CAPITULO VI.

De los errores que ocasiona el amor propio.

[81] Entiendo por amor propio aquella inclinacion natural que tenemos á nuestra conservacion y nuestro bien. Todo aquello que pensamos ser á propósito para nuestra conservacion, y todo lo que nos parece que ha de hacernos bien, lo apetecemos llevados de la naturaleza misma; y hemos de considerar que el amor propio es un adulador que continuamente nos lisonjea y nos engaña. Porque si nosotros regulasemos esta innata inclinacion que tenemos ácia nuestro bien y provecho, segun las reglas que prescribe el juicio, y le conformasemos con las máxîmas que enseña la doctrina de Jesu-Christo, no apeteciéramos sino lo que es verdaderamente bueno, y lo que en realidad puede conducir á nuestra conservacion; pero el caso es que estudiamos poco para moderarlo, y su desenfrenamiento nos ocasiona mil males. Para describir los malos efectos que causa en las costumbres el desordenado amor propio, es menester recurrir á la Filosofía moral, porque segun yo pienso, la inclinacion que los hombres tienen á la grandeza, á la independencia, y á los placeres no son mas que el amor propio disimulado, ó lo que es lo mismo, todas aquellas inclinaciones no son otra cosa, que el apetito que tienen los hombres de su conservacion y de su bien, pareciéndoles que le han de saciar con la grandeza, con los placeres, y con la independencia: apetito que si no se regula, como he dicho, ocasiona grandes daños. Mas yo solo intento aquí descubrir algunos artificios con que el amor propio nos engaña en el exercicio de las Artes y Ciencias; y si no atendemos con cuidado, nos vuelve necios, haciéndonos creer que somos sabios. Ya hemos mostrado quantos determinados errores nos ocasionan las pasiones con que acompañamos nuestros conocimientos. A la verdad todos estos nacen del amor propio, que es la fuente de todas las pasiones y apetitos; mas aquí queremos en general mostrar los varios caminos con que este oculto enemigo nos engaña en el exercicio de las Artes y Ciencias.

[82] Si alaban á nuestro contrario en nuestra presencia, allá interiormente lo sentimos, aunque las alabanzas sean justas, porque el amor propio hace mirar aquellas alabanzas como cosa que engrandece al enemigo; y como el engrandecerse el enemigo ha de estorbar nuestra grandeza, ó ha de ser motivo de privarnos de algun bien, por esto no gustamos de semejantes alabanzas. No se forman sylogismos para esto, porque basta nuestra inclinacion poderosa ácia lo que concebimos como bien; pero si quisiéramos exâminarlo un poco, facil sería reducir á sylogismos las razones que nos mueven. Si mi enemigo se engrandece, tiene mayores fuerzas que yo; si tiene mayores fuerzas, me ha de vencer: luego mi enemigo me ha de vencer. Así hace argüir el amor propio, ó de esta manera: Yo no quiero á mi enemigo: los demas dicen que él es justo, piadoso y bueno: luego yo no amo á lo que es bueno y justo: luego pierdo de mi estimacion para con los demas. O de esta forma: Lo bueno y justo es estimable: luego si los demas tienen á mi enemigo por bueno y justo, le estiman; si le estiman, no me aman, &c. Esto pasa dentro de nosotros á veces sin repararlo, y por eso quando oimos á alguno que alaba á nuestro contrario, pareciéndonos por las razones propuestas, que quanto el contrario es mas digno de alabanza, tanto menos lo somos nosotros, intentamos con artificio rechazar las alabanzas, ó ponerlas en duda, ó culparle en otras cosas, que puedan obscurecer las alabanzas, y no sosegamos hasta que estamos satisfechos, que ya los demas nos han creido. Todo esto lo ocasiona el amor propio, haciéndonos creer que quedamos privados de un gran bien, quando le tiene nuestro contrario, ó que el creer los demas que nuestro contrario es bueno y justo, se opone á nuestra utilidad y conservacion. De esto nacen tantas injurias y falsedades, que se atribuyen recíprocamente los Escritores, que son de pareceres opuestos. Los hombres muy satíricos de ordinario tienen desordenadísimo amor propio, y continuamente exercitan la sátira, porque quieren ajar á los demas, y hacerse superiores á todos. Por esta razon han de considerar los que escriben sátiras, que para ser buenas han de hacer impresion en el entendimiento, y no han de herir al corazon, porque como el satirizado tiene tambien amor propio, se moverá á abatir en el modo que pueda al Autor de la sátira, y estas luchas pocas veces se hermanan bien con la humanidad. Esto no suele suceder así quando se reprehenden defectos en general, porque entonces no se excita el amor propio de ningun particular.

[83] El amor propio hace que un hombre se alabe á sí mismo; y el amor propio es la causa por que no podemos sufrir que otro se alabe en nuestra presencia. El que se alaba á sí mismo, se engrandece, porque se propone como sugeto lleno de cosas que dan estimacion. Si lo hace delante de otros, se supone poseedor de cosas buenas, que los demas no tienen, ó que él las tiene con preeminencia; ó á lo menos lo hace para que los demas dén el justo valor á su mérito. El amor propio de los demas no consiente esto, y así no pueden tolerar que otro se haga mayor, ni pueden sufrir que otro sea superior en cosas buenas, porque si lo fuera, sería mayor y digno de mayores bienes; y como nunca queremos ser inferiores á los demas, ni sufrimos que otros nos excedan, ni que sean mas dignos de los bienes que nosotros, por eso nos parecen mal las alabanzas. Si otro dice estos elogios del mismo sugeto, no solemos sentirlo tanto, y entonces solo los admitimos, ó rechazamos, segun la pasion que nos domina; pero si uno mismo se alaba en nuestra presencia, siempre lo sentimos, porque nunca podemos sufrir que venga alguno, que á nuestra vista quiera hacerse mejor que nosotros. Por esto el alabarse á sí mismo es gradísima necedad, porque como cada uno se estima tanto, creen los demas que se alaba por amor propio, y por la estimacion que se tiene, y no con justicia; y como el que se alaba irrita al amor propio de los demas, él mismo hace que los que escuchan las alabanzas, las miren con tedio, como opuestas á su grandeza, y así estan menos dispuestos á creerlas. Con que es necio, porque no consigue el fin de la publicacion de sus alabanzas, es á saber, que los demas le crean; y lo es tambien, porque está tan poseido del amor propio, que le hace creer, que es un modelo de perfeccion, y no le dexa conocer su flaqueza. No obstante es cosa comunísima alabarse á sí mismos los Escritores de los libros. Si un Autor ha pensado una cosa nueva, cada instante nos advierte, que esto lo ha inventado él solo, y que hasta entonces nadie lo ha dicho. Es bueno que los lectores conozcan esto; pero parece muy mal que el mismo Autor lo diga. Los títulos de los libros muestran el amor propio de sus Autores, porque poner títulos grandes, pomposos, magníficos, y llenos de términos ruidosos, prueba que su Autor ha hecho de sí mismo y de sus escritos un concepto grande é hinchado. Por esto alabaré siempre la modestia en los títulos. Las coplas, decimas, sonetos, y otras superfluidades, que vemos al principio de algunos libros, significan dos cosas, es á saber, que hay grande abundancia de malos Poetas, y que el Autor gusta que los ignorantes le alaben, lo qual es efecto de desordenado amor propio. Las aprobaciones comunes son indicio del amor propio de los Escritores, y de sus Aprobantes. El Autor de un libro precisamente ha de conseguir que le alaben sus amigos, si los busca de propósito para este efecto. Los Aprobantes tienen el estilo de quedarse admirados á la primera linea, pasmados á la segunda, y atónitos antes de acabar la cláusula. De suerte, que este es el lenguage comun de los Aprobantes, que sean buenos los libros, que sean malos, y es porque no gobierna al juicio en las alabanzas la justicia, sino el amor propio. Por esto vemos que los Aprobantes no dexan de manifestar su erudicion, aunque sea comun, y citan Autores raros para hacerse admirar (exceptuando á CASIODORO, que se cita en las aprobaciones por moda y estilo), y todas estas cosas las hace el Aprobante por mostrar su saber, con la ocasion, ó pretexto de hacer juicio del escrito.

[84] Las satisfacciones impertinentes que dan los Autores en los Prólogos, son efectos del amor propio. El Prólogo se hace para advertir algunas cosas, sin cuyo conocimiento no se penetraria tal vez el designio de la obra; ó para dar á los lectores una descripcion general de ella, para que se muevan con mayor aficion á leerla. Pero no poner en los Prólogos sino escusas, ponderaciones de su trabajo, y dexar á los lectores para que juzguen si ha cumplido, ó no con la empresa, son exâgraciones que ocasiona el amor propio. ¿Pues qué dirémos de los perdones que piden? Pocas veces piden perdón á los lectores por humildad, y casi siempre le piden por amor propio, porque creen con estas prevenciones hallar mejor acogida en ellos. Despues nos dicen, que los amigos, ó alguna grande persona los ha obligado á imprimir el libro, y no se olvidan de hacer poner en la primera hoja su retrato, para que todos conozcan tan grande Escritor. Cuenta el P. MALLEBRANCHE[a], que cierto Escritor de grande reputacion hizo un libro sobre las ocho primeras proposiciones de EUCLIDES, declarando al principio, que su intencion era solo explicar las difiniciones, peticiones, sentencias comunes, y las ocho primeras proposiciones de Euclides si las fuerzas y la salud se lo permitian; y que al fin del libro dice, que ya con la asistencia de Dios ha cumplido lo que ofreció, y que ha explicado las peticiones y difiniciones, y ocho primeras proposiciones de Euclides, y exclama: Pero ya cansado con los años dexo mis tareas; tal vez me sucederán en esto otros de mayor robustez, y de mas vivo ingenio.

[Nota a: Mallebranch. Recherch. de la verit. tom. I. liv. 2. chap. 6. pag. 417.]

[85] Quién no creyera, que este hombre con tantos aparatos, y deseando salud y fuerzas, habia de hallar la quadratura del círculo, ó la duplicacion del cubo? Pues no hizo otra cosa, que explicar las ocho primeras proposiciones de la Geometría de Euclides, con las peticiones y difiniciones; lo qual puede aprender qualquiera hombre de mediana capacidad en una hora y sin maestro ninguno, porque son muy faciles, y no necesitan de explicacion. No obstante habla este Autor como si trabajara la cosa de mayor importancia y dificultad, y teme que le han de faltar las fuerzas y dexa para sus sucesores lo que él no ha podido executar. Este Autor estaba enamorado de sí mismo, y sus inepcias las proponia como cosas grandes, porque el amor propio le obscurecia al juicio. Y aunque qualquiera conocerá, que detenerse en semejantes ponderaciones es cosa estultisíma, no obstante la fuerza con que se aman los Autores hace que en los Prólogos no se lean sino estas excusas, ú otras del mismo género[a]. Antes que el P. MALLEBRANCHE satirizó estos y otros defectos de los Prólogos, con mucha gracia y agudeza, nuestro CERVANTES en el admirable Prólogo de su D. Quixote.

[Nota a: Sed quid ego plura? Nam longiore praefatione, vel excusare, vel commendare ineptias, ineptisimum est. Plin. Jun. lib. 4. epist. 14.]

[86] Una de las cosas mas importantes para adelantar las letras es comentar, explicar, y aclarar los Autores originales fundadores de ellas; de modo, que si los comentos son buenos, dan mucha luz á los que se quieren instruir en las Ciencias. Mas aunque esto sea así, el amor propio ocasiona mil extravíos en los Comentadores. Uno de ellos es la erudicion que emplean en explicar un lugar claro y facil del Autor principal, lo que hacen por mostrar que saben mucho, y por dar á entender que son hombres capaces de comentar, é ilustrar las cosas mas difíciles. Si encuentran en VIRGILIO el nombre de un rio, nos derrama el Comentador el principio, el fin, y la carrera de aquel rio: nos dice quantas cosas ha hallado en los Autores sobre el asunto; y por decirlo de una vez, hace un comento largo para explicar una palabra facil de entender; y no hace otra cosa que llenar el celebro de los lectores de noticias comunes, y tal vez falsas. Si el Poeta nombra á un Filósofo de la Grecia, se le presenta la ocasion oportuna de explicar la vida, los hechos, y sentencias del Filósofo, y nos da un compendio de LAERCIO, de PLUTARCO, y de todos los antiguos que han tratado del asunto. Así se ve claramente, que esto no lo hacen por esclarecer los Autores, ni por hallar la verdad, sino por adquirir fama de hombres eruditos. Dirá alguno, que los Comentadores no piensan en estas cosas quando emprenden el comento; pero si me fuera lícito decirlo así, yo diría que el amor propio lo piensa por ellos. Este es un enemigo que obra secretamente y con grande artificio, y si los Comentadores hacen reflexîon conocerán, que no tanto los obliga á hacer los comentos el querer ilustrar á un Autor, como querer acreditarse ellos mismos.

[87] El amor propio engaña tambien á los sabios aparentes, haciéndoles creer que son sabios verdaderos, y que les importa que los demas lo conozcan. Sus artificios se hallan explicados con gracia y agudeza en la Charlatanería de los Eruditos de MENKENIO; pero aquí advertiré solamente algunas particularidades para que los conozcan mejor, y los traten segun su mérito. Una de las cosas que mas comunmente hacen los falsos sabios es hinchar la cabeza con lugares comunes de CICERON, de ARISTÓTELES, de PLINIO, y de otros Autores recomendables de la antigüedad. Despues de esto cuidan mucho en tener en la memoria un catálogo copioso de Autores: y si se hallan en una conversacion, vierten noticias comunísimas, y dicen que ya Ciceron lo conoció, que ya se halla en Aristóteles, y luego añaden, que entre los modernos lo trata bien CARTESIO, y mejor que todos NEWTON. Si tienen la desgracia de encontrar con uno, que esté bien fundado en las Ciencias, y haya leido estos Autores, y les replica, mudan de conversacion, y así siempre mantienen la fama entre los que no lo entienden. Lo mismo hacen en los libros, citan mil Autores para probar lo que no ignora una vieja. Y una vez ví uno de estos, que en una cláusula de cinco lineas citó á LIEBRE, y á BURDANIO para probar una friolera. Es tanta la inclinacion que tienen los poco sabios á citar Autores, y mostrarse eruditos, que uno de ellos en cierta ocasion hablaba de la batalla de Farsalia, que no la habia leido sino de paso en alguno de los libros que no tratan de propósito de la historia de Roma, y se le habia hinchado la cabeza de manera, que decia: Grande hombre era Farsalia, y Farsalia no fué hombre grande, ni pequeño, sino un campo, ó lugar donde se dió la batalla entre CESAR, y POMPEYO. Semejantes desórdenes ocasiona el querer parecer sabios; y es cosa certísima, que por lo comun es mejor la disposicion de entendimiento de los ignorantes, que la de los sabios aparentes, porque estos son incorregibles, y aquellos suelen sujetarse al dictamen de los entendidos.

[88] Ninguno ha descubierto mejor las artes, y mañas artificiosas de los falsos sabios que el P. FEYJOÓ en un discurso, que intitula: Sabiduría aparente[a]. Al mismo tiempo ninguno, sin pensar en ello, ha criado mas sabios aparentes que este Escritor. Como trata tantos y tan varios asuntos, y los adorna con mucha erudicion, estos semisabios vierten sus noticias en las conversaciones, en los escritos, y donde quiera que se les ofrece. El perjuicio que de esto se sigue es, que se creen sabios solo con leer á este Autor. Si los asuntos que trata Feyjoó son científicos (estos en toda la extension de sus obras son pocos), no se pueden entender sin los fundamentos de las Ciencias á que pertenecen; y no teniéndolos muchos de los que le leen, quando se les ofrecerá hablar de ellos, lo harán como falsos sabios. Si son asuntos vulgares, que es el instituto de la obra, la materia es de poca consideracion, y solo los adornos la hacen recomendable. Los puntos históricos, filosóficos, y críticos, de que están adornados los discursos, piden verse en las fuentes para usar de ellos con fundamento, ya porque alguna vez no son del todo exâctos, ya tambien porque desquiciados de su lugar y trasladados á otro, no pueden hacer buena composicion sino con el orden, método, y fines con que los propusieron sus primitivos Autores. Al fin de su discurso dice el P. Feyjoó, como hemos ya insinuado, y conviene repetirlo: El Teatro de la vida humana, las Polyanteas (bien pudiera añadirse el infinito número de Diccionarios de que estamos inundados), y otros muchos libros, donde la erudicion está acinada, y dispuesta con orden alfabético, ú apuntada con copiosos índices, son fuentes públicas, de donde pueden beber, no solo los hombres, mas tambien las bestias. El mal uso de las obras de este Escritor puede producir el mismo efecto.

[Nota a: Feyjoó Teatr. Crític. tom. 2. pág. 179. y sig.]