I.
D. Carlos no murió.
En la noche que el médico desesperó de su curación, la fiebre hizo crisis presentando los síntomas de un alivio repentino.
El enfermo abrió los ojos y viendo á su lado al Padre José, le dijo resueltamente:—Creo que he dormido y he soñado mucho. Antes no sabía qué camino tomar en el desierto de mi vida...... pero ya estoy decidido..... Quiero huir de mis pasiones y de mis errores...... Hay infortunios que nos separan del resto de los hombres..... Como si hubiese muerto, desearía ser olvidado de cuantos me han conocido, ya que sólo me quedan recuerdos y lágrimas para todos los días del porvenir.
Después de un rato de calma, volvió á decir con doloroso sentimiento:
—Me quedo aquí, según lo he prometido. El hombre nuevo pide á Ud. un asilo en este lugar adonde no llegan las olas que se azotan en la sociedad...... Solamente necesito un poco de paz para mi corazón. Ruego á Ud., Padre, haga lo posible para que no sea conocida mi permanencia en el convento, á lo menos de personas extrañas. Yo procuraré que pronto llegue á México la noticia de mi muerte.
Volvió á callar y después de algunos instantes, prosiguió con voz apenas perceptible:
—Ojalá que á la sombra de la muerte y bajo el peso del olvido, llegue yo á ser bueno......
—Para serlo, hijo mío,—repuso el anciano—es necesario llevar la cruz hasta la cumbre de la estéril montaña de la vida; en el otro lado se halla la tierra de promisión.