LXIII.

"Nada hay tan despreciable como el cínico que para vergüenza de la especie humana, inventando hechos infames y repitiendo epigramas punzantes, parece complacerse con recoger las basuras de la sociedad y después de hartarse con ellas arroja los restos á la cara del que tiene delante."

"Aquellos corazones gangrenados no sabían lo que es amar ni sentir los instintos del honor."

"Cuando llegaron al capítulo de las mujeres casadas, yo no pude contenerme y con expresión un tanto airada, les dije:"

"—Hombres, eso es inicuo; las mujeres por sí no son tan malas, nosotros somos el origen de sus faltas; si resisten las calumniamos y si sucumben las envilecemos. Todos deberíamos procurar la regeneración de la mujer caída, siquiera disculpando lo que no podemos remediar."

"—Las mujeres tienen instintos depravados.—exclamó uno de aquellos libertinos."

"—La mujer—repliqué yo—tiene hambre y sed de justicia."

"El de Puebla me interrumpió bostezando:"

"Licenciado: todo eso es quimera, teoría, ilusión. Si Ud. pudiese hacernos el milagro de resucitar reputaciones de mujeres perdidas, aunque fuera en pocos ejemplares, yo le daría el título de abogado de imposibles; pero no se canse Ud.; La cabra tira al monte."

"—Y si quiere una muestra; voy á dársela:—dijo otro de aquellos deslenguados:—¿Conoce Ud. á la mora?"

"—No, Señor,—le contesté amostazado y con el fuerte acento del que dice, cállese Ud."

"Aquel truhán encendido por el aguardiente que acababa de agotar y sin fijarse en mi semblante, me habló de esta manera:"

"—Esa muchacha que ha dado tanta guerra, es alta, morena y de provocador atractivo; pero muy desordenada; en un baile de candil, donde la encontré hace poco, me contaron que un compañero de Ud., abogado muy rico, á quien yo no conozco, tuvo la feliz ocurrencia de recoger á la hipócrita cortesana; le compró casas, la tiene con gran lujo y ya está recibiendo el premio de su simplicidad."

"—Ese Señor ha de llamarse Juan.—insinuó el otro tahúr."

"—Y apellidarse Lanas.—añadió el de Puebla."

"—Pues bien,—agregó el primero:—ese abogado Juan Lanas ó Juan Tonto, tiene á la mora como si fuera una gran cosa; dicen que la quiere de veras y la visita pocas veces; pero mientras él estudia las Siete Partidas ó baila en los salones de la aristocracia ella se marcha á las fiestas de los pueblos muy bien acompañada, concurre á los bailes públicos y forma en su casa reuniones que no son muy católicas; por supuesto que todo es á costa del Sr. D. Juan. No hace mucho tiempo que la visitaba con frecuencia un capitán de artillería y ahora pasa con ella largas horas un joven panadero que vive frente á su casa; es casi un niño; puedo apostar á que fué conquistado por ella; el muchacho, aunque guapo, es muy bisoño. ¿No le parece á Ud. que eso es una infamia imperdonable?"

"Yo sentí que me ahogaba, pero era preciso disimular."