LV

Ya que acabó la vigilia

aquel noble Cid honrado,

y dejó á doña Jimena

y á sus dos fijas llorando;

á la vista de San Pedro

en un espacioso llano

dijo, con grande denuedo,

á los que le están mirando:

—Quinientos fidalgos sois

los que me heis acompañado,

á quien no diré lo mucho

que os obliga el ser fidalgos;

pero, pues que me destierra

el Rey por injustos casos,

faced cuenta, mis amigos,

que todos vais desterrados,

y que han de guardar mi honra

vueso valor y mi brazo,

que aunque él ha sido injusto,

no lo han de ser sus vasallos,

antes derramar la sangre

por vencer á los contrarios.—

Todos responden:—Buen Cid,

vueso hablar es excusado,

pues basta que nos mandéis

para quedar obligados.—

Por tierras de moros entran,

muchas batallas ganando,

rindiendo muchos castillos,

y reyes atributando.

Tanto pudo el gran valor

de aquel noble Cid honrado,

que en poco tiempo conquista

hasta Valencia llegando

donde alcanzó gran tesoro;

y un gran presente ha enviado

al ingrato rey Alfonso

de cien hermosos caballos,

todos con ricos jaeces

de diferentes bordados,

y cien moros, que los llevan

de las riendas, sus esclavos,

y cien llaves de las villas

y castillos que ha ganado,

y también al rey envía

cuatro reyes sus vasallos:

aqueste presente lleva

Ordoño, su gran privado.