XXII.

"Cuando la veía sentada en la puerta de una iglesia ó en la esquina de un portal, causando asco y sufriendo que todos huyeran de su lado, se me figuraba una de esas viejas aves de rapiña que después de haber chupado la sangre de animales incautos, viven abandonadas sobre una roca y se mueren de hambre en los muladares."

—¡Castigo del cielo!—Exclamó el Padre, y el mutilado tomando aliento, concluyó:

"Como María es joven y solamente por los pesares y la enfermedad estaba consumida, muy pronto se reparó cuando ya tuvo algo con que alimentarse y vestirse."

"Al poco tiempo noté que sus llagas desaparecieron, se le compuso el color, le creció el cabello y dejó de pedir limosna."

"Ya no quise saber más de aquella pobre mujer y me disponía para venir á buscar á D. Carlos, cuando una tarde al pasar por la taberna que hay frente al cuartel de caballería, oí la voz de María Luisa y me detuve."

"La desdichada disputaba con un soldado borracho que la decía insolencias é intentaba pegarle forcejeando con otros que se lo impedían."

"Luego conocí que aquel hombre tenía para ella derechos de marido ó de verdugo, porque cuando se calmó, le dijo María:—Vámonos á mi casa para que no estés aquí escandalizando.—Y salió con él tomándole el brazo."

"Lo que llamaba su casa era una accesoria que no distaba del cuartel. Sentado yo en la banqueta, no lejos de la puerta, tuve por última desgracia que oir ruidos de llanto y golpes, que salían de aquel cuarto; luego se abrió la puerta y el soldado bárbaro salió á la calle arrastrando de las trenzas á la infeliz, que daba gritos y golpeaba el suelo con la frente."

"Entonces ocurrieron algunos hombres de la pulquería y del cuartel."

"Un jefe mandó al soldado á la cárcel y unos borrachos cargaron con María Luisa en dirección al hospital."

"¿Para qué deseaba yo más venganza? Había visto á la desgraciada bajar de sus salones á los calabozos, luego comer de limosna, después vivir en un cuartel y al fin caminar para el hospital."