XXIV.
Un día llegó Sebastián muy agitado y dijo al Padre José palideciendo:—El cólera está en México, acaban de contármelo.
—Ya era tiempo.—contestó el Guardián con su habitual serenidad.
Y no pasaron muchos días sin que llegara el azote de Dios á las fronteras de Oaxaca.
Según los datos adquiridos por un sabio de aquella época, la peste salió de la India Oriental á principios del siglo y empleó diez y seis años para recorrer una extensión de cinco mil kilómetros de Norte á Sur y catorce mil seiscientos de Oriente á Poniente, invadiendo con sus horrores mil cuatrocientas poblaciones y arrebatando cuarenta millones de individuos.
Como un conquistador irritado, atravesando mares y montañas, llegó á México el mensajero de la muerte, armado con su terrible guadaña y seguido por un ejército invisible de microbios devoradores.
El cielo se cubrió con nubes color de plomo, la atmósfera saturada de gases mortíferos estaba tibia y amarga, el hombre inclinó la frente con pánica tristeza bajo tan inmenso castigo y la eternidad abrió sus puertas para recibir á las víctimas.
El cólera-morbo, como chispa eléctrica, pasaba de un pueblo á otro haciendo destrozos; terrible mónstruo arrojado sobre un rebaño indefenso, atropellaba, hería, devoraba y desaparecía, para volver acaso más hambriento.
En ocasiones acometía sólo al más cobarde olvidando al valiente ó pasaba sin dañar á los pequeños llevándose á los poderosos; cuando parecía saciarse y adormecerse, despertaba repentinamente para matar al que había dejado herido.