LVIII.
"Turbado por muchas dudas, oprimido por pensamientos tiranos y sin comunicarme con mis compañeros de legación, que me consideraban mohino por el fracaso diplomático, pasaba las noches velando sobre cubierta y los días encerrado en mi camarote."
"Cuando llegué á México, sin pensar más en mi embajada, lo primero que hice fué dirigirme á la casa del Sr. López para pedirle, de una manera disimulada, la explicación de la terrible sospecha que me había hecho concebir; pero hasta hoy no sé si aquella carta me fué dirigida por algún amigo prudente ó el mismo López se apresuró á darme sin responsabilidad, un grito á tiempo para que cuidara de mi honor; el caso fué que aquel sugeto, con marcada extrañeza, me dijo que nada había escrito y mostrándome su firma distinta de la que tenía la carta, protestó que ningún disgusto había sufrido por la casa que vendió."
"Hallé á María Luisa con perfecta salud; pero estaba distraída y descontenta; me acusaba de ingratitud por no haberla llevado á España y conteniendo suspiros que apenas salían á sus labios, se manifestaba sin gusto y sin sosiego en mi presencia."
"Sus ojos estaban agitados por el llanto, su casa no me pareció tan arreglada como antes, el teclado del piano tenía polvo y sobre las mesas no encontré libros ni señales de labor alguna."
"Al preguntarla por la causa de aquel cambio, me dijo, entre misteriosas reticencias y afables rodeos, que yo tenía la culpa porque difería nuestro casamiento é insistió en que cuanto antes deberíamos tomar una determinación, pues ya estaba sintiéndose desesperada."