CAPITULO XXX
De la peligrosa y dudosa batalla que nuestro caballero tuvo con un paje del titular y un alguacil.
El criado, don Quixote, Sancho y Barbara començaron á caminar hazia casa del titular que les habia convidado, con no poca admiracion de cuantos los topaban por las calles, ni menor trabajo del criado en dezir á unos y á otros el humor y nombre del armado, y calidad de la dama, y adonde y para qué fin los llevaba. Con esta molestia los entró en casa de su señor, y mandando dar recado á las cabalgaduras, los subió luego á los tres á un rico aposento, diziendo á don Quixote: Aqui, señor caballero, puede v. m. reposar, quitarse las armas y asentarse en esta silla hasta que mi señor venga; que no puede tardar mucho. A la cual respondió don Quixote que no estaba acostumbrado á desarmarse jamas por ningun caso, y menos en tierra de paganos, donde no sabe el hombre de quien se ha de fiar ni lo que puede facilmente suceder á los caballeros andantes, en deshonor del valor de sus personas. Señor, replicó el criado, aqui todos somos amigos, y deseamos servir á los caballeros de la calidad de v. m., y asi bien puede estar en esta casa sin cuidado ni recelo de contraria fortuna. Pero viendo que todavia porfiaba en no quererse desarmar, se fue diziendo hiziese su gusto y aguardase á que su señor viniese, dexandolos con un paje de guarda para mayor seguridad de que no saliesen de casa. Començose don Quixote á pasear por la sala, y viendose Barbara con buena ocasion y á solas para hablarle, lo hizo diziendole: Yo, señor don Quixote, he cumplido mi palabra en venir con v. m. hasta la corte; y pues ya estamos en esta, le suplico me despache lo más presto que pudiere, porque tengo de volverme á mi tierra á negocios que me importan; tras que temo, lo que Dios no quiera, que aquel alguazil que iba con el señor de la carroça, á quien v. m. llamaba principe de Persia, nos ha hecho traer á esta casa para saber quien es v. m. y quien soy yo; y es cierto que viendo como ando en compañia de v. m., ha de pensar que estamos amancebados, y nos haran llevar á la carcel publica, donde temo seremos rigurosamente castigados y afrentados; y v. m. creame, y guardese no le pongan en ocasion de gastar en ella ese poco dinero que le queda; y despues, cuando quiera, volviendo sobre si, meterse en su tierra, no se vea forçado á haber de mendigar: por eso mire lo que en este negocio debemos hazer, pues en todo seguiré de bonisima gana su parezer. Señora reina Zenobia, dixo don Quixote, yo se claramente que el caballero que iba en la carroça es el principe Perianeo de Persia, y el que llama alguazil es un escudero honrado suyo: por tanto pierda v. m. el miedo: estese conmigo, por me hazer placer, siquiera seis dias en esta corte; que despues yo proprio la volveré á su tierra con más honra que piensa. Par Dios, señor don Quixote, dixo Sancho estando en estas razones, que aquel que iba en la carroça, que nosotros llamamos pagano, oi dezir á no sé cuantos que era un no sé quien, si sé quien, hombre bonisimo y cristiano; y á fe que me lo parece, lo uno por su caridad, pues nos ha convidado á cenar y á comer con tanta liberalidad; lo otro porque si él fuera pagano, claro está que estuviera vestido como moro, de colorado, de verde ó amarillo, con su alfanje y turbante; pero él está, cual Dios le hizo y su madre le parió y v. m. ha visto, todo vestido de negro, y todos cuantos le acompañaban iban de la misma suerte; y más, que ninguno hablaba en lengua paganuna, sino en romance, como nosotros. Porfió á esto don Quixote con colera, diziendo: Pues aunque tú y la Reina digais lo que quisieredes, él es sin falta ninguna el que ya tengo dicho. Entonzes Barbara llamó al paje que estaba á la puerta, y le dixo: Diganos, señor mancebo, aquel señor que iba en la carroça por el Prado, acompañado de tanta gente, á quien este caballero y yo hablamos, ¿quién es? El paje le respondió quien era y su calidad, y como los habia mandado expresamente traer á su casa. ¿Y que nos quiere hazer? replicó Sancho; no nos veamos en otra tribulacion como en la que yo me vi en la carcel de Sigüença, tan cargado de piojos, que, aun de los que me quedan desde entonzes, podria hinchir media dozena de almohadas. Ninguna cosa pretende mi señor, respondió el paje, sino tener con vs. ms. algun buen rato de entretenimiento, y regalarles. Veni acá, paje, dixo don Quixote: ¿vuestro amo no se llama Perianeo de Persia, hijo del gran soldan de Persia y hermano de la infanta Imperia, competidor del nunca vencido don Belianis de Grecia? Riose muy de proposito el paje cuando oyó tantos disparates, y respondiole: Ni mi señor es principe de Persia ni turco, ni en su vida estuvo allá ni vió á don Belianis de Grecia, cuyo libro mentiroso tengo yo en mi aposento. ¡Oh paje vil y de infame ralea! dixo don Quixote: ¡y mentiroso llamas á uno de los mejores libros que los famosos gregos escribieron! Tú y el barbaro turco de tu amo sois los mentirosos, y mañana se lo haré yo confesar á él, mal que le pese, delante del Rey, con los filos desta espada. Digo, respondió el paje, que mi señor es muy buen cristiano, caballero de lo bueno, y conocido en España; y quien lo contrario dixere, miente y es un bellaco. Don Quixote, que tal oyó, metió mano á su espada y se fue, hecho un rayo, para el paje. El, en viendolo, se baxó por la ancha escalera á la calle, y saliendo á su puerta, dezia á vozes: Salga el bellaco que pone lengua en mi señor; que yo haré que le cueste caro. Y diziendo y haziendo tomó una piedra de la calle contra don Quixote, el cual salió tambien á ella armado como estaba; y con la espada en la mano y cubierto con su adarga, se fue contra el paje, el cual anticipandose en la ofensa, le tiró la piedra que tenia, con tal furia, que le dió con ella tal y tan desatinado golpe, que á no hallarle el pecho armado le pusiera la vida en contingencia. Al ruido y vozes que todos daban se llegó mucha gente; y como vieron aquel hombre armado con la espada y adarga, amenazando y aun arremetiendo al paje del conocido titular, no sabian que se dezir. Llegaron dos alguaziles con sus corchetes luego al corrillo, y viendo lo que pasaba, se le acercó el uno, é intentando quitarle la espada, le dixo: ¿Que hazeis, hombre de Barrabas? ¿Estais loco? ¡En tal puesto y contra paje de persona de prendas tales, cual es el dueño dél y de esta casa, meteis mano! Venga la espada luego, y venios á la carcel; que á fe que os acordareis de la burla más de cuatro pares de dias. No respondió palabra don Quixote, sino que echando un pie atras y levantando la espada, dió al bueno del alguazil una gentil cuchillada en la cabeça, de la cual le començó á salir mucha sangre. Viendo esto el herido alguazil, començó á dar vozes diziendo: ¡Favor á la justicia; que me ha muerto este hombre! Llegaronse al ruido mil corchetes y alguaziles y otras personas, metiendo todos mano á sus espadas contra don Quixote, el cual con mucha alegria dezia: Salga Perianeo de Persia con todos sus aliados; que yo les daré á entender que él y cuantos en esta casa viven son perros enemigos de la ley de Jesucristo. Y con esto arrojaba á dos manos cuchilladas á todas partes. El pobre Sancho estaba á la puerta mirando lo que su amo hazia, y dixo en voz alta: Eso si, señor don Quixote, no se dé por vencido á esos bellacos de turcos, que le llevaran al Alcoran, y le circuncidaran mal que le pese, y despues le pondran á los pies unas trabas de hierro, como á mi en Sigüença. En esto cargó tanta gente sobre nuestro buen hidalgo, que á pesar suyo le quitaron la espada, y agarrandole media dozena de corchetes, le ataron las manos atras. Acertó á pasar por alli, cuando andaba en esta refriega, que era al anochecer, un alcalde de corte en su caballo, el cual viendo tanta gente junta, preguntó qué era la causa de aquello, y uno de los circunstantes le dixo: Señor, una grandisima desvergüença; que un hombre armado de todas pieças ha entrado en esta casa, do vive, como v. m. sabe, tal titular, y ha querido matar en ella un paje suyo, y queriendole prender ciertos alguaziles por ello y la resistencia que les hazia, temerariamente ha dado á uno de ellos una muy buena cuchillada. ¡Mal caso! respondió el alcalde de corte; y llegando donde los corchetes tenian á don Quixote sin poderle llevar, segun se resistia, mandó que le dexasen; y asi le levantaron de tierra, y puesto en pie, atadas las manos atras, le dixo el alcalde, maravillado de verle de aquella suerte y con tanta colera. Veni acá, hombre del diablo: ¿de donde sois y como os llamais, que tanto atrevimiento habeis tenido en casa de dueño de tan ilustres cualidades? Don Quixote le respondió: Y vos, hombre de Lucifer, que eso preguntais, ¿quién sois? Lo que habeis de hazer es ir vuestro camino adelante mucho de noramala, y no meteros en lo que no os va ni os viene; que yo quien quiera que fuere, soy cien vezes mejor que vos y la vil puta que os parió, y os lo haré confesar aqui á vozes, si hubo en mi preciado caballo y tomo la lança y adarga que aquesta soez y vil canalla me ha quitado; pero yo les daré el castigo que su loco atrevimiento merece, en matando al rey de Chipre Bramidan de Tajayunque, con quien tengo aplaçada batalla delante del rey Catolico; y juntamente tomaré vengança del principe Perianeo de Persia, cuyas son estas casas, si no castigara la descortesia que los de su real palacio me han hecho, siendo yo Fernan Gonçalez, primer conde de Castilla. Maravillose el alcalde de corte de oir los disparates de aquel hombre; pero uno de los corchetes dixo: V. m., señor, crea que este hombre es más bellaco que bobo, y ahora que ha hecho el disparate y lo conoce, se haze loco para que no le llevemos á la carcel. Ahora sus, dixo el alcalde de corte, llevenle á ella, y ponganle á buen recado hasta mañana que salga á la audiencia y se vea su pleito. Con esto le començaron á asir los corchetes, resistiendose él cuanto podia. Sucedió pues que á esta hora, que ya eran cerca de las nueve, llegó el titular á la puerta de su casa con mucho acompañamiento, y como vió tanta gente junta en su calle, preguntó la causa, y llegandose á él el alcalde de corte, le contó cuanto aquel hombre armado habia hecho y dicho. En oyendolo, se rió mucho el titular dello, y refiriendo al alcalde lo que don Quixote era, y como por su orden le habian traido á su casa, le suplicó le soltase, dandoselo como en fiado; que él se obligaba á entregarsele siempre que le requiriese ó constase que no era lo que le contaba, obligandose juntamente á todos los daños y costas de la cura del alguazil y á satisfacerle bastantemente. Lo mismo le rogaron todos los circunstantes que le acompañaban, deseosos de pasar la noche con el entretenimiento que les prometia el humor del preso y de los que venian en su compañia. Viose obligado el alcalde, viendo los ruegos y seguridades que le daban gente tan principal, á condescender con su deseo; y asi mandó á los corchetes le soltasen y entregasen al dicho titular, el cual viendole libre, le dixo: ¿Que es esto, señor Caballero Desamorado? ¿Qué aventura es esta que le ha sucedido? Respondió don Quixote: ¡Oh mi señor Perianeo de Persia! No es nada: que como toda esta gente es gente bahuna, no he querido hazer batalla con ella, aunque creo que alguno ha llevado ya el pago de su locura. En esto llegó Sancho, el cual estaba de lexos mirando todo lo que su amo habia padecido; y quitandose la caperuça, dixo: ¡Oh señor principe! Su merced sea bien venido para que libre á mi señor destos grandisimos bellacos de alcaldes, peores que el de mi tierra, pues se han atrevido á quererle llevar agarrado á la carcel, cual si no fuera tan bueno como el rey y el papa y el que no tiene capa; que he visto el negocio de suerte, que si no fuera por v. m., creo que sin duda lo efectuaran y aun yo, á no temerles, les diera dos mil moxicones. Bien podeis creer, amigo, dixo el caballero, que si no lo fuera yo tanto del alcalde de corte como lo soy, y el respeto que él, como tal, me tiene, que lo pasara mal el señor don Quixote:—á quien asiendo de la mano tras esto, dixo: Venga v. m., señor principe de Grecia, y entre en mi casa; que en ella todo se hará bien, y los bellacos de sus contrarios seran castigados como merecen. Y despidiendose con mucho comedimiento de algunos de los que le acompañaban, como lo habia hecho ya del alcalde, se subió arriba con don Quixote y con Sancho. Quedaronse los corchetes hechos unos matachines en la calle sin su presa, y pasmados de ver que el titular llevase aquel hombre á su lado llamandole principe.