V

Llorando Diego Laínez

yace sentado á la mesa,

vertiendo lágrimas tristes

y tratando de su afrenta;

y trasportándose el viejo,

la mente siempre inquiëta

de temores muy honrados,

va levantando quimeras,

cuando Rodrigo venía

con la cortada cabeza

del Conde, vertiendo sangre,

y asida por la melena.

Tiró á su padre del brazo,

y del sueño lo recuerda,

y con el gozo que trae

le dice de esta manera:

—Veis aquí la yerba mala

para que vos comáis buena;

abrid, mi padre, los ojos

y alzad la faz, que ya es cierta

vuesa honra, y ya con vida

os resucita de muerta.

De su mancha está lavada

á pesar de su soberbia;

que hay manos que no son manos,

y esta lengua ya no es lengua.

Yo os he vengado, señor,

que está la venganza cierta

cuando la razón ayuda

á aquel que se arma con ella.—

Piensa que lo sueña el viejo,

mas no es así, que no sueña,

sino que el llorar prolijo

mil caracteres le muestra;

mas al fin alzó los ojos,

que fidalgas sombras ciegan,

y conoció á su enemigo

aunque en la mortal librea.

—Rodrigo, fijo del alma,

encubre aquesa cabeza,

no sea otra Medusa

que me trueque en dura piedra,

y sea tal mi desventura

que antes que te lo agradezca

se me abra el corazón

con alegría tan cierta.

¡Oh conde Lozano infame!

El cielo de ti me venga,

y mi razón, contra ti,

ha dado á Rodrigo fuerzas.

Siéntate á yantar, mi fijo,

do estoy, á mi cabecera,

que quien tal cabeza trae

será en mi casa cabeza.