V.

Al medio día se alojaban al pié de un árbol ó bajo alguna de esas enramadas portátiles donde se reunen los trabajadores del campo á comer y pasar la siesta; allí gustaban el banquete de la hospitalidad que aquellas pobres gentes les ofrecían con insistencia.

Terminada la comida, el Padre les leía el libro de las bienaventuranzas y D. Carlos les hacía regalos que los dejaban admirados.

Un momento después, los dos amigos desaparecían en el próximo bosque ó en un desfiladero dejando la paz y la instrucción en el alma de sus huéspedes como aquellos misteriosos caminantes que habiendo comido en la tienda de Abraham, le anunciaron la felicidad de sus descendientes.

Al caer la tarde iban á pedir un albergue á la choza del guardamonte, situada en la cumbre de una colina ó á la cabaña del pastor, que humeaba en medio de las florestas.

En todas partes hallaban cariños, atenciones y desventuras humanas.

El padre de familia se descubría la cabeza con respeto ante los misioneros y desocupaba su habitación para cedérsela, ofreciéndoles la mejor estera que tenía; las mujeres preparaban la cena y los niños se lavaban la cara para ir á besar la mano del venerable religioso que los acariciaba con paternal dulzura.

Mientras cenaban, el anciano sacerdote sentado á la luz del hogar, en medio de la familia, oía sus quejas, alentaba sus esperanzas y les contaba las historias de Ruth y de Tobías.

Cuando ya la lumbre iba extinguiéndose y los niños estaban dormidos en el regazo de sus madres, ofrecía un libro ó un vestido al jefe de la casa, y á su esposa dinero y consejos para la familia.

Por último, les daba su bendición y se retiraba para hablar con Dios en la montaña ó para buscar á D. Carlos que pocas veces figuraba en aquellas escenas porque, saciado de amargura, prefería vagar en los bosques ó permanecer inmóvil á orillas de un torrente siguiendo el profundo curso de sus sueños.