XXXVII

Muerto yace el rey don Sancho,

Bellido muerto le había;

pasado está de un venablo

y gran lástima ponía.

Llorando estaba sobre él

toda la flor de Castilla;

don Rodrigo de Vivar

es el que más lo sentía;

con lágrimas de sus ojos

d’esta manera decía:

—¡Rey don Sancho, señor mío,

muy aciago fué aquel día

que tú cercaste á Zamora

contra la voluntad mía!

Quien te lo aconsejó, Rey,

á Dios ni al mundo temía,

pues te fizo quebrantar

la ley de caballería.—

Y viendo el hecho en tal punto,

á grandes voces decía:

—Que se nombre un caballero,

antes que se pase el día,

para retar á Zamora

por tan grande alevosía.—

Todos dicen que es muy bien;

mas nadie al campo salía.

Témense de Arias Gonzalo

y cuatro hijos que tenía,

mancebos de gran valor,

de gran esfuerzo y estima.

Mirando estaban al Cid,

por ver si lo aceptaría,

y el de Vivar, que lo entiende,

d’esta manera decía:

—Caballeros fijosdalgo,

ya sabéis que non podía

armarme contra Zamora,

que jurado lo tenía;

mas yo daré un caballero

que combata por Castilla,

tal, que estando él en el campo

no sintáis la falta mía.—

Levantóse Diego Ordóñez,

que á los piés del Rey yacía;

la flor es de los de Lara

y lo mejor de Castilla,

con voz enojosa y ronca

d’esta manera decía:

—Pues el Cid había jurado

lo que jurar no debía,

no es menester que señale

quien la batalla prosiga:

caballeros hay en ella

de tanto esfuerzo y valía

como el Cid, aunque es muy bueno,

y yo por tal lo tenía;

mas si queréis, caballeros,

yo lidiaré la conquista,

aventurando mi cuerpo,

poniendo á riesgo mi vida,

pues que la del buen vasallo

es por su Rey ofrecida.