sacristan de la Argamesilla, que es muy devoto, le suplico haga lo que el señor don Carlos le dize. ¿Para que quiere hazer batalla con este gigante? que dizen dél que parte por medio una yunque mayor que la del herrero de nuestro lugar; que por eso refieren graves autores se llama Tajayunque; y más, que, segun él dize, y lo creo (porque tan gran hombre de bien no dirá una cosa por otra), trae una rueda de molino por escudo: délo, pues esto es asi, á los satanases, y despachemosle con lo que pide de una vez, y no perdamos más tiempo con él ni demos que reir al diablo. Don Quixote le dió un puntillon terrible en las nalgas, diziendo: ¡Oh villano, sandio y soez, harto de ajos desde la cuna! ¿y quien te mete á tí en lo que no te va ni te viene? Y poniendose en medio de la sala frontero del gigante, le dixo con voz grave desta manera: Soberbio gigante Bramidan de Tajayunque, con atencion he escuchado tus arrogantes palabras, de las cuales entiendo tus locos y desvariados deseos; y ya hubieras llevado el pago dellas y dellos antes que desta real sala salieras, si no fuera porque guardo el debido respeto al emperador y principes que presentes estan, y porque quiero darte el castigo merecido en publica plaça delante de todo el mundo, y porque sirva de escarmiento para que otros tales como tú no se atrevan de aqui adelante á semejantes disparates y locuras: con que respondiendo ahora á tus demandas, digo que aceto la batalla que pides, señalando por puesto della, para mañana despues de comer, la ancha plaça que en esta ciudad llaman del Pilar, por estar en ella el sacro templo y dichoso santuario que es felicisimo deposito del pilar divino sobre quien la Virgen benditisima habló y consoló en vida á su sobrino y gran patron de nuestra España el apostol Santiago. Era esta plaça pues podras salir con las armas que quisieres, seguro de que si tú tienes por escudo una rueda de molino, yo tengo una adarga de Fez que no le haze ventaja la mesma rueda de la fortuna; y en cambio de la cabeça que me pides, juro y prometo de no comer pan en manteles ni holgarme con la reina (y en suma juro todos los demas juramentos que en semejantes trances suelen jurar los verdaderos caballeros andantes, cuya lista hallaras en la historia que refiere el amargo llanto que se hizo sobre el malogrado Baldovinos) hasta cortarte la tuya y ponerla sobre la puerta deste gran palacio del Emperador mi señor y padre. ¡Oh dioses immortales! dixo el secretario con voz gruesa y tremenda, ¿y como consentis que semejantes afrentas me diga un hombre solo, sin que le haga y convierta luego mi colera en albondiguillas? Yo juro por el orden de secretario que recebí, de no comer pan en el suelo ni folgar con la reina de espadas, copas, bastos ni oros, ni dormir sobre la punta de mi espada, hasta tomar tan sanguinolenta vengança del principe don Quixote de la Mancha, que los braços le queden colgados de los hombros, y las piernas y muslos asidos á las caderas, y la cabeça se le ande á todas partes, y la boca, á pesar de cuantos ni han nacido ni han de nacer, le ha de quedar debaxo de las narizes. Aturdido Sancho del tropel de tan graves amenazas y execraciones, se levantó del suelo donde estaba asentado, y poniendose entre don Quixote y el gigante, quitandose primero la caperuça con ambas manos, le dixo con mucha cortesia. ¡Ah señor Bramidan de Parteyunques! no, por la pasion que Dios pasó, no le haga tanto mal á mi amo, que es hombre de bien y no quiere her batalla con v. m., porque no está hecho á hazerla con semejantes Comeyunques: traigale v. m. media dozena de meloneros; que á fe que con ellos se entienda él lindisimamente; y aun con todo es menester el favor del señor san Roque, abogado de la pestilencia. El gigante, sin hazer caso de lo que Sancho dezia, sacó un guante de dos pellejos de cabrito, que traia ya hecho para aquel efeto, y dixo arrojandole á don Quixote: Levanta caballero cobarde, ese mi estrecho y pequeño guante en señal y gaje de que mañana te espero en la plaça que dixiste, despues de comer. Y con esto volvió las espaldas por la puerta que habia entrado. Don Quixote alçó el guante, que era sin duda de tres palmos, y diosele á Sancho, diziendo: Toma, Sancho, guarda ese guante de Bramidan hasta mañana despues de comer; que verás maravillas. Tomole Sancho, y santiguandose dixo: ¡Valgate el diablo por Balandran de Tragayunques ó como es tu gracia, y que terribles manos que tienes! ¡Oh hi de puta, traidor, el bellaco que le esperase un bofeton! A fe, señor, que tenemos bien en que entender con este demonio, segun es de grande y despavorido; y acuerdese lleva jurado le ha de hazer como aquellas albondiguillas que comimos esta noche. Pero v. m., antes que llegue ese tiempo, hagale á él pellas de manjar blanco; que tambien las hemos cenado, y me saben bien, y aun yo tengo dos dellas en el seno para un menester. En esto se levantó don Carlos de la silla, mandando encender hachas para acompañar con ellas aquellos caballeros á sus casas, y por ser tarde, se despidió dellos y de don Quixote y de don Alvaro, que asiendole de la mano, se le llevó, juntamente con Sancho Pança, á su casa, adonde el buen hidalgo pasó una de las peores noches que jamas habia pasado, pensando en la peligrosa batalla en que otro dia habia de entrar con aquel desproporcionado gigante, que él imaginaba ser verdadero rey de Chipre, como él mismo habia dicho.
Aqui da fin la quinta parte del ingenioso hidalgo
don Quixote de la Mancha
SEXTA PARTE DEL INGENIOSO
HIDALGO DON QUIXOTE DE LA MANCHA