Notas Al Calce:
[1] Gabr. Rosa: Storia generale della Storia (seconda edizione). Milano, Napoli, impr. Bernardoni, 1873, pág. 412.
[2] Gil González Dávila: Historia de Felipe III.—Marqués Virgilio Malvezzi: Historia de Philippe III desde el año 1612 hasta su muerte.—Bernabé de Vivanco: Historia del rey de España D. Felipe III desde el año 1578 hasta el de 1626.—Gonzalo Céspedes y Meneses: Historia de Felipe IV, rey de las Españas.—Bernabé y Francisco Vivanco ó Matías de Novoa: Historia de Felipe IV.
[3] Dell'origine, progressi é stato attuale d'ogni letteratura. (Parma, 1782.)
[4] Historia de la civilización de España desde la invasión de los árabes hasta la época presente. (Madrid, 1840).
[5] Publicada por vez primera en una edición de la de Mariana en el Haya, el año 1733, en latín y la traducción castellana por D. Vicente Romero en otra de Lyon, de Francia, en 1737. Otra edición de la última se hizo en Madrid en 1804.
[6] La aleve muerte de Cánovas del Castillo en Santa Agueda no impidió que tuviera hecho testamento. Los que le trataban con intimidad hablaban de sus propósitos para que se perpetuara; pero, al morir, su Biblioteca como sus demás colecciones artísticas y suntuarias y sus bienes todos entraron en el haz común de los derechos de sus herederos legales. Desearon algunos de éstos que la Biblioteca se salvara íntegra, mediante su adquisición, por alguno de los Centros del Estado y principalmente por el Congreso de los Diputados, pues, como decimos, la Biblioteca de Cánovas en todas sus partes era la Biblioteca de un hombre de Estado. Interesáronse en que esta adquisición se llevase á cabo los jefes de todos los partidos y fracciones: Castelar, Sagasta, Pidal, Azcárraga, Silvela, Salmerón, Pi y Margall, Nocedal y Azcárate; pero era Presidente del Congreso el Sr. Romero Robledo, que se opuso terminantemente á la adquisición, pretextando que Cánovas no tenía más que libros incompletos ó de regalo, y el voto de Romero Robledo valió más por su posición accidental que el de los otros. Sobre la importancia de la Biblioteca de Cánovas, el autor de este trabajo publicó en La España Moderna, del 1.º de Octubre de 1907, un artículo que se titulaba Cánovas del Castillo juzgado por sus libros (páginas 60 á 92). En él fué triste á su patriotismo declarar lo siguiente:—«Ni uno solo de estos 30.000 volúmenes fué adquirido sin que ocupase un lugar de eficacia en la inmensa variedad de asuntos que fueron objeto preciso de las meditaciones de aquella mente excepcionalmente constituída en la opulencia y universalidad de sus aptitudes. No es menester que estos asuntos se determinen parcialmente y se clasifiquen. Aun revueltos en tumultuosa confusión éstos treinta mil cuerpos de libros, su más ligero examen denuncia su respectiva individualidad dentro de una labor intelectual que á la vez comprendía todos los problemas de la nacionalidad española, con los antecedentes de su historia y las previsiones del porvenir, y todos los problemas que la ciencia, la política, el derecho y la evolución continua y acelerada de toda la sociedad humana contemporánea sin cesar pone sobre el tapete y somete á la resolución de los grandes pensadores y de los grandes estadistas» (pág. 63). «Por encima de toda otra condición de las que presumía ó que le caracterizaba en la generalidad de sus aptitudes, descuella en la Biblioteca de Cánovas, la del gran estadista: de tal manera que en nuestra historia no ha existido otra con que compararla que la que en el siglo XVII formó el Conde Duque de Olivares, con cuya grandeza de concepción y de miras, Cánovas del Castillo tuvo muchos puntos de semejanza» (página 67). «El palenque de la historia parecía la tribuna principal de Cánovas del Castillo. Y, en efecto, ¿cuál puede tener mayor importancia para un verdadero estadista? El camino que incesantemente trilla esta ciencia basta para imponer de las evoluciones y de las reformas del derecho, sobre todo en nuestro tiempo, en que las imposiciones de la vida internacional, en la creciente y estrecha oleada de las relaciones de los pueblos entre sí crea las inevitables exigencias de la equiparación legal entre todas las gentes, ejerciendo una influencia también ineludible en las legislaciones locales de todos los Estados. Pero en los pueblos de larga existencia histórica, la ciencia principal del hombre de Estado la constituye el más perfecto conocimiento de la historia de la nación que ha de regir, y en la cual, por encima de todos esos cosmopolitismos, la unidad invariable de todas las condiciones éticas y etnográficas, la perpetua imperturbabilidad de las vecindades con que ha de convivir, las tendencias no menos invariables á influirse mutuamente, ya en el sentido de la atracción, ya en el de la hostilidad más ó menos encubierta, establece una multitud de hechos que, aunque en sus caracteres exteriores ó circunstanciales puedan cambiar, en el fondo responden siempre á la unidad fundamental de estas tendencias» (pág. 72). «Nadie, como Cánovas, llegó á reunir tantas piezas marcadas de nuestra bibliografía histórica, de esas que han escapado á nuestras grandes Bibliotecas públicas, unas por ser rarísimas en extremo, otras por no haber llegado jamás á los umbrales de nuestra nación peninsular, por haber sido publicadas ya en lejanos y para siempre perdidos dominios españoles, ya por haber sido fruto de literaturas extranjeras y escritas en impugnación de derechos é intereses de España, y que, en suma, no arribaron á ella jamás. De estos peregrinos papeles, folletos y libros, la Biblioteca de Cánovas logró reunir un número extraordinario, cuya importancia se necesita poseer una gran cultura histórica y política para saber avalorar bien. No era que Cánovas se propusiera en su admirable colección histórica llegar á reunir, por reunir, todo lo que dijera á la historia general de la patria, ni al capricho de atesorar aquella catalogación que solo á fuerza de constancia puede llegar á perfeccionar un establecimiento perpetuo del Estado, como la Real Academia de la Historia ó la Biblioteca Nacional. En la adquisición de todos estos verdaderos tesoros de la Bibliografía histórica de España, predominaba en Cánovas, como en todo su inclinación á las materias de Estado, porque en aquellos libros, folletos y papeles, publicados en Roma, en París, en Viena, en Amsterdam, en Colonia, en Milán, en Turín, en Nápoles y Venecia, en Bruselas y Amberes, estaban representados cuantos hechos formaban el conjunto de nuestra historia en el tiempo en que España, en el supremo grado de la supremacía política de Europa, fué el árbitro de los destinos del mundo; y aunque él pensaba, como en varias de sus obras no se cansó de repetir, que nunca más se producirían circunstancias semejantes á las que confluyeron en los Estados de nuestra Península al declinar el siglo xv y durante los dos siguientes, los hombres que con sus armas, su gobierno y su política mantuvieron aquel emporio de grandeza por tan dilatado espacio de tiempo, esos hombres siempre permanecen vivos en el espíritu de nuestra raza, y aunque hubieran caído fatigados por sus propios esfuerzos y acosados por la conflagración universal contra ellos, en la postración y decadencia que desgraciadamente todavía nos debilita, el estadista siempre debe contar con aquellas condiciones propias y con aquellas rivalidades agenas, porque el deber de los que gobiernan, aun en períodos del mayor enervamiento, es procurar la recuperación de fuerzas y es conducir siempre á sus pueblos, como Moisés por el desierto, á las siempre esperadas tierras de promisión» (pág. 75 y 76). «Toda la política que ha producido nuestros desmembramientos territoriales, toda la política que nos ha conducido á la presente decadencia de que no nos podemos emancipar, toda la política que nos ata las manos para todo intento de resurrección, era la política que se estudiaba admirablemente en los preciosos conjuntos de los libros propios y extraños que Cánovas llegó á reunir en su biblioteca... Estos grupos son los que imponían su carácter á la biblioteca del Sr. Cánovas del Castillo, que una vez deshecha y esparcida, probablemente ningún otro logrará reunir otra vez».—Pérez de Guzmán: Cánovas del Castillo juzgado por sus libros.—España Moderna: 1.º Octubre 1907.—Págs. 60 á 92.
[7] En su Historia universal durante la República Romana, Polibio escribía:—«μωδεμίαν ετοιμοτὲραν εῖναι τοις ἀνθρωποις δἰορθωσιν, τῆς τῶν προγενημενων πραζεων ἐπιστήμης.--ἀληθινωτατην μεν εῖναι παιδεἰαν καί γυμνασίαν πρὀς τἀς πολιτικἀς πρἀζεις, την ἐκ πῆς ιστοριας μαθησιν».—lo que en castellano quiere decir que ninguna investigación resulta más conveniente á los hombres que la que conduce á la ciencia de los hechos pasados, y que para educar para los oficios de la política, ninguna disciplina, ningún ejercicio es más eficaz que el estudio de la Historia.—Véase en Ruy Bamba la Introducción á la traducción de la Historia de Polibio Megalitano.
[8] Del asalto y saco de Roma por los españoles.—(La América: 1858).
[9] Del principio y fin que tuvo la supremacía militar de los españoles en Europa, con algunas particularidades de la batalla de Rocroy.—(Revista de España: tomo i.—1868).
[10] a) Del principio de las diferencias entre Paulo IV y Felipe II y de las consultas y determinaciones que con ocasión de ellas hubo en España. b) De la reorganización y tratos del Papa Paulo IV con los franceses y motivos que alegó ó tuvo para indisponerse al propio tiempo con los españoles. c) De la guerra y paces entre Felipe II y el Papa con la conclusión del Pontificado de Paulo IV, los principios de Pío IV y las últimas consecuencias de todos los sucesos referidos.—(Revista de España: tomos II y III: 1868).
[11] De la dominación de los españoles en Italia.—Discurso de recepción en la Real Academia de la Historia, 20 mayo 1860.
[12] De las invasiones de los moros africanos en España.—Discurso en la Real Academia de la Historia, en la recepción de D. Emilio Lafuente Alcántara: 25 de enero de 1863.
[13] Problemas contemporáneos: tomo I.—Introducción.
[14] Cuando la empresa editorial que llevó el nombre de Biblioteca Universal publicó en 1854 la Historia General de España, del P. Juan de Mariana, ofreció en la portada del libro que esta Historia sería continuada hasta el año 1851. El P. Mariana no llegó en su obra sino hasta la muerte del Rey Católico Fernando V en los primeros años del siglo XVI. Continuó su labor el P. Fray José de Miñana: éste alcanzó en la suya desde el reinado de Carlos I de Austria hasta la muerte de Felipe II, y este trabajo fué una verdadera continuación del anterior. Mas el autor de la Historia de la decadencia de España, aunque tomando el hilo de su narración donde Miñana dejó la suya, alteró el método, el estilo y el espíritu de sus dos predecesores, y á justificar esto es á lo que se encamina esta advertencia preliminar á los lectores.—J. P. de G.
[15] El autor de la Historia de la decadencia de España era también el que había de escribir la del cambio dinástico de la Casa de Austria por la de Borbón; pero cuando terminó la primera el torrente de la vida política en que ya se había iniciado enteramente, le absorbió en medio de los acontecimientos que sucedieron á la revolución de julio de 1854; por esta razón, y para no aplazar la publicación comenzada, se encargó de escribir para esta obra el período de la Casa de Borbón, desde Felipe V hasta Isabel II. D. Joaquín Maldonado Macanaz.—J. P. de G.
[16] Bentivoglio, Memorias.
[17] Deshechos posteriormente los Estados de la Casa ducal, esta preciosa posesión pertenece, al imprimirse segunda vez este libro, á los Sres. de Baüer.—(N. del Ed.)
[18] Ortiz: Compendio Histórico.
[19] Felíu de la Peña: Anales de Cataluña.
[20] Semanario Erudito.
[21] Opúsculos del Marqués de Buscayolo.
[22] Semanario erudito.
[23] Deleite de la Discreción.
[24] Histoire de la vie et du regne de Louis XIV, Bruzen de l'Artinière.
[25] Avisos inéditos.
[26] Pellicer: Historia del Histrionismo en España.
[27] Prólogo á las Obras del Conde de Villamediana.
[28] Atribuída después de escrito este libro á Rodrigo Caro.—(Nota de P. de G.)
[29] Idea de un príncipe cristiano representada en cien empresas diversas. Mónaco: por Nicolau Enrico: 1640.—El modelo del Príncipe de Saavedra Fajardo lo constituía el Rey católico D. Fernando V de Aragón.—(Nota de P. de G.)
[30] Semanario Erudito.
[31] Téngase en cuenta que esto se escribía por el Sr. Cánovas del Castillo en 1852. En la actualidad, el inmenso territorio que dominó España en América no conserva imperio alguno, sino diez y ocho Repúblicas, que son Méjico, Guatemala, Nicaragua, Honduras, Costa Rica, Panamá, Colombia, Venezuela, Paraguay, Argentina, Uruguay, Chile, Perú, Bolivia, el Ecuador, Haiti, Santo Domingo y Cuba, habiendo pasado Puerto Rico á propiedad de los Estados Unidos.