LI.

El cielo empezaba á teñirse de un color anaranjado, la suave luz del crepúsculo dibujaba en líneas indecisas á través de una niebla ligera, el panorama de la ciudad con sus jardines, sus casas blancas y sus torres encarnadas.

Las aves al despertar hacían salir armoniosos murmullos de las copas de los árboles.

El río de Atoyac, brillante y perezoso, parecía una serpiente de plata durmiendo á los piés de la vieja ciudad, y en el fondo de aquel cuadro, el monte azul de San Felipe ocultaba sus altas crestas entre nubes de aljofarada filigrana.

El Padre permaneció un momento sereno y pensativo.

Sebastián temblaba cubriéndose el rostro con las manos.

El uno dirigía la última mirada á la tierra de la hospitalidad; el otro ya no quería ver más el lugar donde quedaba la mitad de su corazón.

De repente dijo el Padre al inválido con voz emocionada:

—Hermano: Adelante...... No tengas cuidado, en todas partes hallaremos á Dios y su Providencia.

Y continuaron su camino en busca de una nueva patria.


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