CAPITULO XXIII

En que Barbara da cuenta de su vida á don Quixote y sus compañeros hasta el lugar, y de lo que les sucedió desde que entraron hasta que salieron dél.

Salieron del pinar á la que Sancho acababa de dezir las referidas simplicidades. Juntoseles don Quixote en el camino real, donde les esperaba haziendo mil discursos acerca del modo que tendria en llevar á la corte á la que él tenia por reina Zenobia; y luego que vió que ella llegaba al puesto en que la esperaba, la dixo con grande respeto y mesura: Suplico á vuesa magestad se sirva, poderosisima reina, de darnos cuenta, de aqui á que con la fresca lleguemos al vecino lugar, de quienes fueron los follones que la robaron sus ricas joyas y la desnudaron de sus reales galas, dexandola atada con tanta crueldad en aquel arbol. A lo cual respondió ella al punto: V. m., señor mio, ha de saber que viviendo yo en Alcala de Henares, en la calle que llaman de los Bodegones, con mi honrado y ordinario trato, quiso la fortuna, que siempre es contraria á los buenos, que viniese alli un mancebo de muy bonita cara y harto discreto, el cual entró dos ó tres vezes á comer en mi casa. Como le vi al principio tan cortes, prudente y bien hablado, aficionemele (que no debiera) de tal suerte, que no podia de noche ni de dia sosegar sin verle, hablarle y tenerle á mi lado. Dabale de comer y cenar todos los dias como á un principe, comprabale medias, çapatos, cuellos y aun los libros que me pedia, mirandome en él cual en un un espejo: en fin, él estuvo en mi casa con esta vida más de un año y medio, sin gastar blanca suya, y muchas mias. En este tiempo sucedió que estando una noche conmigo en la cama, me dixo como estaba determinado de ir á Çaragoça, adonde tenia parientes muy ricos; y que me prometia, si queria ir con él, que en llegando allá se casaria conmigo, por lo mucho que me amaba; y yo, que soy una bestia, creyendo sus engañosas palabras y falsas promesas, le dixe que era contentisima de seguirle; y luego començé á vender mis alhajas que eran dos camas de buena ropa, dos pares de vestidos mios, una grande arca de cosas de lienzo, y finalmente todo lo demas que en mi casa tenia; de lo cual hize más de ochenta ducados, todo en reales de á ocho. Con ellos y notable gusto nos salimos juntos una tarde de Alcala; y llegados al segundo dia á la entrada del bosque de quien ahora acabamos de salir, me dixo nos entrasemos á sestear en él; que se queria holgar conmigo: ¡asi mala holgura le dé Dios en el alma y en el cuerpo! Pero no le quiero maldezir; porque quiçá algun dia nos toparemos, y me pedirá perdon de lo hecho; y como le quiero tanto, facilmente le perdonaré. Seguile, creyendo en sus razones (que no debiera); y viendome sola y en lugar tal y tan secreto, metió mano á una daga, diziendome que si no sacaba alli todo el dinero que traia conmigo, que él me sacaria el alma del cuerpo con aquel puñal. Yo, que vi una furia tan repentina en la prenda que más queria en el mundo, no supe qué le responder, sino, llorando, suplicarle que no hiziese tal alevosia; pero començome á apretar tanto, sin hazer caso de mis justas razones y llorosas palabras, que, viendo tardaba en darle los ochenta ducados más de lo que su codicia permitia, empezó á decirme á vozes colerico: Acabe de darme presto el dinero la muy puta, vieja, bruxa, hechicera. Sancho, que estaba escuchando con mucha atencion á Barbara, cuando le oyó referir tantos y tan honrados epitetos, le dixo: Y digame, señora reina, ¿era acaso verdadero todo ese calendario que le dixo el estudiante? porque de sus hechos colixo que era tan hombre de bien, que por todo el mundo no diria una cosa por otra, sino la verdad pura. ¡Como verdad! replicó ella: á lo menos en lo que dixo de bruxa, mintió como bellaco; que si una vez me pusieron á la puerta mayor de la iglesia de San Yuste en una escalera, fue por testimonio que unas vecinas mias invidiosas, por no más que sospechosas, me levantaron: ¡ansi levantadas tengan las alas del coraçon, pues por ello me hizieron echar en la trena, donde gasté lo que Dios sabe! Pero vaya en hora buena, con su pan se lo coman; que á fe que me vengué, á lo menos de la una dellas, muy á mi salvo, pues á un perro que ella tenia en casa y con quien se entretenia, le dí çarazas en vengança del dicho agravio. Rieronse todos del dicho de Barbara, y Sancho la replicó diziendo: Pues ¡cuerpo de Poncio Pilatos, señora reina! ¿que culpa tenia el pobre perro? ¿Fuese él acaso á quexar de v. m. á la justicia, ó levantola el falso testimonio que dize? Que el perro seria muy bueno y no haria mal á nadie, y por lo menos sabria cazar alguna olla, por podrida que fuese. ¡Triste perro! si no me quiebra el coraçon de dolor su homicidio... Don Quixote le dixo: Oyete, pecora: ¿por ventura conociste ni viste aquel perro? ¿Que se te da á tí dél? ¿Pues no quiere que se me dé, replicó Sancho, si no sé si el honrado y mal logrado y yo eramos primos hermanos? Que el diablo es sutil, y donde no se piensa se caza la liebre; y como dizen, do quiera que vayas, de los tuyos hayas. Y de aqui començó á ensartar refranes, de suerte que no le podian acallar; mas don Quixote suplicó á la reina Zenobia pasase adelante, y no hiziese caso de Sancho, que era un animal. Pues como digo, prosiguió ella, mi bueno de Martin (que asi se llamaba la lumbre de mis ojos), nombre para mi bien aciago, pues tanta parte tiene Martin de martes, començó á darme prisa por el dinero, acompañando cada palabra injuriosa que me dezia con un piquete en estas pecadoras nalgas, tal que me hazia poner el grito en el cielo; y asi, viendome tan apretada, y considerando que si no hazia lo que me pedia, podria ser darme algun golpe peor que el que otro tal cual él me habia dado en la cara por menos que eso, saqué todo mi dinero y diselo; mas, no contento con él, me quitó una saya y corpiño y un faldellin harto bueno que traia vestido; y atandome á un pino, me dexó de la manera que vs. ms. me han hallado, á quien pague Dios la merced que me han hecho. Pues en buena fe dixo Sancho, que si la desnudara un dedo más adentro, que la dexara hecha un Adan y Eva. ¡Oh hi de puta, socarron, bellaco! ¿No será bueno, señor don Quixote, que yo vaya por esos mundos en mi rucio buscando á ese descomunal estudiante, y que le desafie á batalla campal, y en cortandole la cabeça, la traiga espetada en el hierro de algun lançon, y con ella entre en las justas y torneos con aplauso de cuantos me vieren? Pues es cierto que admirados han de dezir: ¿Quien es este caballero andante? Y con orgullo creo les sabré responder: Yo soy Sancho Pança, escudero andante del invito don Quixote de la Mancha, flor, nata y espuma de la andantesca escuderia. Pero no quiero meterme con estudiantes; doylos á Belcebu; que el otro dia cuando fuimos á las justas de Çaragoça, yo y el cocinero coxo llegamos á hablar á uno dellos al colegio, y me dió un demonio de otro un tan infernal pescoçon en esto del gaznate, que casi me hizo dar de ojos; y como me abaxé por la caperuça, acudió otro á las asentaderas con una coz tal, que toda la ventosidad que habia de salir por alli, me la hizo salir por arriba, envuelta en un regüeldo que, segun dixo él mismo, olia á rabano serenado; y no hube bien levantado la cabeça, cuando començó á llover sobre mí tanta multitud de gargajos, que si no fuera porque sé de nadar como Leandro y Nero... Pero un cararelamido, que parece que aun agora me le veo delante, me arrojó tan diestramente un moco verde, que le debia tener represado de tres dias, segun estaba de cuajado, que me tapó de suerte este ojo derecho, que me hube de salir corriendo y gritando: ¡Ah de la justicia! que han muerto el escudero del mejor caballero andante que han conocido cuantos visten cueras de ante. Llegaron en esto al lugarcillo, lo cual atajó las razones de Sancho; y llegados á su meson, se apearon en él todos por mandado de don Quixote, el cual se quedó en la puerta hablando con la gente que se habia juntado á ver su figura. Entre los que alli á esto habian acudido, no habian sido de los postreros los dos alcaldes del lugar, el uno de los cuales, que parecia más despierto, con la autoridad que la vara y el concepto que él de sí tenia le daban, le preguntó mirandole: Diganos v. m., señor armado, para donde es su camino y como va por este con ese sayo de hierro y adarga tan grande; que le juro en mi conciencia que ha años que no he visto á otro hombre con tal librea cual la que v. m. trae: solo en el retablo del Rosario hay un tablon de la Resurreccion, donde hay unos judiazos despavoridos, y enjaezados al talle de v. m., si bien no estan pintados con esas ruedas de cuero que v. m. trae, ni con tan largas lanças. Don Quixote, volviendo las riendas á Rocinante hazia la gente que le tenia cercado en corrillo, dixo á todos con voz reposada y grave, sin reparar en lo que el alcalde le habia dicho: Valerosos leoneses, reliquias de aquella ilustre sangre de los godos, que por entrar Muça por España, perdida por la alevosia del conde Julian, en vengança de Rodrigo y de su incontinencia, y en desagravio de su hija Florinda, llamada la Cava, os fue forçoso haberos de retirar á la inculta Vizcaya, Asturias y Galicia para que se conservase en las inaccesibles quiebras de sus montes y bosques la nobilisima y generosa sangre que habia de ser, como ha sido, açote de los moros africanos; pues alentados del invencible y gloriosisimo Pelayo y del esclarecido Sandoval, su suegro, amparo y fidelisima defensa á cuyo celo debe España la sucesion de los catolicos reyes de que goza, pues dél nació el valor con que los filos de vuestras cortadoras espadas tornaron cumplidamente á recobrar todo lo perdido y á conquistar nuevos reinos y mundos, con invidia del mismo sol, que solo hasta que vosotros les asaltastes sabia dellos y los conocia: ya veis, inclitos Guzmanes, Quiñones, Lorençanas y los demas que me ois, como mi tio el rey don Alfonso el Casto, siendo yo hijo de su hermana, y tan nombrado cuanto temido por Bernardo, me tiene á mi padre el de Saldaña preso, sin querermele dar; demas de lo cual, tiene prometido al emperador Carlo-Magno darle los reinos de Castilla y Leon despues de sus dias; agravio por el cual no tengo de pasar de ninguna manera, pues no teniendo él otro heredero sino á mí, á quien toca por ley y derecho, como á sobrino suyo legitimo, y mas propincuo á la casa real, no tengo de permitir que extrangeros entren en posesion de cosa tan mia: por tanto, señores, partamos luego para Roncesvalles, y llevaremos en nuestra compañia al rey Marsilio de Aragon, con Bravonel de Çaragoça; que, ayudandonos Galalon con sus astucias y con el favor que nos promete, facilmente mataremos á Roldan y á todos los doze Pares; y quedando en aquellos valles mal ferido Durandarte, se saldrá de la batalla; y por el rastro de la sangre que dexará, irá caminando Montesinos por una aspera montaña, aconteciendole mil varios sucesos, hasta que topando con él, le saque por sus manos, á instancia suya, el coraçon, y se le lleve á Belerma, la cual en vida fue la mira de sus cuidados. Advertid pues, famosos leoneses y asturianos, que para el acierto de la guerra os prevengo en que no tengais disensiones sobre el partir de las tierras y señalar de moxones. Y volviendo en esto las riendas á Rocinante y apretandole las espuelas, se entró furioso en el meson, gritando: ¡Al arma, al arma; que

Con los mejores de Asturias

Sale de Leon Bernardo,

Todos á punto de guerra,

A impedir á Francia el paso![22]

Toda la gente se quedó pasmada de oir lo que el armado habia dicho, y no sabian á que se lo atribuir. Unos dezian que era loco, y otros no, sino algun caballero principal; que su trage eso mostraba; tras lo cual querian todos entrarse á tratar con él; pero el ermitaño se puso á la puerta en resistencia diziendoles: Vayanse, señores, con Dios; que este hidalgo está loco, y le llevamos á curar á la casa de los orates de Toledo: no nos le alteren más de lo que él se está. Oidas estas razones al venerable ermitaño, se fueron al punto cuantos alli estaban; y llevando Sancho á Rocinante á la caballeriza, se entraron don Quixote y los demas de su compañia en un aposento, donde le ayudaron á desarmar Bracamonte y el ermitaño, con cuyo manto buriel estaba cubierta la buena Barbara, sentada en su presencia en el suelo, á la cual viendo don Quixote dixo: Soberana señora, tened un poco de paciencia; que muy en breve sereis llevada á vuestro famoso imperio de las Amazonas, siendo primero coronada por reina del vicioso reino de Chipre, en cuya pacifica posesion os porné en matando su tirano dueño, el valiente Bramidan de Tajayunque, en la corte española; que para eso con toda diligencia entraremos mañana en la fuerte y bien murada ciudad de Sigüença, en la cual os compraré unos ricos vestidos, en cambio de los que aquel alevoso principe don Martin os quitó contra toda ley de razon y cortesia. Señor caballero, respondió ella, beso á v. m. las manos por la buena obra que sin haberle servido me haze; yo quisiera ser de quinze años y más hermosa que Lucrecia, para servir con todos mis bienes habidos y por haber á v. m.; pero puede creer que si llegamos á Alcala, le tengo de servir alli, como lo verá por la obra, con un par de truchas que no pasen de los catorze, lindas á mil maravillas y no de mucha costa. Don Quixote, que no entendia la musica de Barbara, le respondió: Señora mia, no soy hombre que se me dé demasiado por el comer y beber; con eso á mi escudero Sancho Pança; con todo, si esas truchas fueren empanadas, las pagaré y las llevaremos en las alforjas para el camino; aunque es verdad que mi escudero Sancho, en picandosele el molino, no dexará trucha á vida. La buena señora, como vió que don Quixote no le había entendido, se volvió al soldado, que se estaba riendo, y le dixo: ¡Ay amarga de mí, y que moscatel es este caballero! Mucho quiçá ha comido: menester habrá, si va á Alcala, acepillar un poco el entendimiento, que le tiene muy gordo. ¿Que dize vuesa alteza de gordo?, dixo don Quixote. Que no lo está v. m. mucho, respondió ella, dezia, señor; cosa que me maravilla de quien tiene tan buena condicion. Señora, replicó don Quixote, de tres generos de gente murmuraba mucho un filosofo moderno que yo conocí: del medico sarnoso, del letrado engañado, y del que emprende largos caminos y pleitos siendo gordo; y pues yo emprendo por mi profesion de caballero andante las dos ultimas cosas dichas, no será bien que esté gordo; porque el estarlo es de hombres ociosos y que viven sin cuidados; y asi no es posible engordar más de lo que estoy, teniendo tantos como tengo. Tratando desto, entró Sancho corriendo, dando una mano con otra y diziendo: ¡Albricias, señor don Quixote, albricias! ¡Buena nueva, buena nueva! Yo te las prometo, dixo don Quixote, hijo Sancho; y más si son las nuevas de que ha parecido aquel estudiante que robó á la gran reina Zenobia. Mejor, respondió Sancho, es la nueva. ¿Es por ventura, añadió don Quixote, que el gigante Bramidan de Tajayunque está en el lugar, y me busca para acabar la batalla que entre los dos tenemos aplaçada? Mejor sin comparacion es, replicó Sancho. Dinosla, pues, presto, dixo don Quixote; que si es de tanta importancia como dizes, no te faltaran buenas albricias. Han de saber vs. ms., respondió Sancho, que dice el mesonero (y no burla, porque yo lo he visto por mis ojos) que tiene para que cenemos una riquisima olla con cuatro manecillas de vaca y una libra de tocino, con bofes y livianos de carnero y con sus nabos; y es tal, en fin, que en dandole cinco reales de contado y á letra vista, se verná ella misma á cenar por sus pies con nosotros. Don Quixote le dió una coz diziendo: ¡Miren el tonto goloso, las nuevas de importancia que nos traia! Las albricias dellas le diera yo de muy buena gana con un garrote, si por aqui le hubiera á mano. Entró, cuando esto dezia don Quixote con colera, muy sin ella el mesonero diziendo: ¿Que es lo que vs. ms. quieren cenar, señores? que se les dará luego al punto. Don Quixote le dixo que para él le traxese dos pares de huevos asados, blandos, y para aquellos señores lo que á ellos les pareciese; pero que adereçase algun faisan, si le tenia á mano, para la reina Zenobia, porque era persona delicada y regalada, y le haria daño otra cosa. Miró el mesonero á la que don Quixote llamaba reina, y dixo: ¿No es v. m. la que cenó anoche con un estudiante, y nos dixo que iba á casarse con él á Çaragoça? Pues ¿como ayer, como este caballero dize, no era Zenobia (aunque si novia del tan falto de barbas cuanto de vergüença), y agora lo es? A fe que anoche no cenó de faisan, si no de un plato de mondongo que consigo traxo de Sigüença, envuelto en una servilleta no muy limpia, ni tampoco se nos hizo reina. Hermano, respondió ella, yo no os pido nada: traed de cenar; que lo que todos estos señores cenaren, cenaré yo tambien, pues este caballero nos haze á todos merced. Fue el mesonero y pusoles la mesa, y cenaron todos, con mucho contento de Sancho, que servia, yendosele los ojos y el alma tras cada bocado de sus amos. Levantados los manteles, mientras él se fue á cenar, quedando todos sobre mesa, dixo el ermitaño á don Quixote. V. m., señor, nos la ha hecho grandisima á mí y al señor Bracamonte en este camino, y por ella quedamos ambos obligadisimos; pero porque ya nos es forçoso irnos por otra parte, él de aqui á Avila, de donde es natural, y yo á Cuenca, habrá v. m. de servirse darnos licencia, y mandarnos en dichas ciudades en cuanto se le ofreciere y viere le podemos servir, pues lo haremos como lo debemos y con las veras posibles; y lo mismo ofrecemos á su diligente escudero Sancho. Don Quixote le respondió que le pesaba mucho perder tan buena compañia; pero que si no se podia hazer otra cosa, que fuesen sus mercedes con la bendicion de Dios, mandando á Sancho que les diese un ducado á cada uno para el camino, el cual ellos recebieron con mucho agradecimiento; y don Quixote les dixo: Por cierto, señores, que entiendo verdaderamente que á duras penas se podran hallar tres sugetos tales como los tres que habemos caminado desde Çaragoça hasta aqui, pues cada uno de nosotros merece por sí grande honra y fama; porque, como sabemos, por una de tres cosas se alcançan en el mundo las dos dichas: ó por la sangre, ó por las armas, ó por las letras, incluyendo en sí cada una dellas la virtud, para que sea perfecto cumplimiento. Por la sangre el señor Bracamonte es famoso, pues la suya es tan conocida en toda Castilla; por las armas yo, pues por ellas he adquirido tanto valor en el mundo, que ya mi nombre es conocido en toda su redondez; y por las letras el padre, de quien he colegido que es tan grande teologo, que entiendo sabrá dar cuenta de sí en cualesquier universidades, aunque sean las Salmantina, Parisiense y Alcaladina. Sancho, que en acabando de cenar se habia puesto en pie detras de don Quixote á escuchar la conversacion, salió diziendo: Y yo ¿de que tengo fama? ¿No soy tambien persona como los demas? Tú, respondió don Quixote, tienes fama del mayor tragon goloso que se haya visto. Pues sepan (replicó Sancho), burlas aparte, que no solamente me toca á mí uno de los nombres que cada uno de vs. ms. tiene y con que se hazen famosos, sino que lo soy por todos tres juntos, por sangre, por armas y por letras. Riose don Quixote, diziendo: ¡Oh simple! ¿y como ó cuando mereciste tú tener alguno de los renombres que nosotros por excelencia tenemos, para que vuele tu fama como la nuestra por el orbe? Yo se lo diré á vs. ms., dixo Sancho, y no se me rian, ¡cuerpo de mi sayo! Lo primero, yo soy famoso por sangre, porque, como sabe mi señor don Quixote, mi padre fue carnicero en mi lugar, y cual tal, siempre andaba lleno de sangre de las vacas, terneras, corderos, ovejas, cabritos y carneros que mataba, y siempre traia llenos della los braços, manos y delantal. Por las armas tambien soy famoso, porque un tio mio, hermano de mi padre, es en mi tierra espadero, y agora está en Valencia, ó donde él se sabe, y siempre él anda limpiando espadas, montantes, dagas, puñales, estoques, cuchillos, cuchillas, lanças, alabardas, chuzos, partesanas, petos y morriones y todo genero armorum. Por las letras, tambien un cuñado mio es encuadernador de libros en Toledo, y siempre anda con pergaminos escritos, y envuelto entre libraços tan grandes como la albarda de mi rucio, llenos de letras goticas. Levantaronse todos riendo de las necedades de Sancho, y fueronse á acostar cada uno donde el huesped los llevó.