CAPITULO XXI

De como los canonigos y jurados se despidieron de don Quixote y su compañia, y de lo que á él y á Sancho les pasó con ella.

Apenas hubo el ermitaño dado fin á las razones del cuento, cuando dió principios á las de su alabança y encarecimiento uno de los canonigos, diziendo: Maravillado y suspenso en igual grado me dexa, padre, el suceso de la historia referida y el concierto guardado en su narracion, pues él la haze tan apacible cuanto ella de sí prodigiosa; si bien otra igual á ella en la sustancia tengo leida en el milagro veinte y cinco de los noventa y nueve que de la Virgen sacratisima recogió en su tomo de sermones el grave autor y maestro que por humildad quiso llamarse el discipulo: libro bien conocido, y aprobado, por cuyo testimonio á nadie parecerá apocrifo el referido milagro; por el cual, y por los infinitos que andan escritos, recogidos de diversos, graves y piadosos autores, en confirmacion del santo uso y devocion del rosario, protesto ser toda mi vida de aqui adelante muy devoto de su santa cofradia; y en llegando á Calatayud, tengo sin duda de asentarme en ella y procurar ser admitido en el numero de los ciento y cincuenta que se emplean en servirla y administrarla, trayendo visiblemente el rosario, por el interes de las muchas indulgencias que he oido predicar se ganan en ella. No dexó Sancho con sus dislates ordinarios proseguir al canonigo los devotos encomios que iba diziendo de la santa cofradia del Rosario y de la Virgen Santisima, su singular patrona; porque, saliendo de traves, dixo: Lindamente, señor ermitaño, ha departido y devisado la vida y muerte desa bendita monja y penitente fraile: juro, non de Dios, que diera cuanto tengo en las faltriqueras, que son cinco ó seis cuartos, por saberla contar de la suerte que la ha contado, á las moças del horno de mi lugar; y desde aqui protesto que si Dios me diere algun hijo en Mari-Gutierrez, que le tengo de inviar á estudiar á Salamanca, do, como este buen padre, aprenda teologia, y poco á poco llegue por sus puntos contados á decorar toda la gramatica y medecina del mundo; porque no quiero se quede tan grande asno como yo. Pero no piense el grandisimo bellaco gastar en el estudio la hacienda de su padre, yendose á jugar con otros tales como él, que por las barbas que en la cara tengo, juro que le tengo de dar, si tal haze, con este cinto más açotes que caben higos en un seron de arroba. Dezia esto él quitandose el cinto y dando con él con una colera desatinada en el suelo, repitiendo: Ser bueno, ser bueno; estudiar, estudiar mucho; en hora mala para él y para cuantos le valieren y me le quitaren de las manos. Rieron mucho los circunstantes de su boberia; y no obstante su necia maldizion, le tuvieron del braço, diciendo: Baste ya, hermano Sancho; no más, por amor de Dios; que aun no está engendrado el rapaz que ha de llevar los açotes. Con esto lo dexó, diziendo: A fe que lo puede agradecer á vs. ms.; pero otra vez lo pagará todo junto: pase esta por primilla. Don Quixote le dixo: ¿Que tonteria es esa Sancho? Aun no tienes el hijo, ni aun esperança de tenelle, ¿y ya le açotas porque no va á la escuela? ¿No ve v. m., replicó él, que estos muchachos, si desde chiquitos no se castigan, y se amoldan antes de tener ser, se vuelven haraganes y respostones? Es menester pues, para evitar semejantes inconvenientes, que sepan desde el vientre de su madre que la letra con sangre entra; que asi me crió mi padre á mí; y si algun buen entendimiento tengo, me lo embebió él en el caletre á puros açotes, tanto que el cura viejo de mi lugar (santa anima haya su gloria), cuando me topaba por la calle, poniendome la mano sobre la cabeça, dezia á los circunstantes: Si este niño no muere de los açotes con que le crian, ha de crecer por puntos. Eso, Sancho, respondió el ermitaño, tambien me lo dixera yo. Pues sepa v. m., replicó él, que aquel cura era grande hombre, porque habia estudiado en el Alcana toda la latrineria de pe á pa. Alcala dirás, dixo don Quixote; que en el Alcana de Toledo no se aprenden letras, sino como se han de hazer compras y ventas de sedas y otras mercancias. Eso ó esotro, replicó Sancho, lo que sé es que era medio adevino, pues conocia una muger de buena cara entre veinte feas; y era tan doto, que pasando una vez por mi lugar un estudiante, argumentaron bravamente ambos de las epistolas y evangelios del misal, y le vino nuestro cura á cohondir, porque le preguntó, tratando de no sé que latin de la Iglesia, que ya no se me acuerda, no sé que honduras, y le dexó patas arriba hecho un cesto, confesando dél que era hombre preeminente. Por cierto, dixo un canonigo, señor Sancho, que v. m. tiene bravo ingenio, y que gustaré no poco, y lo mismo creo haran todos estos señores, de oirle contar algun cuento igual á los que nos han referido el señor soldado y reverendo ermitaño, pues siendo tanta su memoria y habilidad, no dexará de ser el que nos contare muy curioso. Yo les prometo á vs. ms., dixo Sancho, que tocan tecla á la cual responderan más de dos dozenas de flautas; porque sé los más lindos cuentos que se pueden imaginar; y si gustan, les contaré uno diez vezes mejor que los referidos, aunque muy más corto y verdadero. Quitate allá, animalazo, dixo don Quixote: ¿que has de contar que sea de consideracion? Saldrasnos á moler con una frialdad á mí y á estos señores, como me moliste en el bosque en que encontré con aquellos seis valerosos gigantes en figura de batanes, con la necia historia de Lope Ruiz, cabrerizo extremeño, y de su pastora Torralba, vagamunda perdida por sus pedazos, hasta seguirle enamorada dellos, despues de reconocida y llorosa por los melindrosos desdenes con que le trató (ordinario efecto del amor en las mugeres, que buscadas huyen, y huidas buscan), desde Portugal hasta las orillas de Guadiana, en las cuales atollaron sus cabras tu cuento, y mis narizes con el mal olor con que atrevido las sahumaste. ¡Malillo, pues, era el cuento! dixo Sancho; y á fe que me huelgo que á v. m. se le acuerden tan bien sus circunstancias, para que por ellas y las del que agora referiré, si me dan grato silencio todos, conozca la diferencia que hay del uno al otro. Rogaron todos á don Quixote le dexase contar su cuento, y dandole él licencia para ello, y entonando Pança su voz, començó á dezir: Erase que se era, que en hora buena sea, el bien que viniere para todos sea, y el mal para la manceba del abad, frio y calentura para la amiga del cura, dolor de costado para la ama del vicario, y gota de coral para el rufo sacristan, hambre y pestilencia para los contrarios de la Iglesia. ¿No lo digo yo, dixo don Quixote, que este animal es afrenta-buenos, y no ha de dezir sino dislates? ¡Miren la arenga de los diablos que ha tomado para su cuento, tan larga como la cuaresma! ¿Pues son malos los arenques para ella, cuerpo de mi sayo? dixo Sancho. No me vaya v. m. á la mano, y verá si digo bien: ya me iba engolfando en lo mejor de la historia, y agora me la ha hecho desgarrar de la mollera: escuchen, si quieren, con Barrabas, pues yo les he escuchado á ellos. Erase, como digo, volviendo á mi cuento, señores de mi alma, un Rey y una Reina, y este Rey y esta Reina estaban en su reino, y todos al que era macho llamaban el Rey, y á la que era hembra la Reina. Este Rey y esta Reina tenian un aposento tan grande como aquel que en mi lugar tiene mi señor don Quixote para Rocinante; en el cual tenian el Rey y la Reina muchos reales amarillos y blancos, y tantos, que llegaban hasta el techo. Yendo dias y viniendo dias, dixo el Rey á la Reina: Ya veis, Reina deste Rey, los muchos dineros que tenemos: ¿en que pues os parece seria bueno emplearlos, para que dentro de poco tiempo ganasemos muchos más y mercasemos nuevos reinos? Dixo luego la Reina al Rey: Rey y señor, pareceme que seria bueno que los comprasemos de carneros. Dixo el Rey: No, Reina, mejor seria que los comprasemos de bueyes. No, Rey, dixo la Reina, mejor será, si bien lo miras, emplearlos en paños, y llevarlos á la feria del Toboso. Anduvieron en esto haziendo varios arbitrios, diziendo la Reina no á cuanto el Rey dezia sí: y el Rey sí á cuanto la Reina dezia no. A la postre, postre, vinieron ambos en que seria bueno ir con los dineros á Castilla la Vieja ó tierra de Campos, do por haber muchos gansos, los podrian emplear en ellos, mercandolos á dos reales; y añadia la Reina, que dió este consejo: Y luego mercados, los llevaremos á vender á cuatro reales, y á pocos caminos multiplicaremos asi infinitamente el dinero en breve tiempo. Al fin el Rey y la Reina llevaron todos sus dineros á Castilla en carros, coches, carroças, literas, caballos, acemilas, machos, mulas, jumentos y otras personas deste compas. Tales como la tuya serian todos, dixo don Quixote: ¡maldigate Dios á ti y á quien tiene paciencia para oirte! Ya es la segunda vez que me desbarata, replicó Sancho, y creo que es de invidia de ver la gravedad de la historia y la elegancia con que la refiero; y si eso es, dela por acabada. Que no permitiese tal rogaron á don Quixote, y á Sancho pidieron con insistencia la prosiguiese. Hizolo, diziendo, porque estaba de buen humor: Consideren, señores, con tanto real que tantos gansos comprarian el Rey y la Reina; que yo sé de cierto que eran tantos, que tomaban más de veinte leguas: en fin estaba España tal de gansos, cual estuvo el mundo de agua en tiempo de Noe. Y si fuera cuales estuvieron de fuego Sodoma, Gomorra y las demas ciudades, dixo Bracamonte, ¿cuales quedaran los gansos, señor Pança?—Para la mia buenos y bien asados, señor Bracamonte; pero ni eso fue, ni se me da nada, pues no me hallé en ello: lo que sé es que el Rey y la Reina iban con ellos por los caminos, hasta que llegaron á un grandisimo rio... Que sin duda, dixo el jurado, seria Manzanares, pues su grandiosa puente segoviana muestra que antiguamente seria caudalosisimo. Solo sé, replicó Sancho, que por no haber en él pasadizo, llegados el Rey y la Reina á su orilla, dixo el uno al otro: ¿Como habemos de pasar agora estos gansos? porque si los soltamos, se iran nadando por el rio abaxo, y no los podrá despues coger el diablo de Palermo; por otra parte, si los queremos pasar en barcas, no los podremos recoger en un año. Lo que me parece, dixo el Rey, es que hagamos hazer luego en este rio una puente de palo, tan angosta que solo pueda pasar por ella un ganso; y asi, yendo uno tras otro, ni se nos descarriaran, ni tendremos trabajo de pasarlos todos juntos. Alabó la Reina la traça; y efectuada, començaron uno á uno á pasar los gansos. Calló Sancho en esto; y don Quixote le dixo: Pasa tú con ellos, con todos los diablos, y acabemos ya con su pasage y con el cuento. ¿Para que te paras? ¿Hasete olvidado? No respondió palabra Sancho á su amo, lo cual visto por el ermitaño, le dixo: Pase v. m., señor Sancho, adelante con el cuento; que en verdad que es lindisimo. A esto respondió él, diziendo: Aguardense: ¡cuerpo non de Dios, y que supitos que son! Dexen pasar los gansos, y pasará el cuento adelante. Dadlos por pasados, replicó uno de los canonigos. No, señor, dixo Sancho: gansos que ocupan veinte leguas de tierra no pasan tan presto; y asi resuelvase en que no pasaré adelante con mi cuento, ni lo puedo hazer con buena conciencia, hasta que los gansos no esten de uno en uno desotra parte del rio, en que no tardaran más que un par de años cuando mucho. Con esto se levantaron del suelo, riendo todos como unos locos, sino don Quixote, que le quiso dar á todos los diablos; pero apaciguaronle los de la compañia, despues de lo cual se despidieron dél, diziendole: Sirvase v. m., señor caballero andante, de darnos licencia; que pues el sol, ya negandonos su luz por comunicarla á los antipodas, dexa la tierra sin la molestia que su riguroso calor le causaba, razon será le mostremos en el caminar, por tener la jornada algo más larga que v. m. y su compañia, á la cual suplicamos nos mande y emplee en su servicio; que á todo acudiremos como pide la obligacion en que nos ha puesto la merced recebida y la buena compañia que se nos ha hecho. Ese agradecimiento noble estimo yo en nombre destos señores en lo que es razon, replicó don Quixote; y por él y en nombre dellos rindo las debidas gracias, ofreciendo en servicio de vs. ms. cuanto nuestras fuerças valieren; y acompañaramoslos todos con prisa, aunque voy á la corte por un forçoso desafio, si me igualaran los pies deste señor soldado, y reverendo ermitaño, con cuyo cansancio me acomodo, obligado de su buen termino y mi natural piedad. Despidieronse en esto con mucha cortesia los unos de los otros, y don Quixote puso el freno á Rocinante, en que subido, començó á caminar con el ermitaño y soldado por diferente parte poco á poco, hazia un lugarejo donde tenian determinado quedarse aquella noche, yendo aguardando á Sancho, que se quedó enalbardando su rucio. Entre tanto que llegaban al pueblo, platicaron el ermitaño y el soldado sobre los referidos cuentos; y como eran agudos y estudiantes, pudieron facilmente meterse en puntos de teologia, y uno dellos fue admirandose del siniestro fin que tuvo Japelin, y el feliz de don Gregorio y la Priora. En esto volvieron todos las cabeças, y más don Quixote, que con mucha atencion les iba escuchando, y vieron á Sancho Pança, que venia muy repantigado sobre su asno. Llegandoseles cerca, dixo: Por la vida de Matusalen juro que aunque murió muy buena muerte aquel don Gregorio, con todo, por el camino he venido pensando en cuan mal lo hizo en dexar á la pobre doña Luisa en Badajoz sola, y en las manos de aquellos fariseos que tan enamorados andaban della, con que le dió ocasion de ser peor de lo que era ya. ¿No veis, Sancho, respondió el ermitaño, que todo fue permision de Dios, el cual de muy grandes males suele sacar mayores bienes, y no permitiera aquellos, si no fuera por ocasionarse con ellos para mostrar su omnipotencia y misericordia en estos otros? que en fin, de lo mesmo que el demonio traça para perdernos, toma nuestro buen Dios ocasion de ganarnos; que son el demonio y Dios como la araña y abeja, que de una misma flor saca la una ponçoña que mata, y la otra miel suave y dulce que regala y da vida.