LXI.

"Por casualidad encontré al Doctor con quien ya no quería curarse María Luisa y le ofrecí acompañarlo para poder preguntarle capciosamente, si ya no visitaba enfermos por el barrio donde tenía yo mi jardín, porque hacía tiempo que no lo veía pasar."

"—En efecto,—me contestó:—mi clientela no es de aquel rumbo; en días pasados curaba yo por allí á una joven, que no era muy apta para seguir el método único que pudiera sanarla. Entre las mujeres hay enfermedades que no pueden curarse mientras estén casadas."

"Este aviso inesperado me llevó al colmo de la admiración. ¡María era vista por un doctor en medicina como mujer casada!"

"Cuando entré á mi casa, ya ni me causó impresión la lectura de una carta de Carolina, en la que me decía con una modestia digna de ella, que sabiendo tenía yo á quien querer, me libraba de mi palabra y se despedía de mí para siempre, porque iba á marchar con mi tío á su hacienda mientras podía entrar en un convento."

"Entonces comprendí que todo lo había perdido, hasta el honor."

"Padre, los hombres cuando aman como yo he amado se vuelven ciegos, sordos é imbéciles."

"A pesar de todo hacía esfuerzos para disculpar á María y dispuse inmediatamente mi viaje á esta ciudad porque me sofocaba la atmósfera de México."

"Ya estaba concluida la venta de mis propiedades y remitido á Ud. su valor; solamente las casas de María quedaron á su disposición para que las poseyera desde Oaxaca y pudieran serle útiles en cualquiera evento de la suerte."