VII.
El Guardián compadeciendo á su amigo y calculando que aquella situación produciría malas consecuencias para la salud y el crédito de ambos, un día llegó á decir á D. Carlos:—Ya no es posible la vida que llevamos; la ocupación de instruir al pueblo es el ejercicio más noble de la vida y la caridad es un oficio de ángeles; pero amigo mío, por cuanto el corazón del hombre está formado con tierra deleznable donde germinan los gusanos del pecado, el bien que vamos haciendo, quizás pudiera engendrar envidias ajenas y soberbias propias. Huyamos de aquí para ocultarnos entre las cuatro paredes de nuestra casa, que serán un baluarte contra la tentación.
Caminando de noche por sendas extraviadas volvieron á su convento.
El día que llegaron fatigados y cubiertos de polvo, á todos extrañó que no hubieran cumplido su misión porque no presentaban las importantes limosnas que otros padres habían llevado en iguales casos y aun la mula que debería cargarlas, la regalaron á un caminante porque vieron morir de cansancio á su caballo.
Pero D. Carlos tuvo cuidado de que apareciera en la colecturía del monasterio una gruesa cantidad de dinero como producto de la expedición.
Poco tiempo después, observando el Padre José que si bien D. Carlos no sanaba, por lo menos el mal había detenido sus progresos, dispuso hacer otra excursión por lugares en donde no fueran conocidos; pero ese viaje no tuvo efecto á causa de varios sucesos inesperados.