CAPITULO XIX

Del suceso que tuvieron los Felizes Amantes hasta llegar á su amada patria[20].

No se fue don Gregorio á Merida, como habia prometido al caballero y á doña Luisa, sino á Madrid, donde por la babilonia de la corte facilmente se encubre y disimula cualquier desdichado; y como él lo era tanto, vino á parar con toda su nobleza en servir á un caballero de habito, mudado el nombre, sin acordarse más de su dama que si jamas la hubiera visto, la cual le pagó con la mesma moneda á los primeros dias de su ausencia, empleandolos todos en nuevos gustos y en tratar de estafar á cuantos podia, teniendo por blanco solo el interes; pero conociendo todos el suyo, començaron á hazer alto, divulgandose entre ellos la baxa ley y libertad de la forastera; por lo cual, viendose sin muñidores, y sobre todo, viendo que le hazia algunos malos tratamientos el administrador, enfadado de su ingratitud y disolucion, cayó en la cuenta del peligro en que estaba su alma y cuerpo. Advirtió tambien luego como, habiendo tantos dias que don Gregorio faltaba, jamas le habia escrito, siendole facil el hazerlo estando en Merida, por la vecindad, y forçoso el procurarlo por las obligaciones que le tenia, si como hombre, en fin, no hubiera mudado de intento y dexadola, como lo tenia por sin duda lo habia hecho. Començó á cavar en la consideracion de su mal estado tras esto, y Dios á obrar secretamente en su conocimiento, como aquel que la queria dexar por exemplo de penitentes y de lo que con su divina misericordia puede la intercesion de su electisima Madre, y finalmente, de lo que á ella la obligan los devotos de su santisimo rosario con la frecuentacion de tan eficaz y facil devocion; que se encendió de suerte su espiritu en amor y temor de Dios, que empezó á deshazerse en lagrimas, apesarada de las ofensas cometidas contra su Magestad, confusa por no saber como ni en quien hallar remedio ni consejo; que tan cargada estaba de desatinos. Advirtieron su llanto algunos de sus galanes, y deseando enxugarsele, le preguntaban la causa con gran cuidado y deseo de saberla; pero era en vano, porque ya aspiraba la reconocida señora á superior consuelo; y asi, despidiendoles lo mejor que pudo (que no le fue facil, por ser las arremetidas de los amartelados más fogosas en prosecucion de lo que despues de amado han procurado dexar, y más si ven desvio en el gusto), propuso, alumbrada de Dios, volverse á su ciudad y presentarse en ella secretamente á un caballero deudo suyo, y descubrirle todo el suceso de su vida, con fin de que él la ayudase á ir sin ser conocida, á Roma, á procurar alli, echada á los pies de Su Santidad, algun modo para volver á su monesterio ó á otro cualquiera de su misma orden, con fin de tener donde enmendar, como deseaba, la infernal vida que hasta entonzes habia tenido. Con este pensamiento, y encomendandose de coraçon á Maria sacratisima, madre de piedad y fuente de misericordia, recogiendo cuanto dinero tenia, y haziendo de sus vestidos y alhajas todo lo que pudo, se vistió de peregrina con sombrero, esclavina, bordon y un grueso rosario al cuello y alpargatas á los pies; y cubierta deste penitente trage, arrebozado el rostro, se salió una noche obscurisima de Badajoz, tomando la derrota hazia su tierra, acompañada solo de suspiros, lagrimas y deseos de salvarse, desviandose cuanto le era posible de los caminos reales, y procurando caminar casi siempre las noches, en las cuales entraba en las posadas de menos bullicio á tomar dellas lo más necesario para su sustento, saliendose luego al campo. No le faltaron algunos trabajos y desasosiegos de gente libre en el camino; pero vencioles á todos su modestia y sacudimiento, y sobre todo la santa resolucion que la eficaz gracia le habia hecho hazer de no ofender más á su Dios en toda su vida, aunque la supiera perder mil vezes á manos de un millon de tormentos. Padeció tambien hambre, sed y frio, por ser tiempo en que le hazia grande el en que caminaba, y por la misma causa le molestaron las aguas y arroyos; pero acompañabase en ellos de la gente más pobre que hallaba, hasta pasarlos, á quien despues daba buenas limosnas. Hazia las jornadas cortas, por el cansancio y tiempo, siendo esto la causa de que fuese tan largo el que gastó en el camino, pues tardó en llegar á su tierra más de cuatro meses, visitando en ellos algunos pios santuarios que le venian á cuento. Quiso ya el cielo apiadarse della y dar fin á su prolixa jornada; y asi llegando á la ultima, antes de entrar en su ciudad, á la que descubrió, y reconoció el campanario de su monasterio, fue tal el sentimiento que hizo postrada en tierra, que no hay lengua ¡oh discretos señores! que lo acierte á pintar. Resolviose en lagrimas, y resolvió juntamente de quedarse alli en el campo hasta el anochecer, por entrar á media noche, para mayor seguridad. Hizolo asi, y llegado el plaço, començó á enderezar los turbados pasos hazia la casa del deudo de quien pensaba valerse; pero llegando á pasar por delante su monasterio (que no se si la obligó tanto á ello la necesidad cuanto el cariño y deseo de ver sus paredes; pero no debió de ser lo uno ni lo otro, sino inspiracion de Dios para que tuviese su viaje el feliz fin que se sigue) al punto que daban las onze, y emparejando con el mismo postigo de la puerta de la iglesia, la vió abierta; y asombrada de semejante caso, començó á dezir entre sí: ¡Valgame Dios! ¿que descuido ha sido este de las monjas ó del sacristan que tiene cargo de cerrar la iglesia? ¿Es posible que se hayan dexado abierto el postigo de su puerta? Mas ¿si acaso han robado algunos ladrones los frontales y manteles de los altares ó la corona de la Virgen, que ha de ser de plata si no me engaño? Por mi vida, que tengo de llegar pasito (aunque aventure en ello la vida, pues en dichosa parte la perderé cuando aqui la pierda), y mirar si hay alguna persona dentro, y avisar, por si ha sido descuido de quien tiene cargo de cerrarle. Metió en esto la cabeça hazia dentro con gran tiento, y estuvo un rato escuchando; pero no sintiendo ruido, ni viendo más que dos lamparas encendidas, una delante del Santisimo Sacramento, y otra delante del altar de la Virgen benditisima, estuvo suspensa una gran pieça, sin que osase determinase á entrar, temiendo no estuviese alguna monja rezando acaso en el coro, y viendola alli, hiziese algun rumor por do se viese en peligro de ser conocida, y por consiguiente rigurosamente castigada; pero no obstante este miedo, se resolvió á seguir la primera deliberacion, aunque fuese con el riesgo de la vida. Entró tras esto osadamente, y pasando por delante del altar de la Virgen, tropeçó en un gran manojo de llaves que delante dél estaban en el suelo, del cual suceso maravillada, se abaxó para verlas y levantarlas con notable turbacion; y apenas lo hubo començado á poner por obra, cuando la devotisima imagen de la Virgen la nombró por su nombre con una voz como de reprehension, de la cual quedó tan atemorizada doña Luisa, que cayó medio muerta en tierra; y prosiguiendo la Virgen sacratisima, le dixo: ¡Oh perversa y una de las más malas mugeres que han nacido en este mundo! ¿como has tenido atrevimiento para osar parecer delante de mi limpieza, habiendo tú perdido desenfrenadamente la tuya á vueltas de tantos y de tan sacrilegos pecados como son los que has cometido? ¿De que suerte, di, ingrata, soldarás la irreparable quiebra de tan preciosa joya? ¿Y con que penitencia, insolentisima profesa, satisfarás á mi amado Hijo, á quien tan ofendido tienes? ¿Que enmienda piensas emprender ¡oh atrevida apostata! para volver por medio della á recuperar algo de lo mucho que tenias merecido, y has perdido tan sin consideracion, volviendo las espaldas á las infinitas misericordias que habias recebido de mi divinisimo Hijo? Estaba en esto la afligidisima religiosa acobardada de suerte que ni osaba ni podia levantar el rostro, ni hazer otra cosa sino llorar acerbisimamente; pero la piadosa Virgen, consolandola despues de la reprehension, no ignorando la amargura y el dolor de su animo, incitandola á verdadera penitencia, le dixo: Con todo, para que eches de ver que es infinitamente mi Hijo más misericordioso que tú mala, y que sabe más perdonar que ofenderle todo el mundo, y que no quiere la muerte de los pecadores, sino que se conviertan y vivan, le he yo rogado por tu reparo (obligada de las fiestas, solemnidades y rosarios que en honra mia celebraste, festejaste y me rezaste cuando eras la que debias), sin que tú lo merezcas; y él, como piadosisimo que es, ha puesto tu causa en mis manos; y yo, por imitarle en cuanto es hacer misericordias, deseando verificar en ti el titulo que de madre de ellas me da la Iglesia, como á él se la da de padre de tan grande atributo, he hecho por ti lo que no piensas ni podrás pagarme aunque vivas dos mil años y los emplees todos en hazerme los servicios que me solias hazer en los primeros años de tu profesion. Acuerdate que cuando desta casa saliste, ahora haze cuatro años, pasando delante deste mi altar, me digiste que te ibas ciega del amor de aquel don Gregorio con quien te fuiste, y que me encomendabas las religiosas desta casa, tus hijas, para que mirase por ellas como verdadera madre, cuando tú les eras madastra; y que las rigiese y gobernase, pues eran mias; tras lo cual arrojaste en mi presencia esas mismas llaves del convento que en la mano tienes. Entiende pues que yo, como piadosa madre, he querido hazer para confusion tuya lo que me encomendaste; y asi has de saber que desde entonzes hasta ahora he sido yo la priora deste monasterio en tu lugar, tomando tu propia figura, envejeciendome al parecer al compás que tú lo has ido haziendo, tomando juntamente tu habla, nombre y vestido; con que he estado entre ellas todo este tiempo, asi de dia como de noche, en el claustro, coro, iglesia y refitorio, tratando con todas como si fuera tú propria: por tanto, lo que ahora has de hazer, es que tomes esas llaves, y cerrando la puerta de la iglesia con ellas, te vayas por la sacristia y demas pasos por donde te saliste, á tu celda, la cual hallarás de la propria forma y manera que la dexaste, hallando hasta tus habitos doblados sobre el bufete; pontelos en llegando, y guarda esos de peregrina en la arca; y advierte que hallarás tambien sobre la propria mesa el breviario y la carta que dexaste escrita, sin que nadie la haya abierto ni leido, y la vela encendida junto á ella. En efeto, hallarás todas las cosas, por mi piadosa diligencia, en el estado en que las dexaste, sin hallar novedad en alguna, y sin que se haya echado de ver tu falta ni la del dinero que has desperdiciado: vete, por tanto, á recoger antes que despierten á maitines, y enmienda tu vida como debes, y lava tus culpas con las lagrimas que ellas piden; que lo mismo han hecho cuantas tras tan graves pecados han merecido el ilustre nombre de penitentes que les da la Iglesia. Quedó la en que estaba doña Luisa, acabando estas razones la celestial Princesa de todas las hierarquias, llena de un olor suavisimo; y ella contrita y tan consolada en su espiritu, cuanto corrida de haber obligado á la Madre del mismo Dios á serlo de sus subditas; pero obedeciendo á su celestial mandato, recelosa de que no se llegase la hora de los maitines, se levantó del suelo, cubierta de sudor y lagrimas, y haziendo una profunda inclinacion á la preciosisima imagen y otra al Santisimo Sacramento, y tomando las llaves, cerró la puerta de la iglesia, y se fue á su celda por los mismos pasos que habia salido della, en la cual lo halló todo del modo que lo habia dexado y la Virgen le habia dicho. Pusose, en entrando dentro, sus habitos, guardando en el arca los de peregrina, y apenas lo habia acabado de hazer, cuando tocaron á maitines; y enjugandose el rostro, tomó el breviario y estuvo aguardando hasta que vino la monja que solia llamarla, la cual, tomando el candelero de la mesa, como cada noche tenia de costumbre, se fue delante alumbrando hasta el coro, donde estuvo aguardando de rodillas (con no pequeña turbacion, por aparecerle sueño cuanto veia) á que se juntasen las religiosas; y en habiendolo hecho, hizo la señal acostumbrada, tras que començaron los maitines; y acabados ellos y la oracion que de ordinario suelen dezir, se volvieron á salir todas, y se fueron á sus celdas al postrer señal de la Priora, la cual tambien hizo lo proprio, acompañandola con luz á la suya la mesma religiosa que la habia sacado della. Cuando se vió sola començó de nuevo á derramar lagrimas, parte de dolor por sus culpas, y parte de agradecimiento por la nunca oida merced que la misericordiosisima Maria le habia hecho; y haziendole una breve oracion llena de fervorosos deseos y celestiales conatos, descolgó de la cabeçera de su cama unas gruesas diciplinas que solia tener en ella, y tomandolas se dió con ellas por espacio de media hora una cruelisima diciplina sin ninguna piedad, por principio de la rigurosa penitencia que pensaba hazer todos los dias de su vida, de aquel sacrilego y deshonesto cuerpo, de cuya roja sangre quedó el suelo esmaltado en testimonio del verdadero dolor de sus pecados. Acabado este penitente acto, abrió una arca, de adonde sacó un aspero cilicio que solia ponerse en las cuaresmas cuando era la que debia, hecho de cerdas y esparto machacado, el cual le tomaba desde el cuello á las rodillas, con sus mangas justas hasta la muñeca; pusose juntamente debaxo de una cadenilla que en la mesma arca tenia, que le daba tres vueltas, y apretandosela con todo rigor al delicado cuerpo, dezia: Agora, traidor, me pagarás los agravios que al espiritu has hecho: no esperes, lo poco que la vida me durare, otro regalo más que este, y agradece á la madre de afligidos y fuente de consuelos, Maria, y á su clementisimo Hijo que no te hayan enviado á los infiernos á hazer esta penitencia, donde fuera sin fruto, forçosa y tan eterna, que durara lo que el mismo Dios, sin la esperança del perdon y remedio que agora tienes en la mano, teniendole tan poco merecido. Y saliendose luego de su celda, se volvió otra vez al coro, donde estuvo pasando el santisimo rosario delante de la misma imagen que la habia hablado, hasta la hora de prima, la cual acabada, hizo al instante llamar al confesor del convento, con quien hizo una general confesion con no vistas muestras de dolor y arrepentimiento, contandole todo el suceso de su vida y las abominaciones y pecados que contra su divina y inmensa Magestad habia cometido los cuatro años que habia estado fuera del convento: refiriole juntamente el milagro y merced que por la devocion del rosario, la Reina de los cielos, su patrona, le habia hecho, supliendo su falta y acudiendo á todas sus obligaciones, movida de su virginea piedad, salvandole la honra en que no se echase de ver su falta. El secreto del milagro encargó tras esto cuanto fue posible, para mientras le durase la vida al confesor, el cual quedó sumamente maravillado de su grandeza, y lleno de ternura y devocion en el espiritu, cosa que le aseguraba de la verdad del caso; y pasmabase cuando consideraba habia merecido su indignidad confesar y comulgar por su mano, no una, sino muchisimas vezes, á la puridad, ante quien y en cuya comparacion no la tienen los más puros angeles del cielo. Con todo, quiso ver el rostro de la penitente perlada y certificarse de que era ella misma, y no demonio (como temia) que en figura suya le queria engañar; y vistas sus lagrimas y enterado de la verdad, la consoló cuanto pudo, y animó para la continuacion de la empezada penitencia y devocion del santisimo rosario; y perseveró ella en todo, haziendose mil ventajas cada dia á sí misma, de suerte que las que la veian con tanta repentina mudança, en el retiro de gradas, asistencia continua á la oracion, y mortificacion y ordinario curso de lagrimas, estaban pasmadas, por no saber la causa, como la sabian ella y su confesor, con que se confesaba los más de los dias, recebiendo el Santisimo Sacramento muy á menudo. Perseveró en estos exercicios toda la vida; y al cabo de meses que los continuaba, quiso Dios apiadarse de su perdido galan, como lo habia hecho della, tomando por medio un sermon que acaso oyó á un religioso dominico de soberano espiritu, en una parroquia de la corte, que moviendo el cielo la lengua en él, se engolfó á deshora en las alabanças de la Virgen y en las misericordias que habia hecho y hacia cada dia con infernados pecadores, por la suave devocion de su benditisimo rosario, trayendo en consecuencia desto el sabido milagro del desesperado hombre que, habiendo hecho donacion de su alma al demonio con cedula escrita y firmada de su mano y sangre, por la dicha devocion fue libre de todo, y acabó su vida, perseverando en ella, santisimamente, tras una bien premeditada y llorosa confesion general de todos los cometidos desatinos. Cayó en la cuenta de los suyos el ciego de don Gregorio luego que oyó el doto sermon; y acordandose tambien de lo mucho que acerca del celestial poder del rosario le habia dicho diversas vezes su doña Luisa; premeditando las razones del predicador, y confiriendolas con las que de su dama en esta parte le traxo Dios á la memoria, le pareció que arrimandose á la frecuentacion de tan soberano rezo, hallaria en él braço que le sacase del cieno de sus torpezas, y otra escala, cual la de Jacob, con que pudiese llegar al cielo, por más entumecido que estuviese en la fragosa y mal cultivada tierra de sus bestiales apetitos: propuso tras esto irse al religioso convento de la Virgen de Atocha y confesarse luego con el santo predicador, cuyo nombre sabia, por haberlo preguntado á su compañero al baxar del pulpito. Efectuolo eficazmente; que no es pereçosa la divina gracia ni admite tardanzas: fue al convento, entrose en la iglesia, postrose delante la imagen milagrosa de la Virgen, derritiose, puesto alli, en lagrimas: pedia perdon á Dios, piedad á su Madre, y ayuda á ambos para enmendar los yerros de la pasada y hazer dellos una general confesion. Alzose luego; entrose en el claustro, pidió por el predicador, y puesto en su presencia, empeçaron sus ojos á dezirle lo que su lengua no acertaba: con todo, cuando las lagrimas le dieron lugar, le dixo: ¡Remedio padre! ¡Socorro, varon de Dios, para esta alma, que es la más mala de cuantas la misericordia y caridad inmensa de Jesucristo ha salvado! Entrose al instante el predicador á su celda, y apenas estuvo dentro, cuando, postrado á sus pies, empeçó á hazer con acerbo llanto una confesion general de sus excesos, tal, que estaba el confesor igualmente compungido, confuso y consolado de ver tal trueco en un moço de los años y prendas de aquel, consolole cuanto pudo, animandole á la continuacion de sus propositos y del rezo del santo rosario, cuya era tan feliz mudanza. Y asegurandole del perdon de sus culpas y de la largueza de las perpetuas misericordias que Dios, con celestial regocijo de todos los cielos y sus angeles, ha usado y usa de cada dia con los pecadores recien convertidos de verdadero coraçon, le envió absuelto, consolado y lleno de mil santos propositos y fervores; y no fue el menor el con que propuso de ir á Roma á visitar los santos lugares, besar el pie á Su Santidad, y obtener, para mayor bien suyo, su plenisima absolucion. Volvió, al salirse del convento, á hazer oracion á la Virgen, y hecha con las demostraciones del agradecimiento que tan gran merced como la que acababa de recebir[21] se volvió á la villa, y en ella trocó luego sus vestidos por unos de peregrino, hechos de sayal basto; y sin despedirse de su amo ni de persona, empezó á caminar hazia Roma, do llegó cansado, pero no menoscabado el fervor con que emprendió tan santa peregrinacion. Cumplió en aquella grandiosa ciudad con cuanto los deseos que le habian llevado á ella pedian, y obtenido el fin dellos, dió la vuelta hazia su tierra, deseando saber, con aquel disfraz y sin ser conocido, de sus padres; que bien seguro iba de no poderselo ser, segun iba de flaco, macilento, triste y desfigurado, asi de los trabajos del camino, como de las penitencias que iba haziendo en él; y no fue la menor el sufrimiento con que llevó las vexaciones que ciertos salteadores le hizieron en un peligroso paso. Entró al cabo de dias, cubierto de confusion, lagrimas y sobresalto, en su amantisima patria, y lo primero que hizo, llegado á ella, fue irse á pedir limosna al torno del convento de do sacó la Priora, queriendo fuese teatro del primer acto de su penitencia en su patrio suelo el mismo que lo habia sido del que dió principio á su tragica perdicion y ciego desatino. Dieronle facilmente honrada limosna las caritativas torneras, y en recebiendola, se llegó á la misma mandadera que le habia llevado el primer recado de doña Luisa la mañana en que se principiaron sus locos amores, y preguntole quien era priora de aquella casa; y diziendole ella que doña Luisa lo era años habia, porque continuaban las religiosas en reelegirla siempre, no sin gusto de sus superiores, por su gran virtud,—¡Doña Luisa, replicó él atonito, dezis que es priora! ¿Como es posible? Ella es, digo, añadió la muger, sin duda. Que os burlais de mí, porfió él, he de pensar, pues quereis persuadirme es priora desta casa doña Luisa, de quien he oido dezir estaba muy lexos de poderlo ser. Doña Luisa, respondió ella, es, ha sido y será priora muchos años, á pesar de cuantos invidian su virtud y aumento, pues no faltan muchos que lo hazen. Baxó la cabeça don Gregorio con la confusion y perplexidad que pensar se puede, sin osar replicar más con la muger, que ya conocia se iba encolerizando en defensa de su señora, temiendo por una parte no le conociese en la voz, y por otra, que descuidandose, no descubriese algo de lo mucho que con la Priora le habia pasado; y asi, saliendose de alli, se fue por diferentes partes de la ciudad, fuera de sí y pidiendo igualmente limosna y el nombre de la priora de tal convento, y dandole unos y otros la misma respuesta que le habia dado la mandadera, por salir del todo de la confusion en que se veia, determinó irse de rondon á casa de sus padres, para echarse alli con la carga, como dizen, y descubriendoseles, fiar, como era justo hazerlo, dellos el paso de tan grave suceso. Entró por sus puertas, y al primer criado que vió en ellas preguntó si le darian limosna los dueños de la casa, y respondiendole que si harian, que eran muy caritativos marido y muger, le replicó se sirviese dezirle sus nombres y si tenian hijos; y sabido dél, por la respuesta vivian sus padres, aunque afligidisimos por la ausencia de un solo hijo que tenian, y se les habia ido sin saber donde, con quien ni por que, por el mundo, y que lo que más les entristecia era no saber si vivia ni en que parte habia dado cabo, para poderle remediar; saltaronsele las lagrimas de los ojos á don Gregorio con la respuesta, y volviendo el rostro á la otra parte, y enxugandolas y disimulandolas cuanto pudo, dixo de nuevo al criado: ¿Llamabase por dicha el hijo destos señores don Gregorio? Porque si tenia ese nombre, es sin duda un soldado que he conocido en Napoles en el cuartel de los españoles; y si seria; que por las señas que él me daba de sus calidades, y de que era unico mayorazgo en este lugar, y de la disposicion de las casas de sus padres (que todo me lo comunicaba, por ser muy mi camarada), estas han de ser las dellos, y el de quien hablo, su hijo; y sabrase presto si es él, si hay quien me diga si se fue deste lugar con alguna muger de calidad. No estaba yo aun en servicio desta casa cuando él faltó della, ni le conocí; pero sé que su nombre era, como dezis, don Gregorio; y que no hizo otra baxeza ni se tiene dél otra quexa que haberse llevado algun dinero prestado de amigos, aunque ya todo lo han pagado sus padres; que de dos caballos que á ellos les llevó y otra gran cantidad de moneda, nunca han hecho caso, porque en fin todo habia de venir á ser suyo.—Pues, amigo, por las entrañas de Dios os ruego que digais á esos señores si gustan de hazerme limosna, siquiera por lo que pienso haber conocido á su hijo. ¡Y como si os la haran de bonisima gana! dixo el criado: yo fio que no solo eso hagan por vos, sino que os regalarán muy mucho y tendran á merced de que les deis nuevas de prenda que tanto quieren; y asi, aguardadme, os ruego, mientras subo volando á darles el aviso y recado. Subiose, dicho esto, el criado arriba, sin curarse, con el contento, de mirar en el rostro al peregrino; que si lo hiziera, fuera imposible no leyera en su turbacion y lagrimas que él mismo era su señor y el mayorazgo de la casa.