LXXVII

De concierto están los condes

hermanos Diego y Fernando;

afrentar quieren al Cid

y han muy gran traición armado.

Quieren volverse á sus tierras,

sus mujeres demandando,

y luégo les dice el Cid

cuando las hubo entregado:

—Mirad, yernos, que tratedes

como á dueñas hijasdalgo

mis hijas, pues que á vosotros

por mujeres las he dado.—

Ellos ambos le prometen

de obedecer su mandado.

Ya cabalgaban los Condes

y el buen Cid ya está á caballo

con todos sus caballeros

que le van acompañando:

por las huertas y jardines

van riendo y festejando;

por espacio de una legua

el Cid los ha acompañado:

cuando d’ellas se despide

lágrimas le van saltando.

Como hombre que ya sospecha

la gran traición que han armado,

manda que vaya tras ellos

Álvar Fáñez, su criado.

Vuélvese el Cid y su gente,

y los Condes van de largo.

Andando con muy gran priesa

en un monte habían entrado

muy espeso y muy oscuro,

de altos árboles poblado.

Mandan ir toda su gente

adelante muy gran rato;

quédanse con sus mujeres

tan solos Diego y Fernando.

De sus caballos se apean

y las riendas han quitado.

Sus mujeres que lo ven

muy gran llanto han levantado

apéanlas de las mulas

cada cual para su lado;

como las parió su madre

ambas las han desnudado,

y luégo á sendas encinas

las han fuertemente atado.

Cada uno azota la suya

con riendas de su caballo;

la sangre que d’ellas corre

el campo tiene bañado;

mas no contentos con esto,

allí se las han dejado.

Su primo que las hallara,

como hombre muy enojado

á buscar los Condes iba;

y como no los ha hallado,

volvióse presto para ellas,

muy pensativo y turbado:

en casa de un labrador

allí se las ha dejado.

Vase para el Cid su tío,

todo se lo ha contado;

con muy gran caballería

por ellas ha enviado.

De aquesta tan grande afrenta

el Cid al rey se ha quejado;

el rey como aquesto vido

tres Cortes había armado.