III

Pensativo estaba el Cid

viéndose de pocos años,

para vengar á su padre

matando al conde Lozano.

Miraba el bando temido

del poderoso contrario,

que tenía en las montañas

mil amigos asturianos;

miraba cómo en las Cortes

del rey de León Fernando

era su voto el primero,

y en guerras mejor su brazo.

Todo le parece poco

respecto de aquel agravio,

el primero que se ha fecho

á la sangre de Laín Calvo.

Al cielo pide justicia,

á la tierra pide campo,

al viejo padre licencia,

y á la honra esfuerzo y brazo.

Non cuida de su niñez;

que en naciendo, es costumbrado

á morir por casos de honra

el valiente fijodalgo.

Descolgó una espada vieja

de Mudarra el castellano,

que estaba vieja y mohosa

por la muerte de su amo;

y pensando que ella sola

bastaba para el descargo,

antes que se la ciñese,

así le dice turbado:

—Faz cuenta, valiente espada,

que es de Mudarra mi brazo,

y que con su brazo riñes,

porque suyo es el agravio.

Bien sé que te correrás

de verte así en la mi mano;

mas no te podrás correr

de volver atrás un paso.

Tan fuerte como tu acero

me verás en campo armado;

tan bueno como el primero

segundo dueño has cobrado;

y cuando alguno te venza,

del torpe fecho enojado,

fasta la cruz en mi pecho,

te esconderé muy airado.

Vamos al campo, que es hora

de dar al conde Lozano

el castigo que merece

tan infame lengua y mano.—

Determinado va el Cid,

y va tan determinado,

que en espacio de una hora

quedó del Conde vengado.