CAPITULO XVII
En que el ermitaño da principio á su cuento de los Felizes Amantes.
Cerca los muros de una ciudad de las buenas de España hay un monasterio de religiosas de cierta orden, en el cual habia una, entre otras, que lo era tanto, que no era menos conocida por su honestidad y virtudes, que por su rara belleza: llamabase doña Luisa, la cual, yendo cada dia creciendo de virtud en virtud, llegó á ser tan famosa en ella, que por su oracion, penitencia y recogimiento mereció que siendo de solos veinte y cinco años, la eligiesen por su perlada las religiosas del convento, de comun acuerdo, en el cual cargo procedió con tanto exemplo y discrecion, que cuantos la conocian y trataban la tenian por un angel del cielo. Sucedió pues que cierta tarde, estando en el locutorio del convento un caballero llamado don Gregorio, moço rico, galan y discreto, hablando con una deuda suya, llegó la Priora, á quien él conocia bien por haberse criado juntos cuando niño, y aun querido algo con sencillo amor, por la vecindad de las casas de sus padres; y viendola él, se levantó con el sombrero en la mano, y pidiendola de su salud, y suplicandola emplease la cumplida de que gozaba en cosas de su servicio, le dixo ella: Esté v. m., mi señor don Gregorio, muy en hora buena, y sepamos de su boca lo que hay de nuevo, ya que sabemos de su valor con la merced que nos haze. Ninguna, respondió él, puede hazer quien nació para servir hasta los perros desta dichosa casa: ni sé nuevas de que avisar á v. m., pues no lo seran de que de las obligaciones que tengo á mi prima nacen mis frecuentes visitas, y la que hoy hago es á cuenta de un deudo que le suplica en un papel le regale con no sé que alcorzas, en cambio de ocho varas de un picotillo famoso ó perpetuan vareteado que le envia. Bien me parece, dixo la Priora; pero con todo, v. m. me la ha de hazer á mí de que, en acabando con doña Catalina, se sirva de llevar de mi parte este papel á mi hermana; que basta dezir esto para que sepa en que convento, pues no tengo más que la religiosa, de la cual aguardo ciertas floreras para una fiesta de la Virgen que tengo de hazer, con obligacion de que ha de dar orden v. m. en que se me traigan esta tarde con la respuesta; que por ser el recado de cosa tan justificada, y v. m. tan señor mio casi desde la cuna, me atrevo á usar esta llaneza. Puede v. m., respondió el caballero, mandarme, mi señora, cosas de mayor consideracion; que pues no me falta para conocer mis obligaciones, tampoco me faltará, mientras viva, el gusto de acudir á ellas; que más en la memoria tengo los pueriles juguetes y los asomos que entre ellos dí de muy aficionado servidor dese singular valor, de lo que v. m. puede representarme. Riose la Priora, y medio corriose de la preñez de dichas razones, con que se despidió luego, diziendo lo hazia por no impedir la buena conversacion, y porque le quedase lugar de hazerle la merced suplicada, cuya respuesta quedaba aguardando. Apenas se hubo despedido ella, cuando don Gregorio hizo lo mismo de su prima, deseosisimo de mostrar su voluntad en la brevedad con que acudia á lo que se le habia mandado. Fue al monasterio do estaba la hermana de la Priora, cuyas memorias fueron representando de suerte á la suya su singular perfecion, hermosura, cortesia de palabras, discrecion, y la gravedad y decoro de su persona, juntamente con la prudencia con que le habia dado pie para que, sirviendola en aquella niñeria, la visitase, que con la bateria deste pensamiento se le fue aficionando en tanto extremo, que propuso descubrille muy de proposito el infinito deseo que tenia de servilla, luego que volviese á traelle la respuesta. Llegó con esta resolucion al torno del convento de la hermana; llamola, diole el papel y prisa por su respuesta, y ofreciosele cuanto pudo; y agradeciendo su termino doña Ines (que este era el nombre de la hermana de la Priora), diole la deseada respuesta á él, y á un paje suyo las curiosas flores de seda que pedia, compuestas en un açafate grande de vistosos mimbres. Volvió luego, contentisimo con todo, don Gregorio á los ojos de la discreta Priora, y llegando al torno de su convento y llamandola, pasó al mismo locutorio en que la habia hablado, por orden della, no poco loco del gozo que sintió su animo, por la ocasion que se le ofrecia de explicarle su deseo en la platica, que de proposito pensaba alargar para este efecto, como quien totalmente estaba ya enamorado della. Apenas entró en la grada el recien amartelado mancebo, cuando acudió á ella la Priora, diziendole: A fe, mi señor don Gregorio, que haze fielmente v. m. el ofizio de recaudero, pues dentro de una hora me veo con las deseadas flores, respuesta de mi hermana, y en presencia de v. m., á quien vengo á agradecer como debo tan extraordinaria diligencia. Señora mia, respondió él, por eso dize el refran: Al moço malo ponedle la mesa y enviadle al recaudo. Está bien dicho, replicó ella; pero ese proverbio no haze (á mi juizio) al proposito; porque ni á v. m. tengo por malo ni en esta grada hay mesa puesta, ni es hora de comer; si no es que v. m. lo diga (que á eso obligan esas razones) porque le sirva con algunas pastillas de boca ó otra niñeria de dulce; y si á ese fin se dirige el refran, acudiré presto á mi obligacion con grande gusto. No ha dado v. m. en el blanco, respondió don Gregorio; que sin que hable de pastillas ni conservas, sustentaré facilmente se halla y verifica en este locutorio cuanto el refran dize. ¿Como, respondió doña Luisa, me probará v. m. que es mal moço? Lo más facil de probar, dixo él, es eso, pues malo es todo aquello que para el fin deseado vale poco; y valiendolo yo para cosas del servicio de v. m., que es lo que más deseo, y á quien tengo puesta la mira, bien claro se sigue mi poco valor; y no teniendole, ¿que puedo tener de bondad, si ya no es que la de v. m. me la comunique, como quien está riquisima della y de perfeciones? Gran retorico, dixo la Priora, viene v. m., y más de lo que por acá lo somos para responderle; que, en fin, somos mugeres que no vamos por el camino carretero, hablando á lo sano de Castilla la Vieja; aunque, con todo, no dexaré de obligarle á que me pruebe como se salva lo que dixo, que dexó la mesa puesta cuando fue con el papel que le supliqué llevase á mi hermana, ya que aparentemente me ha probado que es mal moço. Eso, señora mia, respondió él, tambien me será cosa poco dificultosa de probar; porque donde se ve el alegria de los convidados y el contento y regocijo de los moços pereçosos, juntamente con el concurso de pobres que se llegan á la puerta, se dize que está ya la mesa puesta y que hay convite; lo mismo colegí yo del gozo que sentí cuando merecí ver esa generosa presencia de v. m., que se me ofrecia con ella, pues vi en ese bello aspecto, digno de todo respeto, una esplendidisima mesa de regalados manjares para el gusto, pues le tuve y tengo el mayor que jamas he tenido, en ver la virtud que resplandece en v. m., pan confortativo de mis desmayados alientos, acompañada de la sal de sus gracias, y vino de su risueña afabilidad; si bien me acobarda el cuchillo del rigor con que espero ha de tratar su honestidad mi atrevimiento, si ya esa singular hermosura, despertador concertado dél, no le disculpa. Quedosela mirando sin pestañear, dichas estas razones, saltaronseles tras ellas algunas lagrimas de los amorosos ojos, harto bien vistas y mejor notadas de doña Luisa, á cuyo coraçon dieron no pequeña bateria; aunque disimulandola, y encubriendo cuanto pudo la turbacion que le causaron, le respondió con alegre rostro, diziendo: Jamas pensara de la mucha prudencia y discrecion de v. m., señor don Gregorio, que, conociendome tantos años ha, pudiese juzgarme por tan bozal, que no llegue á conocer la doblez de sus palabras, el fingimiento de sus razones y la falsedad de los argumentos con que ha querido probar la suficiencia de mi corto caudal; mas pase por agora el donaire (que por tal tengo cuanto v. m. ha dicho); y pues tiene en esta casa prima de las prendas de doña Catalina, que le desea servir en extremo, no tiene que pretender más, pues cuando lo haga no sacará de sus desvelos sino un alquitran de deseos dificiles de apagar si una vez cobran fuerça, pues la mesma imposibilidad les sirve á los tales de ordinario incentivo, en quien se ceban, pues de contino el objeto presente, que mueve con más eficacia que el ausente á la potencia muestra la suya cuando lucha con los imposibles que tenemos las religiosas. Con esto (pues v. m. me entenderá como discreto) pienso he bastantisimamente satisfecho á las palabras y muestras de voluntad de v. m.; y con ello se despide la mia; pero no de que me mande cosas de su servicio, más conformes á razon y de menos imposibilidad; que haziendolo, podrá v. m. acudir una y mil vezes á probar las veras de mi agradecimiento; y cuando las ocupaciones de mi ofizio me tuvieren ocupada, no faltaran religiosas de buen gusto que no lo estén para acudir en mi lugar á servir y entretener á v. m. Habia estado don Gregorio oyendo esta despedida equivoca con estraña suspension, mirando siempre de hito en hito á quien se la daba; y desocupado de oir, respondió agradecia mucho la merced que se le hazia, pues cualquiera, por pequeña que fuese, le sobraba; pero que entendia quedaba de suerte con la llaga que la vista de sus blancas tocas y bellisimo rostro (manteles ricos de la mesa que de sus gracias habia puesto á su voluntad) le habia causado, que tenia su vida por muy corta si su mano, en quien ella estaba, no le concedia algun remedio para sustentarla. Despidiose la Priora tras esto dél, diziendole se reportase, y fiase lo demas del tiempo y de la frecuencia de las visitas, para las cuales de nuevo le daba licencia. Volviose don Gregorio á su casa tan enamorado de doña Luisa, que de ninguna manera podia hallar sosiego: acostose sin cenar, lamentandose lo más de la noche de su fortuna y de la triste hora en que habia visto el bello angel de la Priora, la cual luego tambien que se apartó dél se subió con el mismo cuidado á su celda, do començó á revolver en su coraçon las cuerdas razones que don Gregorio le habia dicho, las lagrimas que en su presencia y por su amor habia derramado, la aficion grande que le mostraba tener, y el peligro de la vida con que á su parecer iba si no le hazia algun favor; y el ser él tan principal y gentil hombre, y conocido suyo desde niño, ayudó á que el demonio (que lo que á las mugeres se dize una vez, se lo dize á solas él diez) tuviese bastante leña con ello para encender, como encendió, el lascivo fuego con que començó á abrasarse el casto coraçon de la descuidada Priora; y fue tan cruel el incendio, que pasó con él la noche con la misma inquietud que la pasó don Gregorio, imaginando siempre en la traça que tendria para declararle su amoroso intento. Venida la mañana, baxó luego con este cuidado al torno, y llamando una confidente mandadera, le dixo: Id luego á casa del señor don Gregorio, primo de doña Catalina, y dezidle de mi parte que le beso las manos, y que le suplico me haga merced de llegarse acá esta tarde; que tengo que tratar con él un negocio de importancia. Fue al punto la recaudera, cuyo recado recebió don Gregorio con el gusto que imaginar se puede, asentado en la cama; de la cual no pensaba levantarse tan presto, y dixo á la muger: Dezid á la señora Priora que beso á su merced las manos, y que me habeis hallado en la cama, en la cual estaba de suerte, que, á no mandarmelo su merced, no me levantara della en muchos dias, porque el mal con que sali de su presencia ayer tarde me ha apretado esta noche con increible fuerça; pero ya con el recado cobro la necesaria para poder acudir, como acudiré á las dos en punto, á ver lo que manda su merced. Fuese la mandadera, y quedó el amante caballero totalmente maravillado de aquella novedad, y no sabia á que atribuirla: por una parte consideraba el rigor con que el dia pasado le habia despedido; y por otra, el enviarle á llamar tan de prisa para comunicarle (como la mandadera le habia dicho) un negocio de importancia, le aseguraba ó prometia algun piadoso remedio. Aguardaba con sumo deseo el fin de la visita, y llegada la hora de hazella, fue puntualisimamente al convento; y avisando en el torno, y cobrada respuesta en él de que pasase á la grada, fue á ella, do estuvo esperando á que la Priora saliese, haziendosele cada instante de su tardanza un siglo; pero salió dentro de breve rato, risueña y con muestras de mucha afabilidad, diziendole, no sin turbacion interior: No quiere tan mal á v. m. como piensa, mi señor don Gregorio, quien le ha enviado á llamar en amaneciendo con tanto cuidado; pero hanmele causado tan grande las muestras de indisposicion con que v. m. se fue anoche, que temiendo no naciese ella del cansancio tomado en ir y venir del convento de mi hermana á este á mi cuenta, me ha parecido quedaba tambien á ella el saber, lo uno de su salud, y lo otro el divertille esta tarde de la pasada melancolia, causada de mi inadvertencia; que sin duda de la que debi tener en el hablar tomó v. m. ocasion para dezirme aquellas tan amorosas cuanto estudiadas razones con que pretendió darme á entender, á vueltas de aquellas fingidas lagrimas, le desvelaban mis memorias y enamoraban mis cortas prendas; pero no le ha salido mal el intento, si le tuvo de obligarme con eso á que le enviase á llamar, pues en efecto ha salido con él; y si ese ha sido el artificio motriz de aquel fingimiento, digame v. m. agora sin él, pues me tiene presente, su pretension; que para ello le da cumplidisima licencia mi natural vergüença, pues (como dizen) el oir no puede ofender; y hago esto porque, como me dixo v. m. al despedirse, habia yo de ser causa de su temprana muerte, no me ha parecido debia dar lugar á que el mundo me tuviese por homicida de quien tantas partes tiene, y es por ellas digno de vivir los años que mi buen deseo suplica á Dios le dé de vida, confiada en que no perderemos nada los desta casa en que la tenga larguisima quien tan bienhechor es della. Respondiole don Gregorio, cobrando un nuevo y cortes atrevimiento, diziendo: Ha sido tan grande, señora mia, la merced que hoy se me ha hecho y va haziendo agora, y hallome tan incapaz de merecerla, que me parece que aunque los años de mi vida llegasen á ser tantos cuantos prometen los nobles y religiosos deseos de v. m., no podia pagar en ellos, por más que los emplease en servicio de esta casa, la minima parte della; pero ya que no la puedo pagar con caudal equivalente, pagarela, á lo menos, con el que agora corre entre discretos, que es con notable agradecimiento y confesion de perpetuo reconocimiento; aunque quiero que v. m. entienda (y esto sabe el cielo cuanta verdad es) que si no acudiera con la brevedad que acudió con el recaudo y esperanças de su visita, ya no la tuviera yo, ni vida con ella, á la hora presente, segun me apretaba la pasion amorosa que las gracias de v. m. me causan; pero ya de aqui adelante pretendo mirar por mi vida, para tener siquiera qué emplear en servicio de quien tan bien sabe darmela cuando menos la confio; y porque acabe de conocer proseguirá v. m. el hazermela, quiero atrevidamente pedir otra de nuevo, confiado en lo que acaba de dezir, de que gusta de mi vida. Veamos, dixo la Priora, que cosa es, y conforme á la peticion, se podrá facilmente juzgar si será justo concederla ó no: diga v. m. Yo, señora, no pido nada, replicó él; que no querria me sucediese lo de anoche, de dar pesadumbre á v. m. Sin duda, dixo ella, que debe de ser, segun se le haze de mal el dezirlo, algun pie de monte de oro. No es, respondió don Gregorio, sino una mano de plata (que tales son las blanquisimas de v. m.) para besarla por entre esta reja. Aunque haya sido atrevimiento, señor don Gregorio, replicó la Priora, no dexaré de usar desa llaneza y libertad, por haberlo prometido;—y sacando de un curioso guante la mano, la metió por la reja, y don Gregorio, loco de contento, la besó, haziendo y diziendo con ella mil amorosas agudezas, y ella le dixo: Agora ¿estará v. m. contento? Estoylo tanto, replicó el nuevo amante, que salgo de juizio, pues con esto cobro nueva vida, nuevo aliento, nuevo gozo, y sobre todo, nuevas esperanças de que se lograrán más de cada dia las mias; y asi podré dezir está todo mi ser en la mano de v. m., en la cual, como pongo los ojos, pongo y pondré mientras viva mis deseos y memorias. Pues, señor don Gregorio, dixo doña Luisa, ya no es tiempo de disimulacion ni de que v. m. ignore que si me ama con las veras que finge, no haze cosa que no me la deba; y si he disimulado hasta agora, ha sido no con poca violencia de mi voluntad; pero forçabanla el ser muger y religiosa y cabeça de cuantas lo son en esta grave casa, y tambien que deseaba enterarme y ver si la perseverancia confirmaba los asomos del amor que con palabras y lagrimas me començó á mostrar; pero ya que mi ceguera me obliga á que crea lo que tan dificil es de averiguar, digo que soy contentisima de que todos los dias me visite, y aun le suplico lo haga, variando las horas para mayor disimulacion; y advierta v. m. hago más en confesarme ciega y amante, que en cuanto tras eso diere lugar á v. m., pues el mayor imposible que sentimos las mugeres es el haber de otorgar amamos á quien con sola esa confesion suele tomar animo para condenarnos á perpetuo desprecio y desesperados celos: ¡plegue á Dios no me suceda á mí asi! Libertad terná v. m. de hablarme sin impedimento; que el ser priora me da aquella y me quita estos; y crea v. m. que perseverando, pienso serle autora de mayores servicios; y baste por agora, y v. m. se vaya; que quedo confusisima de mi determinacion y de la poca fuerça que en mí siento para resistir á mayores baterias; y lo demas quede para otro dia. Despidieronse con esto, quedando los dos tan enamorados como dirá el suceso del verdadero cuento. Luego començaron á andar los recaudos, los billetes, y á frecuentarse las visitas, enviandose regalos y presentes de una parte y otra con tanta frecuencia, que ya daban de sí no poca nota; si bien, como todos veian la autoridad de la Priora, no reparaban tanto en ello como fuera razon. Duroles este trato por más de seis meses, hasta que, estando los dos un dia hablando en el locutorio, començó don Gregorio á maldezir las rejas, que eran estorbo de que él gozase del mejor bien que gozar podia y deseaba; y lo mesmo dezia ella; que era de suerte su amor, y estaba tan perdida por el moço, y tan otra de lo que solia, y era tan frecuentadora de billetes y ternuras, que hasta el mismo don Gregorio se espantaba de verla tal; y fue de manera, que ella fue quien dió principio á su misma perdicion, pues le dixo esa mesma tarde: ¿Es posible, señor, que mostrandome el amor que me mostrais, seais tan pusilanime y tan para poco, que no deis traça de entrar de noche por alguna secreta parte adonde podamos gozar ambos sin çoçobras el dulce fruto de nuestros amores? ¿No advertis que soy priora y que tengo libertad para poderlo hazer con el debido secreto? Yo, á lo menos, de mi parte, si vos os disponeis para ello, harto bien traçado lo tengo con mi deseo y facilitado con vuestra cobardia; y aun si no fuera ella tanta, podriais sacarme de aqui y llevarme adonde os diese gusto, pues vivo y estoy en todo dispuesta de seguir el vuestro. Maravillado don Gregorio desta determinacion, la respondió: Ya, prenda mia, os he dicho muchas vezes que estoy aparejado para todo aquello que fuere de vuestro entretenimiento y regalo; y asi, pues me enseñais lo que debo hazer, será el negocio desta manera. Yo tomaré dos caballos de casa de mi padre, recogiendo juntamente della todo el más dinero que pudiere, y vendré á la media noche por la parte del convento que mejor y más secreto os pareciere; y saliendo dél, subireis en el uno, yo en el otro, y asi nos iremos juntos á media posta á algun reino estraño, donde, sin ser conocidos, podremos vivir todo el tiempo que nos diere gusto; y vos, pues teneis las llaves del dinero, plata y depositos deste convento, podreis tambien recoger la mayor suma de cosas de valor que podais, para que vamos asi seguros de no vernos jamas en necesidad. Asi me parece bien, replicó ella, que se debe hazer. Quedaron desde luego de concierto de que su ida fuese á la una de la noche del siguiente domingo, despues de dichos los maitines, hora en que el galan sin falta estaria aguardando á la puerta de la iglesia con los caballos; que pues ella se quedaba las noches con las llaves de casa, facilmente podria abrir la sacristia, y salir por ella al dicho puesto por la puerta principal de la iglesia, con presupuesto de caminar la misma noche diez ó doze leguas á toda deligencia, para que cuando los echasen menos fuese más dificultoso el hallarlos. Con este concierto y con el de que don Gregorio le enviaria bien envueltos, como si fuese colgadura, unos curiosos vestidos de dama con que saliese, se despidieron; y en haziendolo, començó la Priora á dar orden en su partida, cosiendo en un honesto faldellin que habia de llevar debaxo, las doblas que pudo recoger, que no fueron pocas, poniendo en una bolsa otra gran cantidad de moneda de plata, para llevarla más á mano; de suerte que sacó del convento entre moneda y joyas más de mil ducados. La mesma prevencion hizo don Gregorio, el cual, contrahaziendo las llaves de ciertos cofres de su padre, sacó dellos más de otros mil ducados, sin otra gran cantidad de dineros que pidió prestados á amigos; que con la confianza de que era hijo unico y mayorazgo de caballeros de más de tres mil de renta, fue facil hallar algunos que se los prestasen. Llegado el concertado domingo, á las doze de media noche, hora de universal silencio por la seguridad que dan los primeros sueños, que, por serlo, son más profundos, se baxó don Gregorio con la aprestada maleta de lo que habia de llevar, á la caballeriza, y ensillando en ella dos de los mejores caballos, sin ser de nadie sentido se salió de casa, y fue al monasterio, do estuvo aguardando en la puerta de la iglesia á que su querida doña Luisa saliese, la cual, acabados los maitines, se volvió á su celda, y quitandose en ella los habitos, se vistió las ropas de secular que don Gregorio le habia enviado, y tenia en un arca, como queda dicho; y poniendo las de religiosa sobre una mesa, y dexando alli una bien larga carta escrita de la causa que sus amores le dieron para irse (como se iba) con don Gregorio, dexó, ni más ni menos, alli una vela encendida, con el breviario y rosario, de quien siempre habia sido devotisima, y por él lo habia sido en sumo grado de la Virgen, señora nuestra, toda su vida; y tomando tras esto un gran manojo de llaves, las cuales eran de toda la casa y de la iglesia, se salió de la celda lo más pasito que le fue posible, y se fue por el claustro, y baxó á la sacristia; y abriendola sin ser sentida, salió al cuerpo de la iglesia con las llaves en la mano; y habiendo de pasar al salir della por delante de un altar de la Virgen benditisima, de cuya imagen era particular devota, y le celebraba todas las fiestas suyas con la mayor solenidad y devocion que podia, á la que llegó delante della, se hincó de rodillas, diziendo con particular ternura interior y notable cariño de despedirse della, privandose del verla, porque era la cosa que más queria en esta vida: Madre de Dios y Virgen purisima, sabe el cielo y sabeis vos cuanto siento el ausentarme de vuestros ojos; pero estan tan ciegos los mios por el moço que me lleva, sin hallar fuerças en mí, con que resistir á la pasion amorosa que me lleva tras sí, voy yo tras ella sin reparar en los inconvenientes y daños que me estan amenaçando; pero no quiero emprender la jornada sin encomendaros, Señora, como os encomiendo con las mayores veras que puedo, estas religiosas que hasta ahora han estado á mi cargo: tenedle pues dellas, Madre de piedad, pues son vuestras hijas, á las cuales yo, como mala madastra, dexo y desamparo: amparadlas, digo, Virgen santisima, por vuestra angelica puridad, como verdadero manantial de todas las misericordias, siendo como sois la madre de la fuente dellas: de Cristo, digo, nuestro Dios y Señor. Volved y mirad, os suplico otra vez, en mi lugar, por estas siervas vuestras que aqui quedan, más cuidadosas de su limpieza y salvacion que yo, que voy despeñandome tras lo que me ha de hazer perder lo uno y lo otro, si vos, Señora, no os apiadais de mí; pero confio que lo hareis, obligada de vuestra inexplicable y natural piedad y de la devocion con que siempre he rezado vuestro santisimo rosario. Y dicha esta breve oracion, y hecha tras ella una profunda reverencia á la imagen, abrió el postigo de la iglesia, y abierto, se volvió á dexar las llaves delante del dicho altar de la Virgen, tras lo cual se salió á la calle, entornando tras sí la puerta. Apenas estuvo fuera della, cuando le salió al encuentro don Gregorio, que la estaba aguardando hecho ojos, y tomandola en braços (tras haberla tenido un breve rato entre los suyos amorosos haziendo desenvolturas que el recelo de no ser vistos le consintió), la subió en el caballo que le pareció más manso, con que començaron luego á caminar de suerte que los vino á tomar el dia seis ó siete leguas lexos de adonde habian salido; y en el primer lugar se proveyeron de todo lo necesario tocante á la comida, con fin de no entrar en poblado, si no fuese de noche, para hurtar asi el cuerpo á la mucha gente que tenian por sin duda iria en su busca. En efeto, señores, que aquella habia profesado y prometido castidad á Dios, y la habia guardado hasta entonzes con notables muestras de virtud, permitiendolo asi su divina Magestad por su secreto juizio y por dar muestras de su omnipotencia (la cual manifiesta, como canta la Iglesia, en perdonar á grandes pecadores gravisimos pecados), y por mostrar tambien lo que con él vale la intercesion de la Virgen gloriosisima, madre suya, y con cuantas veras la interpone ella en favor de los devotos de su santisimo rosario, la perdió por un deleite sensual y momentaneo, yendo á rienda suelta por el camino fragoso de sus torpezas, olvidada de Dios, de su profesion y de todos los buenos respetos que á quien era debia. Mas no hay que maravillarse hiziese esto, dexada de la mano de Dios, pues, como dize san Agustin, más hay que espantarse de los pecados que dexa de hazer el alma á quien desampara su divina misericordia, que de los que comete; que eso, dize David, vozean los demonios, enemigos de nuestra salvacion, al hombre que llega á tal miseria tomando animo por ello de perseguirle, y prometiendose vencerle en todo genero de vicios: Deus dereliquit eum: persequimini et comprehendite eum, quia non est qui eripiat. Continuaron su camino los ciegos amantes, con los justos miedos y sobresaltos que imaginar se pueden de quien anda en desgracia de Dios, algunos dias, sin parar jamas hasta que llegaron á la gran ciudad de Lisboa, cabeça del ilustre reino de Portugal. Alli pues hizo don Gregorio una carta falsa de matrimonio, y alquilando una buena casa, compró sillas, tapices, bufetes, camas y estrado con almohadas para su dama, con el demas ajuar necesario para moblar una honrada casa, comprando juntamente para el servicio della un negro y una negra: cargó tras esto de galas y joyas para adorno suyo y de su bella doña Luisa. Pasaron la vida muchos dias, acudiendo en aquella ciudad á todo cuanto apetecian sus ciegos sentidos, como fuese de entretenimiento, disolucion y fausto, sin perder fiesta ni comedia la gallarda forastera (que asi la llamaban los portugueses) de cuantas en Lisboa se hazian. Paseaba tambien sus calles don Gregorio de dia, ya con una gala y caballo, y ya con otro, gozando sin escrupulo ninguno de conciencia de aquella pobre apostata perlada, olvidado totalmente de Dios y sin rastro de temor de su divina justicia; porque, como dize el Espiritu Santo por boca de Salomon, lo que menos teme el malo cuando llega á lo ultimo de su maldad, es á Dios. Dos años estuvieron en Lisboa los ciegos amantes, gastandolos en la vida más libre y deleitosa que imaginarse puede, pues todo fue galas, convites, fiestas, y sobre todo juegos, á que don Gregorio se dió sin moderacion alguna.