XLVII

En las almenas de Toro,

allí estaba una doncella,

vestida de negros paños,

reluciente como estrella;

pasara el rey don Alonso,

namorado se había d’ella.

Dice:—Si es hija de rey

que se casaría con ella,

y si es hija de duque

serviría por manceba.—

Allí hablara el buen Cid,

estas palabras dijera:

—Vuestra hermana es, señor,

vuestra hermana es aquella.

—Si mi hermana es, dijo el rey,

fuego malo encienda en ella:

llámenme mis ballesteros,

tírenle sendas saetas,

y á aquel que la errare

que le corten la cabeza.—

Allí hablara el Cid,

d’esta suerte respondiera:

—Mas aquel que la tirare

pase por la misma pena.

—Ios de mis tiendas, Cid,

no quiero que estéis en ellas.

—Pláceme, respondió el Cid,

que son viejas y no nuevas;

irme he yo para las mías,

que son de brocado y seda,

que no las gané holgando

ni bebiendo en la taberna;

ganélas en las batallas

con mi lanza y mi bandera.