LXXXVI

Digádesme, aleves Condes,

¿qué fallasteis en mis fijas,

y cuándo tener cuidasteis

dueñas de tan alta guisa?

¿Por aventura con ellas,

los fidalgos de Castilla,

qué baldones vos han dado?

¿En qué vueso honor vos quitan?

Por madre han á mi Jimena,

la mi doña Sol y Elvira;

de tal madre, ¿qué enseñanza?

¿nin qué fembras de tal vida?

En dote vos dí con ellas

los haberes que tenía,

y las mis ricas espadas,

que menos falla mi cinta;

mas fambrientas las tenedes,

non yantan como solían,

que siempre fechos cobardes

dan escasas las feridas.

Yo vos las demando, Condes,

ante el rey que ende nos mira,

porque á Colada y Tizona

no es bien que aleves las ciñan.

Non son heredadas, non,

sino en batallas tenidas

de entre lanzas, y con sangre

mis armas todas teñidas.

En los robledos de Tormes

me la dejades vertida;

mas la de dueñas atales

ved que varones no estiman.

Non por ende me afrentades

por ser mis fijas queridas,

que aunque son mi sangre, estaba

en vuesas mujeres mismas.

Con todo, vos reto, Condes,

por facer la sangre limpia;

porque el golpe del agravio

no hay miembro que no lastima.

Tenudo soy á facello

por vuesa honra y la mía;

que la mancha del honor

sólo con sangre se quita.—

Estas palabras el Cid

á sus dos yernos decía,

levantado del escaño,

la mano á la barba asida.